domingo, 18 de noviembre de 2018

QUIÉN APAGA LA LUZ

Luces a solas
Imagen de
BlogHogar.com


QUIÉN APAGA LA LUZ

Pero aún es tarde,
porque la oscuridad reina en silencio.

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ

  Desde hace días en casa no hay nadie, salvo yo. Esta noche, al bajar la escalera, una luz interior del dormitorio se encendió. No recuerdo cómo accioné el interruptor. Apago y recorro el pasillo a oscuras. Otra vez percibo un respirar de sombra. Un instante después están encendidos todos los puntos de luz. Las formas de la casa se definen. Inquietud. En la casa no hay nadie, salvo yo. Lo repito en el cuarto de baño, mientras veo un rostro asustado que se mira a sí mismo en el espejo. Hace una hora consumía un tiempo de soledad, monótono y previsible.
  En la casa no hay nadie. Digo y miento. Yo, tampoco estoy.

(De Cuentos diminutos)







viernes, 16 de noviembre de 2018

HABITACIÓN DE HOTEL

Espera
Edward Hopper (1822-1967)

HABITACIÓN DE HOTEL


   Viaja mucho. Completa itinerarios por ciudades distintas y lejanas. Pero apenas abandona la habitación del hotel donde se aloja. Es una costumbre perdurable. Nació el día en que encontró en el espejo del cuarto de baño el rostro del huésped anterior. Fue él, con gesto tranquilo, quien desveló su identidad y quien, tras una larga charla cuajada de intimismo, facilitó contactos con identidades encerradas en otros espejos. Resultan interlocutores amenos, que buscan el aire fresco de la confidencia..
   Sigue en ruta. Hoy es el día de las librerías y tiene un acto literario en Albacete. Ya sonríe, mientras prepara el equipaje, adivinando trazos del nuevo huésped. Alguien con quien compartir la soledad habitada de los espejos, esa calle que espera transeúntes.

(De Cuentos diminutos)



miércoles, 14 de noviembre de 2018

ANDONI SARRIEGI. DIARIO DE UN VAGO

Diario de un vago
Andoni Sarriegi
Ediciones Liliputienses
Colección Desalmados eruditos
Cáceres, 2018


MIRADAS AL YO

   La imparable crecida del decir fragmentario sigue incorporando nombres nuevos e impulsos editoriales que diversifican el cauce genérico habitual. Así sucede con el sello Liliputienses, especializado en poesía hispanoamericana que aporta a su catálogo el volumen Diario de un vago. Una nota biográfica final da cobertura al periplo biográfico de Andoni Sarriegi. Su primer contacto con la escritura, a finales de 1988, se produce en las páginas del periódico Última Hora. Era el arranque laboral de un quehacer mantenido en más de cuarenta cabeceras, hasta especializarse en el periodismo gastronómico. Mientras, ha ido hilvanando aforismos, que fueron apareciendo en la revista La Bolsa de pipas  y que ahora se compilan, como si fuese un libro de pintxos, tras una larga condimentación de más de tres lustros.
   No viene mal el contexto biográfico para entender mejor el entorno natural en el que afloran estos frutos verbales. Tras un título condescendiente con el humorismo autobiográfico, Sarriegi aporta un florilegio de citas que no pierde el aire solemne, hasta la rabona final del brasileño Romario: “Es que si no salgo  por las noches, no meto goles”.
   Los aforismos de Andoni Sarriegi cultivan el decir natural, un coloquialismo intimista que está convencido de que los ingredientes básicos del fragmento son la exposición directa, sencilla, del enunciado y la intensidad compartida de lo previsible, capaz de hallar rincones en las aceras más recorridas de lo laborable: “Damos por hecho muchas cosas, pero sé de algunos gatos sin ningún interés por los ratones”. Este itinerario de brevedades certifica que quien sale al día sabe que cualquier faceta de la existencia exige depuración y análisis; así la convivencia con el entorno familiar o laboral es un continuo sumidero de reflexiones porque entraña la complejidad del laberinto. Nadie sabe dónde están las puertas. Todos somos el yo y otro y en esa convivencia afloran ángulos que presentan trazos nuevos.
  Frente al mensaje objetivo y reflexivo, Andoni Sarriegi confía en lo intuitivo, sabe que en la vivencia más insulta y anodina hay una hendidura para el humor y para dejar que el ánimo respire unos segundos en la superficie: “Ningún pensamiento se merece más de dos segundos”; y siempre es preferible la intensidad. Con esa aceptación de lo cotidiano, conviene no perder el paso y no tomarse demasiado en serio. La existencia es así: “Obviedad: siempre estamos a punto de morirnos” y hay que tener el balance resuelto en pocas palabras: “la madurez dura dos días”.
   Como ejercicio punzante del pensamiento, el aforismo cultiva la paradoja y la contradicción. Su ingenio y capacidad de síntesis contradicen esa solemnidad del vuelo alto que asciende en apariencia hacia el pensamiento profundo. Andoni Sarriegi despoja sus textos mínimos de consideraciones elitistas y emplea como materiales de uso la reticencia irónica y la acuarela luminosa del humorismo, aliñado a menudo con el son agridulce de la crítica: “A mí no me gustan las fiestas porque me pongo perdido de gente”, “Nada agota tanto como fingir que se trabaja”, “Mira, ni me cae bien ni me cae mal, pero es una persona inhumana”, “Hay que saber enloquecer dignamente”, “Yo, por el Futuro no paso”.
   Tras la lectura de Diario de un vago, uno sospecha que el trazo autobiográfico del libro no se refiere a una identidad concreta y que dibuja muchos de los tics que nos definen a diario, en la parada laboral de cada amanecida. Así que es difícil sustraerse a la de complicidad, a ese gesto furtivo que suele perdonar nuestra torpeza. Conviene prevenir: “Mirar al suelo, a veces, te lleva a levantar la cabeza".    







martes, 13 de noviembre de 2018

LOS ERRORES DIARIOS

En el castro de las Cogotas
(Cardeñosa, Ávila)
Fotografía de
Rubén Sánchez Santana

LOS ERRORES DIARIOS 


   Cometo a diario errores de textura diversa. Los completo, añadiendo las pérdidas como azaroso hábito. Soy un torpe genético, que merece un monumento por su definitorio discurrir. El hecho gratifica a quienes no me quieren, porque lega a mi identidad el papel principal en el desvarío. Y alegra también a los que me quieren, porque pugnan por cobijarme en la superficie cenagosa del caso perdido, entre la ternura y la resignación.
  Me equivoco a diario y pierdo cosas, aunque anuncio, con fidelidad extrema, propósitos de enmienda. Pero nuncan se cumplen; no pasan de ser el epitelio de una ilusión sin mácula. Nada cambia y acabo de perder en algún sitio el final de este cuento.

