sábado, 16 de febrero de 2019

JOAN MARGARIT. PARA TENER CASA HAY QUE GANAR LA GUERRA

Para tener casa hay que ganar la guerra
Joan Margarti
Traducción al castellano de
Josep M. Rodríguez
Austral, Editorial Planeta
Barcelona, 2018


EL SUEÑO DE VIVIR


   Después de tantos poemarios escritos, es innegable resaltar la vinculación que existe entre la biografía personal de Joan Margarit (Sanaüja, 1938) y el espacio ficcional de su trayecto poético. El catedrático de Cálculo de Estructuras y arquitecto es un poeta mayor, una hipotenusa esencial que une vértices y expanden magisterios entre las generaciones más jóvenes; un poeta de puentes porque su escritura bilingüe constituye un patrimonio cultural perdurable; Joan Margarit escribe en catalán, su lengua de origen, el idioma de la memoria y de las emociones; y en muchas entregas él mismo ha versionado los poemas al castellano, con el cuidado de trascender lo literal para construir un poema nuevo. Aquí es responsable de la traslación al castellano el poeta y ensayista Josep M. Rodríguez, profundo conocedor del legado lírico de Margarit; por lo que la lectura tiene un fraseo rítmico muy natural; se preserva el matiz  en el que, de cuando en cuando, llega el rumor sugerido del poema.
  El broche narrativo Para tener casa hay que ganar la guerra no es la primera inmersión en prosa del escritor; en casi todos sus conjuntos versales una nota de autor, como prólogo o epílogo, trazaba coordenadas esenciales, ese hilo argumental que nace dentro del contexto histórico que enmarca en su justo significado el poema. Los textos del autor son incisiones necesarias que invitan a una lectura más profunda del yo poético. Además Joan Margarit escribió en 2009, un año después de que obtuviera el Premio Nacional de Poesía, Nuevas cartas a un joven poeta, ensayo epistolar que toma como modelo el conocido libro de Rainer María Rilke en torno a la realidad estética de la escritura y su asunto argumental.
  La cronología vivencial del libro integra tres etapas vitales: infancia, adolescencia y primera juventud. Pero el escritor, antes de focalizar su amanecida el día 11 de mayo de 1938, en plena contienda fratricida, reconstruye la genealogía de sus progenitores. Rehace la secuencia temporal de los abuelos a partir de un dietario de su madre y de algunas fotografías. Esta pobreza de recursos concede extrema importancia al material de la memoria y a su capacidad de comprensión de por qué este legado evocador se ha mantenido ileso en el devenir. De los orígenes surgen los lugares de procedencia de los abuelos maternos, La Cala, en el Delta del Ebro, y las geografías perdurables de Sanaüja y El Vallés, sitios originarios de la abuela y el abuelo paterno.
  Se describe con una voz lejana. El poeta recuerda que la indiferencia es una estrategia de ocultamiento para disimular el rechazo de nudos sentimentales que no sabe deshacer. El testimonio objetivo es ejercicio de supervivencia, una pared que resguarda y deja la impresión de gente adusta, de supervivientes de un espacio temporal de extrema dureza que marcó el temperamento familiar. A veces se manifiesta en un pronto fuerte y violento, en una encendida alteración de ánimo y rudeza seria. Joan Margarit se pregunta si esa carencia para expresar los sentimientos afecta a su poesía. Cree que es una fuerza oscura que define la pérdida, el verdadero punto de partida de sus poemas.
   Si La Cala, en el Delta del Ebro, ahora denominada Ametlla de Mar como relevante núcleo turístico catalán, es un enclave extraño y alejado, Sanaüja, en la Segarra, es la casa del padre, el hogar que refugia desde que el niño tuviese cuatro o cinco años y en el que permanece todavía, en el mirador sosegado de la madurez, ordenando recuerdos. La evocación adquiere sólida densidad al convertirse en el relato de un diario de guerra, cuyos personajes no son desconocidos en la obra poética: tío Lluís, el padre oculto y desertor, habitando una cabaña de Sanaüja, el ruido tenebroso de los bombardeos en el cercano frente de Aragón y el nacimiento del poeta en 1938, en ese clima atroz, como si la gravedad de la situación testificara, lóbrega, que la vida iba en serio. Las circunstancias extremas constituyen un patrimonio de fuerte anclaje: la madre aguanta sola, el padre huye a Francia y retorna por San Sebastián, donde cae prisionero y es encerrado en el penal de Santoña; todo el sosiego se disgrega para afrontar una posguerra de penalidades, donde la derrota es respiración diaria.
  Los cambios de domicilio familiar -Sanaüja, Rubí, Girona, Barcelona, Tenerife…- acentúan la sensación de soledad y ensimismamiento. El yo se convierte en un espacio interior y cerrado. La comunicación con los otros muchachos es frágil, provisional, y no establece lazos de pertenencia al grupo, más allá del tiempo escolar. La realidad no cambia mucho en el inicio del bachillerato porque la ausencia de los padres es una constante, como lo es la dependencia de los abuelos, o el incremento de la autonomía personal que transforma lo diario en aprendizaje y descubrimiento; las sensaciones tejen un orden personal interno en la conciencia individual. El desarraigo acentúa la madurez.
   La mudanza familiar a Canarias adquiere una fuerte valoración en la memoria. Los recién llegados despliegan rechazo y desconfianza hacia el entorno, como si percibiesen de continuo un contraste con el lugar de origen y un sondeo incansable en la añoranza. Es un tiempo para estar de paso, que solo encuentra justificación en lo laborable; pero los personajes son permeables al ambiente y al regreso son otros, como se lee en abundantes composiciones del poeta.
  Para tener casa hay que ganar la guerra configura la evocación del yo como un intento de comprenderse a sí mismo. Los lugares por donde camina pertenecen a la memoria y están llenos de personas y elementos reales ubicados en otro tiempo. Constatan la existencia como un complejo trazado de itinerarios, con abrumadores vínculos sentimentales; con referencias íntimas como la abuela en la infancia, y Joana –la hija- en la vida adulta. De esos recuerdos emana una visión poética que busca en su enunciado narrativo un equilibrio entre amor e inteligencia, la verdad que trasmite el destino aceptado del poeta. Las palabras sin voz de quien no se planteó nunca que su vida pudiera ser otra.  


