martes, 20 de octubre de 2026

MEDIR LA ESPERA

Medir esperas
Imagen de Internet

 

RELOJES

 

Aquel invierno adquirió un domicilio antiguo, de piedras frías y ladrillos gastados, cuya silueta se recortaba sobre el roquedal. Llenó sus habitaciones de relojes adquiridos en los mapas abiertos de sus viajes. Todos funcionaban. Aunque las agujas nunca coincidían en la hora marcada. Deduje que aquella forma de medir la espera obedecía a una estrategia misteriosa para que pasado, presente y futuro cohabitaran. Se dieran cita conmigo en el mismo espacio. Un sitio clausurado y angosto, donde no protagonizaran nunca ninguna huida.

(De Cuentos diminutos)




lunes, 19 de octubre de 2026

EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES

Equilibrios
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

 
EL ARTE DE VIVIR LOS LUNES                             
 
El arte de vivir los lunes
requiere cierta práctica y algo de teoría,
saber de estratagemas y confabulaciones
y adjetivar la prosa cotidiana
con una terca voluntad de estilo.
Incontables acechan
los peligros desde el primer café,
crecen cuando un olor
anuncia escuetamente la leche derramada,
se reproducen con duración de días laborables
y en guardia se mantienen,
tal seguros precintos,
entre los pasajeros del tren crepuscular
que nos devuelve a casa,
al reclamo del lecho hospitalario.
El arte de vivir los lunes
sobrevive y se esconde
en vacuas reflexiones como ésta:
nada es eterno, salvo un lunes.
 
                      JOSÉ LUIS MORANTE
                      (De Población activa, 1994)




domingo, 18 de octubre de 2026

VIAJEROS SEDENTARIOS (AUTOLECTURA)

Viajeros sedentarios
José Luis Morante
Editorial La Garúa
Colección Haiku
Barcelona, 2024

 

Sobre VIAJEROS SEDENTARIOS

 
   En el transitar del tiempo, cualquier tradición lírica se fortalece con la incorporación de estrategias expresivas nuevas y moldes formales de otros entornos. Una de las últimas adopciones estróficas al castellano ha sido el haiku, un poema breve japonés que se organiza en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, sin título ni rima y con una expresión tendente a la claridad, ajena a procedimientos retóricos y hermetismos conceptuales. La denominación “haiku” se atribuye al poeta Shiki, quien la popularizó en el siglo XIX.
   Según Octavio Paz el molde sintético en castellano es descubierto por el mexicano José Juan Tablada (1871-1945), un autor finisecular con llamativo viraje desde el modernismo a las vanguardias, cuya obra se compila en los libros Un día…Poemas sintéticos, Li Po y otros poemas y El jarro de flores (Disociaciones líricas). Aquel viajero incansable era un enamorado de la cultura japonesa e incorporó en su escritura el singular aporte del haiku japonés. La entrada en nuestro territorio lingüístico se facilita por la existencia de una sensibilidad afín de estrofas breves como los epigramas, las seguidillas, las greguerías o los aforismos. Esta proximidad habita en los afanes literarios de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados… Y se desborda en el último tercio del pasado siglo, cuando un caudal insólito de haikus anega las distintas promociones y corrientes contemporáneas que comienzan a dibujar los trazos más tempranos del momento digital.
  La justificada desconfianza en la que la estrofa asimilada pierda su plenitud –hecha de concisión, temporalidad y mínima presencia del yo- al alejarse de su espacio de origen origina otros enfoques: si la mentalidad, el arraigo cultural y la perspectiva de escritura son diferentes en la dispersión, los resultados se aprestan a mostrar una apariencia nueva. Como cualquier empeño literario, el trío verbal debe sobreponerse al estatismo o la quietud y renovar su verdad artística. El haiku es un género poético abierto y tiende a una expansión universal.
  Los nombres del canon clásico japonés convertían al yo poético en mero testigo; se velaba lo autobiográfico para que resaltara pleno y fuerte el horizonte, un entorno hecho para la contemplación que busca capturar el instante. Como cálidas secuencias visuales llegan los textos. Son apuntes del percibir que registran ciclos estacionales y muestran sus variaciones como síntomas del transcurso vital. Los haikus hilvanan argumentos desde los sentidos; asumen el oficio de cronista del vaivén temporal, aunque, de cuando en cuando, no duden en transmitir destellos emotivos.
  En los ojos del haiku y en su disposición para reflejar un instante único se percibe un brillo renovado, una certidumbre que trasciende lo pasajero, un empeño por encontrar, a partir de la observación, el sentido último de la relación entre sujeto y horizonte visual; la palabra transparente y natural, renacida en el fondo del silencio. Las instantáneas verbales dejan la sensación de que transforman lo efímero en permanencia y hacen del instante un patrimonio sensorial.
   Los haikus acogidos en Viajeros sedentarios abarcan un intervalo temporal de cinco años, entre 2020 y 2024 y sus contenidos aglutinan la modesta química de lo instantáneo. Mantienen la pupila abierta para transcender la condición estacional del haiku y cobijan una pluralidad de argumentos, un fluir pensativo que percibe la naturaleza, los ciclos estacionales, el latido del tiempo o las contingencias del transitar social. También a las percepciones sensoriales del sujeto y sus viajes interiores por los sentimientos, ya superada la distancia entre protagonista verbal y texto, entre subjetividad y enunciación descriptiva.
   Las vicisitudes temáticas del libro se organizan en dos apartados: “Oficio de mirar” y “El rumor de la luz”, dos secciones que no confrontan entre sí. Además comparten  el sentido clásico de la estrofa y su severa pauta métrica. Ambos apartados acogen formas en fuga, emociones e ideas que alcanzan en la inmediatez su esencia más pura.
   Debo al narrador, aforista, editor y amigo Juan José Martín Ramos la fortuna del título. Viajeros sedentarios. En la aparente contradicción del oxímoron, el aserto concede al viaje un sentido nuevo: los lugares no son geografías provisionales que se contemplan de paso, sino espacios de acogida de los que nunca es posible regresar.
   La luminosa belleza del haiku es avariciosa con las palabras. Quiere buscar la esencia del instante, aquella inadvertida posibilidad, frágil y efímera, que tanto cuesta encontrar. Sólo emplea las necesarias notas de silencio que precisa el testigo. La mirada de luz de quien comparte el laberinto de reflejos de la vida al paso.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 

