jueves, 20 de agosto de 2026

GENTE COMÚN

Vintage
Archivo general de internet

 


                                           Hablar poco  es lo natural.
                                           Por eso
el torbellino no dura toda la mañana
ni dura todo el día la tormenta.
 
                        Lao  Zi
 
El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible
y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta.
 
                        Jorge Luis Borges
  7


GENTE COMÚN

 

La escritura y yo, versión literalista del matrimonio, restaurante discreto en el que sólo hay sitio para dos comensales.

Alguien escribe. Soy parte de la trama. Un personaje episódico.

En la lisura del cristal, los aspersores del jardín difunden transparencia en el corazón del verano. Pienso en aquella línea de Jorge Luis Borges: “No pasa un día en el que no estemos, un instante, en el paraíso”.

Que el desconcierto no sea obstáculo interpuesto; camina junto a él.

Estoy aquí. Aunque desconozco la localización exacta del aquí.

Colecciona fósiles. Quiere entender el discurrir del tiempo sin la nebulosa atribulada de lo inmediato.

Como Narciso, hice del espejo un lugar de introspección.

Ejemplos del vacío, las estatuas carecen de secretos.





miércoles, 19 de agosto de 2026

POÉTICA

POEMA

 

     
 
E-mail
 
El mensaje conciso,
sin tallo emocional,
sin hojarasca;
sólo el misterio
de la transparencia
y el hilo concesivo
del discurso coherente.
Que el teclado perciba
desnudez, eficacia,
y la respuesta fiel
del mensajero.
 
           JOSÉ LUIS MORANTE

martes, 18 de agosto de 2026

RODOLFO SERRANO. HOTEL EN LAS AFUERAS

HOTEL EN LAS AFUERAS
Registro de viajeros
Rodolfo Serrano
Prólogo de José Luis Morante
Lastura ediciones
Madrid, 2025

 

