jueves, 25 de mayo de 2017

HILARIO BARRERO. EDUCACIÓN NOCTURNA

Educación nocturna
Hilario Barrero
Edición de José Luis García Martín
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2017

INVITACIÓN A LA MEMORIA


  El quehacer de Hilario Barrero (Toledo, 1946) es cuajado y coherente. Despliega su largura en géneros simultáneos hasta completar un mosaico donde los espacios reflexivos son similares porque el álbum mental y la sensibilidad del yo están siempre entre líneas. En el fondo de la mirada se exponen los ángulos de su relación con el mundo. En el quehacer indagatorio de la escritura, su tesela mayor es la poesía. Es una constante personal que inicia camino en plena década novísima con el cuaderno Siete sonetos editado en 1976, apenas un par de años antes de comenzar su estancia en USA, para dedicarse a la enseñanza, primero en la universidad de Princeton y después, como profesor titular, en  la de Nueva York. Esa lejanía geográfica es soliloquio y experiencia en sus diarios, así que el laberinto urbano de Brooklyn nunca queda lejos, basta con tender la mano a la autobiografía para que la añoranza se transforme en descubrimiento; para sentir al poeta recrear el discurrir o regresar al azul claro de la infancia, como si los días fuesen trayectos de retorno y necesidad de buscar el origen.
   En la aurora de Siete sonetos opta por la habilidad métrica de las formas cerradas para compartir la constante vigilia del enamorado y su lumbre sentimental. Después asume un estar invisible que no se quiebra hasta 1999, cuando su poemario In tempore belli consigue el Premio Gastón Baquero. El título remite a la música del maestro Josep Haydn y en sus poemas no faltan algunos elementos básicos de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, no en su filiación surrealista ni en el utillaje formal porque Hilario Barrero busca la claridad expresiva, sino en el concepto del miedo y la superación de conflictos personales. El ideario poético se ha renovado y el protagonista verbal intensifica su pupila observadora en la que confluyen niveles temáticos dispares.
   El profesor Barrero se presta a recorrer un nuevo tramo a paso lento del que son reflejos Luz Ilesa (2008), Agua y humo (2010) y el poemario Libro de familia, que recoge composiciones escritas entre 2001 y 2011 y que me parece, sin discusión, el libro más representativo del autor. El volumen aporta una introducción de José Muñoz Millanes cuyo análisis concede al discurso lírico un enfoque existencial. La escritura no es sino el reiterado intento de responder a las cuestiones centrales del existir y los efectos quebradizos del tiempo; también sondea enlaces con el verbo poético de Robert Lowell, otro acierto sin duda porque la práctica de traductor, bien representada en las versiones de Lengua de madera y en La esperanza es una cosa con alas, reciente traslado al castellano de los poemas de Emily Dickinson, hace que su inmersión en el espacio lingüístico norteamericano sea un quehacer natural.
  No he hablado hasta ahora del talento plástico de Hilario Barrero. Es una cualidad que suma imaginación y belleza; dota a sus creaciones de un onirismo que trasciende lo real abriendo una dimensión más amplia. Lo vemos en las cubiertas de la colección Cuadernos de Humo, primorosamente editada, y en Tinta china, una compilación de haikus, con ilustraciones realizadas por el propio poeta. En ella reflexiona sobre la claridad expositiva: “Que el verso sea / como una doble llave/ abriendo heridas”; son palabras que refuerzan el propósito comunicativo y no borran en su diálogo la sensación de intimismo y apertura de sentido. Eje argumental es el transcurso que requiere el testimonio sensorial de la palabra. Cada haiku sirve de acogida a un fragmento de lo transitorio, una realidad matérica que desperdiga indicios en el tránsito diario, pero también se abordan ideas conceptuales, definidas en sensaciones y sentimientos que establecen puentes relacionales entre el acontecer y las cosas. Hilario Barrero deja en Tinta china casi un centón de haikus. La estrofa exige siempre lucidez, precisión verbal y ese deslumbramiento que convierte al verso en  un relámpago, en una caligrafía de luz que se refleja sobre el suelo mojado del poema: “Sobre el papel / llueve sobre mojado / el último haiku “.
   Ya he comentado que la entidad de Hilario Barrero es trasversal, se desdobla en facetas que no crean entre sí ninguna controversia; pero yo seguiré poniendo el acento esdrújulo en su poesía. En su antología poética Educación nocturna se reúnen abundantes inéditos junto a una muestra de  poemas de las entregas citadas. Caminan con otros pasos, como si hubiesen decidido componer una amanecida unitaria que suena a nuevo libro; así lo resalta José Luis García Martín en el prólogo. Los apartados exploran reincidencias definidas: la memoria afectiva, el descubrimiento del deseo, el modo subjuntivo como acción posible  del discurrir y el espacio habitable de lo urbano donde es posible vadear las aceras de la extrañeza ante los estímulos externos que la configuran.
  Su voz lírica asimila conocimiento intelectual, tejido emotivo y la necesidad de vivir en la temporalidad que tienen las palabras necesarias, las voces del poema.  La escritura es una forma de recuperar la casilla de salida. Se vuelve al principio para mirar el fondo del vaso y construir con los versos una autobiografía moral. La poesía camina hacia fuera y nos deja en Educación nocturna un relato poetizado de saltos temporales, como si solo buscase en lo vivido los momentos clave. El sujeto va fijando contornos y vivencias que antes o después quedarán inadvertidas y en silencio, fuera de plano, donde el mar termina.


