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viernes, 30 de diciembre de 2022

SARA PRIDA VEGA. ARDE

Arde
Sara Prida Vega
Prólogo de David González
InLimbo Ediciones
Albacete, 2021



CON LA PIEL HERIDA
 

 
   Una de las características más relevantes de la última promoción poética es el eclecticismo, el diálogo abierto con la singularidad expresiva, lejos de etiquetas reductivas y generacionales. En ese registro se ubica el yo poético de Sara Prida Vega (Asturias, 1990), profesora de filosofía, ilustradora y poeta que se da a conocer con Aullido animal, carta de presentación impulsada por BajAmar Ediciones en 2017. El corpus lírico añade en 2021 una nueva entrega con introducción del poeta David González, quien titula su entrada “La vida en llamas”. Su hermoso balance lírico anota el recuerdo de un encuentro cómplice, marcado por un verso memorable: “Solo necesito un gorrión para construir un mundo”. El análisis, de inmediato, aprecia un fuerte sustrato poético que se explora a través de las páginas de Aullido animal y cuyo afán renueva tras la lectura de los dieciocho poemas que componen la nueva entrega Arde, que tiene mucho de catarsis y viaje interior, de lección de vida.
  Sara Prida Vega contextualiza el marco accional del poema con dos sustantivos de semántica meridiana “Hierba y carbón”. Definen la primera parte de la compilación y funcionan como apuntes líricos, marcando la comprensión y los trazos aparentes de la propia identidad. A través de la apelación discursiva a un tú cercano: “Masticábamos / piedras en tu casa, / ¿te acuerdas? / Y tenían un sabor amargo / como a salvia, a heno, a sexo na tená…”. Las palabras intentan comprender el disgregarse del reloj, mediante un fluir testimonial que ajusta los latidos de su escritura al discurrir. La realidad se reconstruye, tiene otra apariencia, como si cobijara un onirismo en el que sobreviven recuerdos y sensaciones más allá del etéreo cansancio que aposa lo diario. Los poemas tantean la evocación; se esfuerzan en dar voz a la memoria sentimental con imágenes de enorme belleza plástica: “Yo tenía una abuela luna / que nunca me dijo nada. / Estaba ocupada intentando / rellenar / la herida que le trepó por la pierna…”. El pasado se convierte en un ruido fuerte por el que desfilan, como un rumor de fondo, presencias que se definen en actitudes enfrentadas a un tiempo histórico que convierte el enfrentamiento cainita de la guerra civil y el tiempo sombrío de la posguerra en doloroso tránsito de vencedores y vencidos.