(De Cuentos diminutos)



lunes, 12 de noviembre de 2018

HETERÓNOMOS

Yacimiento vetton
(Castro de las Gogotas)
Fotografía de
Rubén Sánchez Santana
HETERÓNOMOS


 Dentro de mí conviven, abocados
a una inmensa rutina sedentaria,
el yo que pienso y otro, el que parezco.
Un pacto, que firmaran con los ojos,
les conmina
a respirarse en cierta tolerancia,
y ambos han sido absueltos
de mencionar, siquiera,
cuál fue la última causa
que les diera la vida.

Cada uno tiene ya su enclave exacto:
el yo que pienso
habita, día y noche,
la intimidad de estas cuatro paredes.
Es semejante a un niño que olvidara crecer,
y por lo mismo
nada en el mar de una sabia ignorancia.
(“Acaso sea el invierno…
es razón suficiente para explicar el cosmos “)
Y balbucea. Ríe.
Se pierde en los espejos. Gesticula.
Colecciona recuerdos como si fueran conchas
que ha enterrado el olvido.

A veces llora y viste el jersey gris
de la melancolía;
entonces toma un folio,
donde  inicia el galope un sentimiento
y se hace reo de pertinaz tristeza,
hasta que traspapela la mirada
y descubre, cansado,
que afuera cae la lluvia
y mojan su perfil
unas livianas gotas de mi nube.

El que parezco
está en la calle de continuo.
Todos le conocéis
pues con todos comparte ese pan y esta sal
que, bajo el brazo, trae la vida;
las cotidianas dosis
de angustia existencial, trabajo y ruido.
Con él tropiezo,
una tarde cualquiera,
al doblar una esquina,
y tras justificarme torpemente
(“hallé la puerta abierta
y me aburría…”)
me despido gozoso y luego marcho
-el paso lento, sepultadas las manos
en los amplios bolsillos del vaquero-
a ver, sin más, el mundo por mis ojos.

(De Rotonda con estatuas, Madrid, 1990)                                    



sábado, 10 de noviembre de 2018

TEMBLOR DE OTOÑO

En compañía
(Sierra Norte de Madrid)
Fotografía de
Javier Cabañero Valencia

TEMBLOR DE OTOÑO


Vivir es creer.
El más crédulo de los mortales es aquel
que se halla persuadido de su incredulidad

AMBROSE BIERCE


. Sospecho que buscamos en medio del bosque un paso de cebra.

. El pacto autobiográfico. Esa forma de contar una vida de verdad, donde casi nada es cierto.

.  Existir no es más que ir dejando hojas muertas sobre la senda.

.  Habla mucho, con palabras ligeras cuyo significado está en fuga.

.  Pensamiento y emoción mal sumados, dejan la sospecha de una doble contabilidad en el poema.

 . Con las ojeras propias del caso, delata su estado civil: cansado.

 . Los  sinceros pueden redactar catálogos de defectos sin recurrir a las bibliografías.

. El pragmático no es más que un idealista contrariado.

. Sobre el asunto no hay más que dos opiniones; una es la del resto del mundo.

. Era tan cuidadoso con su porvenir que hasta que no tuvo un epitafio, que expresase su grandeza de  ánimo, no se suicidó.

. Si callo, me repito.

(Aforismos sin dedicatoria)



jueves, 8 de noviembre de 2018

FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN. TACHA

Tacha
Francisco José  Martínez Morán
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2018

DERRUMBES


   A la hora de abordar la caligrafía poética de Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981), Doctor en Literatura Comparada e impulsor de eventos culturales, es inevitable referirme a la antología Re-generación (Valparaíso, 2016). Allí compilé las veinticuatro voces que bajo mi criterio –una sistematización siempre subjetiva y parcial- definían la primera promoción del Siglo XXI y allí estaba el poeta con una muestra lírica perteneciente a los libros Variadas posiciones del amante (2006), tras la puerta tapiada (2009) y Obligación (2015). Conviene reseñar que en su escritura también encuentran lugar propio el relato, cultivado en el libro Peligro de vida (2010) y la ficción narrativa, presente en su primera novela Amistades comunes (2018).
  En la construcción de su voz, el escritor maneja algunos caracteres que lo singularizan, sin declaraciones programáticas o dogmas estéticos: la opción por el poema breve, en algunos casos, casi lacónico y proclive al aforismo, la vigencia de un personaje poético con afinidades biográficas y la inmersión en un coloquialismo existencial que busca sentido al temporalismo. Leemos en el cierre del poema inicial, “Botánicas tardías”: “Trabajo. Certifico mi existencia. / Empiezo a ser yo más de lo debido”.
   Muestran los versos una sensibilidad cercana y confesional, nacida de esa extrañeza contemplativa que deja la percepción en vela. Existir es habitar una estratigrafía de angustia e incertidumbre. La composición traspasa apariencias para moldear una indagación filosófica a partir de las palabras. Escribir es también devanar los significados, como si en ellos habitara una amanecida diáfana. Imaginación y memoria se entrelazan para hilvanar respuestas a un itinerario temporal que se despliega entre la evocación y el ahora. Si en el poema “Vencejos dando vueltas en el patio” se hace una lectura de la fugacidad de cada instante vivencial, un método compositivo que también aflora en “Fundado en hechos ciertos”, composición que acaba con un verso memorable, de los que no se olvidan, el poema “Fe” abre la mirada hacia otro devenir para acariciar la piel volátil de un recuerdo.
   Cualquier poema transita por referentes culturales cercanos. En cada escritor convergen el continuo paseante de la biblioteca y el autor, esta circunstancia se percibe en “Desque vemos el engaño” cuyos versos se nutren de un conocido pensamiento lírico de Jorge Manrique; el clásico asocia la travesía biográfica como una senda que va acumulando pérdidas y erosiones, “como un tiempo en llaga”. De ese registro marcado por la verdad última del ser, que tiñe las palabras con un sesgo estoico y crepuscular, se contagia el poema que clausura el primer apartado, “Los símbolos antiguos”.
   El tramo siguiente integra en su pórtico un amplio despliegue de citas. Son apuntes que inciden en un mayor registro metapoético. La escritura se convierte en centro reflexivo en el que los quehaceres del sujeto lírico lo transforman en un escribano interpuesto y en cronista de lo transitorio. Protagoniza una labor volátil, una búsqueda de lo simple que convierte el devenir en tanteo. Leemos en “Poética penúltima”: “ Testimonio del mundo hecho pedazos: / eso es ahora el verso. / No más irremediable / que antaño, sino más / preciso, más exacto en la constancia / del fragmento que nunca / formó parte de un todo comprensible “.
   La canción como composición lírica recurrente, desde su origen provenzal ha mantenido una temática amorosa; pero su evolución en el tiempo ha trastocado referentes y ha integrado en su contexto asuntos diversos; sus limpias estaciones de otros días incluso admiten el desatino existencial que crea incertidumbre y desarraigo. Francisco José Martínez Morán dedica a su cultivo un apartado completo. Se percibe una tendencia al decir lapidario, como si despojase a los versos de bifurcaciones digresivas para centrarse en un planteamiento dubitativo: “A tus puertas cerradas me detengo, / pero no quiero abrirlas, ni que nadie / desde dentro pregunte a qué he venido”
  Tacha es un nombre propio, cuya piel de tinta evoca a José Hierro. Suena fuerte, sereno, sustantivo, como si confirmase una presencia omnisciente que unifica los pasos del libro, aunque no se muestre hasta el tramo de cierre. Pero el lector descubre de inmediato que Tacha es tachadura, un sustantivo de amplia variedad de sinónimos. Recuerdo tres o cuatro: mácula, tizne, defecto, oprobio. Son significados que expanden un estar pesimista; la senda umbría que anticipa el derrumbe. Son indicios que confirman la pérdida y el fruto estéril de cualquier búsqueda: “Todo se llama, al cabo,  / de la misma manera: en su universo / de meses sin palabras, cada día / es una prueba fiel del desencanto “.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

