sábado, 22 de junio de 2019

LA BUENA COMPAÑÍA

Sílabas negras
Fotografía
 de
Diario Femenino


COMPAÑÍA

                                                    espiral de quietud y movimiento

                                                                           OCTAVIO PAZ


La luz dibuja
una sombra dormida
detrás de mí.




jueves, 20 de junio de 2019

DESMEMORIA

Cobijo
Enciclopedia Natural

DESMEMORIA

                                                  es el tiempo que nos quedó sin florecer.
                       Un retardo en la sangre

                                                                     ROSANA ACQUARONI

Hurgan mis manos
entre helechos y ortigas.
Fuerte picor.



miércoles, 19 de junio de 2019

ROSANA ACQUARONI. LA CASA GRANDE

La casa grande
Rosana Acquaroni
Bartleby Editores
Madrid, 2019



EL LUGAR DEL POEMA


   Rosana Acquaroni (Madrid, 1964) comparte la contemplación interior de la poesía y el quehacer del grabado. Licenciada en Filología Hispánica y Doctora en Lingüística Aplicada, se dedica a la docencia en el Centro Complutense para la Enseñanza del Español. Comenzó su recorrido lírico en 1987, cuando su obra auroral Del mar bajo los puentes consiguió un accésit del Premio Adonais, y ha entregado los títulos El jardín navegable (1990), Cartografía sin mundo (19949), Lámparas de arena (2000) y Discordia de los dóciles (2011). Son estaciones que inciden en un recorrido escritural de ritmo sosegado, solo atento a la exigencia creadora.  
  La excelente cita de Olga Orozco supone una incisiva clave de arranque: “Alguien me llama a veces desde una casa que hunde sus raíces de arena en la distancia que llamamos nunca (…)”. La carga apelativa plantea un enfoque autobiográfico en el desvelo evocativo; la misma idea expande la fotografía de cubierta, una imagen en blanco y negro realizada por Miguel Acquaroni.
   La experiencia vital nunca duerme. Se queda dentro y adquiere en el discurrir del tiempo un sentido más trascendente, una convulsión que entrelaza recuerdos y exilios interiores. Con un fuerte sentido aforístico que despoja el mensaje de circunvoluciones enunciativas, los versos iniciales abren ruta: “Llevo alojada en el corazón / una bala de plata. / La misma que mi madre / no supo disparar”. Los poemas llegan, como fragmentos habitados por la temporalidad, para dar voz al protagonista en el acto de desandar la propia identidad entre la carga acumulativa de materiales aleatorios, que resisten sin descomponerse. Es la estela de un itinerario hacia dentro para encontrar los restos de la desmemoria para hablar con sus ecos y reflejos. De allí llegan los dormidos escombros de la casa grande, el lugar del poema como caligrafía de un pretérito que nunca duerme. Es una geografía emocional habitada por personajes obcecados en una representación obsesiva, entre los cuales la madre y el padre, ese desconocido de impoluta apariencia, constituyen un eje relacional en el que orbita el devenir vivencial. La senda de la evocación conduce hasta la infancia donde un yo sumido en la extrañeza hace la crónica de otro tiempo. Es un pasado desapacible que tiene en sus rendijas los pasos de una historia de vencedores y vencidos, la desolación de las jerarquías y un entorno de piezas desparejas, como sin ensamblar.  El clima de represión y miedo en esa noche de los comisarios, la escasez y la belleza juvenil se conjugan para airear los cantos de sirena de una relación compleja y sin futuro: (Y después, / cómo no conformarse / y ocupar el lugar de la querida. / Que estudien tus hermanos, / que la vida desprenda su perfume / de nardos y promesas 7 contra el plato vacío)”.
   La casa no es refugio sino un estar desorientado que envuelve los pasillos en la sombra. Como una voz gastada la locura se adueña de aquel cuarto de estar y adviene la separación y el miedo. Atrás queda la madre, en otro tiempo ya fuera de lugar: abrir los ojos es propiciar el desvanecimiento de los sueños. Desde la distancia del pensar solo persiste el paso maleable de una desconocida, cada vez más lejana, tras cada internamiento, como un zumbido de dudas desveladas. Y detrás de esa estela una historia de amor, una guerra, un país que iniciaba camino tras la noche en la posguerra.
  La dureza atroz de la existencia se percibe en toda su dimensión en el internamiento. El sanatorio hospital “Alonso Vega”, ubicado en la periferia de Madrid, en la antigua carretera de Colmenar Viejo, es una casa sin puertas, una ingestión de fármacos, la certeza de que la locura es un itinerario de vuelta hacia ninguna parte.
   La casa grande hace del poema un abrazo de dolor y memoria;  rastrea en lo vivido para hallar esos hilos convulsos del pasado que se fueron manchando de sombras. Los poemas quitan a la infancia cualquier idealización; toman conciencia de que es necesario enterrar lo perdido, abrir la mano, soltar las ataduras, arrojar estragos y salir al día.

  

lunes, 17 de junio de 2019

ÍNSULA, nº 870 (Revista de Letras y Ciencias Humanas /Junio 2019)

Ínsula nº 870
(Revista de Letras y Ciencias Humanas)
Junio, 2019
EL HAIKU ENTRE DOS ORILLAS
Editora:  Arantxa Gómez Sancho
EDITORIAL PLANETA S. A. U.
Coordinador del monográfico: JOSEP M. RODRÍGUEZ


