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martes, 17 de octubre de 2023

JAVIER GILABERT. TODAVÍA EL ASOMBRO

Todavía el asombro
Javier Gilabert
XV Premio de Poesía Blas de Otero . Ángela Figuera
Ediciones El Gallo de Oro, Colección Poesía
Bilbao, 2023 

 

AURORA

    No sé si una estética cabe en un poema pero, al comenzar la lectura de Todavía el asombro con el poema “Gramática del asombro”, he percibido con meridiana claridad que en los cuatro fragmentos del texto lírico se condensaban las pulsaciones literarias de Javier Gilabert (Granada, 1973) maestro de primaria del colegio Ave María de la Quinta, incansable gestor cultural y protagonista de una poblada bibliografía de colaboraciones y frutos personales, con amplia representación en revistas y antologías. Pese al mínimo trayecto temporal de su escritura, el autor granadino mantiene una fluida relación con la imprenta desde que amaneciera en 2017 su carta de amanecida PoemArio. Era el primer andén de un viaje que aglutina los libros En los estantes (2019), Sonetos para el fin del mundo conocido (2021), un trabajo en colaboración con el poeta Diego Medina Poveda, Bajo el signo del cazador (2021), en colaboración con Fernando Jaén, y el libro que ahora nos ocupa Todavía el asombro (2023), conjunto de poemas reconocido con el XV Premio de Poesía Blas de Otero . Ángela Figueras.
   La hermosa edición de El Gallo de Oro comienza con una dedicación a Rafael Guillén, uno de los magisterios del poeta, sobre el que coordinó la antología homenaje Para decir amor, sencillamente (2021) y con un liminar de Julen A. Carreño. En la introducción de Julen A. Carreño se define el libro como “un vademécum de la gratitud y la esperanza a partir del ensayo de un mirar distinto que abreva en lo ordinario al renovarlo”.
   He hablado al comienzo de esta reseña del aporte estético cobijado en ”Gramática del asombro”. Se vislumbra con claridad si rescato algunos versos de honda significación semántica: “El poema es el centro del lenguaje” porque cobija la presencia de una realidad transformada en los indicios de pasadizos introspectivos. “El instante es el centro del poema” donde resalta la temporalidad que despliega el cúmulo de experiencias vitales. La palabra por ello se torna evocación y canto, persistencia en el asombro. Resuena en el fluir de la conciencia la sensación de sumergir las manos en lo transitorio, por lo que se hace preciso despertar la indagación y la búsqueda; son luces encendidas para la mirada.
  Continuar en el camino, requiere habitar la claridad. El leve trazo de la amanecida se vuelve conciencia en el percibir. El apartado  “De pronto estoy despierto y es de día” consigna los indicios vitales de entorno. Esa transparencia que otorga el cielo como un don y permite el encuentro con el discurrir existencial. A diario, los destellos impregnan el despliegue del estar, reclamando atención: “Sucumbir al asombro en el detalle, / volver a ser el niño / dispuesto a descubrir / lo bello que se esconde / tras las pequeñas cosas”.
   En las composiciones de  “Todo es nuevo, quizá para nosotros” se ratifica la fuerza del instante, su repentino fulgor que ilumina lo oscuro con los ojos del renacer. La conciencia de ser abre su pupila a un claro de imágenes de seductora sustancia. Vivir no necesita más adornos; solo la conciencia de estar despiertos y hacer de la palabra un principio ordenador para abordar pensamientos y sentimientos.
   El verso de Claudio Rodríguez sirve de título al tercer apartado “Siempre la claridad viene del cielo”. La realidad gregaria obliga a buscar dentro, en los repliegues del tiempo y la memoria, aunque todo sea fugaz como un destello, por más que el pensamiento trace coordenadas hacia el infinito. Lo transitorio exige la balaustrada fuerte de la palabra, el refugio habitable del poema y así en la sección “Hoy necesito el cielo más que nunca”  se hace fuerte la necesidad de transcender.: “Escribir es arar, / trazar en el papel / surcos con versos. / Escasa la cosecha, / si acaso se recoge, / pero es hermoso el campo en esta hora: / tiempo recién arado en dicha plena”.
   Javier Gilabert cierra Todavía el asombro con una coda que integra un único poema titulado “La vida ahora”. Su hilo argumental ratifica la razón de vivir. El movimiento continuo hacia el atardecer que exige dar valor a lo que nos acompaña en cada instante, al sedimento fuerte de los días que inevitablemente llevarán al cielo oscurecido del final. Humana y reflexiva, la poesía de Javier Gilabert tiende al despojamiento y la humildad metafórica. Abraza lo sencillo para que allí construya el fluir de las palabras sus pasadizos secretos, los caminos que ayudan a encontrar a aquel niño que buscaba el paso humano de la escucha, la finitud intacta del comienzo.