                                                                            

                   

miércoles, 24 de mayo de 2017

PATRICIA GUZMÁN. EL ALMENDRO FLORIDO

El almendro florido
Patricia Guzmán
Kalathos Editorial
Alcobendas, madrid, 2017


CELEBRACIÓN


   Hay poetas que ocultan sus referentes literarios, como si la voz personal naciera en el desierto y su modulación no fuese un entramado de aportes. Y poetas al sol, como Patricia Guzmán (Caracas, 1960) que abre su poemario El almendro florido con un inventario de deudas; sus versos proponen un diálogo coral con salmos y versículos de la Biblia, Dante, Rilke, Blake, Dickinson, Hesse o Celan…La poeta respira  el aire cálido de un jardín literario de densa floración.
   Hasta el ahora, Patricia Guzmán  ha entregado a imprenta siete libros de poesía, un fértil recorrido que arranca en 1987 y que ha abierto un profundo surco de afinidad y reconocimiento en el espacio intelectual de Venezuela, con versiones parciales de su obra en italiano, francés e inglés.
   Las breves reflexiones de Nelson Rivera miran El almendro florido con la perspectiva de un cántico liberador. Exponen la dimensión espiritual de esta entrega compuesta por un único poema que muestra en la amanecida el sustrato humano de un pensamiento repleto de conexiones simbólicas. El poema proclama una dinámica respiración de claridad, busca desasirse de lo contingente para explorar anhelos trasterrados: ”si el mundo es desolación, también es una bóveda celeste”.
  Adentro en la espesura- como proclamara Jorge Guillén- , con el impulso intenso de un viaje introspectivo, Patricia Guzmán elabora su voz en un poblado silencio que adquiere el rumor de una oración. Los versos equiparan los elementos cercanos a una grafía celebratoria que acoge la belleza y el deseo. De esta plenitud es símbolo evidente el almendro florido. En él se conjuga la quietud sostenida de la rama como asiento del canto de los pájaros, donde se hace fuerte el despertar del día. Su estar invita al canto, brilla como un reflejo que incide en las pupilas para mostrar los dones de la existencia. Estar es percibir una naturaleza viva.  De esa contemplación deviene un misticismo que busca superar el acontecer transitorio a través de una dimensión espiritual en la que cobra presencia la fe. Con ella la naturaleza despojada y estéril recomienza, se puebla de brotes y esperanzas.
  Lo mismo sucede con el amor cuando expande sus raíces fuera del yo para buscarse. Esa vía de iluminación- que tanto recuerda al Cántico espiritual de Juan de la Cruz- muda la percepción de los sentidos, es claridad y destello como si se nutriese  no de materia perecedera sino de un afán de vida que habita dentro del yo.
   El cierre crítico de Rodolfo Häsler propone nuevos itinerarios de sentido; enlaza la senda lírica de Patricia Guzmán con las voces más conocidas de la Mistica occidental, pero recuerda que el sentido último del poema no es una cuestión lógica sino un umbral privado que deja su misterio en cada lector. Así que es esa clave interrogativa la que salpica su transparencia en cada uno de los fragmentos de El almendro florido. La poesía para ser libre debe descartar el rumbo marcado por las huellas de la razón; es mejor abrir los ojos y mirar la mañana como quien la contempla por primera vez vestida con la equívoca luz de los sueños cumplidos, con el color de estreno que dibuja el asombro de ser.




domingo, 21 de mayo de 2017

EN CLARO

Fachadas con sol
Fotografía de
Javier Cabañero

EN CLARO

Mirar en claro. Hay gafas de sol que solo ocultan una mirada estrábica.


