sábado, 31 de octubre de 2026

JOAN MARGARIT. MEMORIA POÉTICA

Presentación en Rivas de la edición crítica
ARQUITECTURAS DE LA MEMORIA
Joan Margarit y José Luis Morante

PLANO DE OBRA

(La poesía de Joan Margarit)

JOSÉ LUIS MORANTE

    En mayo de 2021 aparecía en la editorial madrileña Visor Animal de bosque, el libro póstumo de Joan Margarit (Sanaüja, Lleida, 1938 - Sant Just Desvern, Barcelona, 2021), solo tres meses después del fallecimiento del poeta, a consecuencia de un cáncer linfático. Las composiciones de Animal de bosque marcan el horizonte de una larga travesía bilingüe en catalán y castellano. Son la coda que reafirma el adiós sin quejas, asentado en la lúcida senectud de la coherencia y en un denso trasfondo autobiográfico.
   El despliegue de vivencias generado por la contienda fratricida actuará como severo condicionante. Concede al discurrir doméstico un sentido trágico y lapidario, silueteado en la tupida fronda de la memoria. La poesía, con referencias explícitas a escenarios y personajes, abre una perenne búsqueda de respuestas en la indefinición cotidiana. Será tabla salvadora y refugio habitable para reubicar lo vivido en la intensidad reflexiva de la evocación.
   La luz del pasado nunca oscurece los lugares que suma el nomadismo familiar y la clara estela de significados del aprendizaje. Sanaüja, en la comarca leridana de la Segarra, delimita el primer entorno, la presencia crepuscular de lo rural en los predecesores; Rubí retiene la pequeña escuela donde ejerce la madre como maestra, la construcción frágil de las más tempranas relaciones sociales, marcadas por el miedo y el ineludible fantasma de la autoridad; Girona unifica la ciudad y el extrarradio con un claro impacto en los estados de ánimo y el equilibrio inestable entre soledad y alegría; nace en Barcelona la apertura a un mundo de coordenadas urbanas en cuyo seno emerge, casi de improviso, un porvenir habitable en la transición del niño al adolescente y, después, al vitalismo de la juventud. Desde 1948 a 1954, Barcelona significa el arraigo, la estabilidad, la mejora de las condiciones económicas y sociales. Además hace posible la estación del bachillerato, cursado en el instituto Ausiàs March con sostenida frustración. La estructura autoritaria de la docencia y la falta de motivación crearán un fuerte sentido crítico en la curiosidad sentimental, que apenas encontró veladuras contra la desidia.
   El traslado paterno por cuestiones laborales a Canarias añade al mapa de la memoria una parada nueva, Santa Cruz de Tenerife, que abrirá una fértil cosecha de emociones aurorales. Tenerife oferta un paisaje prístino de luz y belleza y un continuo caminar por el conocimiento. Serán cinco años de plenitud en los que estalla la poesía como intensa y definitiva realidad del yo. Nace el poeta de un modo natural y sencillo, al percibir el lenguaje como herramienta de expresión sentimental. El joven encuentra en la lectura de Antonio Machado un recorrido de savia y meditación, que persiste intacto cuando abandona la isla para estudiar la carrera de arquitectura en Barcelona.
  Poco a poco la lectura se integra en el devenir con amplia variedad: André Gide, los novelistas rusos del siglo XIX, el poso narrativo del existencialismo, los estratos que conforman la generación del 98, o el grupo del 27. El estudiante sabe que la cartografía poética es un tantear digresivo y abierto a la pulsión asistemática. No hay un trazado recto y monocorde. Tampoco en la formación universitaria que se interrumpe en 1961, al incorporarse a la editorial Plaza para asumir tareas de redacción sobre temas científicos en una enciclopedia. Cuando retorna a las aulas ya sabe que elegirá la formación en el cálculo de estructuras. El pensar asume que el proyecto y la calidad de los edificios exigen una disposición matemática, sin fisuras, que se plasmará también en la manera de acercarse al poema.
   El trayecto emprendido sigue una ruta con escalas. Establece como amanecida el comienzo de los años sesenta, década donde el testimonio social, que alcanza el mediodía en las obras de Blas de Otero, Gabriel Celaya y José Hierro, se convierte en etiqueta impulsora de una urgente transformación. Joan Margarit deja como amanecida Cantos para la coral de un hombre solo, editado en 1963 con inesperado umbral de Camilo José Cela. Así empieza una etapa en castellano de la que sólo sobrevivirán algunos textos de Crónica, libro de 1975 en la colección Ocnos. La claridad enunciativa y el ponderado empleo de recursos literarios anulan cualquier conexión con la sensibilidad novísima del momento y niegan el posible encaje generacional. En las composiciones no hay aderezos, ni argumentos exóticos sino lírica reflexiva y dicción natural. Lo metaliterario es un registro velado que no produce aperturas, desplazado por la perplejidad existencial.
   No tarda en aflorar un afán en el que la lengua autóctona es única herramienta de expresión. Entre 1980 y 1984, un quehacer continuo en catalán, que se inicia con L’ombra de l’altre mar, deja un conjunto de siete salidas, compilado en L’ordre del temps. Poesia 1980-1984 (Barcelona, 1985). Es un periodo creativo de identificación cultural y múltiples distinciones y premios. En pocos años suma Mar d’hiver, La dona del navegant y Cantata de San Just. Pero al reunir frutos en El primer frío. Poesía 1975-1995 (2004) someterá la producción a una severa poda, como si el intenso quehacer no hubiera soportado con entereza las erosiones. De esta etapa, el rigor propio salva únicamente treinta y seis poemas acogidos bajo el epígrafe Restos de aquel naufragio. Los textos que perduran guardan notorias afinidades al capturar secuencias cotidianas, connotaciones figurativas de un paisaje moral.
   Por tanto, la antología supone una demolición y otro montaje del edificio poético que, de este modo, encuentra redacción definitiva. Con Luz de lluvia (1987) llega la madurez en la voz, con una sostenida sintonía entre el aporte emocional y la austeridad expresiva al materializar el poema. Como testigo presencial que percibiera el monólogo continuo de la lluvia y su simbolismo semántico, el sujeto verbal convierte la memoria en patrimonio capaz de remover el fluir de la conciencia. Amalgama sensaciones y recuerdos. Con frecuencia se fija en relieves de la experiencia utilizando la tercera persona del narrador omnisciente. Esta perspectiva alienta la pulsión meditativa que así cobra una expresión menos abierta a la intimidad emotiva. Las composiciones dispersan influencias canónicas, Platón, Parménides, Baudelaire, Rilke, Pavese o Borges. Pero no faltan vértices hegemónicos como la música, el mar o elementos extraídos del paisaje urbano, junto a presencias de continua entidad como Mariola y Joana, siempre a cubierto de olvidos y sombras.