  La sección central “La chispa inadecuada” abre un itinerario confidencial. La incertidumbre cuestiona el papel de los sentimientos, su definición sin imposturas: “Yo tuve un novio que se intentó cortar las venas / antes, incluso, de conocerme “. Más allá de esa fuerte conciencia de finitud y umbría que atestigua un presente donde siempre es invierno, rastros de sombra y ceniza. El quehacer del poema se afirma también desde la ironía y la paradoja; si el entorno sobrevive en vuelo raso, gris y con poco atractivo, la introspección se aborda como una labor sin tregua, un empeño en alzar construcciones mentales que resguarden las infinitas variaciones de la decepción o los estratos mudables de la ideología. En “Rumor libertario” explora las aspiraciones revolucionarias del lenguaje, ese habitar conceptos y significados lejos del conformismo burgués y la mentalidad indefinible de los que conjugan ausencia y memoria. La existencia se percibe, como sucede en los poemas de “Devaneo forastero”, como un cruce de camino, cuyos pasos entrelazan callejones sin salida, gregarismo y soledad. El presente es asumir una serie de hábitos generacionales que definen una contemporaneidad fragmentada y excluyente, propicia al individualismo y las definiciones, más que a las inquietudes que laten en cualquier ser humano: la vida se diluye en la urgencia de Tinder, el cambio climático y la ecología, la pantalla abierta de Netflix, los hábitos veganos,  o la caligrafía de lo emotivo, escrita por alguna pareja de First Dates…Asimetrías que conspiran en la disolución de una realidad carente de utopías, como si el nosotros social cobijara una caja de pandora, un puente cuya oscura cimentación sostiene la injusticia como sustrato básico. La escritura es catarsis –ya lo ratificó con fuerza David González- , conducto hacia la intimidad confesional y acaso también la manera más fácil de ejercer la transgresión, lejos de esas etiquetas que nos definen como seres anónimos.
  Desde esa sensación de incertidumbre, conectan las bifurcaciones, del apartado “Hacia la hoguera”, un venero de crítica social que preserva las secuencias de lo cotidiano y las coordenadas situacionales de nuestro tiempo. Hay poemas que conceden una presencia firme al entorno, como “Pensad y lamed todos de ella”, donde el yo define la periferia ambiental con abrumadoras enunciaciones, cuyo único reverso es la esperanza, la voluntad firme del que “sólo necesito un gorrión para construir el mundo”. La indagación exploratoria tampoco concede sosiego en el último poema; asumir la nada transitoria no otorga indicios al futuro
   La coda de Arde cierra el avance argumental con “Quémame”, una invitación a la ceniza y al despojamiento extremo de una historia autobiográfica y sentimental. El disiparse de la existencia es también dejar la poesía junto al acantilado. Todo adquiere la dimensión exacta del silencio. No hay abrigos verbales, solo material para la hoguera. Y un alfiler de luz, por si hay regreso.


