miércoles, 29 de marzo de 2017

AFORISMOS CON PUNTO DE FUGA

Puntos de fuga

AFORISMOS  CON PUNTOS DE FUGA

Minucia interna; no encuentro en mi interior nadie en quien confiar.

 Si miras con atención el lugar que ocupas, donde estás no hay nadie.

 En el apagado discurrir del tiempo, adanes primigenios que aguardan todavía una manzana.

 Entre  la madeja de la gratitud se apelmazan los hilos sueltos.

 Abril y la poesía bucólica, espontánea colaboración de una coral ecológica: piedras, juncos, pájaros y nubes…

 Carne tranquila. Senectud.

 En las conversaciones con desconocidos los intermediarios más eficaces son la elusión y el silencio.

La poesía es un yo caligráfico, angustiado por su propia identidad.

 La autonomía imaginativa del sueño requiere folios blancos por su inclinación a lo imposible.

 El subconsciente poético confía en el potencial de los precursores.

 Punto de fuga. Nostalgia de un lugar que no existe.



lunes, 27 de marzo de 2017

KARMELO C. IRIBARREN

Karmelo C. Iribarren
Archivo personal del autor

CUANDO LA CIUDAD DUERME

                  A estas horas
         siempre
                       sucede lo mismo:
                            o es demasiado tarde
                           o muy temprano aún.