   La versión al castellano de Edat roja (1990) a cargo del profesor, poeta y crítico Antonio Jiménez Millán incorpora una apertura que condensa claves. A pesar del ámbito crepuscular de algunos poemas, no es un itinerario umbroso sino un soliloquio dialogal con el yo interior. En él se dan la mano el fluir de la razón y el recorrido de los sentimientos, cuyos quiebros propician evocaciones y nostalgia. Como sucediera en Luz de lluvia, el campo cultural convoca a Maquiavelo y Mayakovsky, se busca en la música un refugio y renace el prolijo rastro de sueños. Las vivencias siguen en el ahora; sugieren una lámina caída sobre el asfalto del presente que las palabras del poema recogen para fertilizar la mirada ajena: “Tus ojos serán míos un instante / y, a cambio de dejarte oír en los cristales / la lluvia que ahora escucho, y hacerte cómplice / de mi futuro, que tú podrás conocer, / impedirás que muera, y una tarde, / me dejarás ser tú en otra lluvia”.
  Al hilo del poema de Rubén Darío que da título al libro, Los motivos del lobo (1993) se acrecienta la tendencia al pensamiento. La composición se acerca a la fábula mediante la personificación de animales, objetos inanimados o ideas abstractas que aportan una enseñanza sobre arquetipos y valores. Asimismo es mayor el soporte enunciativo, al modo de Carver o R. Frost. La poética aglutina además magisterios de Vallejo, Espriu o Quevedo. Todos comparten una continua preocupación existencial, sin escorarse en la queja, sin resignarse a la melancolía de quien reconoce los códigos perecederos del tempus fugit. El balance nacido de la introspección advierte del escueto patrimonio de ilusiones y utopías que guardan los espejos. Resulta clarificadora la imagen del monumento que tras la serena apariencia exterior solo es un vacío hecho de óxido.
   El prólogo que Luis García Montero escribe para Aguafuertes (1995) recalca que trayecto existencial y cauce lírico son entidades próximas. Ambos se complementan en la búsqueda de sentido del discurrir. El carácter de las palabras, receptoras de señales abiertas por los días, crea realidades transcendidas y habitables; añade sendas biográficas no vividas. Aguafuertes emplea la introspección para interpretar los oscuros grabados de la realidad. Busca en el pensamiento alternativas a la desolación. Ralentizadas en el friso sentimental, las escenas encuentran funciones emotivas, someten al lenguaje a una decantación, como defendiera Gabriel Ferrater, y depuran complejidades intelectuales. Nada se escribe desde el artificio sino desde la intensidad testimonial.
   Joan Margarit, al reflexionar sobre el periplo personal, engloba las entregas Estación de Francia, (1999),  Joana (2002) y Cálculo de estructuras  (2005) en un registro distinto, en el que adquiere plena cimentación lo autobiográfico y la escritura de los sentimientos. Este enfoque llega sin rupturas, preservando en la puesta en escena hábitos formales y asuntos argumentales.
   Fechada en marzo de 1999, resaltan en la salida de Estación de Francia dos elementos: el prólogo “Sobre las lenguas de este libro” y el acopio de notas del epílogo. Se percibe como un poeta bilingüe que crea en las dos lenguas al mismo tiempo. No traduce sino que ambas lenguas, catalán y castellano, contienen la esencia del poema, sin prácticas sucedáneas, y esa doble identidad se mantendrá sin veladuras hasta la conclusión del recorrido.
   El punto central que la fragilidad adquiere en la convivencia se hace argumento único en el libro Joana (2002). En la reconstrucción de lo vivido, el poeta encuentra salvación y consuelo frente a la herida abierta del final. Las emociones se recrean con distancia objetiva para alzar una puesta en escena autobiográfica. Los poemas son anotaciones de un diario sentimental en el que despliega el adiós de la hija afectada por el síndrome de Rubinstein-Taybe y fallecida a los treinta años. Escribir es escuchar la voz interior, advertir lo efímero, sentir el frío y sus rincones de soledad, y demorar los gestos del olvido.             
    La preparación científica y el ejercicio docente durante décadas como catedrático de Cálculo de Estructuras en la Escuela Superior de Barcelona resultan esenciales en la perspectiva elegida al escribir poemas. El haber profesional inspira el título Cálculo de estructuras (2002) y genera mayor dureza expresiva y el soporte minimalista en la apertura de cauces sentimentales. El discurrir acumula ausencias; es presencia tenaz el estar gravitatorio de la muerte como ineludible acantilado. El balance borra cualquier rastro de paraíso edénico para ajustarse a la desnudez de la partida. Así lo perciben la evocación y el tacto gélido de la melancolía al asumir la certeza del último viaje. De cuando en cuando el pretérito muestra rescoldos. Son impulsos de rebeldía para aventar el fondo de experiencias. De ese sustrato nace un epitelio emotivo que se hace razón de vida y pone claridad en lo diario.  
   El tramo de la senectud va acumulando el tacto de escarcha de la intemperie. Cada vez se hacen más evidentes las incertidumbres, pero también el consuelo de la palabra escrita, la certeza de una mínima luz que pone a salvo entre los muros del poema. Casa de misericordia (2007) afronta el campo estéril de lo real sin falsas esperanzas, asumiendo los materiales proclives al deterioro de la identidad: “Ser viejo es una especie de posguerra”. Se hace necesario saber dónde están los espacios protectores y afrontar que las amanecidas son extraños epílogos, escenarios que niegan el final feliz y llevan a la penumbra y el silencio.
   Como secuencias al paso, los textos dibujan un fragmentario enjambre de desolaciones. Recuerdos y mínimos apuntes urbanos que entrelazan callejones oscuros y evocaciones son la letra menuda de un disgregado dietario. La intimidad es musgo; se deshace en una estela de inertes señales de soledad. El presente se transforma en una geografía de quietud por la que avanza, con paso torpe, la memoria, ese lugar de encuentros donde sobrevuela la tristeza. Al recuperar lo vivido se desdeña la abstracción para buscar el anclaje de referentes concretos, aunque bañados en una cierta niebla atemporal. Otra vez amanece la inocencia intacta de Joana y su cercanía. La existencia se percibe como senda que convierte la pérdida en una sensación encallada. Recordar es un acto de afirmación de la voluntad, una panorámica en el tiempo que ayuda a liberarse de los propios fracasos.
