domingo, 31 de enero de 2016

INVITACIÓN AL OPTIMISMO



MEDIODÍA

             Con ellas


Nada detrás.
Sobre el suelo rugoso
ninguna sombra.



sábado, 30 de enero de 2016

RAFAEL SOLER. ÁCIDO ALMÍBAR.

Ácido almíbar
Rafael Soler
Ediciones Vitruvio
Madrid, 2014


ÁCIDO ALMÍBAR
  
La biografía entre líneas de Rafael Soler (Valencia, 1947), afán activo que integra en su trabajo novela, relato y ensayística breve, busca en la expresión poética su altura cimera. Lo saben bien los visitantes de las librerías que, en 2009, convirtieron en logro editorial el volumen de poesía Maneras de volver. La entrega más reciente del escritor valenciano emplea como título el oxímoron, Ácido almíbar, acaso para dejar constancia de que deambulamos a diario entre paradojas porque la existencia despliega su cronología entre solanas y umbrías, un acontecer pendular que nos nutre con la pulpa agraz de lo diario.
Este nuevo paso estructura su recorrido en seis tramos, a los que se añade, como callejón final, una postdata. El enfoque de la voz verbal no desdeña la ironía, ese mirador distanciado que quita la pajarita a lo solemne. Así nos lo recuerda el aserto del apartado inicial “Quédate a los títulos de crédito”, pero la implicación reflexiva de los versos es continua. Desde que la persiana filtra los hilos de la amanecida, el estar del sujeto deja su voluntad en los senderos de la incertidumbre, en la perspectiva de “esa epifanía de lo amargo por venir y lo nacido”, como dicta con tino certero el poema “Parto a término”. La intemperie aguarda para cubrir la piel con el relente, sea cual sea el ámbito existencial que ocupemos; niño, joven, sedentaria madurez o declinante tiempo de senectud oirán en el silencio una única respuesta: “ y siempre será el silencio la única respuesta / cuando proclames exigente / que el aire que respiras / las manos con que amas y el cielo que te cubre / son tu manera de estar alzado entre las cosas / que sólo para ti / futuro perdedor de cuanto tienes / fue trazada la dimensión del agua / y el espanto azul de las estrellas”
En todas las secciones de Ácido almíbar resaltan los códigos formales del autor. Nada es gratuito. Los títulos poemáticos sirven como destellos aclaratorios y adquieren el peso de un pensamiento conciso. Veamos algunas muestras: “Solo el viaje importa”, “Metabolismo basal de un edificio adolescente”, “Una derrota compartida es siempre la mitad de una victoria”, “Hábitos estables para alcanzar el día”, “Escorzo de anciano a la intemperie”. Desde ese umbral, las palabras trazan una estela expresiva que sustituye el intimismo coloquial por una dicción moldeada, densa, vestida de sugerencias que añade onirismo, rupturas de lugares comunes y comparaciones sorprendentes. El resultado es una invitación al asombro: “ Pides al Dios de Todos los Pucheros / un golpe de claxon en tu historia / que no tenga sabor a nicotina”; o versos como estos: “ pero tenía una mosca de fresa en el escote / y exacto el entresijo”, cuyo significado desconcierta. De esa falta de confesiones al decir prosaico nace una lírica nunca previsible. Poesía  donde conviven los trazos memorísticos de un yo diseminado en el tiempo y canto existencial, esos bocetos que buscan en  el lenguaje catarsis y expresividad emotiva, un espejo fiel en el que encuentre cobijo una conciencia en vela. 




viernes, 29 de enero de 2016

PASOS CANSADOS...



PASOS CANSADOS

                                  Sensación de estar solo


Pasos cansados
-oscura flor dormida-
hablan por mí.




jueves, 28 de enero de 2016

LUCES Y PASILLOS



LUCES

Desde hace cuatro días en la casa no hay nadie, salvo yo. Al bajar la escalera, una luz del dormitorio se enciende sola. No recuerdo cuándo accione el interruptor. Apago y tanteo el pasillo. Bajo hasta el salón, otra vez entre sombras. Un instante después está encendida la lámpara del baño principal. Aquí no hay nadie salvo yo, me repito, mientras veo en el espejo un tipo que se mira a si mismo y que, hace una hora, consumía una soledad monótona y previsible.

                                                         (De Cuentos diminutos, Nueva York, 2016)




miércoles, 27 de enero de 2016

ALEJANDRO DREWES. MAR DE FONDO

Mar de fondo
Alejandro Drewes
La Isla de Siltolá, Colección Tierra
Sevilla, 2015


DERIVAS DEL TIEMPO

  Doctor en Química por la Universidad de Barcelona, Alejandro Drewes (Buenos Aires, 1963) impulsa un taller creador que aborda versiones al castellano –con especial dedicación a las voces danesas, alemanas y suecas- crítica, edición y afán versal. Tras una amplia presencia en antologías colectivas, su senda poética comienza en 2008 con Las uvas del paraíso, un conjunto cuyos caracteres – la presencia de lo afectivo, la sensación de carencia, el estado de ánimo nocturnal, la concisión expresionista del lenguaje…- perduran en el segundo paso, Lugares de la noche, y regresan en la salida que ahora comentamos, Mar de fondo, integrada en los caladeros editoriales de La Isla de Siltolá.
  Quien firma la introducción, Graciela Maturo, fundadora de la revista Kairos y directora del Aula María Zambrano, resalta la atmósfera elegíaca y la sensación de intemperie de un libro que emplea el poema breve como formato habitual y que deja sitio en las composiciones a un poblado sustrato de símbolos. Dentro de cada conciencia perdura la emoción de lo vivido; el yo interior concede conocimiento y constancia para soportar los trazos difusos y la aridez del presente.
  Los apartados que integran Mar de fondo emplean como hilos organizativos dos referentes semánticos, los sustantivos tiempo y niebla. Son nombres que inciden en la idea de que el trayecto individual del personaje que habita en los poemas siembra huellas en la arena dispersa de la incertidumbre. De ahí la sensación de irrealidad que propaga la biografía existencial y la necesidad de mirar dentro, entre las sombras propias: “Uno piensa en eso / aquella torre / junto al río / una luz repentina / por entre los árboles / -uno piensa en eso / como una sombra / que hondo hacia la sima / de sí misma / se hundiera..” En ese afán indagatorio el sujeto se percibe en medio del camino, en ese punto donde confluyen el pasado –siempre proclive a la idealización y el onirismo- y los pasos inciertos del futuro, una cadencia que se ha ido repitiendo en la trama personal de una identidad concreta y en la historia plural del devenir histórico. Vivir parece una continua representación de la caverna platónica; sombras del yo frente a un muro pétreo hecho de sombra y tiempo. En esa habitación solitaria de lo cotidiano el respirar se convierte en un ejercicio de tinieblas: “En  el fondo de ti / un delgado cristal / hay que se rompe / sin ruido, como todo / se quiebra al final / de su breve danzar / con la cifra del mundo “.
 Personal y reflexivo, el lenguaje poético es fortaleza y reducto, un espacio hospitalario contra la intemperie que dinamiza cuestiones esenciales de la identidad como el ser transitorio y la conciencia del tiempo; cada verso reescribe un hilo de luz que traza senda en mitad de la noche.



