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sábado, 3 de mayo de 2025

JUAN ANTONIO MORA. LA ALEGRÍA DEL AIRE

La alegría del aire
Juan Antonio Mora
Prólogo de Alberto García-Teresa
Amargord Ediciones
Madrid, 2019


POEMAS ESENCIALES

 
   Hay poesía que hace de la implicación colectiva y el compromiso ético razones de vida. Así creció con la fortaleza de lo necesario la obra de los poetas sociales, cuyo legado perdura en otras etiquetas del presente como la “Poesía de la conciencia”. Son escrituras que buscan, más allá del mero juego lingüístico, una pulsión de avance en la denuncia; que hacen de la palabra una herramienta verbal capaz de movilizar conciencias y de establecer parámetros solidarios.
  A ese grupo de creadores que muestra en la calle la subversión del lenguaje y la contundencia del grito pertenece Juan Antonio Mora (Andújar, 1950) quien ha publicado hasta la fecha casi una decena de poemarios, desde aquel lejano El poeta no duerme (1985)  hasta Paseo por el amor y la muerte (2017). Todos ellos, más cuatro poemas inéditos que sirven como cierre, están representados en la antología La alegría del aire, una compilación precedida por la mirada cordial de Alberto García-Teresa, cuya lucidez crítica aporta esta atinada síntesis del trayecto: “Entiende Juan Antonio Mora al poeta como sublimación de lo sensitivo y de la conciencia. Desde esta concepción, que es vital y esencial para él y que vertebra toda su obra, lanza en sus textos una continua reflexión crítica sobre lo que es la poesía, sobre quién la usurpa y quién la emplea para lo acomodaticio. Pero no se trata de un ejercicio metapoético, autocomplaciente ni gremial, sino que se trata de erigir y mantener una actitud ante y desde la vida y con los demás”. Es difícil acercarse a la poética de Juan Antonio Mora Ruano sin sentir la senda del sujeto verbal como reflejo del yo biográfico. Lo contingente existencial es la principal razón de la escritura. De su cauce de experiencias se nutren los poemas para vincular, con naturalidad y constancia, la brusca irrupción de la realidad en cada verso. Vida y literatura se abrazan, conviven, se fortalecen para dar noticias del yo en la calle. Pero no es un yo solitario y ensimismado sino un sujeto cívico que hace suyas las reivindicaciones de la dignidad y la ética.  Se ha hablado con frecuencia de la prístina pureza del lenguaje que no encarna otro objetivo que la búsqueda de la belleza y la verdad sin ninguna rémora ideológica. Juan Antonio Mora Ruano contradice este axioma para dejar entre las manos, al hilo de Blas de Otero, Bertold Brecht o Ernesto Cardenal, una palabra inmersa en un tiempo histórico, que opta por hacer del mensaje el núcleo dialogal del poema. Por ello, emplea las palabras del hombre de la calle, se desdobla en otro para conocer mejor las razones de su angustia y de su dolor humano, asciende las escalinatas de los poderosos para mirar de cerca el retoricismo laberíntico de sus intereses y sale al sol para compartir el gregarismo de los que nada tienen, salvo su coherencia y su abrazo solidario. Una hermosa poética define la escritura ante el espejo, sin falsos oropeles, sin la hojarasca de los espejismos; se expone en el poema “Escribo: “Escribo con el corazón, / no con el diccionario. / Esto quiero dejarlo / definitivamente / claro”. El tono y los efectos de la voz social añaden otras rutas de necesario recorrido en la poesía de Juan Antonio Mora, que me atrevo a resumir en dos núcleos argumentales básicos: el amor y el tiempo. El amor queda patente desde la dedicatoria inicial: “A Charo, siempre, la alegría –la luz de mi vida y a mi querido hijo Juanfra que desea morir en el parque”. El amor es el campo granado que permite salvar la vida y la alegría; es el paso que borra distancias entre dos soledades y que acepta también la erosión del tránsito, esa pérdida del azul de lo ingenuo para salir al día con la ropa manchada por la decepción, porque “contigo, todo”, la fuerza del sueño y la mágica belleza de la rosa, el afán y el fracaso, la amanecida de quien buscó en la noche el hilo de los sueños. Y el tiempo es el otro punto de conexión entre emociones y pensamientos. da pie en su discurrir a una poesía reflexiva en la que el protagonista verbal formula sus preguntas más íntimas, como se advierte en el poema “Lo confieso”: “Lo confieso con franqueza: / Mi vida está llena de sueños, dudas y tedio. / (Pájaros traviesos anidan en mi corazón oscuro). / Mi vida es una vida sencilla: / trabajo, / leo, / amo y escribo”.  La alegría del aire deja al sol los poemas capitales de un poeta cuya imaginación creadora comparte la intrahistoria personal y el discurrir vitalista y compartido de lo colectivo. Un hombre que escribe para sentir no para hacer sintaxis, que deja en cada verso el ritmo vivo del corazón. 

