miércoles, 23 de noviembre de 2016

MATÍAS MIGUEL CLEMENTE. DRENO

Dreno
Matías Miguel Clemente
La bella Varsovia, Poesía
Córdoba, 2015
RESPIRADEROS

Los buenos títulos someten de inmediato a un movimiento de traslación hacia la semántica de sus contenidos. También los elementos paratextuales, como las citas y las dedicatorias, sirven de balizas orientadoras.  Dreno, el escueto enunciado de esta tercera entrega poética de Matías Miguel Clemente (Albacete, 1978) apunta firme hacia una necesaria acción terapéutica; el drenaje supone una eliminación del agua contenida en el suelo para sanear los estratos; o la salida al exterior de líquidos contaminados que permiten después la limpieza de una zona infectada e impide la degradación. Queda por analizar el entresijo simbólico del verbo drenar en el espacio poético y descubrir  esas claves secretas que concede el poema.
Dreno  une anotaciones líricas que abordan intereses dispersos, y emplea el poema en prosa como estrategia comunicativa. Cada título funciona como síntesis de un sedimento argumental; la idea dibuja una realidad diseminada en la que se respira incertidumbre; la voz reflexiva del protagonista verbal airea la savia nutricia de su pensamiento, descubre un espacio interior en que se localizan asimetrías y claroscuros, esa “piel descuartizada que esconde la marca del oasis”. Lo explícito se apacigua para que también encuentre cauce lo eludido, aquello que existe de modo imperceptible como si fuese el umbral de un espacio por descubrir, y toma la palabra un onirismo que deforma las formas de lo real con sus propias imágenes. Pienso, por ejemplo, en el poema “Ciego” y en párrafos como este: “Tenía un amigo que sabía hacerse el ciego. A veces le pedía sus manos de invidente en pago de mi compañía, y él se las quitaba para dármelas. Férreas me calmaban, pero ahora está lejos, y por eso cuando veo demasiado, cuando caigo en una voz de mareo, me pongo las mías en los ojos, y me vuelvo lado, pared, barranco.”
El pensamiento observa y escarba. No se entrega a la mera contemplación sino que busca los efectos que se proyectan sobre el entorno, percibe cómo se asienta la erosión y clarifica sus mutaciones: “Hubo una vez una casa que dejó de ser hogar, estanque o páramo, para convertirse en una dirección a la que mandar y en la que acumular cartas, en un barrio que dejó de tener presencias, para ofrecer aire con ojos incrustados y vuelos de discurso”.
 Los poemas se empeñan en abrir un nivel cognitivo en el que las sensaciones son punto de partida que complican la percepción de un tiempo que no se justifica en si mismo. Es necesario diseñar líneas para que lo real no atrapa en el sinsentido de sus círculos concéntricos. Así discurre el poema “Dreno”: “Tengo que poner  un poco de orden en poco esto un todo de orden”; una composición que, en su contenida brevedad aforística” da pie a una interpretación plural. El yo poemático se ubica en la razón y en el discurso rutinario de lo previsible con un propósito claro: “tengo que poner un poco de orden”, pero la versión final de lo que sucede no depende de su empeño sino de las variantes y arritmias de lo imprevisible: “en poco esto un todo de orden”. La conclusión es clara; el poeta vive en la ceguera y la intuición; su canto no es un tratado de simetría sino un tanteo en lo oscuro, una operación de drenaje, una grieta, un bombeo que salta hacia el vacío.    


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