En el aleatorio
recorrido de la brevedad por la calzada de la Historia advertimos que, con
frecuencia, la concreción enunciativa del aforismo está marcada por el carácter
didáctico. Es una estrategia con dimensión colectiva; pretende transmitir una
normativa ética, un conjunto de principios de validez común. De este empeño
reglado de socialización se nutre parte del legado aforístico clásico. Desde
Grecia y Roma la escritura hiperbreve expande, sobre la mesa del lenguaje, indagación
cognitiva y conciencia moral. El espíritu renacentista supone un cambio de
rumbo al introducir la perspectiva humanista. Se revaloriza el logos en el
análisis de la moral cívica y la conducta humana.
La
indagación en la textura existencial del hombre común consolida la voz
confidencial con las aportaciones de Francesco Guicciardini y Baltasar Gracián.
Este será el principio necesario que hará de los moralistas franceses, durante
los siglos XVII, XVIII y mediados del XIX,
un episodio central de la consolidación normativa
del género.
El
aserto “Moralistas franceses” merece un breve análisis del editor. El término
es de origen latino, “More” (costumbre) y define el propósito de orientar
actitudes mediante principios estables. Los moralistas juzgan la conducta
humana, constatan sus disonancias y apuestan por enaltecer una dimensión colectiva
en la que prevalezcan vectores como el bien, la belleza y la verdad. Ese sería
el hilo conductor del grupo de pensadores, florecido en territorio francés,
seleccionado por el antólogo, y traducido al castellano en común por José Luis
Trullo y Miguel Ángel Real, profesor, aforista y traductor con amplia
experiencia en el legado cultural francés.
Presencia imprescindible en la
consolidación del decir conciso actual, José Luis Trullo (Barcelona, 1967) es
Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Y realizó estudios
de Doctorado en Filología Románica. Su activismo creador impulsa un taller
plural que engloba poesía, traducción, aforismos y análisis críticos. Es editor
de la revista
Humanistas, director del apartado de aforismo de la
revista
Culturamas y colaborador de otras cabeceras digitales.
El espacio lacónico estudiado incluye a Madeleine
de Souvré (1599-1678), La Rochefoucauld (1613-1680), Blaise Pascal (1623-1662),
La Bruyère (1645-1696), Vauvernagues (1715-1747), Malesherbes (1721-1794), Chamfort
(1741-1794), Rivarol (1753-1801), Jouvert (1754-1824) y Chateaubriand
(1768-1848). Son rutas consolidadas con fuerte repercusión posterior. El antólogo,
tras el mínimo apunte biográfico, se centra en la pulsión de cada autor para
dar breves trazos del discurrir vital. Todos rastrean nuestra condición
transitoria y el sentido existencial del ser. En la remansada superficie del
discurrir critican la convivencia social, empeñada en anteponer el interés
individual a la relación colectiva. Cada legado toma conciencia y se hace
registro en la introspección. condiciona, en mayor o menor medida, la lucidez
estética y la perspectiva escritural.
La escasez de voces femeninas de la
tradición aforística convierte casi en un gesto subversivo la apertura de la
selección con Madeleine de Souvré, marquesa de Sablé. La aristócrata alentó el
más celebrado salón literario de su tiempo y escribió máximas o sentencias
morales con aliento irónico. Puede considerarse, por tanto, precursora de
grupo. Su quehacer conciso parte de la reflexión interior, del conócete a ti
mismo, para, de ese modo, ser capaz de asomarse a los demás. Pretende clarificar
la grandeza del entendimiento indagando defectos y virtudes de cada conciencia.
La escritura de La Rochefoucauld se define
como “Máximas de un hombre desengañado”. Su breve libro
Reflexiones o sentencias y máximas morales explora con ironía y honestidad
ese entorno de fingimiento y desolación de la plaza pública que disimula
escombros, inmundicias y sinuosidades, detrás del escenario de las apariencias.
El amor propio mitiga esas cicatrices de la experiencia vital que desazonan. Su
mordacidad descubre que la verdad está lejos del ideal y la mentira coloniza
campos enteros de la vida social y afecta a los trazos del propio sujeto que
habita nuestros espejos.
El
genio humanista de Blaise Pascal, quien tuvo una esmerada formación
intelectual, se aplicó indistintamente a ciencia y religión.
Las convicciones se acogen en “Los
pensamientos de un alma en vilo”. Pese a su temprana muerte, dejó una
heterogénea herencia como físico, matemático, inventor, teólogo y filósofo. El
desasosiego religioso impulsa su cercanía al debate teológico de la Abadía de
Port-Royal. Como caña pensante, el hombre personifica una amalgama de creencias
y afectos; la conciencia personal con frecuencia se ve contaminada por las
sombras. La nada parece ser el destino final de la existencia. El libro
Pensamientos enaltece la necesidad de
Dios y la fuerza salvadora de la religión. Solo la búsqueda sincera de la
verdad concede reposo al desaliento.
