jueves, 31 de enero de 2019

REMEDIOS SÁNCHEZ. ASÍ QUE PASEN TREINTA AÑOS...

Así que pasen treinta años...
Historia interna de la poesía española contemporánea
(1950-2017)
Remedios Sánchez
Ediciones Akal
Madrid, 2018


HISTORIA INTERNA DE LA POESÍA


   Profesora titular de la Universidad de Granada, impulsora de los estudios Juan Valera en la encrucijada (2013), Humanismo Solidario. Poesía y compromiso en la sociedad contemporánea (2014), El canon abierto. Última poesía en español (2015), Palabra heredada en el tiempo. Tendencias y estéticas en la poesía española contemporánea (2016), coordinadora del balance Nuevas poéticas y redes sociales (2018), autora de prólogos, e impulsora de la revista en papel EntreRíos, Remedios Sánchez (Barcelona, 1975) ha hecho del cauce lírico contemporáneo y su historiografía un persistente núcleo reflexivo.
  Retorna exploración en el volumen Así que pasen treinta años… que aporta subtítulo clarificador: Historia interna de la poesía española contemporánea (1950-2017). El sondeo comienza con la segunda generación de posguerra, cuyos creadores, “los niños de la guerra”, soportaron en sus biografías las drásticas vivencias de la contienda fratricida y los contundentes efectos secundarios: la dictadura, el exilio, los desgarros afectivos y la fragmentación del clima cultural. El periodo acotado abarca hasta el ahora, un estar marcado por la eclosión tecnológica y la imposición de internet que crea un espacio visual normalizado de brotes digitales.
   Remedios Sánchez opta por organizar su estudio en puntos de fuga, con autonomía de contenidos. De este modo, el índice general recoge en los asuntos conceptuales el concepto de canon, el inacabable debate sobre las generaciones literarias y la idea del compromiso, junto a miradas sobre la temporalidad poética, con hitos básicos como la poesía social, la epifanía de los novísimos, la irrupción de la otra sentimentalidad, el belicismo literarias por ocupar planos de la escena lírica y los estratos creadores de las generaciones del siglo XXI. Además inserta una  bibliografía notable, aunque faltan algunos títulos de estudios básicos para conocer el legado intersecular.
   No hay sorpresas en el enfoque. La investigadora busca una exposición didáctica y razonada, sobre el trazado básico y canónico. Por ello, el libro adquiere un valor aclaratorio que define los parámetros de nuestra poesía en el tiempo con sus protagonistas más cualificados. En la presentación, la autora subraya el decisivo aporte del profesor Juan Carlos Rodríguez: el discurso literario nace como fruto de condicionantes ideológicos y contextuales; expresa la identidad personal y el modo del pensamiento en íntima textura con el devenir histórico. La realidad se impone en la escena creativa y la mirada crítica, si quiere ser objetiva y clarificadora, ha de integrarla siempre en su panorámica.
  El dibujo general del entorno poético no se puede desvincular del concepto de canon. Es el punto de partida estético que define una época y el que sirve de norte para delimitar una selección representativa. Hay que asumir que los valores poéticos son cambiantes y relativos, fluctúan y tienen una vigencia transitoria. Sin embargo, son útiles para construir las generaciones literarias, las fotos corales que permiten agrupamientos colectivos, desgajados después en individualidades.
  Para abordar la generación del 50, junto a otras fuentes complementarias como las páginas autobiográficas de Barral, Caballero Bonald y Jaime Gil de Biedma, es insustituible la vía de acceso creada por Carme Riera. A ella recurre la ensayista para abordar las contingencias y el desarrollo orgánico del núcleo generador de la Escuela de Barcelona, con la incorporación al mismo de  Ángel González y José Manuel Caballero Bonald. Recuerda además el efecto discursivo en los idearios estéticos abierto por la cuestión definitoria de la poesía como conocimiento o comunicación. Se investiga también la ascendencia de sus cabezas principales en las promociones más jóvenes, en las que resaltan los magisterios de Jaime Gil de Biedma y Ángel González en la Otra sentimentalidad y en la estela de la poesía de la experiencia.
   El pensamiento teórico de Castellet, en giro sorprendente, ya que había sido un tenaz defensor del realismo y el crítico por excelencia de La Escuela de Barcelona, visualizó la generación veneciana a través de la antología Nueve novísimos poetas españoles que, en muy poco tiempo, se convirtió en epicentro del clima poético de los setenta, inaugurando un verdadero monopolio estético. De sus efectos mana una incontable epigonía que solo a mediados de los años ochenta encuentra deltas nuevos.
   Entre ambas estelas, Remedios Sánchez aborda el legado de la generación del 60, un grupo intermedio cuya presencia en los estudios literarios, a pesar del aporte de dos de sus nombres más conocidos: Félix Grande y Antonio Hernández, suele ser muy poco estudiada. Casi el efecto contrario se produce con los integrantes del grupo granadino de La Otra Sentimentalidad, cuyos primeros frutos poéticos han dado pie a notables ensayos en estudios y revistas, antes de integrarse en la corriente mayor de la poesía de la experiencia, etiqueta crítica esencial para estudiar las décadas finales del siglo XX. Son décadas que apuestan por la diversidad, que siembran incansables polémicas y que establecen trayectos singulares que parten de etiquetas globales como la poesía de la experiencia, la poesía del silencio, los poetas de la Diferencia o aventuras estéticas de menor calado como el Sensismo o la Poesía de la conciencia. En cualquier caso, la ensayista afronta un amplio despegue en sus indagaciones y clarifica el sentido transitorio de algunas premisas conceptuales que solos se hacen fuertes en el poema. Ahí quedan episodios como el perfil revolucionario de Alicia Bajo Cero y su confrontación directa con las líneas de poder de la poesía de la experiencia, o la mirada a “Voces del extremo” en cuya nómina se olvida de nuevo a Luis Felipe Comendador, cuya labor ha sido esencial en el colectivo por su papel de editor y por su propia poesía, un ejemplo de realismo descarnado y crítico, con un amplio conjunto de libros publicados.   
  Los años noventa exigen una reinvención de estéticas agotadas; así lo vaticinan sondeos críticos que constatan el agotamiento de estrategias figurativas y la necesidad de trascender el enfoque realista, inaugurando perspectivas epifánicas. La tendencia vertebradora de la poesía de la experiencia se fragmenta. Nacen otros modos de afrontar el poema; es un tiempo plural, con trasversalidad expresiva y argumental. Y así se escribe en los recuentos críticos. Lo mismo se percibe en el inicio del siglo XXI en que abre campo una visión plural en caminos transitables heterogéneos, con estéticas alternativas, con una concepción dialéctica de la realidad, que insta a encontrar los límites y las posibilidades expresivas del discurrir lírico.
 Se hace un verdadero hincapié en la nómina integrada en Poesía ante la incertidumbre, cuya repercusión ha sido mucho más sísmica en Latinoamérica que en las estanterías foráneas, donde no ha pasado de ser un fenómeno promocional, y se aborda de forma muy tangencial el discurso crítico de los integrados por Rafael Morales Barba en las poéticas del malestar
 Es un hecho lógico; cada generación postula una presencia fragmentada, en la que yuxtaponen fórmulas dispares al marcar los códigos escriturales del nuevo siglo. De esa primera colectividad digital dio cuenta la antología Re-generación, -de la misma no hay rastros en los contenidos ni en la bibliografía- un compendio de veinticuatro nombres que conforma la vanguardia lírica más sólida. Entre los protagonistas del primer lustro del siglo XXI se recogía a Diego Álvarez Miguel, a quien la ensayista convierte en acicate fuerte de la tradición canónica frente al impulso del mercado de poetas urgentes que convierten la red en un altavoz de creaciones y ventas, con una extensa legión de seguidores. Más allá de propiciar un cauce de ganancias contables, a la crítica en general no les interesan lo más mínimos, porque la poesía o es poesía o no es, aunque venda y gestiones un respiro económico saludable. 
  Analizar con sensibilidad crítica en un periodo temporal tan amplio requiere estudio, rigor e independencia. Son premisas que cumple con acierto Remedios Sánchez, al abordar el paisaje polifónico de las últimas décadas. El resultado en un volumen ágil, de avance natural, que sistematiza y define la herencia en el tiempo de la lírica contemporánea en castellano. Así que pasen treinta años... reivindica una cronología creativa que hace del canon un rescoldo vitalista y cambiante, un proyecto babélico, complejo, en construcción.




