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sábado, 15 de febrero de 2025

FAUSTINO LOBATO DELGADO. DONDE EL ALMA IGNORA

Donde el alma ignora
Faustino Lobato Delgado
Prólogos de  Fernando Jaén, Luis Oroz
y Sandra Martínez
Ilustraciones de Juan Manuel González
Editorial Olé Libros, Colección Poesía
Valencia, 2025

 

RESISTENCIA

   Con ilustraciones interiores y de cubierta de Juan Manuel González, Faustino Lobato Delgado (Almendralejo, Badajoz, 1952) extiende itinerario poético con Donde el alma ignora, otra vez de la mano de Olé Libros, el incansable proyecto de Toni Alcolea, donde apareció también su entrega anterior En el alfabeto del tiempo, prologada por el poeta, crítico y ensayista José Antonio Olmedo López-Amor.
   La edición de Donde el alma ignora se singulariza porque incorpora como apertura un código QR interactivo que permite, tras el escaneo, escuchar al poeta recitando sus textos, como un audiolibro. No es la única sorpresa del poemario; el título cuenta con tres prólogos, firmados por el poeta y médico Fernando Jaén, el escritor Luis Oroz y la correctora y compañera de tertulia Sandra Martínez. Los tres nombres tienen en común su relación con la experiencia temática del libro y con la emotiva dedicatoria de gratitud hacia el quehacer sanitario, siempre puente entre la fragilidad y la esperanza.
   Los prólogos también marcan, cada uno con su peculiar enfoque, el contenido de esta compilación poética y su estructura argumental.  La nueva entrega mantiene la habitual escritura figurativa del poeta extremeño, muy bien comentada en el texto introductorio de Fernando Jaén, quien analiza la vivencia del yo poético como experiencia de autoconocimiento y sanación, como apertura a un ser renacido que retorna su viaje hacia lo cotidiano sabiendo que cuerpo y mente se enlazan en la fragilidad de la existencia. Luis Oroz, desde un enfoque más íntimo y personal, se centra en el impresionismo íntimo de una voz lírica inteligente y sencilla, que trasmite sensibilidad y pensamiento filosófico ante la incertidumbre y lo efímero que marca la travesía vital. Por último, Sandra Martínez Martín explora la travesía creadora del poeta y su crónica hasta llegar al yo profundo desde el hospital como espacio del dolor, pero también como esperanza de sanación y retorno a lo diario, como apertura a lo paradójico y contradictorio. No pasa inadvertido en este tercer prólogo el sondeo en el metalenguaje y la incisiva descripción del epitelio emocional, capaz de verbalizar el dolor y la angustia de lo inesperado.
   La primera parte, “Exodo” amanece con citas de Ángela Álvarez y Karmelo C. Iribarren y convierte al hospital en espacio de representación existencial, como un lugar ajeno, en el que se cobija el naufragio y se hace tránsito para la inquietud y la conciencia de lo frágil. El paraíso se hace un lugar utópico y lejano mientras la vida adquiere la desvaída dimensión de una ofrenda, de un temblor frío, lleno de miedos e intemperie.  El poeta en este tiempo de reclusión hospitalaria escribe, junto a  las composiciones, notas clarificadoras de la experiencia vivida, como si necesitara precisar la vivencia en su justa dimensión. La soledad acoge cerca a los otros, como reflejos del singular árbol del cuerpo que solo aspira al regreso a casa, a la vuelta al hogar y a sus sonidos, a esos entrañables paisajes de la costumbre que convierten la vida en hábitos.
   Ese tramo de retorno que conforman los poemas de “Sonido” adquiere en la voz del poeta afinidad clásica con el inacabable viaje de Ulises en su vuelta a Ítaca. La identidad recupera su entorno de siempre, ese espacio concreto y personal que aglutina miradas y deseos, que encarna, con emoción y transparencia un sueño desvelado. Si hasta este apartado predominaba el poema enunciativo, el cauce abierto de la descripción directa, el poeta introduce ahora la cadencia del haiku. La estrofa japonesa se hace poesía de sensación e instante, pero también recuerdo y homenaje del quehacer literario de José Antonio Olmedo López-Amor, uno de los mejores estudiosos de la estrofa y de su implantación en la sensibilidad occidental.
   La mirada a la propia poética enaltece la sencillez y el tono natural de los versos; la voz humilde rechaza la ornamentación gratuita para esbozar una estética cercana al prosaísmo, una escritura sin relumbre pero dispuesta a cobijar el misterio de la vida diaria, esa fluencia de espacios y tiempos que busca el equilibrio entre expresión literaria y experiencia biográfica.
   La fuerte unidad interna del poemario tiene en “Temblor” su apartado de cierre. Esa sacudida interior que convulsiona pensamientos y sentimientos convierte a los otros en depositarios de autoconocimiento y extrañeza; ellos están ahí para conformar un tapiz de palabras que es, al mismo tiempo, olvido y memoria, signos que marcan los límites del propio ser, ese movimiento continuo entre el orden y el caos, el rescoldo que el tiempo poco a poco va convirtiendo en ceniza.
   Donde el alma ignora de Faustino Lobato Delgado hace de la mirada poética una crónica intimista y cercana de la fragilidad del paso existencial y de los paisajes interiores del sujeto. La poesía impregna cada uno de nuestros actos, cobija el sufrimiento y la esperanza. Enciende una luz dentro; es una senda que desvela la sensibilidad de quien alumbra miedos y certezas, asombro y voluntad para el retorno. Palabras que abren la conciencia para la sanación de un sueño en vuelo.   
 
