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martes, 10 de enero de 2017

JESÚS JIMÉNEZ DOMINGUEZ. CONTRA LAS COSAS REDONDAS

Contra las cosas redondas
Jesús Jiménez Domínguez
La Bella Varsovia, Córdoba, 2016


PREPOSICIONES


   La década que inauguró este tiempo digital ha emplazado en sitio visible a una generación de voces emergentes que llega al espacio poético sin quiebras ni estridencias, con el paso de un quehacer que busca con firmeza un lugar propio. A esa foto de grupo pertenece Jesús Jiménez Domínguez (Zaragoza, 1970), autor de los poemarios Fundido en negro, carta de presentación reconocida con el Premio Hermanos Argensola, y Frecuencias, que consiguió en 2011 el Premio Ciudad de Burgos. Ambas entregas consolidan una creación seleccionada en varias antologías nacionales y muestran el trazado natural de una senda que ahora completa Contra las cosas redondas.
   Jesús Jiménez Domínguez sorprende al lector con una sugerente organización preposicional. Los nexos “Ante”, “Cabe” “Bajo”… sirven como etiquetas de los apartados, precisan la íntima cartografía del sujeto verbal y sus desplegadas conexiones con el entorno. Se elige la voz directa del sujeto implicado al enumerar las propias credenciales: “Me gusta, cada mañana, abrir la ventana de par / en par como una postal hecha de papel de arroz./ Bajar al mundo y hallar que todo está en su sitio: / la invitación de los caminos, el verdor de los semáforos, / el escarabajo que hace rodar el sol por la montaña, / la fruta dentro de sus fundas nuevas, en todas partes la luz. “
   Los versos iniciales trasmiten un tono de celebración vital, expresado por medio de imágenes de claridad y amanecida; el despertar en una ventana de descubrimientos que renueva la voluntad vital y el afán de vivir. Casi sobrevuela la idea guilleniana de un universo pleno de arquitectura y simetrías, aunque Jesús Jiménez Domínguez despoja esa sensación de aspiraciones trascendentes. En cambio, sí se hace modelo para la voluntad de ser del poeta y para que el canto verbal se convierta en una disposición afectiva y testimonial sobre la realidad. Leemos en “Café solo”: “Dios hizo el mundo y lo hizo con premura, / pero los poetas, sin moverse de sus casas/ inflamados, coronados por lenguas de fuego, / gritando de soledad y frío en la madrugada / lo mantienen en funcionamiento “. Así se escribe una nueva poética que justifica la terquedad insomne de los versos entre la épica y la ironía.
   La meditación sobre el trayecto diario ofrece un balance de gestos olvidados; de ese ideario participa el poema “Rimbaud regresa a casa”. Quien retorna al pasado no es el protagonista de ninguna hazaña sino el portador de un colmado equipaje hecho de cansancio y desaliento. Al cabo, en la consumación de lo cotidiano nada sucede, salvo lo contingente. Todo parece inmerso en la quietud de una larga espera, como si fuese inminente un cambio, una mudanza, que está ahí, inadvertida, bajo el amparo del silencio.
   El campo visual despliega situaciones y formas, asimetrías y cosas redondas, y ellas son los elementos que acuden al poema, como si las palabras pretendiesen descubrir el orden natural que oculta su epidermis, como si la poesía fuese capaz de convertir en sedimento perdurable el vitalismo ensimismado del tiempo.   


miércoles, 23 de noviembre de 2016

MATÍAS MIGUEL CLEMENTE. DRENO

Dreno
Matías Miguel Clemente
La bella Varsovia, Poesía
Córdoba, 2015
RESPIRADEROS

Los buenos títulos someten de inmediato a un movimiento de traslación hacia la semántica de sus contenidos. También los elementos paratextuales, como las citas y las dedicatorias, sirven de balizas orientadoras.  Dreno, el escueto enunciado de esta tercera entrega poética de Matías Miguel Clemente (Albacete, 1978) apunta firme hacia una necesaria acción terapéutica; el drenaje supone una eliminación del agua contenida en el suelo para sanear los estratos; o la salida al exterior de líquidos contaminados que permiten después la limpieza de una zona infectada e impide la degradación. Queda por analizar el entresijo simbólico del verbo drenar en el espacio poético y descubrir  esas claves secretas que concede el poema.
Dreno  une anotaciones líricas que abordan intereses dispersos, y emplea el poema en prosa como estrategia comunicativa. Cada título funciona como síntesis de un sedimento argumental; la idea dibuja una realidad diseminada en la que se respira incertidumbre; la voz reflexiva del protagonista verbal airea la savia nutricia de su pensamiento, descubre un espacio interior en que se localizan asimetrías y claroscuros, esa “piel descuartizada que esconde la marca del oasis”. Lo explícito se apacigua para que también encuentre cauce lo eludido, aquello que existe de modo imperceptible como si fuese el umbral de un espacio por descubrir, y toma la palabra un onirismo que deforma las formas de lo real con sus propias imágenes. Pienso, por ejemplo, en el poema “Ciego” y en párrafos como este: “Tenía un amigo que sabía hacerse el ciego. A veces le pedía sus manos de invidente en pago de mi compañía, y él se las quitaba para dármelas. Férreas me calmaban, pero ahora está lejos, y por eso cuando veo demasiado, cuando caigo en una voz de mareo, me pongo las mías en los ojos, y me vuelvo lado, pared, barranco.”
El pensamiento observa y escarba. No se entrega a la mera contemplación sino que busca los efectos que se proyectan sobre el entorno, percibe cómo se asienta la erosión y clarifica sus mutaciones: “Hubo una vez una casa que dejó de ser hogar, estanque o páramo, para convertirse en una dirección a la que mandar y en la que acumular cartas, en un barrio que dejó de tener presencias, para ofrecer aire con ojos incrustados y vuelos de discurso”.
 Los poemas se empeñan en abrir un nivel cognitivo en el que las sensaciones son punto de partida que complican la percepción de un tiempo que no se justifica en si mismo. Es necesario diseñar líneas para que lo real no atrapa en el sinsentido de sus círculos concéntricos. Así discurre el poema “Dreno”: “Tengo que poner  un poco de orden en poco esto un todo de orden”; una composición que, en su contenida brevedad aforística” da pie a una interpretación plural. El yo poemático se ubica en la razón y en el discurso rutinario de lo previsible con un propósito claro: “tengo que poner un poco de orden”, pero la versión final de lo que sucede no depende de su empeño sino de las variantes y arritmias de lo imprevisible: “en poco esto un todo de orden”. La conclusión es clara; el poeta vive en la ceguera y la intuición; su canto no es un tratado de simetría sino un tanteo en lo oscuro, una operación de drenaje, una grieta, un bombeo que salta hacia el vacío.    