                                           Karmelo C. Iribarren

   Un hombre callejea, con andar sosegado, por el laberinto peatonal de una ciudad mientras se diluyen los contornos de edificios y transeúntes. Sobre los escaparates encendidos, crece en su espalda una sombra azul, dibuja irreverentes siluetas en movimiento. Hay en las despobladas aceras charcos de la lluvia nocturna en los que, poco a poco, la tinta blanca de la aurora encuentra sitio para una nueva representación. Amanece sobre los tejados. El hombre silencioso vuelve a casa, aunque no sabe si es demasiado tarde o muy temprano; la calle se puebla de pasos y toses que tienen la sonoridad y el ritmo improvisado de las piezas de jazz. Entre la claridad y el silencio, asciende el manso humo de lo cotidiano. Así, con esa ambientación de serie negra, en un impreciso decorado que puede reconocerse en cualquier sitio, se edifican muchas de las composiciones que prefiero de Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959). De igual modo, siento una incansable afinidad por su personal búsqueda, sin artimañas, de una lírica esencial que hace suyo aquel axioma de que ciencia y poesía tienen la misma obligación de precisión y claridad. Una formulación de traje parecido tiene una disertación crítica de Gabriel Ferrater en la que defendía que el contenido poemático debe tener, al menos, tanto sentido como una carta comercial.   
   Esta artesanía sugiere antecedentes. Los encontramos en esa parcela de la tradición lírica norteamericana que se denominó poesía minimalista, cuyas marcas de identificación sintetizo: dicción coloquial y sobriedad expresiva, ausencia de aderezo culturalista, orientación realista, reflejo ambiental que describe las esquinas de lo tangible y un hablante moldeado como un autorretrato sentimental e intimista. En ese discurso verbal, nacido como reactivo contra la literatura metafísica y transcendental, sobresalen las voces de Mark Strand, Raymond Carver, Charles Simic o Carolyn Forché.  Fue a comienzos de los años noventa, en una década de exultante vitalismo de la llamada poesía de la experiencia, cuando esta propuesta escritural es asumida en nuestro entorno por autores que la taxonomía crítica aglutinó tras el aserto “realismo sucio”. En su núcleo central encuentran sitio las obras del propio Karmelo C. Iribarren, por más que el poeta no suela encontrarse cómodo en la codificación generacional ni en promociones o grupos de conjurados estéticos.
   De la progresión y consistencia del largo itinerario recorrido en más de dos décadas, desde que llegaran a las librerías en 1993 sus versos más madrugadores, deja constancia el volumen Seguro que esta historia te suena, un completo bagaje hasta 2012, en el que las entregas se integran sin contradicciones ni cambios de registro, con un claro sentido unitario. El poeta no confunde; nunca deja de ser quien es, como si se hubiese rezagado en su propia condición. Este panorama general, que debe su título a un poema homónimo del libro Serie B, estuvo precedido por muestras parciales como La ciudad, que alcanza ahora la tercera salida, tras las fechadas en 2002 y 2008. En el liminar de la primera edición, el desaparecido escritor Vicente Tortajada comenta el golpeteo emotivo de las obsesiones poéticas de las obsesiones de Karmelo C. Iribarren, esas que arrastran sus pies al caminar y raras veces permiten la indiferencia; los poemas tienen el murmullo de un acordeón que propaga en el silencio de la madrugada un lirismo desnudo capaz de alejarnos de la soledad. Por su parte, Joaquín Juan Penalva, en las consideraciones introductorias de la segunda recopilación aconseja adentrarse en la poesía iribarriana a cuerpo limpio, sin apriorismos, como nos adentramos en el recinto de la realidad cotidiana, porque el poema nunca oculta su aliento vital. Mis opiniones críticas no difieren.
   La ciudad, en sus ampliaciones, traza un lacónico callejero con dos enclaves de referencia: la zona centro –el sujeto verbal- y la periferia: las voces y ecos de los otros. El protagonista verbal de Karmelo C. Iribarren desdeña la impostura, toma prestados abundantes rasgos del sujeto biográfico y cuando habla de sí mismo nunca se percibe en el tono ningún ejercicio de egolatría ensimismada sino una mera cuestión de proximidad afectiva. Quien habita en los versos no se dedica a cultivar la autoestima sino a registrar a mano alzada la nervadura existencial y sus circunstancias. Y en ese trasfondo cabe la viñeta costumbrista, la reconsideración de las franjas vividas, el aprendizaje existencial, las claves sentimentales y las erosiones de la edad. Son vetas argumentales expuestas con un sustrato de ironía que aleja el patetismo, cuando se hace certeza que las ilusiones y utopías depositadas en los calendarios alcanzaron su fecha de caducidad, o cuando la realidad refleja, con el ceño fruncido, un rostro ajado en los espejos del existir.
   Las palabras del hablante lírico aspiran al diálogo y se pronuncian con un claro propósito comunicativo. La confidencia sentimental viene filtrada por la voz de un yo desdoblado, una identidad reconocible que comparte preocupaciones, valores y actitudes con el acento dialogal de la evocación. Otras veces, el mapa del recuerdo se pliega tras el cristal de la observación para exponer matices e impresiones tomados del entorno próximo: las escenas descritas tienen un trazo limpio, una leve variación que las aleja de la monotonía habitual. El poema entonces se hace crónica, apunte costumbrista en el que la sorpresa encuentra un hueco. Esa fidelidad al detalle se aleja de lo didáctico; no hay pretensiones de representar la voz generacional, ni la mezcla coral de lo gregario: quien habla lo hace por asuntos propios, no para cumplir la solemne tarea del portavoz.          
  La arquitectura poemática se alza con el verbo fluido del hombre de la calle que habla de situaciones vivenciales. Mira el calendario que marca el tiempo en las largas horas vacías que acumula el final de cada jornada, cuando todo se reduce a una terca sensación de cansancio y derrota y el cristal se llena con la plata sucia de lo desvaído.
   La expresa mención a la ciudad del título convierte al paisaje urbano es un escenario omnipresente que muy pocas veces adquiere tintes idílicos. Es un espacio baudelairiano, que se caracteriza por imágenes que reflejan las circunstancias existenciales. Sujeto y paisaje forman un todo caracterizado por una ligazón natural; el entorno crea la atmósfera propicia para que emerjan las imágenes que contrastan pretérito y presente, experiencia y deseo, carencia y celebración. El ánimo se apropia de esas imágenes plásticas que nos concede el paisaje real y con ellas edifica su experiencia verbal.
   En las composiciones de Karmelo C. Iribarren se construyen puentes entre vida y literatura. Aquí, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia sino afirmación de vida de un personaje verosímil, el autorretrato de un desconocido que huye del azar y la impostura. En sus versos hay sitio para las estampas interiores de la intimidad, ese conjunto de rasgos sentimentales que define la identidad de un yo concreto. El territorio interior establece una forma de compartir maneras de ser y de sentir y nos deja las señas de identidad de un sujeto fiable con el que establecer una relación amistosa. A esta atmósfera de recogimiento propicia a la confidencia, que deja sobre la mesa la frágil armazón de lo vivido, le viene bien salir del neutro territorio del narrador omnisciente y emplear la primera persona. La voz directa inspira confianza e incluye la proximidad de un plano de detalle; quien habla lo hace con lucidez inquieta y exigente, con la vibración de un protagonista implicado y no con el tono neutro y lejano de un personaje marginal. Las palabras llegan con la cadencia de una voz que nos deja asomarnos al cauce continuo de su pensamiento. 
 El quehacer poético de Karmelo C. Iribarren amplía la conciencia y está lleno de efectos secundarios. El poema breve es siempre un adecuado receptáculo formal. El argumento se articula con una precisión que consolida el desenlace. El cierre versal alcanza su punto álgido, y concluye esa armonía secreta. Ese proceso de creación propaga y  trasfiere al lector las continuas indagaciones en la verdad de la existencia.
   Supongo que a nadie se le oculta que, en la declinante cuenta de resultados del mercado editorial de estos años, la triple reedición de una antología poética como La ciudad en poco más de una década es campo de confusión y motivo de asombro. El asunto subraya un caso raro, un intraducible secreto literario, de esos que James Joyce escondía en sus libros “para mantener ocupados a los críticos durante trescientos años”; o constata de forma natural, por encima de cualquier duda, una acertada conjunción de méritos propios en la perdurable labor de Karmelo C. Iribarren. Sin más interpretaciones; lo que sienta las bases del temblor cordial con este volumen de poesía es la manera de hacer crónica una poesía vigorosa y precisa para captar la esencia, emotiva y sin adornos verbales, oportuna y cercana, que tiende la mano  para rescatar al lector de la intemperie, mientras la ciudad duerme.