Alquiló una sonrisa respetable para fingimientos y usos cívicos.


Tarde de café con reproches y una burbuja onírica que respalda el pasado común.


Ese tenso diálogo entre una cobardía expansiva y el remordimiento.


Su optimismo sugiere que la lógica cierra el camino al caos.


Músculos vigorosos, épicos, espartanos para transportar un paraguas.


Tartamudez de ideas.


De su ignorancia aprendí mucho.


Es tarde; el momento justo de hacer casi todo.


¿Vidas? Patéticas imitaciones que súbitamente se desvanecen.

                                  (Aforismos con quejas)

         

sábado, 20 de mayo de 2017

LUIS FELIPE COMENDADOR. MAÑANA NO SERÁ NUNCA

Mañana no será nunca
(Antología poética 2003-2015)
Luis Felipe Comendador
Prólogo de Fernando Rodríguez de la Flor
Epílogo de Luis Alberto de Cuenca
Diputación Provincial
Salamanca, 2017

NICOTINA Y POESÍA
  
   El escritor argentino Adolfo Bioy Casares escribió que “el conocimiento del hombre no permite la previsión de su literatura”. Me toca disentir, aunque admire el talento de Bioy y añore su dúo dialogal con Jorge Luis Borges. Discrepo porque conocer a Luis Felipe Comendador (Béjar, 1959) ha sembrado de continuo claves de desciframiento de su producción poética, cuyo primer tramo compiló la antología Vuelta a la nada (El Árbol espiral, Béjar, 2002). Se ofrece ahora la poesía reunida editada entre 2003 y 2015, un quehacer que integra los libros El amante discreto de Lauren Bacall, (2003), Con la muerte en los talones (2004), El gato solo quería a Harry (2005), Esa intensa luz que no se ve (2007), Dientes de leche (2008), Los 400 golpes (2013) y Corre la voz (2015). Un paréntesis que concede al escritor un lugar propio en su generación, pese a su alejamiento de la sociedad literaria y a su estar silencioso en las contingencias de lo episódico, El bejarano es un outsider con la identidad de “un autor raro”.
   El trabajo de interpretación de esta caligrafía comienza por el título y la imagen de cubierta. Son dos elementos que no agotan su sentido literal pero que muestran una fuerte relación con el contenido: la imagen dibuja un rostro a punto de morder un anzuelo; y el aserto Mañana no será nunca no elude el pesimismo exacerbado de quien no encuentra ningún rastro de vida en el porvenir. Ambas claves predisponen a adentrase en las consideraciones de Fernando Rodríguez de la Flor. El profesor contextualiza el momento histórico en el que nace esta poesía, marcado por la crisis y la globalización. Un tiempo tenso que nunca enmascara su deambular desapacible, su fondo oscuro. Tal estado conlleva el descrédito de lo social y el trazo borrado de cualquier utopía: estar es sobrevivir, ponerse cada día la piel de los naufragios.
   Esta conciencia en proceso se traslada de inmediato a la entidad del sujeto verbal que habita en los poemas y las sombras mudables de su pensamiento; el yo se hace trasunto de un ser contemporáneo que expone su periplo biográfico en la desolación estéril de la derrota a partir de unos cuantos elementos de uso. Una de las columnas más relevantes de esta escenografía personal es el cine, trasunto de aquella caverna platónica, donde la presencia no es sino el sueño de una sombra, una emanación sobre la pared del fondo de contornos difusos. La gran pantalla está en los títulos del poeta y en la construcción de ambientes y argumentos que con frecuencia imitan la trama a resolver del cine negro. En esos callejones oscuros de la soledad el poeta construye su tentación reflexiva; allí aflora, entre la nicotina y los trazos de humo sucio, la certidumbre que mantiene vivo cada latido: estar vivo no es poner en pie un esqueleto resignado; es buscar un sin embargo, hacer de las palabras un refugio, aventar el amor y el estar solidario, pedir cuentas a los propios errores para salir al día con ánimo dispuesto a una nueva derrota.