lunes, 25 de enero de 2016

ANDRÉS GARCÍA CERDÁN. BARBARIE

Barbarie
Andrés García Cerdán
Ediciones Rialp. S. A
Premio Alegría.
Madrid, 2015

RUIDO DE FONDO

   Una digresión previa. No sé si les ocurre a los demás críticos pero, en mi caso, las cubiertas de Adonáis difunden un valor añadido, la condición histórica, esa mirada atemporal que tiene sitio en las estanterías centrales del hoy. Al río continuo de Adonáis se incorpora Barbarie, libro con el que Andrés García Cerdán (Fuenteálamo, Albacete, 1972) ganó el Premio Alegría en 2015, el mismo año en que publicaba La sangre, entrega relevante de un corpus formado por Los nombres del enemigo, Los buenos tiempos, La cuarta persona del singular, Curvas y Carmina. Tan considerable trayecto permite establecer algunas pautas. Andrés García Cerdán hace del sondeo existencial y la temporalidad espacios recurrentes. El estar precario es condición que pone techado en cada singladura. La palabra poética enuncia, pero sobre todo incide en las cualidades del lenguaje como elemento matérico del que deben manar las posibilidades expresivas; el verso es un temblor emotivo, alejado del son convencional y estable. Ya el título es denotativa declaración; los comportamientos absurdos y la barbarie son zonas pobladas que se van sucediendo en el acontecer. El tiempo avanza a trechos en esa evolución natural que niega el logos. Si esa semántica alejaba la condición del yo del sedentarismo calmo y rutinario, el poema de apertura, “Flash” abre otra grieta al postular que la poesía es convulsión y catarsis, regreso al interior para enfrentarse a lo nocturno y a la nada. El poema no cierra los ojos; se convierte en interpretación de lo convulso, saca a plena luz las fotografías del contexto. Así se percibe en composiciones como “Pescadores”, versos que propician una lectura en clave sociológica de la precariedad, o “Los bárbaros”, que aporta un significativo contraste; el arte y su quietud pretérita, que durante años ha sido testimonio vivo de una civilización y su estela cultural, se convierte en objeto de destrucción y barbarie del fundamentalismo. La intolerancia distorsiona el significado y lo convierte en escombros.  Pero no es un hecho aislado. La geografía de la devastación multiplica enclaves y etapas ; y así van emergiendo en el poema secuencias de esa animalidad inherente que emprende a cada paso sendas destructivas: “Sobrevive la piedra, ennegrecida y vil, / la tierra ensangrentada sin sus frutos. / Sobrevive la infamia de saber / que somos la alimaña más dañina, / más inconsciente y más cruel del mundo “.
   Barbarie cobija algunos homenajes literarios, esas lecturas que tararean el ruido de fondo de la afinidad y el modo común de sentir el poema como trasiego de la biblioteca, según deja constancia el poema “19 de marzo”. Allí habitan el hombre común de Raymond Carver, ese yo inmerso en la nadería doméstica aguantando hilos que se quiebran en cualquier momento, y personajes arquetípicos como Yorick, el bufón danés que W. Shakespeare crea en su tragedia como excusa entre ser y no ser.
   El mundo personal del sujeto verbal es también un conjunto de signos que hablan de un tiempo cotidiano y de un lugar habitable, donde queda a trasmano el brusco discurrir de la intemperie: el sabor de las fresas, un día en la piscina, la claridad del mediodía, o ese fluir que se hace gozo en lo minúsculo, que inunda las palabras con el verbo agradecido de la celebración, que habla del afecto y la amistad. Resulta entrañable el poema "Eloy" en el que sobrevuela la voz y la palabra de Sánchez Rosillo, quien hace de la poesía entrega, soledad y oído dispuesto al rumor de las cosas.
   En su pautada evolución desde el grito hasta el silencio, Barbarie muestra el trazo continuo de la buena poesía, esas palabras que iluminan por dentro y sacuden el corazón porque conocen los oxidados mecanismos del tiempo.   


   




domingo, 24 de enero de 2016

AUTOBIOGRAFÍA

Murallas de Ávila 


AUTOBIOGRAFÍA


También soy yo
por la fidelidad a mis contradicciones,
por permitir gozoso,
cuando las plazoletas solitarias reivindican
el silencio y la sombra,
que un silencio me asalte en el espejo,
como un rastro de luz, leve, intangible,
e inicie una liturgia
con frecuencia de rito
de nombres, fechas, gestos
y túmulos de sueños
nadando alborozados en el mar
de una cronología sospechosa.

Tanta dulce mentira esconde a otro.

     (De Causas y efectos, Sevilla, 1997)




sábado, 23 de enero de 2016

JAVIER EGEA. TALLER DEL AUTOR

Taller del autor (1969-1999)
Javier Egea
Edición, presentación y notas de
José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández García
Narrativa Bartleby, Madrid, 2015

MISCELÁNEA EN PROSA

  El catálogo editorial de Bartleby ha concedido al escritor granadino Javier Egea (1952-1999) una relevancia incondicional, primero con la edición de su obra lírica compilada en dos volúmenes aparecidos en 2011 y 2012, y ahora con la primera entrega de sus trabajo en prosa. Sin duda, para el lector habitual en la personalidad de Javier Egea prevalece el aporte versal. Con una activa vocación temprana, el poeta formó parte de la trama cultural de Granada en el arranque de los años setenta y se dio a conocer a nivel nacional cuando se lanzó el manifiesto de “La otra sentimentalidad”, una propuesta de renovación estética auspiciada por Javier Egea, Luis García Montero y Álvaro Salvador. Aquella proclama, inspirada en el pensamiento de Juan Carlos Rodríguez, enunciaba la íntima conexión entre quehacer escritural y tiempo histórico, y suponía una quiebra con el itinerario estético de los novísimos, netos defensores del formalismo poético y de la autonomía del lenguaje. Aquella identidad tuvo una resonancia imprevisible y algunos de los nombres de la Otra sentimentalidad serían cabezas visibles del realismo figurativo y la poesía de la experiencia. En la elaborada introducción de Manuel Rico, que sirve de umbral al primer tomo de poesía se añaden a la figura literaria de Javier Egea dos valoraciones complejas: “raro y heterodoxo”, aspectos que explicarían la ausencia en recuentos y antologías generacionales. Desde mi perspectiva, la obra lírica de Egea es escasamente rupturista, salvo con el precedente culturalismo novísimo, y tiene una pulsión clásica que emana del continuismo con una tradición hispana reconocible. La no inclusión en nóminas epocales se debe más a incapacidad y torpeza de antólogos que a supuestas conspiraciones y resentimientos de grupos.
     El volumen Taller del autor (1969-1999) se edita con una presentación aclaratoria de José Luis Alcántara y Juan Antonio Hernández García. Ambos estudiosos explican la procedencia de los textos compilados y la particular trayectoria de su gestación. Los textos, en su mayoría inéditos, enfocan aspectos importantes de la obra poética; analizan el activismo personal en años muy complejos, cuando la transición amanecía, lastrada por los efectos secundarios del franquismo, y la eclosión de la poesía de Javier Egea en el último tramo de su biografía, ya en los años noventa, cuando el reconocimiento es máximo y son frecuentes las presentaciones de nombres consagrados, como Rafael Alberti, y los propios recitales, cuya preparación pautada y minuciosa se puede comprobar en la selección textual. 
   Desde los textos iniciales sale a la luz el poeta en la calle. El entorno familiar de Egea es el de una familia de clase media con inquietudes culturales, pero la ideología del poeta es evidente ya en su juventud. Lo proclama, sin tapujos, en los primeros escritos de presentación en cuyas líneas hay una notable reivindicación del compromiso. Es una reivindicación que se mantiene  en el tiempo. El poeta nunca ha creído en el tópico del intelectual encerrado en la torre de marfil de su pensamiento. sabe que en cada sujeto conviven lo privado y lo público y es un estímulo de la vida diaria alentar estrategias de convivencia entre ambos espacios. Durante tres décadas es testigo directo del acontecer urbano de su ciudad y de la formación de sus señas de identidad. Y uno de los rasgos que mejor definen la manera de ser de Javier Egea es su actitud ante lo colectivo, el compromiso con causas que rechazan el conformismo. Solo el trabajo con los demás revaloriza la utopía, nos hace protagonistas en el escenario de lo histórico. Somos individuos solidarios. Todo yo es otro.
   Taller del autor (1969-1999) sirve como material complementario para familiarizar al lector  con la personalidad de un poeta contemporáneo que ha dejado una obra poética de interés, honda y emotiva, y con el contexto histórico de un tiempo decisivo en  la gestación del ahora poético.




