miércoles, 8 de abril de 2020

PIEDRAS SOBRE PIEDRAS

Grasilla silvestre
(Aragón, rutas a pie)


PIEDRA SOBRE PIEDRA


  Piedras sobre piedras se construye el tiempo, como una grasilla silvestre que crece en la oquedad oculta de la roca. Es casi el primer mes de encierro en casa y el discurrir no cesa de interrogarme. Mis dudas son cáusticas y ejercen entre sí una fuerte competencia. Todas están en ese balneario invernal del escepticismo. Casi nadie sabe lo que sucederá después.

Miro la mañana y no se ve a nadie en la calle. Es lo habitual en estas urbanizaciones de periferia en cuya languidez doméstica habría que sembrar un poco de humor caribeño. El jardín, tras las últimas lluvias, lo intenta, pero el verde brillante necesita el colorista cromado de pensamientos, tulipanes y rosas. Y los viveros están cerrados.

Aprovecho esta quietud terapéutica para quemar los ojos en las páginas de libros y periódicos digitales. Al final la opción me nubla el ánimo. Solo percibo encuadres de una arquitectura desenfocada que legitima mis incertidumbres.

Crecen en torno los humillados y ofendidos, a pesar del incansable quehacer literario. Con frecuencia se quedan los hilos sueltos que propician el ajuste de cuentas. Son los oscuros efectos secundarios de lo no hecho.

(Apuntes para el diario)



martes, 7 de abril de 2020

ENCUENTRO

Exilio
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

ENCUENTRO


    Habitó un cuerpo de talla media, con estados ocasionales de funcionamiento variable que se fueron deteriorando por el uso: otitis, miopía, musculación escasa. Pero aguantó con entereza el definitivo declive, tras el accidente mortal de hace seis años.
   Al recorrer una calle comercial, pese a su palidez desaliñada, lo reconocí de inmediato, frente a un escaparate. Al verme, tras el largo exilio subterráneo, él también ensayó un gesto de perplejidad y reiteró mi silencio. Como yo, venía del pasado y las facciones preservaban rasgos peculiares. En el irreversible desorden del tiempo, no merece la pena ningún cambio. La vida es una cicatriz que no se cierra.

(De Cuentos diminutos)




lunes, 6 de abril de 2020

LAURA GIORDANI. MANCA TERRA

Manca terra
Laura Giordani
Prólogo de Yaiza Martínez
La Garúa Editorial / Poesía
Santa Coloma de Gramenet, Barcelona, 2020



SUELO BAJO LOS PIES



   Nunca he creído en la idea del creador desgajado del contexto teórico de la escritura. Además, el poeta es un ciudadano que vive con intensidad los pormenores diarios de la calle. Intenta reflejar en la página los rasgos figurativos y conceptuales de un entorno común que engloba el ser individualidad y la voz plural de lo colectivo. Por eso, antes de entrar en la materia verbal del libro Manca terra de Laura Giordani (Córdoba, Argentina, 1964), considero muy orientadora esta definición sintética, ubicada en la solapa del poemario sobre el quehacer, tan vinculado a lecturas, seminarios y talleres: “El lenguaje poético y la creatividad como instrumentos de resistencia del espíritu humano frente al arrase sistémico es el núcleo de su labor como escritora y docente”.
   Esa sensibilidad despierta y receptiva de Laura Giordani ha dejado en la última década seis poemarios, dos plaquettes y la voluntad inalterable de seguir andando por las aleatorias calles del poema con nuevos viajes como Manca terra. La apertura de Yaiza Martínez recuerda un antiguo sistema de signos irlandés denominado “Alfabeto de los árboles”. El conjunto gráfico representaba en el acercamiento comunicativo un doble sentido, literal y metafórico. Sirve para postular las vetas subterráneas que fertilizan la corporeidad frondosa de un decir poético que permita “la floración de la rama calcinada”. De ese íntimo proceso germinal debe emanar el itinerario vital de la naturaleza. Un abrazo cognitivo capaz de fortalecer el compromiso del sujeto con el lenguaje y con su concepción ética de la poesía, postura esencial en el núcleo filosófico de María Zambrano.
  El poema es un viaje hacia dentro. Desde la indagación que desconoce lo explícito se agita la profundidad para que emerja lo inesperado. Para ello, Laura Giordani busca en la naturaleza y, concretamente, en el hábitat entornal del bosque, una codificación de analogías y metáforas capaz de trasmitir desde el silencio la minuciosa red de los significados. Así se va gestando un discurso fragmentario con la claridad justa desde un destello auroral, una simple rendija que inaugura amanecidas y comienzos.
  En esas coordenadas singulares de la percepción el pasado retorna, evocador y fuerte, como una invitación a lo diáfano y a la mirada tranquila, cuando aún no se habían moldeado las sílabas maltrechas de la experiencia y estaban sin pronunciar palabras como ceniza, lágrima o caída. Entonces, el corazón ofrecía el resguardo del canto que emergiera sin mácula. De esa celebración inadvertida que da a la fragilidad de la escritura un epitelio de resistencia se hacen los poemas del segundo apartado que enfrentan al sujeto con la desolación de un tiempo de herrumbre. La escritura entonces tiende las manos a otra realidad ideal, como esos recuerdos que sobrevivieron al precipicio del entorno: una talla de madera, una postal escrita en un campo de concentración, un fragmento de poema en un saco de cemento o una mariposa dibujada en papel que duerme en un maletín de cuero… Tercos andamios en el aire.
   El tiempo nunca apacigua los pasos y es capaz de oír entre el silencio la partitura de una música que acompaña en el aire. Asumir que la tierra es escasa y deja la raíz al descubierto es afrontar que formamos parte de una evanescente comunidad que hace de la tecnología su becerro áureo y que cada vez, con sus miradores digitales, se aleja más del lenguaje natural del paisaje y nos niega el suelo bajo los pies.  Tal vez el neologismo “encielarse” defina en su semántica la necesidad de inventar en el páramo yermo de la realidad grafías de esperanza. Esa es la pulsión más estremecedora del lenguaje, como define este esqueje versal, tan lleno de belleza: “Quedarse / con lo que ardió / abreviado en un puñado de cenizas / -todavía tibias- / devueltas a la tierra para abonar / los árboles que todavía resisten en pie”.
   El volumen de Laura Giordani recoge como cierre las demarcaciones culturales que inspiran algunas composiciones. Los referentes ubican mejor un ideario que camina por las circunvoluciones de lo autobiográfico y el núcleo experimental de la escritura. Enuncia una posición introspectiva con mirada crítica frente a un mundo en crisis, y la exploración del yo femenino, cuyos contornos se recortan en la soledad de la historia. También reflexiona sobre ese momento íntimo de la creación capaz de sacudir el tiempo con la fuerza ensimismada del árbol, con ese afán inadvertido y subterráneo de quien busca entre la manca terra otra semilla.

