domingo, 31 de marzo de 2024

UN ZUMBIDO DE AVISPA

Catedral de Ávila
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana


UN ZUMBIDO DE AVISPA 


 
El egoísmo hace del yo apócope del nosotros.
 
Tiene una memoria prodigiosa, capaz de hacer real una mentira.
 
En el trasfondo del azar dormita un orden secreto, una simetría que pauta planteamiento, nudo y desenlace.
 
La autobiografía convierte a otro en protagonista.
 
Los minimalistas dogmáticos pueden confundir un haiku con un cantar de gesta.
 
Los cementerios de coches abundan del retorcimiento manierista.
 
Los viajes largos en los niños desperezan el pasmo; en los adultos, el cansancio.
 
El agónico vocacional tiene una visión cabizbaja de la realidad inmediata.
 
Cerca del mar todo se borra, salvo el silencio roto y el efecto emocional de la contemplación.
 
Aforismo, un zumbido de avispas.
 
 (Selección urgente)


 
 
 

sábado, 30 de marzo de 2024

CARTA A UNA DESCONOCIDA

Sabor amargo
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

AÚN TE DESCONOZCO
 
No niego la esperanza,
pero nunca me tiende su solidaria mano
y ya me gustaría –como antaño a los pícaros-
cambiar si no de oficio de condición al menos.
Como suele ser norma,
hoy también ha fallado el desenlace
que vertebra la página del día.
Otra vez estoy triste; aún carezco
de imprescindibles labios
para firmar con nadie una posible tregua.
Cuando espesó la noche
acogió mi pletina la acuática de Haendel
y he recorrido hipótesis,
buscando explicaciones de papel.
Desconozco tu nombre,
no sé medir el hueco que cabe en tu pupila.

             (De Población activa)


viernes, 29 de marzo de 2024

ÁRBOLES QUE DEJAN VER EL BOSQUE

Tala
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

  

 
A SORBOS
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
                                                                                               
Todo es siempre menos
 
JRJ
 
 
Extremó la prudencia verbal; no aventura palabras si no es en presencia de su diccionario.
 
***
 
Afrontar sin amargura, sin gestos de abandono,  que lo que pensamos oculta lo que somos.
 
***
 
Su cerebro contiene dos ideas; son tan opuestas que entre ellas cabe un sistema filosófico.
 
***
 
Al florecer el día  rompe la quietud del reloj un aforismo. Sorbos cortos.
 
***
 
Basta mirar la penumbra de alrededor para saber que no estoy.
 
***

El puño cerrado de quien corta rosas.
 
***
 
Una pobreza de hospitalidad irrefutable, capaz de ofrecer su vieja cama de faquir.
 
***
 
El silencio y su fuerza de convicción. Sabe quién responde cuando nadie llama.
 
***
 
 
El prudente convierte en coma cualquier punto final.


jueves, 28 de marzo de 2024

JAVIER RECAS. EL ARTE DE LA LEVEDAD

El arte de la levedad
Javier Recas
Cypress Cultura
Colección Scripta manent
Sevilla, 2021

 

FILOSOFÍA LACÓNICA

 
   Madrileño nacido en 1961, Javier Recas es Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y ejerce la docencia en un instituto de la capital. Su personalidad define a uno de los grandes estudiosos de la literatura breve, con una certera travesía de investigaciones. Es autor de las entregas Hacia una hermenéutica crítica (2006), Meditaciones de Marco Aurelio (2011), Relámpagos de lucidez. El arte del aforismo (2014), Una grácil y aguda miniatura (2020) y la edición Encuentros y extravíos. Aforismos de Mark Twain (2020). Los ensayos postulan redes interpretativas en torno al enunciado lacónico, como un despliegue de contenido sustentado en la fuerza de la razón, acorde con el entorno histórico y cuya claves expresivas radican en la intensidad y la decantación de lo mínimo en precisa síntesis.
   La entrega El arte de la levedad clarifica su aportación con el subtítulo Filosofía del aforismo y una introducción que muestra el lúcido conocimiento de esa relación natural entre el aforismo, que aspira a la verdad,  y el quehacer poético. Como insólitos misterios expresivos, escurridizos y complejos en su definición, nacen así las perdurables “islas de sentido entre dos silencios capaces de abrir nuevos horizontes, de movernos y conmovernos, de evocar y provocar, para entregarnos, tras el inicial deslumbramiento, el testigo de la reflexión” (P. 7). Comenta también el escritor que el diseño interno ha optado por acompañar las argumentaciones con una amplia colecta paremiológica, que hará más diáfana la trama, alejándola del púlpito académico. La espigada selecta de Javier Recas refrenda el norte del discurso crítico con admirable intensidad. Se convierte en una estela de sabiduría en el tiempo, cuajada de precisión y belleza tonal, que hace del aforismo “una inquebrantable voluntad de verdad, de concisa y desnuda verdad, intensa, provocadora, inquietante, radicalmente distinta del discurso argumentativo” (P.45).
   También esbozado en las líneas prologales, el recorrido de El arte de la levedad elige, para el estudio del pensamiento discontinuo, ocho sendas interrogativas básicas, secuenciadas en ámbitos autónomos. El análisis de la parquedad es el estrado de superficie de “En los márgenes del silencio”. En el avance alumbran otras indagaciones meditativas. Así sucede con el silencio, íntimamente asociado  a la desnudez extrema del aforismo. De la entidad del silencio, emerge en el primer capítulo un amplio espectro de posibilidades significativas. La palabra no pierde su fuerza cuando se hace generadora mudez, sino que adquiere carácter insondable.
   La obra valora, en segundo lugar, el modelo epistemológico, la carga conceptual del aforismo como campo verbal autosuficiente, capaz de diseñar en el despliegue una totalidad de sentido. Javier Recas no deja al margen los aforismos de extracción, tramos verbales espigados de obras mayores, cuyo despiece se ha convertido en “flores cortadas”, desgajadas por su expresividad sapiencial y plenitud expresiva. El capítulo “Cien rostros” es una galería donde se expone la diversidad del decir breve, esa superación del molde único para pluralizar codificaciones que expanden límites formales. El aforismo adquiere un carácter mutable; personifica un espíritu híbrido. El impulso creativo ha presentado una contundente variedad de registros, aunque preservando con fuerza su núcleo filosófico. Esta evolución hasta la modernidad constata la pérdida del alarde sentencioso y el aumento del ropaje subjetivo; más que una verdad universal con voluntad de ser “un enunciado con pretensión de universalidad e intemporalidad”, el aforismo intenta resolver las incógnitas existenciales del yo concreto.
    El valor cognitivo del aforismo acostumbra a mostrar en su superficie un epitelio poético. Del examen de esta cuestión se encarga el capítulo cuarto “Verdad poética”, que muestra una terna de perspectivas en torno a la condición lírica. Focalizar la relación entre filosofía y poesía requiere una tolerante lucidez porque los términos conjugan discordancias. El pensar filosófico se desvela desde el logos y la razón instrumental, en tanto la poesía, como machadiana palabra en el tiempo, es fundación del ser y forma de conocimiento desde el verbo.
   La tarea exploradora del género en su búsqueda de un persistente fondo semántico,  se desarrolla en el apartado “Cargas de profundidad”. La aparente naturaleza simple del decir breve, anuncia plenitud; como afirmaba Porchia “Lo hondo visto con hondura, es superficie”. La profundidad resulta compleja, requiere una agudeza sutil que no pierda la concisión e impulse la búsqueda; por tanto, es una actitud asociada al autoconocimiento, capaz de traspasar el epitelio de lo cotidiano y adentrase en ese sustrato velado del yo interior. Del despertar auroral de lo diáfano trata el capítulo “El embrujo de lo liviano”, capaz de moldear una contemplación estética de alcance desde la arquitectura verbal del aforismo. La humildad no resta, porque guarda un misterio intangible, pleno de sensibilidad y magia interna, que se hace escaparate de madurez. La sección “Vinos secos” emplea un símil ajustado para definir el trayecto vital como un curso bajo en la decepción y el vacío; el tiempo acaba calcinando las emociones, se hace vino seco que amarga el paladar y grava su acidez en la garganta; esa certeza crepuscular está presente en la tarea aforística de muchos clásicos que han convertido al aforismo en lacónica queja final; la vida es pasajera, devalúa posibles utopías  y marca un precio de cierre que cabe en la ceniza.
   La herencia meditativa del decurso aforístico en el tiempo histórico ofrece a Javier Recas un contenido que se convierte en sólida cimentación. El lector queda en suspenso ante el rescate sabio que muestra el cielo en calma de lo perdurable. Los máximos predecesores de la actual eclosión del aforismo reverdecen logros y ponen sus relámpagos de lucidez  para que aprendamos, como sugería Eliot, a decir lo justo y contemplar lo bello.
    La lógica de El arte de la levedad, que ubica como coda una trabajada bibliografía monográfica, capaz de recomponer grietas de un persistente vacío teórico, forja un mirador representativo. Su arquitectura integra sondeos conceptuales y el fluir de voces con sensibilidades asistemáticas, tradiciones experienciales diversas y contenidos heterodoxos. Javier Recas nos deja frente a un mar abierto; contempla con gozo el mediodía de un género, empeñado en el quehacer humilde de la agudeza. Ante el fragmentario litoral del mundo, se trata solo de percibir destellos.
 