JOSÉ LUIS MORANTE


(El presente texto se publicó como prólogo a la tercera edición de LA CIUDAD (Antología poética 1985-2014), Editorial Renacimiento, Sevilla, 2014 )

domingo, 26 de marzo de 2017

EN LA FERIA DEL LIBRO DE TRUJILLO

Trujillo, Cáceres
FERIA DEL LIBRO 2017


RE-GENERACIÓN, UNA ANTOLOGÍA DEL AHORA POÉTICO


Prensa, Valparaíso Ediciones


 En marzo de 2016 pobló las librerías Re-generación, una antología sobre poesía española (2000-2015) preparada por José Luis Morante, poeta, editor y crítico literario. Sobre esta antología de la primera generación del siglo XXI, hablamos con el escritor en Rivas, la ciudad de la periferia madrileña donde vive y trabaja desde hace treinta años.

El título de su antología Re-generación parece tener una connotación ideológica…

JLM.- Es posible que muchos lectores compartan una sensación parecida; vivimos un tiempo histórico complejo y lastrado por sombras que requieren una amanecida, una luz nueva, una cerilla encendida, una regeneración. El título es un acierto del editor Javier Bozalongo, la brújula de Valparaíso Ediciones; pero yo solo percibo connotaciones estéticas. La poesía precisa ramas renacidas que germinan en el nuevo siglo, las primeras voces del siglo XXI.

¿Cómo surge el muestrario de voces jóvenes?

JLM.- Llevo muchos años leyendo poesía joven y Re-generación es una consecuencia natural de ese hábito. Suelo colgar en el blog “Puentes de papel” reseñas de primeros libros porque defiendo que impulsar y dar aire a los que inician senda es una buena práctica. Así que la idea estaba latente y se concretó, tras una entrevista en la Feria del Libro de Madrid, con Javier Bozalongo, cuando Valparaíso asumió mi iniciativa.

¿Cuáles han sido las mayores dificultades de su trabajo?

JLM.- Delimitar las voces más representativas me ha exigido leer obras de un centenar de autores, algunos con publicaciones en pequeñas editoriales que dificultaban la distribución. Aquí ha sido clave el envío de originales por parte de los antologados. Casi todos han facilitado al máximo mi trabajo con encomiable generosidad. Así fui cribando nombres hasta llegar a la lista final de veinticuatro poetas  nacidos entre 1980 y 1995.

¿Por qué esas fechas?

Por asumir la teoría generacional clásica, que integra la producción entre 2000 y 2015. Un periodo que aglutina los poemarios de quienes cuentan veinte años al finalizar 2015 y cuyo tope se sitúa en los treinta y cinco años, una edad que ya cede el paso a la madurez creadora.

