sábado, 20 de octubre de 2018

TEMBLOR DE OTOÑO

Otoño en el parque de San Antonio
(Ávila, octubre de 2018)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana


TEMBLOR DE OTOÑO
(Aforismos)

Soy tan raro que para reconocerme me pido el DNI.


Hay relaciones personales que tienen la duración de un aforismo y mucho menos contenido.


En la madurez los sentimientos exigen estructuras elaboradas, escenarios con luz natural y narradores distanciados. Como el punto de fuga de un parque.


Se quedó solo. Ahora recupera minerales en la galería de los desafectos.


El pudor convierte las confidencias en movimientos de ajedrez.


Presencias como reglas ortográficas; compañeros de viaje que son comas, puntos finales y puntos suspensivos.


Carpe diem. Quemó todas las naves. Mientras duró el incendio percibió su calor.


Un presente incierto. Solo mis dudas mantienen una pose aceptable.


La voluntad del cínico prefiere ideologías de alquiler.


Futuro; esa aspirina diluida en el agua fresca del fracaso.


Para hablar de ti, empleo un silencio en cursiva.


Andar extraviado tanto tiempo me deja ante el pasado; llamo al timbre. Espero.



jueves, 18 de octubre de 2018

KARMELO C. IRIBARREN. PREMIO EUSKADI

Karmelo C. Iribarren
(San Sebastián, 1959)
Fotografía de
Jot Down



CUANDO LA CIUDAD DUERME

                  A estas horas
         siempre
                       sucede lo mismo:
                            o es demasiado tarde
                           o muy temprano aún.

