lunes, 23 de mayo de 2022

ABRIR LAS ALAS

Gorrión
Archivo Pinterest

ABRIR LAS ALAS

 

(Aforismos)
 
 
Solo habla consigo cuando hay un intérprete disponible.
 
La impaciencia aconseja hornear semillas.
 
El toldo del tragaluz es un oxímoron.
 
Entre los misterios de la inteligencia, el empeño de ocultarse a diario.
 
Quien no sabe dónde ir  mantiene siempre un inquebrantable compromiso con el traspiés.
 
La humildad cumple con mérito la función de ser nota a pie de página.
 
Rareza: una amistad sin ánimo de lucro.
 
Cuando aletea cerca, el optimismo recuerda la mínima vibración de una libélula.
 
Esas voces que visten a diario papel de lija y ganan altura cuando callan.
 
Acabé identificando su belleza con el vacío; en ella, todo es nada.
 
Es acaparador y avaro; cuando respira guarda el oxígeno y el anhídrido carbónico.
 
Qué triste la lectura volátil, la que no tiene huellas dactilares.
 
 
(José Luis Morante)


 
 
 
 
 

sábado, 21 de mayo de 2022

APARICIONES

La buena compañía
Fotografía
de
EL PAÍS

 

APARICIONES
 
   Como si necesitase propagar las nociones del miedo, su desastrada imagen regresa de improviso. Recuerda, mientras sube la escalera, un destello diluido, que va perdiendo intensidad. Hay en sus gestos un estar apocado. Conjetura que estoy en ese tiempo en el que los fantasmas no son turbulencias ni inquietud sino compañía.

(De Cuentos diminutos)


viernes, 20 de mayo de 2022

LECTURA EN EL ESCORIAL

Cafetín Croché
San Lorenzo del Escorial
(Madrid)

 

SPLEEN
 
 
El légamo grisáceo del hastío
ingiere tiempo y se abandona en mí.
Esclarece los ojos
en una incertidumbre nebulosa.
Si bordea las grietas,
tras el lento avanzar,
nunca encuentra trasfondo
y percibe los brotes del lenguaje
con el peciolo muerto.
 
Corta hilos
su terca mordedura,
mientras la débil luz,
súbitamente ajena,
convalida distancias.
Es la línea de fuga
que desgaja
el sendero furtivo apegado a las cosas.
 
A tientas, el hastío
se hace aliento secreto,
satura amniótico,
y no recela ser, inesperado,
un filamento rojo de sol frío
retraído en la noche.

      (De Nadar en seco
 


jueves, 19 de mayo de 2022

MARÍA GABRIELA LOVERA. POR DEBAJO DEL VIENTO

Por debajo del viento
María Gabriela Lovera
Ilustraciones y cubierta de Alba Hoyos
Introducción de José Miguel Navas
Ediciones Azalea, 2021
(primera edición en El Pez Soluble, 2000)
Caracas, Venezuela

 

HABITAR LA NOCHE

 
 
   En el poblado paisaje de la poesía venezolana contemporánea el exilio y la emigración se han convertido en itinerarios de casi obligatorio recorrido. Esa circunstancia, que afecta profundamente a la obra del creador, a su condición de trasterrado y a la difusión normalizada del taller literario, se confirma también en el quehacer lírico de María Gabriela Lovera (Caracas, 1972). La escritora, Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Católica Andrés Bello, y Máster en Edición de Libros por la Universidad Complutense de Alcalá de henares, eligió Madrid para impulsar el proyecto editorial de alternativa online petalurgia.com y para dedicarse profesionalmente a la maquetación y al collage digital
   Fue en el arranque de siglo cuando firma Por debajo del viento (2000) y germina su primera compilación de poemas, un poemario breve que logra su segunda edición en 2021 con ilustraciones de Alba Hoyos (Madrid, 1985) Licenciada en Bellas Artes, Grado de Ilustración y artista visual. El texto de introducción del poeta José Miguel Navas recuerda que “un primer poemario es una seña de verdad, un signo metafísico de identidad, el eterno espasmo circular que te convierte en poeta”. Pleno acuerdo con esa desnudez enunciativa que emana de la poesía más temprana, de aquella que llega al lector con una plenitud limpia y singular, casi horneada por la crecida sentimental del yo poético, ajena al adiestramiento de corrientes y modas. La salida tiene un enfoque intimista y casi aforístico. La palabra se esencializa, poda aditamentos verbales para exhibir un epitelio verbal conciso, táctil, dispuesto a mostrar las incisiones vitales del pensamiento: “Cada vez / mi cara es más mía y menos de nadie. / Quizá sea eso la soledad: / Pertenecerse a uno mismo hasta cansarse”. Los versos se llenan de sensaciones; se hace tangible la soledad convertida en centinela del sueño o el espacio callado de la noche como marco de representación de la memoria y antesala de los sueños: “Hay un poema que a mitad de la noche tiene miedo. / Despierta con la sed nocturna del poeta: Incapaz / de recorrer los oscuros pasillos de su infancia, / para buscar el agua que lo sacie.” También la conciencia de extrañamiento se convierte en núcleo reflexivo del poema; quien habita en los espejos  no vislumbra ideales cumplidos ni esas presencias angélicas capaces de trascender lo real; se siente solo, zarandeado por las bocanadas de la brisa temporal, incapaz de volar, casi condenado a la aspereza del camino a solas. La tristeza suma sus rasgos a la acuarela gris del yo consigo, como si fuera  un desvalido pasajero en la sombra que, poco a poco, ha ido dejando en el trazado de su discurrir ilusiones y sueños para respirar un tiempo de carencias. El horizonte es un atardecer crepuscular, una geografía que se mira con los ojos cansados, casi hecho un punzante dolor.
   La sensación de desamparo se hace fuerte, adquiere la forma del yo que camina junto a nadie, porque esta soledad del sujeto poético está precedida por la soledad de los otros, lo que deja en los poemas una clara inmersión crepuscular: parece que la meta final es el vacío: “Nadie es el centro de todo. / Nadie junto a nadie. / Sólo el que está solo”.
   Los matices de escritura de Por debajo del viento de María Gabriela Lovera afloran en este nuevo reencuentro con los lectores en compañía de las ilustraciones de Alba Hoyos. Las imágenes despliegan colores apagados, refuerzan la lectura metafórica, frente al dibujo enunciativo y explícito. Son estampas oníricas donde la quietud habita dentro para desbordar la oquedad del poema. La poeta estable sobre la piel dormida de las cosas una conciencia de finitud y ausencia, el fluir reflexivo despierto de quien camina solo con los propios miedos, con la imaginación incontaminada del final abierto.
  La aproximación a la identidad del sujeto poético encuentra en el poema una tonalidad autobiográfica. Los mínimos textos tienen el peso húmedo de la afinidad con el yo cotidiano; no hay imposturas sino el afán comunicativo de una sensibilidad que se asoma a diario a las aceras de  la incertidumbre. Que busca raíz  y arraigo para sujetar, con esperanza, la tupida fronda de los sueños.

