sábado, 20 de octubre de 2018

TEMBLOR DE OTOÑO

Otoño en el parque de San Antonio
(Ávila, octubre de 2018)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana


TEMBLOR DE OTOÑO
(Aforismos)

Soy tan raro que para reconocerme me pido el DNI.


Hay relaciones personales que tienen la duración de un aforismo y mucho menos contenido.


En la madurez los sentimientos exigen estructuras elaboradas, escenarios con luz natural y narradores distanciados. Como el punto de fuga de un parque.


Se quedó solo. Ahora recupera minerales en la galería de los desafectos.


El pudor convierte las confidencias en movimientos de ajedrez.


Presencias como reglas ortográficas; compañeros de viaje que son comas, puntos finales y puntos suspensivos.


Carpe diem. Quemó todas las naves. Mientras duró el incendio percibió su calor.


Un presente incierto. Solo mis dudas mantienen una pose aceptable.


La voluntad del cínico prefiere ideologías de alquiler.


Futuro; esa aspirina diluida en el agua fresca del fracaso.


Para hablar de ti, empleo un silencio en cursiva.


Andar extraviado tanto tiempo me deja ante el pasado; llamo al timbre. Espero.



jueves, 18 de octubre de 2018

KARMELO C. IRIBARREN. PREMIO EUSKADI

Karmelo C. Iribarren
(San Sebastián, 1959)
Fotografía de
Jot Down



CUANDO LA CIUDAD DUERME

                  A estas horas
         siempre
                       sucede lo mismo:
                            o es demasiado tarde
                           o muy temprano aún.