JOSÉ LUIS MORANTE    

domingo, 5 de abril de 2020

INCONFORMISMOS

La piel de casa
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

INCONFORMISMOS

El corazón: cobijo exacto

LAURA GIORDANI



Un buen poema es una silla con respaldo, que deja el ánimo en posición correcta.

Solo; cansado de parecerme a mí.

Un día cerró la puerta. Nunca volvió a ver unicornios.

Aunque no esté, es uno de esos sueños que no se abandonan.

Entre los dos se hizo tarde muy pronto.

Los aforismos que prefiero transpiran un narrador que pisa el asfalto calado de lo real.

Somete su silencio a continuas revisiones.

(Aforismos de clausura)





sábado, 4 de abril de 2020

ETIQUETAS, GRUPOS, VÍDEOS Y EMOTICONOS

Como tú, piedra pequeña, como tú...
Imagen
desde un poema
de
León Felipe


ETIQUETAS, GRUPOS, VÍDEOS Y EMOTICONOS


   La escritura debe superar lo contingente para asentarse en la distancia. Necesita la búsqueda de un mirador a resguardo que permita indagar desde lejos, sin tomar parte activa en lo que se cuenta. Contradice el verbo confesional, ese muestrario de confidencias dirigido a un interlocutor receptivo que es la razón de ser de los mensajes privados. Así vislumbro yo el muro personal en la red y por eso me gusta tanto preservar sus contenidos.

   Antes de abordar el funcionamiento básico de mi muro digital me gustaría recordar algunas pautas: por favor -mi aportación colectiva sería nula, soy un caso clínico para lo social- no quiero que se me añada a ningún grupo: no sé de taurinos, antitaurinos, ecologistas, aconversacionistas, idealistas de la recaudación, costura, canto, juego de tronos, supervivientes, náufragos y añadidos de limón. Persisto en estar solo. Conmigo. Detesto las etiquetas gratuitas; no entiendo que alguien me etiquete como miembro de una comunidad evanescente, donde no conozco a nadie, para leer a quien jamás me ha leído a mí o que pasó por mi muro con sus fotos antiguas con la levedad muda de un fósil.

   Enviar vídeos y emoticonos es una lírica de línea clara y textura diáfana que aborda el intimismo del parvulario. La parquedad expresiva de un pulgar es el equivalente a jo, guay, mola, yes, si, psss y otras oquedades semánticas que dicen mucho de la profundidad mental del cerebro que las emplea.

   El quehacer del autor debe ser riguroso, crítico y exigente para que encuentre en el muro y en los enlaces al blog un lugar perdurable, un rincón abierto en el que se remansa lo vivido. De este modo, la buena lectura fortalece la identidad del yo. Permite el sondeo en los estratos más profundos de la conciencia.

   No quiero ser grupo, ni etiqueta ni receptor de vídeos y emoticonos, ni contribuyente encogido de una causa social ni lector de sandeces repletas de faltas de ortografía, ni corrector de manuscritos de alguien que un día se sintió poeta porque rima con teta. Las entradas diarias en el muro son una tarea de búsqueda y esperanza, un trazo marcado en la deriva que pretende sumar pasos e itinerarios con inmensa gratitud a lectores y amigos. De lo demás no sé.

