Mostrando entradas con la etiqueta Luna Miguel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Luna Miguel. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de mayo de 2018

ELIANA DUKELSKY. CRIANZA

Crianza
Eliana Dukelsky
Cuadernos del Vigía, Colección Aforismos
Granada, 2018


LA BUENA COMPAÑÍA


   Eliana Dukelski (Buenos Aires, 1982) es uno de los escasos nombres vinculados al decir fragmentario que no ha transitado otros géneros. Con amplia preparación universitaria, y un quehacer docente en escuelas y fundaciones, la escritora consigue en 2015 el Premio Internacional de Aforismos José Bergamín con su carta de presentación La lengua o el espejo. La recepción crítica de aquella compilación aforística fue muy cálida. Y la autora se sumó al poblado cauce de voces emergentes que buscó sitio inmediato en propuestas de antologías como Aforismos contantes y sonantes, Bajo el signo de Atenea y Concisos.
  El segundo paso, Crianza se abre con una cita de Alejandra Pizarnik, una de las figuras de culto de las letras hispanas, protagonista de una desasosegante biografía y de una escritura visionaria. La cita no está exenta de hermetismo: “Explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome”. Es acaso una clave para advertir que tras el aparente estiaje del aforismo se oculta un manantial subterráneo. Los textos no contienen la realidad, solo sus fragmentos, esas esquirlas erizadas que hacen sitio al entorno más próximo.
   Los destellos iniciales dan pie a una consideración previa. El sujeto verbal tiene una clara afinidad con el personaje literario y deja que se caligrafíe en los aforismos el discurrir biográfico. Es una actitud que aporta verosimilitud al texto y que reviste al aforismo con una propuesta dialogal. Los contenidos propagan un intimismo confidencial: “Mi tiempo fue capturado por una despedida. De entre los restos quedó este presente remoto”, “Pensamientos furtivos que te llevan directamente  hacia el abismo”, “Hay un tipo de locura que consiste en vivir asustado de uno mismo”, o esta lectura del devenir existencial que tanta afinidad guarda con cualquier periplo biográfico: “En las esquinas de algunos traumas, debajo de los desengaños, o en ciertas mudanzas, se esconden pequeñas muertes”. Pero las aguas mansas del yo pocas veces muestran una superficie calma y transparente; en ellas de dan cita las zonas umbrías que soportan un ego extraño y repleto de asimetrías: “A veces el intento de equilibrio desemboca en esquizofrenia”, “El enemigo interno es aquel que defiende enconadamente las mentiras que nos contamos”, “La vergonzosa manía de los obsesivos de contar exactamente todo”, “Vivir con el mundo cerrado”.
   El aforismo expande sus intereses más allá del yo y es permeable a las circunstancias. Los textos cambian de tramas y personajes y dejan ante el lector un escenario abierto, unas lindes que se traspasan casi de forma inadvertida: “El mundo: esa cosa pegada a nosotros que grita para llamar nuestra atención”, “Las estaciones de tren destilan la belleza inmóvil y melancólica de los viajes”.  Y en el laborioso ejercicio de observación también caben los sentimientos; ese impacto mitigado que tiene la cercanía del otro y que hace del amor una mirada que reinterpreta la propia identidad: “A veces nos reducimos a una frase en la vida del otro”, “Conocerse a tientas, dando tumbos. Aterrizar justo en el medio de una persona”, “Las vidas ausentes del otro”.
   En el último tramo del libro sobrevuelan las reflexiones en torno a la maternidad, construidas tras la hermosa cita de Luna Miguel. El embarazo inaugura una excepción del sentido del tiempo, rompe su devenir lineal y confronta con los hábitos de siempre. No es único tema, pero sí un núcleo argumental relevante que ordena los demás: “La punzada de dolor que anticipa al hijo”, “El ser humano nace del género fantástico. La gestación es un proceso inverosímil”, “Nacemos por falta de espacio. Nacer es un desahucio.”. De este tramo procede el título del libro; el tiempo de crianza modifica los contornos del transitar, obliga a desplegar otros vínculos con el mundo cercano y deja en cada amanecida un caligrama de responsabilidades que se convierte en un surco abierto de actitudes y sustratos sentimentales.
  El aforismo es una manera de cribar el sentido de las cosas. Eliana Dukelsky entiende la escritura como una interrogación que busca un enunciado preciso para luchar contra lo opaco. No pretende formular los principios solemnes de una filosofía subjetiva, sino adentrarse en los rincones de una identidad concreta y mostrar lo que encuentra en sí misma. Los pensamientos breves de Crianza  albergan el abrazo y la esperanza, los paisajes que miran y  el pálido reflejo de una patria habitable que nunca borra la extrañeza de ser.