JOSÉ LUIS MORANTE



 
 
    

martes, 21 de marzo de 2023

VV. AA. LA SATISFACCIÓN DEL DEBER CUMPLIDO

La satisfacción del deber cumplido
100 Años sin Andrés Manjón
AA. VV.
Coordinan: Javier Gilabert, Fernando Jaén, Gerardo Rodríguez Salas
Prólogo de Remedios Sánchez
Esdrújula Ediciones
Granada, 2023
 

LA VOZ DE TIZA

 

   Más allá del rutinario desempeño laboral, los que hacen de la docencia una forma plena de entender las relaciones entre maestros y alumnos recuerdan siempre su filosofía germinal: el empeño por impulsar valores y conocimientos que eduquen la sensibilidad, fomenten el espíritu crítico y den vuelo y autonomía a lo mejor de cada ser humano. Ahora se cumple el primer centenario del fallecimiento de Andrés Manjón (Sargentes, 1846- Granada, 1923), Catedrático en la Facultad de Derecho, sacerdote y fundador en 1889 de las Escuelas del Ave María, un proyecto pedagógico que reivindica la enseñanza gratuita y el empleo de estrategias educativas encaminadas al aprendizaje activo y compartido.
  La hermosa tarea en el tiempo de Andrés Manjón culmina en ese duelo de labores y esperanzas de las Escuelas del Ave María. Una obra que admite parangón y desarrollo con la Institución Libre de Enseñanza y su filosofía regeneracionista. Supone una forma de pensar marcada por el pensamiento humanista con el empeño por buscar espacios a una convivencia equitativa, capaz de redistribuir riqueza e igualdad en una realidad social ominosa, lastrada por un abrumador analfabetismo. La tarea conjunta de varias generaciones ha multiplicado recursos y centros educativos y ha mantenido fuerte el compromiso con una educación de calidad que preserva la ciencia y el sentido intacto del legado pedagógico de su fundador.
  En el prólogo, la profesora, antóloga, ensayista y editora Remedios Sánchez hace un largo recorrido por el activismo educativo de Andrés Manjón. Recuerda y analiza los aspectos biográficos esenciales en el contexto histórico decimonónico de la ciudad de Granada y concluye con una lectura ágil y detallada de los hilos argumentales del libro y de los poetas que transitan por estas páginas de homenaje.
  Los coordinadores secuencian las aportaciones textuales de los cien poetas invitados, más  los tres poemas propios, en cuatro tramos, titulados: “Mirando hacia fuera”, Mirando hacia adentro”, “Mirando por los demás” y “Mirando hacia el maestro”. La propuesta organizativa, según clarifica Remedios Sánchez, es un guiño cómplice a la obra El maestro mirando hacia fuera o de dentro a fuera (1944). Cada sección comparte algunas características reseñables, aunque lógicamente queda palpable la diversidad. Así la primera parte, que aglutina veintidós poetas, hace una lectura de la infancia percibida desde la edad adulta. Es un arquetipo conceptual que la infancia es un tiempo áureo, signado por la idealización, donde se hace fuerte un sentido epifánico hecho de claridad y capaz de vislumbrar un discurrir esperanzado y pleno. Desde esa panorámica están escritas varias composiciones de los integrados en esta primera senda; pero el enfoque cobija también las zonas de sombras que llevan a descubrir las disonancias y contradicciones inherentes a cualquier existencia. Véanse, por ejemplo, los poemas “Un niño en Gaza”, de Trinidad Gan, “Aylan” de Ramón Martínez o “Los niños soldados” de Mariluz Escribano Pueo que focalizan temáticas de dolor como la guerra, los movimientos migratorios o las catástrofes bélicas del continente africano, donde la infancia ratifica su vulnerabilidad extrema. Maravilloso el poema “El niño frente al mar” de Diego Medina Poveda sobre el acoso escolar y sus efectos, una de las manchas del presente que requiere mucha más conciencia social.
