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lunes, 22 de febrero de 2016

MIGUEL VEYRAT. PASAJE DE LA NOCHE



Pasaje de la noche
Miguel Veyrat
Barataria, Poesía, 2014


RAZÓN Y DESEO



   El poblado itinerario creador de Miguel Veyrat (Valencia, 1938) aglutina más de quince entregas poéticas. En su pautado desarrollo en el tiempo se desvela un ideario estético de búsqueda que mantiene como coordenadas centrales un sustrato culturalista y un hondo sentido de continuidad en el tiempo. Esta actitud ante el lenguaje y a su sentido intercultural arranca en el vivero novísimo y prosigue hasta el ahora. Son rasgos que suelen resaltarse en los textos de apertura de sus poemarios. Así lo enuncia Jacobo Muñoz en el prólogo de Pasaje de la noche , obra que ve su amanecida en 2014.
   El crítico define la experiencia estética del poeta valenciano como praxis de “una conciencia vigilante que se enfrenta al “infranqueable abismo” que se abre entre el sujeto –el yo- y el mundo”. Nace de este taller del lenguaje un espacio de conocimiento que ha de recorrerse con la brújula tenaz del pensamiento. Vislumbramos en Pasaje de la noche una poética  de textura metafísica que busca sus manantiales  genesíacos en magisterios como Rilke, Valente, o en el pensamiento crítico de Heidegger, por citar solo algunos magisterios que se exponen con transparencia.
   Desde un escenario nocturnal, las palabras dan voz a la carencia. El sentido ontológico del ser define una sensación de naufragio. Quien habita la nada está sometido a un deambular desnudo, cuyo sentido a veces se oculta; de ahí el continuo bucear en la indagación y la sensación de desamparo en la que yo toma conciencia de habitar un espacio a la intemperie.
   En ese estar agónico hay que atender, con la conciencia despejada, al rumor en el que cobra impulso la palabra poética. El poema se va gestando entre tanteos, abre sendas, deambula entre linderos desvaídos sin descubrir entre las múltiples bifurcaciones la claridad del destino propicio.
   Esa necesidad de decir, aunque no amanezcan respuestas, pronuncia una actitud despierta, de sujeto activo; el yo es consciente de que no puede vencer al tiempo y de que su función cognitiva se pierde en una línea de niebla que aglutina contornos y horizontes.  Así se va marcando un rostro en el espejo; son los destellos de una identidad moldeada entre desapariciones y pérdidas, erosiones y cambios; estelas que abren inadveridos propósitos baldíos; son los itinerarios de regreso de un pasajero impaciente que en su laberinto existencial hace suyo aquel verso de Hölderlin: “lo que permanece lo fundan los poetas”.