miércoles, 30 de enero de 2019

ASCETISMOS

Indicios
(Santuario de Olimpia)
Fotografía
Adela Sánchez Santana 



ASCETISMOS
Necesito poco
y lo poco que necesito
lo necesito muy poco

   Su proceder fue sumando una correcta sucesión de hábitos. Limó necesidades hasta soportar un ascetismo extremo, de rostro sombrío, en el filo de la renuncia. De noche no alteraba costumbres. Cuando dormía, vencido por el cansancio, su imaginación buscaba un hueco propicio y en él alojaba siempre el mismo sueño.


(De Cuentos diminutos)


martes, 29 de enero de 2019

ISABEL MARINA. UN PIANO ENTRE LA NIEVE

Un piano entre la nieve
Isabel Marina
Prólogo de Marcos Tramón
BajAmar Editores
Gijón, Asturias, 2018


RESCOLDOS


   Hay expresiones cuya semántica propicia la evocación y la elegía, como si buscasen esa otra voz desde dentro que suena inadvertida en lo diario. Un piano entre la nieve, por ejemplo, que da título a la segunda entrega poética de Isabel Marina (Avilés, 1968), Licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra y colaboradora en revistas como Anáfora y Areté. Marcos Tramón comenta el entramado poético de Isabel Marina en “Una insólita música feliz”, argumentado que esta compilación de poemas no es un libro fácil porque su urdimbre se mueve entre el simbolismo y la fantasía. El poeta asturiano despliega en su liminar un demorado análisis en el que la existencia es un escenario incierto y movedizo. En su espacio de representación se configuran los estados emocionales con su envolvente fantasmagoría de esperanza y derrotas. Se abre un mundo interior por donde el sujeto camina hacia el difuminado paisaje de la inexistencia. Concluye con una afortunada síntesis que define esta salida de Isabel Marina como un “elaborado tiovivo emocional”.
   Nos hallamos ante un libro orgánico, concebido como un camino fragmentado en tramos y precedido por una nota escrita en prosa poética que recrea la imagen de una casa. Diluida en el devenir, esa cartografía intimista se convierte en un núcleo introspectivo. Aloja un presentimiento primigenio que recupera sensaciones y sueños, que conforma un espacio sentimental de enlace con otras presencias.
   El primer fragmento, “Origen” mantiene el pasado como cronología vivencial, a partir de un tejido de citas de Antonio Gamoneda, Javier Lostalé y  Edith Sodërgran. Arranca con una exhortación para recuperar aquel estado adánico de pureza y mirar esperanzado común. Recobrar ese tiempo auroral conlleva sentir en el entorno un estado de vigilia y lucidez que pone en las emociones una evidente cercanía entre sueños y realidad; la felicidad parecía posible, tenía la forma humilde una muñeca, o de cualquier regalo que convertía la infancia en un espacio de posesión y gozo. Pero acecha el tránsito. La senda vital se va gestando como un proceso erosivo de despojamiento y pérdida, que obliga un día a pronunciar una palabra extraña –Rosebud- como aleph final de lo que nos queda inadvertido entre las manos. Esa voz contiene la añoranza del regreso, ese capturar de nuevo los recuerdos más íntimos, la marea interior que recrea las tardes que ya no existen sino en el mapa frágil del ayer. La evocación pone un fondo de melancolía, como una música que sonara en el frío de un presente lleno de incógnitas.
   El poema se hace vivencia y recreación, deja al yo en el camino como si la propia identidad también hubiese sufrido un proceso de mutación. Lo vivido es un tiempo que ya no pertenece a quien lo recuerda, que obliga a sentir que nos vamos convirtiendo en extraños que cada día se desvelan en el espejo, empeñados en nombrar lo imposible. De ahí que crezca a cada paso la sensación de irrealidad, y que las palabras sean necesarias como un consuelo que pone entre las manos las semillas estériles de lo vivido. 
  Cada mirada es una revelación contenida, un clamor de luz que amarillea los rincones deshabitados del ayer, esas imágenes que nos hacen soportar un deambular azaroso, como si estuviéramos huyendo hacia una incertidumbre que humedece las manos y los ojos. Es un tiempo de búsqueda y nostalgia, de avivar los rescoldos para que nazcan firmes las huellas del pasado., como si el futuro fuese solo un espejismo que no necesita ninguna senda de grava en su reducto. Solo el pasado tiene la carga sensorial de un paisaje que propicia una contemplación demorada, capaz de abrazar las extrañas sugestiones de la memoria.
  En Un piano entre la nieve la poesía de Isabel Marina mantiene el tono justo de la reflexión. Busca vanos abiertos donde alguna vez fuimos leales a los propios sueños. Las palabras otean el horizonte para reconocer entre las sombras “los inexplorados territorios del yo”, “ese mundo del inconsciente y la imaginación que forma parte de todos”. Sin certezas ni imposiciones, convencido de que el sujeto lírico tiene un destino subrayado por la deriva sentimental que marcan encuentros y ausencias, la palabra invita a reflexionar sobre los signos de lo  mudable,  a guarecerse bajo el cielo abierto, detrás del cansado rescoldo del poema.