viernes, 15 de febrero de 2019

DOBLE JORNADA LABORAL

Esquirlas



JORNADA LABORAL

  Nunca hay excepciones. Cuando habla consigo en el espejo, miente a cada instante. Eso le obliga a un inacabable fingimiento para demostrar que se cree a sí mismo. Su cuerpo envejece. Sobrelleva un gravoso cansancio. Desempeña a diario una doble jornada laboral.

(De  Cuentos diminutos)



jueves, 14 de febrero de 2019

RICARDO VIRTANEN. EL FUNAMBULISTA CIEGO

El funambulista ciego
Ricardo Virtanen
Amargord Ediciones
Madrid, 2019



VIAJAR HACIA DENTRO

   Muy pocos meses después de conseguir el Premio José Luis Hidalgo de Poesía, Ricardo Virtanen sigue diversificando trayecto creador para alojar sus aforismos iniciales, fechados entre 2001 y 2005, en El funambulista ciego. Es un dato de interés  porque convierte al profesor y músico madrileño en uno de los practicantes pioneros de la intensa crecida aforística contemporánea, en la que ha dejado las entregas Pompas y circunstancias (2008), y Laberinto de efectos (2014), libros a los que no tardará en sumarse el volumen Bazar de esquirlas. 
   Luis Martínez de Velasco, pensador y ensayista, firma un prólogo donde emprenden vuelo algunas consideraciones que recuerdo aquí. Sistematiza el quehacer fragmentario de Virtanen en la orilla del esqueje verbal filosófico, en los entrelazados de un sistema de pensamiento que nunca se aleja del quehacer existencial y sus contingencias. El sujeto se ubica ante el espejo del lenguaje para acometer un denso proceso introspectivo. Viaja hacia dentro. De ese percibirse interior emerge un impulso que pretende captar los estratos aleatorios de la conciencia. Su conocimiento no siempre suma; cosecha espejismos y autoengaños, y otras veces deja en la voz que enuncia un estado de desencanto y desolación; la vida es una invitación a la incertidumbre.
  No sorprende, por tanto, que Ricardo Virtanen emprenda senda con una cita de G. C. Lichtenberg: “Y, sin embargo, el hombre es lo que piensa y no lo que dice”; con ese norte arranca su particular metafísica de los sentidos, sin otra pretensión que mantener un paso de humildad y coherencia, que confunda sus ecos con la pisada inadvertida del hombre de la calle: “Hay pocas vidas interesantes. La mía no es una excepción”; “No hay mucho que decir. Pero digámoslo”, “Mi biografía está escrita. No hace falta más que vivirla”.
   Sin un orden prefijado, los aforismos crecen por acumulación, como si ensancharan límites de un espacio mudable en el que se cobijan las luces y sombras de la conciencia. En ellas, el tiempo se convierte en enigma abierto en el que la identidad del sujeto se diluye. Es esplendor y nada, porque el trayecto vital va erosionando la existencia, en un inadvertido presente continuo.
  Una y otra vez el pensamiento regresa a las grietas conocidas, abre puertas, deambula, moldea las claves de una realidad fungible que alcanza en la muerte cumplimiento y destino: “Al pensar en la muerte se me nubla la vista”, “Me siento rodeado de muerte. Soy apenas isla”, “Mi muerte está escrita con residuos de mi conciencia”. De esa sensibilidad en vela nacen los estados de vigilia.  Muestra en la aurora una difusa sombra de esperanza en la que lo diario adquiere sentido, como lejanos astros que marcan en el cielo su estar solo, el largo itinerario desde el sueño a la realidad.
  El carácter orgánico del libro construye vértices argumentales de diversa extensión, aunque nunca con moldes cerrados. Resulta así una entrega en capítulos, que aglutina desacuerdos y paradigmas, experiencias vitales y paradojas: “Para creer en algo debemos tener la razón desactivada”, “En el sentimiento de culpa hay cierto ánimo de venganza contra uno mismo”, “Que el hombre sea la medida de todas las cosas no es un asunto del todo tranquilizador para las especies”, “Todo lo que ocupa un espacio no es pensamiento”,“Una certeza siempre se contempla desde la duda razonable. Por lo que ya no es tal certeza”.