                                                      

viernes, 22 de enero de 2016

EN LA LÍNEA DE COSTA.

En la línea de costa


LA SILLA VACÍA


   Era un hábito firme. Cada día se adentraba en el mar como si estuviese soñando. Un crepúsculo naranja el sueño mar adentro se prolongó demasiado. No hubo despertar. Solo se hizo real  esa silla vacía que aguarda su regreso.


                                               (Del cuaderno Cuentos diminutos, Nueva York, 2015)  


                                           

jueves, 21 de enero de 2016

EFRAÍN BARTOLOMÉ. ANTOLOGÍA AMOROSA

Cabalgar en las alas de la tormenta
Efraín Bartolomé
Prólogo de  Soren Peñalver
Epílogo de Noelia Illán Conesa
Ediciones Balduque
Cartagena, 2015
                           

 ANCLADO EN EL AMOR

   La antología amorosa Cabalgar en las alas de la tormenta, de Efraín Bartolomé, es un largo canto celebratorio. El poeta mexicano (Ocosingo, Chiapas, 1950) hace del amor un amplio mapa con trazados profundos en el que se van marcando las huellas de su lírica, desde Música solar (1984) hasta su entrega El son y el viento.
  El texto de Soren Peñalver explica desde la cercanía del afecto la génesis de un libro que incide en uno de los núcleos más concurridos de la lírica de todos los tiempos. Esa evidencia obliga, a quien regresa al tema, a una renovada epifanía. Los versos de Música solar hacen de la confidencia personal un soliloquio intimista, casi confidencial, que pone en la misma mesa al yo poético y al tú interlocutor, aunque este último deje en silencio su presencia para escuchar una profusa confesión sentimental. Como es sabido, Pablo Neruda, César Vallejo y Octavio Paz emplearon en su día un enfoque similar para dejarnos libros clásicos que ya están en la memoria de todos. Así arranca el cálido verbo de Efraín Bartolomé: “Yo nunca hice el amor / : el Amor me hizo a mí. / Después de tanta vida / esto es lo que aprendí “. La voluntad de ser  no es sino una manera de cabalgar detrás de la tormenta, hacerse cauce para que una torrentera arrastre al tiempo.
  De la lumbre del deseo nace una contemplación diáfana del entorno diario.  La luz construye calles habitables. La palabra constata ese estar junto a la puerta abierta de la felicidad. La voz renace firme: “este es un canto para ti / Entero como el aire que pasa y acaricia las flores del durazno / Feliz como una noche total / Dulce como los niños que se enamoran de su maestra / y no saben decir dónde les duele  y lloran.”
  En estos poemas el amor concede a lo diario un sentido exacto. Es cumplimiento y destino. Ve en lo transitorio un campo estéril que solo se hace surco cuando lo fertiliza la lluvia cálida de los sentimientos, para que mude en tierra húmeda y propicia.
  El cierre escritural corre a cargo de la poeta y editora Noelia Illán Conesa. Su trazo crítico resalta el entrelazado entre razón biográfica y propósito comunicativo en una circunferencia cuyo centro natural es la emoción, esa tierra húmeda donde fertiliza la empatía del nosotros: “Todo lo que uno encuentra aquí es pasión: eso es amor. Un amor que se huele, que se toca, que se lame con tibia lengua, que se abraza con todas las venas del cuerpo. Y este poeta, con la firmeza de alguien que lo ha visto ante sus ojos, con el vigor del crepúsculo y la noche, como un vates, lo sabe “.
  Torrencial y magnética, intuitiva, pero con extenso aporte culturalista, la voz amorosa de Efraín Bartolomé se hace temblor y herida; una lluvia interior que propaga su razón de ser, y con trazo de miniaturista dibuja una identidad complementaria: “Viajar en ti / quiere decir / quedarse”. Anclado en el amor, el poema resiste cualquier incertidumbre. 



miércoles, 20 de enero de 2016

REFLEJOS

Reflejos de mar


REFLEJOS

         Para Pilar

Busco reflejos.
Se despliegan mis ojos
y pierden pie.




martes, 19 de enero de 2016

TÚ Y YO, NOSOTROS (CONTRANACIONALISMOS)

Barcelona (Cataluña, España)

CONTRANACIONALISMOS

                          Tú y yo, nosotros


Esa simulación de tolerancia de quien se proclama diferente.

El imaginario épico y su aire de familia con los cuentos de hadas.

La saturación nacionalista, ese monopolio que dicta su interpretación  de la realidad.

Trivializar la Historia es cerrar los ojos ante los efectos secundarios.

El santoral independentista está lleno de bustos dorados que acentúan su porte natural con purpurina.

                                                                                            (Aforismos inéditos)



lunes, 18 de enero de 2016

MARIO PÉREZ ANTOLÍN. OSCURA LUCIDEZ

Oscura lucidez
Mario Pérez Antolín
Prólogo de Joan Subirats
Baile del Sol Ediciones, Colección Textos del Desorden
Tegeste, Tenerife, 2015 


