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Sinfonía para un solo músico Javier Mateo Hidalgo Prólogo de Daniel Huerta Goya Editorial El Sastre de Apollinaire Colección Poesía Madrid, 2025 |
QUEDA LA MÚSICA
La poesía de Javier Mateo Hidalgo (Madrid,
1988) mantiene una nítida solución de continuidad, como si los cimientos del yo
encontraran en el taller abierto una manera de recorrer lo cotidiano; una
búsqueda de sentido de la condición existencial. La voluntad creadora fija lo
efímero, trasciende la inmediatez perecedera. Profesor de Bellas Artes en un
instituto público madrileño, crítico, dramaturgo y artista visual, la estela
lírica de Javier Mateo Hidalgo alienta un discurso reflexivo que fortalece
músculos con la experiencia vital.
El paso armonioso de sus entregas conforma
una travesía formada por dos tramos claramente definidos. Un tramo de formación
y epifanía integrado por El mar vertical (2019), Ataraxia (2022)
y algunos momentos de La imagen sonora (2023), aunque esta entrega puede considerarse
una bisagra hacia el afianzamiento. Y una etapa de
madurez que deja registros en Arquitectura del sueño (2024) y se
fortalece en los conjuntos Novela (2024), y Exposición permanente (2025).
A este intervalo creador se suma el libro que alienta esta reseña, Sinfonía
para un solo músico, una compilación unitaria de poemas con un
pórtico conciso de Daniel Huerta Goya.
El texto alerta de la afinidad ética y
estética con el autor y la existencia en su propuesta de dos núcleos
temáticos esenciales: aditamento biográfico y soporte cultural. Son anclajes
significativos que, en su condición semántica, muestran afinidades con el
juicio crítico de José María Parreño, escrito para Exposicion permanente:
“El poema enuncia tejidos de memoria y pensamiento y constituye nuestra única
forma de fijar, transmitir y descifrar poesía”. Por tanto, nos hallamos ante
una autobiografía ficcional repleta de vislumbres del ser. Un retrato íntimo
del yo recreado con un tono meditativo, con pulsión vitalista y sensibilidad
elegíaca. Javier Mateo Hidalgo recobra la entidad del pasado, vuelve los ojos hacia
los repliegues de la confidencia para encontrarse consigo mismo.
La introducción examina también el sesgo
regulador de la música y su mano inspiradora para dotar a la escritura de un
sosegado epitelio sonoro. Sobrevuela los sentidos la séptima sinfonía de
Beethoven. Sus movimientos sirven para estructurar un poemario en el que la atmósfera sonora constituye una pulsión orgánica. Para el poeta la música es un paisaje vivo, cambiante, pleno de empatía sensorial, en el que se acumulan sensaciones empeñadas en perdurar. En él se ensamblan
vivencias dormidas y sensaciones. Sus armoniosos pasos acogen secuencias del
tránsito vivencial. Llenan de significado el tiempo oscurecido, mientras el
poeta contiene el aliento para oír la voz de Whitman, Juan Jamón Jiménez y
María Zambrano.
Toca
interpretar las partituras. Hay que improvisar escalas y arpegios desde la
memoria. En el trasiego de lo cotidiano, repleto de mudanzas y cambios, el
poema traza un camino interior. Es una forma de evitar la niebla del tiempo y
su capacidad para borrar los pasos de la identidad. El recuerdo llena vacíos,
descubre en la pared las huellas de un niño que se desplaza hacia el ahora.
Cada movimiento abre el misterio. Despierta
una respiración que se acompasa entre la obligación y el sueño. Pensamiento e
imaginación moldean la belleza del mundo. La música pone voz y sensaciones. El
yo poético se siente “un simple trasmisor de la voz de la música”.
En una poesía enunciativa de aliento
realista, donde el ideario versal niega sombras y hermetismos, sorprenderá al
lector el perfil caligramático del poema “Diálogo entre el músico y sus
instrumentos (Caligrama)”. Se trata de una composición que conjuga fuerza
visual y enunciado narrativo.
Tras la obertura, el libro deshoja destellos
que conforman espacios simbólicos. En la segunda sección “Allegretto” resalta
el tono emocional de lo biográfico y la captación de atmósferas: las amistades
perdidas o recuperadas en el tiempo, la soledad del diferente en las gregarias
aulas del instituto, y ese lento proceso de maduración personal, con recuerdos
desperdigados en la brisa de los días.
Poco a poco, el escritor expone con
sinceridad las líneas maestras del libro. Así sucede en el poema “Pastoral
impresionista”, donde escribe: “Aunque la estructura de este poemario / tiende
a ser una falsificación / de la séptima beethoveniana, quiero hablar ahora…”.
El comentario verbal no solo define los contornos del conjunto sino también
concede un papel protagonista al legado cultural, a la hora de diseñar la
escenografía interior y a la música, como desvelo emocional permanente.
El apartado “Descanso” acentúa el registro
evocador. En esa apelación a la memoria, cuajada a veces de sensaciones de
soledad e incomprensión, se fortalecen el amor a la música, la literatura y los
viajes en los que Italia, por su inagotable, friso cultural, se singulariza
como escenario de felicidad gozosa.
El cierre
de Sinfonía para un solo músico, titulado “Presto”, corrobora que la caligrafía invisible de la expresión musical es la manera de transcender la abulia cotidiana. Reconforta el
desfile de nombres propios de compositores y piezas inolvidables. El entrelazado de piezas y sensibilidades también articula la partitura vital, ”es embalse, lámina de azogue limpia”.
Idealiza y convierte el amor en ensoñación.
El poemario de Javier Mateo Hidalgo, sobre
cualquier otra consideración, es un sostenido homenaje a la música. Cada
audición se hace armonía y vuelo en el verso. Es una manera de buscar los sentidos ausentes de quien dispersó pasos en el tiempo y encontró un fondo
sonoro que perdura intacto.