lunes, 28 de enero de 2019

HAIKU DEL ZORZAL

Quietud
(Zorzal común)
Enciclopedia Natura

QUIETUD

Apenas rozan
mis ojos el zorzal,
vuelo con él.




domingo, 27 de enero de 2019

ESCALADAS AL PASO

Escalada
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia


ESCALADAS AL PASO



Las placas de hielo de algunas ideologías  propician la conducción temeraria.


Heterodoxias del viaje: exiliados, trasterrados, temporeros, turistas, sedentarios, soñadores…


Los desnortes son inevitables también en la amistad inteligente.


De cerca, la perfección se desactiva.


Esas opiniones que al ser expuestas levantan una colina de babel.


En el laberinto, el método más eficaz de orientación es caminar hacia ninguna parte.


Cada calle tiene la espesura de una selva, su fauna y su flora.


Tantos estímulos demuestran que el arte procede de la realidad.


En la amanecida, el autoengaño sigue ahí.

(Aforismos y escalas)





sábado, 26 de enero de 2019

MI SENTIDO DEL HUMOR

Caligrafías
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia


MI SENTIDO DEL HUMOR


   El humor camina por los itinerarios de lo cotidiano. Va dejando  rastros, a la espera de que sus pasos se descubran y provoquen la sonrisa –humor tímido-, la risa –humor civilizado- o la carcajada –humor de botellón y de paella dominical con los cuñados-; informes manifestaciones sociales con prestigio de saludables hábitos.
   Para descubrir los indicios del humor se requiere capacidad perceptiva, una cualidad del todo invisible en sujetos planos como yo. Mi risa es estéril y no coloniza ningún labio, un código genético de mi identidad que los más perspicaces subrayan siempre y suelen parodiar en sus cotilleos, cuando dejan al sol del invierno mis evidentes carencias. Mi carácter es un asunto compartido, de lacrimal baldío. No es que ellos sean dechados humorísticos, pero en la comparación equidistante salen siempre favorecidos.
   Cuando era niño y habitaba en la Ítaca infantil del parvulario ingenuo, las cosas que no teníamos nunca eran problemas; se las pedíamos a los Reyes Magos con un encabezamiento solemne y confesional: “Queridos Reyes Magos, como he sido bueno, me gustaría que dejéis en mis zapatos…”; pero envejecí y soy, desde hace años, un nihilista cejijunto que no sabe a quién pedir el dichoso sentido del humor.
   Así que sigo sin él, desangelado, gris, frente a un muro de áspera grafía, dispuesto con terca resignación a disfrutar del cinismo, la caricia mustia y estacional, las ocultaciones, las mentiras y el ego musculoso de mis amigos; ese magma incierto que ellos llaman sentido del humor.



(Apuntes para el diario)



viernes, 25 de enero de 2019

LA VOZ DEL TIEMPO

Alambradas y óxido
(Viejo Madrid)



LA VOZ DEL TIEMPO

                                                   Descubrí que la soledad es una roncha
          y no un vacío

                                                                          ALEJANDRO GONZÁLEZ LUNA


En su clausura
el óxido y la herrumbre;
la voz del tiempo.






jueves, 24 de enero de 2019

ROSENDO CID. LOS CONSEJOS NO SON UN BUEN SITIO PARA QUEDARSE A VIVIR.


Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir
Rosendo Cid
Texto e Ilustraciones
Papeles Mínimos Editorial / Graphica
Madrid, 2018

EN LAS ORILLAS DEL YO



   Licenciado en la especialidad de escultura, artista visual y narrador, Rosendo Cid (Ourense, 1974) impulsa una trayectoria personal de ensamblaje, abierta a la yuxtaposición de géneros, en la que se combinan muestreos y posibilidades expresivas. Así han ido sucediéndose estaciones creadoras como 365 maneras de estar en el mundo, conjunto de viñetas, 5000 veces pintura, inmersión aforística, y Eduardo Torres. El hombre que rayaba periódicos, libro en torno a una identidad ficcional. Son frutos a los que se suma el conjunto de relatos 36 vidas breves y el trabajo ensayístico sobre Arte Contemporáneo con el que logró el I Premio CGAC de Investigación y Ensayo.
 Ahora sigue la estela de aforistas como Eugenio d’Or, Rafael Pérez Estrada, Luis Felipe Comendador y Ramón Eder, pero también la lluvia de afinidades con humoristas gráficos de los medios de comunicación como Forges, Peridis o El Roto, y presenta en la colección Graphica de Papeles Mínimos un regalo visual, Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir. Es una entrega que cuida al máximo la condición del libro como objeto estético y artesanal, como producto sensorial que unifica pensamiento y sensaciones.
   Las páginas contienen casi cincuenta ilustraciones realizadas con bolígrafo. En su trazo simple y en su color azul se legitiman el humor, la ironía y una mirada onírica que traspapela el esquematismo figurativo para testificar diálogos con sobresaltos, entre elementos reales y aportes ficticios, capaces de modificar la percepción visual o crear en los sentidos un cierto desasosiego.
   Junto a cada imagen, el aforismo, en cuerpo de letra grande, que acrecienta la sensación de frase categórica, extrapola un consejo, una observación al paso, un esqueje verbal que también necesita su prevención de primeros auxilios para no cortarse con el filo leve de la inteligencia. Al cabo: Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir; las visiones del mundo, de nuestro entorno y de las relaciones personales que conforma la vida colectiva necesitan la mirada interior, esos espacios que deben sondean la curiosidad y la experiencia, para no ceñirse a los límites prefijados por la opinión ajena.
   Algunos aforismos tienen el tono solemne de los moralistas: “Aspiremos a no entenderlo todo sabiendo  que a menudo nos embarcaremos en viajes a ninguna parte”. Y hacen de la condición admonitoria de quien los formula un ejercicio de claridad, una senda cognitiva. Pero una de las características esenciales del taller conceptual del aforismo es su autonomía de criterio, su deambular aleatorio por sustratos temáticos aparentemente dispersos, aceptando que “el azar es una disciplina que no puede desestimarse”.
   Rosendo Cid, en su quehacer doble de sujeto reflexivo y artista plástico que captura mariposas azules, nos presenta un libro de gratísima lectura, en el que los chispazos de la inteligencia muestran las raíces de la reflexión, como si recordara aquel deseo onírico de Juan Ramón Jiménez de que las alas arraiguen y vuelen las raíces. Para que nos sintamos aéreos, para que la realidad nunca tenga ese aire de familia de lo gregario y explore caminos nuevos, en los que el día aflore en otra dimensión.