JOSÉ LUIS MORANTE



miércoles, 18 de mayo de 2022

EL YO, CONMIGO

Añoranza del frío
Fotografía
de
Rosa María Hernández Costa

 

EL YO CONMIGO

 

Hay biografías que tienen la duración de un aforismo y menos contenido.
 
En la madurez se impone el relato evocativo; los sentimientos exigen estructuras elaboradas, escenarios con luz natural y narradores distanciados.
 
Se quedó solo. Ahora recupera fragmentos emotivos en la galería de los desafectos.
 
El pudor convierte  la confidencia en un movimiento de ajedrez.
 
Reglas ortográficas; identidades que son comas, puntos finales y puntos suspensivos.
 
La voluntad del cínico prefiere ideologías de alquiler.
 
Futuro; esa aspirina diluida en el agua fresca del fracaso.
 
Para hablar de mí, empleo un silencio en cursiva.
 
Tengo una sombra metafísica, proclive a la especulación. A cada paso me pregunta si hay alguien delante.
 
Ida y vuelta; itinerarios existenciales que se desintegran en el mismo azar.
 
Andar extraviado tanto tiempo me deja ante tu puerta. Llamo al timbre. Espero.
 
(Rivas, 2021)
 
 

 

martes, 17 de mayo de 2022

LUIS ALBERTO DE CUENCA. DESPUÉS DEL PARAÍSO

Después del paraíso
Luis Alberto de Cuenca
Visor, Poesía
Colección Palabra de Honor
Madrid, 2021