   En El amante discreto de Lauren Bacall el amor y el deseo se hacen razón de vida para dibujar cerca un arquetipo de belleza, el mito se hace símbolo, impregna lo cercano y restablece un ahora habitable. Pero somos un ser para la muerte y a cada paso asoma la condición efímera. De esa conciencia de habitar la ceniza se nutre  la escritura de Con la muerte en los talones. Conciso y lapidario, el poema dibuja un estar provisional: “Atrapado en campo abierto, / con todo el horizonte / vestido para mí, / los caminos de ida son tantos…/ que no existen”.
   En los libros de Luis Felipe Comendador resuena fuerte la primera persona; habla el yo y en su densidad semántica la intimidad es un rasgo poético esencial. Para convertir ese intimismo en instrumento de revelación y verdad objetiva, el poeta recurre a estrategias de distanciamiento; se ha visto en los libros anteriormente citados y así sucede en las composiciones de El gato solo quería a Harry, donde de nuevo el cine pauta el cauce argumental, a través de personajes como Orson Welles, quien se convierte en callado receptor del soliloquio. El habla evocativa recupera vivencias, sensaciones o el extraño laberinto existencial que suma y resta su erosión en el tiempo.
   Como un viejo tronco que aguarda un brote estacional reverdecido, las obsesiones reinciden y se yuxtaponen los matices de su reconstrucción. Si en los días de infancia hay un sol áureo que va perdiendo brillo mientras se completa la educación sentimental, las secuencias de vida retornan para dejar su vuelo en los poemas de Esa intensa luz que no se ve como si fuese necesaria su presencia para mantener la coherencia. Esperar se convierte en sólida estrategia: “siempre la misma nieve / el mismo mar / el mismo decorado donde ser / o dejarse / donde vivir / o a tientas buscar causa o reposo / abismo, balsa o trono / libertad / pan / cadenas”.
   La poesía de madurez aprende a graduar las emociones, requiere construcciones más severas, aunque conserve el mismo protagonista y profundice en los fundamentos del ideario estético. De este enfoque participan, desde su particular topografía, los poemarios Dientes de leche, Los 400 golpes y Corre la voz. Los tres comparten una similar psicología del sujeto verbal, la eficacia de una expresión en la que nunca hay sitio para la digresión ociosa y el clima orgánico del conjunto.  
  No quiero cerrar esta lectura de Mañana no será nunca sin citar el apunte epilogal de Luis Alberto de Cuenca. El poeta deja claro su entusiasmo afectivo por una manera de ser a trasmano. Es consciente de la coherencia amical y de lo complejo que resulta en tiempos de corrección y escaparate exhibir a diario la sinceridad y las pancartas de los que denuncian, sin que ningún sometimiento merme la profundidad de su grito.
  En los hilos sueltos de Mañana no será nunca está el autorretrato de Luis Felipe Comendador, las repletas estanterías de esa biblioteca interior donde se guardan los libros vividos, aquellos que condensan la geografía de una decepción, la luz pequeña de un cigarro encendido, las ganas de vivir, su nicotina.       


viernes, 19 de mayo de 2017

DESVELO

En mitad del camino


DESVELO

        A quienes son enemigos leales,
       por sus desvelos

Con frecuencia te quejas
del ínfimo desvelo
que suelo regalarte en medio de la noche,
y al cierzo del insomnio te aventuras,
buscándome tres pies..
Duerme seguro,
no hay ninguna estrategia:
mi historia es la viñeta desechada
por un mal dibujante
al que le han ofrecido otro trabajo.