   

miércoles, 23 de enero de 2019

EL IMPOSTOR

En vela
Imagen de
PXhere


EL IMPOSTOR

Un sueño es la mitad de una realidad

JOSEPH JOUBERT

   Sin ángulos muertos, se vio a sí mismo en los meandros del sueño prodigando actitudes insólitas. Cerró los ojos ante aquellas imágenes. La rareza de su comportamiento estaba lejos de  los rígidos moldes que se atribuía. Era un impostor. Debajo de la historia existencial permanecía el registro intacto de otra biografía. Necesitaba ser otro, como si se hubiese sometido a una mutación extrema, y sintió en el pecho la punta de aguja de la desolación.
  Empezó por no respirar. Ahora sabe que solo cuando duerme retornan las cosas a su funcionamiento natural.

(De Cuentos diminutos)  







martes, 22 de enero de 2019

MANUEL NEILA. SENDAS DE BASHÒ

Sendas de Bashô
Manuel Neila
Prólogo de
Antonio Rivero Taravillo
Ilustraciones interiores y de cubierta:
Juan Manuel Uría
Editorial Polibea, Col. El Levitador
Madrid, 2018


EL CAMINO DE BASHÔ


   En 2013 la editorial La Veleta acercaba al lector un representativo florilegio del haiku contemporáneo en español, coordinado por Susana Benet y Frutos Soriano, dos incansables estudiosos de la estrofa nipona. El compendio, titulado Un viejo estanque, integraba además un liminar del profesor Fernando Rodríguez Izquierdo, acaso el especialista más reputado sobre la aclimatación peninsular del trébol verbal. El volumen, sobre todo, constataba la naturalidad en nuestro entorno del esquema japonés. Y a él retorna Manuel Neila (Hervás, Cáceres, 1950)  con Sendas de Bashô, un libro integrado en la colección El Levitador, con el que la editorial Polibea, que dirige Juan José Martín Ramos, conmemora su primera década de quehacer editorial.
   Antes de adentrarme en los haikus de Manuel Neila quiero resaltar la magnífica presentación formal. Las ilustraciones de cubierta e interiores son del poeta y aforista Juan Manuel Uría, quien con mínimos trazos monocromos despierta emotivas sugerencias visuales. Y el texto introductorio es el del poeta, narrador y traductor Antonio Rivero Taravillo. El escritor sevillano aborda el quehacer plural de Neila para recuperar una definición, de claras afinidades juanramonianas, que cartografía el fulgor del haiku: “eternidad en vilo”. El prologuista no duda en remontarse a la persspectiva japonesa para ver en la tradición un referente máximo: la voz angular de M. Bashô, cuyo libro Sendas de Oku, con paradigmática edición de Octavio Paz, aparece como un estanque semántico hecho de transparencia y perplejidad. Otro aporte nítido del texto es el análisis lógico del libro, al que concede un sentido orgánico, muy bien hilvanado en torno al ciclo estacional, que obedece a una disposición simétrica en cada tramo de escritura. Recupero además una aseveración crítica, a veces no bien entendida, al hablar sin matices de la tradición oriental: el haiku no puede caer en la japonería ni el artificio retórico vacuamente imitativo; ha de ser, antes bien, impregnación de lo inmediato, de lo que está en la mano y, fuerza es que así sea, se escapa, fugaz”.
   Manuel Neila, como refrenda la cita prologal de Bashô, no busca el camino de los antiguos, sino lo que ellos buscaron, y esa tarea propicia la germinación de un estado de conciencia que amalgama sensación y pensamientos, que abre camino y sombras, que hace del tiempo un itinerario sentimental y cognitivo.
   La actitud dialogal entre sujeto y entorno comienza con la primavera. Ningún lapso temporal entona con más fuerza la canción de la tierra. La estación es savia nutricia, renacer y apertura, plástica auroral. Y de esos estados de la conciencia se nutren los veinticuatro haikus iniciales en los que se conjuga la plenitud sensorial; lo minúsculo llega ante los ojos como un tiempo celebratorio y pleno, aunque no oculte su estar transitorio. Manuel Neila cierra la sección con un conjunto de notas o apostillas en las que el devenir poético convoca a la reflexión indagatoria. El entorno como elemento ajeno y circundante se interioriza, pasa a integrar el latido interior del pensamiento.       
   Las glosas refuerzan la sensibilidad lírica; los enunciados nunca disienten del carácter poético, de esa dicción escogida que alerta ante la luz y la belleza, como aglutinantes tenaces de relieves y formas que empañan la propia identidad del hablante. Ser es vivir a la intemperie, hacer de los dominios interiores el lugar habitable de la meditación y sus figuraciones.
   El cumplido transitar del estío aglutina un temblor de claridad. La mañana emerge con el carácter de tiempo cumplido que pone entre las manos la cosecha. Es una sensación de aurora que contrasta, a veces, con la lejana soledad del yo que sigue en ruta, que siente alrededor el crepitar de una identidad transitoria. Por eso, el camino hollado acumula sensaciones dispares. De este clima de incertidumbre participan también los fragmentos en prosa, cuya fuerza dubitativa nunca descansa. la existencia es un largo trayecto de final difuso, un viaje que dispersa en el paisaje los elementos germinales que proporcionan a quien los percibe un temblor desasido. Es la vida que pasa con sus claroscuros solares y umbríos, dos estados que se disputan, a la vez, la sensación de cumplimiento y fracaso, la alegría de las manos llenas o la estéril sonrisa del sueño no cumplido.
  Pero hay que seguir y la jornada muestra la dermis crepuscular del otoño. Meses que abren un lapso de evocación donde se dan la mano el sonido monocorde de la tormenta y la decrepitud de las hojas. Las ramas recortan su capa de fronda, avanzan hacia la desnudez, niegan su cobijo a los nidos que quedan solos, sin alas ni vuelo, como si la ausencia se convirtiese en un estado natural de los días. Las hojas muertas conforman la hojarasca de un itinerario interior en el que convergen las sensaciones externas y la emoción renacida del sujeto. La conciencia se hace testigo de la temporalidad; percibe en el entorno un incesante flujo de transformaciones y emprende de nuevo un sosegado regreso hacia el pensar, convencida de que “se confunden los sueños de la realidad con la realidad de los sueños”; el sujeto traspasa límites imprecisos que convierten el caminar en una distancia sin fondo.
   El invierno dicta las pavesas crepusculares del final. Suenan los últimos pasos y hay en el cansancio del sujeto un latido de finitud, aunque también de esperanza y compañía: “Noche cerrada. / Una luz que se enciende. / Ya no estoy solo”. Las glosas estacionales dejan a la palabra en su lugar, el nomadeo no es sino el afán de capturar el misterio y la belleza, pero también la fuerza de un lenguaje que en una sociedad volcada en lo contingente da lugar a la poesía, y hace de las palabras un muro firme de permanencia, aunque ese muro deje al poeta un rincón al margen, una morada humilde y periférica, lejos de los escaparates de lo trivial.
   En Sendas de Bashô Manuel Neila abre un remanso de belleza y verdad, persuasión y extrañeza. Busca en el haiku la gota de claridad inesperada que nos deja un tiempo en vela, donde lo relevante y lo verdadero nunca ocupa el primer plano de la plaza social sino los mínimos rincones donde el sujeto intuye una comunión agradecida con la naturaleza y con todas las preguntas que van manando del borbotón del tiempo. La palabra recoge esas sensaciones que se hacen visibles entre la materia, que alegran y entristecen como voces mudas que nos reconcilian.  