El anhelo
de verdad está muy presente en la filosofía de La Bruyère, cuya obra, un
conjunto de piezas literarias breves, ajusta sus trazos al retrato de sociedad,
hecho con cercanía e indulgencia. Miembro de la Real Academia desde 1673, su
exitoso balance literario justifica la consideración de ser una voz fuerte,
capaz de reflejar el carácter moral de los contemporáneos. Su libro es el
espejo de una época. Incansable observador, La Bruyère descarga en el sujeto la
capacidad de ser testigo sensible de la realidad. Así se fortalece una visión
crítica que depura lo que ve y multiplica interrogantes existenciales.
El aporte
intelectual de Vauvenargues, persistente lector de Plutarco, se estudia en
Introducción
al conocimiento del espíritu humano, seguida de algunas máximas y reflexiones.
Las anotaciones objetivan, con sencillez y profundidad, el conocimiento del ser
y del mundo, buscando un equilibrio de moderación entre luces y sombras, entre
visión candorosa y nihilismo. Considera que la razón necesita el pulso
sentimental para no ser áspera y fría. Las capacidades cognitivas alumbran
claridad. Dado que nuestro entendimiento es insuficiente, hay que cultivar la
voluntad y poner luz a la incertidumbre con espíritu reflexivo y tolerante.
Jurista, político y consejero real,
Malesherbes tuvo una participación social muy notable en el ambiente cultural
de la época. Polemista y defensor de la libertad de prensa, murió guillotinado
en el negro periodo de terror de la Revolución francesa. Con sensibilidad
clásica, sus máximas convierten razón y justicia en asideros intelectivos. Al
cabo, “las mayores verdades son en general las más sencillas”. En ese camino
singular del entendimiento los textos sapienciales conforman un discurso de
prudencia y espíritu tolerante.
El apartado dedicado a Chamfort recuerda el
temprano reconocimiento por sus poemas y piezas teatrales. La mala salud
condicionó una persistente melancolía y un ánimo pesimista. El instructivo
moralista percibió en primera fila el desvarío jacobino de la Revolución
francesa y su empeño en
hacer del precipicio
un andén de llegada. Las máximas y reflexiones difunden una gélida desolación. Su
pensamiento expande una incontinente tormenta de sombras. La voluntad de las
palabras es estéril, no cura los más doloridos sentimientos. Las máximas y
pensamientos de Chamfort son la estela de un hombre vencido; la amargura de un
enfoque pesimista, como si la presencia de alguna esperanza no fuera sino un
espejismo que se obstina en mentir a cada instante.
La vida de Rivarol fue una continua búsqueda
de fortuna. Ensayista y panfletista, sus máximas se leen como “los pensamientos
de un espíritu inquieto”. Fue un enemigo declarado de la revolución francesa,
lo que impulsó su persecución y exilio, hasta el definitivo asentamiento en
Berlín. Su brevedad está marcada por la claridad y el rigor. Deja patente su
ingenio, y una inconfundible mezcla de ironía y humor. La filosofía de Rivarol
entiende la vida como una floración de frustraciones, un cúmulo de estaciones
de paso que espera ese tren que no lleva a ninguna parte, salvo a los
trampantojos de la esperanza, esas oquedades ilusorias de lo temporal.
Joseph Jouvert personifica un incansable
compilador de aforismos. Sus teselas representan el vínculo de transición entre
los moralistas franceses y la naciente sensibilidad del romanticismo. Convergen
en la escritura lacónica de Jouvert filosofía y poesía; el empeño de brevedad y
la precisión más extrema. La sensación que deja la lectura de Jouvert es que
los grandes temas de la conciencia humana necesitan el amparo reflexivo del
pensamiento. Todo lo que pensamos es preciso pensarlo con el ser completo; con
el alma y el cuerpo porque ser natural en el arte es ser sincero.
El romántico Chateaubriand, personaje de
exaltada biografía, firma la cosecha mínima final. El autor de
Memorias de
ultratumba promueve en sus fragmentos aforísticos el análisis de la vida
social con resentimiento, como si el quehacer colectivo estuviese amenazado de
continuo por un principio de destrucción. Entiende que las mejores quimeras de
la existencia son inalcanzables porque la naturaleza humana está marcada por la
miseria y no por cualidades superiores como el genio y la virtud.
Un monstruo incomprensible toma su
título de un pensamiento de Blaise Pascal. El yo pensante es un principio
generador de contradicciones e incertidumbres, por más que la razón se empeñe
en ordenar el pensamiento. Con nitidez y armonía, José Luis Trullo deja un
ajustado registro nominal de los moralistas franceses y de su destacada voluntad
de penetrar en el fondo de la condición humana. Un itinerario de voces
consolidadas que ensancha el camino lector mediante el sentimiento y el paso
libre y ligero de la inteligencia.
JOSÉ LUIS MORANTE