                                           Karmelo C. Iribarren

   Un hombre callejea, con andar sosegado, por el laberinto peatonal de una ciudad mientras se diluyen los contornos de edificios y transeúntes. Sobre los escaparates encendidos, crece en su espalda una sombra azul, dibuja irreverentes siluetas en movimiento. Hay en las despobladas aceras charcos de la lluvia nocturna en los que, poco a poco, la tinta blanca de la aurora encuentra sitio para una nueva representación. Amanece sobre los tejados. El hombre silencioso vuelve a casa, aunque no sabe si es demasiado tarde o muy temprano; la calle se puebla de pasos y toses que tienen la sonoridad y el ritmo improvisado de las piezas de jazz. Entre la claridad y el silencio, asciende el manso humo de lo cotidiano. Así, con esa ambientación de serie negra, en un impreciso decorado que puede reconocerse en cualquier sitio, se edifican muchas de las composiciones que prefiero de Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959). De igual modo, siento una incansable afinidad por su personal búsqueda, sin artimañas, de una lírica esencial que hace suyo aquel axioma de que ciencia y poesía tienen la misma obligación de precisión y claridad. Una formulación de traje parecido tiene una disertación crítica de Gabriel Ferrater en la que defendía que el contenido poemático debe tener, al menos, tanto sentido como una carta comercial.   
   Esta artesanía sugiere antecedentes. Los encontramos en esa parcela de la tradición lírica norteamericana que se denominó poesía minimalista, cuyas marcas de identificación sintetizo: dicción coloquial y sobriedad expresiva, ausencia de aderezo culturalista, orientación realista, reflejo ambiental que describe las esquinas de lo tangible y un hablante moldeado como un autorretrato sentimental e intimista. En ese discurso verbal, nacido como reactivo contra la literatura metafísica y transcendental, sobresalen las voces de Mark Strand, Raymond Carver, Charles Simic o Carolyn Forché.  Fue a comienzos de los años noventa, en una década de exultante vitalismo de la llamada poesía de la experiencia, cuando esta propuesta escritural es asumida en nuestro entorno por autores que la taxonomía crítica aglutinó tras el aserto “realismo sucio”. En su núcleo central encuentran sitio las obras del propio Karmelo C. Iribarren, por más que el poeta no suela encontrarse cómodo en la codificación generacional ni en promociones o grupos de conjurados estéticos.
   De la progresión y consistencia del largo itinerario recorrido en más de dos décadas, desde que llegaran a las librerías en 1993 sus versos más madrugadores, deja constancia el volumen Seguro que esta historia te suena, un completo bagaje hasta 2012, en el que las entregas se integran sin contradicciones ni cambios de registro, con un claro sentido unitario. El poeta no confunde; nunca deja de ser quien es, como si se hubiese rezagado en su propia condición. Este panorama general, que debe su título a un poema homónimo del libro Serie B, estuvo precedido por muestras parciales como La ciudad, que alcanza ahora la tercera salida, tras las fechadas en 2002 y 2008. En el liminar de la primera edición, el desaparecido escritor Vicente Tortajada comenta el golpeteo emotivo de las obsesiones poéticas de las obsesiones de Karmelo C. Iribarren, esas que arrastran sus pies al caminar y raras veces permiten la indiferencia; los poemas tienen el murmullo de un acordeón que propaga en el silencio de la madrugada un lirismo desnudo capaz de alejarnos de la soledad. Por su parte, Joaquín Juan Penalva, en las consideraciones introductorias de la segunda recopilación aconseja adentrarse en la poesía iribarriana a cuerpo limpio, sin apriorismos, como nos adentramos en el recinto de la realidad cotidiana, porque el poema nunca oculta su aliento vital. Mis opiniones críticas no difieren.
   La ciudad, en sus ampliaciones, traza un lacónico callejero con dos enclaves de referencia: la zona centro –el sujeto verbal- y la periferia: las voces y ecos de los otros. El protagonista verbal de Karmelo C. Iribarren desdeña la impostura, toma prestados abundantes rasgos del sujeto biográfico y cuando habla de sí mismo nunca se percibe en el tono ningún ejercicio de egolatría ensimismada sino una mera cuestión de proximidad afectiva. Quien habita en los versos no se dedica a cultivar la autoestima sino a registrar a mano alzada la nervadura existencial y sus circunstancias. Y en ese trasfondo cabe la viñeta costumbrista, la reconsideración de las franjas vividas, el aprendizaje existencial, las claves sentimentales y las erosiones de la edad. Son vetas argumentales expuestas con un sustrato de ironía que aleja el patetismo, cuando se hace certeza que las ilusiones y utopías depositadas en los calendarios alcanzaron su fecha de caducidad, o cuando la realidad refleja, con el ceño fruncido, un rostro ajado en los espejos del existir.
   Las palabras del hablante lírico aspiran al diálogo y se pronuncian con un claro propósito comunicativo. La confidencia sentimental viene filtrada por la voz de un yo desdoblado, una identidad reconocible que comparte preocupaciones, valores y actitudes con el acento dialogal de la evocación. Otras veces, el mapa del recuerdo se pliega tras el cristal de la observación para exponer matices e impresiones tomados del entorno próximo: las escenas descritas tienen un trazo limpio, una leve variación que las aleja de la monotonía habitual. El poema entonces se hace crónica, apunte costumbrista en el que la sorpresa encuentra un hueco. Esa fidelidad al detalle se aleja de lo didáctico; no hay pretensiones de representar la voz generacional, ni la mezcla coral de lo gregario: quien habla lo hace por asuntos propios, no para cumplir la solemne tarea del portavoz.          
  La arquitectura poemática se alza con el verbo fluido del hombre de la calle que habla de situaciones vivenciales. Mira el calendario que marca el tiempo en las largas horas vacías que acumula el final de cada jornada, cuando todo se reduce a una terca sensación de cansancio y derrota y el cristal se llena con la plata sucia de lo desvaído.
   La expresa mención a la ciudad del título convierte al paisaje urbano es un escenario omnipresente que muy pocas veces adquiere tintes idílicos. Es un espacio baudelairiano, que se caracteriza por imágenes que reflejan las circunstancias existenciales. Sujeto y paisaje forman un todo caracterizado por una ligazón natural; el entorno crea la atmósfera propicia para que emerjan las imágenes que contrastan pretérito y presente, experiencia y deseo, carencia y celebración. El ánimo se apropia de esas imágenes plásticas que nos concede el paisaje real y con ellas edifica su experiencia verbal.
   En las composiciones de Karmelo C. Iribarren se construyen puentes entre vida y literatura. Aquí, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia sino afirmación de vida de un personaje verosímil, el autorretrato de un desconocido que huye del azar y la impostura. En sus versos hay sitio para las estampas interiores de la intimidad, ese conjunto de rasgos sentimentales que define la identidad de un yo concreto. El territorio interior establece una forma de compartir maneras de ser y de sentir y nos deja las señas de identidad de un sujeto fiable con el que establecer una relación amistosa. A esta atmósfera de recogimiento propicia a la confidencia, que deja sobre la mesa la frágil armazón de lo vivido, le viene bien salir del neutro territorio del narrador omnisciente y emplear la primera persona. La voz directa inspira confianza e incluye la proximidad de un plano de detalle; quien habla lo hace con lucidez inquieta y exigente, con la vibración de un protagonista implicado y no con el tono neutro y lejano de un personaje marginal. Las palabras llegan con la cadencia de una voz que nos deja asomarnos al cauce continuo de su pensamiento.   
   El quehacer poético de Karmelo C. Iribarren amplía la conciencia y está lleno de efectos secundarios. El poema breve es siempre un adecuado receptáculo formal. El argumento se articula con una precisión que consolida el desenlace. El cierre versal alcanza su punto álgido, y concluye esa armonía secreta. Ese proceso de creación propaga y  trasfiere al lector las continuas indagaciones en la verdad de la existencia. 
   Supongo que a nadie se le oculta que, en la declinante cuenta de resultados del mercado editorial de estos años, la triple reedición de una antología poética como La ciudad en poco más de una década es campo de confusión y motivo de asombro. El asunto subraya un caso raro, un intraducible secreto literario, de esos que James Joyce escondía en sus libros “para mantener ocupados a los críticos durante trescientos años”; o constata de forma natural, por encima de cualquier duda, una acertada conjunción de méritos propios en la perdurable labor de Karmelo C. Iribarren. Sin más interpretaciones; lo que sienta las bases del temblor cordial con este volumen de poesía es la manera de hacer crónica una poesía vigorosa y precisa para captar la esencia, emotiva y sin adornos verbales, oportuna y cercana, que tiende la mano  para rescatar al lector de la intemperie, mientras la ciudad duerme.


JOSÉ LUIS MORANTE


(Prólogo a Karmelo C. Iribarren, La ciudad, Sevilla, Renacimiento, 2014, tercera edición) 


miércoles, 17 de octubre de 2018

DORMIR AL RASO

Casa de Antonio Machado
Segovia
Fotografía de
Adela Sánchez Santana
DORMIR AL RASO

Había traspasado los ritos iniciales
de la oscuridad y del miedo

PEDRO TEDDE

Hay camas tan humildes que parecen dormir al raso.

Esos amigos que son
 puzzles en los que no encaja ninguna pieza.

Un anclaje en el agua.

Queda la versión íntegra de su historia personal. Nada con un fondo gris.

Solidaridad de papelera, que deja sitio de inmediato a todo lo que sobra.

El topo defiende la semejanza cromática.

Solo percibe las palabras propias. Las voces ajenas son ruidos abruptos.