   La epidermis de los años mantiene sus incisiones, sus irregulares declives. En el poemario Misteriosamente feliz (2009) la textura del verso hilvana una mayor trascendencia filosófica. Constata a través de símbolos nuestra naturaleza finita y temporal. Las pérdidas recuerdan icebergs que, apenas visibles, acechan los pasos de la travesía. Uno de los mejores poemas del libro “Amor y supervivencia” recuerda miedos y esperanzas, da voz a esos rostros que han sobrevivo al áspero abandono del vivir. Nada se repite y llega un tiempo donde nadie espera, pero espacios germinales como el amor han sabido resguardarse y mantener a la temperatura adecuada en el invierno. Quien se adentra en la meditación ha construido un estar cumplido, sin especulaciones y falsas esperanzas; sin perturbaciones que despejen incógnitas. Solo anida, con tercos materiales de entretiempo, la certeza de que todavía la felicidad es posible.
   Sale en 2011 No estaba lejos, no era difícil. La entrega profundiza las circunstancias de la naturaleza humana en el discurrir. El cariz lírico sigue marcado por la mirada indagatoria y por los surcos abiertos del recuerdo. La voz poética huye de esos cantos de sirena de una realidad proclive a sucedáneos. El presente es el único tiempo, pero ejerce una solitaria conversación con el pasado para evitar la mirada sombría del porvenir. Queda la dignidad de asumir que se camina a solas y que el horizonte está cerca y es sombra y vacío. Nadie se salva de la intemperie, pero no hay miedo a la vejez. Conforta el patrimonio de lo vivido, los gestos que han moldeado la sed de ser.
   La digitalización ha creado su propio campo expresivo. Se trata de estar conectados de forma continua a móviles, ordenadores y otros artilugios. Nada es tan desconcertante como la desconexión y la impotencia de viajar por la red. El poeta, siempre magnífico al titular sus libros, elige la expresión Se pierde la señal para su entrega de 2013, previamente publicada en Proa. En la misma estela de humanismo existencial y realidad transcendida de salidas anteriores, el conjunto advierte de la pérdida de fuerza vital, por más que la voluntad se empeñe en sortear las acometidas del vendaval del tiempo. La finitud condiciona, pero la vida está ahí cercana e intensa todavía. Puede contemplarse en toda su extensión porque está dentro y conforma el laboreo sentimental de la memoria. La lucidez aleja raíces oscuras y despliega una sensibilidad estoica, capaz de hallar calor en los recuerdos y despertar vivencias. Las horas desveladas tienen voz, aprenden que la poesía compone un relato autobiográfico, de lindes abiertas, desde el lenguaje de la evocación.  
    El epígrafe Amar es dónde, que define la salida de 2015, transforma un concepto en espacio físico, como si el lugar fuera estante en el que perdura intacto lo vivido. Todo se percibe desde un mirador crepuscular y distante, bañado por una luz tenue que mitiga los trazos del recuerdo. También el pasado envejece y su tejido muestra una epidermis gastada, que acrecienta la sensación de desvalimiento. El sujeto verbal es consciente de haber perdido para siempre un paréntesis biográfico generoso que, poco a poco, se desvanece. Las palabras se empeñan en anclar lo efímero y hacen del poema “una consecuencia de algo que no ha existido”, aunque suena como un río rumoroso que deja conocimiento y compañía.
   Estremece leer el principio de verdad que habita en los poemas de Joan Margarit, como en los versos del poema “Ciudad”: ”Sonriente también yo, te miro al evocar / lo que con inocencia, de joven pretendía: / que nunca mis poemas fueran literatura”. La coda en prosa de Amar es dónde asocia la vejez con un itinerario en el que la indiferencia ayuda a controlar la angustia. Es un tiempo que gana densidad porque concede una lucidez alejada de lo superfluo y corrobora que “el poema no puede venir más que de la propia vida. Solo así será muro firme contra la oquedad de fondo creada por pérdidas y ausencias.
   No hay tristeza en la percepción del final de ruta de la senectud. Un asombroso invierno (2018) asienta al sujeto poético en un territorio de frontera. Más allá solo el vacío; aquí solo un ahora que no admite engaños y que encuentra en el pasado la energía precisa para beber del registro experiencial. En el umbral la alegría del presente, tranquilizadora y conforme. La ausencia de autocompasión emana de la honestidad  del recorrido personal. Como escribe el poeta en el epílogo: “El antes y el después, esos dos misterios cuya tensión condicionaba el pensamiento, se han equilibrado ahora en una nueva levedad. Lo que siempre he llamado e imaginado como el mañana ha sido sustituido por su olvido y, a la vez, mi pasado ha sido catapultado tan lejos, que casi se ha vuelto, también olvido”. La terca presencia de la vejez permite comprender, concede al pensamiento la claridad que nunca tuvo. Ya no hay apego a la vida sino el paso dispuesto a caminar ligero de equipaje.  
   Animal de bosque (2021) corrobora el vínculo esencial entre expresión poética y trayecto biográfico. Las composiciones alumbran un pensamiento metafísico, volcado en la tentativa de integrar la memoria y su largo periplo hacia la inexistencia en la racionalidad simbólica del lenguaje. La autorreflexión se desplaza por lo referencial para adentrarse en las profundidades de lo humano. Es la voz de un solitario que ha llegado al confín de sí mismo, que ha percibido los riesgos de sentirse vivo y los afronta con coraje, hasta convertirse en un superviviente que asoma la mirada y el cansancio al mar sin olas de la muerte. Como dunas de luz, los poemas de Joan Margarit nacen desde la soledad y el silencio. Son sensaciones aislantes que mantienen a precisa distancia el paisaje exterior. El ruido externo se diluye en escuetos rumores; permite oír un pensamiento sensorial inmerso en la extrañeza de estar vivo. No hay vuelta atrás en el fluir de la existencia, apenas el rastro polvoriento de momentos únicos que solo la poesía puede reconstruir y dar sentido. En el umbral de quien se dispone a habitar lo invisible, la claridad serena del conocimiento, la herida insomne de que nada fue en vano.
    La práctica del autor completa un plano de obra sin oscilaciones, estructurado con solvencia en varias etapas temporales. Su dibujo aporta un crecimiento orgánico que refuerza constantes y cimientos estéticos persistentes. Nacido el 11 de mayo de 1938, en plena guerra civil, la infancia estará marcada por la carencia y la pérdida. Esas manchas oscuras del entorno conforman el sustrato narrativo del libro de recuerdos Para tener casa hay que ganar la guerra (Austral, 2018) que el poeta considera largo epílogo y acompañamiento necesario del legado lírico y la genealogía textual.

JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
Revista cultural TURIA, número 141-142,
Marzo-mayo, 2022, págs. 19-26
 
 
 

viernes, 30 de octubre de 2026

PRIMERA CLARIDAD

Conversaciones
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

 

PRIMERA CLARIDAD

 
 
1
 
Vivir la claridad del despojamiento, su estar limpio, su ascesis hasta la otra orilla. Abro las manos. De la quimera existencial me llevo casi nada.
 
2
 
Aunque esté lejos, qué trasluz cercano empareja al asombro.
 
3
 
La germinación de la belleza  requiere constancia; instantes con levedad de nube.
 
4
 
De  la voluntad, la respiración fatigosa de todo aquello que no pudo ser.
 
5
 
No ser nunca quien sobrevuela márgenes y levita sin estar dentro ni fuera.
 
6
 
Tengo una brújula para extraviarme en mí.
 
7
 
Antes, la desnudez invitaba al deseo. Ahora apresura la búsqueda urgente de una bata de felpa para evitar el resfriado.
 
8
 
Contemplar la amanecida en la azotea, mientras las copas de los árboles ocultan las sombras, concede púlpito al optimismo.
 
9
 
Tras la vigilia guardo las cenizas del sueño.
 
10
 
La madurez pone en hilera recursos macerados para ganar la batalla ideológica a la decepción.
 
11
 
En las manos del trabajo diario las serpentinas.

(Del libro Oficio de callar)


jueves, 29 de octubre de 2026

PERDER LA RISA

A solas
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

HE PERDIDO LA RISA

 

Como las teclas muertas de un piano

Arturo Tendero

   No sé cuándo se me fue apagando la risa e hice mío este aburrimiento digital de jubilación, teclado y soledad. Me empeño en recordar que en los días de novios, tras las clases de magisterio y los paseos por el perímetro amurallado de Ávila, solíamos reírnos a cada instante, como si cada gesto fuese una ocurrencia, un destello escapado de las viñetas de Mafalda o de aquel camarote en blanco y negro de los hermanos Marx.   Hoy mis risas están en otro tiempo, inaudibles y serias como las teclas muertas de un piano, igual que un guarda jurado, cuyo sigilo reparte suspicacia y pone a los demás bajo sospecha,   He pedido a Amazon que me remita urgente, junto a las novedades literarias del otoño, una risa enlatada. Unos pocos efectos especiales de carcajada histérica, a ver si espanto de una vez el moscardón de mi ceño fruncido.
 