 
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 
 
 

jueves, 27 de octubre de 2022

JULIO ÁNGEL OLIVARES MERINO. LA CACERÍA

La cacería
Julio Ángel Olivares Merino
Editorial InLimbo
Colección Poesía
Albacete, 2022 

 

ENTRE SOMBRAS


 
   La personalidad  creadora de Julio Ángel Olivares Merino (Jaén, 1970), Licenciado en Filología Inglesa, Lingüística y Estilística, colaborador en medios autiovisuales y docente investigador en el departamento de Filología Inglesa de la Universidad de Jaén, aglutina novelas, ensayos sobre cine y literatura de terror, narraciones y, ahora, poesía con su primera salida lírica La cacería. La obra se incorpora al catálogo de la singular colección InLimbo, que alienta y coordina  la poeta Ana Martínez Castillo.
   Es conveniente, por tanto, antes de adentrarse en esta cosecha lírica, seguir las reflexiones prologales de la profesora de la Universidad de la Laguna María Luz González Rodríguez. Recuerdos y miedos son pilares básicos de la identidad, cuya naturaleza es siempre frágil y vulnerable. De esa conciencia de temporalismo e inquietud vital nace buena parte de la literatura de Julio Ángel Olivares Merino. La sensibilidad de caminar entre sombras y percibir cerca una caligrafía de inquietud añade a los poemas una textura nocturnal. A contramano, la realidad convierte la existencia en un magma unitario, de compleja significación. El niño ignora que el discurrir cronológico es desvivir, y que lo perecedero encalla de inmediato en nuestros días. Todo es efímero, un continuo desasirse de afectos y cosas.
 Un excelente verso, ”He despertado alimentando cipreses…”, que aleja el fluir de la conciencia de cualquier amanecida virginal, sirve de pórtico al primer tramo del libro “Los descalzos”. El hablante verbal describe un marco de representación crepuscular, donde el pensamiento camina entre tinieblas. La muerte –anciana de ojos agrietados- acecha. Viene al encuentro de esas latitudes vitales nómadas, condenadas a descarrilar en cualquier andén. El entorno muestra una arquitectura con derrumbes; son los muros inertes de una casa que es ahora habitación baldía y morada de espectros, como si fuera inevitable el feroz proceso de desolación: “La casa es un alud de vejez y disonancia dormida; / su cerebro es jirón de tripas, hedor a anís”. Nada queda de la calidez habitable de los días de infancia; ahora es tiempo de frío y desamparo, mientras toma cada habitación una oscuridad que hace de la memoria deserción y herida. El ayer se transforma en un tiempo lejano y deshabitado, que convierte a los pasos en el tiempo en sombras de pies descalzos, en peregrinos que desconocen la senda de regreso y se quedan a solas en el borde mismo del naufragio.
   La sección central “Tráqueas” habla de una tarea continua de dolor y soledad: “He sufrido arrancando cipreses”. Como si la muerte fuera una presencia palpable, que anuncia una extraña primavera de decrepitud, un presentir envenenado. El dolor se hace desgarro y sutura. El yo toma conciencia de ser un huésped encerrado en esa urna lapidaria del vacío y fuerza, a tientas, la ruptura del cristal para buscar una salida, para hacer que siga viviendo el niño que fue un día y el viejo que será mañana voz del llanto. Arde la infancia y se descose del vocabulario la palabra madre, que era el rastro más fuerte del origen; también ella, pecho fértil, vientre hospitalario y manos cálidas para el amor y la ternura, siente el latido fuerte del discurrir. Los rasgos se erosionan y encanece su pelo hasta sentir que, poco a poco, el desgarro final será definitivo. Solo hojarasca muerta, piel vacua en el paisaje del oscuro vacío. Y lo mismo con otras presencias, que habitaron la casa un día y compusieron un cálido pentagrama de huellas.
  La breve sección final “Polillas” comienza como una confesión de lo vivido. Todo se pierde hasta convertirse en destellos opacos, en una insalubre pesadilla que solo parece fruto del insomne, ese pálido habitante de la umbría en la rueca del tiempo. Todo es espera, languidez y grieta que ha de llenar la nada. Mínimas esporas en las manos del viento, resignadas a perder la levedad, hasta ser “quietud, oscuridad…silencio”.
   La cacería es un libro sombrío, desapacible, oscuro. Su poesía recuerda nuestra condición mortal y enlutece las palabras con imágenes de impacto, dispuestas a recorrer una senda sin luz. La pisada indecisa emprende el caminar y se hacen compañeros de viaje la erosión y el dolor, la pesadilla y el rumor nocturnal de la muerte que acecha. Los que compartieron casa y senda común han ido precipitándose hacia la ausencia. Todo fue. Y ahora aguarda el cierre final, el hábito triste de aprender a morir.
 
JOSÉ LUIS MORANTE

 
 
 
  
    

sábado, 30 de mayo de 2020

ÁNGELA ÁLVAREZ SÁEZ. EL HIJO CULEBRA

El hijo culebra
Ángela Álvarez Sáez
InLimbo ediciones S. L., Poesía
www.inlimbo.es, 2020