  El enfoque del segundo apartado “Mirando hacia dentro” toma el pulso a la labor docente. Tradicionalmente infravalorada por una sociedad utilitaria y materialista, la tarea de educar supone un desempeño que trasciende el marco laboral para hacer del maestro una figura clave, capaz de moldear conciencias, de llenar la mirada del niño de descubrimientos y asentar el sentido ético como raíz fuerte de la personalidad. En la mente de todos, todavía, la tarea de las maestras de la república, como glosa el hermoso poema de Raquel Lanseros, o la gratitud de los adultos que recuerdan sus días en el aula. Jamás se borra la mano de quienes empuñaron la travesía formativa porque, como apunta Andrés Manjón, “educar es instruir y mucho más, es enseñar a pensar, a querer, a sentir a vivir”. La serie de aforismos líricos de Carmen Canet “Amor y pedagogía" suma el laconismo del decir breve con encomiable acierto a este cálido homenaje a la pedagogía manjoniana; de paso, recuerda al lector ese abrazo entre pensamiento y cauce lírico que sostiene la arquitectura verbal del género. Y profesores en ejercicio, como Francisco Javier Gallego Dueñas, testifican experiencias reales para incidir en ese aprendizaje continuo que da sentido pleno a la labor docente como deber y libertad; por su parte, Javier Gilabert, añade el epitelio vocacional de la saga familiar, tan necesario para moldear arcilla y futuro, sin púlpitos ni estridencias, haciendo de la humildad una presencia constante; en el balance entre niño y maestro aprende siempre más el maestro.
   “Mirando por los demás” supone priorizar el clima colectivo sobre los intereses propios; en un tiempo que ha exaltado hasta el ensimismamiento el santuario del yo la educación requiere abrir el corazón a la palabra para mostrar otra realidad, una lección de amor que alimenta y transforma, que requiere constancia y voluntad. En el apartado, los efectos de los primeros libros, la voz intacta y cálida de la biblioteca personal, las herencias de páginas escritas que alguien dejó a resguardo para que siguieran iluminando sueños y futuros. Abren reflexiones de interés poemas de María Rosal, desde la evocación, José García Obrero, con el deje simbólico de hacer de la docencia un gesto contra el azar que pone la semilla en suelo estéril, o Sabina Bengoechea, que hace de sus versos un hermoso ejercicio introspectivo de recuperación y memoria.    
  Finaliza la múltiple exploración manjoniana, el apartado “Mirando hacia el maestro”, ese depositario satisfecho del deber cumplido que pone luz a la inteligencia. Dejan en este textos que indagan en la esencia del acto de educar y en el perfil humanista del hombre inquieto que se entrega a los demás con humildad y perseverancia. 
  En las páginas de La satisfacción del deber cumplido resalta firme la postura tenaz de Andrés Manjón que vincula la realidad humana con el ejercicio docente; no se trata de depositar contenidos sino de sembrar valores que tengan una perdurable proyección en el tiempo. Solo resta felicitar a los impulsores del homenaje, Javier Gilabert, Fernando Jaén y Gerardo Rodríguez Salas, por enlazar la memoria del hombre con la poesía en sus itinerarios de búsqueda, contrastes, elegía y celebración. Si educar es tarea de todos, dar las gracias es la mejor respuesta a quien alentó la amanecida de la plenitud del ser humano.


JOSÉ LUIS MORANTE