sábado, 22 de junio de 2019

LA BUENA COMPAÑÍA

Sílabas negras
Fotografía
 de
Diario Femenino


COMPAÑÍA

                                                    espiral de quietud y movimiento

                                                                           OCTAVIO PAZ


La luz dibuja
una sombra dormida
detrás de mí.




jueves, 20 de junio de 2019

DESMEMORIA

Cobijo
Enciclopedia Natural

DESMEMORIA

                                                  es el tiempo que nos quedó sin florecer.
                       Un retardo en la sangre

                                                                     ROSANA ACQUARONI

Hurgan mis manos
entre helechos y ortigas.
Fuerte picor.



miércoles, 19 de junio de 2019

ROSANA ACQUARONI. LA CASA GRANDE

La casa grande
Rosana Acquaroni
Bartleby Editores
Madrid, 2019



EL LUGAR DEL POEMA


   Rosana Acquaroni (Madrid, 1964) comparte la contemplación interior de la poesía y el quehacer del grabado. Licenciada en Filología Hispánica y Doctora en Lingüística Aplicada, se dedica a la docencia en el Centro Complutense para la Enseñanza del Español. Comenzó su recorrido lírico en 1987, cuando su obra auroral Del mar bajo los puentes consiguió un accésit del Premio Adonais, y ha entregado los títulos El jardín navegable (1990), Cartografía sin mundo (19949), Lámparas de arena (2000) y Discordia de los dóciles (2011). Son estaciones que inciden en un recorrido escritural de ritmo sosegado, solo atento a la exigencia creadora.  
  La excelente cita de Olga Orozco supone una incisiva clave de arranque: “Alguien me llama a veces desde una casa que hunde sus raíces de arena en la distancia que llamamos nunca (…)”. La carga apelativa plantea un enfoque autobiográfico en el desvelo evocativo; la misma idea expande la fotografía de cubierta, una imagen en blanco y negro realizada por Miguel Acquaroni.
   La experiencia vital nunca duerme. Se queda dentro y adquiere en el discurrir del tiempo un sentido más trascendente, una convulsión que entrelaza recuerdos y exilios interiores. Con un fuerte sentido aforístico que despoja el mensaje de circunvoluciones enunciativas, los versos iniciales abren ruta: “Llevo alojada en el corazón / una bala de plata. / La misma que mi madre / no supo disparar”. Los poemas llegan, como fragmentos habitados por la temporalidad, para dar voz al protagonista en el acto de desandar la propia identidad entre la carga acumulativa de materiales aleatorios, que resisten sin descomponerse. Es la estela de un itinerario hacia dentro para encontrar los restos de la desmemoria para hablar con sus ecos y reflejos. De allí llegan los dormidos escombros de la casa grande, el lugar del poema como caligrafía de un pretérito que nunca duerme. Es una geografía emocional habitada por personajes obcecados en una representación obsesiva, entre los cuales la madre y el padre, ese desconocido de impoluta apariencia, constituyen un eje relacional en el que orbita el devenir vivencial. La senda de la evocación conduce hasta la infancia donde un yo sumido en la extrañeza hace la crónica de otro tiempo. Es un pasado desapacible que tiene en sus rendijas los pasos de una historia de vencedores y vencidos, la desolación de las jerarquías y un entorno de piezas desparejas, como sin ensamblar.  El clima de represión y miedo en esa noche de los comisarios, la escasez y la belleza juvenil se conjugan para airear los cantos de sirena de una relación compleja y sin futuro: (Y después, / cómo no conformarse / y ocupar el lugar de la querida. / Que estudien tus hermanos, / que la vida desprenda su perfume / de nardos y promesas 7 contra el plato vacío)”.
   La casa no es refugio sino un estar desorientado que envuelve los pasillos en la sombra. Como una voz gastada la locura se adueña de aquel cuarto de estar y adviene la separación y el miedo. Atrás queda la madre, en otro tiempo ya fuera de lugar: abrir los ojos es propiciar el desvanecimiento de los sueños. Desde la distancia del pensar solo persiste el paso maleable de una desconocida, cada vez más lejana, tras cada internamiento, como un zumbido de dudas desveladas. Y detrás de esa estela una historia de amor, una guerra, un país que iniciaba camino tras la noche en la posguerra.
  La dureza atroz de la existencia se percibe en toda su dimensión en el internamiento. El sanatorio hospital “Alonso Vega”, ubicado en la periferia de Madrid, en la antigua carretera de Colmenar Viejo, es una casa sin puertas, una ingestión de fármacos, la certeza de que la locura es un itinerario de vuelta hacia ninguna parte.
   La casa grande hace del poema un abrazo de dolor y memoria;  rastrea en lo vivido para hallar esos hilos convulsos del pasado que se fueron manchando de sombras. Los poemas quitan a la infancia cualquier idealización; toman conciencia de que es necesario enterrar lo perdido, abrir la mano, soltar las ataduras, arrojar estragos y salir al día.