APRENDIZAJE DEL CUERPO


   Existir es tatuar sobre la piel de lo cotidiano una continua estela de cicatrices visibles e invisibles. Desde esa idea de la grieta y del aprendizaje del propio cuerpo nace el poemario El hijo culebra, de Ángela Álvarez Sáez (Madrid, 1981). Con él se inaugura la colección InLimbo Poesía, una iniciativa coordinada por la escritora manchega Ana Martínez Castillo. El devenir poético de Ángela Álvarez Sáez es una fértil senda de entregas –una decena de libros desde 2006 hasta la fecha- y de reconocimientos como los premios Antonio Carvajal, Carmen Conde o León Felipe, pero el libro El hijo culebra se ubica con brillantez en la categoría de obra singular. Y lo hace por su temática que crea no poco desasosiego, y por su experimentación formal que diluye el concepto clásico del poema lírico para afrontar una escritura mestiza, que expande el verso libre y tiende brazos al diario autobiográfico y al poema en prosa.
  El recorrido argumental sitúa como abertura del apartado “Acotaciones desde el río” una cita de la poeta y ensayista venezolana María Auxiliadora Álvarez, que describe con temblor sobresaltado una extrañeza fisiológica: “Y sale un río de mamá por debajo de la puerta / un río rojizo y triste que no se mueve”. Desde tan sobrecogedora sensación arranca el libro que pone como apertura un recuerdo en boca del hijo no nato, como si su existir sobrevolara en otro plano de lo real, en algún vuelo etéreo y alejado de cualquier nacimiento celebratorio. Pero no hay una línea de continuidad en estas acotaciones que mantienen su objetivismo enunciativo y su frío textual, como si la voz lirica se sustituyese por un simple capítulo documental en torno a la maternidad subrogada. El cumplimiento legalista de los trámites no oculta su incompetencia para la esperanza.
   La caligrafía autobiográfica del diario está presente en el apartado “Una noche en la culebra” para dibujar la sensibilidad de la gestante y su condición de vientre de alquiler. El deseo sexual y la consumación amorosa no existen. Solo una invisible culebra se cobija en el útero. Las sensaciones del embarazo cuestionan las ideas de la maternidad y los recuerdos personales dejan que el fluir de la conciencia desanude el hilo blanco de las contradicciones. Nada borra la extraña condición de ser madre sin hijo.
   El remordimiento y la soledad son los tonos de voz que se escuchan en el apartado “Poemas deformes” donde se hace palpable la condición de víctima y la incomprensión social. Son monólogos que buscan respuestas a la hipertrofia de la felicidad, a las sacudidas de los malos tratos, y a la intemperie doméstica que limpia la sangre con lejía como si fuese una simple mancha en el suelo. Ese abandono tenaz  impide que la casa sea un refugio habitable. Las abundantes imágenes del apartado crean una atmósfera de tiniebla y asfixia, de malestar y extrema fragilidad en el discurso verbal de la confidencia.   
    Con una cita prologal de Isla Correyero, de fuerte caracterización visual, el apartado “La madre” emplea la prosa poética para explorar la infertilidad con secuencias que trazan un largo itinerario de experiencias. Mes a mes un río rojo borra el rastro del hijo, sienta en la fría consulta del ginecólogo esa espera de la inseminación y se hace un día semilla de maternidad. Pero algo va mal y la desazón lleva a otra cama de hospital y a manchas oxidadas de sangre que anuncian el aborto, la decepción de lo que ya no late. Todo retorna a esa herida primigenia del dolor que convierte lo diario en la pantalla gris de la ceniza.
   El clima de escarcha y frío afecta a todo el entorno familiar. Cada miembro es un intruso protagonista de una representación fragmentaria, llena de enigmas y sinsentidos. Existir en común adquiere el deambular tanteante de un laberinto sin salidas que encuentra su plasmación en textos complejos, como los que integran el apartado “Poemas de la madre”, que postulan el objetivismo de un observador. Pero el cambio de enfoque es continuo. Varía el escenario, los contextos y los figurantes. En “El hijo” el poema en prosa se hace memoria y sueño, mientras que en “Los poemas del hijo” el verso libre conforma los contornos discursivos de la identidad filial y su persistencia en el lenguaje como forma de vida: “Soy un cuerpo sin raíz / que crece en el aire. Soy un óvulo / de tierra. A veces me espanto / y corro por los pasillos”.
   Las secciones de El hijo culebra prolongan un trazado de vivencias cuya unidad de sentido implica la asunción de la maternidad desde el dolor. Crean una visión desgarradora e incómoda, a través de los desplazamientos del punto de vista y del registro de experiencias que nacen de la observación fisiológica y sus repercusiones en el discurrir ético. No faltan los ángulos trágicos en los que la palabra se hace sutura, fluir confidencial, queja y gemido, como si los versos intuyeran que esa sombra que cubre el deambular constante es el no ser. Desde ese estar en el abismo, el poema tiende la mano, es un asidero que salva.

José Luis Morante