   
(De Cuentos diminutos) 

 

 

miércoles, 28 de octubre de 2026

MIENTRAS SUENA LA MÚSICA

Prodigios
Archivo general de Internet

 
MIENTRAS SUENA LA MÚSICA
 
 Lucie Silvas
       cantaba al piano
                             “Nothing Else Matter”
 
Si todas mis palabras
anudaran su voz como tú cantas
y dejaran esa luz encendida del piano,
cerraría los ojos.
Ningún quebranto me despertaría,
ni la respiración,
ni ese rumor de sístole del corazón cansado,
ni el miedo, ni la muerte
horadando las huellas del olvido
para cumplir los plazos.
 
Hago linde en tu música
y las notas roturan cada poro de piel.
Con lentitud se marca
el perenne sentir de un segundo con vida,
la gota intacta de un grifo de cristal
que mana al borde
de tus manos. Tan lejos.
 

   (Del libro Nadar en seco)






martes, 27 de octubre de 2026

PUERTA CON MIRILLA

Puerta con mirilla
Imagen de Internet

 

 
PUERTA CON MIRILLA

Jornada de trabajo en el taller literario. Después lo de siempre, he quitado una coma y he puesto un punto y coma.
 
Un libro puede ser un modesto retrato de la estupidez. Un aforismo también.
 
En un texto se corrigen comas, acentos y faltas de ortografía. En la vida se corrige todo, pero se tarda mucho en rehacer equivocaciones y errores.
 
La belleza bebe en charcos de adjetivos.

Nosotros; un techo a dos aguas.
 
Cuando asciende, el humo se descubre a sí mismo sólido y permanente.
 
En los desguaces, letras sin voz hacen legible el tiempo.
 
Perturba la caricia una lisura fría, de cristal.
 
La buena poesía necesita los atributos de la tradición: raíces, autoridad, pasado.

(Aforismos a solas)



 
Escribir cada texto con la morosidad del aprendiz
 
 
 

lunes, 26 de octubre de 2026

HABITACIÓN DE HOTEL

Habitación de hotel
Fotografía publicitaria
de
Internet

 

SOMBRAS

 

Viajo mucho a ciudades distintas y lejanas, pero nunca abandono la habitación del hotel donde me alojo. Es una costumbre que nació en Praga, el día en que encontré en el espejo de mi cuarto de baño el rostro del huésped anterior. Fue él con gesto tranquilo quien me desveló su identidad y quien, tras una larga charla cuajada de interés, me facilitó el contacto con huéspedes encerrados en otros espejos. Todos resultan interlocutores amenos, que buscan el aire fresco de la confidencia.  Sigo en ruta.

(Cuentos diminutos)



sábado, 24 de octubre de 2026

EL RUMOR DE LA LUZ (La voz del haiku)

Despertar
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

EL RUMOR DE LA LUZ

 

En la más honda espesura
de la montaña
llegar a la desnudez
 
TANEDA SANTÔKA
 
 
Un poema no existe si no se oye, antes de su palabra, su silencio
 
JOSÉ ÁNGEL VALENTE
 
El sentimiento de cómo el mundo real canta
mientras la soledad y el silencio
me apartan del mundo habitable
 
VIRGINIA WOOLF
 
 
 
Un parpadeo,
de claridad suave
toca tus manos.
 
*
 
Al despertar
dibujan los cristales,
trinos y pájaros.
 
*
 
Tensar el arco,
que contagien  la flecha
certeros ojos.
 
*
 
El ayer vuelve.
La vela del recuerdo
chisporrotea.
 
*
 
Alza sus brazos
la palidez del día.
Es cuanto tengo.
 
*

viernes, 23 de octubre de 2026

RAÚL GIMENO. DON DE LA INVOCACIÓN

Don de la invocación
Raúl Gimeno
Ediciones Rilke
Madrid, 2026

 

RAÍZ Y AUSENCIA

 

    Con dedicatoria al poeta José Corredor-Matheos, de quien coordinó en el Museu Nacional d’Art de Catalunya un emotivo homenaje, y a quien debe algunas premisas esenciales de su ideario estético, Raúl Gimeno (Cerdanyola del Vallès, Barcelona, 1981) deja su primer poemario, Don de la invocación, tras una etapa de formación lectora y algunas publicaciones en revistas de pomas, relatos y reseñas. Licenciado en Filosofía, Máster en Filosofía Teórica y Práctica y en proceso de finalizar su doctorado, integra en su carta de presentación tres citas de Miguel de Molinos, Ángel Crespo y Chantal Maillard que aglutinan belleza lírica y pensamiento filosófico.
   Sirve de vislumbre prologal el texto “Resonancias”, un poema en prosa, cuyo argumento transforma el despertar en contraste de luz y sombra. Lo cotidiano retorna como un hábito, pero trae consigo, tras la aparente monotonía, el misterio y la posibilidad tras la espera. La composición da paso al apartado de arranque cuyo título “Y la herida se hizo boca” une su potencia metafórica con la invocación a la poesía en tiempos de intemperie, con el que el filósofo T. Adorno cuestionaba el sentido estético de la creación por su asepsia frente a la barbarie nazi, por haber perdido el asombro y la inocencia. En esta sección, el poeta se asoma a varios interrogantes centrales de la teoría poética: su ontología comunicativa, la mirada de luz de la poesía, como renacimiento y creación, y la fusión con el entorno para sondear la hondura de la materia.
   Unifica todo el apartado una aspiración reflexiva. La conciencia fluye y se hace viaje interior, introspección. Las palabras se unen para dar vida a la idea mediante versos fragmentados, junto a mínimos enunciados laterales, como notas que concentran en letra cursiva la pauta argumental. El poema define el ser; se hace lenguaje y tiempo a través de la voz inaudible del silencio y la contemplación.
   El segundo grupo de poemas "Palabras al silencio originario", es más breve, pero la atmósfera filosófica perdura. Se tiende al poema despojado, que guarda la fugitiva sensación del instante y despierta lo intuitivo, esas palpitaciones de la existencia al paso. A través de ellas, la palabra se hace simiente, busca esa fusión mística entre naturaleza y sujeto que alberga el misterio de ser. Quien escribe forma parte de un espacio sagrado; es habitante de un no lugar en una realidad transcendida. En su hondura confluyen, como anhelo cumplido, el misterio de ser y la estela insonora de un silencio imaginario.
   Don de la evocación convoca, en su carácter dialógico, la soledad múltiple. En ella se fusionan el poeta, como artesano de la palabra, el filósofo como indagador del yo más hondo y el místico, que sabe que más allá del tiempo hay una vía unitiva que enlaza el callar y el decir, la realidad y el vacío.