Me dedicó en seis meses tres adjetivos, dos adverbios y cuatro preposiciones. Afectos con despilfarro austero.




martes, 16 de octubre de 2018

EN FAMILIA

El calor del adobe
Imagen de FSR



EN FAMILIA

   En casa no nos gusta incomodar a nadie, señor comisario. Las cosas como son. No hay más indicios, pero todos buscábamos algo. Mi madre buscó el sosiego en la farmacia; mi padre en la mudez de un cigarrillo, convencido de que el cansancio y el frío están en las palabras pero son otra cosa; mi hermana, cuando niña, en el reclinatorio de la ermita y, después, en la esquina más rentable del polígono sur. Yo, que no busqué nada, encontré un libro y en él sigo.
  Vivimos juntos el abuso feliz de sentirse en familia. Repare usted, señor comisario, que en nuestra casa los sueños nunca dieron ningún paso; siempre huyeron del calor del adobe. 

(Del libro Cuentos diminutos)



lunes, 15 de octubre de 2018

CARMELO CHILLIDA. IDEARIO POÉTICO

Carmelo Chillida
Fotografía de
Venezuelan Press


IDEARIO POÉTICO DE CARMELO CHILLIDA


   Aunque es tierra firme que la poesía es un fin en sí misma y no tiene otro afán que buscar, desde el lenguaje, la verdad, y la belleza, esto no significa decantarse por los postulados teóricos del arte por el arte, tan gratos a Victor Cousin, Théophile Gautier y tantos epígonos tardíos del idealismo kantiano. Como sustrato expresivo concreto, el texto puede ser un instrumento que interaccione realidad histórica y sujeto. Una larga tradición en el tiempo afianza la tenaz voluntad de entender ese deseo de transformar el espacio colectivo a través del poema. Pienso en Bertold Brecht, César Vallejo, Pablo Neruda, Maiakovski, Roque Dalton, Rafael Alberti, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Rafael Alcides, Heberto Padilla o Juan Gelman… Y pido disculpas si el inventario es excesivo.
  La palabra poética expande su geografía creadora para abrazar la polémica política a través de una representación figurativa, repleta de densidad significante. El sujeto verbal se hace cronista, adquiere una perspectiva diferente, busca líneas, registra y anota en el papel; asume la tarea de dar voz al espacio colectivo y hace de la denuncia la zona medular del poema.
  No se trata  de pronunciar un discurso mesiánico, declamatorio, pronunciado sobre el lodazal, sino de construir un lugar compartido en el poema. Lo explícito se enriquece a partir de vínculos difuminados que requieren un desvelamiento de claves para que la lectura del lenguaje simbólico tenga una potestad efectiva.
  Exacerbado y juez, Platón propuso expulsar a los poetas de la república, por ser elementos perturbadores que interfieren en la convivencia cívica. La poesía política, cuando no se enturbia por una monocorde propaganda ideológica, guía los pasos del regreso, da visibilidad al hombre de la calle. Tras el retorno de la palabra poética a la ciudad de todos, el acontecer respira en común. La normalidad se hace cronología para que el protagonista poético sea una presencia activa, capaz de forjar el destino de su ser subjetivo. El lenguaje olvida el vuelo transcendente para asumir una conversación desde la interioridad.
    La poesía es una vía de acceso, una sutura en el fondo invisible, una incisión en lo aparente. Así lo constata Roberto Juarroz en uno de los fragmentos de “Realidad y poesía”: “El poeta es un cultivador de grietas. Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro”; el poema deviene entonces “una soldadura de huesos y ruinas”.
   Carmelo Chillida aspira a que el ideario poético supere el angosto espacio de la simple etiqueta conceptual para abordar el hecho literario como experiencia desacralizadora. Para ello fusiona dicción hablada y lenguaje poético. Frente al aura sagrada del vate sacerdotal personifica el poeta terrestre, asentado en la contingencia histórica, sin iluminaciones ni contactos con lo sublime. Sabe que todo es efímero, lo que nos hace transitar los espacios de la memoria y lo que se convierte en materia de observación, pero sabe también que la poesía es lo social como compromiso. No cree en el tópico del intelectual encerrado en la torre de marfil de su pensamiento. En cada sujeto conviven lo privado y lo público y es un estímulo de la vida diaria alentar estrategias de convivencia entre ambos espacios. Solo la superación del ego subjetivo revaloriza la utopía, nos hace protagonistas en el escenario de lo histórico. Somos individuos solidarios. Todo yo es otro.




domingo, 14 de octubre de 2018

HILOS DE LLUVIA

Miradas
Archivo digital
 de internet





HILOS DE LLUVIA


Hilos de lluvia,
la noche desmadeja
un sueño gris. 





sábado, 13 de octubre de 2018

LLEGADA A LAS ESTATUAS

templos de Angkor
(Camboya, 2017)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana.

LLEGADA A LAS ESTATUAS

Cuando no supe de qué hablar con los hombres
caminé a una rotonda y me dispuse
a enmudecer, sin más, entre sus piedras.
Respiré con deleite la tibia arqueología,
y supuse fecundo aquel silencio
por alguna sonrisa en mármol cincelada,
y por ciertos residuos gestuales,
capturados
en los periplos grises de los viernes.

Miraban recelosas las estatuas,
posando en actitud mesurada y distante,
tal precoces alumnos de liceo burgués...
Fue preciso que tendiera mi mano
y dando tregua
a palabras, latidos, ademanes y toses,
viví aquel primer día
                                de muerto
con recién estrenada compostura,
harto conforme.

