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martes, 1 de diciembre de 2020

JOSÉ MANUEL RAMÓN. DONDE ARRAIGA DESTIERRO

Donde arraiga destierro
José Manuel Ramón
Prólogo de Anna Rossell
Ars Poética / colección Ars Nova
Oviedo, 2020

 

PÁLPITOS DEL PENSAMIENTO


   En la senda creadora personal, que ha alentado proyectos de gratísimo recuerdo como la revista Empireuma, junto a José Luis Zerón y Ada Soriano, y la traducción de varios libros desde el portugués, José Manuel Ramón (Orihuela, 1966) busca el centro de la llama en la poesía. El afán lírico ha sumado hasta la fecha el cuaderno Génesis del amanecer (1988), La senda honda (2015), La tierra y el cielo (2018) y culmina viaje con la terna Trilogía de la reencarnación, un quehacer escritural que encuentra su razón de ser en la lírica meditativa y en su hermético deambular.
   La segunda entrega de la trilogía, Donde arraiga destierro despliega sus recodos verbales con una introducción clarificadora de Anna Rossell.  La breve percepción crítica “El poeta, demiurgo y criatura,” alude a la maleable identidad del sujeto. Medita con el afán exploratorio para indagar ámbitos de conexión y zonas de penumbra entre el protagonista interior, siempre escaparate de limitaciones y flaquezas, y las pluralidades significativas del lenguaje.
  Con esta percepción sale a superficie un libro denso, complejo en lo formal, organizado en cuatro tramos de conocimiento que comparten hondo cauce existencial y una estela de citas que refuerzan el peso trascendido de instantáneas vitales. El tramo auroral “Estigmas” aporta un doble paratexto de Ives Bonnefoy y Allan Kardec que da paso a la inercia pensativa; sondea los estratos frágiles de lo transitorio. El devenir arrastra pasos pretéritos, vestigios y pérdidas que dejaron su ausencia en el epitelio del hablante lírico.
   José Manuel Ramón emplea una cadencia expresiva sostenida, donde se eliminan las pausas ortográficas, como si los distintos fragmentos compusieran un único monólogo intimista que condensa en sus moldes el desandar pautado por el desengaño. El poema no elude la experimentación visual caligramática, como si fueran rupturas en el trascurso de los versos, saltos vacíos en el aleatorio fluir de la conciencia frente a las manecillas tercas del presente. El muestrario textual preserva la perspectiva de límites borrosos de la incertidumbre, el delirio que franquear para llegar a la otra orilla del sosiego.
  La sección “A ras de hierba”, que sitúa como entrada unos versos de César Vallejo, pertenecientes a Los heraldos negros, nace con el tono intimista de quien busca  una salida a la madrugada, como si las palabras quisieran recuperar la transparencia, el bisbiseo de la luz entre la penumbra de afanes e insomnios del sujeto a solas: “La aurora / brinca sobre pavorosos días / y escenifica claros armisticios / con los que trasmitir / equidades”. Los poemas inciden en la idea de catarsis y limpieza interior, porque el pensamiento necesitara recuperar la navegación sin rencores ni máculas, esa primera claridad que propicia el arraigo de colores y formas.
   José Manuel Ramón busca para el tercer abanico de poemas un título simbólico que  incide en la idea de que la poesía es abrazo y comunión: “El bosque que somos”. El pleno simbolismo del árbol recuerda la persistencia de la raíz y su fuerza para tantear en lo oscuro. El entorno nocturnal es una lenta esclusa que requiere apertura y ofrece ángulos de meditación en la conciencia. En la tierra fértil del pensamiento se hace fuerte la semilla de otra realidad que sostiene la voluntad de ser, esa necesidad de buscar sentido e inocencia.  
  La claridad cómplice de la esperanza encuentra sitio en el último apartado “La vasta dimensión”. La construcción existencial va forjando en los días nuevos espacios habitables, tierras ignotas en las que sentir la voz dialogal del círculo cotidiano en un ámbito de cercanía. El estar callado de la naturaleza proclama la fuerza de los ciclos, ese desbrozar de señales que deja la corriente de la temporalidad que propicia mudas y transformaciones en lo rutinario. 
   En Donde arraiga destierro persiste el pálpito confidencial del pensamiento. Afloran desde la memoria incómodas cenizas que invitan al despojamiento; es necesario que cada ausencia y cada pérdida tengan su sitio, su pactado destierro, su añoranza en la terca maraña de la soledad en la que duermen materia y espíritu. En los poemas de José Manuel Ramón se cobija el destierro en la propia conciencia. Poemas a solas, que conectan la estridencia declamatoria de la realidad y el latido interno de un sujeto contraído en la duda, que asume la ontología del hombre como un lugar de tránsito con andamios de aire, propicio a la orfandad frente al mañana.


