sábado, 31 de octubre de 2026

JOAN MARGARIT. MEMORIA POÉTICA

Presentación en Rivas de la edición crítica
ARQUITECTURAS DE LA MEMORIA
Joan Margarit y José Luis Morante

PLANO DE OBRA

(La poesía de Joan Margarit)

JOSÉ LUIS MORANTE

    En mayo de 2021 aparecía en la editorial madrileña Visor Animal de bosque, el libro póstumo de Joan Margarit (Sanaüja, Lleida, 1938 - Sant Just Desvern, Barcelona, 2021), solo tres meses después del fallecimiento del poeta, a consecuencia de un cáncer linfático. Las composiciones de Animal de bosque marcan el horizonte de una larga travesía bilingüe en catalán y castellano. Son la coda que reafirma el adiós sin quejas, asentado en la lúcida senectud de la coherencia y en un denso trasfondo autobiográfico.
   El despliegue de vivencias generado por la contienda fratricida actuará como severo condicionante. Concede al discurrir doméstico un sentido trágico y lapidario, silueteado en la tupida fronda de la memoria. La poesía, con referencias explícitas a escenarios y personajes, abre una perenne búsqueda de respuestas en la indefinición cotidiana. Será tabla salvadora y refugio habitable para reubicar lo vivido en la intensidad reflexiva de la evocación.
   La luz del pasado nunca oscurece los lugares que suma el nomadismo familiar y la clara estela de significados del aprendizaje. Sanaüja, en la comarca leridana de la Segarra, delimita el primer entorno, la presencia crepuscular de lo rural en los predecesores; Rubí retiene la pequeña escuela donde ejerce la madre como maestra, la construcción frágil de las más tempranas relaciones sociales, marcadas por el miedo y el ineludible fantasma de la autoridad; Girona unifica la ciudad y el extrarradio con un claro impacto en los estados de ánimo y el equilibrio inestable entre soledad y alegría; nace en Barcelona la apertura a un mundo de coordenadas urbanas en cuyo seno emerge, casi de improviso, un porvenir habitable en la transición del niño al adolescente y, después, al vitalismo de la juventud. Desde 1948 a 1954, Barcelona significa el arraigo, la estabilidad, la mejora de las condiciones económicas y sociales. Además hace posible la estación del bachillerato, cursado en el instituto Ausiàs March con sostenida frustración. La estructura autoritaria de la docencia y la falta de motivación crearán un fuerte sentido crítico en la curiosidad sentimental, que apenas encontró veladuras contra la desidia.
   El traslado paterno por cuestiones laborales a Canarias añade al mapa de la memoria una parada nueva, Santa Cruz de Tenerife, que abrirá una fértil cosecha de emociones aurorales. Tenerife oferta un paisaje prístino de luz y belleza y un continuo caminar por el conocimiento. Serán cinco años de plenitud en los que estalla la poesía como intensa y definitiva realidad del yo. Nace el poeta de un modo natural y sencillo, al percibir el lenguaje como herramienta de expresión sentimental. El joven encuentra en la lectura de Antonio Machado un recorrido de savia y meditación, que persiste intacto cuando abandona la isla para estudiar la carrera de arquitectura en Barcelona.
  Poco a poco la lectura se integra en el devenir con amplia variedad: André Gide, los novelistas rusos del siglo XIX, el poso narrativo del existencialismo, los estratos que conforman la generación del 98, o el grupo del 27. El estudiante sabe que la cartografía poética es un tantear digresivo y abierto a la pulsión asistemática. No hay un trazado recto y monocorde. Tampoco en la formación universitaria que se interrumpe en 1961, al incorporarse a la editorial Plaza para asumir tareas de redacción sobre temas científicos en una enciclopedia. Cuando retorna a las aulas ya sabe que elegirá la formación en el cálculo de estructuras. El pensar asume que el proyecto y la calidad de los edificios exigen una disposición matemática, sin fisuras, que se plasmará también en la manera de acercarse al poema.
   El trayecto emprendido sigue una ruta con escalas. Establece como amanecida el comienzo de los años sesenta, década donde el testimonio social, que alcanza el mediodía en las obras de Blas de Otero, Gabriel Celaya y José Hierro, se convierte en etiqueta impulsora de una urgente transformación. Joan Margarit deja como amanecida Cantos para la coral de un hombre solo, editado en 1963 con inesperado umbral de Camilo José Cela. Así empieza una etapa en castellano de la que sólo sobrevivirán algunos textos de Crónica, libro de 1975 en la colección Ocnos. La claridad enunciativa y el ponderado empleo de recursos literarios anulan cualquier conexión con la sensibilidad novísima del momento y niegan el posible encaje generacional. En las composiciones no hay aderezos, ni argumentos exóticos sino lírica reflexiva y dicción natural. Lo metaliterario es un registro velado que no produce aperturas, desplazado por la perplejidad existencial.