EN TORNO AL HAIKU


   Con el libro Un día...(poemas sintéticos) (1919) José Juan Tablada introducía la forma poética del haiku en la lengua española. Aquel gesto precursor se recalca con fuerza en los ensayos de Octavio Paz, quien también cultivó la estrofa. Con Tablada amanece la trayectoria en el tiempo de un aporte singular que hizo dogma la reducción del verso a su esencia más pura. Cien años después, Ínsula impulsa el monográfico “El haiku, entre dos orillas”, coordinado por el poeta y ensayista Josep M. Rodríguez. El número aglutina a destacados especialistas y practicantes para reconstruir la larga travesía del mínimo poema y su experiencia estética en el tiempo.
   Josep M. Rodríguez abre página con el documentado umbral “La luna en Lilliput”. Indaga sobre el descubrimiento geográfico del archipiélago japonés a partir de las expediciones portuguesas del jesuíta Fernao Mendes Pinto. El posterior cierre del sogunato Tokugawa neutralizó la influencia extranjera y sumió al país en una autarquía que no concluye hasta 1853, cuando se restablece el comercio exterior. La apertura anima un intervalo de plena expansión que facilita el conocimiento de la sensibilidad nipona y la irrupción en el gusto occidental del espíritu japonés. Esta moda se vuelca en la literatura con una ambientación inspirada en el atrezzo del sol naciente y en historias y personajes nacidos tras el exotismo de la lejanía. Allí llega José Juan Tablada con otros corresponsales de periódicos y revistas. Ellos construirán la imagen literaria del país, muchas veces lastrada por un exotismo colorista. Los telegramas poéticos comienzan a traducirse y no tardarán en publicarse en francés. En 1920 se edita en Francia la primera antología de haikus y la expansión amanece también en España, propiciando un cruce de tradiciones en el que el haiku se afianza como aporte expresivo. Aglutina de modo natural una tradición y un conjunto de rasgos renovados.
   Fernando Rodríguez-Izquierdo aborda el panorama histórico del haiku japonés. Recuerda los cuatro periodos fundamentales de su evolución: los precedentes de la Edad Media; el papel nuclear de Bashô, como cima de intuición y madurez, sedimentado por su escuela; el tramo áureo desde el siglo XVIII, donde sobresalen las obras de Buson, Taigi, Chiyo e Isa; y la refundación del molde clásico con el haiku contemporáneo.
  Vicente Haya y Manuel Pérez Feria analizan la diversidad estrófica del poema breve, focalizando junto al haiku tradicional, al dodoîtsu, una poesía del pueblo que obedece al esquema 7-7-7-5. Concebido para ser cantado, el dodoîtsu mantiene una atención concentrada en la existencia como sedimento argumental. El ser es capaz de percibir con claridad el lenguaje del asombro y el despliegue incontinente de la vida natural, donde lo perecedero invita a la transcendencia. Es la conciencia del estar, la fuerza frágil del canto rodado que se desplaza entre la corriente del río.
  Frutos Soriano, ensayista y antólogo, recuerda el breve vocabulario procedimental. Así nos recuerda la semántica del “Haibun” o texto en prosa que inserta en su despliegue algunos haikus. El lector recordará de inmediato el libro Sendas de Oku, el mejor ejemplo del haibun. El número de términos comentados es muy amplio: haiga, haijín, haimi, haiku, kire, zappai… Soriano deja en su ensayo breve un selecto diccionario lacónico.
 Sobre el haiku en el devenir histórico de nuestro país versan los comentarios de Ricardo Virtanen, Susana Benet y José Luis Morante. El poeta, músico y profesor madrileño estudia el entorno modernista y la época de las vanguardias. Descubre los ecos de la estrofa en los Machado, Juan Ramón Jiménez y en el activo ultraísta. Cita algunos nombres de las vanguardias como Adriano del Valle, Antonio Espina, Mariano Gómez Fernández o Rogelio Buendía… El ámbito de la generación del 27 exhibió afinidades estéticas con el japonesismo de la mano de Lorca, Alberti, Aleixandre o Gerardo Diego.
   También con sentido diacrónico, Susana Benet recuerda los factores que facilitaron la introducción del molde poético y su capacidad para trasmitir sensaciones o plasmar lo instantáneo. Benet recorre fragmentos temporales en los que el patrón silábico se afianza hasta que en los años setenta, donde con la generación novísima se implanta como un elemento más de nuestra realidad cotidiana.
   José Luis Morante incide en algunas poéticas actuales del haiku como Jesús Munárriz, Susana Benet, Aurora Luque y Antonio Cabrera; se citan también otros coetáneos que hacen del esquema una herramienta habitual de su taller. Entre ellos destacan José Cereijo, Verónica Aranda, Aitor Francos o Manuel Lara Cantizani. 
  El monográfico no descuida aspectos solo en apariencia tangenciales como los problemas de traducción, estudiados por José María Bermejo, la espiritualidad y el espíritu del zen a cargo de María Salvador, el relato normativo del esquema verbal con sus integrados y heterodoxos, según el enfoque de Javier Sancho, y la mirada de cada yo poético a su espejo creador, que expande impresiones subjetivas de Jesús Munárriz, José Cereijo, Lara Cantizani, Aitor Francos y José Corredor-Matheos.
  Cierra la revista un equilibrado muestrario de haikus. El conjunto certifica la pujanza de la estrofa en el presente y la diversidad de planteamientos estéticos de un esquema expresivo que ya forma parte esencial del contexto poético foráneo.
  Concluyo. Es verdad que los monográficos de Ínsula adquieren una entidad atemporal que los convierte en materia de conocimiento. Una vez más, sus contextos críticos son atinadas ventanas didácticas para la investigación y el estudio. “El Haiku entre dos orillas”, con el norte marcado por Josep M. Rodríguez, es un acierto pleno. Sin más, una entrega oportuna e imprescindible que subraya el centenario de la estrofa en nuestro idioma, que abre futuro a otros destellos.



        


sábado, 15 de junio de 2019

EN VOZ BAJA Y CON LIBROS

Esperas
Fotografía de
Adela Sánchez Santana


CON VOZ DE DIARIO ÍNTIMO


Cada estantería es un tiempo pactado, una espera.


Hay escritores que sustituyen la Literatura por la Sociología.


La poesía no cae del cielo sino de los cuerpos de letras.


Cada publicación oculta un fracaso premeditado.


Me llega la reclamación de un haiku descontento con sus límites formales.


Las lecturas pendientes congregan un contagio de prisas.


Alguien habla en voz alta. Otro asiente a intervalos. Una multitud conectada con un oído atento en la distancia. Solo yo permanezco fuera de cobertura.


Elijo un ventanal que testifica el tránsito incesante. Frente a mí un asiento vacío y esa caligrafía de la ausencia que se escribe con luz oblicua.


(Aforismos y notas para un diario)



viernes, 14 de junio de 2019

LECTURA PERSONAL DE PULSACIONES

Pulsaciones
José Luis Morante
Prólogo de Rosario Troncoso
Takara Editorial
Colección Wasabi
Sevilla, 2017



CARTOGRAFÍA DE LA MADUREZ


Envejecí de golpe y cayeron las piedras

                    OSWALDO FLORES

   El poeta de Aguilar de la Frontera Vicente Núñez, tan aficionado al sofisma, escribió: “Cualquier lectura de un texto es válida. Excepto la de su autor”. Es una afirmación contundente que en mi caso invita al desconcierto. Defiendo exactamente la postura contraria: “El poeta es el primer lector de su poesía. Conoce la raíz de cada verso y las observaciones particulares de lo contingente”. Como admiro la obra del cordobés, mi disentimiento busca de inmediato entre ambas opiniones polares un ecuador conceptual, un eje de simetría en el centro: “Cada lectura es válida en sí misma; aporta una respuesta más, un reflejo, una certidumbre”
   Quien recorra los poemas de Pulsaciones percibirá que esta recopilación, respetuosa con la cronología editorial de mis libros, se apoya en unos pocos núcleos de fuerza. Recalca, con acierto, esta opción el prólogo de Rosario Troncoso, poeta y editora de la antología. La concepción existencial del sujeto poético muestra vínculos con el discurso de viva voz del tipo humano que protagoniza el andar biográfico. No hay despersonalización de la trayectoria vital; cultivo la dinámica continua de un aprendizaje que ha superado esa confrontación romántica entre escritura y vida. La identidad no es una aleación momentánea. Tampoco es un sendero lineal la expansión hacia el otro.
  Desde el título, las composiciones de Enemigo leal cobijan una ironía sutil que desaloja afirmaciones serias y literales; escribí ese libro en un momento de desencanto. En ese marco buscó sitio una relación social apelmazada que, poco a poco, fue encontrando su estación final. Quité sentimentalismo de aquella fractura afectiva y acepté que la amistad tiene una naturaleza efímera y tiende a diluirse en el tiempo.
   Me gusta pensar que el tipo humano que habita mis poemas se inserta en un paisaje cultural; forma parte de una tradición de valores que debe perdurar en la degradación. Abundan las composiciones que sondean la cualidad ética de la escritura. El poeta está inserto en un marco histórico y sus enunciados definen un paréntesis cronológico; adquieren, por ello, el carácter de una representación.
   Toda antología personal supone un deslizamiento de onda variable. En esta superficie de abarcable diversidad el motivo amoroso constituye un núcleo central. El amor es un cristal- transparente o con niebla- que deja a descubierto el lenguaje contradictorio de la realidad. Entre la plenitud y la ausencia han ido escribiéndose  los poemas de la noche en blanco y Ninguna parte.
   Los poemas finales acogen una poesía de madurez que tiene un carácter más intimista y simbólico. Ellos ponen materia a un ideario estético que no es sino un puñado de certezas con límites difusos. Mis poemas hablan de mí; son textos domésticos, si los dejo en la calle vuelven solos a casa. Buscan sitio en el lugar de siempre, ese rincón llamado yo.