ÉL NO ESTÁ AQUÍ

Ausencia
Archivo general de internet


ÉL NO ESTÁ AQUÍ


Hoy
se me ha perdido el mundo. 
Es mi propio extravío
lo que busco

MARTHA KORNBLITTH

   Él no está aquí. Está su desilusión, como un espejo al fondo del pasillo donde nadie se mira, por falta de luz tibia. Está el cansancio, que se anticipa al lunes y se apila en la noche de los jueves. Está el dudoso oficio de algún sueño volátil y está el sabor salobre del pasado.
   Pero él no está aquí.

(De Cuentos diminutos)



martes, 6 de noviembre de 2018

AUTOBIOGRAFÍA EN BLANCO Y NEGRO

Las torrebanas
(EL Bohodón, Ávila)
EL PUEBLO


   Una vez, fue mi pueblo, mi casa, mi lugar.  Forjaron sus paredes vulnerables adobes y barderas. Alineaba sus tejas en pendiente para dormir la nieve del invierno. Ya no tiemblan mis manos si recuerdo las torrebanas y el manso dormitar de la laguna, si me adentro en mi casa y recorro callado la  cuadra y el lagar, el corral, la escalera tronchada del palomar doméstico y aquel recinto oscuro del doblado.
   Allí en el pueblo - no sé por qué- siempre me veo como un niño callado, solitario, sin nadie, que ha aprendido a leer con extraña impaciencia y resguarda sus ojos en los frágiles bordes de una página escrita. 






lunes, 5 de noviembre de 2018

JUAN MANUEL URÍA. LA CIENCIA DE LO INÚTIL

La ciencia de lo inútil
Juan Manuel Uría
Trea, Aforismos
Gijón, Asturias, 2018

EN TORNO AL POEMA


   El decurso estético del aforismo contemporáneo está marcado por su indefinición genérica. El término contiene una semántica expandida. Acoge filosofía y poesía, ludismo verbal y pensamiento ético, concisión plena y fragmentos que podrían cobijarse en un texto mayor. Así que en ese estado de epifanía y espera van amaneciendo las nuevas entregas aforísticas con solidez ejemplar, como si la estrategía atravesara un momento creador irrepetible.
   Juan Manuel Uría (Rentería, 1976) reúne en su taller literario géneros como la poesía –que inicia en 2005 con el poemario Puerta de coral-, el aforismo, cuya primera entrega Dos por la mañana, amaneció en 2015, y publicaciones híbridas como Harria, que aglutina imágenes y textos. Por tanto, su quehacer se configura desde la diversidad.
   El título La ciencia de lo inútil parece de entrada un aserto afín al destello reflexivo de Jean Cocteau: “Yo sé que la poesía es imprescindible, pero no sé para qué”. Integra fragmentos que conforman la primera entrega de una trilogía, un conjunto denominado Poética que tiene como pulsión indagatoria la exploración conceptual del fenómeno poético.
   La poesía ha prodigado aproximaciones que han adquirido en el tiempo un carácter canónico. Pero su esencia interna guarda el frescor de lo intacto. Por tanto, permite el tacto renovado de otras sensibilidades estéticas, que darían pie a indagar en otras cartografías conceptuales. La ciencia de lo inútil muestra un panorama heterogéneo. Sus fragmentos adquieren la imagen de una superficie líquida en reposo en la que van emergiendo círculos concéntricos que propagan su vibración hasta alcanzar de nuevo la quietud. En su despliegue cabe la reflexión filosófica intuitiva: “Escribir para saber qué es la poesía. Aproximarse lo más posible como una mano se acerca al fuego, como un niño que aprende a hablar”. No se trata de marcar límites exactos sino de avanzar, de promover tanteos que sometan la voluntad pensativa a un desvelado aprendizaje conjetural.
   José Manuel Uría no olvida el paso natural del aforismo, ese gesto escueto y despojado de cualquier digresión en el que se marca el destello: ”El poema, si es verdadero, ha de ser de todos, como el pan”; “Crear puentes a través del lenguaje poético. Unir”; “El poema en los ojos de quien sabe mirar”; “El poema acompasa el tiempo y ahueca el espacio para que entres en él”; “No entiendo nada. Y nace en mí una flor. Y no me lo explico”
   El poeta no es ajeno al contexto histórico que marca la contingencia biográfica. Así se ha comentado con frecuencia en sustratos reflexivos como poesía y compromiso, el papel ético del poema, o la superación del arte por el arte para entender la escritura como posicionamiento y tendencia ideológica. Es otro campo de estudio de La ciencia de lo inútil que deja entre los dedos aforismos repletos de densidad: “El poema es conciencia hecha palabra”; “El poema no tiene más utilidad que ser poema. Hacer sentir el pensamiento, la semilla del latir, la conciencia de la verdad que se dice a sí misma”.
   En la cobertura argumental, lo metaliterario protagoniza otra preocupación reiterada. Sobre la ciencia del lenguaje Wittgenstein  dictaminó un principio básico: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Juan Manuel Uría comparte esa situación enunciativa para sondear los estratos de un ámbito que nombra el mundo y lo perfila; que objetiva el pensamiento y convierte la palabra en un método para el conocimiento de la realidad. Por tanto, “El lenguaje poético  no precisa de una estructura; sólo de un espacio y de una fuerza gravitatoria galvanizada por un sueño. Por un espejo. Por el poeta que habla”; “salvarse a través de la palabra. Entrar en ella y sentirse uno con el lenguaje”; “El lenguaje extiende la realidad sobre una mesa de disección”. También se clarifica la función del yo biográfico: “Tarea del poeta en cada nueva generación: buscar el mejor nombre de las cosas. Reescribir la realidad. Recrear el mundo”.
   En los pasos de La ciencia de lo inútil  no hay un guión que marque una línea  continua. La ruta es invisible y se va haciendo al paso, con esa lógica que marca el aleatorio discurrir del pensamiento activo. Se abren ventanas al esqueje lírico: “La poesía es el lirismo de un corazón que da forma al pensamiento; ciencia del pensar que comprende muy bien el sentido profundo del amor”, la introspección existencial, impulsada por esa “necesidad de abrir una ventana y decir el mundo. decirse. Necesidad de explicar el mundo para uno mismo, buscar el encaje de las cosas, pensarse en un sitio mejor”; por citar algunos de los planos que conforman el espacio textual. La palabra perdura en su afán, abre estelas en el agua, se hace vida y lenguaje. Es sencillo: se trata de esperar esa brisa que permite el vuelo y abre paso al silencio.