 

jueves, 20 de marzo de 2025

JUAN ANTONIO MORA. EL DELIRIO DE LA PALABRA

El delirio de la palabra
Juan Antonio Mora
Prólogo de Alberto García-Teresa
Fotografías de Adela Sánchez Santana
Editorial Corona del Sur
Málaga, 2025
 

MIRADAS INTERIORES 

 
   El autor de la antología La alegría del aire (2019), el poeta, crítico y antólogo Alberto García-Teresa es el encargado de escribir el prólogo de El delirio de la palabra, nueva entrega de Juan Antonio Mora (Andújar, Jaén, 1950). Nadie mejor; el relevante crítico y doctor en Filología Hispánica, que ha dejado ensayos fundamentales para la comprensión del presente poético como el estudio Para no ceder a la hipnosis. Crítica y revelación en la poesía de Jorge Riechmann (Lastura, 2025) ha recorrido con dedicación la escritura transparente de Juan Antonio Mora y su poética de la claridad, a través de un conjunto de motivos recurrentes como la memoria, la mirada crítica ante los desajustes sociales y el desasosiego existencial. La poética de Juan Antonio Mora es una lumbre encendida en la noche, donde el sujeto verbal hace de su transitar en el tiempo un caminar de vigilia y búsqueda. Refrenda el crítico madrileño: “Este poemario, siguiendo la línea de sus últimos libros, continúa explorando las posibilidades de la síntesis, la potencia de la contención y el fulgor de la idea esbozada”.
    El delirio de la palabra aspira a dibujar ese proceso en el que el sentimiento se hace pensamiento. Desde la experiencia de un lenguaje conciso, y con clara tendencia al decir lacónico del aforismo, quiere iluminar los claroscuros de una realidad que intensifica oquedades y contradicciones. Si nos atenemos a su semántica, el delirio de la palabra explora las obsesiones de la escritura para desplegar interpretaciones sobre lo visto y lo intuido. Los elementos y formas cercanas dejan en nuestros sentidos la inestabilidad frágil de la vida; las dimensiones de un entorno que rebosa incertidumbre. Al filo de esta actitud indagatoria del sujeto, convertido en observador y testigo del discurrir existencial, ha ido naciendo buena parte de la obra de madurez de Juan Antonio Mora. Un conjunto de entregas, muy próximas en el tiempo, que en su totalidad comparte una sencilla cimentación formal y un nítido esfuerzo personal por hacer de la confidencia subjetiva una superación de carencias y una reflexión humanista. Quedan en manos del lector los síntomas de un paisaje verbal, ajeno a cualquier vestimenta retórica; los renglones marcados de un ideario estético de rehumanización y compromiso, de oposición frontal a cualquier apariencia literaria, disfrazada de oportunismo y grandilocuencia.
   Juan Antonio Mora en la fertilidad incansable de su madurez literaria, redobla su confianza en la palabra. Nunca se doblega al silencio. Apela a enlazar puentes entre escritura y vida, como revelan los títulos Nubes (2021), La silla vacía (2022), Las flores me llaman (2022), Las ruinas del cielo (2023), El corazón del mundo (2023) y Los sitios del dolor (2024) y La ciudad y yo (2024). Un despliegue poético donde se comparte la metafísica del ser y las preocupaciones latentes del pensamiento libre y comprometido.
