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En falso (2005-2017) Gabriela Kizer Prólogo de Luisa Castro Visor Libros Fundación para la Cultura Urbana Madrid, 2022 |
CARTOGRAFÍAS
El ovillo poético de Gabriela Kizer (Caracas, Venezuela, 1964), poeta y
profesora universitaria, deja suelto su primer hilo en el umbral de siglo,
cuando se publica Amagos (Monte Ávila Editores, 2000). Licenciada en
Letras por la Universidad Central de Venezuela, y magister en Literatura
Latinoamericana Contemporánea de la Universidad Simón Bolívar, no
tardaría en publicar su segunda entrega, Guayabo (2002). Adviene después
un largo silencio, roto por la concesión del Premio Internacional de Poesía
José Barroeta a su obra Tribu, que saldría de imprenta en 2011. El libro
Pavesa, ya en 2019, prosigue el viaje lírico hasta En falso, que
se edita, con el apoyo de la Fundación para la Cultura Urbana, en la prestigiosa Colección Poesía de Editorial Visor.
En el prólogo
“Gabriela Kizer en verdad”, escrito por la poeta Luisa Castro, la autora gallega sostiene que la mejor poesía solo puede explicarse
desde dentro. Los versos son una forma de compartir el misterio. Proponen un
viaje, una progresión que intenta reflejar “la dimensión sagrada de lo
corriente”, desde la interioridad de una singladura iniciática y evocativa. Con esa voluntad, En falso abre riberas entre el conocimiento y la incertidumbre, nos acerca los
trazos orgánicos de una compilación de poemas que es también dolencia de país, genealogía
e identidad. Gabriela Kizer añade una nota preliminar que versa, en su hondura
reflexiva, en la percepción del yo lírico y en su empeño por captar la esencia
del tiempo y su forma de modelar la conciencia.
El itinerario de En falso, que contiene poemas escritos entre
2005 y 2017, se fragmenta en cinco tramos, de los cuales el último solo
contiene un poema, donde se integran siete momentos. Todos muestran una
clara diversidad argumental y un registro cultural con sensibilidad abierta,
que se ajusta al intimismo confidencial de la evocación y se engarza con los pasos
del transitar biográfico.
El
comienzo sugiere un desandar hacia el pasado para reactivar vivencias dormidas.
La presencia de rostros difuminados por el tiempo, o los días de infancia están
presentes en composiciones como “Gregorio”, “Caída”, “Filiación “, y “Cuarto
oscuro”. También busca sitio en el texto el espacio onírico del
sueño, ese lugar sin coordenadas donde conviven monstruos del inframundo,
dioses y héroes; personajes dispuestos a una representación pictórica, que captan
la mirada del arte, o la tela del tapiz que borda fábulas.
En esta primera parte, la muerte adquiere una dimensión expandida. Es el
andén que culmina cualquier existencia. Un aullido despacioso y lejano en la
infancia que se hace de pronto vecindad, cuando alguien próximo se ausenta para
siempre, dejando la hendidura del dolor, la indescifrable escritura de los
cuerpos cuando no están.
Una de las cualidades de En
falso, como se ha dicho, es la amplitud de tramas que admite en su
desarrollo; el segundo apartado cobija una interpretación lírica del despertar
sentimental. El poema se hace marco reflexivo de una época con muchachas, que trepaban
los árboles del despertar emotivo, lejos de la niñez, cuestionando las
dubitaciones del propio estar frente a la incertidumbre.
La cercanía del otro se hace odisea. Obliga a repetir el sueño cumplido
de aquellas presencias de la literatura que inventaron Homero, Dante y los que acercaron
a la belleza del mundo para dar voz natural a los sentimientos. Las emociones afloran, sin
imposturas metafísicas, con la mera intención de ir dejando las migas sueltas
de un trayecto autobiográfico. El lenguaje testifica los pasos perdidos. Se
hace crónica de lo transitorio. Refleja las siete vidas que tiene el amor para
seguir latiendo, después de erosiones y pérdidas, en la cartografía de lo
cotidiano.