   El apartado “Ars  Artis” traza circunvoluciones en torno a la perspectiva teórica de “El arte por el arte” que tanta controversia animó en los idearios estéticos del pasado siglo”; Virtanen se aleja de los postulados teóricos para dejar precisos trazos en torno al utilitarismo, la belleza, el papel del creador y la vigencia de las cualidades artísticas, con un evidente espíritu racionalista que observa los parámetros artísticos como actividades esenciales del ser. Como Nietzsche, admite que no existen hechos sino interpretaciones y por tanto descree de los dogmas siempre superados por el devenir. Casi complementario a esta indagación resulta el apartado “La linterna del creador” que alude a gestos, actitudes, cualidades y ese empeño en aceptar, borrar, reescribir la página en pos de airear la esencia creadora que oculta una poética.
 Como grato homenaje a los predecesores, la coda aforística “El talón  del sastre” aglutina una paleta de pinceladas literarias. En ellas aglutina humor, conocimiento biográfico, afán didáctico y ese fulgor de los momentos álgidos del trayecto creador. Así da vida a un teatrillo de sombras en el que se mueven las sombras del libro que el tiempo no ha oscurecido, que dan solidez a “la idea en el  hecho” mostrando vínculos estéticos y la perseverancia de las palabras: “Pedro Salinas se pensó futurista y acabó enamorado”, “No deja de sorprenderme nunca ese clasicismo vestido de vanguardia tan celebrado por Gerardo Diego”, “A Cernuda le espantaban los espejos de la conciencia”, “Borges pasó demasiado rápido de las metáforas inusuales al adjetivo apocalíptico”.
  En un breve lapso temporal de poca más de una década el aforismo ha multiplicado títulos y enfoques. Se ha cimentado el género con una codificación esencial que exige al decir breve síntesis, claridad, transparencia y sentido, más allá de lo obvio. Enlaza poesía y pensamiento y en su leve apariencia encierra la capacidad de asombro. Así se manifiesta en los repechos argumentales de El funambulista ciego. Ricardo Virtanen construye una reflexión reposada, que aborda los merodeos del pensamiento en torno al tiempo, y al proceso de despojamiento que nos hace dueños de una habitación casi vacía, una memoria en la que no faltan los territorios perdidos, la sensación de que cualquier paso es provisional, como esas luces y sombras de la conciencia que parecen sombras chinescas; el aleatorio resplandor de una vela que busca en el pensamiento un poco de luz.

JOSÉ LUIS MORANTE   

Revista digital elaforista.com




miércoles, 13 de febrero de 2019

LA GRIETA

La cicatriz
Fotografía de Internet


LA GRIETA

Un muesca en la cal
una negra hendidura sin fondo y al acecho

RAQUEL LANSEROS


   Con terco sosiego, inadvertida, la grieta se adquirió una mañana a la pared frontal del dormitorio. Cuando la descubrí era solo una mota negra, un poso de sombra. Poco a poco aumentó su tamaño hasta convertirse en una acuarela impresionista. A través de su trazo puede verse un paisaje cambiante que en los días ventosos deja en el dormitorio arenas y hojarascas, ramas leves, esquejes de rosales.
   Sobre la pared, la grieta sigue aumentando su caligrafía. Concede a mis sentidos la fugaz sensación de abarcar todo. Hoy al despertarme mostraba un trozo de mar sobre el techo gris y versos de un poema escrito con la espuma.

(De Cuentos diminutos)



martes, 12 de febrero de 2019

GENTE COMÚN

Soledades
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia


CON VOZ DE DIARIO ÍNTIMO


Escritura y docencia; un vecindario avenido que paga en común los gastos del día.

Hay escritores que sustituyen la Literatura por la Sociología

La poesía no cae del cielo sino de las estanterías.

Cada libro oculta una voluntad extenuada y un fracaso asumido. Ambos dialogan con entusiasmo.

Me llega la reclamación de un haiku descontento con sus límites formales.