(Apuntes para un guijarro)





viernes, 3 de abril de 2020

VALENTÍN CARCELÉN. EL MOMENTO

El momento
Valentín Carcelén
Chamán Ediciones
Colección Chamán ante el fuego
Albacete, 2019


EL SOPLO DEL OTOÑO


   Las líneas memoriosas de la teoría literaria definen la realidad como una geografía cercana y habitable, pero también como un espacio trascendido y exento de características uniformes. De sus coordenadas se nutre el marco de escritura de la tradición realista, que ha ido marcando hasta el ahora su grafía original. El ideario figurativo confía en la expresión enunciativa del texto, con desarrollo lógico y comunicativo, y en la reconversión de experiencias cotidianas en procesos verbales. De estas indagaciones dialécticas se nutre el recorrido lírico de Valentín Carcelén (Madrigueras, Albacete, 1964), Licenciado en Filología Anglogermánica, traductor de la poesía de Philip Larkin y Samuel Jonson, y docente en la Escuela de Arte de Albacete. El escritor comienza senda en el amanecer de los años noventa, un decenio marcado por la pulsión estética de la poesía de la experiencia, y ha ido abriendo compuertas argumentales que suman casi media docena de títulos, con amplia representación en revistas y antologías.
  La entrega El momento, tras la emotiva dedicatoria y el paratexto de  Juan Manuel Díez de Guereñu y Luis García Montero, deja como umbral el poema “Persona y personaje”, como si buscase recordar al lector que la verdad biográfica y la verdad literaria son enclaves diferenciados, por más que compartan afinidades y latidos, o tengan en sus rasgos un aire de familia especular, como explicase con singular fortuna Jaime Gil de Biedma. El poema sugiere un desdoblamiento que genera un doble espacio vital y la adaptación del sujeto al lugar confidencial de la página.
  El andamiaje poético de El momento integra tres planos autónomos. En el primero, sobre la pautada dispersión de lugares y máscaras, el tiempo encuentra una auténtica explosión emotiva, un acto de afirmación que desemboca en la condición natural de ser: sobre cualquier otra configuración metafísica, estamos marcados por la contingencia y el sonido mitigado del discurrir. Esa condición de ser moldea las palabras, esa voz que habla de limitaciones y recuerdos, de fracasos cumplidos y de nuestra condición de transeúntes que protagonizan un simple estar de paso.
   La introspección temporalista prosigue en el segundo grupo de poemas. Su percepción contrasta la realidad interna del hablante y el entorno cercano. El paisaje acompasa su lenta cadencia al silencio confidencial del yo perdido en la evocación o en la nostalgia. Todo sucede con una caligrafía indecisa, que sobresalta el frágil equilibrio del reloj: “No es el tiempo el que pasa. Un hormiguero / está surgiendo bajo mis pisadas. / No es el tiempo. Soy yo. Es la luz del día “.
   El periplo existencial, una vez más confirma, su condición de viaje, muda sitios y personajes, es camino de conocimiento y búsqueda, senda que marca la voluntad de ser hacia la belleza y el desplegado horizonte de lo insólito. También la duda, esa certeza diluida en nuevas preguntas en las que se extravía el pensamiento. Desde esa sensibilidad nace la dubitativa caligrafía de “El momento”, la composición que sirve de epílogo: el largo viaje no refuerza dogmas sino solo despliega un aire de insatisfacción renacida que desajusta realidades y sueños.
   En los poemas de El momento Valentín Carcelén selecciona en primera persona apuntes reflexivos, vivencias de un observador directo que aporta una percepción confidencial hecha de claves interpretativas. El argumento colecciona sucesos episódicos en un empeño de “medir el tiempo”. Así logra un significativo tono verosímil, que mana de la memoria para mostrar esa herida común de la que nace paso a paso la vida. Poesía que alumbra las sucesivas máscaras de la identidad que se repiten en el tiempo. Indicios del ser que busca en las palabras el despertar abierto de mañana.



jueves, 2 de abril de 2020

FRANZ KAFKA Y YO

Franz Kafka
Archivo personal


FRANZ KAFKA Y YO


   Releo a Franz Kafka con frecuencia alevosa. Para entender el mundo. Para entenderme yo. Para interiorizar que el absurdo forma parte de lo cotidiano y hay que respirarlo con sosegada cadencia, sin apremio, sin pánico. El confinamiento por la pandemia, la estrepitosa situación política de zancadilla y crítica, la idiocia nacionalista y  el trilerismo de quienes manosean el sentir colectivo en los medios de comunicación son asuntos que me llevan a Kafka.
   La biografía del escritor parece disentir de su obra. Fue un modesto judío de Praga cuyo itinerario vivencial estuvo regulado por la rutina de horarios funcionariales que no pueden interpretarse en clave literaria. Sus relaciones con los demás fueron pobres, como si permaneciera en el umbral del otro o detrás de un cristal que asegurara su confinamiento. Fue el representante típico de una interioridad aislada que, sin embargo, observa el entorno con profundo interés. Lo que sucede dentro y fuera desconcierta; la azarosa relación de causas y efectos legitima el absurdo y el caos impera convertido en una seña de identidad colectiva. 
   Me callo; leo a Kafka.

(Apuntes para un diario)