 

JOSÉ LUIS MORANTE



miércoles, 27 de marzo de 2024

ESPEJISMOS DIGITALES

Pórtico de San Vicente
(Ávila, 2024) 

 

ESPEJISMOS DIGITALES

 

Descubro a diario que la comunicación digital es una tierra pequeña donde no cabe nadie. Los mensajes privados crean una sensación de cercanía aparente,  dibujan trampantojos que alumbran una mirada cómplice, dispuesta a abrir la conciencia a los desconocidos, como si fueran protagonistas de una relación real, cimentada en el tiempo. Todo es falso, un espejismo que siembra de inmediato la tachadura, la decepción, el bloqueo.  De pronto el ocaso. Al otro lado no hay nadie. Solo un frío de nieve que no quema las manos.

Notas sueltas.



lunes, 25 de marzo de 2024

TRAS EL INVIERNO




TRAS EL INVIERNO

 
 
Hay una generosidad periférica, que regala lo que no tiene.
 
***
 
 El polen en suspensión de la vanidad degrada la espina dorsal de los espejos.
 
***
 
El águila percibe en el recio grafismo de las rocas la posibilidad de hacer un nido.
 
***
 
En el decurso de esas horas donde  la estética de la luna prescinde de cualquier retórica.
 
***
 
Tan fuera de contexto como mirar desde  una cafetería las minucias de alguna despedida de soltero. 
 
***
 
Lo constato. Soy un desertor de casi todo. Salvo de ti.
 
***
 
Sus caricias restriegan.
 
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Esos críticos que prodigan matices orales entre la v y la b.
 
***
 
Originalidad, cristales rotos que no repiten trazos.
 
***
 
La intuición de los que se equivocan y exploran estrecheces de otras rutas también falsas.
 
***

    

sábado, 23 de marzo de 2024

MIGUEL CATALÁN. EL ÚLTIMO PELDAÑO

El último peldaño
(miscelánea)
Miguel Catalán
Edición de María Picazo y José Luis Morante
Editorial Verbum
Madrid, 2022

 

A MODO DE PRÓLOGO: ENTRE NOSOTROS

José Luis Morante

  
   Lúcido y pleno, Miguel Catalán (Valencia, 1958-2019) nos dejó cuando solo contaba sesenta y un años de edad. La enfermedad apenas le impidió caminar libremente entre sus folios en blanco. Estaba lleno de vitalismo y trabajó hasta la hora de ausencia. Tenía tanto por hacer que su fertilidad creadora no se apagó; mantuvo, como recuerda con emotivo temblor su compañera e incansable colaboradora María Picazo, la sensibilidad en vela.
   El espíritu humanista del escritor, profesor universitario, filósofo y ensayista pone de relieve una obra diversa que materializó distintas estrategias literarias. Son fragmentos del ser, teselas que conforman una labor caleidoscópica. Espléndido testimonio de ese taller plural es Seudología, una profunda investigación filosófica, compuesta por trece volúmenes, que hace de la mentira motivo de reflexión recurrente. Analiza la hondura de la falsedad en terrenos conceptuales como la ética, la sociología, la política, la convivencia interpersonal o la vida privada del sujeto. En su realización persistió durante veinticinco años de trabajo. El resultado es una argumentada propuesta filosófica, destinada a convertirse en un clásico temático. Ya lo es.
   No se puede interpretar el perfil intelectual del escritor sin asomarnos a la climatología variable de las ficciones. El historial narrativo del valenciano integra tres compilaciones de relatos y cinco novelas, la última de las cuales En estado de gracia fue publicada en 2021. En los itinerarios narrativos encontramos enlaces evidentes con las propuestas filosóficas, tanto en los esbozos de personajes como en los hilos argumentales. Están relacionados con preocupaciones existenciales, y con vidas al paso fortalecidas por el legado cultural y la búsqueda de sentido en el aleatorio trazado del discurrir. Otros espacios fuertes del molde literario son dos recopilaciones terminológicas, Diccionario de falsas creencias (2001) y el Diccionario Lacónico (2019). Ambos textos dejan catálogos de asombro; ratifican los equívocos del lenguaje y la tendencia a crear, más que certezas, espejismos verbales. El baúl de palabras de Diccionario Lacónico, impulsado por Ediciones Sequitur, suma de continuo; aglutina etimología, semántica, concisión poética, humorismo, greguerías y filosofía. Las definiciones recurren al orden alfabético tradicional para elaborar concentrados conceptuales, píldoras de pensamiento. De este modo, el significado de las palabras enfoca el contacto sensorial con el mundo y las cosas, con los ojos abiertos hacia dentro. En este sondeo, la percepción remueve el granero del idioma para que se muestren magmas en formación, sedimentaciones frente al lugar común. Cada definición postula una identidad conceptual trascendida, un esfuerzo capaz de mostrar relieve, que abre y convulsiona la imaginación. Nunca proclive al dogma,  Miguel Catalán sospecha que el brote germinal de Diccionario Lacónico está en el estudio de algún tratado de lingüística, pero es difícil no encontrar las fuentes primarias en Ambrose Bierce y en los autores epigramáticos del helenismo. No pasan desapercibidas tampoco en la condición didáctica de estos diccionarios las conexiones con el aula y la percepción de la docencia como una tarea de intercambio y aprendizaje, un diáfano diálogo con la inteligencia humanista y la humildad ética.
  En la casa de encuentros que constituye la obra de Miguel Catalán, el laconismo nunca está al margen. El corpus de la abundante práctica concisa se reunió en Suma breve. Pensamiento breve reunido (2001-2018) (Trea, 2018). La cosecha paremiológica abarca media docena de entregas escritas durante casi dos décadas. Integra los títulos El sol de medianoche (2001), La nada griega (2013), La ventana invertida (2014) y el aporte inédito que añaden tres conjuntos que anticiparon textos en revistas: Así es imposible, El altar del olvido y Paréntesis vacío. El conjunto define el ser ontológico del aforismo y su pautada senda como espacio de intersección entre literatura y filosofía. Así lo recuerda la apertura de José Montoya Sáez, quien también analiza el concepto de paradoja como implosión del lugar común. El habla lacónica interpreta ángulos inéditos, capta la significación de la experiencia en la condición de ser. Desde su inicio, la voz breve asume el desvelo incansable del observador. Sabe que el comportamiento del yo es reflejo de las actitudes aleatorias del otro; por tanto es necesario sondear su sentido para que el aprendizaje surta efectos interiores. Nada de lo humano resulta ajeno; de ahí que la ética sea relevante proceso reconstructivo, un ejercicio de tanteo y búsqueda en el que hay que asumir, como Marcel Proust, aquel buscador del tiempo perdido, que “cualquier idea clara tiene el mismo grado de confusión que las nuestras”.
  La cartografía meditativa añade aquí los aforismos póstumos acogidos en Suma y sigue (2019) y el material inédito rescatado por María Picazo, cuyo tallo argumental está marcado por la enfermedad. La conciencia otea un paisaje crepuscular, se enfrenta a las sombras de la última costa y siente próxima la gélida textura del anochecer. Más allá del contraste y del juego de palabras, los dardos verbales apuntan a una diana vertebradora que confirma la permanencia del ser frente a realidades mudables, propicias al desmontaje. La lógica interna del yo resiste la extrañeza, abre el paraguas frente a la intemperie y las contradicciones y defiende la razón como brújula para buscar el norte del sentido.
  En uno de sus aforismos inéditos, Miguel Catalán escribe: “Solo puedo hacer poesía de lo que amo desmesuradamente”. Aludía así a la intimidad del verso que identifica el fluir lírico con el cauce limpio de la emoción. Los poemas versos no aspiran a resolver acuosos enigmas del lenguaje; nacen a solas, del contacto físico y espiritual con una presencia insustituible; el texto se hace testimonio y estado fundacional de una convivencia compartida. Desde ese umbral abre sus versos por primera vez este puñado de composiciones. Muestran un registro conversacional, un diálogo entre el yo biográfico y los avatares del desdoblamiento amoroso. Amar nos hace otros; sobrelleva el discurrir bajo un cielo informe de nubes y claros que obliga a caminar bajo la introspección, siempre en asombro ante el misterio de la existencia.
   Cierra esta miscelánea una ronda de abrazos. La escritura de Miguel Catalán y su actitud cívica y ética ante el cuerpo social mantuvo un quehacer continuo de coherencia. Su actitud tuvo la claridad del manantial, esa hondura que aleja la sed y empuja a sumar sin cansancio pasos nuevos. Por eso han sido muchos los amigos que han colaborado en el aire encendido de esta evocación, convocados por María Picazo. En el tiempo lento del recuerdo, sus voces reunidas hablan de amistad, admiración y afecto. Y a ellas me sumo para hacer de las palabras una amanecida de complicidad y memoria. Miguel Catalán asiente desde lejos, con la misma sonrisa sosegada de siempre, mientras busca en silencio los ojos de María y deja en las palabras un último peldaño: “En la incertidumbre, se agradece el amor con caminos de largo recorrido”.
 
