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miércoles, 2 de octubre de 2019

JESÚS MARCHAMALO. ME ACUERDO

Me acuerdo
Jesús Marchamalo
Prólogo de Felipe Benítez Reyes
Papeles Mínimos Ediciones
Colección Graphica, 5
Madrid, 2019


REGRESOS


   Acumular patrimonio afectivo es una operación compleja, aleatoria, porque el material heterogéneo que se recupera no proviene de la voluntad sino de una memoria selectiva, cuyos criterios nunca resultan del todo claros. En cualquier caso, la conversación con el pasado suele estar llena de intensidad sentimental y ocupa por igual el estar del sujeto concreto y el trastero común de una cronología colectiva.
   Me acuerdo es un libro de teselas, un mosaico incompleto que va definiendo sus trazos con el mimo silencioso de la paciencia hasta dibujar una identidad en el ahora. En sus contenidos perdura lo que ayer nos pareciera irrelevante y lo que sostiene nuestra historia como una cimentación imprescindible porque resume los momentos centrales del trayecto del sujeto.
   Advierte el prólogo de Felipe Benítez Reyes de la rutina observadora del escritor y periodista Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) y de su predisposición a llevar a mano esos cuadernos blancos que reclaman página entre lo contingente. Como antes hicieran Georges Perec, Joe Brainar, o el poeta y aforista madrileño Elías Moro, Jesús Marchamalo inicia cada destello verbal con la peculiar magdalena proustiana del “Me acuerdo”. Así regresan desde el cauce alto de la infancia las vivencias trenzadas de una etapa irrepetible de pantalón corto y televisión en blanco y negro, de gozoso contacto con los ciclos naturales y de un tiempo de aprendizaje que sumaba a la experiencia personal los ojos deslumbrados del asombro. Pertenezco a la misma estela generacional que Jesús Marchamalo, así que al escribir estos renglones, mi juicio crítico se instala en la cartografía del verbo evocador compartido para asentir con el periodista muletillas orales y anuncios televisivos, el bazar de los mensajes publicitarios y aquellos días de internado y sacristía. Es verdad; entre el vivir y el soñar machadiano, yo también me acuerdo del cola-cao y de la cantinela que ponía un estribillo melodioso y zumbón: “Yo soy aquel negrito / del África tropical…”, o saco los cromos de los futbolistas sin tatuajes ni peinados de diseño, o miro un poco más allá para quedarme ante la tele viendo Bonanza y El llanero solitario o para sentarme en un parque otoñal con los tebeos de El Jabato y El capitán Trueno. mientras en el corral de una vecina vareaban los colchones de lana.
   El niño Marchamalo un día dejó dormir su infancia en el desván del tiempo, como si fuese una carta de ajuste fuera de uso,  e inició otra senda por los años finales del franquismo para ir completando su formación educativa. Fueron cambiando los escenarios y los personajes y tomaron sitio en las evocaciones aquel material del pupitre juvenil, las líneas vitales trazadas con escuadra y cartabón y el peso de la historia que entonces parecía lejana y sobria, como un páramo de cosas cuyo tacto contagia frío.
   No faltan los recuerdos del quehacer laboral que propiciaron encuentros con personajes célebres o que compartieron su desarrollo con el afán escritural. Siempre en la memoria aquellas máquinas de escribir estruendosas como una gota fría y los libros que iban naciendo en los estantes para dar fe de una vocación mantenida durante años. 
  Cada evocación invita al boceto, al dibujo visual de la sensación y a ello se aplican los ilustradores que acompañan al autor en este despliegue evocador. En las páginas de Me acuerdo están las miradas plásticas de Carmen M. Cáceres, Carolina Díaz, César Fernández Arias, Isidro Ferrer, Damián Flores, Enrique Flores, Emilio González Sáinz, Mo Gutiérrez Serna, Eva Manzano, Ginés Martínez, José Luis Mazarío, Antonio Santos, Emilio Urberuaga, Fernando Vicente y Javier Zabala. Sus dibujos conversan con la delicada puesta editorial de Papeles mínimos y con el intachable hacer de Imanol Bértolo y su vocación artesanal.   
  Las páginas de Me acuerdo están llenas de menudencias; son como aperitivos gastronómicos que nunca se codean con manjares y gastronomías perdurables. Su propósito no es sembrar aforismos solemnes ni textos didácticos que puedan aportar al lector una estela ética. Son esos instantes humildes y gozosos de quien confiesa que ha vivido y hace del lector un cómplice de vida.