jueves, 13 de junio de 2019

CONJETURAS Y LÍMITES

El silencio escrito del mediodía
Foto
de internet



CONJETURAS Y LÍMITES

Los límites del lenguaje
son los límites de mi mundo

WITTGENSTEIN

   Poco a poco, en el discurrir pautado de los años fue haciendo del silencio un principio de simetría. Pulió opiniones como caliza blanda, formó ángulos para albergar matices, asumió conjeturas y ejercitó, sin cansancio ni merma, la prudencia verbal.
  Ahora, en el silencio escrito del mediodía, observa la realidad y los espejos como simples ficciones verosímiles. Y nunca habla si no es en presencia de su diccionario.



(De Cuentos diminutos)


miércoles, 12 de junio de 2019

NICOLÁS CORRALIZA TEJEDA. ABRIL EN LOS INVIERNOS

Abril en los inviernos
Nicolás Corraliza Tejeda
Chamán Ediciones
Colección Chamán ante el espejo
Albacete, 2019

ITINERARIOS DEL ESTAR



  En un intervalo temporal muy breve, Nicolás Corraliza Tejeda (Madrid, 1970) ha levantado una arquitectura poética sólida que cuenta como vértices con los poemarios La belleza alcanzable (2012), La huella de los días (2014), Viático (2015) y El estro de los locos (2018). Son entregas que inciden en rasgos compartidos como el poema breve, la expresión coloquial y el verbo indagatorio en asuntos argumentales como la temporalidad, la intuición sentimental o los desajustes de la realidad inmediata.
Ahora integra en el catálogo de Chamán Ediciones su libro más amplio, Abril en los inviernos, una entrega de llamativa cubierta, donde se reproduce una imagen de María José López Cerro. De inmediato, llama la atención el minimalismo de la ausencia de títulos; los cien poemas compilados se identifican por un ordinal, sin más signos complementarios, para facilitar la cadencia lectora.
  Thomas S. Elliot inició su obra cumbre La tierra baldía con un rítmico lamento que se ha convertido en una de las citas más frecuentes de la poesía moderna: “Abril es el mes más cruel de los meses, pues engendra / lilas en el campo muerto, confunde / memoria y deseo, revive / yertas raíces con lluvia de primavera”. Es un pensamiento que fortalece la idea semántica de Abril en los inviernos como un rebrotar de vida en el páramo frío de la soledad invernal. De esa sensación de esperanza y amanecida participa también el verso prologal de Claudio Rodríguez: “Tan solo abril acude”. De este modo, el poemario propone una intensa indagación del yo poético en un marco de soledad y espera: “Para el silencio de la tierra, / los pasos que me restan. / Las fechas descifradas; el olvido que germina / sin el agua de los verbos. / Se volverá  invisible el relámpago / cuando enmudezca la lluvia”. En torno al yo prosiguen con el paso apagado de la inercia las horas sin luz en un deambular que agota espejismos y esperanzas, que tiene la muerte como estación final: “Es el camino quien nos anda y nos desanda / el cuerpo y el viaje”.
  Vestidos con una lacónica desnudez los poemas adquieren la apariencia de un decir aforístico que esencializa el pensar: “Nace el poema desdentado y sin rumbo. Se va haciendo. / Carne sin rumbo que crece o se emborrona. / Solo es un rostro infantil, la escritura de un hombre sin mañana”. Como una niebla desapacible que borra contornos y diluye mediodías, la memoria se espesa, llena de frío lo vivido, trasforma el pasado en un solitario mendigo que duerme a la intemperie.
   Testigo de esta soledad mudable, la conciencia vuelve los ojos a la propia identidad para compartir su desamparo y buscar puertas a los laberintos interiores: “He sido otros. / He escuchado próximas sus voces”; para hacer del sueño un espacio con sol en el que todavía sea posible la germinación de una sonrisa, las notas aurorales de una canción de amor, el brillo lánguido de un sol entre nubes, o el deseo de que el prolongado invierno se haga abril. La esperanza es afán y senda nueva, la voluntad de ser: “Llegar a toda costa / a cualquier confín donde / alguien nos espere. / Llevamos en los ojos / la impaciencia de los semáforos”
   Nicolás Corraliza Tejeda entiende la poesía como un cristal de luz. En Abril en los inviernos  los versos abren una estela en el agua para ser testigos de la soledad y la intemperie, para protagonizar una contemplación inadvertida del pasar renqueante del tiempo, pero también para dar la mano a la emoción que propagan las ascuas, esa lumbre cansada que resiste al hecho de vivir.







                

martes, 11 de junio de 2019

MARIO URQUIZA MONTEMAYOR. PIEDRA DE TOQUE

Piedra de toque
Mario Urquiza Montemayor
Buenos Aires Poetry,
Colección Pippa Passes
Ciudad de Buenos Aires, 2019