(De Enemigo leal)


jueves, 18 de mayo de 2017

FRANCISCO BRINES. ENTRE DOS NADAS

Entre dos nadas
Antología consultada
Francisco Brines
Prólogo de
Alejandro Duque Amusco
Renacimiento, Sevilla, 2017

ANTOLOGÍA CONSULTADA

                                        
    Francisco Brines (Valencia, 1932) reunió por primera vez su poesía completa en 1974 y tituló el conjunto Ensayo de una despedida, un aserto que refleja como realidad primaria del ser la temporalidad; estamos hechos de pérdidas sucesivas. El sintagma se ha mantenido en ediciones posteriores, que añaden nuevas composiciones y algunos cambios poco relevantes. La antología Entre dos nadas crea un orden nuevo en el personal trayecto del poeta, ya que sus piezas han sido elegidas por casi trescientos lectores. Por tanto, esta colaboración múltiple y amistosa da fe de un cálido homenaje al que pone prólogo el poeta y crítico Alejandro Duque Amusco, quien se adentra en la senda poética con precisión de brújula. 
   Hay en toda la poesía de Brines una intensa coherencia, un pensamiento circular que se alimenta de redundancias. Los protagonistas de su creación son el tiempo y la belleza; el tiempo como tránsito que nos va despojando hasta el vacío final y la oscuridad de la nada; y la belleza que pone luz a los reflejos de la infancia y la identificación del hombre con la naturaleza. En ambos temas cobra sentido la palabra que es revelación y vida. A través de la escritura se recrea la realidad, donde la memoria deja su emoción; la palabra poética es también una respuesta vital que nos permite vivir el pasado en el ahora.
   Su primer libro Las brasas (1960) obtuvo el Premio Adonais, el más importante galardón de la posguerra. Las composiciones de esta amanecida ya son elegíacas. Están escritas desde el estar de un sujeto que reflexiona sobre el paso de los días. Sentimientos y sensaciones se marchitan dejándonos entre las manos una menguada cosecha. En el presente la esperanza no tiene sentido.
  La segunda entrega de Brines, El santo inocente cambia de título muy pronto y se denominará Materia narrativa inexacta. Sombras del mundo clásico que hablan en monólogos dramáticos dan cuenta de las meditaciones del hombre, de ese sustrato común de la conciencia que permite que el amor sea en nuestro devenir un recurso liberador. Los poemas expuestos con la escueta lucidez del relato refuerzan la objetividad del discurso.
   El itinerario se enriquece en 1966 cuando se edita Palabras a la oscuridad, que se alzó con el Premio de la Crítica. El título del mismo sugiere que el misterio de la noche es el interlocutor en quien el verbo deposita la emoción del mundo, esas perdurables impresiones del paisaje de Elca, la inquietante presencia de los otros o los signos desvelados de la soledad y la muerte.
   Aún no es un libro renovador. Aparece en 1971 e incorpora una importante veta satírica; predomina en él el conceptismo y el tono sentencioso. Hay abundantes procedimientos expresivos -parónimos, aliteraciones, rimas internas…- y utiliza un léxico novedoso, aunque también están presentes las habituales preocupaciones, como el derrumbe continuo de la carne.
   Insistencias en Luzbel aborda una poesía metafísica, centrada en el largo trayecto que va desde el engaño de la plenitud de la infancia hasta la nada. La vida entonces -como ya expusimos- se convierte en ensayo de una despedida; solo es vivida plenamente en el breve sueño de los sentidos donde hay una ética de lo celebratorio, un estoicismo que indaga en el carpe diem y que conjuga presente y captación de la belleza.
   Sus últimos libros son el patrimonio del poeta en el tiempo y tienen la mirada crepuscular de la elegía. En El otoño de las rosas un viajero en la parte final de su trayecto hace balance y sabe que el itinerario fue lo que vivió. El rescate es ocasión propicia para cantar el entusiasmo de haber sido.
   Un sujeto poético que nos comunica la estéril razón de la existencia es el protagonista de La última costa. Ya el título sugiere la perspectiva desde la que están escritas las composiciones. Se divisa la geografía del ocaso cuando el mar nos ofrece su distancia, como si no fuera posible el retorno y el viajero lleva consigo la memoria que le permite recuperar el territorio de la infancia y recrear las sensaciones que en el pasado la definieron.
  La antología consultada incluye algunos poemas del libro en preparación Donde muere la muerte. Su apertura “Brevedad de la vida” es un largo balance en prosa poética cuyo argumento deja el poso exacto de la aceptación: existir es el principio de la nada. Solo la escritura conjetura una posible salvación del olvido, un plano de permanencia en el recuerdo capaz de trascender la espalda fría del tiempo.
    En Selección propia, una antología editada en Cátedra, hay un estudio introductorio fundamental para entender su poética. Se titula “La certidumbre de la poesía”. El trabajo se hilvana a partir de un conjunto de reflexiones clarificadoras. A pesar del desagrado del poeta por analizar la propia poesía, sugiere que la poética nace de la praxis como los poemas nacen de la necesidad. Sus indagaciones se orientan hacia el proceso de creación. Cuando el tiempo nos destierra del paraíso de la infancia la palabra se convierte en una fortaleza que salvaguarda la dimensión individual del hombre. Los versos son refugio que permiten construir una nueva realidad que emana de nosotros mismos porque es interior y se nos otorga como una revelación. Así va apareciendo el mundo del poeta, sus concretas experiencias vitales expresadas con un lenguaje donde la intuición dirige la evolución expresiva de una obra que ha hecho de la precisión y la claridad norte y rumbo. Como Antonio Machado o Luis Cernuda, Francisco Brines es un poeta del tiempo. Su palabra es recuento del existir desde una conciencia ética, huellas desgajadas que empiezan a borrase en un tacto de arena.