 

sábado, 17 de octubre de 2026

INTERIORES CON NADIE

Interiores
(Archivo de imágenes publicitarias)

  

 

                                            QUIETUD
 
 
               Quebrantas el silencio
y las palabras tienen
un ritmo fatigado,
una premeditada lentitud,
como si al desplazarse tantearan
con las manos abiertas
los signos del pasado:
escombros delatores
cuya extensión guarece
cicatrices y sombras.
  
                                     De nuevo ante mis ojos
esa tarde sin luz de la intemperie.
No sé que responder.
Paso de largo.
Constato en mi
la imagen del cobarde,
de aquel que fosiliza
la quietud.

(Antología Ahora que es tarde, La Garúa, 2020)







viernes, 16 de octubre de 2026

CARLOS D'ORS. RELOJ DE ARENA EN LA ORILLA

Reloj de arena en la orilla
Carlos d'Ors
Prólogo de José Luis Morante
BajAmar Ediciones
Gijón, Asturias, 2026

 

EL POEMA CON LOS OJOS ABIERTOS

  

   La personalidad creadora de Carlos d’Ors (San Sebastián, 1951) encarna un apasionado espíritu de inquietud, con una manifiesta inclinación a la transversalidad e interacción entre géneros. Así se observa en los vasos comunicantes de su procesos creativos y en las facetas personales como pintor, narrador, ensayista, ilustrador, autor de teatro, caricaturista y poeta. Ha escrito hasta la fecha más de diez poemarios, traducidos parcialmente a otros ámbitos lingüísticos. como el rumano y el árabe.
   Con magnífica edición en BajAmar editores, el catálogo lírico que impulsa con entusiasmo ejemplar Pascual Ortz, y palabras introductorias de quien esto escribe, Reloj de arena en la orilla muestra una cubierta de Leticia González Díaz, donde se dan cita varios elementos simbólicos: el mar, la playa y el tiempo, representado por el manso gotear de arena de la clepsidra.
  El poeta alienta el poema prólogo “Introito. Bitácora de poeta”, donde clarifica sus intenciones escriturales. Quien desgrana versos avanza por la incertidumbre, suma voces desdobladas y completa el sentido argumental buscando también las presencias de los otros. Crea así un permanente estar en vigilia para sondear el misterio del poema. El cauce textual emplea como formatos expresivos el poema breve y la prosa lírica. Así sucede en “Abanico”, casi un microrrelato concebido en torno a la pasión amorosa de la madurez. El amor es un tema fuerte en el poeta. No solo el amor como entrega y seducción, sino como actitud de acercamiento al entorno: “Abracé con mis amorosos brazos el tronco de aquel árbol. Y el árbol me susurró, conmovido, al oído: gracias, hermano…”. La palabra recurre a la imaginación; selecciona y condensa en su brevedad para acercar al lector sensaciones e ideas, más allá del mero significado textual.
   El yo poemático nunca deja ausentes los sentidos. Desde la observación meditativa, aglutina percepciones, estampas al paso, que se amalgamaban a modo de gran friso colorista que hace de la lógica instantánea pasajera.  Así da pie a una poesía llena de interrogantes, como se vislumbra en el poema “Blanco”, donde se puede percibir una poética del taller literario que reclama libertad expresiva: “¿Espacio? Indeterminado./ ¿Tiempo? Indefinido. / ¿Tema? Ausente. / ¿Emoción? Ninguna / ¿Estructura? Inexistente / ¿Sentido? Vacío / ¡Forma? Informal / ¿Expresión? Indiferente. / ¿Objetivo? Ninguno. / ¿Posibilidad? Toda. / ¿Título? Blanco ". El poema se convierte en un alegato de plenitud sobre la pulsión creadora. Desnudo y sin tamices; sin reglas. La única norma es la ausencia de normas; la superación de la contingencia para que aflore la posibilidad. También desde un registro metaliterario se escribe “Bolígrafo”, donde el poema se aleja de la erudición y de la utillería metafórica para buscar el despojamiento y la sencillez expresiva. Más que el trabajo artesano, que pule el poema para convertirlo en una gema verbal, le interesa el verso coloquial; el que comparte emociones y sentimientos y resuelve paradojas. Una poesía humilde, propicia a la enumeración, matérica y corpórea, que acomete la búsqueda de un destino desconocido porque sabe que la existencia es azar y voluntad de encontrar los andenes propicios. Como en Kavafis, lo que importa no es el andén final sino el trayecto, ese camino que hemos recorrido con huellas imperceptibles.