PIEDRA DE TOQUE 

   Se me permitirá una leve digresión para recordar que el lingüista ruso Roman Jackobson, a quien Octavio Paz dedicó su poema “Decir: Hacer” de Árbol adentro, investigó en sus ensayos las distintas ondulaciones del lenguaje. Resumió su experiencia léxica en seis maneras de actuar, denominadas: función referencial, emotiva, estética, apelativa, metalingüística y fática. Con esta última, como aserto aglutinador, comienza el poemario Piedra de toque de Mario Urquiza Montemayor (Estado de México, 1994), cuya composición inicial se pregunta sobre la posible conexión entre el escritor y el receptor del mensaje. A través de ese sondeo, el territorio conceptual se convierte en un canal comunicativo abierto, que facilita el contacto social. Detrás de su quietud aparente, el silencio de las palabras expone la inadvertida luz que lo justifica: “Depende de ti, de mí y de la soberanía del poema; de buscar, de hacer, de deshacer y rehacer el poema en planos muy distintos. Porque el poema no es un objeto, ni la poesía un método. El poema es ante todo: voluntad de sacrificio.
   Pero el formato expresivo de la prosa poética de amanecida muda de inmediato para imitar la disposición visual del caligrama y llena los arenales de la página de espacios gráficos aleatorios. Los versos se quiebran, incorporan espacios blancos, asimetrías y escalones caligráficos que provocan en su lectura una relación quebrada, donde se asume el contenido del poema como un jeroglífico. El libro adquiere así un añadido experimental, ya que el entrelazado de palabras, por su impacto visual, parece dejar en un segundo plano el mensaje.
  Dentro de los poemas hay algunos referentes culturales como Vishnu, dios hindú que encarna en la mitología hinduista la preservación y la bondad, como deidad central de la Trimurti o “tríada divina”, pero el verbo reflexivo de Mario Urquiza Montemayor se basa más que en el legado de la tradición en la interiorización de la experiencia vital, que transforma las sensaciones en pensamiento. De esa cala en el intimismo nacen poemas como “Para volver a recordar” que emplea el molde habitual del verso libre, en donde el yo indaga en la memoria para capturar recuerdos que se van borrando en el discurrir.
   El escritor, ya con un amplio itinerario poético, aunque la mayor parte de su obra permanece inédita, es el fundador de la gaceta La experiencia de la libertad, una publicación digital inspirada en un dicho aforístico de Octavio Paz, quien define la poesía como experiencia de libertad. Y es evidente la asunción del magisterio de Paz también en el título de este poemario que toma su nombre de un poema homónimo de quien ha sido y es una de las figuras capitales de la literatura hispánica contemporánea. El breve aporte de poemas compilado en Piedra de toque se define desde dos núcleos reflexivos básicos: el lenguaje y el epitelio sentimental. Ambos son realidades interiorizadas que requieren la mano tendida del lector. Sin ella el yo nunca es otro, permanece encerrado en el cauce del ensimismamiento, sin la franja de luz de las palabras, percibiendo que la mutación o el cambio, esa hoja agostada de los calendarios, que transforma el vértigo de los cuerpos en umbral de la muerte,  es la única certeza. 



lunes, 10 de junio de 2019

FÉLIX TRULL. LA LECCIÓN DE PULGARCITO

La lección de Pulagarcito
(Aforismos)
Félix Trull
Prólogo de Ander Mayora
Karima Editora
Puzol-Valencia, 2019


MIGAJAS


   El devenir existencial de los pseudónimos suele ser discreto, como si las contingencias biográficas fuesen migajas del yo; asuntos varios con escueto poder nutricional. Quede, por tanto, como apunte al paso, que Félix Trull es casi un ciudadano inadvertido que practica el sedentarismo y la literatura de pensamiento lacónico, donde ha firmado las entregas Metas volantes (2015) y Líneas de flotación (2018). Sus breverías también han visto la luz en distintas revistas digitales y en papel y en antologías del género.
   Una de las mejores incorporaciones del paisaje actual del decir breve, Ander Mayora se encarga de firmar el texto introductorio. Lo hace con el tono paradójico de quien sabe que el umbral no es estar dentro, o que el prólogo es solo una apertura que añade espera al contenido del libro. Aún así, intuye con descripción precisa que los aforismos de Trull “manan chispeantes y juguetones a veces, severos y agridulces otras, pero siempre con una confianza y bondad de fondo en la que nos podemos reconocer, porque nos los muestra en aquello que compartimos: la rutina diaria de la vida discreta, que fluye incansable y silenciosa”.
   La cita de Blaise Pascal refrenda le carácter huidizo del pensamiento, ese trasiego de un asunto a otro. Lo fragmentario es reflejo nítido de una realidad transitoria y mudable que especula con los significados de emociones y pensamientos. No se trata de establecer un púlpito de solemnidad, sino de sondear, como sucediese en la mayéutica de Sócrates, el material interno que cada sujeto aporta en pos de descubrir en su interior el verdadero conocimiento: “Hay dos tipos de personas: las que te brindan un mapa y aquellas que vuelven a despertaren ti tu dormida vocación de cartógrafo. Sólo estas últimas merecen el nombre de maestras”.
   Desde esa búsqueda se avanza en una senda de convivencia, convencido de que la vida social añade a la singularidad del yo un espacio de conflicto, una eclosión de pétales mustios, pero también de afinidades y empatías que generan sentimientos de raíz fuerte. Así nace el huidizo espacio de libertad que reivindica un mirador propio en la forma de entender la existencia. Las palabras son una casa grande cuyas habitaciones cobijan la posibilidad de estar y ser, aunque la incertidumbre y las dudas perduren en el estiaje de los calendarios: “Ni el más entusiasta de los aforistas defendería que todas las frases breves son verdaderas, ni menos aún que todas las verdades caben en una frase breve”; “Un aforismo no es un eslogan: no vende nada. Un aforismo no se puede corear: es un prófugo nato”; “Nada evidencia tanto nuestro auténtico fondo moral como las motivaciones que atribuimos a las acciones de los demás”.
 Cada aforismo en sí es un espacio de reflexión. Félix Trull anota sus indagaciones en torno al género, como si postulase una estética del aforismo que permite contemplar cada frase, sin mitificaciones, a tamaño natural: “Comprender sin prender. Prendándose de”; “La espera es la cosecha de sí misma. Incluso si se revela estéril, ya ha dado su fruto”; “La opinión personal es el último refugio de quienes no pueden alcanzar un conocimiento fundado”; “La lección que se aprende en los desiertos es la de que el auténtico espejismo eres tú mismo”.
   Todo libro de aforismos muestra la musculatura conceptual de un espacio de racionalización en el que se dan la mano el sujeto ensimismado en sus laberintos domésticos y el ciudadano que reconoce su pertenencia al mundo compartido de los actos ajenos. Así, en La lección de Pulgarcito nace una travesía de argumentos, un camino iniciático que va sembrando huellas y migas de pan, porque siempre confía en el regreso, esa ruta que vuelve a la amanecida. Al cabo, como sugiere Félix Trull: “La vida da tantas vueltas, y a tanta velocidad, que a veces me da la impresión de que se está empezando a quedar quieta”.           

domingo, 9 de junio de 2019

SENDAS DEL DISCURRIR

Selva de Tailandia (Chiang Mai)
Octubre, 2017
Fotografía de
Adela Sánchez Santana


SENDAS DEL DISCURRIR

Solo las moscas saben qué hacer frente a los restos

FONDEBRIDER


Soy incapaz de responder a las preguntas que formula a diario el discurrir de los días. Las guardo dentro, como ecuaciones sin resolver, pendientes y abordables, que necesitan una puesta en escena adecuada.

Evita pensar; le asusta la resaca muscular del cerebro.

A veces recurro a supuestos amigos para traspapelar mis incertidumbres. El silencio de sus mensajes retrata identidades con acotaciones ajustadas. Habla de su falta de confianza, de ese yo ambiguo que dormita entre la distancia y la sombra. Habla también del estatismo de su inteligencia..

Excusa predilecta: no compra libros por razones de economía.

Víctor Hugo denominaba al adjetivo "grasa del estilo". Pero, qué sería del jamón sin grasa...

Los escritores que nacen de la nada acumulan magisterios por filiación artificial.  