Aceras que congregan un contagio de prisas.

Esa sensación de que todos estamos solos. Somos caligrafía del ausente.

(Aforismos del martes)



lunes, 11 de febrero de 2019

Revista Literaria FÁBULA, nº 43

Revista Literaria FÁBULA
Nº 43, Volumen II de 2018
Director:
Carlos Villar FlorEditan:
ARLEA (Asociación Riojana, Lectores, Escritores y Artistas)
LAUDIA (Estudio Creativo & Editorial)
UNIVERSIDAD DE LA RIOJA
Suscripciones:
www.revistafabula.com
arlea@asoc.unirioja.es 

FÁBULA

  Carlos Villar Flor, director desde los pasos iniciales, comenta en el liminar las mutaciones más evidentes de la revista, como el remozado formato. El proyecto aspira a entrar en la madurez. Esa es la razón orgánica de que su diseño formal se acerque al libro para dejar de ser material perecedero y convertirse en elemento de estantería y biblioteca. Resalta también la dermis visual de las acuarelas y el excelente nivel de las ilustraciones de César León Pérez. El esfuerzo por seguir en ruta, tras veintidós años, y proyectarse con más amplitud cuenta con un nuevo consejo editorial y con un padrino literario para el evento de presentación, que pone el nombre a cada número. En este caso es la académica Carme Riera quien impulsa el sustantivo Fábula.
  Los contenidos yuxtaponen tramos habituales. Así, la poesía está presente en las secciones “Se busca poeta”, con diverso abanico textual de Iosu Moracho Cortés, y “Letra en verso”, que aglutina poemas de Luis García Montero, Trinidad Gan, Ana Pérez Cañamares y Pablo Müller, entre otros. El apartado “Letra contada” suma relatos de Juan Manuel Sánchez Moreno, Carmen Tejada, Milagros López y Gillian Clarke. Inés Lozano Palacio reflexiona y añade imágenes sobre la literatura de subsistencia, llamada así por su capacidad para difundir nutrientes a la identidad lectora.
  Fernando Aramburu y José Luis Morante en “Dos veces bueno” dejan un muestrario inédito del aforismo; y el ensayo breve que conforma las páginas de “Letra importada” enfoca la literatura del Äfrica Subsahariana con una mínima antología de voces.
 El sumario despliega diversidad, desde el lenguaje plástico de las viñetas hasta la entrevista demorada con Espido Freire, también preparada por Inés Lozano Palacio. Sirve de coda el habitual apartado de reseñas, una estela crítica en libros recientes como el poemario Mater amatísima de Pilar Gorricho del Castillo, o el libro de relatos  Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez.
   El espacio caótico de internet ha ido minando lectores cómplices a las publicaciones en papel. Adquieren, en el calendario del ahora, un innegable halo de romanticismo. Son productos a trasmano, casi con pasos limitados. Así que hay que agradecer a la Universidad de la Rioja su patrocinio y el apoyo incansable en el tiempo. También hay que zarandear voluntades personales para que se animen con las suscripciones. Sorprenderá el buen gusto de una publicación que busca ser "una sinfonía armónica repleta de nuevos matices y sentidos", un trabajo empeñado en crecer que necesita el hombro con hombro, el empujón de todos. 

sábado, 9 de febrero de 2019

FRANCISCO CARO. ESTE NUEVE DE ENERO

Este nueve de enero
Antología poética
Francisco Caro
Selección de poemas de
Davina Pazos, Francisco García Marquina, José Luis Morales,
Manuel Cortijo Rodríguez, Pedro Antonio González Moreno y Rafael Soler
Lastura Editorial, Colección Alcalima
Ocaña, Castilla-la Mancha, 2019