  Carlos d’Ors comparte un amplio inventario de cosas cotidianas con evocaciones y recuerdos. De este modo, la poesía mantiene, en la atenta memoria líneas de vida, rastros introspectivos y recuerdos. Así se percibe con el mediodía de la ternura en el poema “Dedos”, con ecos de la Iliada: “El primer viento que recibí, cuando era un niño fueron los dedos de la aurora de rosáceos dedos al despertar: la caricia de mi madre”.
   Otro vértice del libro es el tiempo. En él se conjugan instantes de la experiencia de vivir. Si la elegía y la nostalgia dan voz al mapa del pasado, el ahora se convierte también en un surco abierto de sensaciones que alienta el discurrir de lo cotidiano, el caprichoso viento del transcurrir. La realidad siempre somete a la identidad a un juego indefinido y paradójico, como se percibe en el hermoso poema “Mirada”: En esos ojos tuyos, / alguien que no eres tú pero eres Tú, / me está mirando. / Y en esos ojos míos, / alguien que no soy yo pero soy Yo, / te está mirando”.El viaje es siempre una metáfora de la existencia; la voluntad de ser impulsa el desplazamiento para encontrar sentido a nuestros pasos, para que la conciencia apague su sed con unas gotas de luz. Esa vela encendida que guarda sitio y hace permanente lo transitorio.
   El símbolo es consustancial a la expresión literaria. Y Carlos d´Ors siembra en  el espacio expresivo deReloj de arena en la orilla una simbología velada, que ensancha el realismo y la claridad expresiva, que buscan en el patrimonio cultural y en el estilete intuitivo del hablante lírico la textura cálida de una sensibilidad creadora siempre en vigilia.

José Luis Morante



 

 

 

 

 

jueves, 15 de octubre de 2026

CUOTA COMPLETA EN EL BOSQUE

Biblioteca Yue
(China)

 

CUOTA COMPLETA

 

   Con la cuota completa de palabras escritas, el quehacer lector quiso un día crear una biblioteca de libros innecesarios. En las cercanías de un bosque acondicionaron un extenso claro de arenisca y alzaron pilares, naves y cobertizos, cuya altura ofrecía amplias posibilidades de acomodo para las estanterías. Muchos años después, el cargamento de palabras inocuas quedó reunido. El autonombrado director abrió la puerta y dispuso exilio laboral frente a una ventana, donde no había mucho sol. En los días siguientes tocó el costado de las estanterías sin que los libros alineados preguntaran qué hacían, lejos de las pupilas, sin recibir entre murmullos la severidad de cualquier juicio. El silencio era una sensación única y distinta que concedía confianza a las ruinas de tinta de sus contenidos. Sobre la mugre del futuro, el ajuste perfecto en lo invisible era también una forma de loable memoria y permanencia.   

 (Del libro FUERA DE GUION. Casi cien microrrelatos)






martes, 13 de octubre de 2026

REPARACIONES

Reparaciones

 

EL YO CONMIGO 

(Aforismos de José Luis Morante)

 

Soy tan raro que para reconocerme mi conciencia me pide el DNI.

 Hay biografías que tienen la duración de un aforismo y menos contenido.

 En la madurez se impone el relato evocativo; los sentimientos exigen estructuras elaboradas, escenarios con luz natural y narradores distanciados.

Se quedó solo. Ahora recupera fragmentos emotivos en la galería de los desafectos.

El pudor convierte  la confidencia en un movimiento de ajedrez.

Reglas ortográficas; identidades que son comas, puntos finales y puntos suspensivos.

La voluntad del cínico prefiere ideologías de alquiler.

Futuro; esa aspirina diluida en el agua fresca del fracaso.

Para hablar de mí, empleo un silencio en cursiva.

Tengo una sombra metafísica, proclive a la especulación. A cada paso me pregunta si hay alguien delante.

Ida y vuelta; itinerarios existenciales que se desintegran en el mismo azar.

Andar extraviado tanto tiempo me deja ante tu puerta. Llamo al timbre. Espero.

(Rivas, octubre 2026)