                                           Karmelo C. Iribarren

   Un hombre callejea, con andar sosegado, por el laberinto peatonal de una ciudad mientras se diluyen los contornos de edificios y transeúntes. Sobre los escaparates encendidos, crece en su espalda una sombra azul, dibuja irreverentes siluetas en movimiento. Hay en las despobladas aceras charcos de la lluvia nocturna en los que, poco a poco, la tinta blanca de la aurora encuentra sitio para una nueva representación. Amanece sobre los tejados. El hombre silencioso vuelve a casa, aunque no sabe si es demasiado tarde o muy temprano; la calle se puebla de pasos y toses que tienen la sonoridad y el ritmo improvisado de las piezas de jazz. Entre la claridad y el silencio, asciende el manso humo de lo cotidiano. Así, con esa ambientación de serie negra, en un impreciso decorado que puede reconocerse en cualquier sitio, se edifican muchas de las composiciones que prefiero de Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959). De igual modo, siento una incansable afinidad por su personal búsqueda, sin artimañas, de una lírica esencial que hace suyo aquel axioma de que ciencia y poesía tienen la misma obligación de precisión y claridad. Una formulación de traje parecido tiene una disertación crítica de Gabriel Ferrater en la que defendía que el contenido poemático debe tener, al menos, tanto sentido como una carta comercial.   
   Esta artesanía sugiere antecedentes. Los encontramos en esa parcela de la tradición lírica norteamericana que se denominó poesía minimalista, cuyas marcas de identificación sintetizo: dicción coloquial y sobriedad expresiva, ausencia de aderezo culturalista, orientación realista, reflejo ambiental que describe las esquinas de lo tangible y un hablante moldeado como un autorretrato sentimental e intimista. En ese discurso verbal, nacido como reactivo contra la literatura metafísica y transcendental, sobresalen las voces de Mark Strand, Raymond Carver, Charles Simic o Carolyn Forché.  Fue a comienzos de los años noventa, en una década de exultante vitalismo de la llamada poesía de la experiencia, cuando esta propuesta escritural es asumida en nuestro entorno por autores que la taxonomía crítica aglutinó tras el aserto “realismo sucio”. En su núcleo central encuentran sitio las obras del propio Karmelo C. Iribarren, por más que el poeta no suela encontrarse cómodo en la codificación generacional ni en promociones o grupos de conjurados estéticos.
   De la progresión y consistencia del largo itinerario recorrido en más de dos décadas, desde que llegaran a las librerías en 1993 sus versos más madrugadores, deja constancia el volumen Seguro que esta historia te suena, un completo bagaje hasta 2012, en el que las entregas se integran sin contradicciones ni cambios de registro, con un claro sentido unitario. El poeta no confunde; nunca deja de ser quien es, como si se hubiese rezagado en su propia condición. Este panorama general, que debe su título a un poema homónimo del libro Serie B, estuvo precedido por muestras parciales como La ciudad, que alcanza ahora la tercera salida, tras las fechadas en 2002 y 2008. En el liminar de la primera edición, el desaparecido escritor Vicente Tortajada comenta el golpeteo emotivo de las obsesiones poéticas de las obsesiones de Karmelo C. Iribarren, esas que arrastran sus pies al caminar y raras veces permiten la indiferencia; los poemas tienen el murmullo de un acordeón que propaga en el silencio de la madrugada un lirismo desnudo capaz de alejarnos de la soledad. Por su parte, Joaquín Juan Penalva, en las consideraciones introductorias de la segunda recopilación aconseja adentrarse en la poesía iribarriana a cuerpo limpio, sin apriorismos, como nos adentramos en el recinto de la realidad cotidiana, porque el poema nunca oculta su aliento vital. Mis opiniones críticas no difieren.
   La ciudad, en sus ampliaciones, traza un lacónico callejero con dos enclaves de referencia: la zona centro –el sujeto verbal- y la periferia: las voces y ecos de los otros. El protagonista verbal de Karmelo C. Iribarren desdeña la impostura, toma prestados abundantes rasgos del sujeto biográfico y cuando habla de sí mismo nunca se percibe en el tono ningún ejercicio de egolatría ensimismada sino una mera cuestión de proximidad afectiva. Quien habita en los versos no se dedica a cultivar la autoestima sino a registrar a mano alzada la nervadura existencial y sus circunstancias. Y en ese trasfondo cabe la viñeta costumbrista, la reconsideración de las franjas vividas, el aprendizaje existencial, las claves sentimentales y las erosiones de la edad. Son vetas argumentales expuestas con un sustrato de ironía que aleja el patetismo, cuando se hace certeza que las ilusiones y utopías depositadas en los calendarios alcanzaron su fecha de caducidad, o cuando la realidad refleja, con el ceño fruncido, un rostro ajado en los espejos del existir.
   Las palabras del hablante lírico aspiran al diálogo y se pronuncian con un claro propósito comunicativo. La confidencia sentimental viene filtrada por la voz de un yo desdoblado, una identidad reconocible que comparte preocupaciones, valores y actitudes con el acento dialogal de la evocación. Otras veces, el mapa del recuerdo se pliega tras el cristal de la observación para exponer matices e impresiones tomados del entorno próximo: las escenas descritas tienen un trazo limpio, una leve variación que las aleja de la monotonía habitual. El poema entonces se hace crónica, apunte costumbrista en el que la sorpresa encuentra un hueco. Esa fidelidad al detalle se aleja de lo didáctico; no hay pretensiones de representar la voz generacional, ni la mezcla coral de lo gregario: quien habla lo hace por asuntos propios, no para cumplir la solemne tarea del portavoz.          
  La arquitectura poemática se alza con el verbo fluido del hombre de la calle que habla de situaciones vivenciales. Mira el calendario que marca el tiempo en las largas horas vacías que acumula el final de cada jornada, cuando todo se reduce a una terca sensación de cansancio y derrota y el cristal se llena con la plata sucia de lo desvaído.
   La expresa mención a la ciudad del título convierte al paisaje urbano es un escenario omnipresente que muy pocas veces adquiere tintes idílicos. Es un espacio baudelairiano, que se caracteriza por imágenes que reflejan las circunstancias existenciales. Sujeto y paisaje forman un todo caracterizado por una ligazón natural; el entorno crea la atmósfera propicia para que emerjan las imágenes que contrastan pretérito y presente, experiencia y deseo, carencia y celebración. El ánimo se apropia de esas imágenes plásticas que nos concede el paisaje real y con ellas edifica su experiencia verbal.
   En las composiciones de Karmelo C. Iribarren se construyen puentes entre vida y literatura. Aquí, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia sino afirmación de vida de un personaje verosímil, el autorretrato de un desconocido que huye del azar y la impostura. En sus versos hay sitio para las estampas interiores de la intimidad, ese conjunto de rasgos sentimentales que define la identidad de un yo concreto. El territorio interior establece una forma de compartir maneras de ser y de sentir y nos deja las señas de identidad de un sujeto fiable con el que establecer una relación amistosa. A esta atmósfera de recogimiento propicia a la confidencia, que deja sobre la mesa la frágil armazón de lo vivido, le viene bien salir del neutro territorio del narrador omnisciente y emplear la primera persona. La voz directa inspira confianza e incluye la proximidad de un plano de detalle; quien habla lo hace con lucidez inquieta y exigente, con la vibración de un protagonista implicado y no con el tono neutro y lejano de un personaje marginal. Las palabras llegan con la cadencia de una voz que nos deja asomarnos al cauce continuo de su pensamiento.   
   El quehacer poético de Karmelo C. Iribarren amplía la conciencia y está lleno de efectos secundarios. El poema breve es siempre un adecuado receptáculo formal. El argumento se articula con una precisión que consolida el desenlace. El cierre versal alcanza su punto álgido, y concluye esa armonía secreta. Ese proceso de creación propaga y  trasfiere al lector las continuas indagaciones en la verdad de la existencia. 
   Supongo que a nadie se le oculta que, en la declinante cuenta de resultados del mercado editorial de estos años, la triple reedición de una antología poética como La ciudad en poco más de una década es campo de confusión y motivo de asombro. El asunto subraya un caso raro, un intraducible secreto literario, de esos que James Joyce escondía en sus libros “para mantener ocupados a los críticos durante trescientos años”; o constata de forma natural, por encima de cualquier duda, una acertada conjunción de méritos propios en la perdurable labor de Karmelo C. Iribarren. Sin más interpretaciones; lo que sienta las bases del temblor cordial con este volumen de poesía es la manera de hacer crónica una poesía vigorosa y precisa para captar la esencia, emotiva y sin adornos verbales, oportuna y cercana, que tiende la mano  para rescatar al lector de la intemperie, mientras la ciudad duerme.