sábado, 3 de noviembre de 2018

MULETILLAS ABOMINABLES

Menú de media tarde
Archivo general de Internet



 “TÚ, TRANQUILO”


   Existen muletillas conversacionales abominables, como aquel monstruo de pasos árticos que congelaba el ánimo de los montañeros extraviados. Son muchas e indigestas; guijarros para un primer plato. Pero, de todas ellas, una alcanza la máxima puntuación en mi rechazo. Es el enunciado: “Tú, tranquilo”.
   Lo pronuncian, con cuidadoso estrépito, individuos singulares, capaces de superar, desde el púlpito de su identidad, cualquier aleatoria circunstancia. Antes de vocalizar las dos palabras, respiran hondo, dejan sus brazos en laxa simetría y exentos de cansancio reconvienen: “Tú, tranquilo”.
   Y yo cierro los ojos, ahuyento el tímpano hacia cualquier rumor de fondo y vuelvo a preguntarme por qué nunca adivinan que mi tranquilidad solo depende de que se busquen sitio cuanto antes en un país lejano, sin atlas de regreso, con horas confortables para mirar la espina dorsal de algún espejo y pronunciar sin pausas: “Tú, tranquilo”.

    

viernes, 2 de noviembre de 2018

JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ. EXTRAMUROS

Extramuros
(Escritos sobre poesía)
José Luis Gómez Toré
Libros de la Resistencia
Madrid, 2018

AFÁN LECTOR


   El volumen Extramuros reúne las bifurcaciones de un afán lector. Suma incisiones en la poesía contemporánea que hablan de gustos, magisterios y ausencias. Constituye un muestreo de biblioteca abierta que da fe de vida de un ideario poético. José Luis Gómez-Toré (Madrid, 1973) es autor de obra amplia que integra poesía, ensayo, textos dramáticos y ediciones. Es conocedor, por tanto, de las coordenadas esenciales que ubican el quehacer creador de nuestro tiempo.
  Una nota prologal define el carácter contingente de los textos; su procedencia es variada y recoge artículos, reseñas o ensayos breves de carácter general que se han ido escribiendo durante una década. Fieles al impulso original, apenas han sufrido modificaciones formales, salvo elementales mejoras que obvian repeticiones.
  Insisto aquí, pese a su brevedad casi aforística, en el umbral clarificador que configura el apartado “Apuntes para una Anti(Poética). Supone una interiorización explícita en el quehacer del sujeto que escribe y en los puntos de partida. Queda así plasmado el marco íntimo de quien busca en la tradición un camino pactado, grava firme, impulso para la propia trayectoria.
  Las calas temáticas, aunque se descubran aquí de forma tangencial, muestran algunos epicentros que revelan movimientos constantes en la indagación crítica. Están los nombres propios de Hölderlin, Antonio Gamoneda, Ángel Crespo y José Ángel Valente, referentes que unifican preocupaciones éticas, cuestiones metaliterarias y contextos sociales, y se focalizan algunos núcleos de interés como poesía, compromiso y sometimiento ideológico, la expresión de la violencia como radiograma creador de algunos poetas hispanoamericanos o el ámbito yuxtapuesto entre mística y poesía. Son cuestiones incansables que nunca desdeñan una nueva epifanía crítica.
 También se representan en las amplias lecturas de Gómez Toré los quehaceres de coetáneos, cuya obra no siempre coincide, con la actualidad más celebrada, ni con la que ocupa páginas centrales de suplementos o se reconoce con los premios más jugosos. El crítico prefiere el son inadvertido de la voz singular, esos escritos movidos por la intensidad de ser y el movimiento constante de la búsqueda, o los que interpelan la propia identidad evanescente. Así se suceden las aproximaciones a Olvido García Valdés, Eduardo Moga, Ada Salas, Jordi Doce, Óscar Curieses o Ana Garría. Son voces que excavan en sus idearios un cauce ontológico. Entienden lo estético al margen del propósito comunicativo. Sus poemas demandan una trasposición de espacio y tiempo, entrelazan experiencia trascendida y ruptura de la mera agitación sentimental que solo pretende despertar la emoción.
   Más allá de la valoración y del aplauso de aquella poesía que muestra la propia perspectiva, la crítica literaria es una investigación en marcha, un testimonio de conocimiento, expresión y comunicación. Una necesidad de responder a la sensibilidad literaria de un contexto histórico a través de valores y principios individuales para construir un espacio propio. Gómez Toré recuerda aquella cita de Blanchot; define la escritura como una forma de autoexilio, como un aprendizaje de la propia orfandad.


jueves, 1 de noviembre de 2018

EL REGRESO DE ADÁN

Desolación
Fotografía de
Internet

EL REGRESO DE ADÁN

Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre

JOSÉ ÁNGEL VALENTE


   Ante el insistente empuje de la melancolía, una mañana de otoño Adán retornó al paraíso. Se adentró en sus espacios con la fuerza feliz de quien busca el lugar propio. No tardó en advertir que recorría un territorio de desposesión. Aquel sitio solo cobijaba abandono.
   En el centro del páramo se alzaba todavía el árbol del bien y del mal; miró aquella silueta y se hizo efectiva la soledad de un tronco calcinado y rijoso, cuyas ramas dormían en un suelo baldío.
   No aguantó más. Bajó los ojos y convocó el olvido, como si el paraíso no hubiese existido nunca. Después, se precipito hacia la salida. Sus pasos tropezaron con el ala inerte de algún ángel, el metal chamuscado de una espada herrumbrosa y una camisa oscura de serpiente. Ya en el umbral, aquellos restos inservibles le hicieron recordar un verso de Ida Vitale: Todo de pronto es nada.