ANDAMIOS DEL YO


   En los estudios panorámicos sobre la lírica contemporánea, cada etapa generacional –cumpla o no con las condiciones de grupo que definieran las teorías de Ortega y Petersen- se hace cartografía habitable a través de las voces más definitorias. Su inercia suele copar los análisis del colectivo. Este método de trabajo deja al margen a los que se incorporan tarde al fluir de la escritura, cuyo ajuste cronológico plantea un problema. Los casos son frecuentes y llenan los márgenes de poetas-isla, de autores sin contexto grupal. Así sucedió, por ejemplo, con Antonio Gamoneda, Gloria Fuertes o Francisca Aguirre, que recibió hace unos meses el Premio Nacional de las Letras por la singularidad de su propuesta versal. Algo similar sucede con Francisco Caro (Piedrabuena, 1947), quien fecha la amanecida de su escritura en 2006 con la entrega Salvo de ti. Con ella avanza por una década de insólita fertilidad creadora cuya última salida  es El oficio del hombre que respira (2017), reconocida con el Premio Nacional de Poesía “Antonio González de Lama”.
   La compilación Este nueve de enero acoge los poemas más conocidos, a juicio de sus compiladores, Davina Pazos, Francisco García Marquina, José Luis Morales, Manuel Cortijo Rodríguez, Pedro Antonio González Moreno y Rafael Soler. El recuento nace de forma especial y merece la pena recordarlo: es una antología creada a espaldas del poeta, como homenaje amical para celebrar el cumpleaños maduro. Quien tuviese la suerte de asistir al evento, en el Café Comercial de Madrid, percibiría, como quien esto escribe, la calidez de la efemérides y la interminable relación de amigos que pusieron voz declamatoria al homenaje.
  Las resonancias del afecto prosiguen en las composiciones. Francisco Caro es un poeta de piel; por tanto, en su escritura tienden a confluir los trazos biográficos y las reflexiones del sujeto poético. El poema aglutina atmósfera sentimental y los pasos marcados de la experiencia, “ahora que atraviesa / la edad en donde el pulso / de la sien es más fértil / para la libertad, / para la pausa…”. Así se define en las coordenadas argumentales. Comparten un ideario estético que busca magisterios en la generación del 50. Ya se aprecia en las composiciones más tempranas, en las que sobresale como núcleo de exploración la segunda persona. Al modo de los cancioneros tradicionales, quien canta el dardo amoroso hace suya una visión del mundo, un estado de ánimo en el que el otro es lugar de acogida, encuentro y llegada: “tu voz, conmigo, sé / que el silencio del mar es plenitud”.
   Con frecuencia, el pasado es el discurrir natural del poema. Frente al ahora, siempre condicionado por su estela de contingencia y fugacidad, el ayer se percibe como un espacio cuajado de vivencias aurorales. En él perduran las sensaciones existenciales que definen la infancia como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que deja en las palabras frescor y transparencia. Evocarlo no exime de trazar una estela de leve melancolía, que ensombrece las palabras inútiles: “El poema es quemarse –ha dicho- si no puedo / con la voz ordenar / el mundo alrededor / de un fuego incierto”.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por los contraluces del discurrir vital. Cada amanecida es paradójica. Construye su arquitectura de sensaciones sobre los cimientos de la contradicción. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el veneno preciso de la decepción, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas guardada en los rincones menos visibles: “hoy he vuelto a escuchar / su zumbido y ya sé que son aquellas / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  Al cauce central del temporalismo se adhieren otros sustratos temáticos, entre los que se vislumbra el afán metaliterario, si cabe, con un deje irónico, que resalta en la entrega Cuaderno de Bocaccio, aparecida en 2010, el mismo año de Paisaje (en tercera persona). Se divaga sobre los aspectos formales, la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras y esa noción conceptual de la escritura como proyecto inacabado. El verso es conjetura que resguarda la luz debajo de la dermis del sentido, sin tener que recurrir a aderezos retóricos ni trucos de magia.
  Defiendo que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo protagonista andamios nuevos y anula marcas gastadas de etiquetas tópicas. Estamos ante una selección que hace de la existencia un largo recorrido introspectivo, donde la identidad va poblando el espejo con los trazos desvaídos de un yo cambiante, mientras el tránsito diario dispersa las hojas desprendidas de los sueños, esos vulnerables elementos de la condición de ser. Este nuevo de enero afianza con brillantez la idea de que cada poeta, llegue cuando llegue a las aceras de la literatura, construye el lugar propio, un espacio singular, que confía en sus variaciones y reincidencias. Con  voluntad de amanecida, el verso se hace mediodía y rasga el aire. Proclama el afán del tacto en la espesura; se hace punzón: “Escribir / arañar el vacío”.



viernes, 8 de febrero de 2019

IDENTIDAD

Adela Sánchez Santana
(Días en Camboya, 2017)
Fotografía de
José Luis Morante


IDENTIDAD


No sé nada de ti, pero me absorbe
este juego inocente de modelar tu ser.
Transmigro cualidades y actitudes,
deposito palabras
que te definen cuando las pronuncias,
condesciendo con algunas manías;
respeto los precintos
que deciden el paso a tus zonas ocultas;
te dejo los sentidos en alerta.
Hago y deshago en ti;
me siento un dios menor
que en esta creación cobra sentido.
Es urgente que tú pongas el soplo.