lunes, 21 de enero de 2019

AFORISMOS Y ESCARCHAS

Pórtico adosado de San Vicente
(Avila)




DESDE EL PÓRTICO DE SAN VICENTE



En el trasfondo del azar dormita un orden secreto, una simetría que pauta planteamiento, nudo y desenlace.


La autobiografía convierte a otro en protagonista.


Los minimalistas dogmáticos pueden confundir un haiku con un cantar de gesta.


El agónico vocacional tiene una visión cabizbaja de la realidad inmediata.


Cerca del mar todo se borra, salvo el silencio roto y el efecto emocional de la contemplación.


Contra los insectos utiliza el reproche  didáctico.


No siempre fue pasado e invisible.


La conciencia egoísta piensa que un cielo menesteroso cobija a los demás.


El insomnio acumula ruidos con cautelosa paciencia.


Las falsas verdades dejan ruinas que se veneran largo tiempo.


Cuando despierto regreso de un oasis que no existe; entre las manos tengo un puñado de arena.


A diario la realidad comparece con la piel sucia y agujeros en la suela de los zapatos.


Se desplaza con disciplina de trazado ferroviario.


Tinta botánica: libros de hoja caduca y libros de hoja perenne.

(Selección de aforismos)




domingo, 20 de enero de 2019

FRENTE A LA LUMBRE

Castañas al fuego



LUMBRE

Nadie recuerda
el vuelo del verano.
Miran la lumbre.





viernes, 18 de enero de 2019

SIHARA NUÑO. GRAFÍA DEL CUERPO

Hipopotomonsesquipedafiofobia
Sihara Nuño
Editorial Baile del Sol, Col. Sitio de Fuego
Tegeste, Tenerife, 2017


Anatomía
Sihara Nuño
Editorial Polibea
Col. Toda la Noche se oyeron...
Madrid, 2018