(De Cuentos diminutos)





miércoles, 31 de octubre de 2018

LUIS ALBERTO DE CUENCA. BLOC DE OTOÑO

Bloc de otoño
Luis Alberto de Cuenca
Visor Poesía, Colección Palabra de Honor
Madrid, 2018


CUADERNO DE VIDA


   Casi desde la amanecida, en los años setenta, los trabajos y días de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) mantienen una presencia fuerte en el marco novísimo, aunque es el libro La caja de plata (Renacimiento, 1985) el que concede a su voz relieve singular al conseguir el Premio de la Crítica. Aquella entrega mostraba las cartas estéticas del poeta, su apuesta nítida por una línea clara y comunicativa que se prolonga en el tiempo, con encomiable paso, hasta el ahora. El resultado es un trayecto jalonado de hitos como La vida en llamas (2006), El reino blanco (2010), o Cuaderno de vacaciones, que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 2014.
  El volumen Bloc de otoño reúne ciento veintitrés poemas escritos entre 2013 y 2017. Tal cantidad nos habla de una fertilidad inagotable que se presenta distribuida en cinco apartados cronológicos. La estructura expande diversidad de intereses argumentales, reconstruye el  proceso poético y traza la evolución en el tiempo de una lírica que nunca pierde su aire urbano y su hiperrealismo expresivo.
   Sirve de pórtico a esta entrega una clarificadora nota de autor. Se enuncia en ella que en el agrupamiento se opta por el tiempo de escritura como marca de acogida, desde la creencia de que es el trayecto existencial y los meandros de lo contingente los que constituyen el único argumento de un libro de poemas. También comparte otro pormenor: fue el director de cine José Luis Garci, amigo personal del poeta, el que sugirió el uso de la palabra bloc, término propicio a la evocación.
   En el intervalo digital del presente, la pantalla encendida del ordenador constituye la herramienta de trabajo habitual y se ha convertido en mapa de la memoria. El bloc, como conjunto de hojas de papel superpuestas para escribir o dibujar, casi ha desaparecido; tiene el formato de notas volanderas que recuerdan lo contingente. Pero no ha perdido la emotiva semántica de sembrar indicios del pasado. Y es este sentido el que Luis Alberto de Cuenca concede al título, una expresión rememorativa que además abre el matiz crepuscular de la madurez. El otoño vital fortalece el escepticismo y la mirada a otro tiempo. Por otra parte, también es un guiño culturalista a Sonata de otoño de Valle Inclán, una obra querida por el poeta que forma parte de esos tesoros culturales de su extraordinaria biblioteca personal.
  El primer conjunto “Se va haciendo de noche” se fecha en 2013. El complejo pensamiento de la madurez mira el mundo con una percepción no exenta de pesimismo que marca los renglones de la caligrafía vital. La sensación de pérdida se convierte en signo constatable del discurrir. Poco a poco la felicidad va borrando contornos. Aunque Luis Alberto de Cuenca no busca el tono declamatorio de la queja, intimista y subjetiva, sino la expresión de un estado de ánimo que moldean, al unísono, peripecia biográfica y aderezo culturalista. Así se percibe en poemas como “Inútil prima Vera” donde se recurre a la máscara de un personaje interpuesto a través del monólogo dramático.
   El avance del libro viene marcado por la variedad de sustratos, lo que diluye cualquier monotonía, y deja espacio a la sorpresa. Son temas, por ejemplo, una reflexión sobre un libro como La historia interminable, un sueño, las cartas amorosas que alguien olvidó en los cajones del pasado, la reivindicación del legado cultural germánico, el recuerdo de lecturas infantiles que abrieron el repertorio de la imaginación en los hijos del poeta, o esa nueva formulación del tempus fugit que contiene el poema “Se va haciendo de noche”, escrito con un destello de melancolía provocado por el avance crepuscular de la penumbra en contornos y formas.
  Ni en “La montaña” (2014), ni en los apartados siguientes se perciben bifurcaciones formales o quiebros en el itinerario. Las composiciones tienen un carácter único. En ellas se retrata con trazos limpios una nítida suma de varia intención. Habitan en los versos, en grata convivencia, la realidad y el sueño. Y se intercambia su presencia con una discreta normalidad. En el poema “Sueño de Paco Rico” aparecen las extrañas flores del onirismo; su sensibilidad deja en la cercanía el recuerdo de otro poema muy conocido del autor –al cabo cada poeta es un conjunto de obsesiones que inciden para perdurar- que lleva por título “Hoy he tenido un sueño con amigos”. Y que es también un homenaje explícito a esas presencias afectivas que jalonan el itinerario biográfico. La atmósfera cognitiva de los sueños y sus derivaciones emocionales crean una percepción enriquecida; lo real se expande a través de una imaginación activa que es el germen lírico de composiciones como “Sueño del jardín sin retorno”, “Sueño del dragón bibliotecario” o “Sueño del Grial de la amistad”. En ellas conviven evocaciones, actitudes vitales y esa carga simbólica que sostiene en el tiempo lo contingente, el burbujeo de lo perecedero.
   La escritura como palimpsesto muestra una filosofía de la composición que   se mantiene intacta en los tramos de Bloc de otoño hasta el apartado de cierre, “”Quiero decirte algo”. El poeta no duda en iluminar la voz propia con el rescate de otros poemas de voces del canon. Y ese gesto potencia el nacimiento de nuevos versos, impregnados de la mirada subjetiva y de renacidos efectos lectores. Es también una forma de homenaje al apacible hemisferio de la biblioteca, “ese lugar donde no pasa el tiempo que nos va aniquilando” y en el que toman posesión a diario mitos y sueños.
   La dicción coloquial que habita en los versos de Luis Alberto de Cuenca contiene un fuerte entrelazado culturalista. La incansable sabiduría del investigador, traductor, ensayista y filólogo siempre alza vuelo, pero lo hace con una sensibilidad exenta de púlpito y gravedad conceptual. Y con frecuencia, compartiendo referentes culturales con humor e ironía, con ese escepticismo que hace juego a las aleatorias caligrafías de la existencia.