DESDE EL PONIENTE

  
   Una luz amarilla y gastada alumbra la distancia entre la madurez y el camino de vuelta de la senectud. Es un recorrido vital que enseña a bajar la voz y moldea, en la esfera de todos los relojes, el instante gastado de un presente continuo. Ya no resulta necesaria la prisa. El ahora convierte su cronología en un lugar doméstico, una sala de estar con ventanas a la memoria y con tertulia sensitiva con el pasado. Lo vivido muda en constante página en reconstrucción, donde todo tiene la textura de lo contingente. Solo las cuestiones esenciales de cada ecuación diaria preservan las incógnitas sin resolver.
   La palabra poética se convierte en crónica vital. Mira, con los ojos casi cerrados, un futuro que se diluye lentamente, mientras sus pasos rezagados conducen a ninguna parte. Mañana es un horizonte especulativo, un tranquilo páramo mesetario ajeno al maquillaje ampuloso y grandilocuente de la celebración. El pensamiento secuencia su fluir apoyado en la lógica de lo real, en la percepción sensible que depara el juego de impresiones de lo cercano. Así que la poética se convierte en una invitación a la confidencia sobre los procesos vitales que conducen al escepticismo y la decepción, al umbral del olvido.
   Siempre que regreso al quehacer literario de Rodolfo Serrano (Villamanta, Madrid, 1947) el yo poemático muestra un cálido carácter confesional. El poema se convierte en un espejo privado que necesita ahondar en lo que permanece y en la validez de la experiencia. Los versos alumbran un espacio compartido, una senda llena de sensaciones que recorre los paisajes interiores de la naturaleza humana. La voz explora los rasgos del sujeto marcados en el tiempo e indaga en la identidad de quien sale a descubierta desde la meditación para acercarse a sí mismo.
   Abunda en el poemario Hotel en las afueras la soledad desnuda de quien hace recuento de algunos paraísos perdidos: el amor, la belleza, la pasión, el deseo o aquellas arquitecturas sentimentales que cobijaban sueños, ilusiones y esperanzas.  La voz de quien recapitula sobre la existencia como estela de adversidad y pérdida. Casi todo lo que tuvimos está detrás. El acontecer dibuja los relieves de un áspero mundo que muestra las cicatrices del trascurrir, mientras sobrevuela un aire denso, de melancolía y nostalgia. La felicidad parece una vivencia ajena, un reflejo fósil encerrado en resina. Como sugiere el título, se busca un refugio compartido, una trinchera a resguardo para suturar las heridas abiertas y proseguir ruta en el tablero de lo cotidiano, con la esperanza puesta en la evocación, aun cuando la memoria haya convertido en hábito la tristeza como ensimismada compañía. Toca vivir rebobinando fragmentos, siendo fiel en lo posible a los restos del naufragio.
  Los lectores que busquen la razón del poema en Hotel en las afueras percibirán en la sensibilidad de Rodolfo Serrano una nítida cercanía con los poemas de Raymond Carver, el poeta que vivía la esperanza como una función esencial de la conducta diaria, como la búsqueda de algo indefinido que detendría el tiempo, como sucede en los reductos visuales y el cromatismo frío de Edward Hopper. Añadiría también, en la afectuosa genealogía de magisterios, a Ángel González, el inolvidable poeta de la generación del medio siglo, autor de Palabra sobre palabra, y a Karmelo C. Iribarren, siempre aplicado en el terco quehacer de inventar al lenguaje una barra de bar con lluvia fuera, un centro indispensable de emoción. Son poetas que, en el deambular de la conciencia y en su capacidad de comprender, abren una ruta de salida, un minifundio que cura la cellisca desapacible de la soledad, un espacio de penumbra y sueño donde el camarero sabe los nombres de pila de sus parroquianos y deja la penúltima por cuenta de la casa.
    El cuerpo no se acostumbra nunca a dormir solo. Necesita el oxígeno del poema para buscar un hueco a los andenes solitarios donde solo la niebla espera la llegada del último tren; donde las habitaciones de una noche prestan la mano alzada de sus espejos a los desconocidos; o  marcan la silueta de un cuerpo tumefacto que muestra en su epidermis las magulladuras de los sueños que nunca alzarán vuelo. Cae la tarde; con el pulso tembloroso de la melancolía, una mano cansada escribe versos de amor y de nostalgia, historias de pasiones inventadas en las que se abrazan sombras invisibles.
   En los registros de la poesía meditativa nunca tienen problemas de convivencia la filosofía existencial, hecha de certezas provisionales, y la llama encendida de los sentimientos. La buena poesía nunca se sale por la tangente; es una suma al contado de latidos asimétricos, pensamientos y sueños dispuestos a arrimar el hombro a los muros de la realidad. Y esa lluvia de polen deja su evidente resultado en Hotel en las afueras, donde cada poema nombra con lucidez las páginas manoseadas de lo cotidiano. La conciencia del personaje lírico encaja con la vestimenta del perdedor. Alguien que se mueve a contracorriente, sin nadie al lado en quien depositar un brazo sobre el hombro. Apura a solas el cigarrillo de la resignación, como si entre la noche hubiera consumido una historia de amor que se diluye con la luz del día. Si duele, queda el poema, los silencios escritos que dicta el corazón. Cae la tarde y alguien escribe sobre la piel de la añoranza, mientras contempla el vuelo de algún pájaro sin nido. En su mirada, la encendida plenitud de quien aspira un resplandor de amanecida porque “la vida, y el poema y los amores / son, todo,  sombras, de la misma luz”.    
     
JOSÉ LUIS MORANTE



 

Rivas, primavera de 2024

lunes, 17 de agosto de 2026

PELDAÑOS

Ascensión al vacío

 
 PELDAÑOS

Alguien
            cae
     en
         su
primera caída
 
ALEJANDRA PIZARNIK
 
 
Inadvertido nadie, ángel que acaba de llegar y ya regresa.
 
 
Durmió en la umbría de lo real un largo sueño y amaneció cubierto de musgo.
 
 
Anda cerca. La voz del ramaje predice la música del vuelo.
 
 
En la lisura del espejo las plumas son esquirlas.
 
 
En la enésima inmersión aprendió a  aletear bajo el agua
 
Con dedos de aurora moldeó un sueño: se hizo hombre.
 
 
Cansancio. Alas cosidas.
 
 
A la intemperie, el ángel solo practica el vuelo raso.
 
 
He visto un nuevo poblador de azules. No es igual que yo. Sus alas son más sólidas. Se llama Ícaro.
 
 
Desnudez; el excesivo equipaje ralentiza el vuelo.
 
Sentido de lo mágico. el pez volador quiere ser ángel.

(Aforismos en la escalera)




sábado, 15 de agosto de 2026

POESÍA Y CRÍTICA

Recorridos

 

LA CRÍTICA COMO PLACER LECTOR


   En su tarea de hacer lectores, la crítica traza juicios sobre la realidad literaria, pero también construye trampantojos y confunde al lector cuando se pliega a intereses editoriales concretos; el crítico entonces se convierte en un hacendoso comercial que puerta a puerta enaltece las invisibles cualidades de un producto.
 