  

lunes, 17 de junio de 2019

ÍNSULA, nº 870 (Revista de Letras y Ciencias Humanas /Junio 2019)

Ínsula nº 870
(Revista de Letras y Ciencias Humanas)
Junio, 2019
EL HAIKU ENTRE DOS ORILLAS
Editora:  Arantxa Gómez Sancho
EDITORIAL PLANETA S. A. U.
Coordinador del monográfico: JOSEP M. RODRÍGUEZ


EN TORNO AL HAIKU


   Con el libro Un día...(poemas sintéticos) (1919) José Juan Tablada introducía la forma poética del haiku en la lengua española. Aquel gesto precursor se recalca con fuerza en los ensayos de Octavio Paz, quien también cultivó la estrofa. Con Tablada amanece la trayectoria en el tiempo de un aporte singular que hizo dogma la reducción del verso a su esencia más pura. Cien años después, Ínsula impulsa el monográfico “El haiku, entre dos orillas”, coordinado por el poeta y ensayista Josep M. Rodríguez. El número aglutina a destacados especialistas y practicantes para reconstruir la larga travesía del mínimo poema y su experiencia estética en el tiempo.
   Josep M. Rodríguez abre página con el documentado umbral “La luna en Lilliput”. Indaga sobre el descubrimiento geográfico del archipiélago japonés a partir de las expediciones portuguesas del jesuíta Fernao Mendes Pinto. El posterior cierre del sogunato Tokugawa neutralizó la influencia extranjera y sumió al país en una autarquía que no concluye hasta 1853, cuando se restablece el comercio exterior. La apertura anima un intervalo de plena expansión que facilita el conocimiento de la sensibilidad nipona y la irrupción en el gusto occidental del espíritu japonés. Esta moda se vuelca en la literatura con una ambientación inspirada en el atrezzo del sol naciente y en historias y personajes nacidos tras el exotismo de la lejanía. Allí llega José Juan Tablada con otros corresponsales de periódicos y revistas. Ellos construirán la imagen literaria del país, muchas veces lastrada por un exotismo colorista. Los telegramas poéticos comienzan a traducirse y no tardarán en publicarse en francés. En 1920 se edita en Francia la primera antología de haikus y la expansión amanece también en España, propiciando un cruce de tradiciones en el que el haiku se afianza como aporte expresivo. Aglutina de modo natural una tradición y un conjunto de rasgos renovados.
   Fernando Rodríguez-Izquierdo aborda el panorama histórico del haiku japonés. Recuerda los cuatro periodos fundamentales de su evolución: los precedentes de la Edad Media; el papel nuclear de Bashô, como cima de intuición y madurez, sedimentado por su escuela; el tramo áureo desde el siglo XVIII, donde sobresalen las obras de Buson, Taigi, Chiyo e Isa; y la refundación del molde clásico con el haiku contemporáneo.
  Vicente Haya y Manuel Pérez Feria analizan la diversidad estrófica del poema breve, focalizando junto al haiku tradicional, al dodoîtsu, una poesía del pueblo que obedece al esquema 7-7-7-5. Concebido para ser cantado, el dodoîtsu mantiene una atención concentrada en la existencia como sedimento argumental. El ser es capaz de percibir con claridad el lenguaje del asombro y el despliegue incontinente de la vida natural, donde lo perecedero invita a la transcendencia. Es la conciencia del estar, la fuerza frágil del canto rodado que se desplaza entre la corriente del río.