        

martes, 30 de octubre de 2018

ELOGIO DEL HAIKU

Sendas urbanas
Archivo general de Internet



ELOGIO DEL HAIKU

Al despertar,
teclean la ventana
manos de lluvia

   Debo mis primeras lecturas de haikus al poeta lucentino Manuel Lara Cantizani. Con él aprendí a caminar por esta forma poética de aparente sencillez y severa pauta métrica, cuyo origen se remonta hacia el siglo XVI, aunque es previsible que existieran precedentes en el cauce oral de la literatura japonesa. Con Fernando Rodríguez Izquierdo, el estudioso más perseverante, fue sondeando la contingencia temporal de la estrofa y su evolución en las voces mayores del haiku, Matsuo Basho, Yosa Busson e Issa Kobayhashi. Otro poeta, Josep Maria Rodríguez me escribió una afectuosa misiva para pedirme algunos haikus de mi autoría para una antología de contemporáneos; no puede corresponder a su empeño por falta de material de calidad en aquel momento, pero su petición soliviantó mi taller de escritura y, un par de años después, el editor Francisco Peralto en su imprenta malagueña, me dejó en las manos Nubes, una completa compilación de haikus.
  El blog “Puentes de papel”, activo desde el treinta de diciembre de 2010, ha reanimado mi práctica del esquema versal. A la vez, fui acumulando lecturas clásicas y de contemporáneos, estudios ensayísticos y antologías, pues de todos es conocida la copiosa colección de haikus que han producido las últimas hornadas.
  Mi inclinación afectiva hacia esta forma lírica se cimenta en su brevedad que asegura una intensidad gozosa, en su pupila abierta para cobijar argumentos, mucho más allá de su supuesta condición de lírica estacional, por su carencia de artificio retórico y por la condición de chispazo inmediato.
  Así que es previsible que estas líneas que elogian la estrofa, mientras teclean la ventana manos de lluvia  no sean más que un síntoma temprano de otro haiku. Esperemos.





lunes, 29 de octubre de 2018

EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES

las manos juntas
Fotografía de
Javier Cabañero


  
EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES                             

El arte de vivir los lunes
requiere cierta práctica y algo de teoría,
saber de estratagemas y confabulaciones
y adjetivar la prosa cotidiana
con una terca voluntad de estilo.
Incontables acechan
los peligros desde el primer café,
crecen cuando un olor
anuncia escuetamente la leche derramada,
se reproducen con duración de días laborables
y en guardia se mantienen,
tal seguros precintos,
entre los pasajeros del tren crepuscular
que nos devuelve a casa,
al reclamo del lecho hospitalario.
El arte de vivir los lunes
sobrevive y se esconde
en vacuas reflexiones como ésta:
nada es eterno, salvo un lunes.

                      
                      (De Población activa, 1994)



jueves, 25 de octubre de 2018

DÍAS SIN LUZ

Andar a solas



MISERIAS DEL PRESENTE

Desconfía de los que nunca ríen,
no son personas serias.

JULIO CÉSAR


   Las páginas de Cuadernos Hispanoamericanos (nº 820) difunden una entrevista con Luis Mateo Díez, realizada por Carmen de Eusebio con este fragmento: “El humor es un elemento esencial de la lucidez. Pertenece a la mirada más compasiva y comprometida, no como paliativo, sino como complejidad”. Sospecho que cuando nací hubo una distracción y mi humor se perdió en algún sitio. Así que busco a quién plantear una reclamación de urgencia.

   Escribir es descubrir… Pero qué.

   La ideología falsifica los sentimientos y la poesía. Se percibe de inmediato en la receptora del último Premio Nacional de Poesía Antònia Vicens. Convierte la entrevista de El País en una exaltación del independentismo y lleva al lodazal el estado de derecho de nuestra democracia. Un hecho absurdo que hace del ideario estelada mitinera. Los falsos argumentos transforman la inteligencia en arquitectura fantasmagórica.

   Hoy lo real tiene tal contundencia imaginaria que parece ficción pura.

(cuaderno de octubre)



lunes, 22 de octubre de 2018

APARICIONES

Vecindario
(Calle de Bangkot, Tailandia, 2016)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana



APARICIONES

   Como si necesitase propagar las nociones del miedo, su extraña imagen regresa de improviso. Recuerda un destello diluido que pierde intensidad. Hay en su gesto un estar apocado. Conjetura que su compañía no cultiva perplejidad sino caricias. Adivina mis ojos; sabe que estoy en ese tiempo donde los fantasmas no son pesadilla sino vecindario.

(De Cuentos diminutos)





sábado, 20 de octubre de 2018

TEMBLOR DE OTOÑO

Otoño en el parque de San Antonio
(Ávila, octubre de 2018)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana


TEMBLOR DE OTOÑO
(Aforismos)

Soy tan raro que para reconocerme me pido el DNI.


Hay relaciones personales que tienen la duración de un aforismo y mucho menos contenido.


En la madurez los sentimientos exigen estructuras elaboradas, escenarios con luz natural y narradores distanciados. Como el punto de fuga de un parque.


Se quedó solo. Ahora recupera minerales en la galería de los desafectos.


El pudor convierte las confidencias en movimientos de ajedrez.


Presencias como reglas ortográficas; compañeros de viaje que son comas, puntos finales y puntos suspensivos.


Carpe diem. Quemó todas las naves. Mientras duró el incendio percibió su calor.


Un presente incierto. Solo mis dudas mantienen una pose aceptable.


La voluntad del cínico prefiere ideologías de alquiler.


Futuro; esa aspirina diluida en el agua fresca del fracaso.


Para hablar de ti, empleo un silencio en cursiva.


Andar extraviado tanto tiempo me deja ante el pasado; llamo al timbre. Espero.



jueves, 18 de octubre de 2018

KARMELO C. IRIBARREN. PREMIO EUSKADI

Karmelo C. Iribarren
(San Sebastián, 1959)
Fotografía de
Jot Down



CUANDO LA CIUDAD DUERME

                  A estas horas
         siempre
                       sucede lo mismo:
                            o es demasiado tarde
                           o muy temprano aún.