RINCONES DE LA RAZÓN


   Resulta curioso que la contención expresiva del aforismo se haya convertido en los últimos años en incontinente fuerza creadora. En las estanterías del presente se multiplican títulos, nombres propios y colecciones monográficas. El impulso, creo yo, no proviene de un legado literario renovado, aunque magisterios centrales como Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez escribieran aforismos, o aunque las greguerías de Ramón Gómez de la Serna desbrozaran sendas lúdicas a los recorridos habituales del texto breve. La copiosa floración actual obedece más bien a las cualidades de un entorno cambiante, a la pugna por esencializar el mensaje para una difusión más global en las redes sociales y al carácter fragmentario de lo real que se va renovando con paso inestable marcado por la intensidad de la urgencia. Es hora de mostrar en público los rincones de la razón.
  Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1964) es Licenciado en Geografía y completó su formación universitaria con un máster en Ordenación del territorio y política ambiental, un campo formativo que ha dado pie  a aproximaciones, estudios y ensayos y a foros de debate donde tiene un activo protagonista. Su prisma creador es diverso; integra poesía, ensayo, colaboraciones en medios de comunicación y aforismos. Este último género ha propiciado las entregas Profanación del poder, con liminar del filósofo Eugenio Trías, la entrega La más cruel de las certezas y el volumen  Oscura lucidez. Entre estos pasos no hay fracturas; las compilaciones aforísticas comparten el diálogo indagatorio entre filosofía (el yo), sociología (los otros) y lenguaje (ese puente que une el trayecto continuo entre el ser y el estar). 
   Las líneas prologales de Joan Subirats nos dejan una definición relevante del género como labor asistemática que admite en sus costuras lirismo, reflexión, consecuencia moral o postulado político. Y un selfie del autor: una mezcla de poeta de la quintaesencia y de cirujano de lo superfluo. Sin duda, un atinado retrato que se mantiene en el curso del tiempo...Así pues, Mario Pérez Antolín enfoca el renglón aforístico con un criterio amplio, de puertas abiertas, que acoge cuestiones dispares y las huellas más profundad del ahora para convertir la escritura en realidad reflexiva. El escritor no es un esteta desubicado sino una retina con luz que comparte intrahistoria y necesidad colectiva con un lenguaje claro, conciso y esencial. Un ideario que extiende su semántica también a la poesía. En los diferentes apartados surge de cuando en cuando el poema, versos que buscan las transiciones que abren emociones e ideas. 
   El libro Oscura lucidez de Mario Pérez Antolín no busca una memoria compacta y orgánica sino una visión parcial del simple vivir. Así se va enunciando una sensibilidad, una conciencia interrogativa que trata de ubicarse en el cable tenso de una irreprochable coherencia. Pasos de un funambulista que aspira a comprender.   



domingo, 17 de enero de 2016

NO SÉ ESPERAR...

No sé esperar
Fotografía de Adela Sánchez Santana



NO SÉ ESPERAR...
(Aforismos sin reloj)


El pesimista es tan clarividente que anticipa el fracaso.
                 
Utiliza argumentos que recuerdan carnavales de pólvora.

Los cementerios de coches abusan del retorcimiento manierista.

En el trasfondo del azar dormita un orden secreto, una simetría que pauta planteamiento, nudo y desenlace.

Los andenes ferroviarios son espacios ambiguos e imprevisibles en los que se respira la quietud de la ausencia; nadie sabe quién se va o quién se queda.

Los minimalistas dogmáticos tienden a confundir el haiku con un cantar de gesta.

Hay escritores que en cada libro se definen como palabreros aficionados.

Los que mienten consiguen interpretaciones magistrales.

La amnesia aporta tranquilidad a la respiración de los recuerdos.


                               



sábado, 16 de enero de 2016

ESQUEJES DEL DIARIO

Esquejes
Fotografía de  José Manuel Vilaboa Bernárdez


ESQUEJES DEL DIARIO


   Las páginas autobiográficas muestran un sujeto a solas que mira su rostro en el agua. En su reflejo encuentra los trazos de un personaje, complejo y contradictorio. Como escribiera Marguerite Yourcenar, esas líneas recuerdan que "El yo es Proteo". Las confidencias suenan a media voz; son la versión de un testigo directo, desde un lugar privilegiado. En el mirador la percepción se distancia, como si lo que ocurre descubriese una hilazón de hechos ajenos. A menudo esa asepsia deviene impostura, parece el púlpito de un narrador omnisciente que hace trampas con el comodín.
  Hay diarios hechos de naderías, que no pretenden ser sublimes en cada amanecida; son los que yo prefiero: humanizan al personaje, dejan la sensación de estar escuchando a un sujeto real, que recrea sus caminatas por las aceras grises de la ciudad de siempre. 
  El diario es un charco de mansa rutina  al que le han crecido unos cuantos esquejes.

                                                                                                   (Notas sueltas)





viernes, 15 de enero de 2016

KARMELO C. IRIBARREN. LA CIUDAD

Karmelo C. Iribarren

 
CUANDO LA CIUDAD DUERME

                  A estas horas
         siempre
                       sucede lo mismo:
                            o es demasiado tarde
                           o muy temprano aún.