miércoles, 2 de marzo de 2016

LUNA MIGUEL. LOS ESTÓMAGOS

Los estómagos
Luna Miguel
La Bella Varsovia
Córdoba, 2015

FISIOLOGÍA DEL DOLOR

   El itinerario biográfico de Luna Miguel (Madrid, 1990) propicia un contacto temprano con la poesía. Sus padres crearon el sello editorial El Gaviero, que todavía mantiene en el mercado un catálogo solvente donde encuentran acogida propuestas diferenciadas. Esa condición de singularidad está también en la forma de entender el poema de Luna Miguel que es autora de los poemarios Estar enferma, Poetry is not deat, Pensamientos estériles, La tumba del marinero y, el más reciente, Los estómagos, que llega en febrero de 2015. La cosecha creativa tiene representación en un buen puñado de antologías, como “Re-generación”, muestra editada por Valparaíso en la que conviven veinticuatro poetas que forman la primera avanzadilla del siglo XXI.
  La cubierta de Los estómagos es una ilustración expresionista de Aleksandra Waliszewska que parece predisponer al lector sobre el material temático, pues sugiere una interpretación alegórica. Nos hallamos ante un conjunto de poemas que requiere una lectura implicada; la realidad cercana quema como el hielo y es necesario abrir sentidos y percibir, si la identidad no quiere moverse entre tanteos. Las relaciones entre sujetos y elementos están ahí, siempre trastocadas y mudables, por lo que galvaniza el pensamiento: “Pensemos en un hospital lleno de gatos / pensemos / los huesos se comen a los huesos, / las uñas son un gesto / el esqueleto felino / su olor / pensemos en gaviotas y en carroña / en ese color que maúlla…”
  Que el primer entorno del poema sea el hospital y que su espacio muestre los despojos, el olor, los gestos de búsqueda de la carroña o los recelos del gato entre sobras de alimentos nos dice que la lírica de Luna Miguel es una escritura visceral, nada complaciente; por eso, acierta plenamente la nota de Antonio J. Rodríguez que define el poemario como “un ejercicio de meditación que consiste en mirar el dolor de frente, a los ojos, sin huir de él, sin renunciar a él, hasta que se extinga o hasta que sea él quien nos esquive….”
  Por tanto, el sujeto verbal está en la brega, no hay esteticismo sino crónica al paso que busca las arterias del caos, que reproduce desde las palabras el desajuste de una indecisa línea de fuego. La desolación forma parte del entorno doméstico; está en lo cercano, en la casa personal y en el barrio. De este modo, El Raval, en pleno corazón urbano se hace pobreza, un hábitat humilde en el que sobresalen los perfiles de cuartos oscuros, de pisos alquilados, o de materiales que componen las actividades de lo cotidiano. Los mercados dejan en las aceras hilos de asco, estelas de desperdicios que obligan al sujeto a afrontar imágenes feístas que nublan cualquier esteticismo del poema. La fisiología cobra carácter matérico, se impone como parte esencial del yo, como una definición de aparatos y órganos que quita voz al pensamiento.
   Si el tramo inicial del poemario difundía el protagonismo del cuerpo que exigía asumir sus funciones esenciales, el apartado “Metástasis” emplea una semántica de impacto que genera, de entrada, un estado de ánimo. La enfermedad, los términos claves del proceso, el estallido y los efectos secundarios en el organismo crean un diálogo sobrecogedor que disemina el ánimo sereno y añade a las palabras un latido esencial. El cáncer está ahí, nos hace vulnerables, postula un inventario de síntomas y solo se combate con una implicación sentimental palpable como si la realidad de lo vivido sobrepasara la distancia que las palabras ponen en los poemas.
    Luna Miguel concede a  los dos últimos apartados un sesgo conclusivo, que también persiste en el anexo. En “El matadero”; el largo camino en el dolor encuentra una estación final, un itinerario cumplido en la ceniza. Los poemas enuncian visiones estremecidas. De igual modo, las composiciones de “Y los animales” enaltecen el ambiente de finitud existencial, como si todos los elementos estuviesen contagiados y tuvieran una textura enferma. 
  Puedo suponer el significado íntimo de esta escritura para Luna Miguel, como catarsis frente a una contingencia extrema y dolorosa. Pero más allá de ese diálogo a dos voces entre ausencia y ternura, queda la fuerza de un poemario que anula cualquier lirismo gratuito para sembrar esa exigencia inexcusable de encontrar sentido a los poemas.  El paisaje está ahí, oscuro y denso en medio de la noche; pero queda la voz para llamar al alba y sembrar entre las formas un instante de luz.