JOSÉ LUIS MORANTE



  

jueves, 22 de octubre de 2026

A CONTRALUZ

Navegaciones y regresos
fotografía
de
Adela Sánchez Santana

  

IDENTIDAD
 
Tan veraz transgresora
de la insulsa prosa cotidiana;
tan obediente a normas
que te dicta el antojo;
tan negada a otorgar
consistencia creíble
al verbo que resuena en otras bocas;
tan impaciente,
si el merecido elogio se retrasa;
tan hábil en llenar
el ropero de excusas;
tan yo diseminado
que ensancha las afueras
hacia el montón de nada circundante;
tan tribunal sumario
para dictar condena;
tan proclive a la hoguera
como divertimento;
tan igual, tan mimética
con esas sombras que llevamos dentro.

            ( Variaciones y descartes)




miércoles, 21 de octubre de 2026

ARQUITECTURAS DE LA MEMORIA

Puntos de fuga
(Nuevos Ministerios, Madrid)
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

 PUNTOS DE FUGA

Extremó la prudencia verbal; no aventura palabras si no es en presencia de su diccionario.
 
***
 
Afrontar sin amargura, sin gestos de abandono,  que lo que pensamos oculta lo que somos.
 
***
 
Su cerebro contiene dos ideas; son tan opuestas que entre ellas cabe un sistema filosófico.
 
***
 
Al florecer el día  rompe la quietud del reloj un aforismo. Sorbos cortos.
 
***
 
Basta mirar la penumbra de alrededor para saber que no estoy.
 
***
El puño cerrado de quien corta rosas.
 
***
 
Una pobreza de hospitalidad irrefutable, capaz de ofrecer su vieja cama de faquir.
 
***
 
El silencio y su fuerza de convicción. Sabe quién responde cuando nadie llama.


(OFICIO DE CALLAR, Mahalta Ediciones)



 

martes, 20 de octubre de 2026

MEDIR LA ESPERA

Medir esperas
Imagen de Internet

 

RELOJES

 

Aquel invierno adquirió un domicilio antiguo, de piedras frías y ladrillos gastados, cuya silueta se recortaba sobre el roquedal. Llenó sus habitaciones de relojes adquiridos en los mapas abiertos de sus viajes. Todos funcionaban. Aunque las agujas nunca coincidían en la hora marcada. Deduje que aquella forma de medir la espera obedecía a una estrategia misteriosa para que pasado, presente y futuro cohabitaran. Se dieran cita conmigo en el mismo espacio. Un sitio clausurado y angosto, donde no protagonizaran nunca ninguna huida.

(De Cuentos diminutos)




lunes, 19 de octubre de 2026

EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES

Equilibrios
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

 
EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES                             
 
El arte de vivir los lunes
requiere cierta práctica y algo de teoría,
saber de estratagemas y confabulaciones
y adjetivar la prosa cotidiana
con una terca voluntad de estilo.
Incontables acechan
los peligros desde el primer café,
crecen cuando un olor
anuncia escuetamente la leche derramada,
se reproducen con duración de días laborables
y en guardia se mantienen,
tal seguros precintos,
entre los pasajeros del tren crepuscular
que nos devuelve a casa,
al reclamo del lecho hospitalario.
El arte de vivir los lunes
sobrevive y se esconde
en vacuas reflexiones como ésta:
nada es eterno, salvo un lunes.
 
                      JOSÉ LUIS MORANTE
                      (De Población activa, 1994)




domingo, 18 de octubre de 2026

VIAJEROS SEDENTARIOS (AUTOLECTURA)

Viajeros sedentarios
José Luis Morante
Editorial La Garúa
Colección Haiku
Barcelona, 2024

 