                   
                              Rotonda con estatuas (1990)




viernes, 12 de octubre de 2018

JOSÉ LUIS TOBALINA CUERDA. TRILOGÍAS

José Luis Tobalina Cuerda
(Algeciras, 1960-2008)
Imagen de
EUROPA SUR


DESDE EL RECUERDO


Con mi gratitud,
para Concha Cuerda Rodríguez,
por su hondura habitable
para guardar recuerdos

Trilogías
José Luis Tobalina Cuerda
Prólogos de Luis García Montero y Juan José Téllez
Ayuntamiento de Algeciras y Europa Sur, editores
Algeciras, Cádiz, 2010

  Pocos ámbitos geográficos han ejercido una influencia tan nítida en la vocación literaria como la ciudad de Granada en el despertar de la Transición y en el arranque de los años 80. Lo han comentado no pocas veces protagonistas directos de aquella época como Juan Carlos Rodríguez, Antonio Jiménez Millán, Mariano Maresca, Ángeles Mora o los poetas agrupados en torno a la etiqueta crítica “La otra sentimentalidad”, que supuso un claro revulsivo a la continuidad epigonal de los venecianos.
 Se multiplicaban tertulias, convocatorias colectivas, certámenes literarios y en la universidad se impulsaban revistas donde habrían de publicar sus primeros textos amanecidas literarias. Así sucedió con la voluntad literaria de  José Luis Tobalina Cuerda (Algeciras, 1960-2008). Estudiante de Derecho y de la Facultad de Filosofía y letras durante dos años, comienza a participar en el clima literario creado en torno a la revista Nefelibata y comparte sendas creadoras durante un tiempo, hasta que se instala en su provincia de origen para ejercer como periodista hasta su fallecimiento, tras una larga enfermedad. En 2002 anticipa poemas en la revista Almoraima, bajo un título cernudiano Donde solo habiten la nada y sus olvidos.
   Luis García Montero recrea en el liminar, desde la voz de la melancolía, aquel pasado común en la ciudad del Darro. El viento de otoño de la memoria recupera encuentros, contactos epistolares y esos enlaces afectivos que mantienen vivos fotografías y recortes de prensa. También de la inquietud básica de José Luis Tobalina Cuerda de hacer de la poesía expresión pactada de su sensibilidad  y de registrar la realidad cotidiana. Al cabo, como escribe Luis García Montero: “Escribir poesía es luchar contra los dogmas, que representan la prisa de las ideas y el acomodo de los sentimientos”.
   Desde la voz de una amistad profunda, Juan José Téllez, aborda las coordenadas de Trilogías; el poemario es una sucesión de trípticos con una manifiesta voluntad orgánica que bebe del simbolismo más que del realismo machadiano. Y hace también un recuento vital de aquellas actividades que fueron dejando su estela temporal con la impronta humana del poeta y con el quehacer continuo del periodista, siempre apegado al clima cultural de su entorno.
  La poesía de Trilogías es una mirada al cauce existencial del sujeto. Habita la incertidumbre. Sabe que el discurrir está marcado por la fugacidad y que es necesario buscar referencias en las que habite la esperanza para que sea posible conjugar la vida. Así nace la invitación a la ternura, la voluntad firme de techado que proporciona el amor hacia el hijo, la fuerza vital que hace del amor el núcleo básico de la intimidad y el contacto cercano con una geografía habitable que expande sus rincones para dejar en los sentidos la huella del asombro.
  La palabra es consciente también de los desajustes de la realidad. sabe que los días son derrotas y que el derrumbe se instala al borde los labios; el poeta vela y no renuncia a rebelarse contra la noche, cobija sus afanes en las manos germinales del sueño, o regresa al pasado desde la memoria para habitar un tiempo en el que todavía la luz extendía sobre las cosas su transparencia.: “Del asalto rescato como botín la niñez / y el perfil dibujado en la arena por sus pechos, / aquel atardecer en sus ojos / la penumbra que dictan los silencios, / una canción enredándonos en un futuro que no iba a ser”.
   El poema de cierre de Trilogías es una reflexión sobre la muerte como disolución en la nada, en donde las palabras dejan de oírse para habitar el silencio. Es entonces cuando la memoria adquiere toda su razón de ser, cuando la ausencia se hace imagen de un diario íntimo que perdura en el tiempo, que nunca huye porque forma parte de la identidad de quien ama. Y amar es una casa que resiste al tiempo.  


  