   No tarda en aflorar un afán en el que la lengua autóctona es única herramienta de expresión. Entre 1980 y 1984, un quehacer continuo en catalán, que se inicia con L’ombra de l’altre mar, deja un conjunto de siete salidas, compilado en L’ordre del temps. Poesia 1980-1984 (Barcelona, 1985). Es un periodo creativo de identificación cultural y múltiples distinciones y premios. En pocos años suma Mar d’hiver, La dona del navegant y Cantata de San Just. Pero al reunir frutos en El primer frío. Poesía 1975-1995 (2004) someterá la producción a una severa poda, como si el intenso quehacer no hubiera soportado con entereza las erosiones. De esta etapa, el rigor propio salva únicamente treinta y seis poemas acogidos bajo el epígrafe Restos de aquel naufragio. Los textos que perduran guardan notorias afinidades al capturar secuencias cotidianas, connotaciones figurativas de un paisaje moral.
   Por tanto, la antología supone una demolición y otro montaje del edificio poético que, de este modo, encuentra redacción definitiva. Con Luz de lluvia (1987) llega la madurez en la voz, con una sostenida sintonía entre el aporte emocional y la austeridad expresiva al materializar el poema. Como testigo presencial que percibiera el monólogo continuo de la lluvia y su simbolismo semántico, el sujeto verbal convierte la memoria en patrimonio capaz de remover el fluir de la conciencia. Amalgama sensaciones y recuerdos. Con frecuencia se fija en relieves de la experiencia utilizando la tercera persona del narrador omnisciente. Esta perspectiva alienta la pulsión meditativa que así cobra una expresión menos abierta a la intimidad emotiva. Las composiciones dispersan influencias canónicas, Platón, Parménides, Baudelaire, Rilke, Pavese o Borges. Pero no faltan vértices hegemónicos como la música, el mar o elementos extraídos del paisaje urbano, junto a presencias de continua entidad como Mariola y Joana, siempre a cubierto de olvidos y sombras.
   La versión al castellano de Edat roja (1990) a cargo del profesor, poeta y crítico Antonio Jiménez Millán incorpora una apertura que condensa claves. A pesar del ámbito crepuscular de algunos poemas, no es un itinerario umbroso sino un soliloquio dialogal con el yo interior. En él se dan la mano el fluir de la razón y el recorrido de los sentimientos, cuyos quiebros propician evocaciones y nostalgia. Como sucediera en Luz de lluvia, el campo cultural convoca a Maquiavelo y Mayakovsky, se busca en la música un refugio y renace el prolijo rastro de sueños. Las vivencias siguen en el ahora; sugieren una lámina caída sobre el asfalto del presente que las palabras del poema recogen para fertilizar la mirada ajena: “Tus ojos serán míos un instante / y, a cambio de dejarte oír en los cristales / la lluvia que ahora escucho, y hacerte cómplice / de mi futuro, que tú podrás conocer, / impedirás que muera, y una tarde, / me dejarás ser tú en otra lluvia”.
  Al hilo del poema de Rubén Darío que da título al libro, Los motivos del lobo (1993) se acrecienta la tendencia al pensamiento. La composición se acerca a la fábula mediante la personificación de animales, objetos inanimados o ideas abstractas que aportan una enseñanza sobre arquetipos y valores. Asimismo es mayor el soporte enunciativo, al modo de Carver o R. Frost. La poética aglutina además magisterios de Vallejo, Espriu o Quevedo. Todos comparten una continua preocupación existencial, sin escorarse en la queja, sin resignarse a la melancolía de quien reconoce los códigos perecederos del tempus fugit. El balance nacido de la introspección advierte del escueto patrimonio de ilusiones y utopías que guardan los espejos. Resulta clarificadora la imagen del monumento que tras la serena apariencia exterior solo es un vacío hecho de óxido.
   El prólogo que Luis García Montero escribe para Aguafuertes (1995) recalca que trayecto existencial y cauce lírico son entidades próximas. Ambos se complementan en la búsqueda de sentido del discurrir. El carácter de las palabras, receptoras de señales abiertas por los días, crea realidades transcendidas y habitables; añade sendas biográficas no vividas. Aguafuertes emplea la introspección para interpretar los oscuros grabados de la realidad. Busca en el pensamiento alternativas a la desolación. Ralentizadas en el friso sentimental, las escenas encuentran funciones emotivas, someten al lenguaje a una decantación, como defendiera Gabriel Ferrater, y depuran complejidades intelectuales. Nada se escribe desde el artificio sino desde la intensidad testimonial.
   Joan Margarit, al reflexionar sobre el periplo personal, engloba las entregas Estación de Francia, (1999),  Joana (2002) y Cálculo de estructuras  (2005) en un registro distinto, en el que adquiere plena cimentación lo autobiográfico y la escritura de los sentimientos. Este enfoque llega sin rupturas, preservando en la puesta en escena hábitos formales y asuntos argumentales.
   Fechada en marzo de 1999, resaltan en la salida de Estación de Francia dos elementos: el prólogo “Sobre las lenguas de este libro” y el acopio de notas del epílogo. Se percibe como un poeta bilingüe que crea en las dos lenguas al mismo tiempo. No traduce sino que ambas lenguas, catalán y castellano, contienen la esencia del poema, sin prácticas sucedáneas, y esa doble identidad se mantendrá sin veladuras hasta la conclusión del recorrido.