¿Apuesta por nombres conocidos o prefiere seguir un criterio más personal?

Creo que el antólogo debe partir de ciertas coordenadas ya trazadas: los autores que publican en editoriales relevantes, ganan premios prestigiosos y son protagonistas frecuentes de revistas y suplementos, merecen una confianza sin prejuicios. Sería extraño no antologar a Elena Medel, Fernando Valverde, Javier Vela, Francisco José Martínez Morán, Alejandra Vanessa, Martha Asunción Alonso, Luna Miguel, Ben Clark, Javier Vicedo Alós o Rodrigo Olay… Pero hay inclusiones con itinerarios de amanecida que hallarán inmediatas afinidades lectoras, como Miguel Floriano, Diego Álvarez Miguel María Alcantarilla, Xaime Martínez, Paula Bozalongo, Javier Temprado Blanquer… Por cierto siempre me ha parecido un error manejar listas parciales, así que pido disculpas por esta mención; es  solo una respuesta obligada para no hacer interminable la pregunta.

¿Qué otros datos le han sorprendido?

Las conexiones entre otras disciplinas artísticas y la poesía convierten al taller del poeta en un marco para el asombro. He disfrutado al percibir los puentes entre disciplinas artísticas en el taller literario de los antologados: Pablo Fidalgo Lareo y Javier Vicedo Alós son actores, Xaime Martínez y Elvira Sastre llevan tiempo en la música, Fernando Valverde ha trabajado un proyecto innovador que fusiona lírica y flamenco; María Alcantarilla apuesta por lo visual y el experimento gráfico.

¿Cómo queda el mapa poético actual?

Bueno algunos datos del mapa geográfico de la poesía actual merecen un comentario reflexivo. Por ejemplo: la cantera asturiana es ejemplar y la alargada sombra de José Luis García Martín sigue siendo impulsora de excelentes poetas jóvenes. Están Pablo Núñez, Rodrigo Olay, Diego Álvarez Miguel, Miguel Floriano Traseira, Xaime Martínez y podrían estar otros nombres como José Luis Sevillano, Laura Casielles, Sara Palicio o los jovencísimos Mario Vega y Rocío Acebal…
También es muy rica la hornada de Albacete con tres nombres propios en plena cosecha, como Rubén Martín Díaz, Constantino Molina Monteagudo y Javier Temprado Blanquer.      
  Hay también un persistente respeto a la tradición en voces como Verónica Aranda, José Alcaráz, Constantino Molina Monteagudo o Paula Bozalongo… No faltan las apuestas de riesgo; me encanta la fuerza colonizadora de Luna Miguel, siempre dispuesta a convertir el páramo diario en un poema, o el estrépito inconformista de Alejandra Vanessa, Aitor Francos, José Alcaraz, oy María Alcantarilla.

¿Cabe este libro en una sola frase?

Claro que sí; Re-generación  es una coral donde confluyen veinticuatro solistas.

(El día 1 de abril de 2017 José Luis Morante firma ejemplares de Re-generación en la Feria del Libro de Trujillo (Cáceres) 







viernes, 24 de marzo de 2017

AUGUSTO RODRÍGUEZ. EL LIBRO BLANCO

El libro blanco
Augusto Rodríguez
Prólogo de Rafael Courtoisie
Chamán Ediciones, Colección Chamán ante el fuego
Albacete, 2016