jueves, 11 de octubre de 2018

DAVID ALIZO. MI QUERIDA MUERTE

Mi querida muerte
David Alizo
Kalahos ediciones
Alcobendas, Madrid, 2018


ENCUENTROS


   En un hábil ejercicio compositivo, Mi querida muerte, novela póstuma de David Alizo (Escuque, Estado Trujillo, 1940-2008), funciona como una encrucijada de apariciones. La descomposición social de Venezuela y el daño irreversible que sus ciudades muestran en las aceras grises de lo diario, ocasiona un exilio inagotable. Nada queda en pie de una forma de vida cobijada en el paraguas cotidiano de lo rutinario. Ahora el porvenir no tiene porvenir; es necesario acomodar la existencia en otro sitio. Esa perturbadora situación margina también el entorno afectivo. Hay que zarpar entre la niebla y crear variaciones de rumbos en las que acaso pueda verse un futuro.
   El novelista recurre a la primera persona del testigo implicado para hilvanar el tránsito de amigos y conocidos que lo visitan, en su domicilio londinense. Llegan con biografías desaliñadas, casi al borde de la existencia y sus vidas van reconstruyendo pasados fantasmales que exigen una reflexión sobre la mediocridad del país. Todos proceden de un club de época, el Syrtaki, un lugar de reunión en el que fueron tejiendo biografías hasta que “el manto arácnido de la política subdesarrollada del país” provocó un estado de tensión constante. La rutina se hizo inhabitable. Y hubo que buscar salvavidas a tiempo.
   El hablante ficcional es Juan Carlos Brull, según confirma un correo electrónico personal que es una invitación nominal a una fiesta privada; así sabemos quién nos va proporcionando los datos enlazados de secuencias vitales por las que caminan los personajes accionales. De este modo se trazan las líneas genéricas de un cuadro hiperrealista que nunca olvida el contexto histórico general. El ambiente social se ha enrarecido tanto que el conformismo se rompe; mucha población sale a la calle y participa en huelgas, protestas urbanas y caceroladas que exigen un cambio de gobierno. Pero el ejército vela por el continuismo dictatorial y no duda en sofocar por medio de métodos represivos o violentos cualquier activismo. El gobierno se perpetúa y la gente sigue buscando salida a una conciencia mortificada.
   Cada biografía acompaña sus pasos con un inventario de actitudes y recuerdos que no pocas veces crean lecturas contradictorias en los demás. Así sucede con el periplo exietcnial de Clara Inés Villegas, Cecilia Guardia, Lucía Mendieta, Lenin Bondrián o tantos amigos del Syrtaki, un bar que encierra en sus paredes una época en la que todavía el pesimismo no era una planta parásita. Los menores gestos cotidianos adquieren así dobles lecturas, en las que casi nadie es lo que parece. Huitobro, ese sujeto capaz de disparar contra su propia imagen en una fiesta es un enamorado que busca complicidad y consejo, tras su ruptura sentimental con una belleza, Mihaila Dimitrescu, una mujer rumana que da pie a establecer abundantes paralelismos entre la descomposición del régimen dictatorial de Chauchescu, y el feroz declive de Venezuela, gestionado por un fundamentalismo ideológico preocupante donde solo funciona el aserto “conmigo o contra mí”.
  Brull va componiendo un mapa confidencial que busca justificación a distintos elementos de la intriga como el cuaderno de chismografía, una olvidada carta o las confesiones intimistas de sus contertulios. También él ha consumido un poblado itinerario de desastres en el que la muerte ha tenido un peso fáctico y ha dejado alrededor la enfermedad, la muerte violenta o el suicidio, lo que lleva a sospechar a los demás que es un portador de desgracias. Esa es la clave del título; la muerte es parte de la propia identidad.
   David Alizo, inolvidable creador de Nunca más Lili Marleen y Safo de mil amores,  da testimonio de un punto de vista subjetivo y curioso sobre un momento clave de la historia reciente de su país. Recurre a un entrelazado de recuerdos escondidos en las ondulaciones de la memoria. A través de esas voces ofrece perspectivas sobre una realidad desencajada. Actualiza las sensaciones del clima político y los múltiples aspectos de una descomposición colectiva. Ahora, la cuestión principal es descubrir el hilo del futuro, saber si existe todavía algún espacio de supervivencia.   




miércoles, 10 de octubre de 2018

LADERAS

Laderas
(Castro de las Cogotas, Ávila)
Fotografía de
Rubén Sánchez Santana


LADERAS

(Selección de Aforismos)


Hay piedras que ocultan una mirada estrábica.


Se quedó en la ladera, sin ascensos ni cumbres. Alquiló una quietud respetable, para fingimientos y usos cívicos.


Tarde de escalada con reproches y un cansancio que respalda el pasado común.


Ese tenso diálogo entre la cobardía expansiva y el remordimiento.


Su optimismo sugiere que la lógica cierra camino al caos.


Músculos vigorosos, épicos, espartanos; levantan muros con la mirada.


En los días de campo solo miro, para evitar la tartamudez de ideas.


Es tarde; el momento justo de hacer casi todo.




martes, 9 de octubre de 2018

STEFAN ZWEIG. CARTA DE UNA DESCONOCIDA

Carta de una desconocida
Stefan Zweig
Traducción de Berta Conill
Acantilado, séptima edición
Madrid, 2005
                                   


CALIGRAFÍA DEL CORAZÓN


   En este relato del escritor austriaco Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, Brasil, 1942) asistimos a un singular proceso de introspección. Una voz anónima remite la confesión de sus vivencias más íntimas a un famoso novelista. El detonante de esta explosión epistolar es el dolor. El hijo de la desconocida ha muerto y el único modo de cauterizar el dolor y la soledad es someter a la memoria a una minuciosa reconstrucción de lo acontecido desde los trece años, en el despertar de la adolescencia, hasta los veintiocho.
   El largo soliloquio es un pliego de casi veinticinco folios, sin remite ni firma, encabezado por este enunciado: “A ti, que nunca me has conocido”. La carta elabora un vivo retrato de una sensibilidad que se reafirma en el valor de lo ideal. Es en la infancia, cuando por primera vez se tropieza con el escritor que casualmente alquila una vivienda en el mismo edificio. Los muebles, la presencia de un mayordomo, el porte personal del adulto chocan profundamente con su entorno habitual. Mientras ellas se siente protagonista de una vida opaca y sin relieve cree que el escritor protagoniza una doble vida, capaz de respirar esa ambigüedad interina en la que se imagina el secreto de la existencia. Esta mitificación se transforma poco a poco en amor. Es un amor utópico e idealizado que pasa inadvertido. Para el recién llegado la niña vecina no existe y todo el proceso vital que ocasiona en la adolescente, primero y después en la joven mujer es sólo un recuerdo vago en que no puede precisar ni siquiera un rostro.
   Los avatares de la joven siguen su curso, el destino conspira para que el alejamiento entre los dos se precipite; el posterior embarazo aportará un conocimiento existencial doloroso en el que recorre los estratos más bajos de la sociedad. Pero incluso en esta situación la mujer mantiene inalterable sus afectos y no recurre a la ayuda del destinatario de su amor.
   Aunque el relato no está fechado, podemos deducir que la historia se desarrolla en la Viena de principios del siglo XX. Por entonces, Austria era una potencia continental regida por los Habsburgo, con una importante presencia en la política europea, al formar parte de la Triple Alianza. La capital es una urbe alegre y cosmopolita aunque con una desigual distribución de la riqueza que acentúa las diferencias de clase.
   Con la estructura del relato dentro del relato: el escritor recibe una larga carta en primera persona, asistimos a la inmersión de lo extraordinario en la normalidad en un relato aparentemente sencillo en el que el espíritu romántico de la protagonista prevalece, como si fuera un himno a los sentimientos más puros. En muchos sentidos esta pasión se acerca a la poesía. Contra el mito de Narciso que se mira a sí mismo como depositario de belleza, quien ama rompe el espejo del yo para contemplarse en el otro y hace del amor un principio esencial, un sol diario.