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

   

viernes, 22 de marzo de 2024

LABIOS MUDOS

Ausencia
Archivo General
de Internet

 

LABIOS MUDOS 

   Un día propició una sonrisa estática y un exilio continuo. Quería liberarse del marasmo estridente de la vida social y sus mentiras. Ahora se aplica a diario en descubrir, entre las largas avenidas del tiempo, identidades deshabitadas, solitarios sin nadie dentro. Le gusta imaginar los labios mudos; esa unidad de estilo donde vive el oculto poema  del silencio.

 

(De  Cuentos diminutos

jueves, 21 de marzo de 2024

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. POESÍA ERES TÚ

Gustavo Adolfo Bécquer
Retrato, 1862
Museo de Bellas Artes de Sevilla
Valeriano Bécquer

 

POESÍA ERES TÚ

(Pervivencia de Gustavo Adolfo Bécquer)

                            

   Todavía nos gusta dibujar el perfil de Gustavo Adolfo Bécquer a base de rasgos sentimentales y románticos, con una fisonomía al gusto de adolescentes enamoradizos; y sin embargo el poeta nacido en Sevilla en 1836 es uno de los núcleos centrales del canon que sedimenta en la modernidad. Así lo entiende Luis García Montero, autor del ensayo Gigante y extraño, una edición crítica de las Rimas. El trabajo desvela claves de la estética becqueriana y deshace el orden tradicional de la edición póstuma de 1871 que prologara Ramón Rodríguez Correa, amigo del poeta y autor de una emotiva semblanza. Prefiere seguir el manuscrito de El Libro de los gorriones, descubierto en 1914 por el hispanista alemán Franz Schneider entre los fondos de la Biblioteca Nacional de Madrid. Este acercamiento a Bécquer cuenta con autorizados precedentes: Antonio Machado, Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Rafael Alberti o Luis Cernuda dieron fe de la sólida arquitectura de una lírica singular. Así lo corroboran estudiosos becquerianos como Dámaso Alonso, Rafael Montesinos, Rusell P. Sebold, José Luis Cano, Juan Manuel Díaz Taboada o María del Pilar Palomo.

   El romanticismo define su significado histórico a lo largo del siglo XVIII en dos ámbitos principales, Alemania e Inglaterra. En ellos se gesta un espíritu que adquiere en su expansión una peculiar orografía. La mentalidad romántica en su ambivalencia se define desde el ser individual; el yo subjetivo aporta el discurso de su imaginación, se sabe  finito y transitorio y no duda en contemplarse a si mismo desde la ironía. Este modo de pensar sobrevuela la realidad y mantiene ante el hecho social una postura ambigua al defender la autonomía del arte, una coartada para la evasión y el conformismo. Los manuales literarios suelen atribuir a nuestro país una aportación modesta al devenir creador del periodo con tres románticos de interés: Larra, Espronceda y Zorrilla. Gustavo Adolfo Bécquer sería un romántico rezagado que nos entrega su cosecha literaria en medio de la vitalidad conflictiva del realismo. El itinerario biográfico estuvo marcado por la adversidad. Huérfano desde niño, estuvo tutelado por Manuela Monnehay, en cuya biblioteca comienza su acercamiento al libro. Son esclarecedoras las referencias a este periodo en las Cartas desde mi celda: “ Cuando yo tenía catorce o quince años y mi alma estaba llena de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más preciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba poeta, cuando mi imaginación estaba llena de esas risueñas fábulas del mundo clásico, y Rioja,  en sus silvas a las flores; Herrera, en sus tiernas elegías, y todos mis cantores sevillanos, dioses penates de mi especial literatura, me hablaban de continuo del Betis majestuoso…”. Importante también en este momento fue la amistad con Narciso Campillo, con quien comparte inquietudes, pretensiones y dudas pues en este momento juvenil se mira en la tradición familiar y no sabe si decantarse por la pintura, como su padre, su hermano Valeriano o su tío Joaquín, o las Humanidades. Con Narciso Campillo había escrito un drama precoz, Los conjurados, que llegaría a representarse en las aulas del Colegio San Telmo. Es en Madrid donde entabla contactos personales que lo conducen al periodismo hasta su primera enfermedad en 1858. Su amor por Julia Espín inspira algunos poemas y textos en prosa, pero se casa con Casta Esteban, aunque la convivencia es agria y se rompe ocho años más tarde. Es un periodo de variado quehacer laboral y estabilidad económica, gracias sobre todo al apoyo del ministro González Bravo. 