                                           Karmelo C. Iribarren

   Un hombre callejea, con andar sosegado, por el laberinto peatonal de una ciudad mientras se diluyen los contornos de edificios y transeúntes. Sobre los escaparates encendidos, crece en su espalda una sombra azul, dibuja irreverentes siluetas en movimiento. Hay en las despobladas aceras charcos de la lluvia nocturna en los que, poco a poco, la tinta blanca de la aurora encuentra sitio para una nueva representación. Amanece sobre los tejados. El hombre silencioso vuelve a casa, aunque no sabe si es demasiado tarde o muy temprano; la calle se puebla de pasos y toses que tienen la sonoridad y el ritmo improvisado de las piezas de jazz. Entre la claridad y el silencio, asciende el manso humo de lo cotidiano. Así, con esa ambientación de serie negra, en un impreciso decorado que puede reconocerse en cualquier sitio, se edifican muchas de las composiciones que prefiero de Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959). De igual modo, siento una incansable afinidad por su personal búsqueda, sin artimañas, de una lírica esencial que hace suyo aquel axioma de que ciencia y poesía tienen la misma obligación de precisión y claridad. Una formulación de traje parecido tiene una disertación crítica de Gabriel Ferrater en la que defendía que el contenido poemático debe tener, al menos, tanto sentido como una carta comercial.   
   Esta artesanía sugiere antecedentes. Los encontramos en esa parcela de la tradición lírica norteamericana que se denominó poesía minimalista, cuyas marcas de identificación sintetizo: dicción coloquial y sobriedad expresiva, ausencia de aderezo culturalista, orientación realista, reflejo ambiental que describe las esquinas de lo tangible y un hablante moldeado como un autorretrato sentimental e intimista. En ese discurso verbal, nacido como reactivo contra la literatura metafísica y transcendental, sobresalen las voces de Mark Strand, Raymond Carver, Charles Simic o Carolyn Forché.  Fue a comienzos de los años noventa, en una década de exultante vitalismo de la llamada poesía de la experiencia, cuando esta propuesta escritural es asumida en nuestro entorno por autores que la taxonomía crítica aglutinó tras el aserto “realismo sucio”. En su núcleo central encuentran sitio las obras del propio Karmelo C. Iribarren, por más que el poeta no suela encontrarse cómodo en la codificación generacional ni en promociones o grupos de conjurados estéticos.
   De la progresión y consistencia del largo itinerario recorrido en más de dos décadas, desde que llegaran a las librerías en 1993 sus versos más madrugadores, deja constancia el volumen Seguro que esta historia te suena, un completo bagaje hasta 2012, en el que las entregas se integran sin contradicciones ni cambios de registro, con un claro sentido unitario. El poeta no confunde; nunca deja de ser quien es, como si se hubiese rezagado en su propia condición. Este panorama general, que debe su título a un poema homónimo del libro Serie B, estuvo precedido por muestras parciales como La ciudad, que alcanza ahora la tercera salida, tras las fechadas en 2002 y 2008. En el liminar de la primera edición, el desaparecido escritor Vicente Tortajada comenta el golpeteo emotivo de las obsesiones poéticas de las obsesiones de Karmelo C. Iribarren, esas que arrastran sus pies al caminar y raras veces permiten la indiferencia; los poemas tienen el murmullo de un acordeón que propaga en el silencio de la madrugada un lirismo desnudo capaz de alejarnos de la soledad. Por su parte, Joaquín Juan Penalva, en las consideraciones introductorias de la segunda recopilación aconseja adentrarse en la poesía iribarriana a cuerpo limpio, sin apriorismos, como nos adentramos en el recinto de la realidad cotidiana, porque el poema nunca oculta su aliento vital. Mis opiniones críticas no difieren.
   La ciudad, en sus ampliaciones, traza un lacónico callejero con dos enclaves de referencia: la zona centro –el sujeto verbal- y la periferia: las voces y ecos de los otros. El protagonista verbal de Karmelo C. Iribarren desdeña la impostura, toma prestados abundantes rasgos del sujeto biográfico y cuando habla de sí mismo nunca se percibe en el tono ningún ejercicio de egolatría ensimismada sino una mera cuestión de proximidad afectiva. Quien habita en los versos no se dedica a cultivar la autoestima sino a registrar a mano alzada la nervadura existencial y sus circunstancias. Y en ese trasfondo cabe la viñeta costumbrista, la reconsideración de las franjas vividas, el aprendizaje existencial, las claves sentimentales y las erosiones de la edad. Son vetas argumentales expuestas con un sustrato de ironía que aleja el patetismo, cuando se hace certeza que las ilusiones y utopías depositadas en los calendarios alcanzaron su fecha de caducidad, o cuando la realidad refleja, con el ceño fruncido, un rostro ajado en los espejos del existir.
   Las palabras del hablante lírico aspiran al diálogo y se pronuncian con un claro propósito comunicativo. La confidencia sentimental viene filtrada por la voz de un yo desdoblado, una identidad reconocible que comparte preocupaciones, valores y actitudes con el acento dialogal de la evocación. Otras veces, el mapa del recuerdo se pliega tras el cristal de la observación para exponer matices e impresiones tomados del entorno próximo: las escenas descritas tienen un trazo limpio, una leve variación que las aleja de la monotonía habitual. El poema entonces se hace crónica, apunte costumbrista en el que la sorpresa encuentra un hueco. Esa fidelidad al detalle se aleja de lo didáctico; no hay pretensiones de representar la voz generacional, ni la mezcla coral de lo gregario: quien habla lo hace por asuntos propios, no para cumplir la solemne tarea del portavoz.          
  La arquitectura poemática se alza con el verbo fluido del hombre de la calle que habla de situaciones vivenciales. Mira el calendario que marca el tiempo en las largas horas vacías que acumula el final de cada jornada, cuando todo se reduce a una terca sensación de cansancio y derrota y el cristal se llena con la plata sucia de lo desvaído.
   La expresa mención a la ciudad del título convierte al paisaje urbano es un escenario omnipresente que muy pocas veces adquiere tintes idílicos. Es un espacio baudelairiano, que se caracteriza por imágenes que reflejan las circunstancias existenciales. Sujeto y paisaje forman un todo caracterizado por una ligazón natural; el entorno crea la atmósfera propicia para que emerjan las imágenes que contrastan pretérito y presente, experiencia y deseo, carencia y celebración. El ánimo se apropia de esas imágenes plásticas que nos concede el paisaje real y con ellas edifica su experiencia verbal.
   En las composiciones de Karmelo C. Iribarren se construyen puentes entre vida y literatura. Aquí, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia sino afirmación de vida de un personaje verosímil, el autorretrato de un desconocido que huye del azar y la impostura. En sus versos hay sitio para las estampas interiores de la intimidad, ese conjunto de rasgos sentimentales que define la identidad de un yo concreto. El territorio interior establece una forma de compartir maneras de ser y de sentir y nos deja las señas de identidad de un sujeto fiable con el que establecer una relación amistosa. A esta atmósfera de recogimiento propicia a la confidencia, que deja sobre la mesa la frágil armazón de lo vivido, le viene bien salir del neutro territorio del narrador omnisciente y emplear la primera persona. La voz directa inspira confianza e incluye la proximidad de un plano de detalle; quien habla lo hace con lucidez inquieta y exigente, con la vibración de un protagonista implicado y no con el tono neutro y lejano de un personaje marginal. Las palabras llegan con la cadencia de una voz que nos deja asomarnos al cauce continuo de su pensamiento.  El quehacer poético de Karmelo C. Iribarren amplía la conciencia y está lleno de efectos secundarios. El poema breve es siempre un adecuado receptáculo formal. El argumento se articula con una precisión que consolida el desenlace. El cierre versal alcanza su punto álgido, y concluye esa armonía secreta. Ese proceso de creación propaga y  trasfiere al lector las continuas indagaciones en la verdad de la existencia.
 Supongo que a nadie se le oculta que, en la declinante cuenta de resultados del mercado editorial de estos años, la triple reedición de una antología poética como La ciudad en poco más de una década es campo de confusión y motivo de asombro. El asunto subraya un caso raro, un intraducible secreto literario, de esos que James Joyce escondía en sus libros “para mantener ocupados a los críticos durante trescientos años”; o constata de forma natural, por encima de cualquier duda, una acertada conjunción de méritos propios en la perdurable labor de Karmelo C. Iribarren. Sin más interpretaciones; lo que sienta las bases del temblor cordial con este volumen de poesía es la manera de hacer crónica una poesía vigorosa y precisa para captar la esencia, emotiva y sin adornos verbales, oportuna y cercana, que tiende la mano  para rescatar al lector de la intemperie, mientras la ciudad duerme. 

( Prólogo de La ciudad, Renacimiento, Sevilla, 2014) 



jueves, 14 de enero de 2016

GEOGRAFÍA URBANA

Madrid

GEOGRAFÍA URBANA

                                       Para Javier Cabañero

Pasos lejanos 
y reflejos furtivos.
Atardecer. 


 

martes, 12 de enero de 2016

HILARIO BARRERO. DIARIOS (2012-2013)

Diarios (2012-2013)
Hilario Barrero
Ediciones de La Isla de Siltolá, Levante
Sevilla, 2015

