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lunes, 20 de septiembre de 2021

MARÍA ÁNGELES LONARDI. EN EL VÉRTIGO AZUL DE UNA MIRADA

En el vértigo azul de una mirada
María Ángeles Lonardi
Prólogo de Gerardo Rodríguez Salas
Epílogo de Ivonne Sánchez-Barea
Círculo Rojo Editorial
Sevilla, 2021

ARCENES DE LUZ

 
   Antes de abordar el contenido lírico de En el vértigo azul de una mirada de María Ángeles Lonardi, profesora y escritora argentina establecida en Almería desde hace dos décadas, es necesario resaltar tres notas singularizadoras de este poemario: el prólogo del poeta, ensayista y profesor Gerardo Rodríguez Salas, el variado abanico de citas y la coda epilogal de la poeta y artista visual Ivonne Sánchez-Barea. En la exigente indagación introductoria de “Miradas que abrazan”, más que un texto coyuntural de mero acompañamiento al paso del poema, se perfila una travesía de conocimiento para sondear la confidencialidad expresiva de un ideario poético sacudido por la inconformidad existencial. En el quehacer de la mirada, como puente esencial de acercamiento al yo interior y a la realidad como espacio vital “Lonardi combina la doble mirada en un libro dedicado íntegramente a este motivo sin olvidar el vértigo que supone mirar desde el compromiso ético y social, sin olvidar esas gotas de histeria que ha de tener la poesía". Acierta plenamente el umbral al perfilar un yo poético en cuya identidad hay una aleación de sustratos emocionales  y perspectiva ética. Quien escribe nunca es un solitario desgajado del cuerpo comunitario sino que es parte de un todo social en el que se oye un lenguaje paradójico que aglutina el canto y la queja, el derrumbe y la plenitud sensorial.
   El paratexto de En el vértigo azul de la mirada es muy amplio. Integra citas de Benedetti, Cortázar, Gabriela Mistral, Coltrane, Paulo Freire, Whitman, Borges, Wislawa Szymborska o Bertold Brecht. Son aportaciones que avalan magisterios y admiraciones, que recuerdan que la obra personal requiere siempre el quehacer plural de la tradición y su incansable senda renovada.
   El epílogo “Tiempo en miradas” que escribe Ivonne Sánchez-Barea refleja una nítida sensibilidad poética; lejos del didactismo crítico reafirma ideales del sentir lírico en los que arde el conformismo y lo gregario. Aborda el perfil literario de María Ángeles Lonardi como un ejercicio de libertad en la búsqueda del misterio que habita en las palabras. Más allá de lo aparente está la esencia, la sabiduría de la imaginación, el mapa de los recuerdos que enlaza pasado y presente para oír mejor los latidos de un mundo siempre proclive a las asimetrías.
  El primer poema, que aporta el título, deja en detalle esos rasgos nucleares definidos por la búsqueda incesante de sentido vital a un tiempo de intemperie y soledad. Las palabras dan cuerpo ahora a un viaje interior que rastrea esperanzas y sueños, la presencia del otro capaz de habitarnos piel adentro y poner firmeza en el epitelio vulnerable del yo.
   El apartado “Volviendo la mirada” explora la soledad congénita del ser y también el carácter simbólico del pasado. La pérdida de aquel paraíso de la niñez obliga a buscar nuevas raíces y abrir las alas para resurgir en la implacable resistencia del aire. Las ásperas incógnitas del vivir exigen adentrarse en las sombras. En la sección “Cuestión de miradas” el itinerario intimista nunca pierde la conciencia de lo temporal. El afán introspectivo descubre “una triste realidad que nos condena” a un miedo silente que obliga a buscar la compañía y la complicidad de otras pupilas para sortear emboscadas y contradicciones en el transitar. En clara continuidad argumental, el conjunto “Mirada transversal” convoca espacios vitales que conforman la periferia del yo. Toda una avalancha de sensaciones somete al ánimo subjetivo a un naufragio continuo: “Frente a la inmensidad / nos empequeñecemos. / Nos aterra vivir solos / y solos enterrar los huesos”. Desconciertan  las desigualdades sociales y la barbarie de alzar muros poblados de concertinas y vallas electrificadas. Decepciona el empeño de aislar la riqueza, rompiendo en los más desfavorecidos sueños de amanecida. Las palabras se va trasladando a los escenarios de la ignominia de nuestro tiempo, que padece una ceguera crónica ante el dolor del otro.
   María Ángeles Lonardi, como si la cercanía exigiera acariciar el rastro de musgo del presente, fermenta en “Mirada de hoy” el incansable afán del fuga que empuja al tiempo. Todo es transitorio y perecedero y hay que esforzarse en mantener a salvo la esperanza, la necesidad de un cielo despejado, capaz de celebrar la claridad, más allá del encierro y la falta de abrazos, más allá de las calles vacías que invitan a romper la soledad con el poema.
  El final de trayecto de En el vértigo azul de una mirada se acrecienta la introspección, explorando las anotaciones del entorno. Los poemas se convierten así en crónicas emotivas que buscan un desarrollo argumental. Desde esa actitud de compartir los sustratos anímicos de la existencia, el yo poético, con plena naturalidad expresiva, moldea una perspectiva ética que dé sentido a la razón de ser. Caminar en lo diario es un parpadeo que abre los ojos a la esperanza, que tiende la mano a la naturaleza y al otro, que nunca renuncia a conseguir un día que las imaginarias paredes de los sueños sean reales, como arcenes de luz.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 

