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Cuaderno del que calla Francisco José Martínez Morán La Garúa Editorial / Poesía Santa Coloma de Gramenet, Barcelona, 2026
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EN NOMBRE DEL SILENCIO
Con título paradójico,
prosigue senda poética con el libro Cuaderno del que calla Francisco
José Martínez Morán (Madrid, 1981). Recuerdo a los posibles lectores los trazos biográficos esenciales
del poeta: Doctor en Literatura Comparada, Licenciado en Filología,
investigador literario, gestor cultural y docente en ejercicio. Su espacio
creador levanta vuelo en 2006 con Variadas
posiciones del amante, reconocido con el Premio Nacional de poesía Félix
Grande. Desde entonces cultiva con pasión la poesía, publicando las entregas Tras
la puerta tapiada (2009), Obligación (2013), Tacha (2018), Los
cuadernos del frío (2021), No (2021) y Fábula del fragmento (2023).
Como narrador incorpora a la editorial canaria Baile del Sol la novela Amistades comunes (2018). Colabora en
revistas y radio y dirige la colección de poesía de la Universidad de Alcalá de
Henares.
Hablaba al comienzo del texto
del carácter paradójico del título y explico brevemente mi consideración. El
cuaderno es una herramienta de trabajo en la que el escritor reúne apuntes al
paso y organiza la materia verbal; es, por tanto, el umbral de la
palabra; una despierta vocación de memoria que se opone a la sílaba quebrada
del que calla. Desde esa pauta y con una hermosa dedicatoria a la poeta Marina
Casado, compañera sentimental y autora del breve texto de contraportada, se
compilan ochenta y siete poemas breves, organizados en cinco secciones: “De un
cuaderno sin luz”, “Parafernalia”, “De un cuaderno sin frutos”, “De un cuaderno
cerrado” y “Tumbado”; todos con trazos meditativos de despojamiento y desnudez.
El poema inaugural del apartado “Cuaderno del que calla” emparenta con el
vislumbre lacónico del aforismo: “Terminará la luz / y no te habrá bastado.”
Ese afán de definir el poema con la soledad habitable y el carácter íntimo del
pensamiento moldean los versos con mínimos recursos. La voz, limpia y precisa, derrama
transparencia. Es lenta y premiosa. Se adentra en las lindes de la noche hasta
sentir el tacto de lo perdido, el frío de un cielo desmembrado. Sabe que el
despertar supone aceptar la quiebra que conforma la perspectiva del yo poético:
“Cuanto te gustaría que lo roto / ya no formase parte de quien eres, / que no
fuera tu sangre y tu osamenta, / que no constituyese / el único sentido de tus
años”.
El tono introspectivo de las
composiciones hace del tiempo y sus certidumbres uno de sus vectores básicos.
Los textos moldean soledad, ratifican sensaciones de hondura, asumen la
caducidad, liberan sombras. Buscan respuestas, a través de la escritura, que
hagan más habitable la casa, que aligeren la presión ominosa del pasado y
diluyan la banalidad de quien percibe los puntos de cruce del entorno. Como si
la representación hubiera concluido, toca bajar el telón, asumir las exactas
dimensiones del teatro y abandonar las tablas para buscar sitio en otra parte:
“vuelvo porque ya me he marchado para siempre”.
Lo cotidiano forjó usos
habituales. En torno a las cuerdas de sujeción del atardecer pende una monotonía hecha quietud, de la que
conviene liberarse. Este afán se recoge en el segundo apartado, “Parafernalia”.
Hay que recuperar la sensación de ser otro y estrenar un vacío en el que ya no
este cobijado un pasado común, repleto de incisiones y recuerdos. Promesas e
ilusiones conspiraron para ser Ícaro y habitar la caída, el error y el
desengaño. Para ascender por los peldaños de un futuro imprevisible en el que no estarán los
pasos del nosotros. ´Solo serán compañeros de viaje la “despresencia” y el
olvido.
Llega un tiempo de hastío y queda entre las
manos, como enuncia el título del tercer apartado, la austera caligrafía de “Un
cuaderno sin frutos”. Se impone, como tercos garabatos infantiles, la plenitud cansada
de lo frágil. Los espejos resguardan quejas. Son apuntes de una realidad
testimonial y objetiva que habla de soledad y carencia, de la triste penumbra
del pasillo sin nadie. Todo el apartado amplifica con sus breves trazos la
sensación de naufragio, ese dejarse arrastrar por un oleaje que no deposita en
ninguna playa. Solo perduran algunas emociones como escueta terapia contra la
conciencia de la ruina. Todo parece conspirar alrededor. El yo se hace refugio
de sí mismo.
El apartado “De un cuaderno
cerrado” atestigua un camino de vuelta. Otra vez el paso encuentra norte, una
presencia firme que tiende la mano a la esperanza. La noche deja sitio al tacto
rosado de la primera luz, aunque todavía perduren indicios de frustración y
desconcierto, las reiteradas versiones de una misma decepción. Una orfandad cercana
a la que conviene poner distancia, para que suene en el transitar de la mañana
el rumor de la brisa que tiembla entre las ramas.
La composición final de
“Tumbado” reúne, con ritmo entrecortado, las huellas del yo frente a sí mismo:
“Yo estoy tumbado / y así seguiré”. La quietud parece un horizonte estable y
monocromo. Todo está en pausa. Espera, mientras el tiempo se desliza con
vocación de ausencia. La realidad es un extraño hueco inhabitable.
Francisco José Martínez Morán
vislumbra en las composiciones de
Cuaderno del que calla el paisaje
fallido de la realidad, sus luces mínimas, los trazos de un tiempo que se
desvanece. Queda el silencio y la evocación, el parpadeo de la memoria, donde
apenas se cobija el frío. Mas la vida persiste, reclama la mirada y pone en la
ventana luz diáfana, la taza de café para el regreso.
JOSÉ LUIS MORANTE