martes, 24 de enero de 2012

GASPAR MOISÉS GÓMEZ: PRINCIPIO DE LA SOMBRA.

Memoria y desconcierto
Gaspar Moisés Gómez
Versos, editorial davinci, Barcelona, 2011.

   Bien cumplidos los ochenta años, el abulense afincado en León Gaspar Moisés Gómez saca a la  luz un poemario impulsado por una nueva editorial catalana, precedido por unas palabras introductorias del profesor José Enrique Martínez. La dilatada práctica escritural ha multiplicado las estaciones poéticas y queda además una feraz cosecha de inéditos que, poco a poco, irá trazando el exacto perfil de una voz de aparición tardía y desprendida de cualquier etiqueta generacional.
   Libro de senectud, Memoria y desconcierto aglutina textos reflexivos sobre dos variables: el devenir de lo contingente y la muerte como llegada, como sombra final; son espacios argumentales que fomentan la indagación introspectiva, el despojamiento en los recursos y un tono de angustia ante la certeza de que somos una conciencia en tránsito, un itinerario que se inició en un estado adánico y auroral  en el que se celebra el asombro de ser hasta el ahora, una etapa que concluye entre los síntomas del deterioro. Estos signos de lo efímero se hacen más perceptibles cuando la conciencia se vuelca sobre el entorno en el que los sentidos son testigos de una dinámica de ciclos vitales; así se refleja en el poema “La luz del principio “: “Al borde de la nieve, rompen / las yemas del cerezo. / Amanece Dios / más temprano y mira, sosteniendo / en los ojos, tensamente, esa belleza / como nacida de la luz de su entraña. / Y en un gesto más que transparente, / como si nada se hubiera iniciado, / la flor empieza a revelar su nombre / en el abecedario y asombro de marzo “.
  El personaje verbal puede contrastar los signos del ahora con los indicios de la memoria; esa sensación de pérdida y de tiempo calcinado fomenta un estado de soledad y desvalimiento, dudas y confusiones se convierten en compañeros de viaje.
   Aunque persiste un tono general unitario en el conjunto, hay composiciones autónomas que recurren a personajes históricos para elaborar monólogos dramáticos en boca de sujetos conocidos. Podemos leer la invocación que la madre de Juan de Yepes hace a su hijo para que en su comportamiento prevalezca la razón y deseche cualquier idealismo.
   El cuerpo central del poemario está formado por soliloquios en los que el personaje confesional enuncia ejercicios meditativos que han adquirido un amplio consenso en el legado literario: la rosa de belleza calcinada, las disquisiciones metafísicas de Hamlet, el sinsentido de las relaciones causales o el apagamiento de la voluntad. Es el hilo argumental de una composición muy representativa, “Canción de viejo”, que se cierra con estos versos: “Canta un pájaro por ellos. Adiós. / Adiós. Memoria de otro tiempo. Adiós. / Cierran el libro que abrieran tantos años / a la vida. Y, con lo que callan, / zurcen la letra de un mortal silencio”.
   Memoria y desconcierto sitúa al lector en ese instante en el que se inicia la noche. Si la elegía permite recuperar el estado auroral de lo vivido, el pensamiento vela para hallar sentido a un tiempo que ofrenda una invitación hacia la nada Nos queda la palabra desnuda para recuperar el tiempo; más allá la insondable certeza del vacío.

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