miércoles, 2 de marzo de 2016

LUNA MIGUEL. LOS ESTÓMAGOS

Los estómagos
Luna Miguel
La Bella Varsovia
Córdoba, 2015

FISIOLOGÍA DEL DOLOR

   El itinerario biográfico de Luna Miguel (Madrid, 1990) propicia un contacto temprano con la poesía. Sus padres crearon el sello editorial El Gaviero, que todavía mantiene en el mercado un catálogo solvente donde encuentran acogida propuestas diferenciadas. Esa condición de singularidad está también en la forma de entender el poema de Luna Miguel que es autora de los poemarios Estar enferma, Poetry is not deat, Pensamientos estériles, La tumba del marinero y, el más reciente, Los estómagos, que llega en febrero de 2015. La cosecha creativa tiene representación en un buen puñado de antologías, como “Re-generación”, muestra editada por Valparaíso en la que conviven veinticuatro poetas que forman la primera avanzadilla del siglo XXI.
  La cubierta de Los estómagos es una ilustración expresionista de Aleksandra Waliszewska que parece predisponer al lector sobre el material temático, pues sugiere una interpretación alegórica. Nos hallamos ante un conjunto de poemas que requiere una lectura implicada; la realidad cercana quema como el hielo y es necesario abrir sentidos y percibir, si la identidad no quiere moverse entre tanteos. Las relaciones entre sujetos y elementos están ahí, siempre trastocadas y mudables, por lo que galvaniza el pensamiento: “Pensemos en un hospital lleno de gatos / pensemos / los huesos se comen a los huesos, / las uñas son un gesto / el esqueleto felino / su olor / pensemos en gaviotas y en carroña / en ese color que maúlla…”
  Que el primer entorno del poema sea el hospital y que su espacio muestre los despojos, el olor, los gestos de búsqueda de la carroña o los recelos del gato entre sobras de alimentos nos dice que la lírica de Luna Miguel es una escritura visceral, nada complaciente; por eso, acierta plenamente la nota de Antonio J. Rodríguez que define el poemario como “un ejercicio de meditación que consiste en mirar el dolor de frente, a los ojos, sin huir de él, sin renunciar a él, hasta que se extinga o hasta que sea él quien nos esquive….”
  Por tanto, el sujeto verbal está en la brega, no hay esteticismo sino crónica al paso que busca las arterias del caos, que reproduce desde las palabras el desajuste de una indecisa línea de fuego. La desolación forma parte del entorno doméstico; está en lo cercano, en la casa personal y en el barrio. De este modo, El Raval, en pleno corazón urbano se hace pobreza, un hábitat humilde en el que sobresalen los perfiles de cuartos oscuros, de pisos alquilados, o de materiales que componen las actividades de lo cotidiano. Los mercados dejan en las aceras hilos de asco, estelas de desperdicios que obligan al sujeto a afrontar imágenes feístas que nublan cualquier esteticismo del poema. La fisiología cobra carácter matérico, se impone como parte esencial del yo, como una definición de aparatos y órganos que quita voz al pensamiento.
   Si el tramo inicial del poemario difundía el protagonismo del cuerpo que exigía asumir sus funciones esenciales, el apartado “Metástasis” emplea una semántica de impacto que genera, de entrada, un estado de ánimo. La enfermedad, los términos claves del proceso, el estallido y los efectos secundarios en el organismo crean un diálogo sobrecogedor que disemina el ánimo sereno y añade a las palabras un latido esencial. El cáncer está ahí, nos hace vulnerables, postula un inventario de síntomas y solo se combate con una implicación sentimental palpable como si la realidad de lo vivido sobrepasara la distancia que las palabras ponen en los poemas.
    Luna Miguel concede a  los dos últimos apartados un sesgo conclusivo, que también persiste en el anexo. En “El matadero”; el largo camino en el dolor encuentra una estación final, un itinerario cumplido en la ceniza. Los poemas enuncian visiones estremecidas. De igual modo, las composiciones de “Y los animales” enaltecen el ambiente de finitud existencial, como si todos los elementos estuviesen contagiados y tuvieran una textura enferma. 
  Puedo suponer el significado íntimo de esta escritura para Luna Miguel, como catarsis frente a una contingencia extrema y dolorosa. Pero más allá de ese diálogo a dos voces entre ausencia y ternura, queda la fuerza de un poemario que anula cualquier lirismo gratuito para sembrar esa exigencia inexcusable de encontrar sentido a los poemas.  El paisaje está ahí, oscuro y denso en medio de la noche; pero queda la voz para llamar al alba y sembrar entre las formas un instante de luz.