   Las Rimas  representan la cota máxima de la obra becqueriana. Se escriben entre 1857 y 1861 y ejemplifican el carácter peculiar y personalísimo de la voz del poeta sevillano. El manuscrito original fue entregado por el autor al periodista y político Luis González Bravo que se había comprometido por amistad personal a escribir el prólogo y a promover la edición. La contingencia histórica del momento es conocida; el político moderado que había sido ministro de gobernación en el gabinete de Narváez es nombrado a la muerte de éste presidente del Consejo por lo que la revolución de Septiembre que propicia la caída de Isabel II le obliga a salir de Madrid y a elegir como Burdeos como lugar de exilio. Estos hechos originan la pérdida del manuscrito y obligan al poeta a recomponer las rimas en el Libro de los gorriones, donde conviven con otros proyectos literarios, la Introducción sinfónica y el fragmento La mujer de piedra. El orden de este libro se altera en la edición póstuma financiada por los amigos del poeta que sirve de base a la ordenación tradicional, hecha con evidente afán didáctico. Luis García Montero defiende el orden del Libro de los gorriones porque desarrolla de manera directa la trabazón original de las composiciones ideada por Bécquer. Para Luis García Montero: “Las Rimas de Bécquer no sólo significan una depuración de las galas sentimentales y los excesos de la lírica romántica española. Suponen también la primera indagación inteligente sobre el sentido de la poesía lírica en la sociedad contemporánea. Bécquer descubre la velocidad y busca un estilo para fijar la raíz de la palabra poética en el vértigo”[1]

   La escritura desconfía del delirio emocional, “cuando siento no escribo” y obedece a una brújula compositiva; la experiencia se aposa y se transforma en memoria coherente, condensa elementos para posibilitar una elaboración  sobria y esencial, con valor estético. Como escribiera en la “Introducción sinfónica”: ”Entre el mundo de las idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra”. La estela de Bécquer permanece transitada porque incorpora a la tradición un sentir inteligente, un ideario expresivo que sirve como referente a magisterios del 98 como Unamuno y Machado, y prosigue en los albores del siglo con Juan Ramón Jiménez, para integrarse en la nómina del 27 de la mano de Alberti, Lorca o Cernuda. En todos hallamos la mano de nieve del artista, un pacto entre realidad e ideal formulado con el escueto timbre de la palabra necesaria: “no se debe escribir sino cuando el espíritu siente la necesidad de dar a luz lo que se ha creado en las entrañas”.



[1] En Gigante y extraño. Las Rimas  Gustavo Adolfo Bécquer, Luis García Montero, Barcelona, Tusquets, 2001, pág. 19.


miércoles, 20 de marzo de 2024

OXIGENACIONES (Apuntes del diario)


 
OXIGENACIONES
 
Con quien no esté un poco cansado de todo
no vale la pena dialogar
 
NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA
 
Imagen interior que no se desvanece: las pupilas de mi padre guardaban dentro un sol apagado, una noche en continuo titubeo.
 
Hace unos años escribí este aforismo: “No están fuera ni dentro. No están”. Y estos días lo recordé por su precisa manera de definir esas presencias que guardan detrás de su sonrisa una extraña distancia. Nunca sé si son cercanía o lugar lejano, periferia o centro.
 
Los eventos oficiales en torno al Día Mundial de la Poesía han crecido mucho y extreman ahora el criterio selectivo de los colaboradores. Los independientes y desapercibidos lo tienen duro. Yo, también.
 
Hay fotografías que no concuerdan con la realidad; ocultan seres deshabitados.
 
Escenarios visuales de Madrid donde pueblan aceras los zapatos gastados de mi soledad: la cuesta de Claudio Moyano, el palacio de cristal del Retiro, la calle Toledo, el patio interior del Reina Sofía, El templo de Debod y el parque del Oeste… Son marcos urbanos que comparten la melancolía del paseante. Son sitios que hay que merecer; y son muchos los pasos transitorios que carecen de entidad para perdurar; aunque yo sea un optimista y vea espejismos en los encuentros.
 
No se requiere una especial clarividencia para saber que la madurez reblandece cualquier tipo de avidez sexual, pero concede máxima solidez a la ternura.
 
Esa disparidad en la percepción del otro es una escuela abierta. Hoy aprendí que hay gente que percibe en una pregunta inocua un golpe que deja en coma. Insólito y clarificador para mañana: no hay más preguntas.
 
Empleó muchos años en ser un palimsepsto de la estupidez. Ahora personifica un dato empírico: no todos tenemos el cerebro en la cabeza.
 
Fauna doméstica; esa gente que entiende la amistad como echar  migas de pan a las carpas y barbos del Retiro.

(Con sonrisa de nieve)


martes, 19 de marzo de 2024

RECUERDO DE MI PADRE

Regresos
(Albúm familiar)

 

RECUERDO DE MI PADRE
 
Mi padre ponderaba la eficacia
como un tesoro extraño y valiosísimo,
escondido en el vientre de la tierra.
Solía levantarse muy temprano,
con el tic-tac grabado en la memoria,
y dilataba oscuro una jornada
que concluía laso y taciturno.
Era su empeño inmune al frío o la canícula.
Por él estuve interno tantos años
con la sola misión de hacerme un hombre.
(Entendamos, un hombre de provecho,
un atinado buscador de logros).
Mas el esfuerzo no valió la pena.
Él no tiene conciencia del fracaso.
Descubrió en la derrota
una patria feliz, compensatoria.

    (De Causas y efectos, 1997)

lunes, 18 de marzo de 2024

FRANCISCO CARO. AQUÍ

Aquí
Francisco Caro
Mahalta Ediciones
Ciudad Real, 2020, 2024 (2ª)

 

 LÍMITES DEL SER 

   La tarea poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) adquiere perfil definitorio en la antología Este nueve de enero. Es una compilación de trayecto realizada en 2019, que recoge los poemas más conocidos; dibuja la personal travesía en el tiempo del ejercicio de humanismo impulsado por el escritor manchego. En ese volumen se hacen suelo básico las resonancias del existir, los límites del ser expuestos con expresión cotidiana, evocadora y reflexiva, donde confluyen incisiones biográficas y el merodeo de la temporalidad. Así se define un ideario estético que fusiona intimismo y afán comunicativo, indagación en la identidad y esa ambivalencia contradictoria que genera una estela de incertidumbres entre sujeto y entorno, convertido en dominio de lo contingente.
   El poeta entrega en  2020, complejo año de la pandemia que tanto transformó la condición de ser, el libro de poemas Aquí con nota indicativa que advierte sobre la entidad del proyecto. Las composiciones más tempranas se fechan en 1998 y las más próximas son de 2020. Por tanto, a primera vista, no es un libro unitario sino un balance en el tiempo que postula una voluntad expresiva sostenida, articulada desde una consistencia diáfana, de contornos emotivos.
   El discurrir natural del poema deja como apertura una cita de Eliseo Diego: “Hay días en que el tiempo acude manso / y al lado de la luz”. Una reflexión de súbita nostalgia que recuerda que la palabra del hablante lírico está siempre condicionada por los estratos de contingencia y fugacidad del devenir. El ahora se percibe como un espacio de apertura, cuajado de vivencias aurorales. Conforman la propia geografía del sujeto y las pulsaciones vitales del pensamiento: “Es aquí donde espero / a que nadie me nombre, a que calle / la prosa para siempre, aquí nací, en estas tierras cuarzo de interior…”. En la palabra se asienta la conciencia de pertenecer a un espacio afectivo, donde se entrelazan sensaciones existenciales que definen el presente como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que siembra frescor y transparencia, el rumor del origen. Evocarlo no exime de trazar una senda de leve melancolía. Los días de infancia, siempre alumbrados por la pura inocencia de la amanecida, son ahora un regreso cuajado de recuerdos. Desde esa voz evocadora nacen composiciones como “Verano de 1956”, “La fragua de Ángel” o  “El cine de Antonio”. Los poemas dibujan instantáneas pobladas por nombres propios que perduran, en las manos del tiempo, ocupando la escena de un modo personal y creíble, pleno de luz y mediodía.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por las dimensiones del discurrir vital. Cada amanecida es paradójica, porque alienta una búsqueda de lo perdido y aporta un patrimonio afectivo en el que lo diario adquiere transcendencia y sentido. El poema construye, con serenidad y epitelio emotivo, su arquitectura de sensaciones. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el veneno preciso de la decepción, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas que se van guardando en los rincones menos visibles su zumbido callado, su indolencia: “hoy que vuelvo / a escuchar su zumbido, su deseo / de paz o enemistades / ya sé que son las mismas, / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  Al cauce central del temporalismo se adhieren otros sustratos temáticos, entre los que se vislumbra el afán metaliterario, si cabe, con un deje irónico, que resalta en la entrega Cuaderno de Bocaccio, aparecida en 2010, el mismo año de Paisaje (en tercera persona). Se divaga sobre los aspectos formales, la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras y esa noción conceptual de la escritura como proyecto inacabado, como conjetura que resguarda la luz debajo de la dermis oscura del sentido, sin tener que recurrir a aderezos retóricos ni trucos de magia.
  Alguna vez he leído que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. Es una excelente definición que hago mía de inmediato. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo, un protagonista con andamios nuevos que anula marcas gastadas de etiquetas tópicas.
    En la práctica poética de Aquí la memoria es un epicentro fundamental, desde la sentida dedicatoria de la amanecida: “Con mis padres, Teresa y Leónides, en memoria. Con mis hijas, Ana y Julia. Antes, después”. Su paso indagatorio conecta pasado y presente, como orillas de un desahogo vivencial que nunca atenúa los pasos de la incertidumbre. Los poemas van poblando la cartografía del recuerdo con los trazos cómplices de un yo cambiante que  salió a la mañana para percibir “el mundo en el instante que comienza”. Mientras, el tránsito diario dispersa las hojas de los días en el reverso de la noche, esa fronda perecedera que abriga la condición de ser, que deja en la mirada el cálido fulgor de la belleza.