   El punto central que la fragilidad adquiere en la convivencia se hace argumento único en el libro Joana (2002). En la reconstrucción de lo vivido, el poeta encuentra salvación y consuelo frente a la herida abierta del final. Las emociones se recrean con distancia objetiva para alzar una puesta en escena autobiográfica. Los poemas son anotaciones de un diario sentimental en el que despliega el adiós de la hija afectada por el síndrome de Rubinstein-Taybe y fallecida a los treinta años. Escribir es escuchar la voz interior, advertir lo efímero, sentir el frío y sus rincones de soledad, y demorar los gestos del olvido.             
    La preparación científica y el ejercicio docente durante décadas como catedrático de Cálculo de Estructuras en la Escuela Superior de Barcelona resultan esenciales en la perspectiva elegida al escribir poemas. El haber profesional inspira el título Cálculo de estructuras (2002) y genera mayor dureza expresiva y el soporte minimalista en la apertura de cauces sentimentales. El discurrir acumula ausencias; es presencia tenaz el estar gravitatorio de la muerte como ineludible acantilado. El balance borra cualquier rastro de paraíso edénico para ajustarse a la desnudez de la partida. Así lo perciben la evocación y el tacto gélido de la melancolía al asumir la certeza del último viaje. De cuando en cuando el pretérito muestra rescoldos. Son impulsos de rebeldía para aventar el fondo de experiencias. De ese sustrato nace un epitelio emotivo que se hace razón de vida y pone claridad en lo diario.  
   El tramo de la senectud va acumulando el tacto de escarcha de la intemperie. Cada vez se hacen más evidentes las incertidumbres, pero también el consuelo de la palabra escrita, la certeza de una mínima luz que pone a salvo entre los muros del poema. Casa de misericordia (2007) afronta el campo estéril de lo real sin falsas esperanzas, asumiendo los materiales proclives al deterioro de la identidad: “Ser viejo es una especie de posguerra”. Se hace necesario saber dónde están los espacios protectores y afrontar que las amanecidas son extraños epílogos, escenarios que niegan el final feliz y llevan a la penumbra y el silencio.
   Como secuencias al paso, los textos dibujan un fragmentario enjambre de desolaciones. Recuerdos y mínimos apuntes urbanos que entrelazan callejones oscuros y evocaciones son la letra menuda de un disgregado dietario. La intimidad es musgo; se deshace en una estela de inertes señales de soledad. El presente se transforma en una geografía de quietud por la que avanza, con paso torpe, la memoria, ese lugar de encuentros donde sobrevuela la tristeza. Al recuperar lo vivido se desdeña la abstracción para buscar el anclaje de referentes concretos, aunque bañados en una cierta niebla atemporal. Otra vez amanece la inocencia intacta de Joana y su cercanía. La existencia se percibe como senda que convierte la pérdida en una sensación encallada. Recordar es un acto de afirmación de la voluntad, una panorámica en el tiempo que ayuda a liberarse de los propios fracasos.
   La epidermis de los años mantiene sus incisiones, sus irregulares declives. En el poemario Misteriosamente feliz (2009) la textura del verso hilvana una mayor trascendencia filosófica. Constata a través de símbolos nuestra naturaleza finita y temporal. Las pérdidas recuerdan icebergs que, apenas visibles, acechan los pasos de la travesía. Uno de los mejores poemas del libro “Amor y supervivencia” recuerda miedos y esperanzas, da voz a esos rostros que han sobrevivo al áspero abandono del vivir. Nada se repite y llega un tiempo donde nadie espera, pero espacios germinales como el amor han sabido resguardarse y mantener a la temperatura adecuada en el invierno. Quien se adentra en la meditación ha construido un estar cumplido, sin especulaciones y falsas esperanzas; sin perturbaciones que despejen incógnitas. Solo anida, con tercos materiales de entretiempo, la certeza de que todavía la felicidad es posible.
   Sale en 2011 No estaba lejos, no era difícil. La entrega profundiza las circunstancias de la naturaleza humana en el discurrir. El cariz lírico sigue marcado por la mirada indagatoria y por los surcos abiertos del recuerdo. La voz poética huye de esos cantos de sirena de una realidad proclive a sucedáneos. El presente es el único tiempo, pero ejerce una solitaria conversación con el pasado para evitar la mirada sombría del porvenir. Queda la dignidad de asumir que se camina a solas y que el horizonte está cerca y es sombra y vacío. Nadie se salva de la intemperie, pero no hay miedo a la vejez. Conforta el patrimonio de lo vivido, los gestos que han moldeado la sed de ser.