 
 
José Luis Morante
 
 
   
 
 

martes, 27 de febrero de 2018

ADA SORIANO. DONDEQUIERA QUE VAGUE EL DÍA

Dondequiera que vague el día
Ada Soriano
Editorial Ars Poética
Oviedo, 2018


LUCES Y ENTORNOS



   Siempre asocio el nombre de Ada Soriano (Orihuela, 1963) con la revista literaria Empireuma. Aquella publicación, capitaneada por José Luis Zerón, llenó un largo periodo cultural en los años ochenta y noventa y se demoró hasta 2008, cuando dejó de publicarse con regularidad, aunque después saliera algún número especial. Y es que las revistas en papel, que hoy parecen animales antediluvianos para tanto náufrago digital, cumplieron un notable ejercicio didáctico al cultivar géneros diversos y al impulsar la obra de autores periféricos o recién llegados.
 Ademas soy consciente de que la autora de Orihuela ha protagonizado un largo itinerario personal, publicando las entregas Luna esplendente o sol que no se oculta (1993), Como abrir una puerta que da al mar (2000), Poemas de amor (2011), Principio y fin de la soledad (2011) y Cruzar el cielo (2016), un trayecto creador al que ahora se añade Dondequiera que vague el día, un volumen editado por Ars Poética en su colección Carpe Diem.
   Desde una perspectiva epifánica, de amanecida y alumbramiento, el poema se hace testigo del devenir temporal y su enaltecimiento de lo visible: “El sol vierte su materia / sobre la piel del mar, / despierta a la naturaleza, / realza los contornos de las rocas, / acentúa el pigmento de las algas / y esclarece la arena de la playa / a pesar  de este momento / de total indecisión, / de sometimiento a su propia lumbre”. Nace así una poesía de sensaciones, dispuesta a ser portavoz de los sentidos para clarificar la textura relacional del sujeto con las luces y entornos de lo matérico, dispuesto en identidades fragmentadas que cumplen sus mudables trayectos.  En ese estar relacional el sujeto se hace reflejo de lo que contempla, como si participase de una esencia plural y compartida que se comunica con un lenguaje abrupto, silencioso, hecho de signos propios. La naturaleza se convierte en presencia activa donde todo acontece, pero no anula la introspección del yo, esa mirada interior que da voz al deseo y que da luz al diálogo de los cuerpos, o que busca entre los pliegues de la memoria algún recuerdo de los días de infancia.
   El poema que inspira el título de esta salida de Ada Soriano, “Dondequiera que vague el día”, como aquella canción de Frank Sinatra, “My way”, mencionada en su avance argumental, muestra su fuerza apelativa contra el conformismo; es una defensa del ser individual que rechaza el gregarismo para quedar al margen de cualquier mirada inquisitoria; ser es evitar que nada turbe, que nada fuerce al sometimiento y la opresión. Tras esta interpretación se cobija un canto simbólico a la libertad en cualquier tiempo y lugar en cada fragmento de lo vivido, siempre entendido como perseverancia, aprendizaje y experiencia, como emoción y sereno entusiasmo.
   La escritora añade como cierre del libro la sección “Seis poemas delicados” en los que se percibe una fuerte textura sentimental. Si el núcleo  del poema es la emoción, el intimismo aflora en composiciones dedicadas a la madre, a la pareja o al entorno relacional más próximo, para argumentar sobre un existir lastrado por la incertidumbre o la carencia: “Quiero recomponerme, / retirar el hielo del páramo / y recobrar  el aliento. / Hilo y aguja / para remendar las fisuras / de mi sombra que pasa”.
   José Manuel Ramón acierta al sugerir como rasgo nuclear de este libro el carácter autobiográfico. Así es; el lenguaje poético de Ada Soriano indaga en el entorno y los repliegues íntimos de la existencia con una sensibilidad expresada con acento sincero y natural.  La poesía entonces se hace tránsito, deshabita la sombra y pone sobre la mesa de la realidad cotidiana un impulso de vida, un nuevo paso.