 JOSÉ LUIS MORANTE




martes, 21 de marzo de 2023

VV. AA. LA SATISFACCIÓN DEL DEBER CUMPLIDO

La satisfacción del deber cumplido
100 Años sin Andrés Manjón
AA. VV.
Coordinan: Javier Gilabert, Fernando Jaén, Gerardo Rodríguez Salas
Prólogo de Remedios Sánchez
Esdrújula Ediciones
Granada, 2023
 

LA VOZ DE TIZA

 

   Más allá del rutinario desempeño laboral, los que hacen de la docencia una forma plena de entender las relaciones entre maestros y alumnos recuerdan siempre su filosofía germinal: el empeño por impulsar valores y conocimientos que eduquen la sensibilidad, fomenten el espíritu crítico y den vuelo y autonomía a lo mejor de cada ser humano. Ahora se cumple el primer centenario del fallecimiento de Andrés Manjón (Sargentes, 1846- Granada, 1923), Catedrático en la Facultad de Derecho, sacerdote y fundador en 1889 de las Escuelas del Ave María, un proyecto pedagógico que reivindica la enseñanza gratuita y el empleo de estrategias educativas encaminadas al aprendizaje activo y compartido.
  La hermosa tarea en el tiempo de Andrés Manjón culmina en ese duelo de labores y esperanzas de las Escuelas del Ave María. Una obra que admite parangón y desarrollo con la Institución Libre de Enseñanza y su filosofía regeneracionista. Supone una forma de pensar marcada por el pensamiento humanista con el empeño por buscar espacios a una convivencia equitativa, capaz de redistribuir riqueza e igualdad en una realidad social ominosa, lastrada por un abrumador analfabetismo. La tarea conjunta de varias generaciones ha multiplicado recursos y centros educativos y ha mantenido fuerte el compromiso con una educación de calidad que preserva la ciencia y el sentido intacto del legado pedagógico de su fundador.
  En el prólogo, la profesora, antóloga, ensayista y editora Remedios Sánchez hace un largo recorrido por el activismo educativo de Andrés Manjón. Recuerda y analiza los aspectos biográficos esenciales en el contexto histórico decimonónico de la ciudad de Granada y concluye con una lectura ágil y detallada de los hilos argumentales del libro y de los poetas que transitan por estas páginas de homenaje.
  Los coordinadores secuencian las aportaciones textuales de los cien poetas invitados, más  los tres poemas propios, en cuatro tramos, titulados: “Mirando hacia fuera”, Mirando hacia adentro”, “Mirando por los demás” y “Mirando hacia el maestro”. La propuesta organizativa, según clarifica Remedios Sánchez, es un guiño cómplice a la obra El maestro mirando hacia fuera o de dentro a fuera (1944). Cada sección comparte algunas características reseñables, aunque lógicamente queda palpable la diversidad. Así la primera parte, que aglutina veintidós poetas, hace una lectura de la infancia percibida desde la edad adulta. Es un arquetipo conceptual que la infancia es un tiempo áureo, signado por la idealización, donde se hace fuerte un sentido epifánico hecho de claridad y capaz de vislumbrar un discurrir esperanzado y pleno. Desde esa panorámica están escritas varias composiciones de los integrados en esta primera senda; pero el enfoque cobija también las zonas de sombras que llevan a descubrir las disonancias y contradicciones inherentes a cualquier existencia. Véanse, por ejemplo, los poemas “Un niño en Gaza”, de Trinidad Gan, “Aylan” de Ramón Martínez o “Los niños soldados” de Mariluz Escribano Pueo que focalizan temáticas de dolor como la guerra, los movimientos migratorios o las catástrofes bélicas del continente africano, donde la infancia ratifica su vulnerabilidad extrema. Maravilloso el poema “El niño frente al mar” de Diego Medina Poveda sobre el acoso escolar y sus efectos, una de las manchas del presente que requiere mucha más conciencia social.