miércoles, 17 de mayo de 2017

TURIA (Revista cultural / número 121-122)

Turia (Revista cultural/ número 121-122)
Marzo-Mayo de 2017
Fundador y director:
Raúl Carlos Maícas
Instituto de Estudios Turolenses de la
Diputación Provincial
Ayto de Teruel / Gobierno de Aragón

VARIACIONES

   Insistir en el lugar que ocupa la revista Turia es recordar una trayectoria de décadas, consolidada en el tiempo y reconocida con distinciones como el Premio Nacional al Fomento de la Lectura. De la mano del escritor y periodista Raúl Carlos Maícas, Turia alterna monográficos con misceláneas para mostrar las variaciones del ahora literario.
   La entrega de primavera (marzo-mayo de 2017) es un número doble  que aglutina en las secciones de referencia notables intereses. En “Letras” se sondean las claves de Javier Cercas y su empeño en abordar en la ficción una línea de costa que amalgama autobiografía e imaginación; el devenir histórico un campo interpretativo donde se  reconstruye el pasado desde una percepción ambigua, a claroscuros. Javier García Rodríguez analiza la concepción insólita del relato en Larrie Moore y Manuel Arranz camina entre las páginas autobiográficas de Iñaki Uriarte, un diarista que da a sus anotaciones biográficas un punto objetivista que emparenta sus párrafos con la lucidez desnuda del aforismo.
   En el apartado “Taller” las palabras se configuran como vías de escape cuando no como subversión frente a lo real. Algunos de los invitados eligen como enfoque la literatura paremiológica. Es un hecho que el despliegue del aforismo en estos primeros pasos del siglo XXI ha originado un cultivo insólito. De esta escritura de teselas que aliña en sus fragmentos emoción e inteligencia se hacen los trabajos de José María Cumbreño y Elías Moro. También la poesía emite sus destellos  en las composiciones de Andrés Trapiello, Efi Cubero, Basilio Sánchez, Jordi Doce o Alex Chico, entre otros.
   Las conversaciones tienen como interlocutores a dos novelistas que han conseguido franquear las puertas del canon: Rosa Montero, casi a punto de ocupar un sillón en la Real Academia de la Lengua, y Gonzalo Hidalgo Bayal, autor que congrega un manifiesto desdén por lo vulgar: su estilo clásico supone un aire respirable, una claridad que da aliento en este tiempo de titulares y estridencias.
   La veta central de “Cartapacio” explora la presencia literaria de Luis Landero. Se adentra en su exigencia de exactitud y en el rigor de sus estructuras ficcionales para presentar a los lectores una perspectiva profunda y pormenorizada.
   Y están dos referentes clásicos de la revista, el discurrir autobiográfico de Raúl Carlos Maícas, con su fronda de libros leídos, exposiciones y pensamientos al paso desde la provincia,  y el aporte cultural en el tiempo de figuras como Ramon J. Sender.  
   Cierra el número un conjunto heterogéneo de reseñas que enfocan la mesa de novedades, algunas tan celebradas como Patria, la novela de Fernando Aramburu que ha provocado un auténtico seísmo de revitalización editorial,  junto a  reediciones de clásicos como Artur Rimbaud,  Philip Larkin, Ángel Crespo, José María Merino o José María Fonollosa.
  La mirada de Turia es plural y nunca escasean en ella los mejores indicios del presente literario, esos rayos de amanecida limpia que invitan a mirar la mañana con un libro en la mano.