  Frutos Soriano, ensayista y antólogo, recuerda el breve vocabulario procedimental. Así nos recuerda la semántica del “Haibun” o texto en prosa que inserta en su despliegue algunos haikus. El lector recordará de inmediato el libro Sendas de Oku, el mejor ejemplo del haibun. El número de términos comentados es muy amplio: haiga, haijín, haimi, haiku, kire, zappai… Soriano deja en su ensayo breve un selecto diccionario lacónico.
 Sobre el haiku en el devenir histórico de nuestro país versan los comentarios de Ricardo Virtanen, Susana Benet y José Luis Morante. El poeta, músico y profesor madrileño estudia el entorno modernista y la época de las vanguardias. Descubre los ecos de la estrofa en los Machado, Juan Ramón Jiménez y en el activo ultraísta. Cita algunos nombres de las vanguardias como Adriano del Valle, Antonio Espina, Mariano Gómez Fernández o Rogelio Buendía… El ámbito de la generación del 27 exhibió afinidades estéticas con el japonesismo de la mano de Lorca, Alberti, Aleixandre o Gerardo Diego.
   También con sentido diacrónico, Susana Benet recuerda los factores que facilitaron la introducción del molde poético y su capacidad para trasmitir sensaciones o plasmar lo instantáneo. Benet recorre fragmentos temporales en los que el patrón silábico se afianza hasta que en los años setenta, donde con la generación novísima se implanta como un elemento más de nuestra realidad cotidiana.
   José Luis Morante incide en algunas poéticas actuales del haiku como Jesús Munárriz, Susana Benet, Aurora Luque y Antonio Cabrera; se citan también otros coetáneos que hacen del esquema una herramienta habitual de su taller. Entre ellos destacan José Cereijo, Verónica Aranda, Aitor Francos o Manuel Lara Cantizani. 
  El monográfico no descuida aspectos solo en apariencia tangenciales como los problemas de traducción, estudiados por José María Bermejo, la espiritualidad y el espíritu del zen a cargo de María Salvador, el relato normativo del esquema verbal con sus integrados y heterodoxos, según el enfoque de Javier Sancho, y la mirada de cada yo poético a su espejo creador, que expande impresiones subjetivas de Jesús Munárriz, José Cereijo, Lara Cantizani, Aitor Francos y José Corredor-Matheos.
  Cierra la revista un equilibrado muestrario de haikus. El conjunto certifica la pujanza de la estrofa en el presente y la diversidad de planteamientos estéticos de un esquema expresivo que ya forma parte esencial del contexto poético foráneo.
  Concluyo. Es verdad que los monográficos de Ínsula adquieren una entidad atemporal que los convierte en materia de conocimiento. Una vez más, sus contextos críticos son atinadas ventanas didácticas para la investigación y el estudio. “El Haiku entre dos orillas”, con el norte marcado por Josep M. Rodríguez, es un acierto pleno. Sin más, una entrega oportuna e imprescindible que subraya el centenario de la estrofa en nuestro idioma, que abre futuro a otros destellos.



        


sábado, 15 de junio de 2019

EN VOZ BAJA Y CON LIBROS

Esperas
Fotografía de
Adela Sánchez Santana


CON VOZ DE DIARIO ÍNTIMO


Cada estantería es un tiempo pactado, una espera.


Hay escritores que sustituyen la Literatura por la Sociología.


La poesía no cae del cielo sino de los cuerpos de letras.


Cada publicación oculta un fracaso premeditado.


Me llega la reclamación de un haiku descontento con sus límites formales.


Las lecturas pendientes congregan un contagio de prisas.


Alguien habla en voz alta. Otro asiente a intervalos. Una multitud conectada con un oído atento en la distancia. Solo yo permanezco fuera de cobertura.