JOSÉ LUIS MORANTE


domingo, 17 de marzo de 2024

PERPLEJIDADES DOMÉSTICAS

Parque del Retiro de Madrid
Marzo de 2024
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

 

PERPLEJIDADES DOMÉSTICAS


Esos días en los que me estorbo tanto que no sé dónde ponerme.

Desconfío muchísimo de la inteligencia artificial; no tiene masa encefálica.

Qué rápido el proceso de vaporización de algunas amistades.

Es un especialista de la imperfección. Todo lo hace mal.

Me gusta el silencio bipolar, ese que tiene la primera y la última palabra. 



 

sábado, 16 de marzo de 2024

JOAN MARGARIT. UN ASOMBROSO INVIERNO

Joan Margarit
(1938-2021)
Librería Alberti, Madrid, 2018
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

 
A DOS VOCES
 
(Joan Margarit y Luis García Montero)
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
El arte no es distinto de la vida
 
JOAN MARGARTI
 
Se trata de sentirse conmovido,
de vivir fatigado
 
LUIS GARCÍA MONTERO
 
 
  Once de enero de 2018. Mientras el atardecer madrileño diluye su cronología entre hilachas de sombra, la librería Rafael Alberti persiste en su calendario cultural. Convoca a la presentación conjunta de dos novedades de poesía: Un asombroso invierno, de Joan Margarit, y A puerta cerrada, de Luis García Montero. Ambos escritores son puntuales. Cuando llego al evento ya están en el cordial refugio habitable, abierto por Lola Larumbe hace más de cuatro décadas en la calle Tutor. Percibo que son muchos los oyentes que antes de ocupar sitio en el semisótano, espacio habitual para quehaceres lectores, se acercan a los protagonistas; intercambian impresiones, desenredan monólogos afectivos o consiguen una dedicatoria personal. Los caracteres manuscritos en la hoja de cortesía del libro añaden un valor sentimental, un soplo de cercanía. Lo intuyo; hago lo mismo desde hace años. Guardo turno hasta que Joan Margarit descubre mi presencia. Me saluda efusivo y busca de inmediato un rincón tranquilo para evocar secuencias comunes, ahora reverdecidas por la nostalgia. Percibo intacto en sus palabras el aprecio generado por mi edición crítica Arquitecturas de la memoria (Letras Hispánicas, 2006). Rememora con calidez algunos viajes juntos a Rivas-Vaciamadrid, el cercano municipio de la periferia donde resido y ejercí la docencia. Allí visitamos varios centros educativos y promovió una entrañable acogida estudiantil en la biblioteca, tras su descarnada lectura de Joana. Recuerdo que algunos bachilleres lloraron por la fuerte seducción  argumental; Margarit descubrió una costa descarnada y terrible para evocar los últimos días de la enfermedad terminal de su hija que convirtió la muerte en un cuarto sin nadie.
  Cuando resuelve sus compromisos, también se acerca Luis García Montero, quien deja entre mis manos un ejemplar dedicado de A puerta cerrada. Me agradece cómplice la salida de Ropa de calle, cuya tercera edición amplía la muestra de poemas y analiza el tramo escritural desde 2008 hasta 2017, etapa fecunda que añade al perfil lírico una sólida voz narrativa con tres ficciones, Mañana no será lo que dios quiera, No me cuentes tu vida y Alguien dice tu nombre.
  Así que mi predisposición ante el encuentro en Moncloa está lejos de la objetividad. La memoria íntima germina marcada por la cercanía reflexiva hacia itinerarios cuyas bifurcaciones preservan un interés enaltecido. El arte no es distinto que la vida; sale al paso como una senda transitable. Los poemas que escucho son mis poemas. Forman parte de un tejido sentimental y de una vocación crítica implicada que convierte a los textos en calladas aseveraciones de una espera metódica. Ambos escritores saben que el discurso poético se dirige a la esencia misma del sujeto como ser pensante; animan una actividad creadora que agita la conciencia e incide de forma directa en la sensibilidad posicionada frente a lo real. Los dos personifican –y empleo un acierto crítico de Juan Carlos Abril, extraído de Lecturas de oro- el empleo del lenguaje como “dispositivo vivo de representación, expresión y conocimiento que posee su propia autonomía, se crea y se destruye, se destruye y se crea para renovarse a sí mismo “.  
   La velada concita una alta motivación. Luis García Montero resalta el devenir biográfico del poeta catalán, inicios escriturales, dedicación a la docencia durante más de treinta años como catedrático de Cálculo de estructuras en la Escuela Superior de Barcelona, su profesión de arquitecto y esos vasos comunicantes que conceden al ideario estético una apariencia de orden y claridad. Después, el autor de Un asombroso invierno recita composiciones salteadas, siempre precedidas por una pincelada contextual, clarificadora del sustrato temático y de la circunstancia personal de cada una. La voz, rotunda, declamatoria, escueta, ensancha el silencio y abre los ojos; evoca en mí otros ámbitos compartidos que ahora se renuevan con lindes intactas.    
   Se percibe máxima sintonía cuando leen en castellano y en catalán versos de Joan Margarit, ya convertidos en himno de un estado de ánimo colectivo. Es el poema “La llibertat / La libertad”. Se integra en Aguafuertes, libro publicado en 1998 en Sevilla por la editorial Renacimiento. El poema indaga el significado semántico de un concepto esencial de la conciencia. Apaga brasas de incertidumbre y pesimismo. Compone una proclama de alcance, una obligación que presenta facturas al conformismo de los indiferentes. Sin atenuantes ni falsa compasión, las palabras se hacen palimpsesto de un estado básico del estar:
 
 
La llibertat
 
La llibertat és la raó de viure,
dèiem, somniadors, d’estudiants.
És la raó dels vells, matisem ara,
la seva única esperança escèptica.
     La llibertat és un estrany viatge.
Són les places de toros amb cadires
damunt la sorra en temps d’eleccions.
És el perill, de matinada, al metro,
són els diaris al final del dia.
     La llibertat és fer l’amor als parcs.
La llibertat és quan comença l’alba
en un dia de vaga general.
És morir lliure. Són les guerres mèdiques.
Les paraules República i Civil.
Un rei sortint en tren cap a l’exili.
La llibertat és una llibreria.
Anar indocumentat. Són les cançons
de la guerra civil.
Una forma d’amor, la llibertat.
 