   La digitalización ha creado su propio campo expresivo. Se trata de estar conectados de forma continua a móviles, ordenadores y otros artilugios. Nada es tan desconcertante como la desconexión y la impotencia de viajar por la red. El poeta, siempre magnífico al titular sus libros, elige la expresión Se pierde la señal para su entrega de 2013, previamente publicada en Proa. En la misma estela de humanismo existencial y realidad transcendida de salidas anteriores, el conjunto advierte de la pérdida de fuerza vital, por más que la voluntad se empeñe en sortear las acometidas del vendaval del tiempo. La finitud condiciona, pero la vida está ahí cercana e intensa todavía. Puede contemplarse en toda su extensión porque está dentro y conforma el laboreo sentimental de la memoria. La lucidez aleja raíces oscuras y despliega una sensibilidad estoica, capaz de hallar calor en los recuerdos y despertar vivencias. Las horas desveladas tienen voz, aprenden que la poesía compone un relato autobiográfico, de lindes abiertas, desde el lenguaje de la evocación.  
    El epígrafe Amar es dónde, que define la salida de 2015, transforma un concepto en espacio físico, como si el lugar fuera estante en el que perdura intacto lo vivido. Todo se percibe desde un mirador crepuscular y distante, bañado por una luz tenue que mitiga los trazos del recuerdo. También el pasado envejece y su tejido muestra una epidermis gastada, que acrecienta la sensación de desvalimiento. El sujeto verbal es consciente de haber perdido para siempre un paréntesis biográfico generoso que, poco a poco, se desvanece. Las palabras se empeñan en anclar lo efímero y hacen del poema “una consecuencia de algo que no ha existido”, aunque suena como un río rumoroso que deja conocimiento y compañía.
   Estremece leer el principio de verdad que habita en los poemas de Joan Margarit, como en los versos del poema “Ciudad”: ”Sonriente también yo, te miro al evocar / lo que con inocencia, de joven pretendía: / que nunca mis poemas fueran literatura”. La coda en prosa de Amar es dónde asocia la vejez con un itinerario en el que la indiferencia ayuda a controlar la angustia. Es un tiempo que gana densidad porque concede una lucidez alejada de lo superfluo y corrobora que “el poema no puede venir más que de la propia vida. Solo así será muro firme contra la oquedad de fondo creada por pérdidas y ausencias.
   No hay tristeza en la percepción del final de ruta de la senectud. Un asombroso invierno (2018) asienta al sujeto poético en un territorio de frontera. Más allá solo el vacío; aquí solo un ahora que no admite engaños y que encuentra en el pasado la energía precisa para beber del registro experiencial. En el umbral la alegría del presente, tranquilizadora y conforme. La ausencia de autocompasión emana de la honestidad  del recorrido personal. Como escribe el poeta en el epílogo: “El antes y el después, esos dos misterios cuya tensión condicionaba el pensamiento, se han equilibrado ahora en una nueva levedad. Lo que siempre he llamado e imaginado como el mañana ha sido sustituido por su olvido y, a la vez, mi pasado ha sido catapultado tan lejos, que casi se ha vuelto, también olvido”. La terca presencia de la vejez permite comprender, concede al pensamiento la claridad que nunca tuvo. Ya no hay apego a la vida sino el paso dispuesto a caminar ligero de equipaje.  
   Animal de bosque (2021) corrobora el vínculo esencial entre expresión poética y trayecto biográfico. Las composiciones alumbran un pensamiento metafísico, volcado en la tentativa de integrar la memoria y su largo periplo hacia la inexistencia en la racionalidad simbólica del lenguaje. La autorreflexión se desplaza por lo referencial para adentrarse en las profundidades de lo humano. Es la voz de un solitario que ha llegado al confín de sí mismo, que ha percibido los riesgos de sentirse vivo y los afronta con coraje, hasta convertirse en un superviviente que asoma la mirada y el cansancio al mar sin olas de la muerte. Como dunas de luz, los poemas de Joan Margarit nacen desde la soledad y el silencio. Son sensaciones aislantes que mantienen a precisa distancia el paisaje exterior. El ruido externo se diluye en escuetos rumores; permite oír un pensamiento sensorial inmerso en la extrañeza de estar vivo. No hay vuelta atrás en el fluir de la existencia, apenas el rastro polvoriento de momentos únicos que solo la poesía puede reconstruir y dar sentido. En el umbral de quien se dispone a habitar lo invisible, la claridad serena del conocimiento, la herida insomne de que nada fue en vano.
    La práctica del autor completa un plano de obra sin oscilaciones, estructurado con solvencia en varias etapas temporales. Su dibujo aporta un crecimiento orgánico que refuerza constantes y cimientos estéticos persistentes. Nacido el 11 de mayo de 1938, en plena guerra civil, la infancia estará marcada por la carencia y la pérdida. Esas manchas oscuras del entorno conforman el sustrato narrativo del libro de recuerdos Para tener casa hay que ganar la guerra (Austral, 2018) que el poeta considera largo epílogo y acompañamiento necesario del legado lírico y la genealogía textual.

JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
Revista cultural TURIA, número 141-142,
Marzo-mayo, 2022, págs. 19-26
 
 
 

viernes, 30 de octubre de 2026

PRIMERA CLARIDAD

Conversaciones
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

 

PRIMERA CLARIDAD

 
 
1
 
Vivir la claridad del despojamiento, su estar limpio, su ascesis hasta la otra orilla. Abro las manos. De la quimera existencial me llevo casi nada.
 
2
 
Aunque esté lejos, qué trasluz cercano empareja al asombro.
 
3
 
La germinación de la belleza  requiere constancia; instantes con levedad de nube.
 
4
 
De  la voluntad, la respiración fatigosa de todo aquello que no pudo ser.
 
5
 
No ser nunca quien sobrevuela márgenes y levita sin estar dentro ni fuera.
 
6
 
Tengo una brújula para extraviarme en mí.
 
7
 
Antes, la desnudez invitaba al deseo. Ahora apresura la búsqueda urgente de una bata de felpa para evitar el resfriado.
 
8
 
Contemplar la amanecida en la azotea, mientras las copas de los árboles ocultan las sombras, concede púlpito al optimismo.
 
9
 
Tras la vigilia guardo las cenizas del sueño.
 
10
 
La madurez pone en hilera recursos macerados para ganar la batalla ideológica a la decepción.
 
11
 
En las manos del trabajo diario las serpentinas.