Elijo un ventanal que testifica el tránsito incesante. Frente a mí un asiento vacío y esa caligrafía de la ausencia que se escribe con luz oblicua.


(Aforismos y notas para un diario)



viernes, 14 de junio de 2019

LECTURA PERSONAL DE PULSACIONES

Pulsaciones
José Luis Morante
Prólogo de Rosario Troncoso
Takara Editorial
Colección Wasabi
Sevilla, 2017



CARTOGRAFÍA DE LA MADUREZ


Envejecí de golpe y cayeron las piedras

                    OSWALDO FLORES

   El poeta de Aguilar de la Frontera Vicente Núñez, tan aficionado al sofisma, escribió: “Cualquier lectura de un texto es válida. Excepto la de su autor”. Es una afirmación contundente que en mi caso invita al desconcierto. Defiendo exactamente la postura contraria: “El poeta es el primer lector de su poesía. Conoce la raíz de cada verso y las observaciones particulares de lo contingente”. Como admiro la obra del cordobés, mi disentimiento busca de inmediato entre ambas opiniones polares un ecuador conceptual, un eje de simetría en el centro: “Cada lectura es válida en sí misma; aporta una respuesta más, un reflejo, una certidumbre”
   Quien recorra los poemas de Pulsaciones percibirá que esta recopilación, respetuosa con la cronología editorial de mis libros, se apoya en unos pocos núcleos de fuerza. Recalca, con acierto, esta opción el prólogo de Rosario Troncoso, poeta y editora de la antología. La concepción existencial del sujeto poético muestra vínculos con el discurso de viva voz del tipo humano que protagoniza el andar biográfico. No hay despersonalización de la trayectoria vital; cultivo la dinámica continua de un aprendizaje que ha superado esa confrontación romántica entre escritura y vida. La identidad no es una aleación momentánea. Tampoco es un sendero lineal la expansión hacia el otro.
  Desde el título, las composiciones de Enemigo leal cobijan una ironía sutil que desaloja afirmaciones serias y literales; escribí ese libro en un momento de desencanto. En ese marco buscó sitio una relación social apelmazada que, poco a poco, fue encontrando su estación final. Quité sentimentalismo de aquella fractura afectiva y acepté que la amistad tiene una naturaleza efímera y tiende a diluirse en el tiempo.
   Me gusta pensar que el tipo humano que habita mis poemas se inserta en un paisaje cultural; forma parte de una tradición de valores que debe perdurar en la degradación. Abundan las composiciones que sondean la cualidad ética de la escritura. El poeta está inserto en un marco histórico y sus enunciados definen un paréntesis cronológico; adquieren, por ello, el carácter de una representación.
   Toda antología personal supone un deslizamiento de onda variable. En esta superficie de abarcable diversidad el motivo amoroso constituye un núcleo central. El amor es un cristal- transparente o con niebla- que deja a descubierto el lenguaje contradictorio de la realidad. Entre la plenitud y la ausencia han ido escribiéndose  los poemas de la noche en blanco y Ninguna parte.
   Los poemas finales acogen una poesía de madurez que tiene un carácter más intimista y simbólico. Ellos ponen materia a un ideario estético que no es sino un puñado de certezas con límites difusos. Mis poemas hablan de mí; son textos domésticos, si los dejo en la calle vuelven solos a casa. Buscan sitio en el lugar de siempre, ese rincón llamado yo.


jueves, 13 de junio de 2019

CONJETURAS Y LÍMITES

El silencio escrito del mediodía
Foto
de internet



CONJETURAS Y LÍMITES

Los límites del lenguaje
son los límites de mi mundo

WITTGENSTEIN

   Poco a poco, en el discurrir pautado de los años fue haciendo del silencio un principio de simetría. Pulió opiniones como caliza blanda, formó ángulos para albergar matices, asumió conjeturas y ejercitó, sin cansancio ni merma, la prudencia verbal.
  Ahora, en el silencio escrito del mediodía, observa la realidad y los espejos como simples ficciones verosímiles. Y nunca habla si no es en presencia de su diccionario.



(De Cuentos diminutos)