 ANTOLOGÍA PERSONAL


  Los rasgos literarios de Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) expanden un esfuerzo plural que deja itinerarios por la poesía, el cuento, la novela, la colaboración periodística y el ensayo. En tan amplio bagaje resalta su labor poética, con versiones a una decena de idiomas y reconocida por un largo inventario de premios nacionales. El legado que integra El libro blanco abarca el arco temporal entre 2003 y 2016, una amplia memoria de libros entrelazados cuya impronta se analiza en el liminar del poeta, narrador y ensayista Rafael Courtoisie. Así define el escritor uruguayo su experiencia lectora: “Eludir el lugar común y buscar la carne metafísica del hueso, patentizar no el dolor  sino el pensamiento, la reflexión y el juego estético que surge del dolor en un proceso consciente de construcción son algunos de los elementos con que Augusto Rodríguez erige su proyecto: una poesía fina y penetrante como una aguja de acero, una poesía cuya extensión es máxima como el concepto de ser pero cuya intensidad, paradójica, extraña, se concentra en un punto de belleza singular insoslayable”.
   Uno de los magisterios centrales de la tradición latinoamericana, Rubén Dario, al mirarse en el espejo de su propia poesía argumentaba: “Yo no soy un poeta para las muchedumbres. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas”. Una de las estrategias de acercamiento a la sensibilidad del otro es convertir el poema en experiencia interior, conseguir que los versos formen parte de la conciencia crítica. Augusto Rodríguez abre itinerario con una selección de Matar a la bestia, obra editada en 2007. En ellos la identidad verbal adquiere una contundente configuración. Quien habla desde sí mismo ofrece la poderosa imagen de un ser que desdeña cualquier ingenuidad; en la textura del sujeto interior está la contradicción y están las huellas de un largo periplo personal que pone en relación con un mudable contexto afectivo.
  En el volumen que aporta el título a esta antología, El libro blanco el poema en prosa se convierte en única estrategia expresiva. Sin duda, la figura del padre determina el signo del hilo argumental. Los poemas avanzan en una densa renovación espiritual y expresiva que nace en la epifanía inicial del recuerdo. La presencia paterna ocupa el espacio completo del pasado y se va desplazando hasta la evocación en un movimiento constante donde conviven actitudes y gestos. El recorrido hasta la muerte por una enfermedad terminal va acumulando un extraño patrimonio que el ahora se empeña en definir desde la herrumbre y el dolor, porque la muerte ha devorado cualquier brizna de ternura para convertir la existencia en un páramo yermo.
   En esta situación, el poema se convierte en catarsis; es la única herramienta con capacidad de respuesta frente a la intemperie, el vacío y la desolación. Su impulso, hecho de reflexión y sentimiento, amasado por la angustia, crea un puente nuevo entre el despliegue cartográfico de la memoria y la claridad de amanecida que promete el futuro.
   Otro título con amplia representación es La enfermedad invisible (Generación Espontánea, Ciudad de México DF, 2012). En su edición autónoma estaba precedida de un liminar firmado por Jorge Boccanera. La nota del poeta argentino, titulada “Relatar el naufragio”, enunciaba esa sensación de pesadilla que acompaña el discurso lírico de Augusto Rodríguez al compartir en sus versos una dolorosa secuencia de visiones. Con ecos del malditismo de CH. Baudelaire y del cauce onírico de Lezama Lima, Augusto Rodríguez contrapone el dolor y la imposibilidad de adentrarse en su esencia, como si constatase un dogma de partida: “Nada tiene que ver el dolor con el dolor”. Lo indefinido se asienta ajeno al tanteo semántico de las palabras y a su afán por esclarecer; la voluntad indagatoria no consigue su propósito. Así lo enuncian los renglones finales de “la batalla está ardiendo”: “(…) No somos aptos para entender ni para descifrar lo que tenemos que entender y solo vivimos engañados con nuestro limitado río interior”
   El tono explícito aleja de la gesticulación y el verbalismo. El rótulo El libro del cáncer desvela sin concesiones la idea central que genera el discurso. El yo verbal sabe cuánto quiere decir, recurre a la evocación para traer hasta el presente las mañanas vitales de un tiempo habitable. La infancia permanece, forma parte de la profundidad del ser como un eje sólido. Pero lo transitorio es condición y es también un largo proceso cognitivo que disuelve la pupila feliz de la inocencia. Las imágenes del dolor incrustan sus fragmentos y sus dubitaciones y corresponde descifrar su sentido, llegar hasta la última frontera: la vida es más allá.
   Los poemas en prosa del cierre conforman el conjunto Las águilas del adiós, y tienen como entrada una sugerente cita de Edmond Jabès que habla de la escritura como certeza del largo itinerario hacia el vacío. El lenguaje se mira a si mismo para exponer su ars poetica. El mapa verbal muestra con lucidez desencantada que “la escritura es un bosque que nos descifra las orillas de nuestra muerte”; por tanto la existencia tiene mucho de naufragio y singladura hacia la última costa: “Naufragamos a la intemperie de nuestras conciencias, a espaldas de la realidad de los huesos y de las razones”.
   Desde Ecuador, Augusto Rodríguez nos entrega en El libro blanco un acercamiento referencial a su travesía poética. El escritor encuentra en la carnalidad de las palabras el material exacto para desterrar complacencias y espejismos oníricos. Los versos saben que el dolor, la ausencia y el vacío son los vértices al paso de ese extraño triángulo que llamamos vida.

