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jueves, 12 de septiembre de 2024

LAS BRUMAS DE SEPTIEMBRE

Parque de las Everglades
(Florida, USA)
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

 LAS BRUMAS DE SEPTIEMBRE

Qué desconcierto en el tono agresivo de esa gente que defiende un disentimiento menor como si fuera una ofensa generacional a la humanidad, un asunto de Adán y Eva.

La vigorosa brevedad de estrategias expresivas como el haiku, los microrrelatos, el aforismo o los epitafios expresa magia y belleza, la epifanía de lo inesperado desde una aparente sencillez. 
 
Desde que escribo aforismos mi pensamiento, como en aquel cuento de Cortázar es una casa tomada.

Junto a otros, recibo el libro de Juan Antonio Mora "La ciudad y yo", una compilación de vivencias introspectivas que he tenido el privilegio de firmar el prólogo. Será muy grata la presentación en Madrid; oír en boca del poeta la convivencia con saurios y ofidios, con ilusiones, esperanzas, decepciones y sueños. La hermosa edición contiene también un puñado de fotografías de poetas como Jorge Riechmann o Alberto García-Teresa; son vistosas pinceladas de la desolación cotidiana.  

(Notas del diario)


lunes, 2 de mayo de 2011

EL DÍA QUE DEJÉ DE VER FÚTBOL

(El título de esta entrada, en efecto, se inspira en un acierto de Jorge Riechmann)



Porque no me gustan los jugadores que hacen de cada entrada al adversario una posibilidad de lesión.

Porque no me gustan los futbolistas que fingen y se quejan con aires de circo.

Porque no me gustan los entrenadores que venden el humo de los titulares como si fueran chamanes de tribu y sacrifican los valores estéticos del deporte  ante un resultado rijoso.

Porque no me gustan los pandilleros oportunistas que convierten las gradas en escenarios gestuales del nacionalismo radical.

Porque no me gustan las tertulias vociferantes del día después  que transforman los razonamientos en noche oscura y despiertan mi vocación de eremita.

Porque ya no hay escritores que inventen argumentos donde el delantero centro se compadecía del portero y fallaba  un penalti, o los reservas querían jugar  medio tiempo con cada equipo, o el árbitro llevaba flores a una muchacha de la grada cero que era la hija única del señor del puro que leía el AS.

Por eso –y porque el Real Madrid ya no gana nunca y juega como un equipo de barrio que confía en la fuerza bruta de un  corsario portugués- un día dejé de ver fútbol, salí a la calle y rompí el álbum de cromos de  la infancia y la fotografías dedicadas de Valdano y Raúl. (O casi)