(Apuntes para el diario)  




sábado, 8 de junio de 2019

BEATRIZ VILLACAÑAS. TESTIGOS DEL ASOMBRO

Testigos del asombro
Beatriz Villacañas
Ediciones Vitrubio
Madrid, 2014 


TESTIGOS DEL ASOMBRO


   Tengo el convencimiento de que cada libro editado crea su propio itinerario hacia la complicidad del lector. Por esta certeza, no percibí en su día la entrega Testigos del asombro (Vitrubio, 2014)  de la poeta y profesora universitaria Beatriz Villacañas y me encontré con una nítida referencia a sus haikus cuatro años después de la salida editorial, entre las anotaciones autobiográficas de Hilario Barrero, contenidas en la entrega de su diario Prospect Park. En el quehacer del yo de Hilario Barrero, Beatriz Villacañas, doctora en Filología, profesora de literatura inglesa e irlandesa en la Universidad complutense de Madrid, poeta y ensayista, viaja a Nueva York para impartir una conferencia sobre la poesía de Juan Antonio Villacañas, cuyas composiciones ha traducido al inglés, y entre las contingencias del trayecto asoman sus haikus.
   Es cierto que el haiku como estrategia expresiva vive un momento áureo, desde principios de los años setenta, impulsado por los poetas novísimos, que vieron en su exotismo y en su secuencia formal un signo más del culturalismo que define a la generación del lenguaje. Pero la aclimatación del haiku al ámbito lingüístico del castellano goza de una amplia tradición, en la que se insertan nombres como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y algunas de las voces del 27 como Rafael Alberti y Federico García Lorca. la misma Beatriz Villacañas recuerda el impulso familiar de su padre, José Antonio Villacañas, que cultivó la estrofa en el poemario La llama entre los cerezos (1965) y que fueron la brisa creadora que alentó a la poeta a utilizar el minimalismo verbal en su entrega Testigos del asombro, aserto de semántica evidente: la estrofa se convierte en estación de asombro interrogante ante la pluralidad del entorno y propicia un sentir que despliega en su sensibilidad claroscuros de ánimo, carencia y plenitud.
  La escritora se acerca a la estrofa respaldando la forma clásica, el esquema versal, y la condición temporalista y estacional de sus versos. Y añade la rima asonante, una cualidad poco transitada, que acerca el trébol japonés a las cercanías de la oralidad y al lenguaje popular de la seguidilla y la soleá, pero también a poetas del canon como Juan José Domenchina. Al cabo, cada poeta, como ya hiciera el introductor de la estrofa en nuestro idioma, José Juan Tablada, abre singularidades y bifurcaciones.
  Frente al monolitismo temático, que avanza por circunvoluciones argumentales, en torno a un motivo central, Beatriz Villacañas aglutina un centenar de haikus que se caracteriza por su variedad de enfoque y por la mirada abierta a elementos aparentemente rutinarios e insulsos, que esconden oquedades abiertas para el asombro y la belleza. Se trata de aceptar la vigilia permanente de percepciones y pensamientos, de escuchar ese diálogo callado con la naturaleza y de ser testigos de los latidos de la temporalidad: “Se acerca el alba / caen los ojos del tiempo / sobre la almohada”, “Lento es el tiempo / en la piedra que habla / desde el silencio” , “Arde la siesta / el canto de cigarras / prende la mecha”. Desde esa pupila alerta se abre camino el conocimiento de lo invisible y se trascienden elementos reales que así se integran en la sensibilidad sosegada del yo: “En lo tangible / se adivina el perfume / de lo invisible”, “Con la palabra / llegamos a las cosas / que nos esperan”, “Eco en el alma / son las cosas hermosas / nunca olvidadas”.
   En el recorrido creador de Beatriz Villacañas percibimos una clara preocupación formal; así en el poemario El tiempo del padre (2016) se emplea la lira como estrofa cerrada para pergeñar un sentido homenaje al padre. Del mismo modo,  en Testigos del asombro emplea el molde expresivo japonés para dar cauce al verso. Su minimalismo nos deja la mirada limpia y la fuerza expresiva de una realidad discontinua que sale al paso, sugerente y evocadora, que integra en su silencioso diálogo las distintas maneras de ser en lo diario. La voluntad de ser figurantes contemplativos de la belleza, aunque se oiga el rumor de la erosión del tiempo y los efectos abrasivos de la intemperie.


   

viernes, 7 de junio de 2019

CARTOGRAFÍA DEL PARAÍSO

Map of the province of Sounth Carolina
James Cook, 1775
(Archivo cartográfico de La Biblioteca Nacional, España)


NOCIONES DE GEOGRAFÍA

Mientras la noche se abre en las esquinas

FRANCISCA AGUIRRE


   Los cartógrafos  más reputados de A ubicaron el paraíso en B. Mientras, afamados estudiosos de B precisaban que en el centro de A se aposentaba la ubicación exacta del paraíso. En C nunca hubo nociones geográficas unánimes: unos se inclinaban por A, otros insistían en señalar las coordenadas en B y era numeroso un tercer grupo que prefería no decantarse. Esta opción alimentaba la sospecha de que el paraíso no está en ninguna parte.

(De Cuentos diminutos)



jueves, 6 de junio de 2019

PASCUAL IZQUIERDO. HISTORIA DE ESTE INSTANTE

Historia de este instante
Pascual Izquierdo
Editorial Ars Poética
Colección Carpe Diem
Oviedo, 2019


