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| EMILY DICKINSON |
Emily Dickinson
Selección, traducción y prólogo de Rubén Martín
Bartleby Editores, Madrid, 2010
Nacida en Nueva Inglaterra, cerca de Boston, en 1830 y muerta en su pueblo natal, Amherst, Massachusetts, en 1886, fue criada en el seno de una culta familia protestante que le proporcionó una sólida formación humanista, completada en el Seminario de Mount Holyoke. Desde los treinta años vivió encerrada en su domicilio familiar, en un entorno alejado de cualquier ambiente literario, salvo la fructífera correspondencia que mantuvo con W. Higginson, que dirigía una pequeña revista. Allí escribió en papeles sueltos y en cuadernos dispersos sus versos, donde se entremezclan, con un inusual despliegue de guiones y signos ortográficos, hallazgos intuitivos y descripciones realistas, alucinaciones y cotidianeidad.
Aunque no existe un enfoque uniforme y se postula un largo tiempo escritural, se puede resumir en tres núcleos reiterativos el grueso de sus composiciones: Dios, el amor y la muerte. De este último tema se ocupa Poemas a la muerte, una antología bilingüe traducida, seleccionada y prologada por Rubén Martín que acoge ciento cincuenta y dos poemas, casi todos breves.
El liminar sondea las razones que justifican la obsesiva reflexión sobre la muerte, con mínimos asuntos colaterales; la entidad poemática concibe el destino como un punto de fuga que veda el acceso a la razón; pensar es dudar, es un continuo caminar por el misterio que asume la conciencia de la finitud. Los poemas en su desarrollo encuentran una dirección múltiple. No hay una secuencia cronológica concreta y por tanto la progresión dramática es aleatoria. En el comienzo hay un punto de ingenuidad y sosiego; la muerte se equipara a la posibilidad de respirar una aurora diferente. Hallamos también la receptiva percepción de un espectador que contempla la culminación de un proceso natural; y no falta la escenificación de la propia muerte: “Si no estuviera viva/ cuando los Petirrojos vengan,/ a ese de Corbata Carmesí/ dale una miga en mi Memoria./ Y si no te pudiera dar las gracias/ por estar muy dormida,/ has de saber que lo estaré intentando/ con labios de Granito”. O el desasosiego de quien percibe un secreto inaprensible.
En el capítulo que le dedica Harold Bloom en El canon occidental se atribuye a la poeta de Amherst “más originalidad cognitiva que ningún otro poeta occidental desde Dante”. Tal apreciación de las meditaciones líricas de Dickinson se cimenta en la exigencia intelectual de su discurso, en la fuerza de un pensar individual que se aleja de cualquier senda marcada y en el uso continuo de elusiones y matices que fascinan por su intensidad y ha marcado a poetas como Hart Crane o Wallace Stevens.
Emily Dickinson nunca fechó sus composiciones, las referencias concretas y los entresijos biográficos están velados y los contenidos parecen desgajados del contexto histórico. Sin embargo, cada fragmento, cada poema, genera una complicidad que se refuerza en lo sugerido y logra que cada lector postule una interpretación activa y personal; leer es asistir a una conversación con una voz que reflexiona sobre las realidades íntimas del ser en el espacio incierto de los días. Existir no es más que habitar el misterio.


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