JOSÉ LUIS MORANTE


(Prólogo a Karmelo C. Iribarren, La ciudad, Sevilla, Renacimiento, 2014, tercera edición) 


miércoles, 17 de octubre de 2018

DORMIR AL RASO

Casa de Antonio Machado
Segovia
Fotografía de
Adela Sánchez Santana
DORMIR AL RASO

Había traspasado los ritos iniciales
de la oscuridad y del miedo

PEDRO TEDDE

Hay camas tan humildes que parecen dormir al raso.

Esos amigos que son
 puzzles en los que no encaja ninguna pieza.

Un anclaje en el agua.

Queda la versión íntegra de su historia personal. Nada con un fondo gris.

Solidaridad de papelera, que deja sitio de inmediato a todo lo que sobra.

El topo defiende la semejanza cromática.

Solo percibe las palabras propias. Las voces ajenas son ruidos abruptos.

Me dedicó en seis meses tres adjetivos, dos adverbios y cuatro preposiciones. Afectos con despilfarro austero.




martes, 16 de octubre de 2018

EN FAMILIA

El calor del adobe
Imagen de FSR



EN FAMILIA

   En casa no nos gusta incomodar a nadie, señor comisario. Las cosas como son. No hay más indicios, pero todos buscábamos algo. Mi madre buscó el sosiego en la farmacia; mi padre en la mudez de un cigarrillo, convencido de que el cansancio y el frío están en las palabras pero son otra cosa; mi hermana, cuando niña, en el reclinatorio de la ermita y, después, en la esquina más rentable del polígono sur. Yo, que no busqué nada, encontré un libro y en él sigo.
  Vivimos juntos el abuso feliz de sentirse en familia. Repare usted, señor comisario, que en nuestra casa los sueños nunca dieron ningún paso; siempre huyeron del calor del adobe. 