Sobre VIAJEROS SEDENTARIOS

 
   En el transitar del tiempo, cualquier tradición lírica se fortalece con la incorporación de estrategias expresivas nuevas y moldes formales de otros entornos. Una de las últimas adopciones estróficas al castellano ha sido el haiku, un poema breve japonés que se organiza en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, sin título ni rima y con una expresión tendente a la claridad, ajena a procedimientos retóricos y hermetismos conceptuales. La denominación “haiku” se atribuye al poeta Shiki, quien la popularizó en el siglo XIX.
   Según Octavio Paz el molde sintético en castellano es descubierto por el mexicano José Juan Tablada (1871-1945), un autor finisecular con llamativo viraje desde el modernismo a las vanguardias, cuya obra se compila en los libros Un día…Poemas sintéticos, Li Po y otros poemas y El jarro de flores (Disociaciones líricas). Aquel viajero incansable era un enamorado de la cultura japonesa e incorporó en su escritura el singular aporte del haiku japonés. La entrada en nuestro territorio lingüístico se facilita por la existencia de una sensibilidad afín de estrofas breves como los epigramas, las seguidillas, las greguerías o los aforismos. Esta proximidad habita en los afanes literarios de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados… Y se desborda en el último tercio del pasado siglo, cuando un caudal insólito de haikus anega las distintas promociones y corrientes contemporáneas que comienzan a dibujar los trazos más tempranos del momento digital.
  La justificada desconfianza en la que la estrofa asimilada pierda su plenitud –hecha de concisión, temporalidad y mínima presencia del yo- al alejarse de su espacio de origen origina otros enfoques: si la mentalidad, el arraigo cultural y la perspectiva de escritura son diferentes en la dispersión, los resultados se aprestan a mostrar una apariencia nueva. Como cualquier empeño literario, el trío verbal debe sobreponerse al estatismo o la quietud y renovar su verdad artística. El haiku es un género poético abierto y tiende a una expansión universal.
  Los nombres del canon clásico japonés convertían al yo poético en mero testigo; se velaba lo autobiográfico para que resaltara pleno y fuerte el horizonte, un entorno hecho para la contemplación que busca capturar el instante. Como cálidas secuencias visuales llegan los textos. Son apuntes del percibir que registran ciclos estacionales y muestran sus variaciones como síntomas del transcurso vital. Los haikus hilvanan argumentos desde los sentidos; asumen el oficio de cronista del vaivén temporal, aunque, de cuando en cuando, no duden en transmitir destellos emotivos.
  En los ojos del haiku y en su disposición para reflejar un instante único se percibe un brillo renovado, una certidumbre que trasciende lo pasajero, un empeño por encontrar, a partir de la observación, el sentido último de la relación entre sujeto y horizonte visual; la palabra transparente y natural, renacida en el fondo del silencio. Las instantáneas verbales dejan la sensación de que transforman lo efímero en permanencia y hacen del instante un patrimonio sensorial.
   Los haikus acogidos en Viajeros sedentarios abarcan un intervalo temporal de cinco años, entre 2020 y 2024 y sus contenidos aglutinan la modesta química de lo instantáneo. Mantienen la pupila abierta para transcender la condición estacional del haiku y cobijan una pluralidad de argumentos, un fluir pensativo que percibe la naturaleza, los ciclos estacionales, el latido del tiempo o las contingencias del transitar social. También a las percepciones sensoriales del sujeto y sus viajes interiores por los sentimientos, ya superada la distancia entre protagonista verbal y texto, entre subjetividad y enunciación descriptiva.
   Las vicisitudes temáticas del libro se organizan en dos apartados: “Oficio de mirar” y “El rumor de la luz”, dos secciones que no confrontan entre sí. Además comparten  el sentido clásico de la estrofa y su severa pauta métrica. Ambos apartados acogen formas en fuga, emociones e ideas que alcanzan en la inmediatez su esencia más pura.
   Debo al narrador, aforista, editor y amigo Juan José Martín Ramos la fortuna del título. Viajeros sedentarios. En la aparente contradicción del oxímoron, el aserto concede al viaje un sentido nuevo: los lugares no son geografías provisionales que se contemplan de paso, sino espacios de acogida de los que nunca es posible regresar.
   La luminosa belleza del haiku es avariciosa con las palabras. Quiere buscar la esencia del instante, aquella inadvertida posibilidad, frágil y efímera, que tanto cuesta encontrar. Sólo emplea las necesarias notas de silencio que precisa el testigo. La mirada de luz de quien comparte el laberinto de reflejos de la vida al paso.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 

 

sábado, 17 de octubre de 2026

INTERIORES CON NADIE

Interiores
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                                            QUIETUD
 
 
               Quebrantas el silencio
y las palabras tienen
un ritmo fatigado,
una premeditada lentitud,
como si al desplazarse tantearan
con las manos abiertas
los signos del pasado:
escombros delatores
cuya extensión guarece
cicatrices y sombras.
  
                                     De nuevo ante mis ojos
esa tarde sin luz de la intemperie.
No sé que responder.
Paso de largo.
Constato en mi
la imagen del cobarde,
de aquel que fosiliza
la quietud.

(Antología Ahora que es tarde, La Garúa, 2020)







viernes, 16 de octubre de 2026

CARLOS D'ORS. RELOJ DE ARENA EN LA ORILLA

Reloj de arena en la orilla
Carlos d'Ors
Prólogo de José Luis Morante
BajAmar Ediciones
Gijón, Asturias, 2026

 

EL POEMA CON LOS OJOS ABIERTOS

  