                            (De La noche en blanco)




jueves, 7 de febrero de 2019

AURORA SAURA. AVIVAR EL FUEGO

Avivar el fuego
(Poemas 1980-2017)
Aurora Saura
Prólogo de Dionisia García
Editorial Renacimiento, Calle del Aire
Sevilla, 2018



RESCOLDOS


   Aurora Saura (Cartagena, 1949) comienza su trayecto lírico en 1986 con Las Horas, en un lapso temporal diverso en el que la etiqueta “Poesía de la experiencia”, impulsada sobre todo por un grupo de creadores de Granada, se hacía santo y seña de la poesía realista. Pero la escritora murciana estaba decidida a construir un sendero singular y alejado de alojamientos críticos gregarios. Ese es el material que forma la textura de Avivar el fuego, una amplia selección de textos que pertenece a todos los libros editados hasta la fecha y que se completa con algunos inéditos. Están representadas más de tres décadas de escritura que Dionisia García resume en un sereno liminar. No pasa inadvertido para la poeta y aforista el ritmo sosegado de publicación; los poemarios salen espaciados, como si la urgencia editorial se soslayara ante la enriquecedora visión de la naturaleza, los retratos de interior o la profundización en las obsesiones más íntimas, que rozan la existencia diaria. Dionisia García defiende que la poesía es una moral, en la que las palabras llegan hechas contenido y verdad; y desde esas coordenadas se enfoca con humildad el quehacer de Aurora Saura.
  El aserto Avivar el fuego incide en poner luz a lo diario a través de las palabras; los versos adquieren una cristalización luminosa, capaz de desplegar tonalidades nuevas en los grises y apaciguar las sombras. De esa necesidad de nombrar también se nutre el poema inicial de Las horas: “Siempre necesitando las palabras./Como si no bastaran / los pensamientos, los gestos, / la mirada /mis manos / el silencio”. Es una composición que hace del decir despojado una coordenada expresiva; los poemas no describen si se aliñan con aderezos retóricos, son leves pinceladas de las realidades y sus mutaciones, como estados de ánimo, que también contagian al entorno próximo; el mundo parecía bien hecho, como si fuese un sueño que no hubiese amanecido todavía.
  El tiempo se hace indeclinable material del canto. Solo el transitar hace al sujeto una geografía sentimental que da cabida a las grandes palabras que nos pronuncian y van rompiendo en frágiles fragmentos las sombras de la noche.
  De 1991 es el poemario De qué árbol cuya sensibilidad contagia una cercanía emotiva hacia la naturaleza. Su abrazo aloja y llena los sentidos, es fuente de emoción y de conocimiento. Pero la identidad responde también a otros núcleos argumentales: la amistad, el referente cultural –ya presente en el primer libro, en la evocación a Holderlin-, la música, la nostalgia, o esos elementos que van mudando ante los ojos en los ciclos estacionales.  El poema tantea el declinar existencial hasta descubrir, y qué nítido se oye el magisterio de Jaime Gil de Biedma, que la vida iba en serio. Así llegan los trazos de Retratos de interior  (1998) que entrelazan recuerdos y sentido elegíaco. Se recupera el paso rumoroso de los días de infancia y la intrahistoria del niño amaneciendo a la grisura en un entorno de silencio y soledad, dispersando su ilusión todavía sin mácula entre los escasos juguetes. Los recuerdos perduran como frutos caídos en el árbol del tiempo.
   En ese devenir de la materia, que alteran mutaciones y olvidos, solo el propósito de ser una brasa encendida, unas palabras de desolado amor que impregnan las palabras de fuerza emocional: “Arded, corazón, arded, / que yo no os pueda valer”. Como si la conciencia embebida en el tránsito diario supiese que todo es silencio, salvo el amor que justifica y se mantiene ileso, como una luz que expande su belleza.
  La antología deja en su avance una sensación de continuidad, de camino pautado en el que los argumentos salen al paso como si desplegaran los previsibles centros de interés, las ventanas de una casa poética intimista y cercana, cuyos vanos comparten el paisaje abierto de la confidencia. En los primeros poemas de Tocamos tierra la voz se hace más reflexiva, como si buscase sentido al vuelo de las palabras. En los títulos se percibe la carga conceptual: destino, la eternidad, presagio… como si el estar fuese solo la ausencia de los gestos de quien camina por dentro, con los trazados pasos del pensamiento.
  Con voz de mujer, la palabra reviste una reivindicación de ese papel femenino en el devenir. Su grito suena fuerte en “Entre mujeres” para que el largo itinerario, asumido en la historia, necesitase consolidar un deseo de voluntad, fuerza y espera. En los versos, el afán de ser libre, superando la desolación del fracaso.
   La leve brisa del haiku y su capacidad para acoger matices temporales conforma el apartado Mediterráneo en versos orientales, una entrega fechada en 2014. El marco geográfico es sobre todo un entorno cultural cuyo aliento ha permanecido indeclinable sobre la destrucción y el afán transitorio. La estrofa es mano tendida al sosiego natural y a sus elementos armónicos, que abren las manos a una percepción sinestética.
   La voz de Aurora Saura mantiene un tono activo que permite oír el paso de nuevas entregas, de las que se anticipan algunos textos en Poemas últimos. En ellos la determinación de seguir continúa con una mirada cercana, que hace del poema espacio dialogal y epitelio emotivo. Quien escribe pone en el tiempo un gesto de tender la mano al frío. Aviva el fuego para que suenen leves en la atardecida unas pocas palabras verdaderas. 


