![]() |
| Viajeros sedentarios José Luis Morante Editorial La Garúa Colección Haiku Barcelona, 2024 |
Sobre VIAJEROS SEDENTARIOS
En el transitar del tiempo, cualquier
tradición lírica se fortalece con la incorporación de estrategias expresivas nuevas
y moldes formales de otros entornos. Una de las últimas
adopciones estróficas al castellano ha sido el haiku, un poema breve japonés que
se organiza en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, sin título ni rima
y con una expresión tendente a la claridad, ajena a procedimientos retóricos y
hermetismos conceptuales. La denominación “haiku” se atribuye al poeta Shiki,
quien la popularizó en el siglo XIX.
Según
Octavio Paz el molde sintético en castellano es descubierto por el mexicano José
Juan Tablada (1871-1945), un autor finisecular con llamativo viraje desde el
modernismo a las vanguardias, cuya obra se compila en los libros Un día…Poemas sintéticos, Li Po y otros poemas y El jarro de flores (Disociaciones líricas).
Aquel viajero incansable era un enamorado de la cultura japonesa e incorporó en
su escritura el singular aporte del haiku japonés. La entrada en nuestro territorio
lingüístico se facilita por la existencia de una sensibilidad afín de estrofas
breves como los epigramas, las seguidillas, las greguerías o los aforismos.
Esta proximidad habita en los afanes literarios de Antonio Machado, Juan Ramón
Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Manuel
Altolaguirre y Emilio Prados… Y se desborda en el último tercio del pasado
siglo, cuando un caudal insólito de haikus anega las distintas promociones y
corrientes contemporáneas que comienzan a dibujar los trazos más tempranos del
momento digital.
La justificada desconfianza en la que la estrofa asimilada pierda su
plenitud –hecha de concisión, temporalidad y mínima presencia del yo- al
alejarse de su espacio de origen origina otros enfoques: si la mentalidad, el
arraigo cultural y la perspectiva de escritura son diferentes en la dispersión,
los resultados se aprestan a mostrar una apariencia nueva. Como cualquier
empeño literario, el trío verbal debe sobreponerse al estatismo o la quietud y
renovar su verdad artística. El haiku es un género poético abierto y tiende a
una expansión universal.
Los
nombres del canon clásico japonés convertían al yo poético en mero testigo; se
velaba lo autobiográfico para que resaltara pleno y fuerte el horizonte, un
entorno hecho para la contemplación que busca capturar el instante. Como
cálidas secuencias visuales llegan los textos. Son apuntes del percibir que
registran ciclos estacionales y muestran sus variaciones como síntomas del
transcurso vital. Los haikus hilvanan argumentos desde los sentidos; asumen el
oficio de cronista del vaivén temporal, aunque, de cuando en cuando, no duden
en transmitir destellos emotivos.
En los ojos del haiku y en su disposición para reflejar un instante
único se percibe un brillo renovado, una certidumbre que trasciende lo
pasajero, un empeño por encontrar, a partir de la observación, el sentido
último de la relación entre sujeto y horizonte visual; la palabra transparente
y natural, renacida en el fondo del silencio. Las instantáneas verbales dejan
la sensación de que transforman lo efímero en permanencia y hacen del instante
un patrimonio sensorial.
Los haikus acogidos en Viajeros
sedentarios abarcan un intervalo temporal de cinco años, entre 2020 y 2024
y sus contenidos aglutinan la modesta química de lo instantáneo. Mantienen la
pupila abierta para transcender la condición estacional del haiku y cobijan una
pluralidad de argumentos, un fluir pensativo que percibe la naturaleza, los
ciclos estacionales, el latido del tiempo o las contingencias del transitar
social. También a las percepciones sensoriales del sujeto y sus viajes
interiores por los sentimientos, ya superada la distancia entre protagonista
verbal y texto, entre subjetividad y enunciación descriptiva.
Las vicisitudes temáticas del libro se organizan en dos apartados:
“Oficio de mirar” y “El rumor de la luz”, dos secciones que no confrontan entre
sí. Además comparten el sentido clásico
de la estrofa y su severa pauta métrica. Ambos apartados acogen formas en fuga,
emociones e ideas que alcanzan en la inmediatez su esencia más pura.
Debo al narrador, aforista, editor y amigo Juan José Martín Ramos la
fortuna del título. Viajeros sedentarios.
En la aparente contradicción del oxímoron, el aserto concede al viaje un
sentido nuevo: los lugares no son geografías provisionales que se contemplan de
paso, sino espacios de acogida de los que nunca es posible regresar.
La luminosa belleza del haiku es avariciosa con las palabras. Quiere
buscar la esencia del instante, aquella inadvertida posibilidad, frágil y
efímera, que tanto cuesta encontrar. Sólo emplea las necesarias notas de
silencio que precisa el testigo. La mirada de luz de quien comparte el laberinto
de reflejos de la vida al paso.
JOSÉ LUIS MORANTE

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.