   A dos voces escuchamos una formulación de convicciones y coraje ético. Por eso las palabras no envejecen, aunque hayan transcurrido veinte años desde la amanecida de Aguafuertes. Aquel libro contaba con una breve nota introductoria de Luis García Montero. Entrega una reflexión convertida en asentado diálogo con la dermis del poeta. Entiende el prologuista que peripecia biográfica y caligrafía lírica son escenarios cercanos e interconectados, geografías de conocimiento sobre las que germina con raíces profundas un magma inicial y embrionario; “la conciencia de una mirada propia con capacidad de interpretación” que adquiere el trazo descarnado e incisivo de un aguafuerte.
 
   Tras su lectura, Joan Margarit resalta la diferencia de edad, un asunto menor, casi anecdótico porque el desnivel cronológico no deja fuera el continuo aprendizaje y una voluntad profunda de amistad como recurso de equilibrio interior. Pertenecen a distintas generaciones. Joan Margarit nació en Sanaüja (La Segarra, Lleida) en 1938. Es, recuerdo la pincelada vital del presentador, Catedrático jubilado de Cálculo de Estructuras de la Escuela Superior de Arquitectura de Barcelona. Y ha protagonizado una implosiva estela profesional, tanto en la investigación como en la hechura de proyectos arquitectónicos y estructurales, de los cuales se hace una emotiva síntesis en el cuaderno Las luces de las obras. La publicación académica contiene su discurso de ingreso en la Real Academia de Ingeniería, leído el 25 de septiembre de 2003, y la contestación del otro miembro electo, D. Gabriel Ferraté, quien afirma: “Quisiera, junto a estas observaciones sobre lo poético en su arquitectura, constatar también el rastro de la arquitectura en la obra poética de Joan Margarit, éste aún más patente, y que revierte en beneficio, para mí evidente, de su calidad poética”, señalando así la interdependencia entre ambas actividades.
   Personifica una de las presencias nucleares de la poesía catalana. Su legado ha merecido los más prestigiosos premios del catalán; también en castellano ha obtenido reconocimientos como el Nacional de la Crítica, el Premio Nacional de Poesía o el Rosalía de Castro. Su voz ha trascendido la geografía peninsular; en 2013 recibió el Premio Poetas del Mundo Latino, un valor que enlaza con referentes culturales de su fondo verbal como Rubén Darío, César Vallejo o Pablo Neruda.
   En el volumen de artículos críticos Amor y tiempo (Córdoba, 2005), propuesta colectiva coordinada por el poeta y profesor universitario Antonio Jiménez Millán, se perfila con plena vigencia la tradición autóctona a la que se incorpora con pleno derecho. Es un enclave en la mejor  literatura europea que aglutina a Joan Salvat-Papasseit, Josep Carner, Carles Riba, Salvador Espriu, Joan Vinyoli o Gabriel Ferraté… El trazado fortalece la opción estética de Joan Margarit y le concede una configuración unitaria, perceptible con intensidad en cada entrega.
  La etapa de madurez consolida las líneas fundamentales. Dicho tramo arranca con el poemario Joana. La salida constituye, por su  objetivación del dolor, un hito central que es un eje de simetría para la sensibilidad lírica. Así lo reconoció en 2008 el Premio Nacional de Poesía que propagó el magisterio activo de Joan Margarit, con amplios efectos en las últimas hornadas.
  El ideario realista del escritor está marcado en el presente por la reflexión moral. Tras No era lluny ni difícil / (No estaba lejos, no era difícil) se presenta en 2015 Amar es dónde, cuyas claves se apuntan en el epílogo. La voz asume la visión crepuscular; vuelve los ojos hacia el páramo de los días idos.
  El discernir sobre el ser transitorio de la conciencia y la terquedad del tiempo no desgranan sensaciones frustrantes. El buen poema considera la queja una cuestión inútil porque viste el epitelio vital de gravedad y desasosiego. La experiencia depara aprendizaje cognitivo; que fortalece y redacta un didáctico manual de supervivencia, un ideario escrito con la tinta clara del resistente. En su arquitectura de la memoria, cada estar aprende a construir forjados, busca una protección segura que entibie frente al cielo raso: “Pero la vida son también andamios, / humildes esqueletos hacia arriba”.
   El acontecer define la razón de ser de la palabra poética: “la inspiración proviene de la propia vida”. Los trabajos y días del sujeto y sus caminos interiores son el fértil sustrato. La observación directa de lo contingente concede un significado testimonial, un aire limpio de certeza y verdad. Comprender es entender.
   Este perfil de la escritura da pie a una cuestión crítica sobre la que se vuelve con frecuencia: la identidad real del hablante lírico. Quien habita en los poemas tiene claras afinidades con el yo biográfico. En el seno del protagonista verbal respira un yo desdoblado. Es un certero reflejo especular. De ahí la fuerza expresiva y emocional que transmite, esa cadencia cómplice que origina un estado de recepción, libre de intemperie. Pasó el tiempo de las ilusiones para tomar asiento en las certidumbres, donde la soledad es un estado natural que apacigua carencias: “Ahora que sé que es seca y áspera, / la vida me resulta más amable. / La burla fue romántica: creer / que todo lo podía soportar / el entusiasmo de una convicción. / En lo alto de una roca queda un cielo poético / que mira de reojo. Nunca me ha protegido. / He sido un iluso, pero no soy un cobarde. / Soñar me ha obligado a aprender / a leer y escribir en las tinieblas. “
   Amar es dónde aglutina poemas escritos con el lenguaje notarial de la primera persona. El aserto que da nombre a esta entrega proviene de la composición de apertura. En este poema homónimo, el amor se hace geografía atemporal que unifica el ayer y el ahora. Así lo definen incisivos los versos de cierre: “Amar es un lugar. / Perdura en lo más hondo: es de dónde venimos. / Y también el lugar donde queda la vida. “
   El pasado aparece como calendario habitual de la puesta en escena. Desde el ahora se vislumbra una lejanía repleta de señales cuyo reflejo perdura y llena de luz el cuarto oscuro de la memoria. Aunque se desvanece, es una estela escrita en el agua empeñada en dar voz a una etapa de plenitud arcádica: a distancia nunca se distinguen grietas y desconchones; solo el patrimonio afectivo del ser concreto y del yo como parte de un legado comunitario que a todos exige defensa y compromiso.
   Para el poeta la lengua propia, la que hablaron los padres y los abuelos, es el símbolo máximo de una identidad colectiva. Eso propicia un tono crítico y defensivo frente a los que quisieron apagarla, como si ese gesto de mutilación cultural fuese un saqueo inadmisible que incluía la humillación de un país devastado.
   Esta recuperación de sensaciones e imágenes hace evidente la pérdida, ese rastro de ausencias que integra a los que no están y acoge en sus manos cambios y  mutaciones. El poema “Barcelona” deja una imagen del corazón urbano hecha banalidad y apariencia, como si el tejido histórico fuera un simple despojo que no merece la pena consignar. En el mapa de la memoria los espacios vividos ya no están en su sitio; han sufrido un doloroso desplazamiento tangencial: “Pero, en Montjuic, tengo dos hijas, / y ahora me ofende un gentío extraño / que se ciega en la fiesta innecesaria / de gélidos hoteles, de superfluos / escaparates. Suele, en los refugios, / hacer más frío que en ninguna parte, / desolada ciudad que haces de puta”.
   Joan Margarit ha tallado un  sujeto esclarecedor y sugerente, íntimo y confidencial que tiene confianza en la respiración pausada de las palabras y nos muestra las páginas escritas de una libreta abierta. Su aporte es directo y no precisa ninguna retórica ampulosa para ofrecernos visiones introspectivas de la temporalidad del ser y de la continua opacidad de lo cotidiano. Nada es aleatorio; no hay más que un largo viaje que lleva desde el niño a la vejez y este principio lógico sirve para amar el dudoso acontecer que nos arropa, esa verdad dura y sencilla.
   En la edificación verbal de Amar es dónde resuena perdurable la voz clara de un poeta central. Entre la sombra indescifrable que forja la realidad, vemos la luz de una ventana encendida.
   Son caracteres fijos, luces de situación que se mantienen en los poemas leídos de Un asombroso invierno (Visor, 2017). De nuevo suena fuerte el blanco y negro de la memoria sentimental, reconstruido con la misma austeridad plástica. Así define Luis García Montero la sobria perspectiva: “Cuando se vive el invierno de la vida, la mirada  del poeta contempla no sólo el paso del tiempo, sino también el paso de la historia. Los mundos desaparecidos nos obligan a buscar la identidad de la memoria, pero también a tomar conciencia del significado del presente. Un asombroso invierno nos habla de esa tensión lírica entre el ayer y el hoy cuando el futuro deja de tener peso en las preguntas más personales sobre el tiempo y la historia”.
 