   La personalidad creadora de Carlos d’Ors (San Sebastián, 1951) encarna un apasionado espíritu de inquietud, con una manifiesta inclinación a la transversalidad e interacción entre géneros. Así se observa en los vasos comunicantes de su procesos creativos y en las facetas personales como pintor, narrador, ensayista, ilustrador, autor de teatro, caricaturista y poeta. Ha escrito hasta la fecha más de diez poemarios, traducidos parcialmente a otros ámbitos lingüísticos. como el rumano y el árabe.
   Con magnífica edición en BajAmar editores, el catálogo lírico que impulsa con entusiasmo ejemplar Pascual Ortz, y palabras introductorias de quien esto escribe, Reloj de arena en la orilla muestra una cubierta de Leticia González Díaz, donde se dan cita varios elementos simbólicos: el mar, la playa y el tiempo, representado por el manso gotear de arena de la clepsidra.
  El poeta alienta el poema prólogo “Introito. Bitácora de poeta”, donde clarifica sus intenciones escriturales. Quien desgrana versos avanza por la incertidumbre, suma voces desdobladas y completa el sentido argumental buscando también las presencias de los otros. Crea así un permanente estar en vigilia para sondear el misterio del poema. El cauce textual emplea como formatos expresivos el poema breve y la prosa lírica. Así sucede en “Abanico”, casi un microrrelato concebido en torno a la pasión amorosa de la madurez. El amor es un tema fuerte en el poeta. No solo el amor como entrega y seducción, sino como actitud de acercamiento al entorno: “Abracé con mis amorosos brazos el tronco de aquel árbol. Y el árbol me susurró, conmovido, al oído: gracias, hermano…”. La palabra recurre a la imaginación; selecciona y condensa en su brevedad para acercar al lector sensaciones e ideas, más allá del mero significado textual.
   El yo poemático nunca deja ausentes los sentidos. Desde la observación meditativa, aglutina percepciones, estampas al paso, que se amalgamaban a modo de gran friso colorista que hace de la lógica instantánea pasajera.  Así da pie a una poesía llena de interrogantes, como se vislumbra en el poema “Blanco”, donde se puede percibir una poética del taller literario que reclama libertad expresiva: “¿Espacio? Indeterminado./ ¿Tiempo? Indefinido. / ¿Tema? Ausente. / ¿Emoción? Ninguna / ¿Estructura? Inexistente / ¿Sentido? Vacío / ¡Forma? Informal / ¿Expresión? Indiferente. / ¿Objetivo? Ninguno. / ¿Posibilidad? Toda. / ¿Título? Blanco ". El poema se convierte en un alegato de plenitud sobre la pulsión creadora. Desnudo y sin tamices; sin reglas. La única norma es la ausencia de normas; la superación de la contingencia para que aflore la posibilidad. También desde un registro metaliterario se escribe “Bolígrafo”, donde el poema se aleja de la erudición y de la utillería metafórica para buscar el despojamiento y la sencillez expresiva. Más que el trabajo artesano, que pule el poema para convertirlo en una gema verbal, le interesa el verso coloquial; el que comparte emociones y sentimientos y resuelve paradojas. Una poesía humilde, propicia a la enumeración, matérica y corpórea, que acomete la búsqueda de un destino desconocido porque sabe que la existencia es azar y voluntad de encontrar los andenes propicios. Como en Kavafis, lo que importa no es el andén final sino el trayecto, ese camino que hemos recorrido con huellas imperceptibles.
  Carlos d’Ors comparte un amplio inventario de cosas cotidianas con evocaciones y recuerdos. De este modo, la poesía mantiene, en la atenta memoria líneas de vida, rastros introspectivos y recuerdos. Así se percibe con el mediodía de la ternura en el poema “Dedos”, con ecos de la Iliada: “El primer viento que recibí, cuando era un niño fueron los dedos de la aurora de rosáceos dedos al despertar: la caricia de mi madre”.
   Otro vértice del libro es el tiempo. En él se conjugan instantes de la experiencia de vivir. Si la elegía y la nostalgia dan voz al mapa del pasado, el ahora se convierte también en un surco abierto de sensaciones que alienta el discurrir de lo cotidiano, el caprichoso viento del transcurrir. La realidad siempre somete a la identidad a un juego indefinido y paradójico, como se percibe en el hermoso poema “Mirada”: En esos ojos tuyos, / alguien que no eres tú pero eres Tú, / me está mirando. / Y en esos ojos míos, / alguien que no soy yo pero soy Yo, / te está mirando”.El viaje es siempre una metáfora de la existencia; la voluntad de ser impulsa el desplazamiento para encontrar sentido a nuestros pasos, para que la conciencia apague su sed con unas gotas de luz. Esa vela encendida que guarda sitio y hace permanente lo transitorio.
   El símbolo es consustancial a la expresión literaria. Y Carlos d´Ors siembra en  el espacio expresivo deReloj de arena en la orilla una simbología velada, que ensancha el realismo y la claridad expresiva, que buscan en el patrimonio cultural y en el estilete intuitivo del hablante lírico la textura cálida de una sensibilidad creadora siempre en vigilia.

José Luis Morante



 

 

 

 

 

jueves, 15 de octubre de 2026

CUOTA COMPLETA EN EL BOSQUE

Biblioteca Yue
(China)

 

CUOTA COMPLETA

 

   Con la cuota completa de palabras escritas, el quehacer lector quiso un día crear una biblioteca de libros innecesarios. En las cercanías de un bosque acondicionaron un extenso claro de arenisca y alzaron pilares, naves y cobertizos, cuya altura ofrecía amplias posibilidades de acomodo para las estanterías. Muchos años después, el cargamento de palabras inocuas quedó reunido. El autonombrado director abrió la puerta y dispuso exilio laboral frente a una ventana, donde no había mucho sol. En los días siguientes tocó el costado de las estanterías sin que los libros alineados preguntaran qué hacían, lejos de las pupilas, sin recibir entre murmullos la severidad de cualquier juicio. El silencio era una sensación única y distinta que concedía confianza a las ruinas de tinta de sus contenidos. Sobre la mugre del futuro, el ajuste perfecto en lo invisible era también una forma de loable memoria y permanencia.   

 (Del libro FUERA DE GUION. Casi cien microrrelatos)