.webp) |
Fui un árbol en un balcón minúsculo Mónica Picorel Ediciones Baile del Sol, Colección Poesía Tenerife, Islas Canarias, 2026 |
EL PESO DEL
AIRE
La poética de Mónica Picorel (Bilbao, 1970), cercana todavía a su amanecida, ha
publicado en poco más de un lustro las entregas Las otras geografías (2020),
Vida secreta de otros animales (2023) y, en colaboración con el poeta
Misael Ruiz, Interacciones (2025). Asentada con fuerza en Baile del Sol, estrena la reciente compilación de poemas, Fui un árbol en un balcón minúsculo, con
prólogo del poeta Diego Roel. La introducción recurre a San Juan de la Cruz para
adentrarse en un reflejo verbal impresionista y cómplice. En las breves líneas de “dar
a la caza alcance” el excelente poeta Diego Roel, autor también de la síntesis de contracubierta, no adelanta juicios críticos sino
sensaciones lectoras; no testifica las líneas coherentes de un discurrir que
exhibe la prudencia verbal de lo teórico, sino que se deja mecer por los
efectos de la imagen y por el aliento onírico de la evocación surrealista. Roel
vuelve al magisterio del místico abulense para recordar que el hablante
lírico expresa la pulsión del alma hacia la verdad. Se ama el poema leído. No
se acotan parámetros creativos; a lo sumo, el material lírico se asoma al brocal que muestra la
hondura y el asombro del lenguaje.
También la cita de portada de
Misael Ruiz elude la placidez del dogma para insistir en el nomadismo
existencial de quien no dispone de caminos hechos sino que afronta un estar de
búsqueda e inquietud, una dubitación de raíz metafísica, plasmada después en el poema: “Vivimos entre
escombros / una belleza esquiva / nos acompaña hasta el final”.
Mónica Picorel organiza el libro en tres tramos lectores, de los cuales,
el primero es el más extenso. Emprende ruta con una dicción cálida, empeñada en
evocar un tiempo áureo, que muestra un interlocutor cercano, dispuesto a
compartir un jugoso patrimonio de metáforas plásticas: “Volvías a casa / entre
tus manos un majal / la plata del mundo palpitante / abrías la puerta y caían
plumas / volvías al hogar como el buen padre / que aprende la hiel del animal
sorprendido”. La textura intimista de los versos transporta a otras coordenadas
espaciales, donde el decir se desprende de vivencias intactas del
imaginario, captadas en escenarios atemporales, como la infancia. El poema
sugiere acciones. Alguien está. Alguien, también, convierte la contemplación en
una forma especial de ruptura de la normalidad. Estar transforma el hábito en
plenitud: “Mi don es ser /aunque no sea la misma y sea todas y ninguna / aunque
huela como huelen algunas casas que se vacían a escondidas”.
La realidad se transforma en un ámbito de levitación. Los elementos se
abandonan en un vuelo onírico, capaz de medir el peso del aire. El yo pierde la
precisión de la forma para diluir rasgos y adentrarse en un paisaje de plenitud
y ensimismamiento, ajeno, volátil, que mira hacia adentro. La voz figurativa
del poema se viste de emociones y sentimientos para fortalecer su resonancia
con asociaciones de impacto y de una fuerte carga sensorial.
El poema breve busca lo esencial, a veces suena con la contundencia del
aforismo: “Te he llamado hasta que la noche / ha dejado a mis pies / la mortaja
de tu nombre”. Pero no pretende propagar certezas sino vaciar un espacio,
contraer la existencia en unos pocos trazos indefinidos que se imponen al
silencio de los otros. Otras veces, la semántica del poema adquiere una intensa
fuerza absorta en el deseo, mostrando un cálido erotismo: “Aquí dos cuerpos con
ambición de piedra angular / y acude el deseo con su traje oceánico / es la
voluntad de la carne ser solo carne”.
Un adjetivo exótico “Marcescente”, que procede del vocabulario botánico,
sirve de título a los textos agrupados en la segunda sección. El significado se
refiere a fragmentos agostados que, tras secarse, permanecen estáticos,
formando parte del vegetal. También la cita de la Premio Nobel Louise Glück
plantea esa relación cómplice de sujeto y mudez floral. Mónica Picorel asienta
en el poema una genealogía personal que muestra su andar de puntillas por lo
permanente. Todo es perecedero, ajeno a cualquier verdad absoluta, leve y
callado como el vuelo de un pájaro. Alrededor se acumulan estampas de una
realidad evanescente, que no tienen un enunciado argumental. Son mínimas
intuiciones. Muestras de vida, pálpitos que se hacen ocaso o renacen, sin
mostrar su verdadera naturaleza.
También el amor y el deseo se funden para habitar la caligrafía versal con una
presencia fuerte, ajena al verbo enunciativo, como si la idea se resistiera a
ser causa directa del lenguaje que explica el mundo desde la lógica.
No hay un hilo conductor que avance y se retraiga hasta una conclusión
final. El poema se expande sin rutas lógicas. Busca formulaciones ajenas al
periplo del sujeto. Simplemente habla o se calla. Está, respira, duerme. Se
renueva o escucha al silencio y su fuerza de convicción y pone en el mantel una
voz audible, un poco de extrañeza.
“El falso fruto” compone un apartado final en el que persiste la composición breve, tras una cita de Mark Strand sobre la identidad. No somos quien pensamos. La existencia es molde
en construcción, la azarosa impostura de hacer habitaciones al paso. Alguien
cerca respira un estar triste, que dibuja hormigas en los dedos y la nada hace
del frío un corazón de invierno. De igual modo, el yo lírico recrea una
convivencia que ofrece y pone arder, que guarda lo vivido en la memoria como si
fuera un sueño eventual, que alguien dejó un día entre los oscuros posos del
café.
Lo metaliterario toma asiento en los versos, no para esbozar teóricas
solemnes, sino para que el lenguaje orbite en torno a la extrañeza. El poema se
hace contraluz del cuerpo, fragmenta el frío, busca fallas donde ocultar el
sentido: “Que la palabra que callo me defienda / que sea en la pérdida / que
dignifique esta casa / este cajón para los días sin manzanas / este vórtice
para tanto peaje / que sea hebra que me ate al ausente…”. De nuevo las imágenes
cristalizan en los pliegues del poema, buscan un espacio expresivo que oculta
su sentido, que indaga dónde radica la belleza y qué mantiene su arquitectura
efímera, la justa medida del silencio que emboza las palabras. Lejos del enunciado autobiográfico y con un aditamento retórico pleno de
imágenes, la poesía de Mónica Picorel explora registros meditativos y
fragmentarios; pregunta dónde hay nieve y gelidez y frío que se hace calor entre las manos, exacta dimensión de la palabra que no se dice.