(Del libro Cuentos diminutos)



lunes, 15 de octubre de 2018

CARMELO CHILLIDA. IDEARIO POÉTICO

Carmelo Chillida
Fotografía de
Venezuelan Press


IDEARIO POÉTICO DE CARMELO CHILLIDA


   Aunque es tierra firme que la poesía es un fin en sí misma y no tiene otro afán que buscar, desde el lenguaje, la verdad, y la belleza, esto no significa decantarse por los postulados teóricos del arte por el arte, tan gratos a Victor Cousin, Théophile Gautier y tantos epígonos tardíos del idealismo kantiano. Como sustrato expresivo concreto, el texto puede ser un instrumento que interaccione realidad histórica y sujeto. Una larga tradición en el tiempo afianza la tenaz voluntad de entender ese deseo de transformar el espacio colectivo a través del poema. Pienso en Bertold Brecht, César Vallejo, Pablo Neruda, Maiakovski, Roque Dalton, Rafael Alberti, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Rafael Alcides, Heberto Padilla o Juan Gelman… Y pido disculpas si el inventario es excesivo.
  La palabra poética expande su geografía creadora para abrazar la polémica política a través de una representación figurativa, repleta de densidad significante. El sujeto verbal se hace cronista, adquiere una perspectiva diferente, busca líneas, registra y anota en el papel; asume la tarea de dar voz al espacio colectivo y hace de la denuncia la zona medular del poema.
  No se trata  de pronunciar un discurso mesiánico, declamatorio, pronunciado sobre el lodazal, sino de construir un lugar compartido en el poema. Lo explícito se enriquece a partir de vínculos difuminados que requieren un desvelamiento de claves para que la lectura del lenguaje simbólico tenga una potestad efectiva.
  Exacerbado y juez, Platón propuso expulsar a los poetas de la república, por ser elementos perturbadores que interfieren en la convivencia cívica. La poesía política, cuando no se enturbia por una monocorde propaganda ideológica, guía los pasos del regreso, da visibilidad al hombre de la calle. Tras el retorno de la palabra poética a la ciudad de todos, el acontecer respira en común. La normalidad se hace cronología para que el protagonista poético sea una presencia activa, capaz de forjar el destino de su ser subjetivo. El lenguaje olvida el vuelo transcendente para asumir una conversación desde la interioridad.
    La poesía es una vía de acceso, una sutura en el fondo invisible, una incisión en lo aparente. Así lo constata Roberto Juarroz en uno de los fragmentos de “Realidad y poesía”: “El poeta es un cultivador de grietas. Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro”; el poema deviene entonces “una soldadura de huesos y ruinas”.
   Carmelo Chillida aspira a que el ideario poético supere el angosto espacio de la simple etiqueta conceptual para abordar el hecho literario como experiencia desacralizadora. Para ello fusiona dicción hablada y lenguaje poético. Frente al aura sagrada del vate sacerdotal personifica el poeta terrestre, asentado en la contingencia histórica, sin iluminaciones ni contactos con lo sublime. Sabe que todo es efímero, lo que nos hace transitar los espacios de la memoria y lo que se convierte en materia de observación, pero sabe también que la poesía es lo social como compromiso. No cree en el tópico del intelectual encerrado en la torre de marfil de su pensamiento. En cada sujeto conviven lo privado y lo público y es un estímulo de la vida diaria alentar estrategias de convivencia entre ambos espacios. Solo la superación del ego subjetivo revaloriza la utopía, nos hace protagonistas en el escenario de lo histórico. Somos individuos solidarios. Todo yo es otro.




domingo, 14 de octubre de 2018

HILOS DE LLUVIA

Miradas
Archivo digital
 de internet





HILOS DE LLUVIA


Hilos de lluvia,
la noche desmadeja
un sueño gris. 





sábado, 13 de octubre de 2018

LLEGADA A LAS ESTATUAS

templos de Angkor
(Camboya, 2017)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana.

LLEGADA A LAS ESTATUAS

Cuando no supe de qué hablar con los hombres
caminé a una rotonda y me dispuse
a enmudecer, sin más, entre sus piedras.
Respiré con deleite la tibia arqueología,
y supuse fecundo aquel silencio
por alguna sonrisa en mármol cincelada,
y por ciertos residuos gestuales,
capturados
en los periplos grises de los viernes.

Miraban recelosas las estatuas,
posando en actitud mesurada y distante,
tal precoces alumnos de liceo burgués...
Fue preciso que tendiera mi mano
y dando tregua
a palabras, latidos, ademanes y toses,
viví aquel primer día
                                de muerto
con recién estrenada compostura,
harto conforme.

                   
                              Rotonda con estatuas (1990)