  El enfoque del segundo apartado “Mirando hacia dentro” toma el pulso a la labor docente. Tradicionalmente infravalorada por una sociedad utilitaria y materialista, la tarea de educar supone un desempeño que trasciende el marco laboral para hacer del maestro una figura clave, capaz de moldear conciencias, de llenar la mirada del niño de descubrimientos y asentar el sentido ético como raíz fuerte de la personalidad. En la mente de todos, todavía, la tarea de las maestras de la república, como glosa el hermoso poema de Raquel Lanseros, o la gratitud de los adultos que recuerdan sus días en el aula. Jamás se borra la mano de quienes empuñaron la travesía formativa porque, como apunta Andrés Manjón, “educar es instruir y mucho más, es enseñar a pensar, a querer, a sentir a vivir”. La serie de aforismos líricos de Carmen Canet “Amor y pedagogía" suma el laconismo del decir breve con encomiable acierto a este cálido homenaje a la pedagogía manjoniana; de paso, recuerda al lector ese abrazo entre pensamiento y cauce lírico que sostiene la arquitectura verbal del género. Y profesores en ejercicio, como Francisco Javier Gallego Dueñas, testifican experiencias reales para incidir en ese aprendizaje continuo que da sentido pleno a la labor docente como deber y libertad; por su parte, Javier Gilabert, añade el epitelio vocacional de la saga familiar, tan necesario para moldear arcilla y futuro, sin púlpitos ni estridencias, haciendo de la humildad una presencia constante; en el balance entre niño y maestro aprende siempre más el maestro.
   “Mirando por los demás” supone priorizar el clima colectivo sobre los intereses propios; en un tiempo que ha exaltado hasta el ensimismamiento el santuario del yo la educación requiere abrir el corazón a la palabra para mostrar otra realidad, una lección de amor que alimenta y transforma, que requiere constancia y voluntad. En el apartado, los efectos de los primeros libros, la voz intacta y cálida de la biblioteca personal, las herencias de páginas escritas que alguien dejó a resguardo para que siguieran iluminando sueños y futuros. Abren reflexiones de interés poemas de María Rosal, desde la evocación, José García Obrero, con el deje simbólico de hacer de la docencia un gesto contra el azar que pone la semilla en suelo estéril, o Sabina Bengoechea, que hace de sus versos un hermoso ejercicio introspectivo de recuperación y memoria.    
  Finaliza la múltiple exploración manjoniana, el apartado “Mirando hacia el maestro”, ese depositario satisfecho del deber cumplido que pone luz a la inteligencia. Dejan en este textos que indagan en la esencia del acto de educar y en el perfil humanista del hombre inquieto que se entrega a los demás con humildad y perseverancia. 
  En las páginas de La satisfacción del deber cumplido resalta firme la postura tenaz de Andrés Manjón que vincula la realidad humana con el ejercicio docente; no se trata de depositar contenidos sino de sembrar valores que tengan una perdurable proyección en el tiempo. Solo resta felicitar a los impulsores del homenaje, Javier Gilabert, Fernando Jaén y Gerardo Rodríguez Salas, por enlazar la memoria del hombre con la poesía en sus itinerarios de búsqueda, contrastes, elegía y celebración. Si educar es tarea de todos, dar las gracias es la mejor respuesta a quien alentó la amanecida de la plenitud del ser humano.


JOSÉ LUIS MORANTE