                                                                                                

lunes, 8 de octubre de 2018

EN EL BORDE DEL TARRO

Colibrí
Enciclopedia de Aves Exóticas
Archivo de internet



EN EL BORDE DEL TARRO


  Desenrosca con maña inquieta la tapa del tarro. Sospecha que de su interior saldrá un dragón contraído. Desecha el miedo. Tiene suerte. En el borde del frasco roza los dedos asombrados el vistoso arco iris de un colibrí.

(De Cuentos diminutos)



sábado, 6 de octubre de 2018

AQUÍ, EN TODAS PARTES

Lejos, con nubes
(Bulgaria)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana

Aquí


                Nada y todo ocurre en todas partes
                                       
                                              PHILIP LARKIN

Es aquí donde estoy.
Tras las grietas de un yo parapetado
en las profundidades
de sí mismo.

Habito un cuarto exiguo
donde nada hay detrás
salvo el vacío
de las sombras sin lustre;
soy un plano que muestra,
maltrecho y solitario,
el retraso gastado de las rutas
que ya se desvanecen.

Mi reclusión carece de secretos.
En las puertas del frío,
necesito encontrar
en cualquier parte
un domicilio propio,
un cuerpo que sostenga
el temblor de la luz.

         ( De Pulsaciones, Sevilla, 2017 )





viernes, 5 de octubre de 2018

EN EL TECLADO DE LO DIARIO

Sobre el teclado




BREVE SELECCIÓN DE AFORISMOS



La autobiografía convierte a otro en protagonista.

*

Ideas de saldo; necesitan un lenguaje primario, como esos productos de consumo que se adquieren en los minoristas chinos.


Hay comportamientos que tienen la grisura de las aguas fecales, y el mismo olor.

*

La derrota es parcial si alimenta un estado de escucha; la posibilidad de gestar una existencia nueva, que tome el vacío como punto de partida.

*

Los espacios intermedios confunden márgenes y periferia y se expanden en las dos direcciones.

*

Pasan años abriendo itinerarios. Los que llegan, olvidan el trayecto de vuelta.

*

Los discursos vacíos crean vínculos estériles entre las palabras.


                                           (Del libro Mejores días, De la Luna Libros,
 Mérida, 2009)


jueves, 4 de octubre de 2018

ELDA LAVÍN. LAS VARIACIONES INSENSIBLES

Las variaciones insensibles
Elda Lavín
Colección A la sombra de los días
Edición de Consejería de Cultura
del Gobierno de Cantabria
y Sociedad Regional de Educación, Cultura y Deporte
Santander, 2018


VOCES DEL DESCONCIERTO

 Al repasar la nota bibliográfica de Elda Lavín, poeta, ensayista y editora, me viene a la memoria Scriptvm una memoria histórica y editorial, aparecida en 2005, que conmemoraba el vigésimo aniversario del sello poético Sriptvm. Aquel catálogo nació como una colección de cuadernos poéticos y fue creciendo hasta alcanzar proyección nacional. Fue mi primer encuentro con el afán literario de la editora y responsable de la colección de poesía La Mirada Creadora y de los cuadernos poéticos El fondeadero de la Osa.
   La palabra nos muestra. El yo poético es una imagen de alteridad. Establece un diálogo con una presencia que protagoniza, desde el lenguaje, una puesta en escena. En esta representación, el poema ofrece una propuesta de sentido que nunca se cierra en sí misma y que obliga al autor a una inacabada interrogación sobre la razón de ser del verbo poético. Son asuntos a los que retorna la filóloga y doctora en lingüística en el breve umbral reflexivo que prologa Las variaciones insensibles y en el que hay enfoques muy atinados como esta síntesis de cierre: “Todo poema es  una representación donde sinceridad y máscara se hacen necesarias para un yo que se busca, que cuestiona su identidad en el devenir del tiempo, que cuestiona la realidad como lugar de dolor, de conflicto, de fracaso. La poesía es ponerle cara al desconcierto”
   La cita inicial de A. Schopenhauer clarifica de inmediato el aserto bajo el que se cobijan estos poemas. Y añade también otras claves lectoras que no pasarán inadvertidas, como la voluntad como forja del ser y expresión de carácter; así mismo la incisión en la metafísica de las cosas, más que en la consecución de un idealismo transcendente. Por último, ese pesimismo larvado que depara el conocimiento de que la vida es desvivir.
   El trecho inicial “Tempus belli”, frente al conformismo de lo diario, recurre a los escenarios de la desolación. De ellos, pocos tan presentes como la guerra de Siria y su atormentada geografía asolada por el fundamentalismo y la barbarie. Lo constata el poema inicial “Subida hacia Malula”. En la aldea enclavada en la falda del monte Qalamun perdura todavía una comunidad cristiana que guarda el arameo original entre las ruinas del devastado patrimonio arqueológico
    Elda Lavín recurre a un yo desdoblado para habitar el poema; la palabra apelativa mana con un registro de transparencia, enunciativo, que muestra una limpia voluntad dialogal. El poeta es también una voluntad menesterosa que busca lugar para la riqueza inútil que cobija. Quien escribe recorre un callejón sin salida, un punto  muerto que convierte el itinerario existencial en un trazado incierto. Volver al día es vislumbrar al propio yo convertido en habitante de las ruinas. El trayecto es enigma y se renueva en quien toma los pasos; un lugar de tránsito donde todo es brevedad y percepción temporalista. Solo queda hacer el equipaje y partir.
   Si en la sección inicial sobrevuela en círculos un claro pesimismo, en el apartado central “Paz en los temores”, las composiciones promueven una reconciliación con el entorno. Desde el sentir, llega la cadencia de la evocación y el regreso a espacios aurorales de la memoria que acogían en sus repliegues esperanza y sueños. La percepción abre refugios para la fragilidad de la conciencia; la confianza en el presente descubre enjambres de signos en los que es posible ahuyentar el miedo. Las palabras pronuncian gratitud y belleza, aunque sobre la dermis de las horas se muestren todavía las incisiones de la noche y los restos dormidos de los días grises.
   El desarrollo orgánico del libro concluye con el apartado “Tempus inopiae”. Ese tiempo de necesidad amanece con una reflexión en torno a la personalidad de Jean des Esseintes, el protagonista de A rebours, escrita por J. Huysmans y considerada desde su publicación (1884) la biblia del decadentismo. Encarna el personaje central la aspiración del yo, retirado del mundo, para dedicarse al goce estético a través de una auténtica ascesis. El oficio de existir desprecia lo creado para buscar dentro la mirada creadora, que confirma también el autodesprecio. Nada importa sino la experiencia estética.
   De esta sensación de abordar lo diario desde la certeza de que solo es nuestro el silencio de la derrota, hay que cobijar la esperanza, hacer del desaliño de lo aleatorio un registro de luz nueva, aun cuando sepa que el sueño es transitorio y que el devenir impone sus condiciones; no hay tiempo para el adiós, solo para guardar en la memoria el humo de los días, esa silueta al paso que borra la niebla.
   El habla poética de Elda Lavín concede al pensamiento una búsqueda conversacional que clarifica. Su poesía no elude el intimismo y hace de lo biográfico una transición pautada hacia la otredad. Aunque sepa que en ese viaje no hay regreso, que reiteramos un gastado estribillo y en las manos se aloja el pulso inerme del vacío.



