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| Yodo en los labios Juan Pablo Zapater Prólogo de Susana Benet Editorial La Garúa / Colección Haiku Barcelona, 2026 |
UN MAR EN EL JARDÍN
El caminar poético de Juan Pablo Zapater (Valencia, 1958), Licenciado en
Derecho por la Universidad de Valencia y director de la revista 21veintiúnversos,
ha protagonizado una de las travesías creadoras más apacibles del espacio
literario actual. Ajena a cualquier azar impulsivo, su escritura, tras
adelantar composiciones en cuadernos y revistas, irrumpe a finales de los años
ochenta con La coleccionista (1990), un conjunto de poemas que
conseguiría el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe. Mostraba una sensibilidad
meditativa y experiencial, vinculada con algunos nombres propios de la poesía
de la experiencia como Vicente Gallego y Carlos Marzal. Pero aquellos poemas de
amanecida, elogiados por Francisco Brines y Octavio Paz, no tuvieron
continuidad inmediata. El escritor abrió un largo paréntesis de ausencia solo
roto, veintidós años después, con su segundo libro La velocidad del sueño (2012).
En el regreso resaltan la madurez del taller formal y el tejido emotivo de los
textos, casi siempre ligado a la introspección y al tono confidencial que
aporta al decurso lírico la experiencia vital. Ya en 2019, aparece su tercer andén,
Mis fantasmas, ganador del Premio Internacional de Poesía Ciudad de
Burgos, y publicado por Visor.
La colección de haikus Yodo en los labios (La Garúa, 2026) explora
un notable cambio formal, ya que todo el material acogido emplea el trébol
versal del haiku como única estrategia expresiva. Cuenta además con un texto
introductorio de Susana Benet, una de las voces más autorizadas sobre la
estrofa japonesa. La excelente escritora interpreta los haikus de Juan Pablo
Zapater como un sugerente fresco, un diario atento al paisaje cambiante de la
realidad, que alerta a nuestras emociones y pensamientos. Los textos se
convierten en caligrafía de instantes vividos; aspiran a detectar lo permanente,
cobijado en la duración temporal, o se hacen voz de aquellos interrogantes que
conceden asombro a la aventura existencial.
Yodo en los labios reivindica la retina dispuesta a explorar el
entorno, a asumir desde la introspección ese diálogo que nos envuelve y asedia.
Enfoca repliegues personales cuyos trazos se diluyen entre contraluces. El mar
como detonante activo del pensar se convierte en símbolo y presencia inmediata
del despertar lírico: “El mar no cabe / en diecisiete sílabas. / Cabe su
instante. “. Es un espacio de meditación, que habla quedo al sujeto y pone
ritmo y respiración a los versos. Pero la escritura abre sitio a otras
sensaciones del yo pensante, siempre implicado en un transitar que invita a la
contemplación: “En la terraza / me bebo un café solo / y el horizonte”. Se
eleva el sol y hiere la pupila; el paisaje cercano es un muestrario de colores
y formas que dejan sus indicios a pie de luz. Con frecuencia, como si fuera un
refugio sensorial, la presencia oferente del mar permite el paso tranquilo de
la trama: ·Muerden las olas / con sus
dientes de espuma, / mis pies descalzos.”, “Yodo en los labios, / el sabor de
las algas / dulce y salado”. El manso estar de las olas alienta la evocación.
Los recuerdos retornan, como anotaciones de un dietario impresionista, para
abordar lejanas secuencias vitales y su cristalización en el tiempo: “Vuelvo a
ser niño, / floto en mitad de un sueño / sin hacer pie”, “No temo hundirme, /
mi padre me sostiene / con sus dos manos”. “Al despertarme / vuelvo solo a las
playas / de la memoria”, “A veces pienso / que en un solo verano / cabe mi
infancia”.
La voz del ahora establece una escena dialogal con la concisión lírica
del pasado. La marea evocativa vuelve a la infancia, y busca aquella mirada
originaria del asombro en cada instante. Retorna el yo que acerca autobiografía
y escritura. Existir concita alrededor elementos interiores y exteriores. Los
primeros zarandean el verbo que rememora, hacen de la fugaz estela del tiempo
un retorno en el que se gestan las raíces del ahora. Quien escribe se ve a sí
mismo. Cierra los ojos para descubrir donde se entrelazan el pasado y el hoy.
La segunda parte de Yodo en los labios contiene citas de Jorge
Luis Borges y Susana Benet, y lleva por título “Los tallos ciegos”. En ella se
abre un nuevo espacio indagatorio: el jardín. Reflejo urbano de la naturaleza y
ámbito de sosiego y belleza, el jardín se hace campo de trabajo al condensar
quehacer sensorial y un muestrario confidencial de emociones: “Ser un jardín, /
recogerse de noche, / vibrar de día”, “Golpe de viento: / se despeinan los
árboles, / las flores tiemblan”. El recinto se hace también un muestrario de
vida. Pájaros, insectos, lagartijas y avispas comparten aromas y la hacendosa persistencia
de los ciclos naturales.
Los haikus de Juan Pablo Zapater contienen pinceladas de vida. Hablan de
modo natural de las relaciones de sujeto y entorno, como hábitat de reflexión y
contemplación; como ecos de una asentada conciencia que busca disfrutar la cercanía
de “una carga de sol sobre la espalda”.
JOSÉ LUIS MORANTE