   

jueves, 23 de marzo de 2017

REGRESO AL INVIERNO

Escarcha
 REGRESO AL INVIERNO


Al paso; el invierno nunca tiene prisa

Si escribir significa una escapatoria, ¿de quién huyo?

Dejó el miércoles su punto y seguido de poesía.

En la retina de la escarcha, las ramas quebradizas, astilladas antes de que fueran árbol.

El odio, un cuerpo de fisiología maltrecha, en continua agitación mental, detrás de palabras entumecidas, sin alegaciones

Hoy me desperté con un verso entre los dedos. Era la avanzadilla de un poema.

El gesto teatral de tantos ideales de solidez gaseosa.

Es tonto. (Siempre que puedo evito los superlativos).

Hoy el invierno personifica un mal aforismo que termina a destiempo.







miércoles, 22 de marzo de 2017

LUIS GARCÍA MONTERO. ROPA DE CALLE

Luis García Montero.
 ROPA DE CALLE
(Antología poética 1980-2008)
Edición de José Luis Morante
Imagen de cubierta de
José Javier González
Cátedra, Letras Hispánicas
Madrid, 2011
RETRATO DE POETA CON ROPA DE CALLE

   Existe en la conciencia creadora de Luis García Montero (Granada, 1958) una significativa propensión a hacer de la normalidad un rasgo distintivo. El protagonista verbal se viste con ropa de calle, rechaza por igual la pretenciosa túnica del místico y la indigencia de la proclama panfletaria. En su voluntad de desacralización niega la imagen del vidente y el hacendoso mono de trabajo del realismo sucio. Este respirar no debe interpretarse como defensa de una actitud acomodaticia sino como voluntad de pertenencia a un vecindario;  las palabras suenan en boca del portavoz de una ciudadanía con la que comparte rasgos cívicos. La premisa toma cuerpo en el repertorio teórico y en sus poéticas:

                                   Ya sé que otros poetas
                                   se visten de poeta,
van a las oficinas del silencio,
administran los bancos del fulgor,
calculan con esencias
los saldos de sus fondos interiores,
son antorchas de reyes y de dioses
o son lengua de infierno.

Será que tienen alma.
Yo me conformo con tenerte a ti
y con tener conciencia.

       (“Poética”, Completamente viernes)