(Del libro Oficio de callar)


jueves, 29 de octubre de 2026

PERDER LA RISA

A solas
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

HE PERDIDO LA RISA

 

Como las teclas muertas de un piano

Arturo Tendero

   No sé cuándo se me fue apagando la risa e hice mío este aburrimiento digital de jubilación, teclado y soledad. Me empeño en recordar que en los días de novios, tras las clases de magisterio y los paseos por el perímetro amurallado de Ávila, solíamos reírnos a cada instante, como si cada gesto fuese una ocurrencia, un destello escapado de las viñetas de Mafalda o de aquel camarote en blanco y negro de los hermanos Marx.   Hoy mis risas están en otro tiempo, inaudibles y serias como las teclas muertas de un piano, igual que un guarda jurado, cuyo sigilo reparte suspicacia y pone a los demás bajo sospecha,   He pedido a Amazon que me remita urgente, junto a las novedades literarias del otoño, una risa enlatada. Unos pocos efectos especiales de carcajada histérica, a ver si espanto de una vez el moscardón de mi ceño fruncido.
 
   
(De Cuentos diminutos) 

 

 

miércoles, 28 de octubre de 2026

MIENTRAS SUENA LA MÚSICA

Prodigios
Archivo general de Internet

 
MIENTRAS SUENA LA MÚSICA
 
 Lucie Silvas
       cantaba al piano
                             “Nothing Else Matter”
 
Si todas mis palabras
anudaran su voz como tú cantas
y dejaran esa luz encendida del piano,
cerraría los ojos.
Ningún quebranto me despertaría,
ni la respiración,
ni ese rumor de sístole del corazón cansado,
ni el miedo, ni la muerte
horadando las huellas del olvido
para cumplir los plazos.
 
Hago linde en tu música
y las notas roturan cada poro de piel.
Con lentitud se marca
el perenne sentir de un segundo con vida,
la gota intacta de un grifo de cristal
que mana al borde
de tus manos. Tan lejos.
 

   (Del libro Nadar en seco)






martes, 27 de octubre de 2026

PUERTA CON MIRILLA

Puerta con mirilla
Imagen de Internet

 

 
PUERTA CON MIRILLA

Jornada de trabajo en el taller literario. Después lo de siempre, he quitado una coma y he puesto un punto y coma.
 
Un libro puede ser un modesto retrato de la estupidez. Un aforismo también.
 
En un texto se corrigen comas, acentos y faltas de ortografía. En la vida se corrige todo, pero se tarda mucho en rehacer equivocaciones y errores.
 
La belleza bebe en charcos de adjetivos.

Nosotros; un techo a dos aguas.
 
Cuando asciende, el humo se descubre a sí mismo sólido y permanente.
 
En los desguaces, letras sin voz hacen legible el tiempo.
 
Perturba la caricia una lisura fría, de cristal.
 
La buena poesía necesita los atributos de la tradición: raíces, autoridad, pasado.

(Aforismos a solas)



 
Escribir cada texto con la morosidad del aprendiz
 
 
 

lunes, 26 de octubre de 2026

HABITACIÓN DE HOTEL

Habitación de hotel
Fotografía publicitaria
de
Internet

 

SOMBRAS

 

Viajo mucho a ciudades distintas y lejanas, pero nunca abandono la habitación del hotel donde me alojo. Es una costumbre que nació en Praga, el día en que encontré en el espejo de mi cuarto de baño el rostro del huésped anterior. Fue él con gesto tranquilo quien me desveló su identidad y quien, tras una larga charla cuajada de interés, me facilitó el contacto con huéspedes encerrados en otros espejos. Todos resultan interlocutores amenos, que buscan el aire fresco de la confidencia.  Sigo en ruta.

(Cuentos diminutos)



sábado, 24 de octubre de 2026

EL RUMOR DE LA LUZ (La voz del haiku)

Despertar
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

EL RUMOR DE LA LUZ

 

En la más honda espesura
de la montaña
llegar a la desnudez
 
TANEDA SANTÔKA
 
 
Un poema no existe si no se oye, antes de su palabra, su silencio
 
JOSÉ ÁNGEL VALENTE
 
El sentimiento de cómo el mundo real canta
mientras la soledad y el silencio
me apartan del mundo habitable
 
VIRGINIA WOOLF
 
 
 
Un parpadeo,
de claridad suave
toca tus manos.
 
*
 
Al despertar
dibujan los cristales,
trinos y pájaros.
 
*
 
Tensar el arco,
que contagien  la flecha
certeros ojos.
 
*
 
El ayer vuelve.
La vela del recuerdo
chisporrotea.
 
*
 
Alza sus brazos
la palidez del día.
Es cuanto tengo.
 
*