miércoles, 3 de octubre de 2018

PIEDRA CALIZA

Preguntas de nubes
(Las Cogotas, Ávila)
Fotografía de
Rubén Sánchez Santana




                         PIEDRA CALIZA

                                 (Epitafios)


                                           He soñado
 con la realidad. 
Con qué alivio me he despertado.                                                                                                             STANISLAW  J.  LEC


La muerte no  es nada,
cuando existimos ella no existe
y cuando aparece, nosotros desaparecemos.

                                                                          EPICURO
                                   I

En su artesana construcción del silencio,
la muerte no reconoce
ninguna otra verdad.

            II

Otra noche.
Sobre mí  prosigue su labor
la luna quieta.
Carezco de otra luz.

            III

Queda mi nombre
y la serenidad de este paisaje
que no sabe quien fui.

            IV

Agudizo mi vocación fantasma.
Miro sin comprender
y reclamo razones para estar en la nada.
No hay respuestas;
la pureza del aire
habita el desamparo.

            V

Un manto de raíces y una brizna de sol,
pero las formas se han desvanecido
en el escaso jugo de una tierra estéril.
Estoy con otras sombras y nos une
la mansa convivencia,
el aire de familia
de los que nada piden al futuro.

                       VI

Vuelven los ecos y dibujan mapas,
un recorrido de memoria y sueño
que convierte al que fui
en terco pasajero accidental
de otra ruta
que ya no identifico.
El pasado se puebla
de restos arqueológicos.

VII

Ahora vivo debajo,
con vocación de sima.
A tientas me desplazo
sin que se marquen huellas
ni dejen una imagen
los lugares de paso.
Nada sucede aquí;
nada sucede.

          VIII

Callé.
Después de todo,
cobijo la pereza.
En el silencio nadie;
un estar sin contornos que tantea
 y vela con desgana
el transcurrir del tiempo.

               IX

Camino dentro
de un dédalo de calles
tras un rastro invisible.
Prosigue la deriva;
es terca voluntad
que empuja hacia otra parte.

En un reloj sin tiempo,
ensordecido
busco un lugar
para empezar de nuevo.

                X

Epitafios;
un triste empeño en seguir hablando
cuando  ya consumí
mi turno de palabra.

            XI

Nadie fractura aquí
las voces del recuerdo.
Acuden resignadas
a que yo les conceda
senda abierta y sentido.

Inútil confianza.
Soy también espejismo,
el manso dinosaurio
que duerme en otro sueño.

      (De Ninguna parte, Sevilla, 2015)



martes, 2 de octubre de 2018

SILUETA EN EL CALLEJÓN

Emboscada
Imagen
Street-photography


SILUETA EN EL CALLEJÓN


   Me angustia la certeza de que algo va mal. Hay detalles raros. Hasta ahora, mi sombra asumía callada y diligente, mi compañía. Desde hace semanas escucho sus quejas; la noto cansada, abstraída y distinta cuando se proyecta sobre el pavimento. Con frecuencia se pierde al cruzar los semáforos o se queda detrás en deshabitados callejones. Me obliga a vigilar mi espalda con desconfianza y multiplicar trayectos que no llevan a ninguna parte.
  Hace un instante, cuando me volví, intuí en el difuso encuadre de su cabeza ojos de luz. Entiendo; tiene una decisión tomada. El recelo me impulsa a mirar otra vez. Fundida en la silueta de su mano percibo una pistola. Se alza detrás, con lentitud autoritaria. Quiere asesinarme.
  Lo urgente es escapar de un acto impune. Mi sombra afina el ángulo de tiro. Busco una puerta para el miedo.