                                           Karmelo C. Iribarren

   Un hombre callejea, con andar sosegado, por el laberinto peatonal de una ciudad mientras se diluyen los contornos de edificios y transeúntes. Sobre los escaparates encendidos, crece en su espalda una sombra azul, dibuja irreverentes siluetas en movimiento. Hay en las despobladas aceras charcos de la lluvia nocturna en los que, poco a poco, la tinta blanca de la aurora encuentra sitio para una nueva representación. Amanece sobre los tejados. El hombre silencioso vuelve a casa, aunque no sabe si es demasiado tarde o muy temprano; la calle se puebla de pasos y toses que tienen la sonoridad y el ritmo improvisado de las piezas de jazz. Entre la claridad y el silencio, asciende el manso humo de lo cotidiano. Así, con esa ambientación de serie negra, en un impreciso decorado que puede reconocerse en cualquier sitio, se edifican muchas de las composiciones que prefiero de Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959). De igual modo, siento una incansable afinidad por su personal búsqueda, sin artimañas, de una lírica esencial que hace suyo aquel axioma de que ciencia y poesía tienen la misma obligación de precisión y claridad. Una formulación de traje parecido tiene una disertación crítica de Gabriel Ferrater en la que defendía que el contenido poemático debe tener, al menos, tanto sentido como una carta comercial.   
   Esta artesanía sugiere antecedentes. Los encontramos en esa parcela de la tradición lírica norteamericana que se denominó poesía minimalista, cuyas marcas de identificación sintetizo: dicción coloquial y sobriedad expresiva, ausencia de aderezo culturalista, orientación realista, reflejo ambiental que describe las esquinas de lo tangible y un hablante moldeado como un autorretrato sentimental e intimista. En ese discurso verbal, nacido como reactivo contra la literatura metafísica y transcendental, sobresalen las voces de Mark Strand, Raymond Carver, Charles Simic o Carolyn Forché.  Fue a comienzos de los años noventa, en una década de exultante vitalismo de la llamada poesía de la experiencia, cuando esta propuesta escritural es asumida en nuestro entorno por autores que la taxonomía crítica aglutinó tras el aserto “realismo sucio”. En su núcleo central encuentran sitio las obras del propio Karmelo C. Iribarren, por más que el poeta no suela encontrarse cómodo en la codificación generacional ni en promociones o grupos de conjurados estéticos.
   De la progresión y consistencia del largo itinerario recorrido en más de dos décadas, desde que llegaran a las librerías en 1993 sus versos más madrugadores, deja constancia el volumen Seguro que esta historia te suena, un completo bagaje hasta 2012, en el que las entregas se integran sin contradicciones ni cambios de registro, con un claro sentido unitario. El poeta no confunde; nunca deja de ser quien es, como si se hubiese rezagado en su propia condición. Este panorama general, que debe su título a un poema homónimo del libro Serie B, estuvo precedido por muestras parciales como La ciudad, que alcanza ahora la tercera salida, tras las fechadas en 2002 y 2008. En el liminar de la primera edición, el desaparecido escritor Vicente Tortajada comenta el golpeteo emotivo de las obsesiones poéticas de las obsesiones de Karmelo C. Iribarren, esas que arrastran sus pies al caminar y raras veces permiten la indiferencia; los poemas tienen el murmullo de un acordeón que propaga en el silencio de la madrugada un lirismo desnudo capaz de alejarnos de la soledad. Por su parte, Joaquín Juan Penalva, en las consideraciones introductorias de la segunda recopilación aconseja adentrarse en la poesía iribarriana a cuerpo limpio, sin apriorismos, como nos adentramos en el recinto de la realidad cotidiana, porque el poema nunca oculta su aliento vital. Mis opiniones críticas no difieren.
   La ciudad, en sus ampliaciones, traza un lacónico callejero con dos enclaves de referencia: la zona centro –el sujeto verbal- y la periferia: las voces y ecos de los otros. El protagonista verbal de Karmelo C. Iribarren desdeña la impostura, toma prestados abundantes rasgos del sujeto biográfico y cuando habla de sí mismo nunca se percibe en el tono ningún ejercicio de egolatría ensimismada sino una mera cuestión de proximidad afectiva. Quien habita en los versos no se dedica a cultivar la autoestima sino a registrar a mano alzada la nervadura existencial y sus circunstancias. Y en ese trasfondo cabe la viñeta costumbrista, la reconsideración de las franjas vividas, el aprendizaje existencial, las claves sentimentales y las erosiones de la edad. Son vetas argumentales expuestas con un sustrato de ironía que aleja el patetismo, cuando se hace certeza que las ilusiones y utopías depositadas en los calendarios alcanzaron su fecha de caducidad, o cuando la realidad refleja, con el ceño fruncido, un rostro ajado en los espejos del existir.
   Las palabras del hablante lírico aspiran al diálogo y se pronuncian con un claro propósito comunicativo. La confidencia sentimental viene filtrada por la voz de un yo desdoblado, una identidad reconocible que comparte preocupaciones, valores y actitudes con el acento dialogal de la evocación. Otras veces, el mapa del recuerdo se pliega tras el cristal de la observación para exponer matices e impresiones tomados del entorno próximo: las escenas descritas tienen un trazo limpio, una leve variación que las aleja de la monotonía habitual. El poema entonces se hace crónica, apunte costumbrista en el que la sorpresa encuentra un hueco. Esa fidelidad al detalle se aleja de lo didáctico; no hay pretensiones de representar la voz generacional, ni la mezcla coral de lo gregario: quien habla lo hace por asuntos propios, no para cumplir la solemne tarea del portavoz.          
  La arquitectura poemática se alza con el verbo fluido del hombre de la calle que habla de situaciones vivenciales. Mira el calendario que marca el tiempo en las largas horas vacías que acumula el final de cada jornada, cuando todo se reduce a una terca sensación de cansancio y derrota y el cristal se llena con la plata sucia de lo desvaído.
   La expresa mención a la ciudad del título convierte al paisaje urbano es un escenario omnipresente que muy pocas veces adquiere tintes idílicos. Es un espacio baudelairiano, que se caracteriza por imágenes que reflejan las circunstancias existenciales. Sujeto y paisaje forman un todo caracterizado por una ligazón natural; el entorno crea la atmósfera propicia para que emerjan las imágenes que contrastan pretérito y presente, experiencia y deseo, carencia y celebración. El ánimo se apropia de esas imágenes plásticas que nos concede el paisaje real y con ellas edifica su experiencia verbal.
   En las composiciones de Karmelo C. Iribarren se construyen puentes entre vida y literatura. Aquí, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia sino afirmación de vida de un personaje verosímil, el autorretrato de un desconocido que huye del azar y la impostura. En sus versos hay sitio para las estampas interiores de la intimidad, ese conjunto de rasgos sentimentales que define la identidad de un yo concreto. El territorio interior establece una forma de compartir maneras de ser y de sentir y nos deja las señas de identidad de un sujeto fiable con el que establecer una relación amistosa. A esta atmósfera de recogimiento propicia a la confidencia, que deja sobre la mesa la frágil armazón de lo vivido, le viene bien salir del neutro territorio del narrador omnisciente y emplear la primera persona. La voz directa inspira confianza e incluye la proximidad de un plano de detalle; quien habla lo hace con lucidez inquieta y exigente, con la vibración de un protagonista implicado y no con el tono neutro y lejano de un personaje marginal. Las palabras llegan con la cadencia de una voz que nos deja asomarnos al cauce continuo de su pensamiento.   
   El quehacer poético de Karmelo C. Iribarren amplía la conciencia y está lleno de efectos secundarios. El poema breve es siempre un adecuado receptáculo formal. El argumento se articula con una precisión que consolida el desenlace. El cierre versal alcanza su punto álgido, y concluye esa armonía secreta. Ese proceso de creación propaga y  trasfiere al lector las continuas indagaciones en la verdad de la existencia. 
   Supongo que a nadie se le oculta que, en la declinante cuenta de resultados del mercado editorial de estos años, la triple reedición de una antología poética como La ciudad en poco más de una década es campo de confusión y motivo de asombro. El asunto subraya un caso raro, un intraducible secreto literario, de esos que James Joyce escondía en sus libros “para mantener ocupados a los críticos durante trescientos años”; o constata de forma natural, por encima de cualquier duda, una acertada conjunción de méritos propios en la perdurable labor de Karmelo C. Iribarren. Sin más interpretaciones; lo que sienta las bases del temblor cordial con este volumen de poesía es la manera de hacer crónica una poesía vigorosa y precisa para captar la esencia, emotiva y sin adornos verbales, oportuna y cercana, que tiende la mano  para rescatar al lector de la intemperie, mientras la ciudad duerme.