   El diálogo literario entre ambos poetas trasmite una honda identificación. Cuando inicia su turno de lectura Luis García Montero en el silencio claustral de la librería Alberti no se percibe ninguna mutación. Todo prosigue bajo el flexo con el pautado desarrollo de una pieza musical. Los poemas de A puerta cerrada establecen una continuidad pactada por la amistad y por las coordenadas literarias compartidas. Los textos  se apropian de aquella reflexión que hiciera Joan Margarit en el prólogo de la compilación El primer frío: “Cantamos al propio misterio. Queda por decidir desde donde cantar, y esa es la búsqueda que cada poeta realiza a su manera”.   
 
 En sus registros, luminoso resulta el camino creador de Luis García Montero (Granada, 1958). Doctor y Catedrático de Filología Hispánica en la Universidad de Granada, dentro de su personalidad confluyen facetas complementarias y activas como la poesía -cuyos títulos más recientes son Balada en la muerte de la poesía y el ya citado A puerta cerrada-, la novela, el ensayo, el periodismo y la escritura de textos dramáticos. Definen su rigurosa vigilancia de la calidad literaria el Premio Adonais, El Premio Nacional de Poesía, El Premio de la Crítica o el reciente Premio Internacional de Poesía 2017 Ramón López Velarde, por ser, en palabras del Rector de la Universidad Central de Zacatecas, “poseedor de una obra de innegable calidad e influencia dentro de la moderna tradición poética”.
  Es innegable que ocupa un espacio central en la geografía literaria actual. Sobre la relevancia de su aporte lírico y su aclimatación en lo permanente como núcleo de tendencias y estéticas del discurrir lírico desde los años ochenta hasta 2015, se han reunido enfoques bien trabados en el volumen Palabra heredada en el tiempo (Madrid, 2016), coordinado por la profesora universitaria y ensayista Remedios Sánchez García.
  Los planteamientos agrupados allí apuestan por la pluralidad discursiva. Recuerdo algunos. Con pertinente originalidad, Juan Carlos Rodríguez, siempre recordado por su humanismo y su pensamiento comprometido, objetiva los aportes iniciales de La Otra Sentimentalidad y hace una inmersión en la memoria histórica y en la tradición ideológica. Así lo constataba Luis García Montero en un texto imprescindible, publicado en El País el 8 de enero de 1983, y luego recogido con aportaciones personales de Javier Egea y Álvaro Salvador en Los Pliegos de Barataria: “Cuando la poesía olvida el fantasma de los sentimientos propios se convierte en un instrumento objetivo para analizarlos (quiero decir, para empezar a conocerlos). Entonces es posible romper con los afectos, volver sobre los lugares sagrados como si fueran simples escenarios, utilizar sus símbolos hasta convertirlos en metáforas de nuestra historia. Pero no simplemente eso. Romper la identificación con la sensibilidad que hemos heredado significa también participar en el intento de construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida”.
  También Pablo Aparicio Durán, en su andadura teórica, insiste en el que pronuncia el grupo poético de Granada como defensor del principio conceptual de que la literatura es producto del sujeto, quien a su vez hace del discurrir de su libertad subjetiva otro producto de la Historia.
   Otros análisis integrados en el volumen recalcan la determinante presencia en la pluralidad estética intersecular. Así, José Andújar Almansa indaga en la naturaleza del sujeto poético en el libro Vista cansada desde la distancia que establecen dos vértices, la ficción escritural y el autobiografismo. Remedios Sánchez García recorre el trazado que une el espacio periférico de la Otra Sentimentalidad a la poesía de la experiencia, línea dominante en los años noventa que desembocará en singular polifonía abierta a discursos divergentes. Otros especialistas abordan la convivencia de estéticas correlativas en una república literaria llena de asimetrías y con un perfil heterogéneo.
 Mi rincón crítico en el volumen muestra la vigencia del escritor de Granada en la poesía de los años noventa y en la primera década del siglo XXI, más allá de la mera coyuntura creando un paisaje de fondo en el que se dan cita propuestas emergentes – Carlos Pardo, Josep María Rodríguez, Raquel Lanseros, Fernando Valverde, Ioana Gruia, Víctor Peña Dacosta, Rosario Troncoso, Paula Bozalongo, Elvira Sastre…- que extraen de su magisterio temas y procedimientos con significativas variantes.  
 