(De Cuentos diminutos)






lunes, 1 de octubre de 2018

ANTONIO PORCHIA. VOCES REUNIDAS

Antonio Porchia
(Conflenti, Cantazaro, 1885-Vicente López, Buenos Aires, 1968)



LA VOZ DE LO SECRETO

Voces reunidas
Antonio Porchia
Edición de Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo
Prólogo de Jorge Luis Borges
Epílogo de Roberto Juarroz
Universidad Nacional Autónoma de México
México, 1999

   El esqueleto verbal del aforismo –tan proclive a convertirse en osamenta invertebrada- es callado heredero de una tradición. Un fluir incesante que no rompe el silencio y  nunca deja solo. Ahí está la cordial compañía del italo-argentino Antonio Porchia, sus voces compiladas en 1999 por la Universidad nacional Autónoma de México, en la edición de Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo. Toda la obra lapidaria se expande en un único volumen, precedida por un elogioso prólogo de Jorge Luis Borges, quien certifica una certeza: los mínimos esquejes reflexivos no son una estación de llegada sino un amanecer que abre ruta, el pensamiento activo “de un hombre solitario, lúcido y consciente del singular misterio de cada  instante". Borges escribe esas líneas en 1979 para la edición francesa de Fayard, integrada en la colección Documents Spirituels, con traducción de Roger Munier. Porchia ya no está; había muerto en 1968, pero la presencia intelectiva de Voces es el impacto de una vocación casi secreta con la que el maestro argentino se siente hermanado. Entre ambos no hubo amistad. No llegaron a conocerse personalmente, a pesar de algunos amigos comunes como el pintor Xul Solar. Pero el lector incansable que es Borges sabe reconocer la maestría esencial de Porchia, esa manera de dar voz al misterio.  
   La sólida presentación rastrea el periplo biográfico. Nacido en el pueblo calabrés de Conflenti en 1886, es el mayor de una numerosa familia. La muerte del padre provoca el traslado a Argentina, donde el joven debe asumir el papel paterno desempeñando quehaceres que sostienen la economía familiar. Poco a poco, se acrecienta su conciencia social y entra en pequeños círculos socialistas. Su escritura también se va fortaleciendo, dedicada de forma monotemática al decir breve. Sus fragmentos tienen un ritmo lento,  elaborado, casi memorístico, que se vuelca con extrema economía verbal. En el barrio La Boca, enclave habitual de la inmigración italiana, frecuenta algunas tertulias artísticas. Y serán sus amigos quienes lo animen a difundir sus esquejes reflexivos. El libro se edita en 1943 y la tirada de mil ejemplares pasó inadvertida por completo. El almacenamiento obliga a una distribución aleatoria solventada con la donación a bibliotecas populares, un asunto azaroso que concluye de la mejor manera posible. El crítico francés Roger Caillois, que pasa una temporada en Argentina y colabora con la revista Sur, recibe un ejemplar y su impacto es instantáneo. Se convertirá en el máximo valedor y es puerta franca para su traducción al francés. La posterior edición en Hachette, en 1966, consolida el valor literario y añade en 1974 Voces nuevas. Aquel  desconocido, de humildad ejemplar, con mínimos antecedentes literarios, se convierte en presencia de culto que suscita la admiración de escritores como Henry Miller, André Breton o Roberto Juarroz. Este último frecuentó la amistad de Porchia en sus últimos años y escribió el postfacio “Antonio Porchia o la profundidad recuperada”. El breve ensayo se publicó por primera vez en México en 1975, integrado en las páginas de la revista Plural como prólogo a un muestreo aforístico. Después se recuperó para la versión francesa ya citada de Roger Munier, la realizada por Fayard, y se ha utilizado con frecuencia como fuente informativa por su anecdotario y por sus coordenadas indagatorias. Al mismo tiempo aborda la textura interna del sujeto y los núcleos del pensamiento estético, siempre centrados en la profundidad de lo elemental. En esa confluencia entre el ser humano y la obra se define una soledad buscada que rompe límites entre el yo y los otros desde la contención y el despojamiento.
   El itinerario se cumple con Voces abandonadas,una recuperación textual de Laura Cerrato, cuya razón de ser comenta en el prefacio. Son aportes que se han ido perdiendo en el devenir creador, o han sufrido variantes y modificaciones. Dormidas en el olvido, fueron aflorando en la voz del mismo maestro o en apuntes individuales dispersos. Por tanto, recuperar las voces abandonadas no traiciona el rigor correctivo del escritor, sino que muestran las exploraciones para cimentar un lenguaje lacónico. En él cabe la repetición, la síntesis o el rectificado ortográfico más liviano; en suma, una incansable meditación sobre el lenguaje que preservan el gesto conmiserativo de quien desea que lo valioso no se desvanezca.   
   Las voces no nacen del libro, son chispazos interiores de un místico independiente. Es el pensamiento de un estar solitario que busca amparo en el propio interior. Y lo hace a través de un lenguaje confidencial, en ocasiones reiterativo, con sus características formales, lo que convierte al quehacer en un trabajo cerrado y sin herederos, según algunos críticos, algo que contradice claramente la obra de Roberto Juarroz, Alejandra Pizarnik, o Fabio Morábito. Su voz es una forma de escuchar lo profundo, lo casi inexistente.  
   Así describe ese algo más de Voces Roger Caillois, el primer fascinado por esta luz: “Esos pensamientos no son ideas, y escasamente son pensamientos; no revelan lógica ni psicología, sino más bien metafísica, y una metafísica donde hay que adivinar más bien que comprender, y al adivinar, elegir entre las formas de adivinación la que da mayor cabida a la simpatía, quiero decir al dejarse estar, al abandono de las distintas rigideces o tensiones o estados de alerta de cualquier clase, que por lo corriente son inseparables del esfuerzo intelectual”
   En el escueto magma reflexivo habita la libertad de pensar, ese contacto entre lo previsible y lo extraordinario que aprende las cosas desde lo elemental. Antonio Porchia, humilde y sabio, se despoja de sí mismo para habitar el vacío.