GRAFÍA DEL CUERPO

   La marea digital y las contingencias biográficas de creadores asentados en el espacio peninsular proporcionan sustratos renovados al suelo del presente. Ante esta situación, la inacabable dictadura de las etiquetas críticas ayuda a ubicar enfoques y obliga a diseccionar posicionamientos estéticos que abren turno al debate. Frente a los poetas de la literatura oficial, que cuentan con el beneplácito de la tradición, existe otra manera de entender el poema, más compleja y, a veces, cuestionada por su hermetismo. Esta indefinición requiere atravesar la capa superficial de los recorridos menos diáfanos para la necesaria clarificación del fondo.
  Son pocos los itinerarios que desdeñan el gregarismo y hacen del lenguaje un texto ambiguo, con significado plural. De este empeño participa Sihara Nuño (México, 1986) para quien las palabras son embriones que colonizan el centro de todo. En su quehacer, integra poemas en revistas y antologías y las entregas Poemas para leer después de un tiempo (2009), Los cerdos también sonríen (2016), Los monstruos se disfrazan de flor (2016), La casa que nos habita (2017) y los dos quehaceres más recientes, que se yuxtaponen de forma natural, Hipopotomonstrosesquipedaliofobia (2017) y Anatomía (2018). Ambas conforman un tramo indagatorio continuista, que justifica esta perspectiva crítica, como si pertenecieran a un mismo segmento escritural.
 La poeta sabe que el desconcertante título Hipopotomonstrosesquipedaliofobia busca una clarificación urgente. Alude al síndrome que sufren los que cultivan un miedo irracional a las palabras largas, técnicas o impronunciables. Así que el libro sería una estrategia, con mucho de catarsis, para regular la ansiedad, confrontar fobias y liberar los miedos. De este modo la escritura trazaría una senda necesaria para buscar en la subjetividad armonía y salud. Los poemas refuerzan una poética lúcida que adquiere en sus planteamientos la racionalidad del ensayo y el empeño por hilvanar un discurso comprensible y objetivista. El poema postula en su dicción exactitud técnica; plantea renovar la expresión incorporando términos científicos que abren nuevos procesos cognitivos.
  Las composiciones plantean indagaciones del yo en las que el cuerpo se convierte en un espacio conjetural. Se verbaliza la percepción del desgaste, los elementos de la finitud, la enfermedad con sus rincones sombríos de trastornos y patologías. La voz poética es consciente de la putrefacción del ser, del desorden crónico de la fisiología y su ronco rumor entre las células. Son las voces desapacibles del miedo a vivir, ese glosario con diccionario de urgencia, un refugio capaz de poner lindes entre el cuerpo y el ser, estableciendo entre las dos identidades puentes de convivencia. Eso es automedicarse: “Buscar la salvación cuando nada nos libera”.
   Escribió Wallace Steven: “El pensamiento es una infección. / En el caso de ciertos pensamientos, / se convierte en una epidemia”. Dejo aquí los versos porque justifican la sensación de que Anatomía preserva el clima escritural y no estrangula el acercamiento al cuerpo como propuesta semántica. De esa contingencia parte Luisa Etxenique al abordar el prólogo; la biología corporal es el epitelio del poema. Las palabras definen el cuerpo, su causalidad, su modo de trascender la textura sensible para llegar a la emoción y el pensamiento, para abrir senda desde la célula al organismo que hace de la poesía su materia nutricia. El magma físico, desde Hipócrates y Galeno, impulsa un sondeo demorado y una nueva formulación expresiva. Es un reconocimiento a la desnudez. Una introducción en el caos que madura hacia adentro con una pulsión expansiva; que hace de cada parte biológica un código cifrado que es necesario resolver: “Comprendí sin saber qué pero comprendí, / aprecié el valor de sudar algunos llantos, de saberme lluvia y carne, / lluvia humanizada / lluvia aspirando a ser el ciclo del agua, / como si pudiera evaporizarme, / como si la liberación del dolor en realidad nos liberara.”
  La propia anatomía  exige un bosquejo objetivo y distanciado, un dibujo mental que borra lo descriptivo para que afloren en libertad intuiciones “palpando paredes que no existen” y salgan a la luz dimensiones ocultas”
   Sihara Nuño amplía el concepto de poesía como herramienta comunicativa hacia una conciencia abierta del lenguaje. Incide en la veta experimental del muro léxico y en su apertura a la posibilidad. Sus versos exponen entrelazados que aglutinan dicción renovada, textura emotiva y una sensibilidad argumental marcada por lo biográfico como núcleo irradiador. No descuida, sin embargo, mecanismos internos para velar lo personal, aunque esta clave parezca contradictoria o paradójica. las palabras abren puertas para acercarse a las raíces más oscuras de la identidad, a dejar en sus versos el tacto vivo de una subjetividad porosa, la grafía del cuerpo.



jueves, 17 de enero de 2019

GLORIA DÍEZ. FE DE VIDA

Gloria Díez
Fotografía de
Manu Ridocci


Entrevista con GLORIA DÍEZ

Hace unas semanas asistí a una lectura poética de Gloria Díez (Asturias, 1949). Percibí en ese evento en la Biblioteca Mario Vargas Llosa una sensibilidad aguda y el escribir a trasmano de quien sabe que el tiempo rescata la palabra exacta, que hay que moverse con lucidez y pasión, sin más brújula que ser coherente con la propia obra. Me acerco de nuevo a la poeta y periodista para abordar su itinerario lírico, un dominio abierto que sigue caminando.


   Su andadura comienza a principios de los años ochenta con Mujer de aire, mujer de agua (Rialp, 1982). ¿Qué supuso publicar en una colección tan emblemática?

Fue un regalo del destino. Y vino de la mano de Luis Jiménez Martos. Yo escribo desde los catorce años. Cuando Jiménez Martos me “descubrió”, tenía ya cinco libros “en el cajón”. Lo que ocurre es que estaba en un momento de pujanza profesional. Y el periodismo activo puede ser arrollador.


El silencio posterior convirtió la escritura en espera. ¿Fueron incompatibles quehacer laboral y taller literario?

Mi silencio solo fue hacia el exterior. No tenía tiempo para frecuentar los ambientes literarios, para unirme a lo que entonces se llamaba irónicamente “una cuadra”, en alusión a los hipódromos, pero la poesía es mi forma de entender el mundo, literalmente, y a eso no se le puede poner freno. Seguí escribiendo. ¿Cómo podría no hacerlo?


Sin embargo, la poesía sigue fluyendo hasta componer una segunda estación, Dominio de la noche, trabajo ilustrado con los inquietantes grabados de Piranesi (1720-1778) cuya fantasía constructiva deja una sensación de enclaustramiento y desolación. ¿Son rasgos que la palabra poética de Dominio de la noche también asume?

Es una buena apreciación. Creo que eres una de las personas que mejor han entendido ese libro. Refleja mi particular “noche oscura”. Y en contra de lo que podría pensarse, creo que no es una etapa agradable, pero si la atraviesas…el grano que no cae en la tierra no puede florecer. Así están hechas las cosas. 


En el prólogo de Dominio de la noche Victoria Lafora habla de su poesía como una puerta abierta a la incertidumbre, como crónica de un tiempo de batallas perdidas…

Victoria Lafora es una extraordinaria compañera de profesión, una entrañable amiga, otro regalo de la vida…juntas vivimos momentos convulsos de este país, cuando cada día parecía que iba a ser el último, que todo podía venirse abajo. Se pueden perder batallas, y ganar otras “a los puntos”, pero yo nunca me entregué. Y ese fue mi triunfo.


A pesar de que el libro contiene las estrías del dolor también es evidente el esfuerzo regenerativo de una voluntad que intenta remontar vuelo. Qué hermosa definición del quehacer creador contienen estos versos: “Poesía, un farol diminuto / para cruzar abismos”

Eso es exacto. La poesía es luz en lo más profundo de la tempestad. Luz diminuta, reflejo de una intuición que no sirve para “entender” el paisaje completo, pero que te susurra “sigue”, “vive”.

  
 La eficacia estética de sus libros procede de una dicción cuidada e intimista. Son texturas también presenten en Inocente ceniza, tercera entrega, donde la elaboración lingüística es sobresaliente: musicalidad, dicción precisa…¿No cree que en la actualidad hay un desmesurado prosaísmo que se hace pasar como poesía?

Tengo un profundo respeto por la prosa poética y por la poesía llamada “prosaica”. Lo que me importa es que sea una escritura honesta, dispuesta a crecer. No es muy inteligente creer que has llegado a la meta cuando has recorrido los primeros cincuenta metros. Eso no te ayudará a seguir. 