LA MIRADA DEL TIEMPO 

 Nacido en el municipio burgalés de Sotillo de la Ribera, en 1951, Pascual Izquierdo entiende la escritura como una exploración continua del lenguaje y sus posibilidades. Su periplo creador es prolijo: ha cultivado la poesía, la crítica literaria, el apunte viajero dedicado a la observación directa de entornos y lugares y la literatura infantil y juvenil.
 Historia de un instante consolida una vocación poética que comienza en 1974 con La exactitud de las catedrales. La obra amanece en un momento definido por el aporte culturalista, pero Pascual Izquierdo emprende un trayecto singular, a trasmano de modas eventuales y alejado de eventos promocionales colectivos. Por tanto, los ingredientes de sus entregas buscan desde aquel primer paso un tono singular que halla cobijo en las salidas Retrospección y apocalipsis en la tierra castellana (1980), Cisne y telaraña (1985), Versos de luna y polen (1992), Pasillo para aguas, aves y vientos (1993), Del otoño tardío (2005), Alba y ocaso de la luz y los pétalos (2014) y Figuras de retablo (2015), un extenso recorrido que ahora ensancha el poemario Historia de este instante. Un mínimo preludio da fe de vida de esta escritura al paso: “Historia de este instante trata de reflejar cómo se contemplan los grandes temas de siempre (el amor, la belleza y el paso del tiempo) desde un punto concreto de la trayectoria vital del escritor”. Además, conviene recordar algunas constantes del taller poético: la meditada estructura de cada entrega y los abundantes elementos autobiográficos que se integran en el dispositivo argumental.
  La sección inicial “Alrededor de mí” focaliza la presencia del yo como entidad abierta a la confidencia. Los poemas se enuncian en primera persona, con el lenguaje “llano y contundente” de quien es testigo de la experiencia y cuenta su pliego de confesiones, no desde la exaltación nostálgica del sentimentalismo, y sin el efectismo de sus argumentos. Ese paisaje, no exento de una zona umbría de desencanto, adquiere una caracterización muy emotiva en  el apartado “Prosa de la experiencia”. En el deambular por el sendero de la identidad alumbra un diario íntimo, capaz de cobijar lo doméstico como un ajustado mecanismo de hábitos. Marca los días una ajustada jornada laboral, cuajada de abrumadora circularidad, donde se van agostando las ansias de belleza y la erosión se contempla en primer plano. Pero también ahí, en las aceras de lo diario se produce, casi inadvertido, el íntimo milagro de la luz, el renacer esperanzado que transforma la desaliñada prosa laborable en plenitud y poesía.
   El registro perceptivo del protagonista lírico no elude su condición temporal. Se siente inmerso en un entorno efímero. Del mismo da cuenta la sección “Aquí, ahora mismo, ahora” en cuyos poemas se define el conflicto entre ser y estar, la derrota de la resignación o la claridad del amanecer para despertar la voluntad y el ánimo, como ese caracol hacendoso que deja su rastro en el pavimento, o la oculta pavesa que entre la ceniza alumbra el fuego. Queda la voluntad de la escritura, su fuerza para sembrar indicios y lluvias que concedan un nuevo tiempo a la esperanza.
   Los textos de “Presente de indicativo” despliegan el ruido y la furia de un presente en el que se muestra una arquitectura convivencial en derrumbe. La estridencia de los titulares de prensa y los grumos indigestos del telediario gritan sus disonancias ante la fragilidad del tallo humano, de ese junto pensante siempre crecido en el desamparo y la intemperie: “En este momento de la historia / sólo triunfa / el silencio de la inteligencia / y el crepitar de la barbarie”. Así nace la necesidad de huir, esa presencia coral del dolor, el pánico y la angustia.
   De esas pinceladas líricas que, como destellos, dispersan lo real están hechos los poemas de “La savia en los frutales”. La cronología vital encuentra en la contemplación sosegada sazón y plenitud; un tiempo que permite reconstruir lo vivido con la brújula de la memoria o con la captación de formas de elementos dispersos que hablan de la caligrafía plural de la belleza. Pero es el amor, como espacio básico de la emoción y el pensamiento un incansable venero argumental. El final del libro integra en “Del amor y sus sintagmas” el ciclo amoroso completo, desde la torrentera del comienzo hasta el estiaje de la soledad final, cuando la nada nubla los ojos: “Todo dura un instante. Luego / los labios se llenan de ceniza, de sílabas gastadas, / de hojas ya marchitas, / y un día, vencidos / por el gélido frío del invierno, / enmudecen los cuerpos”.
    A modo de balance final, el poema “Confesión general” clausura el tránsito. Las palabras propician la rememoración, ese nerudiano ejercicio de confesar lo vivido, de dibujar la historia de ese instante que define su vuelo en el tiempo. Detrás de cada identidad resisten los contornos, esa mancha fugaz de los rastrojos, el temblor apagado de lo que fue algún día.   



miércoles, 5 de junio de 2019

ANTONIO RIVERO TARAVILLO. SVARABHAKTI

Svarabhakti
Antonio Rivero Taravillo
Editorial Maclein y Parker
Sevilla, 2019


LA RAYA DE LA VIDA


   La mirada plural de Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963) explora la escritura en todas sus facetas, aunque el cauce lírico constituye su amanecida más temprana ya que se dio a conocer como poeta en 1989, con el cuaderno Bajo otra luz. En estos treinta años de quehacer ha escrito novelas, biografías, relatos, aforismos y crítica literaria. También ha prologado ediciones y vertido al castellano obras de autores irlandeses, ingleses y norteamericanos. Dirige desde su fundación la revista Estación Poesía.
  Esta incansable voluntad deja en 2019 un nuevo fruto, el poemario Svarabhakti. Aclaro de inmediato que la misteriosa voz del título pertenece al ámbito lingüístico; el término de origen sánscrito designa un cambio fonético que añade una vocal de apoyo a una concentración de consonantes para facilitar la pronunciación y un uso más relajado y popular.
   El poeta busca en el despertar la razón de escritura. En “Vida y poesía” recobra la primera persona para incidir en el diálogo abierto entre las palabras y el acontecer biográfico. Del mismo modo que el oficio despierta su inteligencia ordenadora para que los versos se asienten en su previsible molde formal, la voluntad intuye el trayecto libre de lo cotidiano que aglutina mediodías y contraluces, dejando siempre un espacio aleatorio, un imprevisible nudo de sorpresas.
  Para que el poema guarde el misterio de la insinuación, se requiere un árbol fuerte capaz de nutrir de contenido la búsqueda tenaz del verso. La composición “Poeta” alude a ese sentir común en el mosaico de la tradición. En él cada voz es la tesela de una sensibilidad individual que cobra sentido como parte de un todo creador: “En uno hablan todos los poetas, / el coro de una voz múltiple y sola / que calla con las otras al decirlas / y, al callarlas, las dice como nadie”. Desde ese reconocimiento pactado con el legado de la biblioteca aflora un culturalismo concebido como sustrato básico de los textos, que añade referentes vertebradores a la cercanía coloquial. Así, el camino interior del yo distribuye miradores y vistas a su trayecto. Un ejemplo de lo escrito se percibe en el poema “Excálibur” que debe su título, como sabe el lector, a la legendaria espada del rey Arturo, arquetipo de monarca en el mito. De aquel hierro clavado en la piedra nace un poema simbólico, cuajado de erotismo, que hace de la roca un cuerpo desvelado en la espera. El sueño de Camelot abre paso al sueño de la posesión que convulsiona al enamorado. También en “Historia troyana”, casi un mínimo apunte aforístico: “Pensar que tú / piensas en mí: / caballo de madera abandonado / ante mi puerta” se recurre al cauce cultural.
  La biografía postula una permanente evocación donde la mirada introspectiva abre un proceso de recuperación de espacios en sombra. El recuerdo muestra dimensiones habitables, a veces sumidas en pequeños estratos de niebla, como si pertenecieran a un tiempo de extrañeza que asume en el ahora la erosión desapacible del discurrir. En cada identidad convergen temores y dudas, materiales de uso para una conciencia meditativa que busca respuesta a las disonancias del tiempo, que se empeña en dejar la raya de la vida con la prestancia de una línea recta. En este registro encontramos excelentes poemas meditativos, como “Noticias para América” y “La tumba de Prados” o la plenitud expresiva de “El desertor”.
   No pasa inadvertida la amenidad formal del poemario. Aunque el poema breve es el aporte más frecuente, en la compilación dialogan formas cerradas como el haiku y el soneto que buscan en su precisa maquinaria una convivencia feliz con el verso libre.
   Svarabhakti  añade al largo trayecto de Antonio Rivero Taravillo una celebración de la poesía como mediadora entre la circunstancia personal y la mirada a lo contingente. Las inflexiones y matices de quien busca palabras para ensanchar lo real, para confirmar que el lenguaje es siempre refugio para la casa grande del pensamiento.