TALLER DEL YO

  La tensión narrativa del diario –suena a principio elemental y recordatorio de las convenciones del género, pero se vela con frecuencia- es el impulso para recrear lo vivido. Su verosimilitud se basa en la calurosa presencia de la primera persona que vivió el relato en tiempo real, soportó el frío posterior del olvido e inició más tarde el sendero de la reconstrucción  para compartir sus confidencias.
  En la autobiografía resulta clave el análisis emocional del narrador y los rasgos principales creados por el personaje que comparte pertrechos descriptivos de su historia. El buen diario se mueve en círculos concéntricos; es un catalizador de intereses que propician atención minuciosa y una sostenida evocación.
   El taller del yo aglutina diferentes estratos. Los hay superficiales y aleatorios; están ahí para dejar constancia de las variables azarosas de lo cotidiano. Las páginas de Hilario Barrero llevan hasta el papel el núcleo humano en el que se mueve el escritor, los latidos domésticos de Brooklyn y el devaneo de la enseñanza universitaria con los temblores del escalafón docente y la apatía habitual de los poblados pupitres. Esta caminata escrita por la rutina laboral tiene una bifurcación muy conocida del poeta: el ser literario. En su doble faceta de creador y traductor; asoman lecturas y afanes en torno al libro que deparan encuentros con otros autores, viajes, o secuencias al paso con los nombres propios del ahora poético, algunos esporádicos y tangenciales, y otros reiterados en salidas anteriores de esta obra en marcha que es el diario.
   Pero los estratos más sólidos, esos que sujetan las pisadas más definitorias del yo son fáciles de descubrir. Nadie está solo cuando tiene el corazón en compañía. Qué hermosa definición nos deja de su convivencia de pareja en esta anotación de la página 22: “En amor todo lo que no es imprescindible sobra. El problema es saber cuándo encender el fuego y cuándo apagarlo. Cuando dar a la pasión una silla para que descanse, cómo dejar que las sábanas se enfríen. No permitir que el tiempo sea la lluvia que apague el fuego, que la rutina sea quien planche las arrugas de la entrega. Que al ir muriendo el amor no se entere, que crea que dormimos porque el amor está siempre ahí, perro fiel, navaja afilada, mordisco animal, vendaval salvaje. El amor nace cada vez que respiramos y sigue vivo después de que morimos”. El lector sabrá disculpar la longitud de tan hermoso párrafo.
   Otro elemento esencial de la sensibilidad del yo biográfico es la música clásica. El disfrute de la ópera es una de las actividades culturales básicas del ocio neoyorkino. Una y otra vez insiste en el repertorio musical con una atinada información de directores, orquestas y características interpretativas. Esa melomanía me hace recordar al poeta asturiano Javier Almuzara y a su hermoso libro Catálogo de asombros, donde la sabiduría auditiva contagia pasión e inteligencia, complicidad entre música y poesía.  
   El poeta Joan Margarit suele comentar en sus lecturas que cada ser biográfico aporta a la escritura un puñado de estaciones imprescindibles. Son los lugares de la identidad. En ellos se guarda el tiempo del asombro y son siempre refugio abierto contra la intemperie. En Hilario Barrero hay dos estaciones imprescindibles: Toledo y Nueva York. Toledo es la luz clara de la amanecida, la primera raíz, el árbol de familia que cobija una incansable fronda sentimental que va acumulando vivencias y recuerdos. Una realidad hecha imaginario sentimental para la evocación y los regresos. El perfil de Manhattan y la armonía vertical de Nueva York apareció ante los ojos del poeta hace treinta y ocho años. En la ciudad de los rascacielos, en Brooklyn, se quedó para trabajar como profesor titular de la Universidad y allí sigue con el legado de varias décadas de docencia y con el patrimonio afectivo de haber hecho de la ciudad una residencia estable y repleta de vida. No sé si podría sumarse a estos dos rincones de la existencia la presencia de Asturias, un paisaje geográfico y sentimental que invita siempre a los regresos, donde amigos como José Luis García Martín tienen casa abierta para el encuentro esporádico. Las anotaciones del paisaje están llenas de poesía, cumplen sus ciclos estacionales con la cadencia de un reloj rutinario que va dejando en cada contemplación señales de muda y de permanencia, sobrios contrastes en los que el ánimo del poeta encuentra calidez.
   Decía Cioran – y lo recuerda casi con las mismas palabras otro espectador de interiores, Iñaki Uriarte- que una semblanza solo es interesante si se consignan las ridiculeces, porque humanizan al personaje. Es sabido que hay también autobiografías sin autor, que hablan como autómatas, como si asistieran desde un palco al paso de su propia vida. 
  En este diario se percibe con trazo definido la silueta clara del personaje, las huellas marcadas de una identidad real, de un hombre con memoria. Así que nada sobra en esta miscelánea. Todo se engarza para convertir la mirada fugaz en escritura, para dejar ante el espectador una lectura fragmentaria en la que encajan actitudes y gestos, sensibilidad y gustos, sentimientos y silencios, el reflejo exacto del yo ante el espejo.


lunes, 11 de enero de 2016

ELVIRA SASTRE. YA NADIE BAILA

Ya nadie baila
Elvira Sastre
Prólogo de Fernando Valverde
Valparaíso Ediciones
Granada, 2015
 

PAN RECIÉN HECHO


   La poesía de Elvira Sastre (Segovia, 1992) se aloja casi a primera hora en el espacio lírico actual. Comienza a escribir apenas sale de la adolescencia y de forma constante ha ido completando un itinerario creador que compagina música y poesía y que ofrece una panorámica textual en la antología Ya nadie baila, con introito del poeta Fernando Valverde. En esta compilación se acogen composiciones del libro de salida, 43 maneras de soltarse el pelo, una amplia representación de Baluarte, auténtico hito desde su publicación, y trece poemas inéditos de un libro en preparación que abre la puerta del quehacer actual de la autora, también presente en las páginas digitales del blog. 
   La palabra crítica de Fernando Valverde, poeta y profesor universitario, traza con acierto algunos caracteres singulares de este trayecto continuo, personal fresco y celebratorio:”Elvira Sastre es una poeta de su tiempo que ha encontrado una voz con la que poder comunicarse con los otros. Y es precisamente en la existencia del otro, en la posibilidad de conmover donde se encuentra el verdadero sentido de su poesía y de la poesía que merece la pena”.
   Ecos similares encontramos en el prólogo firmado por Benjamín Prado en la amanecida de 43 maneras de soltarse el pelo. El poemario aporta un vitalismo juvenil que habla de aprendizaje y ser biográfico. En él encontramos versos como éste que deja con un puñetazo sobre la mesa una poética vital: “A la mierda / el conformismo; yo no quiero  / ser recuerdo. / Quiero ser tu amor imposible, / tu dolor no correspondido, / tu musa más puta, / el nombre que escribas en todas las camas…”. El lector debe saber además que en los poemas de Elvira Sastre la tipografía versal juega con los espacios blancos y las asimetrías para dar ante los ojos del lector un aire de libertad y una impresión de línea expandida, como si fuese una escritura impulsiva que acoge movimientos aleatorios. En esta poesía resalta la cercanía de la voz verbal, ese empeño en creer que las palabras certifican el estado emocional de un personaje que despliega confidencias y emociones, que hace del camino hacia el otro un impulso vital, una brújula firme para guiar los pasos del ahora.
   Con la tinta confidencial de un diario íntimo, Baluarte entrelaza su urdimbre versal como un autorretrato. En los poemas se define un yo que abraza incertidumbres y certezas, que busca indicios de su paso en los espejos: “y así con todo / que soy tan minúscula como el punto de una i / y prescindible como una exclamación de apertura, que te quiero más pero siempre después de ti”. Los ámbitos domésticos se amplían en otros lugares de paso en los que la ciudad –una ciudad arquetípica, hecha de laberintos y ausencias- obliga a buscar nuevos refugios: “Cuando uno se marcha / y regresa / se encuentra con un lugar maquillado y extraño, / una ciudad puesta de gala para otros, / como esa chica a la que rechazamos / y se vuelve de repente, / un ser precioso y no apto para nosotros “. En el silencio de la soledad la mirada percibe un paisaje menos nítido, en el que cobran voz las disonancias y los espejismos. El yo se va poblando de fantasmas que encuentran en la escritura una puerta de salida: “Y escribo, escribo, escribo, / escribo para  que mis ruidos no me cieguen. / Escribo, escribo, escribo, / escribo para dar al silencio una excusa / Escribo, escribo, escribo, escribo para repetirme que todo está vivo “.
   El anticipo de inéditos que cierra la antología Ya nadie baila nos permite percibir la voz continua y el regreso a motivos centrales como el amor y el intimismo que transmite esa capacidad transformadora del yo en el otro en la que convergen reflexiones y sentimientos. La poesía de Elvira Sastre huele a pan reciente; se palpa el pecho para encontrar los latidos del corazón, verbaliza motivos que alejen la desolación para iluminar la casa y el silencio con la delgada luz de las palabras.   