   Ya he comentado en varios sitios las razones privadas que justifican mi dedicación a la crítica. La lectura frecuente de autores como Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Jaime Gil de Biedma o Luis Cernuda propician la idea de que la escritura de varios géneros convive sin problemas de vecindario y es un hecho natural en la tradición literaria. Poesía y crítica en mi caso se ensamblan sin disidencias; la crítica no es un subproducto, prolonga el pensamiento teórico dedicado a mi propia poesía. El quehacer crítico debe ejercerse sin ningún dogmatismo, sabiendo que la obra literaria tiene un sentido plural y que los aportes de nuestra visión analítica tienen una vigencia limitada y parcial. El crítico es un lector intuitivo que poco a poco completa una personalidad intelectual.     
 
   El ejercicio de la crítica me ha deparado momentos de gran felicidad y ese es uno de sus efectos más reseñables; casi tanto como algunos sujetos comunes de carne y hueso, ha marcado mi vida el persistente contacto con identidades imaginarias con un alto poder de persuasión que han clarificado y dado consistencia a las relaciones de mi yo con los otros.
   En tiempos  de incurable materialismo es hermoso pensar que la lectura nos concede la posibilidad de construir un abismo; de sustituir el mundo real por un mundo ficticio.


(Apuntes sobre la crítica)



viernes, 14 de agosto de 2026

EL IMPOSTOR

El otro
Madrid

 

EL IMPOSTOR

 

Un sueño es la mitad de una realidad

JOSEPH JOUBERT

 

   Sin ángulos muertos, se vio a sí mismo en los meandros del sueño prodigando actitudes insólitas. Cerró los ojos ante la imagen patibularia. Su comportamiento estaba lejos del molde de rigidez victoriana que se atribuía. Era un impostor. Debajo de la historia existencial permanecía el registro intacto de otra biografía. Necesitaba una purificación extrema, mientras sentía en el pecho la punta de aguja de la desolación. Empezó por no respirar. Ahora sabe que solo cuando duerme es él. En el sueño en silencio retornan las cosas a su funcionamiento natural.


(De Cuentos diminutos)


 

 

jueves, 13 de agosto de 2026

EFI CUBERO. RIZOMA

Rizoma
Efi Cubero
Introducción de Javier del Prado Biezma
Imagen de portada: Paco Mora
Editorial Mahalta, Colección Poesía
Ciudad Real, 2023

 