La tercera parte cambia el diseño formal para alojar al poema en prosa,
cuya lectura remite a la proximidad de un magisterio, el de la escritora
venezolana Elisa Lerner, quien escribiera Así que pasen cien años. Crónicas
reunidas (2016). Los poemas enunciativos fluctúan entre lo personal y lo
colectivo, entre el repliegue anecdótico y la necesidad de que la experiencia
sea un nítido testimonio del yo colectivo. La crónica social de unas vivencias
históricas, nunca homogéneas, que se alzan entre el espejismo y la
representación objetiva, que sirven para repensar la verdad y su significación
en el seno del tiempo.
En esta sección aparece un recurso expresivo poco utilizado hasta ahora:
la ironía; desde un elemento de la cosmética se juega con el doble sentido de
la máscara y su ambigüedad semántica. También se perciben reflexiones
metaliterarias, tendentes a liberar al poema del argumento y de los moldes
estables de lo convencional, de los que construyen el poema desde la idea. La
palabra desvela, como un guisante bajo el colchón; pero el logos no sabe cómo
explicar su misterio, su significado subterráneo.
Otra sensación fuerte que deja este tramo del libro es que la obra
creativa de Gabriela Kizer se aleja del perfil unitario para explorar vetas sin
aparente conexión entre sí. Un ejemplo de lo dicho se percibe en la cercanía de
poemas como “Abolengo”, que narra una contingencia de las revistas del corazón,
y “Filosofía de la composición”, donde el eco de Poe da vida a una larga
meditación sobre las razones del hecho creativo.
Otra seña de identidad es la cercanía a nombres del canon y la convincente selección de citas relevantes, que crean en
el lector animosas afinidades. El apartado cuarto arranca con una cita de
Vicente Gerbasi, incluida en el poema “Cuota mil” y, de nuevo, en las
composiciones hay un trasiego de referencias culturales que orientan sobre
gustos musicales, indicios de lecturas, o acordes que sostienen la experiencia
vital. Los textos dan la mano a trámites personales que dan fe de vida y
muestran los costurones opacos de una realidad esquinada, que necesita filtrar
en su epitelio unos rayos de sol. Así se constata, de forma sobrecogedora, en
el poema “Crónica, 204”, que denuncia, con mirada crítica y fuerte compromiso,
los graves acontecimientos derivados de la protesta social contra un régimen
totalitario, que abocó al país a una pobreza extrema y a una feroz represión.
Esa relación de crisis entre sujeto poético y entorno genera también otras
composiciones como “La última diosa” y “Tierra de Gracia”, donde la percepción
de las cosas anula cualquier esperanza y pone fin a la utopía, en un entorno
cotidiano cenagoso y oscuro.
El poema homónimo “En falso”, friso de siete teselas,
conforma la parte final del poemario. La evocación recupera figuras domésticas. Abre la conciencia al recuerdo. Suscribe que la memoria es un vacío dilatado, una paradoja con remansos existenciales, contaminados por la decepción y el
rastreo de falsas amanecidas. Sobre el entorno habita una nube de amargura, un
mundo que no es, y exige una interpretación trágica. El lugar propios se
hace arquetipo de la carencia: “desolación / procacidad, desasosiego /
humareda/ demencia / ruindad. Una ciudad asolada por el derrumbe. Dentro de los
ojos del testigo solo hay huecos, arenas movedizas, la inhabitable sombra de la nada.
En los
poemas de En falso Gabriela Kizer
da voz a una mirada que serpentea por las avenidas de la conciencia para seguir
el rastro de la evocación. También del compromiso solidario con la inseguridad de la
existencia y sus dolorosas grietas abiertas. Existir es tratar de comprender. Convertir las preguntas en las últimas brazadas del náufrago.
José Luis Morante