domingo, 10 de enero de 2016

PÁJAROS

Hojas de acuarela


PÁJAROS


   La higuera tenía un tronco esbelto y salomónico. En su tramo superior se bifurcaba con equilibrada simetría. De sus frutos emanaba un olor inconfundible que atraía bandadas de misteriosos pájaros. Alas de color que solo aparecían en verano. Anidaban en las ramas altas y allí sufrían una misteriosa mutación. Las plumas adquirían tonos de acuarelas y se transformaban en sedentarias hojas.
  Con el relente de octubre, las alas volvían a vestirse de plumas. Concluido el proceso, los pájaros emprendían vuelo. Entonces el tronco de la higuera engordaba y retoñecía su follaje.   

(Microrrelato del cuaderno Diez insomnios)



sábado, 9 de enero de 2016

JOAN DE LA VEGA. Y TÚ, PIRENE

Y tú, Pirene
Joan de la Vega
Editorial Denes, Colección Calabria
Valencia, 2013

Y TÚ, PIRENE

   En 2013, Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramanet, Barcelona, 1975), director de la editorial la Garúa desde su fundación,  consiguió con el libro Y tú, Pirene el X Premio de poesía César Simón, patrocinado por la Universitat de Valencia. El reconocimiento sacaba a la luz una colección de poemas que daba continuidad al itinerario gestado en la primera década del nuevo siglo, un trayecto formado por Ladino, que integra los tres títulos iniciales, La montaña efímera, Una luz que viene de fuera y 365 haikus y un jisey. Esta producción, presente en algunas revistas y antologías, conforma un pensamiento estético instalado en la reflexión y en la búsqueda de lo singular.
  Sirve como umbral de Y tú, Pirene un cuerpo pluritextual que integra ocho citas, una polifonía cercana a la semántica del poema prólogo, “Para la ceniza”. La palabra convoca soledad y extrañeza, da fe de un caminar dubitativo que acepta la condición del ser como soledad y ausencia. Ese clima poético en los claroscuros se distiende poco a poco en el apartado “Ojo de nieve”, donde la geografía suma percepciones y elementos al paso –conviene recordar la presencia que el paisaje tenía en otro título del poeta, La montaña efímera- para reconstruir un horizonte gozoso, que deja ante los sentidos su armonía y habla con el callado rumor de los silencios: “Antes que nada  / alta fidelidad / por esas piedras / que sobrecogieron / nuestros pasos. / fidelidad a la piedra / si / y no a los labios “ En ese estar la presencia del yo se diluye, es solo un espectador que apenas perturba con sus huellas los indicios de permanencia, las grafías de lo exterior.
   Más contaminado por el ser biográfico, el apartado “Bajo tierra” emplea con frecuencia el poema en prosa. De nuevo el verso insiste en la interrogación, como si la falta de luz propiciara una existencia al margen, un hábitat que tiene dimensiones oscuras de nicho o fosa y suena a desconcierto; un tiempo de horas bajas, empeñado en contemplar eclipses.: “Quieres dormir el sueño del cieno. En la ausencia de rayos y llanto. Precipitarte por una fracción de cielo. Sin esos ríos oscuros por donde salir de nuevo a buscarte “.
  De nuevo el verso libre deja como cierre la sección “En manos del aire”, un apartado con más simbología y con mayor tendencia metafórica. Además se entrelazan poemas en catalán y castellano, con una poética despojada que, en su afán de esclarecer el sentido, tiende al silencio, fragmenta lo real hasta convertirlo en simple lectura de la nada, como si la palabra hubiese perdido su razón de ser, y solo fuese una brizna dormida en las manos del aire. 







viernes, 8 de enero de 2016

ENCUENTRO CON LLUVIA

Goyescas
Fotografía de Ana Rodríguez Fischer

ENCUENTRO CON LLUVIA


Aquel día gozaba de la lluvia
bajo la espesa fronda de un parque solitario
y tropecé conmigo.
Miré mi rostro
con curiosa sorpresa;
me hallé un poco más viejo, más cansado,
abrumado quizás
por un escepticismo prominente y asiduo
y una antigua tristeza,
palpable aunque recóndita.
Sentados en un banco prodigamos
leves toses, murmullos,
dilatados silencios  y miradas furtivas.
El tiempo parecía detenido,
hasta que una acuarela de ceniza
ensombreció la tarde.
En tanto se alejaba
una temprana rosa depositó en su sitio
efímeros instantes de belleza
que, de común acuerdo, ambos no vimos.
Respiré hondo;
todos sabéis qué indecible fragancia
emana de la tierra cuando llueve.

               (De Población activa, 1994)




jueves, 7 de enero de 2016

XAIME MARTÍNEZ. FUEGO CRUZADO

Fuego cruzado
Xaime Martínez
XII Premio de poesía joven "Antonio Carvajal"
Hiperión, Madrid, 2014

FUEGO CRUZADO


   Junto a la música – es letrista y toca en  “La bande du Poulet Fou” – la poesía es quehacer principal de Xaime Martínez (Oviedo, 1993), cuya segunda salida, Fuego cruzado, se incorpora al sello editorial de Hiperión, tras ganar el XVII Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal” en 2014.
   El libro se encabeza con “El cuchillo”, un soneto que sirve como oportuno prólogo reflexivo; la estrofa hace recuento de los recorridos entrelazados en el mapa vivencial y deja constancia de evidencias que anulan cualquier dogmatismo desde el enfoque irónico. Así comienza un libro estructurado en dos apartados de título contrapuesto, “Dedos de luz” y “El lado oscuro”. En el inicial una claridad propicia va dibujando el exacto perfil del entorno próximo, una percepción que busca ofrecer una realidad paralela y cercana que se dilucida con palabras precisas. El lenguaje se ajusta al cauce meditativo con objetivo enfoque. Así nos lo recrea el primer tanka, “Flatus vocis”: “El monte oscuro. / La luna de plata / incendia el bosque. / El silencio es el nombre / exacto de las cosas”.
   La escritura transmite sensaciones y estados de ánimo, expone un pensamiento que se acerca a la condición transitoria de la existencia y a las expectativas de un sujeto que mide la textura de las relaciones humanas, sometidas a una convivencia variable. El poema se convierte en un gesto firme contra el olvido, un símbolo perdurable que acoge a la dinámica vital y la transforma en una construcción de la memoria.  En ese ejercicio de introspección, el monólogo dramático permite recuperar otros estados de conciencia y escuchar el rumor de identidades asentadas en el discurso literario.
   Del diálogo entre las dos disciplinas artísticas mencionadas, música y poesía, surgen canciones como “Catfish blues (The seed shop)”, un texto dedicado a Muddy Waters; la composición es un buen ejemplo de como la voz poética recurre al préstamo literario para elaborar un discurso enunciativo que suena original y remozado: “Ya suenan, ya truenan las graves guitarras: / ya se oye el aullido del rock”. De esta forma, el poema amplia su límites para configurar un espacio libre donde caben los itinerarios de la imaginación y la soledad del viajero, o los aires frescos del homenaje a nombres propios de los escenarios como Bob Dylan o Billy Collins, que conviven con magisterios poéticos y referentes cinematográficos.
   Los aficionados al cine lo saben bien; la gran pantalla es un incansable artesano que modela personajes y secuencias perdurables. Del cine toma Xaime Martínez el sustrato argumental del apartado de cierre, “El lado oscuro”. Un apunte explicativo, concebido como un juego metaliterario, indaga las posibles fechas de composición de los poemas y su origen anónimo. Los autores rehacen antiguas canciones con rasgos propios de la épica e inspiran las viñetas de Batman, el cómic creado por Bárbara Gordon que abrió la exitosa saga cinematográfica.
    En los breves poemas madura el conflicto como detonante de conductas y valores asumidos por voluntades contradictorias. Son viñetas de una geografía que acoge al sinsentido y que obliga al sondeo y la búsqueda de alternativas. Es el precio a pagar por vivir entre la realidad y el sueño. En un lapso de tiempo muy corto, Xaime Martínez se ha convertido en uno de los nombres destacados de la última hornada. En su escritura comparecen el cuidado formal, la naturalidad expresiva  que busca la cercanía del lector, los cambios de perspectiva entre la primera y segunda persona y un textura rítmica de variada polimetría que se lee con fluidez y deleite.