martes, 3 de mayo de 2016

FRANCISCO FERRER CARBONELL. EL REMO DE CHARÓN

El remo de Charón
Francisco Ferrer carbonell
Editorial Círculo Rojo, 2016

AL OTRO LADO

  Para su amanecida como narrador, Francisco Ferrer Carbonell (San Pedro del Pinatar, Murcia, 1962)  elige un título con resonancias clásicas, El remo de Charón. Otra vez retornan desde las aguas mansas de la tradición los viajes de Caronte por las aguas en sombra del río Aqueronte para llevar en su barca, a golpe de remo, a las almas difuntas hasta la otra orilla. Solo un óbolo cobraba por su tarea a los nuevos inquilinos de la Parca. Y de esa azarosa despedida se nutren los relatos contenidos en esta entrega que, desde diferentes enfoques, testifica las voces de llegada a la estación final.
  El relato inicial opta por el tono sentimental de la elegía. nada hay más complejo que aceptar la ausencia de quienes compartieron instantes de felicidad y son las vivencias en común las que se guardan contra el abrasivo efecto de los días. Pero ya he comentado al inicio de esta reseña que el autor busca  en el proceso narrativo de estos cuentos un sostenido contraste ficcional y un muestrario de estados de ánimo en los protagonistas. De inmediato, en el segundo relato, aflora el humor y ese apunte leve que la ironía deja entre las cosas cuando no acaban de concretarse los síntomas de la despedida y hay que recurrir –con sentido paradójico- al médico sanador para que en su profesión encuentre remedio para cerrar los ojos, aunque sea este gesto el que clausure el devenir convivencial.
  Otros cuentos parecen inspirados en la tradición oral e hilvanan argumentos que viajan de boca en boca hasta que alguien asume el oficio de cronista certero para que sean conocidos por las nuevas generaciones. Así ocurre en los relatos titulados “El perro de la parca”, “la promesa” y “Cómeme”. Son piezas literarias donde la historia va resolviendo su clave argumental con el cuidado de quien además de narrar ofrece en el cierre una enseñanza didáctica que invita al lector al asentimiento reflexivo.
   Por su longitud y por su condición de relato próximo al cine negro y a la narración de detectives que tanta acción acumula en cada secuencia, el cuento “Jhericó” tiene un notable papel protagonista con un avance bien contruido y con el manejo de personajes principales y secundarios más definidos. En claro contraste. como si el autor buscara en los rincones de la ficción otros ángulos muertos, en el microrrelato “la sombra”  entrelaza líneas con la voz sosegada del misterio para que afloren las cicatrices de la noche, ese mundo en sombras que encoge el ánimo y requiere unos hilos de luz.
  Los casi treinta relatos integrados en los capítulos de El remo de Charón optan por la incertidumbre que clausura los pasos del sujeto. La vida al paso es un intervalo con fecha de cierre; un paréntesis maleable que deja entre la cronología azarosa de lo cotidiano el perfil nítido de una última pisada. Y aceptar ese hecho supone pensar que el acontecer tiene un fin, una muerte callada o estrepitosa que el escritor presenta siempre con un lenguaje coloquial, hecho con cercano gesto, el humor o la seriedad de historias que reflejan las palpitaciones del destino. Silenciosa y tenaz, la muerte está ahí y hay que contemplar su perfil sin patetismos, con el óbolo dispuesto bajo la lengua, como si se aguardara la eventual llegada de la sombra convencidos de que el destino también nutre al azar. Y tal vez en el próximo viaje cambie de voluntad y permita el aplazamiento, ese cerrar los ojos pensando que mañana será otro día.