   


jueves, 24 de enero de 2019

ROSENDO CID. LOS CONSEJOS NO SON UN BUEN SITIO PARA QUEDARSE A VIVIR.


Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir
Rosendo Cid
Texto e Ilustraciones
Papeles Mínimos Editorial / Graphica
Madrid, 2018

EN LAS ORILLAS DEL YO



   Licenciado en la especialidad de escultura, artista visual y narrador, Rosendo Cid (Ourense, 1974) impulsa una trayectoria personal de ensamblaje, abierta a la yuxtaposición de géneros, en la que se combinan muestreos y posibilidades expresivas. Así han ido sucediéndose estaciones creadoras como 365 maneras de estar en el mundo, conjunto de viñetas, 5000 veces pintura, inmersión aforística, y Eduardo Torres. El hombre que rayaba periódicos, libro en torno a una identidad ficcional. Son frutos a los que se suma el conjunto de relatos 36 vidas breves y el trabajo ensayístico sobre Arte Contemporáneo con el que logró el I Premio CGAC de Investigación y Ensayo.
 Ahora sigue la estela de aforistas como Eugenio d’Or, Rafael Pérez Estrada, Luis Felipe Comendador y Ramón Eder, pero también la lluvia de afinidades con humoristas gráficos de los medios de comunicación como Forges, Peridis o El Roto, y presenta en la colección Graphica de Papeles Mínimos un regalo visual, Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir. Es una entrega que cuida al máximo la condición del libro como objeto estético y artesanal, como producto sensorial que unifica pensamiento y sensaciones.
   Las páginas contienen casi cincuenta ilustraciones realizadas con bolígrafo. En su trazo simple y en su color azul se legitiman el humor, la ironía y una mirada onírica que traspapela el esquematismo figurativo para testificar diálogos con sobresaltos, entre elementos reales y aportes ficticios, capaces de modificar la percepción visual o crear en los sentidos un cierto desasosiego.
   Junto a cada imagen, el aforismo, en cuerpo de letra grande, que acrecienta la sensación de frase categórica, extrapola un consejo, una observación al paso, un esqueje verbal que también necesita su prevención de primeros auxilios para no cortarse con el filo leve de la inteligencia. Al cabo: Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir; las visiones del mundo, de nuestro entorno y de las relaciones personales que conforma la vida colectiva necesitan la mirada interior, esos espacios que deben sondean la curiosidad y la experiencia, para no ceñirse a los límites prefijados por la opinión ajena.
   Algunos aforismos tienen el tono solemne de los moralistas: “Aspiremos a no entenderlo todo sabiendo  que a menudo nos embarcaremos en viajes a ninguna parte”. Y hacen de la condición admonitoria de quien los formula un ejercicio de claridad, una senda cognitiva. Pero una de las características esenciales del taller conceptual del aforismo es su autonomía de criterio, su deambular aleatorio por sustratos temáticos aparentemente dispersos, aceptando que “el azar es una disciplina que no puede desestimarse”.
   Rosendo Cid, en su quehacer doble de sujeto reflexivo y artista plástico que captura mariposas azules, nos presenta un libro de gratísima lectura, en el que los chispazos de la inteligencia muestran las raíces de la reflexión, como si recordara aquel deseo onírico de Juan Ramón Jiménez de que las alas arraiguen y vuelen las raíces. Para que nos sintamos aéreos, para que la realidad nunca tenga ese aire de familia de lo gregario y explore caminos nuevos, en los que el día aflore en otra dimensión.