LA PIEDRA DEL MOLINO


    La fuerza intelectual de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950), desplegada en géneros y libros con sostenida cadencia, convierte su presencia literaria en admirable clave de profundo calado. Cada salida renueva la razón poética de una trayectoria, plena de raíces humanistas, que mantiene su apuesta por alumbrar una voz clara y comunicativa, asentada en el suelo clásico de la tradición, capaz de articular una existencia, emocionante e íntegra, y transformarla en poesía. El resultado es un largo recorrido jalonado de hitos como La vida en llamas (2006), El reino blanco (2010), Cuaderno de vacaciones, que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 2014 y el extenso volumen Bloc de otoño, que reúne ciento veintitrés poemas escritos entre 2013 y 2017.
  Con fertilidad inagotable, Luis Alberto de Cuenca recoge en Después del paraíso la tarea poética realizada entre 2018 y 2021, distribuida en cinco epígrafes. Sirve de umbral una clarificadora nota autoral, cuyo contexto tiene vínculos estrechos con el tiempo de pandemia y el discurrir de estos dos últimos años de mascarillas y ensimismamiento. El paraíso, aquel lugar angélico y auroral, ya es solo un espejismo de la memoria cultural. El escenario se ha diluido en el tiempo. Ahora caminamos por trochas con nítidos meandros de luces y sombras, en la que impera el silencio de la incertidumbre. En esa noche oscura la poesía ha nacido como consecuencia directa de nuestro destierro para recordarnos que hubo un tiempo sin mácula, una albada de felicidad frente a los meandros de lo contingente, a esos “pánicos de lo cotidiano” que constituyen el áspero argumento del ahora.
   La dedicatoria del libro refuerza el sentido de la evocación, quehacer propicio para recuperar esa casa encendida que preserva el sentimiento: “Para Alicia en su cielo”. Así comienza un poemario cuya primera sección “Costa Smeralda” toma nombre de uno de los enclaves turísticos más celebrados del Mediterráneo, en Cerdeña. El lugar es imagen exacta, perdurable, de un paraíso natural por la belleza de las calas, la arquitectura habitable y el azul turquesa del mar. La plenitud visual cautiva; es capaz de reavivar el deseo y celebrar su pulsión vital, aunque sea de forma precaria.
  En el camino del poema se impone el mapa de la memoria; esa certeza de que vivimos un vadear donde languidecieron la esperanza y el favor de los dioses. Luis Alberto de Cuenca, que ha utilizado la estrofa japonesa con frecuencia, recurre al haiku encadenado para sembrar indicios sobre la naturaleza paradójica del amor, que apareja consigo la abierta hendidura del dolor. El formato subordina la fuerza expresiva del trío versal al contexto global del poema y añade además los efectos sonoros de la rima asonante. Esta exploración de moldes se percibe también en composiciones como “Eneasílabos”, un metro versal escasamente empleado en su poesía, que se ajusta mucho mejor a los alejandrinos y al experimentado endecasílabo; o en el rescate de estrofas cerradas como el soneto, con excelentes logros como “Todo es amor”.
  El otoño vital fortalece el escepticismo y la mirada al pretérito, dibujado con fuerza por el habitual legado culturalista. Se constata en composiciones  como “Teopompo y Filipo” y “Lo vivo y lo pintado”; pero el amor y la ternura conviven con enfoques más reflexivos sin ninguna aspereza, y dejan su magia reubicados en composiciones plenas de intimismo confidencial como “En tu armario ropero”.
  El conjunto “Epigramas amorosos” hace del otro enclave fuerte. Amar es renacer, poner en marcha un fluido cauce onírico, un impulso que va borrando contornos perecederos. Luis Alberto de Cuenca busca el tono celebratorio de la lírica amorosa para festejar la belleza y la plenitud del deseo, aleja la solemnidad y contrapone enunciación e ironía en la mirada intimista, como en “Teorema de Pitágoras”.
  Las secciones “Mientras duermo y otros poemas” y “Suite virgiliana” están marcadas por la variedad de sustratos del encierro pandémico. Lo que diluye cualquier grisura existencial y alienta el orden íntimo es la presencia de la amada, capaz de reverdecer claridades y sueños, pero también la copiosa biblioteca que despliega una cartografía cultural inacabable, junto a la fortaleza de la fe y el resguardo de la confianza en un Dios creador y discreto que alienta y protege con su desvelo a las criaturas. La reflexión etimológica sobre pánico muestra la sabia erudición del poeta y su capacidad para entrelazar el legado del libro con el tempus fugit de una “trastienda mental” teñida por la angustia, el ensimismamiento y los destellos de melancolía, provocados por el ámbito sombrío de la clausura ante el virus.
  En “Suite virgiliana” no se perciben bifurcaciones formales o quiebros en el itinerario. Las composiciones amanecen glosando la edad de oro, y en esa evocación de un tiempo áureo se retrata con trazos limpios el destino de ser, esa tarea que nos humaniza, entre el deseo, el azar, el trabajo y la muerte, que cobra en estos poemas un protagonismo central.
   En los versos de “Hojas sueltas”, la sección final, compila una convivencia heterodoxa de asuntos. Habitan en sus páginas poemas amorosos, donde se ensayan estrofas tradicionales como las coplas de pie quebrado, sonetos, himnos; en suma,  la realidad y el sueño de la infancia, la discreta normalidad de un solitario que toma el pulso a la vida diaria con la belleza perenne de los libros y el calor habitable de las palabras: “De nosotros depende que amanezca / del todo, sin reservas, para siempre, / y que el sol no se ponga,  y que podamos / salir del hoyo y trabajar en paz”.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE
Revista Clarín, nº 158, pp 78-79,
Marzo-Abril de 2022



        
 

lunes, 16 de mayo de 2022

EL REGRESO DE ADÁN

Más allá, el paraíso

 

  El regreso de Adán
 
   Ante el insistente empuje de la melancolía, una mañana Adán retornó al paraíso. Se adentró en sus espacios con la fuerza feliz de quien busca el lugar propio. No tardó en advertir que recorría un territorio de desposesión. Aquel sitio solo cobijaba abandono.
   En el centro del páramo se alzaba todavía el árbol del bien y del mal; miró aquella silueta y se hizo efectiva la soledad de un tronco calcinado y rijoso.
   No aguantó más. Bajó los ojos y convocó el olvido, como si el paraíso no hubiese existido nunca. Se precipitó hacia la salida; sus pasos tropezaron con el ala inerte de algún ángel, el metal chamuscado de una espada herrumbrosa y una camisa oscura de serpiente.

(De Cuentos diminutos)