JOSÉ LUIS MORANTE


(Prólogo a Karmelo C. Iribarren, La ciudad, Sevilla, Renacimiento, 2014, tercera edición) 


miércoles, 17 de octubre de 2018

DORMIR AL RASO

Casa de Antonio Machado
Segovia
Fotografía de
Adela Sánchez Santana
DORMIR AL RASO

Había traspasado los ritos iniciales
de la oscuridad y del miedo

PEDRO TEDDE

Hay camas tan humildes que parecen dormir al raso.

Esos amigos que son
 puzzles en los que no encaja ninguna pieza.

Un anclaje en el agua.

Queda la versión íntegra de su historia personal. Nada con un fondo gris.

Solidaridad de papelera, que deja sitio de inmediato a todo lo que sobra.

El topo defiende la semejanza cromática.

Solo percibe las palabras propias. Las voces ajenas son ruidos abruptos.

Me dedicó en seis meses tres adjetivos, dos adverbios y cuatro preposiciones. Afectos con despilfarro austero.




martes, 16 de octubre de 2018

EN FAMILIA

El calor del adobe
Imagen de FSR



EN FAMILIA

   En casa no nos gusta incomodar a nadie, señor comisario. Las cosas como son. No hay más indicios, pero todos buscábamos algo. Mi madre buscó el sosiego en la farmacia; mi padre en la mudez de un cigarrillo, convencido de que el cansancio y el frío están en las palabras pero son otra cosa; mi hermana, cuando niña, en el reclinatorio de la ermita y, después, en la esquina más rentable del polígono sur. Yo, que no busqué nada, encontré un libro y en él sigo.
  Vivimos juntos el abuso feliz de sentirse en familia. Repare usted, señor comisario, que en nuestra casa los sueños nunca dieron ningún paso; siempre huyeron del calor del adobe. 

(Del libro Cuentos diminutos)



lunes, 15 de octubre de 2018

CARMELO CHILLIDA. IDEARIO POÉTICO

Carmelo Chillida
Fotografía de
Venezuelan Press


IDEARIO POÉTICO DE CARMELO CHILLIDA


   Aunque es tierra firme que la poesía es un fin en sí misma y no tiene otro afán que buscar, desde el lenguaje, la verdad, y la belleza, esto no significa decantarse por los postulados teóricos del arte por el arte, tan gratos a Victor Cousin, Théophile Gautier y tantos epígonos tardíos del idealismo kantiano. Como sustrato expresivo concreto, el texto puede ser un instrumento que interaccione realidad histórica y sujeto. Una larga tradición en el tiempo afianza la tenaz voluntad de entender ese deseo de transformar el espacio colectivo a través del poema. Pienso en Bertold Brecht, César Vallejo, Pablo Neruda, Maiakovski, Roque Dalton, Rafael Alberti, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Rafael Alcides, Heberto Padilla o Juan Gelman… Y pido disculpas si el inventario es excesivo.
  La palabra poética expande su geografía creadora para abrazar la polémica política a través de una representación figurativa, repleta de densidad significante. El sujeto verbal se hace cronista, adquiere una perspectiva diferente, busca líneas, registra y anota en el papel; asume la tarea de dar voz al espacio colectivo y hace de la denuncia la zona medular del poema.
  No se trata  de pronunciar un discurso mesiánico, declamatorio, pronunciado sobre el lodazal, sino de construir un lugar compartido en el poema. Lo explícito se enriquece a partir de vínculos difuminados que requieren un desvelamiento de claves para que la lectura del lenguaje simbólico tenga una potestad efectiva.
  Exacerbado y juez, Platón propuso expulsar a los poetas de la república, por ser elementos perturbadores que interfieren en la convivencia cívica. La poesía política, cuando no se enturbia por una monocorde propaganda ideológica, guía los pasos del regreso, da visibilidad al hombre de la calle. Tras el retorno de la palabra poética a la ciudad de todos, el acontecer respira en común. La normalidad se hace cronología para que el protagonista poético sea una presencia activa, capaz de forjar el destino de su ser subjetivo. El lenguaje olvida el vuelo transcendente para asumir una conversación desde la interioridad.
    La poesía es una vía de acceso, una sutura en el fondo invisible, una incisión en lo aparente. Así lo constata Roberto Juarroz en uno de los fragmentos de “Realidad y poesía”: “El poeta es un cultivador de grietas. Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro”; el poema deviene entonces “una soldadura de huesos y ruinas”.
   Carmelo Chillida aspira a que el ideario poético supere el angosto espacio de la simple etiqueta conceptual para abordar el hecho literario como experiencia desacralizadora. Para ello fusiona dicción hablada y lenguaje poético. Frente al aura sagrada del vate sacerdotal personifica el poeta terrestre, asentado en la contingencia histórica, sin iluminaciones ni contactos con lo sublime. Sabe que todo es efímero, lo que nos hace transitar los espacios de la memoria y lo que se convierte en materia de observación, pero sabe también que la poesía es lo social como compromiso. No cree en el tópico del intelectual encerrado en la torre de marfil de su pensamiento. En cada sujeto conviven lo privado y lo público y es un estímulo de la vida diaria alentar estrategias de convivencia entre ambos espacios. Solo la superación del ego subjetivo revaloriza la utopía, nos hace protagonistas en el escenario de lo histórico. Somos individuos solidarios. Todo yo es otro.