Pese al título, los poemas de Inocente ceniza concluyen con un mensaje de esperanza; la ceniza no será ceniza sino vuelo, renacer, abono, sementera. ¿La poesía es también una manera de percibir rendijas de luz?

Para mí, la única manera de percibir esas rendijas, y la única manera de acercarse a ellas. Los “grandes” incluso se bañan en luz.



miércoles, 16 de enero de 2019

ANTONIO CRUZ ROMERO. UNA HABITACIÓN DE HOSPITAL CON VISTAS AL MAR

Una habitación de hospital con vistas al mar
Antonio Cruz Romero
Letras Cascabeleras, Poesía
Cáceres, 2018


LA HERIDA DE VIVIR


   Siempre asocio el nombre de Antonio Cruz Romero (María, Almería, 1978) con la traducción al castellano de la última poesía neerlandesa, un espacio lingüístico casi silenciado por completo en la cartografía literaria del presente, resignado a convertir al inglés en el cauce renovador de la lírica. Pero el traductor almeriense personifica un quehacer marcado por la diversidad: es autor de relatos, novelista, antólogo y editor, aunque el rasgo esencial de su perfil creador es la poesía. Retorna al género con la entrega Una habitación de hospital con vistas al mar, un aserto explícito que convierte el mar en paradójico horizonte del dolor.
   Algunos lectores recordarán el cuerpo de afinidades entre el joven poeta y el profesor Hilario Barrero, que aporta al libro la ilustración de cubierta y algunas imágenes interiores. Entre ambos nombres se ha establecido en el tiempo una senda común que integra publicaciones, traducción –y recuerdo aquí La esperanza es una cosa con alas, compilación poética de Emily Dickinson, editada y traducida al castellano al castellano por Hilario Barrero- y aportes de inéditos en las respectivas revistas. En fin, que ambos poetas han establecido un jubiloso viaje de amistad y poesía, una contingencia emotiva que vuelve a constatarse al integrar el nombre del escritor toledano en el pórtico de citas, del que también forman parte Hugo Claus y el conocidísimo principio aforístico de Wittgenstein: “Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”.
 La poesía de Antonio Cruz tiene desde su inicio un sesgo narrativo, con un fuerte sustrato biográfico. El canto elegíaco está marcado por la desesperanza, como si el sujeto verbal tomase conciencia de que se ha cumplido en la identidad un ciclo de erosión, en el que muestran las desapacibles mutaciones. Ser es abrir la puerta a la incertidumbre. El dolor coloniza el espacio existencial. Es un largo pasillo cuyas paredes expanden humedad y silencio. Huele a convalecencia y enfermedad y marca una fecha en el calendario, casi real en su precisión crítica: 25 de enero, como si fuese necesario recordar cuándo la cirugía se instaló en el corazón sentimental para reiterar en cada latido el significado del otro, el dolor compartido, la inquietud.
   El verso se despoja de utillería léxica, para convertirse en la palabra de una crónica fría. Como en los poemas desolados de Karmelo C. Iribarren o en los fragmentos mínimos de Chantal Maillard, dos referentes coetáneos que enuncia el mismo personaje al dar fe de vida de su tácita soledad. Se ha acostumbrado a leer el desapacible idioma de la herida: sus efluvios, el trazado aleatorio de la cicatriz, la invisible convulsión de las células. La densa lluvia va dejando paso a un cielo abierto, a una contemplación más distante que poco a poco convierte al olvido en epicentro y deja dentro un nuevo espacio para mirar la amanecida; la aurora trae un punto de luz al día siguiente, como si los sentidos necesitasen pasar página y prodigar contornos y formas nuevas: “La tarde camina en dirección opuesta al invierno, / como deseando alcanzar la primavera; / quizá por un camino equivocado; quizá solo el tiempo lo habrá de dilucidar. / Puede que ya todos estemos durmiendo”
  Como una larga meditación existencial en torno al tránsito y la desesperanza, la poesía de Antonio Cruz Romero alerta sobre la decrepitud que acecha cada recorrido existencial. Es un acto de introspección, con una fuerte apoyatura cultural, en el que el yo poético descubre su fragilidad, esa necesidad de construir el mundo desde la presencia del otro, de compartir el paso también en los naufragios y de abrir juntos la ventana al paisaje que deja el sustrato de los días, sabiendo que alzamos una minúscula estatura.
 Sin más: “Aquí solo somos / el insignificante zumbido de un insecto / que ilusos creemos imprescindible para volar”.      



martes, 15 de enero de 2019

ANTES DE LA TORMENTA

Marejada
(Florida, 2013)
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia


AFORISMOS A PIE DE MAR



En el trasfondo del azar dormita un orden secreto, una simetría que pauta planteamiento, nudo y desenlace.


La autobiografía convierte a otro en protagonista.


Los minimalistas dogmáticos pueden confundir un haiku con un cantar de gesta.


El agónico vocacional tiene una visión cabizbaja de la realidad inmediata.


Cerca del mar todo se borra, salvo el silencio roto y el efecto emocional de la contemplación.


Contra los insectos utiliza el reproche  didáctico.


No siempre fue pasado e invisible.


La conciencia egoísta piensa que un cielo menesteroso cobija a los demás.


El insomnio acumula ruidos con cautelosa paciencia.


Las falsas verdades dejan ruinas que se veneran largo tiempo.


Cuando despierto regreso de un oasis que no existe; entre las manos tengo un puñado de arena.


A diario la realidad comparece con la piel sucia y agujeros en la suela de los zapatos.

(Mínima selección de autor)




lunes, 14 de enero de 2019

LOS LUNES INFINITOS

Amanecida
( Volver al día)
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia




EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES   

Mientras mis amigos los seres invisibles
                        crecen en número, crecen.

                                                             LUISA CASTRO                           


El arte de vivir los lunes
requiere cierta práctica y algo de teoría,
saber de estratagemas y confabulaciones
y adjetivar la prosa cotidiana
con una terca voluntad de estilo.
Incontables acechan
los peligros desde el primer café,
crecen cuando un olor
anuncia escuetamente la leche derramada,
se reproducen con duración de días laborables
y en guardia se mantienen,
tal seguros precintos,
entre los pasajeros del tren crepuscular
que nos devuelve a casa,
al reclamo del lecho hospitalario.
El arte de vivir los lunes
sobrevive y se esconde
en vacuas reflexiones como ésta:
nada es eterno, salvo un lunes.