 Sirve de última estación del poemario “La tumba de Prados”, un emotivo encuentro con la certeza del poder igualatorio de la muerte y de la incontenible afasia de los años. lejos de su patria Emilio Prados Y lusi Cernuda acumulan olvido y ese callado desplome en la ceniza.
   Antonio Rivero Taravillo ha ido sembrando composiciones de Svarabbhakti en distintas revistas. Pero en esta compilación aparecen renacidos y plenos, con el misterio de la insinuación, el no sé qué que queda balbuciendo de la buena poesía. los poemas son centro y claridad. Entrelazan la fuerza de un legado lector que llega súbito al ahora para subrayar la atemporalidad de algunos magisterios y la asimilación de una cultura clásica, ya enunciada en sus ediciones y en sus versiones al castellano. Y queda firme también la propuesta creadora de un escritor que recurre a los temas de siempre –el amor, la temporalidad, los renglones opacos de la existencia…-  para cantar con voz coral los afanes y días,   



martes, 4 de junio de 2019

KARMELO C. IRIBARREN. LOS CIEN MEJORES POEMAS

Los cien mejores poemas
de
Karmelo C. Iribarren
Edición y prólogo de José Luis Morante
Ediciones de la Isla de Siltolá, Poesía
Sevilla, 2018



Qué hago
mirando la lluvia,
si no llueve.

KARMELO C. IRIBARREN


"En el despliegue de una obra poética nunca resulta gratuito conocer el trasfondo histórico. Cada ideario se configura tras un largo proceso, cuando adquiere entre sus coetáneos una gradual consolidación, encaje, arraigo. La continua metamorfosis del discurrir lírico presenta en el comienzo de los años 90 una asimetría de registros interaccionados entre sí. En esa faz cambiante, los rasgos de la poesía de la experiencia mantienen una presencia ostensible y, en ocasiones, perturbadora. Sus cabezas más conocidas personifican, según algunos sondeos críticos, actitudes propias del monopolio cultural. Pero es un espejismo porque la cartografía del ahora desconoce el reposo. Genera relieves, fragmentos, grietas correctoras que amplían y dan singularidad a la amanecida de propuestas, como la de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959). 
A trasmano de grupos y escuelas, el poeta ha ido gestando un largo itinerario siempre subjetivo y coherente, que une a la expresión estética una perspectiva moral. El poema se abre a una introspección profundamente emotiva sobre las grandes preguntas existenciales.
Esta antología permite entender el magno aporte de Karmelo C. Iribarren. Su obra, amplia y significativa, refleja una evolución personal, con signos singulares pero con un concepto poético uniforme. Defiende firme el rechazo de cualquier verbalismo ruidoso. Sus poemas mantienen una atmósfera limpia que sostiene el vuelo de los versos sobre un planisferio repleto de menudencias. Al cabo, como escribiese Josep Pla en El cuaderno gris, el acontecer diario es esto, aquello y lo de más allá, aunque nadie se dé por aludido. Ni siquiera la lluvia, esa sensación de ser ensimismado espectador de su tacto dormido: “Qué hago / mirando la lluvia / si no llueve”. 


(Breve síntesis del prólogo "Zona de riesgo") 



lunes, 3 de junio de 2019

ELOGIO DE LA MUDEZ

Mudez
Archivos de internet


MUTISMO


La verdad vale
menos que el labio sabio
que se la calle

JUAN JOSÉ DOMENCHINA

   En sus avatares biográficos mantuvo siempre el mismo tono de dicción; hizo de su existencia un volar de libélulas, un cumplido elogio del mutismo. Sin alzar la voz, solía llevar consigo un cuaderno blanco pero nunca cambió silencio por palabras. Coherente con su desactivación del verbalismo, nada escribió en sus páginas.

(De Cuentos diminutos)


sábado, 1 de junio de 2019

KETTY BLANCO ZALDÍVAR. QUIÉN ANDA AHÍ

Quién anda ahí
Ketty Blanco Zaldívar
Prólogo de Sergio García Zamora
Editorial Polibea
Madrid, 2019


QUIÉN ANDA AHÍ


   En el deambular personal por la literatura de Ketty Blanco Zaldívar (Guáimaro, Cuba, 1984) se entrelazan la senda narrativa y el quehacer lírico. En ambos trayectos ha conseguido premios que propiciaron su incursión en panorámicas, revistas y antologías contemporáneas, mientras espera turno en la imprenta su primera obra dedicada al público infantil y juvenil Caído del cielo.
   El texto “Una voz entre las voces” de Sergio García Zamora recuerda con sintética precisión los parámetros estéticos de Quién anda ahí. El poemario es “una búsqueda, una íntima indagación, un buceo en la identidad de sí misma como poeta y como mujer”. Los breves poemas reflexivos se constituyen en la toma de posición de una subjetividad concreta a quien el acontecer diario le afecta de pleno. Como enunciara el verso de Alejandra Pizarnik, siempre abocada al deambular interior y al desasosiego existencial, el figurante lírico se hace portavoz de sus desdoblamientos: “No puedo hablar con mi voz sino con mis voces”. Y en ellas el sujeto verbal no duda en reubicar la extrañeza del yo en el rumor de la temporalidad: “Hay alguien parecida a mí en una oscura celda. / Lo sé. porque se ha abierto en lo alto una / ventana y la luz ha desvelado el cuerpo. / Alguien que, detenida en sus muros, descubre / un cuarto. El cuarto de su casa”. Desde ese principio de dualidad, tan presente en poéticas esenciales de nuestro tiempo como Mark Strand se abordan los contornos básicos del protagonista verbal. En la mirada del yo ante el espejo de la intimidad, el marco doméstico no es un refugio en el que afloren las aguas transparentes de los sentimientos. Es un escenario desapacible, propicio al conflicto y al ajuste de cuentas, donde lo cotidiano es inercia y conformismo: “Mi  madre pasa y volteo al otro lado / como un pollo con el cuello torcido. / Un pollo que debe escribir / comprar tomates, / tener hijos. / Levántate, dice golpeando con un tenedor / el fondo del jarro”.
   La bruñida superficie del ahora multiplica grietas y erosiones. hay una copiosa cosecha de indicios  que crean la sensación de un estar prisionero, destinado en el transitar del tiempo a una muerte fragmentaria que, en algunos momentos, propicia la autocompasión: “Soledad, dócil hasta el deseo. / Tú logras confundirme, / al punto de que siendo estéril / todas las mañanas  / me siento bendecida”.
   En los poemas las vivencias autobiográficas se convierten con frecuencia en sustrato argumental, se expresan con la voz directa de quien busca una salida también al cauce insistente del poema. No hay excusas. La escritura demanda una ventana abierta para mostrar esos estratos que nutren los versos en su disolución argumental. Que hacen del yo biográfico un personaje moldeado por lo introspectivo. En ese canto a si misma, la tradición femenina muestra modelos lejanos y arquetipos de fortaleza, como Helena de Troya, Casandra y otras identidades que han sobrevivido al tiempo, pero que muchas veces dejaron una estela de insatisfacción y renuncia. Eso acrecienta el sentido crítico ante el sometimiento y el papel secundario que la identidad de ella perpetúa en instituciones asentadas como la pareja. El sujeto masculino tiende a ser sombra, no sabe amar, olvida la ternura, o hace del erotismo un venero gastado que necesita nueva creación: “Dime de qué parte de mi cuerpo / arranco la semilla. / Quiero sembrar hombres”.
   Desde un enfoque existencial meditativo que busca en las palabras cumplimiento y destino, Ketty Blanco Zaldívar nos deja en Quién anda ahí la perspectiva de un yo femenino que reniega del detenimiento y la contemplación, que se para a conversar con sus contradicciones y las oscuras sombras del trayecto. Quien comparte el naufragio se muestra escéptica con una realidad hecha de apariencias. Intenta escapar hacia la superficie para tocar luz, para salir al día sin dirección precisa. Sabe que el paisaje diario es una mancha que oscurece el ánimo y hay que buscar retiro y claridad; ser bosque y árbol.