  

miércoles, 6 de febrero de 2019

PIEZAS SUELTAS

Piezas sueltas
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia



PIEZAS  SUELTAS

Los jóvenes se abrazan, y en el árbol los pájaros,
que no saben que mueren, cantan

YEATS


Un porte sólido. De fantasma.

Cuando tenía veinte años, Jaime Gil de Biedma no era un poeta cualquiera. Era el poeta.

La biblioteca, ese amplio gremio de deudas contraídas que no podré saldar.

Crepúsculo, aleteo, sopor, engarce, azul… Esas palabras con reputación asentada en lo insulso.

Los malos poemas tosen; tienen respiración errática.

Conspiración entre sustantivos comunes, verbos fríos y adjetivos ecuánimes.

En el camino, piezas sueltas. Nombres propios que ya no recuerdo; el final de una biografía deja sitio para mucho olvido.

(De Motivos personales)





martes, 5 de febrero de 2019

MIRIAM MORENO AGUIRRE. OTRA MODERNIDAD.

Otra modernidad
Estudios sobre la obra de Ramón Gaya
Miriam Moreno Aguirre
Editorial Pre-Textos, Fundación Amado Alonso
Valencia, 2018


PRESENCIA DE RAMÓN GAYA


   En la obra de Ramón Gaya (Murcia, 1910-Valencia, 2005) confluyen pintura y escritura. Son vetas creadoras complementarias. Ambas propician una indagación estética cuyo estudio es el motivo central del ensayo Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya con el que Miriam Moreno Aguirre (Madrid, 1954) consiguió el Premio Internacional de Crítica Literaria “Amado Alonso” en 2017.
  Con una trayectoria profesional  desarrollada en la producción de programas culturales en Televisión Española, Miriam Moreno Aguirre se doctoró en Filosofía con una tesis dedicada a Ramón Gaya, sobre quien ha publicado numerosos sondeos críticos en revistas especializadas y El Arte como destino. Pintura y escritura en Ramón Gaya, quehacer editado en 2010. Nos hallamos, por tanto, ante quien ha hecho del legado gayesco un espacio de lucidez reflexiva. Suma a su afán una implicación biográfica directa; durante décadas conoció al pintor, perteneció a su círculo de amistades y fue testigo privilegiado del devenir de su escritura y de la disciplina de su pensamiento estético. Por ello, trasmite una visión cercana y repleta de equilibrio, en la que se analizan el periplo biográfico, el contexto cultural y las filiaciones del universo estético.
 En la compleja labor de análisis, se ubican como amanecida de la investigación los datos más significativos del trayecto vital. Desde muy temprano, el niño siente una profunda vocación pictórica que se afianza con un viaje a Madrid, donde conoce el Museo del Prado y personalidades como Juan Ramón Jiménez. Viaja más tarde al París de las vanguardias y se implica, desde su nacimiento, en la obra cultural de la II república a través de las Misiones Pedagógicas y, después, en la revista Hora de España. Su tarea política en la Guerra civil provoca el exilio a México, durante décadas, hasta su regreso en 1960, con un último periodo de creación y reconocimientos hasta su fallecimiento en 2005.
 La cimentación teórica de Gaya proviene sobre todo de las articulaciones conceptuales del Krausismo y de la obra filosófica de Nietzsche, Bergson y Ortega y Gasset; pero también del ideario estético de Juan Ramón Jiménez, a quien admiró profundamente y con el que mantuvo siempre una relación afectiva muy consolidada. Desde esas fuentes germinales se levantan los juicios estéticos del pintor, difundidos en las anotaciones biográficas de Diario de un pintor y en tres textos ensayísticos esenciales: El sentimiento de la pintura (1959), Velázquez, pájaro solitario (1967) y Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica) (1996). No son estudios marginales en su condición de pintor. En ellos, “se puede apreciar la intensidad elocuente y la originalidad de un pensamiento suscitado por intuiciones inesperadas, iluminaciones y presentimientos llenos de agudeza, en un tono a veces lírico, otras directo y otras incisivo.  Son textos elaborados con precisión, claridad, hondura, guiados por el deseo que tiene todo artista de dilucidar la naturaleza de su propio impulso pictórico y del influjo que otras creaciones han ejercido en su obra y en la de otros creadores “, subraya Miriam Moreno Aguirre en afortunadísima síntesis.
  Para Ramón Gaya, ser pintor afecta a la condición ontológica del sujeto, es una forma de amar antes que la pintura los paisajes y las figuras reales. De ese amor nace el impulso pictórico: el sentimiento de la pintura, ese despertar de quien se descubre inmerso en la totalidad misteriosa de la naturaleza y en la plenitud de su pobreza original.Tras el estudio de la noción de sentimiento, se profundiza en la correspondencia entre sentir y pintar. Del saber sentir emana algo oscuro y misterioso, una veta vertebradora, en la sostenida evolución del trabajo, que marca senda en el tiempo. Si en los años veinte, el joven pintor soporta el contagio vanguardista, tras su regreso de París y su inmersión en las Misiones Pedagógicas emprende una etapa desprejuiciada, de mímesis y homenaje con los grandes maestros, al margen de tendencias. Después, en la grieta del exilio profundiza en un realismo de tono sombrío que no cambia de gamas cromáticas hasta el viaje a Venecia, ya en los años sesenta cuando su plástica abre un estilo remozado entre el enfoque realista y la imprecisión perceptiva, para concluir tras el definitivo regreso a una etapa de insólita madurez y fertilidad, con amplia temática argumental, desde la naturaleza al retrato, en una vía de esencialización y despojamiento.  
  Ya en plena madurez, Gaya escribe su libro decisivo, Velázquez, pájaro solitario. Miriam Moreno Aguirre, con inteligencia nos revela las claves de lectura. La fuerte devoción velazqueña propicia la comprensión de sus valores plásticos y una conducta sin rincones dubitativos ante los problemas técnicos. Para Gaya “Velázquez no percibe la realidad paso a paso sino de un golpe que abarca la totalidad”  
 Otra modernidad constituye una  solvente mirada al periplo biográfico de Ramón Gaya y a su doble papel de pintor y escritor, con singulares postulados estéticos. Reúne los focos activos del conocimiento directo con su constelación emocional y la experiencia cultural de una bibliografía profunda, de la que es parte esencial la biblioteca personal de Andrés Trapiello, cuyo magisterio es norte y voluntad. De esta atmósfera propicia nace un ensayo ejemplar, con páginas esclarecedoras al hacer memoria y lumbre de los presupuestos estéticos y el hecho de vivir, fuerte y acorde con el magno legado de Ramón Gaya.