EL TRABAJO GUSTOSO

  
   Efi Cubero reúne en Rizoma una amplia muestra de su trayectoria poética, alentada por la jovencísima editorial castellano manchega Mahalta. Consigna un desvelado quehacer en el tiempo, pleno de pulsión emocional y estética. La poeta y ensayista de Granja de Torrehermosa organiza su mapa creativo en ámbitos temáticos, como si la materia verbal estuviera formada por estratos. Las capas sedimentarias alumbran indagaciones en las posibilidades del lenguaje y responden a claves existenciales, cuajadas de misterio, por las que el yo se adentra en sí mismo para dejar constancia de su identidad. El interminable fervor de Efi Cubero ha impulsado un balance creativo formado por las entregas Fragmentos de exilio (1992), Altano (1995), Borrando márgenes (2004), La mirada en el limo (2005), Estados sucesivos (2008), Ultramar (2009); Condición del extraño (2013), Punto de apoyo (2014) y Solo inclasificable 2021). Un largo proceso que aglutina también las composiciones inéditas, no conocidas en libro todavía.
  Efi Cubero acentúa el proceso para vivir la esencia de las cosas, esos temas centrales que conforman la compleja urdimbre de Rizoma. Los poemas se cobijan sin enunciar de qué libro proceden; conforman apartados que mantienen una sostenida unidad armónica: “Rizoma”, “Ver”, “Hora Prima”, “Travesía”, “Lugares habitados”, “Natura”, “Huellas”, “Creación” y “Amar”. De este modo, percibimos los muros de una casa de tiempo y de silencio, un ámbito transcendente empeñado en la persecución de la belleza. Efectos profundos y sutiles en la sensibilidad de un sujeto verbal con fuerte sentido de su autonomía estética.
  La introducción “Leyendo Rizoma, bajo el enigma del poema”, firmada por la palabra sabia del poeta, ensayista y profesor Javier del Prado Bizdma, yuxtapone sondeos interpretativos. Esboza un análisis de intensidad y concisión emotiva, en el que se desvela esa red transversal de los matices. Insiste el profesor en la semántica fuerte de “Rizoma” como “tallo subterráneo hinchado de jugo y de gérmenes de vida”; una proyección de la raíz hacia el mundo aéreo que mantiene su oculta esencialidad, su imprevisible dimensión extemporal. La palabra despliega un paisaje conceptual que desvela y muestra la piel abierta de la ontología, la plenitud intacta de lo oracular que se resiste a la brújula analítica del pensamiento y a su empeño de exactitud filosófica. La introducción nada deja en barbecho. Recorre con profunda conjunción estelar cada una de las secciones para determinar sus rasgos distintivos, sabiendo que la estructura es lo que permanece, más allá de la contingencia y lo coyuntural.
  La nota de la escritora responde, con didáctica concisión, al origen del título y a los criterios de selección de esta poesía de la extrañeza que aglutina como material magmático entorno natural, pensamiento filosófico, realidad transcendida, mística interior y decurso vital. Todos son lugares del poema, estaciones de llegada de la conciencia, pulsaciones de incertidumbre de las que emerge una poética y una disposición a la palabra: “La incertidumbre / es mirar más adentro / sin encontrarnos”.
  Quien escribe, pone en vigilia su forma de percibir y ver; se crea una disposición a la palabra, un estar a la espera que busca “enlazar lo distinto para unirse en un todo”. Desde la soledad y la extrañeza el sujeto verbal se hace voz, semilla germinal de una armonía íntima y sin contornos.
  Construir la escritura es dibujar un código de acceso al núcleo del silencio. Los poemas transcriben incertidumbres; se deslizan por una senda de evocaciones, imágenes y enunciados reflexivos. En las composiciones se hacen accesibles los afanes diarios de una perspectiva ecléctica, de una contemplación que se condensa, donde las certezas son un afán continuo de claridad y transparencia, es refugio pautado que protege y salva, que concede sentido a la volátil sombra del tiempo: “La mirada resuelve / la extrañeza de ser… / O el extravío”.
   En cada sección se exploran sendas argumentales en las que el devenir existencial se define como vértice central. Vivir es un caminar continuo, sin desplazamientos, que hace posible la revelación y el encuentro, la fugacidad de un tiempo en continuo deseo de huida. El incansable andar empuja a mediodías y ausencias, a percibir las marcas en el aire del azar que sostiene nuestros pasos. Junto al yo, el sueño de la naturaleza, la materia que aporta cercanía y conocimiento en la compleja urdimbre de su apariencia: “Por el delgado filo / de transparentes márgenes / busco cobijar los códigos brumosos / de la naturaleza que intento comprender.”
   En el variado contexto escritural de  Rizoma la preocupación metaliteraria está presente en “Sílabas”, “De paz”, o en algunos poemas del apartado “Creación” que definen una manera de mirar el mundo llena de lucidez, nunca abstracta o distante. La epifanía verbal es un proceso, el justo equilibrio entre trabajo, acierto expresivo e inspiración: ”Alumbrar, pulsar en lo acertado / para sentir el alma allí donde se oculta. / Aquí donde la vida se revela, / desnuda, intraducible…”
   El apartado final hace del amor camino propio. Un tantear continuo en la profundidad de la entrega, en el deseo y en el espacio simultáneo del nosotros, en la incansable travesía de las estaciones. Después de la partida queda el desvelo del recuerdo, la reivindicación de que en la ausencia también se permanece, tras los pasos inciertos de la evocación. El rumor elegíaco impulsa composiciones de fuerte calado sentimental; la voz de quien no está se retiene con la convicción de una vivencia permanente en “Fotografías”, “Sol”, “Partida” o “Soledad”.   
    Por la identidad poética de Rizoma asoma, vivo y pleno, el movimiento incesante de la belleza. La voz que aspira a llegar a ser. La ontología resiste la neblina diaria. Las palabras se deshojan; podan lo transitorio para mostrar una fondo de efectos profundos. Las floraciones versales contemplan un presente único en el que se entrelazan periplo biográfico y obra; el desvelo de la música callada de silencio, el intacto perfil que deja en la memoria un brillo inacabable.

JOSÉ LUIS MORANTE




 
 
JOSÉ LUIS MORANTE