miércoles, 6 de enero de 2016

ABRO PÁGINA...

Sendas  (Galicia, 2015)
Fotografía de José Manuel Vilaboa Bernárdez


ABRO PÁGINA...

                                     El tiempo, esa costumbre
                             de caminar a tientas

Estreno sendas,
caminos circulares.
Nadie detrás.



martes, 5 de enero de 2016

VÍSPERA DE REYES MAGOS

La noche junto al árbol


6 DE ENERO

          Para Irene y Ana

En los gestos del niño,
que pone junto al árbol sus zapatos
y unos vasos de fría transparencia
para alejar la sed de los viajeros,
está el callado impulso de una vida.

Han pasado los años
y no sé de renuncias ni de claudicaciones.
Jamás me fue posible vivir en otra casa
que no fuera tu sueño.

     (De Población activa 

lunes, 4 de enero de 2016

MIGUEL FLORIANO. QUIZÁ EL FERVOR

Quizá el fervor
Miguel Floriano
La Isla de Siltolá, Tierra
Sevilla, 2015

QUIZÁ EL FERVOR


Nacido en Oviedo en 1992, Miguel Floriano fecha su primer paso lírico, Diablos y virtudes, en 2013. Inicia entonces un quehacer sostenido que prosigue con dos nuevas entregas, Tratado de identidad y Quizá el fervor, de las que anticipa algunos poemas en revistas como Círculo de poesía, Anáfora y Estación Poesía. Junto a esta producción lírica, inicia otros géneros como el ensayo o la crítica en las que va enunciando señas identitarias y los trazos de una sensibilidad personal, en la que la cadencia versal tiene un claro enlace con la música.
   El libro Quizá el fervor arranca con una cita de Pedro Salinas, uno de los magisterios consagrados de la lírica amorosa, y pone como pórtico de su trama escritural la composición “Para cuidar de mí”. El poeta emplea en ella la forma dialogal de una segunda persona, un discurso implicativo en la que podemos suponer como interlocutor cercano al mismo yo desdoblado: “Recuerda que, una vez consagrada en la materia, / una vez desprendida de su pálpito, / tu pasión ya se vuelve la de todos / los hombres y mujeres, inaudita, luminosa. / Recuerda que al silencio pertinaz / de tus revelaciones, recto artífice, / se asoma lo increíble de este mundo.”
    En esa reflexión, el canto se define como una pasión, como una luminosa posesión personal que las palabras aventan para que sea compartida y se haga símbolo de claridad y posesión.  Eso postula el título del siguiente apartado “Ofrendas” que arranca con un soneto introspectivo. La estrofa clásica se ajusta a un viaje interior que enumera cualidades del ser frente a la realidad; estar exige respuestas y actitudes. La existencia es un recorrido que aporta indicios , un dominio de soledad que el tiempo explora y alimenta con sentimientos nuevos  que cubren al yo de voluntad y fortaleza, de inquietud y de búsqueda.
   En estos primeros poemas se percibe el empeño de la voz verbal en emplear una dicción de corte clásico, una estrategia comunicativa que suena con el tono de voz de lo solemne. Esa atmósfera de objetividad distanciada se contrapone con el uso de la ironía en los títulos poemáticos, que da pie a un coloquialismo matizado por la cercanía. Sin embargo, prevalece el taller de autor pertrechado de un buen acervo lector que permite incluso romper el silencio de Lope de vega y modular su voz para que suene renovada y no sea único patrimonio del vacío; el poeta regresa en un simulacro de existencia, es el protagonista tenaz de una quimera. Otras veces la palabra mira las huellas del pasado con mirada elegíaca para recorrer la distancia del tiempo: aquella amanecida de la infancia que daba al ser una percepción nítida y auroral poco a poco se va mudando al claroscuro de la realidad para dar paso a otra persona, al ojo adulto que sondea en las aguas turbias de un tiempo de inquietud.
   El libro toma el título de un poema homónimo, “Quizá el fervor”. De nuevo se plantea una identidad dual en la que el yo dubitativo y frágil  se expone ante un callado interlocutor que acumula cualidades ejemplares. Quien escucha es valiente, tiene el ánimo proclive a la respuesta sosegada, aconseja oír el cauce limpio de la música o buscar la forma adecuada al verso, tiene una personalidad que habla de primavera y paseo por un paisaje proclive al asombro.    
  De esa fusión paradójica entre identidades complementarias nace un optimismo existencial que hace del amor y la pasión razón de ser del poema, respuesta válida para poner los días en un eje de simetría y pulso firme. Pero la soledad nunca desaparece, es una respuesta de la sombra, una herida proclive a mostrar su cicatriz en el trayecto de la amanecida: “Al suave y melancólico compás / de los paisajes sucediéndose, / se comprende que todo es lejanía “.
   El poemario se completa con otras dos secciones. La primera, “Método del canto” sondea el entorno, descubre el inaudible lenguaje de lo diverso, ese discreto latido que convive con lo estridente sin que apenas deje rastros de su paso, como si fuese imagen cierta de lo efímero que apenas se redime en el poema. En ese estar al margen, el llanto desolado de un niño, el pensamiento que anticipa la fugacidad de lo vivido, los virajes de la soledad, o los tenaces fantasmas que resisten entre las sombras de cada existencia.. Por último, “Pavesas”, un apartado que emplea en ocasiones el poema en prosa” pone el colofón con un grupo de poemas que deja sitio al mapa del pasado. Aunque la voluntad niegue su tránsito el pretérito abre su cicatriz para mostrar sus pasos cumplidos, henchidos de vivencias que postulan los ecos de otros días.
   Quizá el fervor deja en sus versos las certidumbres de lo existencial, el viaje cumplido de una exploración del yo sobre los sentimientos y su hábitat natural en las palabras. Lo dice Miguel Floriano con lúcida voz en el poema “Hablar por hablar”: “… Hablo / de la soledad que jamás perdona a quien se ha ido. Hablo / del corazón como un ruido de llaves “.