lunes, 4 de febrero de 2019

EL BIÓGRAFO DE BORGES

Jorge Luis Borges
Fotografía:
WordPress.com


EL BIÓGRAFO DE BORGES

  Labró durante diez años una biografía minuciosa de Jorge Luis Borges. Se encerró en la buhardilla, ahuyentó compromisos, afectos frugales y consultó, enfebrecido, las obras completas, los ensayos monográficos y esos panegíricos circunstanciales de la exitosa carrera. Tras la enésima corrección de pruebas, la obra amaneció. Fue feliz y nunca más pensó en aquel norte biográfico que había acabado con su matrimonio.
   Aquel libro era un claro ejemplo de dedicación crítica. Solo tenía una errata, una paradoja casual. Confundió fechas; anticipó la muerte en Ginebra ochenta y siete años antes del nacimiento en Buenos Aires. Un lapsus ligero, inquietante, lesivo, que no hubiese disgustado al mismo Borges.

(De Cuentos diminutos)



sábado, 2 de febrero de 2019

VOCES SIN NADIE

Voces in nadie
Archivo de internet


AUSENCIA

te pido que no busques los lugares ocultos
donde, tardíos, florecen los últimos rosales

HORACIO


Suenan vacías
la casa y las palabras.
Quizás no vine.




viernes, 1 de febrero de 2019

OTRA CIUDAD, LA MISMA

Museo Reina Sofía (Madrid)
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia



OTRA CIUDAD, LA MISMA

En este mundo, nada está en su sitio,
empezando por el propio mundo.

EMILE CIORAN


.  Es invierno y las aceras congregan un contagio de prisas. Camino a trasmano. Pongo lentitud en la mirada y en los zapatos. El mismo ritmo extraño en la cabeza y en el corazón.

. Alguien habla en voz alta. Otro asiente a intervalos. Una multitud conectada con un oído atento en la distancia. Sólo yo permanezco fuera de cobertura. Quité el sonido al móvil. Cuando lo enciendo hay seis llamadas. Un coro de mensajes me recuerda los asuntos literarios que hay que programar. Debería ayudarme más a mí mismo; solo, no puedo.

. Pido un café con leche y abro el libro Otra modernidad, un ensayo de Miriam Moreno Aguirre. Apenas leo unas líneas. Elijo un ventanal que testifica el tránsito incesante. Frente a mí un asiento vacío; esa caligrafía de ausencia que escribe en lluvia oblicua. Otra ciudad, la misma. Y yo no estoy.

. En el bullicio, las reivindicaciones laborales de los taxistas y las pertenencias de un mendigo. Dos cartones de vino peleón, colillas, el saco de dormir y un desamparo que no ocupa sitio y que mira en silencio, mientras tiende la mano. No debo escribir un diario; me mana la tristeza y hay que ser optimista, aunque no sepamos para qué.

(Apunte de febrero)