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| Después de la alegría Fotografía de Adela Sánchez Santana |
DEL RINCÓN, EN EL ÁNGULO CLARO
Hay cosas que no se pueden pagar a plazos. La gratitud, por ejemplo.
Los actos literarios dejan una abrumadora estela de sensaciones. Ayer presenté en la Biblioteca Mario Vargas Llosa, de Madrid, el libro de aforismos Oficio de callar, editado por Mahalta. Conmigo, como guías de viaje que anotan contingencias, experiencia lectora y empatía crítica, Gloria Díez y Juan José Martín Ramos. Ambos desgranaron el paisaje abierto del libro. Y lo hicieron desde un mirador de plenitud y horizonte expandido. Conmigo, esa mudez que se enreda en la garganta como un anzuelo que punza las palabras necesarias. La combustión afectiva.
Me imagino, sonámbulo, a la sombra de unos cuantos magisterios reiterados, atrapado en la memoria de sus libros. Vuelven a mí las lecturas de Javier Lostalé, Efi Cubero, Francisco Caro, Ezequías Blanco, César González de Sepúlveda, Carlos d´Ors, Ricardo Virtanen, Álvaro Hernando, Rocío Expósito, Marga Mayordomo, Alberto Ávila, Ana María Reyes ... El cántico poroso de la poesía contemporánea y su diversidad.
No sé cómo se moldean los recuerdos, pero hoy tengo las manos llenas de barro perdurable. Respiro y siento la limpieza del aire. ¿Cómo pensar el mundo sin los amigos?

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