viernes, 31 de mayo de 2019

EL DESTINATARIO IDEAL

A punto de ver
José Luis Morante
Editorial Polibea
Madrid, 2019


EL DESTINATARIO IDEAL

Añorar los errores cometidos en el pasado
es prueba tangible de sensatez

J.L.M

   En los años sesenta-setenta del pasado siglo, cuando la dictadura consumía su última etapa, la educación en los internados religiosos y en las familias de clase media tendía al formalismo clásico. Era un monopolio de ritos con obligado cumplimiento. Por encima de otros afanes, se valoraba la disposición generosa hacia el otro. Había que levantarse del pupitre cuando el profesor entraba en el aula y dar los buenos días o las buenas tardes; si se recibía algo (no importaba qué) era preciso formular con una sonrisa nuestro agradecimiento; en los transportes se cedía el sitio siempre a mayores, embarazadas o adultos; y era de cajón que toda pregunta gestual debía tener una respuesta efectiva.
   Conservo todavía muchos rasgos de aquel manual urbano adolescente y procuro aplicarlos a mis comportamientos cotidianos. También a mis envíos de libros que siempre buscan un destinatario ideal. De los envíos a amigos espero el acuse de recibo o la pertinente llamada telefónica, para comentar circunstancias e impresiones de alguna página o coleccionar asentimientos y reparos.
  De los envíos a críticos espero el acuse de recibo y esa generosidad profesional que supone dedicar un poco de tiempo a una obra literaria en la que el autor ha puesto horas de intensa actividad intelectual. También que alguno escriba una reseña en un suplemento literario, en una revista, en un blog, en carta manuscrita o en simple e-mail. O acaso, que disienta de sus poemas desde la emoción; no desde la indiferencia.
  De los conocidos espero un "ya está aquí" y la deferencia de actuar del mismo modo que yo, poniendo en mi buzón sus novedades.
Cada vez que sale uno de mis libros elaboro con mimo una lista de destinatarios ideales. De cada uno de ellos, espero (no sé si lo he dicho ya) un acuse de recibo que supere excusas de una sospechosa equivalencia (estuve de viaje, tengo que corregir, soy prejurado, me divorcié, estuve en el hospital, llegó la abuela, caí en la depresión, pasé una temporada en el invierno, estrené paternidad responsable y tardía, me hice del Opus, sufro una crisis menopáusica…).
  También con los ejemplares de A punto de ver (Polibea, 2019) seguiré visitando la oficina de Correos para remitir los libros, aunque no lleguen nunca al destinatarios ideal y queden flotando en el azul interestelar, como basura espacial, prodigando sus rutas en órbitas perpetuas.



  

jueves, 30 de mayo de 2019

JOSÉ ALCARAZ. EL MAR EN LAS CENIZAS

El mar en las cenizas
José Alcaraz
Accésit Premio Adonais 2018
Ediciones Rialp S. A.
Madrid, 2019


HACIA LOS PÁJAROS


   Poeta, codirector con María del Pilar García de la editorial Balduque y profesor de Lengua Castellana y Literatura, José Alcaraz (Cartagena, 1983) es accésit del Premio Adonáis en la convocatoria de 2018 con su cuarta entrega El mar en las cenizas. El reconocimiento confirma la estela firme que proyecta el escritor murciano. Refrenda el alcance de su libros Edición anotada de la tristeza, que consiguió en 2013 el V Premio de Poesía Joven RNE y Vino para los náufragos, ganador en 2018 del XI Premio de Poesía Antonio Gala.
 El mar en las cenizas recurre al poema breve para dar voz a una escritura reflexiva que deja en su mirada un estar testimonial, ajustado al discurrir, hecho de ese misterio inadvertido que aposa lo diario. Las palabras tantean, se esfuerzan en dar voz a un silencio convertido en impulso vital. Preservan un resguardo misterioso del que afloran interrogaciones y palabras, como si el tiempo se justificase a sí mismo como simple tránsito. De ese itinerario nace una conciencia de finitud que empaña el epitelio de las cosas cercanas. El deambular tras el largo viaje integra en su esencia un puñado de sombras y ceniza.
  El poema también explora la naturaleza cambiante del yo, esa voz que habita dentro y se hace rincón y música, humedad y herida. El estar argumenta pasos en los que nunca se define una quietud conforme sino una búsqueda, un hollar inquieto entre los caminos cercanos de lo temporal: “Pasan los días / y ni una sola palabra escribo, / pero versos y versos / en blanco se suceden, / vacías y hermosas páginas / sin nada que importe / ni que temer”. Y en lo transitorio germina con fuerza un epitelio sentimental que hace del otro el puerto franco de plenitud, un puente  cuya cimentación no requiere ninguna materia extraordinaria sino un sustrato básico, previsible, cercano: “No es especial; / demasiado burdo para ella. / Si, tiene la piel clara, / a nadie cuestiona. / Muchas noches / damos solo una vuelta / mezclando risas y palabras: Nuestro único hogar / es el tiempo que pasamos juntos, le digo / y me abraza muy fuerte”. Desde esa mirada la soledad adquiere un sentido nuevo, ya no está lastrada por la finitud, es cielo que se expande hacia los pájaros, la transparencia del agua borrando la grisura de la ceniza.
  Uno de los veneros esenciales de El mar en las cenizas es el sustrato metaliterario, esa indagación exploratoria de la escritura en las estructuras profundas del pensamiento. La pulsión de las palabras no requiere más justificación que enlazar existencia y poesía: “Escribir / como si cada golpe de tecla / -cada contacto de la tinta en el papel- / fuera llevar el dedo a la llaga de la vida / para creer en ella una vez más”. Y en esa creencia caben distintas actitudes que se van entrelazando con la sencilla claridad del agua: la palabra es celebración y canto, pero también fe de vida y constancia del error que no busca la purificación sino el pulso sencillo de lo cotidiano, la presión justa del silencio y el reposo del tiempo.
   La palabra se despoja de aderezos retóricos para aflorar esencial y prístina, como esas charcas de montaña que tras el deshielo muestran su profundidad. Todo adquiere una dimensión reducida, se hacen habitantes tenaces de Liliput, como si cada mínima dimensión no fuese más que la formulación de una paradoja. El poema es una manera de calcular la grandeza, una semilla que busca tiempo para ser raíz y árbol, fronda y sombra.