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Reloj de arena en la orilla Carlos d'Ors Prólogo de José Luis Morante BajAmar Ediciones Gijón, Asturias, 2026 |
EL POEMA CON
LOS OJOS ABIERTOS
La personalidad creadora de Carlos d’Ors (San Sebastián, 1951) encarna un
apasionado espíritu de inquietud, con una manifiesta inclinación a la
transversalidad e interacción entre géneros. Así se observa en
los vasos comunicantes de su procesos creativos y en las facetas personales como pintor,
narrador, ensayista, ilustrador, autor de teatro, caricaturista y poeta. Ha
escrito hasta la fecha más de diez poemarios, traducidos parcialmente a otros
ámbitos lingüísticos. como el rumano y el árabe.
Con magnífica edición en BajAmar editores, el catálogo lírico que
impulsa con entusiasmo ejemplar Pascual Ortz, y palabras introductorias de
quien esto escribe, Reloj de arena en la orilla muestra una cubierta de Leticia González Díaz, donde se dan cita varios elementos
simbólicos: el mar, la playa y el tiempo, representado por el manso gotear de
arena de la clepsidra.
El poeta alienta el poema prólogo “Introito. Bitácora de poeta”, donde
clarifica sus intenciones escriturales. Quien desgrana versos avanza por la
incertidumbre, suma voces desdobladas y completa el sentido argumental buscando también las presencias de los otros. Crea así un permanente estar en vigilia
para sondear el misterio del poema. El cauce textual emplea como formatos
expresivos el poema breve y la prosa lírica. Así sucede en “Abanico”, casi un
microrrelato concebido en torno a la pasión amorosa de la madurez. El amor es
un tema fuerte en el poeta. No solo el amor como entrega y seducción, sino como
actitud de acercamiento al entorno: “Abracé con mis amorosos brazos el tronco
de aquel árbol. Y el árbol me susurró, conmovido, al oído: gracias, hermano…”.
La palabra recurre a la imaginación; selecciona y condensa en su brevedad para acercar al lector sensaciones e ideas, más allá del mero
significado textual.
El yo poemático nunca deja ausentes los sentidos. Desde la observación
meditativa, aglutina percepciones, estampas al paso, que se amalgamaban a modo de gran friso colorista que hace de la lógica instantánea pasajera. Así da pie a una poesía llena de
interrogantes, como se vislumbra en el poema “Blanco”, donde se puede percibir
una poética del taller literario que reclama libertad expresiva: “¿Espacio? Indeterminado./
¿Tiempo? Indefinido. / ¿Tema? Ausente. / ¿Emoción? Ninguna / ¿Estructura?
Inexistente / ¿Sentido? Vacío / ¡Forma? Informal / ¿Expresión? Indiferente. /
¿Objetivo? Ninguno. / ¿Posibilidad? Toda. / ¿Título? Blanco ". El poema se
convierte en un alegato de plenitud sobre la pulsión creadora. Desnudo y sin
tamices; sin reglas. La única norma es la ausencia de normas; la superación de
la contingencia para que aflore la posibilidad. También desde un registro
metaliterario se escribe “Bolígrafo”, donde el poema se aleja de la erudición y
de la utillería metafórica para buscar el despojamiento y la sencillez
expresiva. Más que el trabajo artesano, que pule el poema para convertirlo en
una gema verbal, le interesa el verso coloquial; el que comparte emociones y
sentimientos y resuelve paradojas. Una poesía humilde, propicia a la
enumeración, matérica y corpórea, que acomete la búsqueda de un destino
desconocido porque sabe que la existencia es azar y voluntad de encontrar los
andenes propicios. Como en Kavafis, lo que importa no es el andén final sino el
trayecto, ese camino que hemos recorrido con huellas imperceptibles.
Carlos d’Ors comparte un amplio inventario de cosas cotidianas con
evocaciones y recuerdos. De este modo, la poesía mantiene, en la atenta memoria líneas
de vida, rastros introspectivos y recuerdos. Así se percibe con el mediodía de
la ternura en el poema “Dedos”, con ecos de la Iliada: “El primer viento que
recibí, cuando era un niño fueron los dedos de la aurora de rosáceos dedos al
despertar: la caricia de mi madre”.
Otro vértice del libro es el
tiempo. En él se conjugan instantes de la experiencia de vivir. Si la elegía y
la nostalgia dan voz al mapa del pasado, el ahora se convierte también en un
surco abierto de sensaciones que alienta el discurrir de lo cotidiano, el
caprichoso viento del transcurrir. La realidad siempre somete a la identidad a
un juego indefinido y paradójico, como se percibe en el hermoso poema “Mirada”:
En esos ojos tuyos, / alguien que no eres tú pero eres Tú, / me está mirando. /
Y en esos ojos míos, / alguien que no soy yo pero soy Yo, / te está mirando”.El viaje es siempre una metáfora de la existencia; la voluntad de ser
impulsa el desplazamiento para encontrar sentido a nuestros pasos, para que la
conciencia apague su sed con unas gotas de luz. Esa vela encendida que guarda
sitio y hace permanente lo transitorio.
El símbolo es consustancial a la expresión literaria. Y Carlos d´Ors siembra en el espacio expresivo deReloj de arena en la orilla una simbología velada, que ensancha
el realismo y la claridad expresiva, que buscan en el patrimonio cultural y en el estilete intuitivo del hablante lírico la
textura cálida de una sensibilidad creadora siempre en vigilia.