  Luis García Montero inicia su lectura con el verbo cálido del profesor que entra en el aula para impartir la clase de costumbre. Sus gestos y sus gafas de cerca constatan ese magisterio laboral. La primera clave que desvela el sentido del nuevo poemario es el título: A puerta cerrada. Es una expresión enunciativa y programática. Parafrasea una actitud defensiva del sujeto frente al decurso de lo cotidiano; trasmite la opción de cerrar pasos hacia la intimidad, como si así se preservara mejor la fragilidad del yo. Según manifiesta el poeta, el título es un préstamo literario. Proviene de la obra dramática A puerta cerrada del escritor y filósofo Jean Paul Sartre. Aquel drama, Huis clos, estrenado en 1944, era una reflexión sobre las relaciones personales como creadoras de divergencias y conflictos. Promueve una visión negativa del otro que condiciona sustancialmente la convivencia social, fatalmente abocada al derrumbe.
   A puerta cerrada compila composiciones trabajadas entre 2011 y 2017. Importa constatar, para entender el carácter orgánico y unitario del avance lírico, que durante este periodo amanecieron los poemas en prosa de Balada en la muerte de la poesía (2016), editados asimismo en Visor con dibujos de Juan Vida. En ellos, el poeta hace del cauce versal un resguardo a través de actitudes éticas y estéticas. La idea del libro aparece durante unas jornadas poéticas celebradas en la isla italiana de Lampedusa, donde se cuestionaba el papel de la poesía en el ahora. El contexto social ha desplegado un clima de intemperie en el que apenas tiene lugar propio el incansable empeño de verdad y belleza que expande el verbo poético. Vivimos en la cuerda floja de la incertidumbre. Así lo atestigua el robusto pensamiento de Zygmunt Bauman al acuñar el concepto de modernidad líquida en base a una idea germinal: todo, incluso el individuo es flexible, susceptible de adoptar el molde político o social que lo contiene; valores y dogmas han perdido su solidez. Por tanto, nada es permanente. Todo se ha ido desvaneciendo empujado por el pragmatismo imparable del progreso que solo busca satisfacciones inmediatas. La realidad es solo realidad y ha perdido la esperanza de encontrar utopías.  
   Los poemas de A puerta cerrada constituyen una significativa reformulación del intimismo. Los versos se hacen vías de expresión de aquellos repliegues cobijados en la naturaleza del personaje escrito, por encima de las limitaciones que alberga la percepción sensorial y la mudable experiencia de lo contingente.
   Otra vez se dan la mano en el poema sensibilidad y pensamiento en una conjunción que hace balance de las horas tardías. Así abren la lectura los versos de “Entretiempo” con la memoria de haber sido, con el menguado patrimonio de ilusiones cumplidas y esa lluvia caída entre los años que es ahora dolencia evocadora.
   En la lectura selecta del libro, hay un poema, “Aparición del lobo” que recupera eslabones con Rubén Darío y, otra vez juntos, con Joan Margarit. Sus versos muestran la médula de una tradición activa y continuista. El nicaragüense, impulsor del modernismo, se apropia de un elemento natural, el lobo, arquetipo integrado en el folklore narrativo, para convertirlo en paradigma de crueldad. El tenebroso deambular lleva el temor a las aldeas y convierte el paisaje boscoso en una senda intransitable. Cuando Francisco de Asís pregunta las razones de su comportamiento, la bestia argumenta un amplio catálogo de cicatrices abiertas: el clima desapacible, la carencia de recursos vitales, el estar sin nadie, la violencia diaria del hombre diezmando la vida natural… Es necesario un pacto de paz que el discurrir del tiempo erosiona poco a poco.
  En los poemas de Joan Margarit acogidos en Los motivos del lobo es consustancial la objetivación de lo privado para mostrar una identidad personal rebelada contra la hipocresía moral; el hablante lírico se siente un lobo que desprecia las aristas de lo real con tono desafiante para mostrar, sin velos, su intemperie. De un enfoque semejante parte el poema de Luis García Montero. La mirada del lobo personifica la pulsión agresiva que tantas veces germina después en el sentimiento de culpa; quien percibe está al acecho en la construcción de sí mismo y del otro. Al definirse “huele a soledad y bosque interminable”, vigila entre las sombras, reconoce su guarida en mitad de la noche.
   Esa identidad oscura obliga al sujeto a recorrer caminos de ida y vuelta; itinerarios que hagan posible superar las preguntas de la angustia y el regreso a los sueños que devuelven la claridad.
  En varios poemas de A puerta cerrada se plasma una compleja singladura por el pesimismo. Pienso en “Desempleo” y en “Una tristeza sentada”. Los versos han germinado en un entorno histórico de crisis y degradación. Vivimos en la época de la posverdad, sufriendo los efectos de hechos objetivos que conmocionan al tejido social y afectan a la capacidad emocional del sujeto y a su entramado de valores y convicciones, lastrados por la trampa cenagosa del temporalismo.
   Llegan con fuerza los versos de “Vigilar un examen” un poema que se interpreta de inmediato desde el presupuesto autobiográfico. El avance combina elementos habituales de la práctica docente en las aulas universitarias de Granada. El cauce evocativo de la memoria retorna a un tiempo “de yugos y flechas”, como si la escritura dejase de ser una propuesta ficcional para conceder al sujeto existencial real: “Nada me cansa más / que corregir exámenes. Ver cómo pasa el tiempo, / envejecer, sentirse tachadura / sobre papeles amarillos, / víctima y responsable / de un amargo suspenso general “. Otra vez la palabra tiene la posibilidad de mirarse en los espejos del tiempo y reconocer los rasgos propios. 
   La madurez empuja a buscar acuerdos interiores con la identidad para poner sobre los rincones oscuros de la realidad su sostenida rebeldía intelectual. Así se reformulan nuevas preguntas, como las contenidas en “Poética”, donde la escritura se aplica en responder qué significa el tiempo y el compromiso del poema, una duda insistente que respira en las calles del poeta casi desde su amanecida, en los años ochenta. Así define Luis García Montero la paciencia vigilante de la escritura en Dedicación a la poesía: “El poeta medita sobre el mundo, sobre los resultados de la propia experiencia, sobre lo que ve y lo que oye, y elige una dirección llena de ecos, porque todo retiro está habitado por una multitud”. Por tanto, escribir es un ámbito donde las palabras adquieren una responsabilidad pactada. 
   El poemario es extenso y son muchos los contenidos integrados. Pero persiste en el libro un surco definidor: la extrañeza. En “Ante la selva fría”, reseña publicada en la revista Clarín, describe su textura Antonio Jiménez Millán: “Lo que domina en A puerta cerrada es la sensación de extrañeza: quien habla en los poemas se ve como un desconocido que se somete a un interrogatorio, como alguien que se aleja al mismo tiempo “de la obediencia y de la rebeldía” (“Oficio”), o como quien está ausente (“Camino de sombras”). Son los efectos de un aguacero negro que descarga su tormenta en el interior del sujeto.
   Luis García Montero cierra su lectura con dos poemas escritos desde la perspectiva emocional. El primero, titulado “Mónica Virtanen”, elige como marco escénico el panorama urbano de Buenos Aires para evocar el rumor transparente de una relación sentimental. Concluye con “Ensayo de mi propia despedida”, un título inspirado en Francisco Brines. El poema asume la confesión a verso descubierto. No se oculta el efecto abrasivo de los años. En ese balance existencial de ganancias y pérdidas, la voz enunciativa es consciente de consumir un viaje sin retorno, abocado a la grisura final de la nada. Todo, poco a poco, alcanza su finitud y se hace ajeno. Las palabras convalecen; solo queda formular el conciso epitafio de la despedida.    
       
  Las claves individuales nos sirven para interpretar espacios de confluencia e indicios compartidos. Frente al sentir crítico que explica la obra del escritor por sí misma y sin necesidad de conocer la experiencia biográfica, como si la  escritura fuese la única biografía, Joan Margarit y Luis García Montero comparten el impulso testimonial que hace del poema una experiencia vital trascendida. En sus obras se fusionan elementos históricos, culturales y activos personales. Constituyen movimientos de flujo y reflujo que buscan la objetividad de la palabra para dar permanencia a lo transitorio. El lenguaje es vehículo que evita la deshumanización al cristalizar en su seno la subjetividad del hablante.
  Los une también una ponderada serenidad expresiva. Ambos huyen del malabarismo retórico para impulsar un quehacer exigente y comprometido que da cabida a un despliegue de sensaciones y a una abierta perspectiva emocional. Ponen en práctica un discurso lírico enunciativo y clásico, evocativo, formulado en la voz de un sujeto poético que tiene entre sus manos unas pocas cartas marcadas, un pacto imposible entre ideales, sueños y realidad. Más allá del silencio deja su transparencia la poesía.
 
   Concluye el recital, casi en la hora de cierre. Joan Margarit y Luis García Montero permanecen callados mientras brotan contundentes los aplausos. Se miran y sonríen, como si hubiesen recorrido hombro con hombro un trayecto de fidelidad mutua. Reciben esa expresión natural de gratitud que concede otra nueva victoria al itinerario creador. Es tarde. Vuelvo a casa con la serenidad nivelada que pone orden en el pensamiento y deja entre verdades provisionales nuevas fuerzas para otra amanecida: la poesía. Es invierno y al paso de las estaciones florece una lámpara encendida, un camino receptivo que hace suya la exactitud concisa de Juan Ramón Jiménez, sin margen de dudas: “No se debe escribir en el idioma de las palabras sino en el de los sentimientos”.
 
JOSÉ LUIS MORANTE