                    
                                           (De Población activa, 1994)




domingo, 13 de enero de 2019

OXIGENACIÓN (Ventanas del diario)

Ventanas
(Madrid, 2019)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana



OXIGENACIÓN

Con quien no esté un poco cansado de todo
no vale la pena dialogar

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA

Imagen interior que no se desvanece: las pupilas de mi padre guardaban dentro un sol apagado, una noche en continuo titubeo.

Hace unos años escribí este aforismo: “No están fuera ni dentro. No están”. Y estos días lo recordé por su precisa manera de definir esas presencias que guardan detrás de su sonrisa una extraña distancia. Nunca sé si son cercanía o lugar lejano, periferia o centro.

La revista ha crecido mucho y extrema ahora, según su director, el criterio selectivo de los colaboradores: solo Premios Cervantes o Premios Nobel. Los afluentes epigonales de Campoamor lo tiene duro. Yo, también.

Hay fotografías que no concuerdan con la realidad; ocultan seres deshabitados.

Escenarios visuales de Madrid donde pueblan aceras los zapatos gastados de mi soledad. Cuesta de Claudio Moyano, palacio de cristal del Retiro, calle Toledo, Plaza Mayor y Campo del Moro, el patio interior del Reina Sofía, templo de Debod,  calle Alcalá, parque del Oeste… Son marcos urbanos que comparten la melancolía del paseante. Sitios que hay que merecer. Muchos pasos son transitorios, carecen de entidad para perdurar; aunque yo sea un optimista y vea espejismos en los encuentros.

No se requiere una especial clarividencia para saber que la madurez reblandece cualquier tipo de avidez sexual, pero concede máxima solidez a la ternura.

Esa disparidad en la percepción del otro es una escuela abierta. Hoy aprendí que hay gente que percibe en una pregunta inocua un golpe que deja en coma. Insólito y clarificador para mañana: no hay más preguntas. Se cierra el turno.

Empleó años en ser un palimsepsto de la estupidez. Ahora personifica un dato empírico: no todos tenemos el cerebro en la cabeza.

Fauna doméstica; esa gente que entiende la amistad como echar  migas de pan a las carpas y barbos del Retiro.

(Oxigenación. Ventanas del diario)



sábado, 12 de enero de 2019

JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. ESPACIO TRANSITORIO

Espacio transitorio
José Luis Zerón HuguetPrólogo de Jordi Doce
Huerga & Fierro Editores, Poesía,
Madrid, 2018


TIERRA FIRME

   El excelente liminar del poeta y traductor Jordi Doce, que abre las páginas de Espacio transitorio,  permite recordar la visión literaria de José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965), con quien cobró peso una de las aventuras literarias más duraderas de los años noventa: la revista literaria Empireuma. Sobre el afán poético escribe Doce: “La contemplación obsesiva de este mundo conlleva un grado de extrañeza –de extrañamiento- que nos permite tomar conciencia del tejido complejísimo y a la vez coherente de la realidad, con sus luces y sus sombras, su juego de contrarios, su infinito juego de espejos”.
  De este empeño de búsqueda y desciframiento nace la poesía de Espacio transitorio, denso poemario que integra tres secciones con una textura similar. El primer tramo, “La canción del tránsito” marca su epifanía con un referente cultural de la tradición judeocristiana: Lot. Es nombre que adquiere una notable carga simbólica; la identidad del sujeto contiene en su estar un afán de búsqueda y exploración, una tendencia existencial a borrar el sedentarismo para habitar otras geografías al paso, aunque es necesario no mirar atrás y hacer del tiempo un presente continuo, también en la carencia. De esta forma fluyen las composiciones con un claro enfoque narrativo. Los enunciados poéticos visualizan distintos protagonistas cuya contingencia siempre coincide en compartir las contradicciones de lo real, ese espacio inexplorado que codifican a menudo el miedo y la incertidumbre. Pero allí también está la tierra firme, un territorio de esperanza que alberga claridad y distancia.
  El tramo central del poemario “Extravíos” añade al hilo argumental el paso de los otros, esas presencias que dejan sombra en el imaginario social y que afirman en sus itinerarios sensaciones contradictorias que obligan al yo a aceptar lo gregario o a disentir en las sendas abiertas porque son con frecuencia distancias ilusorias, pasos que caminan hacia ninguna parte. Sobresale en este apartado el poema “La niña de Sebrenica” que sobrecoge por su mirada social y por ese enfoque del superviviente que quiere olvidar lo que ya forma parte irremediable de su identidad; aceptar la derrota es exigir a la conciencia la asunción de la culpa y el miedo, abrir los ojos al sinsentido de seguir a pesar del odio, la infamia y la muerte, con los ojos ateridos de frío. Ese desamparo por los sueños rotos, que siembra el tacto ártico de tantas geografías, está presente en otras composiciones como la inspirada por los niños asesinados en Hula (Siria). En ellas el miedo se convierte en cercanía y sombra, en ese monstruo que quiebra el sosiego y que provoca la disolución de cualquier esperanza, que hace de la memoria opresión y derrumbe.
  Esa palabra angustiada deja sitio en “Adhesiones” a una voz de amanecida que abre sus sentidos a la luz. Es el propósito de firmar una tregua con la memoria, de hacer de lo cotidiano casi un espejismo de salvación, aunque el muro siga en pie, opaco y clausurando la esperanza,  la voz sabe que solo es libre “aquel que rompe el espejo donde se mira exhausto”, que supera el feroz aprendizaje de la tristeza en pos de una estela más propicia para seguir en ruta.
  El poema “Réquiem” clausura esta entrega de José Zerón Huguet con una voz versicular que postula la visión de un paraíso perdido, que deja en lo diario una sensación de derrota y fracaso, de ocupar un espacio transitorio. Siente la palabra como una estrategia defensiva, como un refugio contra el tiempo. Al cabo: “El mundo mendiga conocimiento y un lenguaje para sobrevivir a la imperfecta belleza de la discordia”.



viernes, 11 de enero de 2019

SÍNDROME DE LA TINTA

Sombras en la pared
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia

SÍNDROME

Manifestación objetivable, el examen físico
Indicios de un síndrome

SIHARA NUÑO

Esa afección
que me quema por dentro
es el poema.