  El dominio lingüístico del granadino recorre distintas fases matizadas por la crítica con un etiquetado ya de uso común: la otra sentimentalidad, la poesía de la experiencia, el realismo singular o el romántico ilustrado. La veta teórica de “la otra sentimentalidad” surge en Granada en 1983; integran el núcleo originario Álvaro Salvador, Javier Egea y Luis García Montero; los tres impulsan el manifiesto donde pregonan “la radical historicidad del discurso ideológico”. Recuperan el concepto de sentimentalidad expuesto por Antonio Machado a través del heterónimo Juan de Mairena: “Los sentimientos cambian en el curso de la historia y aun durante la vida individual del hombre. En cuanto resonancias cordiales de los valores en boga, los sentimientos varían cuando estos valores se desdoran, enmohecen y son sustituidos por otros”. Otro supuesto remite a Jaime Gil de Biedma: “el poema es  también una puesta en escena, un pequeño teatro para un solo espectador que necesita de sus propias reglas, de sus propios trucos en las representaciones”. Es decir, el arte de hacer versos es un simulacro, una mentira.
   Contundente en  su definición práctica, “la poesía de la experiencia” fue una opción estética cuyo nombre deriva del ensayo de Robert Langbaum The Poetry of Experience, una indagación sobre el monólogo dramático en la herencia literaria moderna. Al repasar su quehacer lírico en “Dedicación a la poesía”, García Montero escribe: “La llamada poesía de la experiencia no surgió de un deseo biográfico, anecdótico, sino de la toma de conciencia de que la poesía es un género de ficción, en el que el personaje literario servía para adjetivar las meditaciones y los sentimientos particulares más íntimos, protagonizando así un proceso de conocimiento”.
  El rótulo “El realismo singular” se emplea al reflexionar sobre la individualidad y la historia, sobre la imbricación del yo en el espacio social. Para Darío Villanueva “el realismo constituye una constante básica de toda literatura, cuya primera formulación se encuentra en el principio de mímesis establecido por la Poética de Aristóteles”. La recreación de la realidad permite enfoques diferenciados, abre campo a la respuesta personal y a la perspectiva insólita que subrayan el carácter de construcción verbal; la voluntad del yo impulsa un principio activo que trasciende la mera observación. El realismo es una actitud frente a lo real y no un catálogo de procedimientos de representación; la escritura realista se define por su apertura hacia lo contingente. 
   El epígrafe “el romántico ilustrado” conexiona sentimiento y razón y los convierte en postulados complementarios. La herencia becqueriana se asocia con la lógica interior de una sensibilidad prisionera de su propio solipsismo; el individualismo se focaliza como paisaje irreductible; es Antonio Machado el primero en hablar del tú esencial, de esa otredad complementaria. Para un adecuado desarrollo moral el sujeto hace suyo el espíritu ilustrado, la melancolía de Jovellanos. El dominio de la razón plantea la pertenencia al mundo, el contrato social, la necesidad de la norma,
  También resulta válida la denominación “poesía urbana”; la ciudad funciona como un paisaje escénico del sujeto verbal, el sitio -Granada, Madrid, Nueva York- pertenece al imaginario callejero de la palabra; constituye un ámbito afectivo y relacional que hace memoria de lo cotidiano. No es la nocturna ciudad de Baudelaire, símbolo de soledad y desarraigo, ni el callejero inhóspito que Rafael Alberti cuestiona porque muda la identidad del sujeto hasta convertirlo en un hombre deshabitado. Al recorrer sus calles el yo poético advierte las dudas e incertidumbres del presente, la defensa de unas convicciones, las huellas de otros paseantes que marcan con sus dudas la conciencia de un tiempo. Como enuncia en el ensayo Los dueños del vacío: “La ciudad se configura como territorio de la modernidad poética porque es el lugar en el que se descubre la velocidad, la aceleración de la historia, pero en un movimiento sin sentido, que separa a la conciencia y sus verdades del trayecto determinante de los dogmas”
   Las etiquetas enlazan su semántica con evidentes signos de continuidad y explican la gestación de un recorrido pautado, de una sensibilidad sin disidencias ni quiebras internas. De ahí que el protagonista verbal conserve su condición en el tiempo  y “se considere marxista y pensativo, tiene el carácter fácil, está muy atado a la vida y cuando le preguntan por su trabajo suele responder que es profesor de literatura medieval”. Aunque hay similitudes entre el yo biográfico y el sujeto verbal existe una continua objetivación de la intimidad. Esa es la lógica del mundo posible que erige el poema. Con un profundo sentido orgánico, la escritura propone una indagación que quiebra los márgenes del yo ensimismado, supera la meditación del espacio privado y reafirma el nosotros porque es consciente de la necesidad de resistir aportando su voz al vocabulario social. La palabra poética es un modo de construir un porvenir habitable.

                                                                                                   
Síntesis del estudio que abre la edición crítica
de Ropa de calle en torno a la poesía de
Luis García Montero 




martes, 21 de marzo de 2017

POESÍA,CONMIGO

Espera
(Florida, Lake Word, 2013)
Fotografía de
Adela Sánchez Santana



POÉTICA HOMENAJE

                      Día mundial de la poesía

Preguntan mis amigos
-los pocos que me quedan; aquellos que sospechan
que una sonrisa es triste;
los que cerca apuraron copas y adversidades;
los sitiados al norte por el mundo,
al sur por la cicuta cotidiana,
al este y al oeste por extraños
semejantes en todo-,
con esa iugenuidad de los actos reflejos,
que cómo sobrevivo al triple salto
de escribir un poema
con los tiempos que corren.
Me cuesta sumergirlos
en la desolación de una monografía
sobre los suplementos nacionales
(literarios, se entiende),
en la gélida hondura de mi espejo,
en la Torre de Brainor,
o en la sección de libros
de grandes almacenes.
Mis amigos insisten
y de nuevo un silencio cicatero y reacio
me contiene, porque otra vez un verso
me ha sellado la boca
y oculta su mordaza
la posible respuesta.

    (De Población activa,  Gijón, 1994)