  Los breves poemas de El delirio de la palabra dialogan con las emociones. El afuera cercano forma parte esencial del sujeto literario, del mismo modo que los numerosos referentes culturales entretejen una cálida fraternidad con los versos e ideas del poeta. Como en entregas anteriores, hay un colmado abanico de citas iniciales que acerca el amplio venero de la tradición filosófica y literaria. Su diversidad encierra una filosofía de urgencia, una sugerente propuesta de establecer razones fronterizas entre el yo solitario que acepta límites como condiciones de su libertad para que no se pierda lo esencial y las mudanzas del entorno.
  Agradezco públicamente la dedicatoria. Concisa y esencial, “A José Luis y Adela” deja claro la relevancia de una amistad que trasciende lo literario para integrar lo emotivo en el discurso poético. Valoro muchísimo la amistad de Juan en mi senda vital desde hace décadas. De Adela Sánchez Santana son las fotografías de cubierta e interiores.  Las imágenes tienen el misterio de la extrañeza. Son representaciones visuales de los elementos más humildes del entorno rural. El pueblo, casi deshabitado y solitario, en la captación de detalles parece un organismo vivo, un material de interrogantes que se hospeda en la mirada interior.
   El poeta abre el itinerario de versos con una reflexión justificatoria del enfoque de taller: “Mi poesía es llanto, pena, una lágrima, / una angustia del alma…”. La voz que habita el verso está llena de sombras e intemperie. Sale a la amanecida en un estado de soledad que solo se llena de luz cuando siente la presencia del amor y la compañía de quien comparte incertidumbres. Desubicado entre los inconvenientes de lo doméstico, el pensamiento se agita, sin encontrar respuestas, frente al vacío y la nada. Solo la escritura se hace mediodía permite un refugio interior, una pasión que parece contradecirse a sí misma. La herida encuentra su verdad en el dolor y es generosa con el conocimiento y solidaria con las cicatrices abiertas y sin suturar de los que no tienen nada.
  La mansedumbre del reloj emana tristeza y aturde. En sus caóticos laberintos se encuentra la memoria del niño perdido, el deambular del hombre entre las cosas sencillas y el poeta que apenas sosiega emociones, sueños y pensamientos en la alta noche. En la vigilia de los sueños resuenan gritos agónicos; la impotencia ante la pena y el dolor que parecen señales ineludibles de la condición humana; a cada paso encontramos los fragmentos de la ilusión desgarrada de quienes perdieron la inocencia y llegan tarde a los sueños.
  Solo duerme la angustia en el interior del yo más íntimo, ese lugar donde algunos recuerdos resisten todavía y donde la voluntad no pierde nunca su invitación a la esperanza, su despertar de luz y de alegría.

JOSÉ LUIS MORANTE




jueves, 24 de octubre de 2024

RECITAL DE MICRORRELATOS

Lectura en Librería Enclave de Madrid
con el poeta, ensayista y crítico 
Alberto García Teresa

 

 UMBRAL

 
  
   La minificción ha sido compañía habitual en la mesa de trabajo durante décadas, aunque lejos de cualquier urgencia editorial. Eran textos sin estación de llegada, microhistorias fuera de guion. Los itinerarios expresivos impulsan una convivencia pacífica entre la poesía, como desempeño prioritario, y otras estrategias como el ensayo crítico, el artículo de actualidad, la nota autobiográfica y el aforismo. Me gusta esa concisa fisionomía del relato breve porque concentra argumentos asentados en la agudeza: la anécdota solo precisa una modesta escenografía.
   El uso de la primera persona concede al texto carácter personal y una hondura de lo singular, desde la introspección. Sospecho que el análisis de tal perspectiva precisaría una disertación más larga, pero este enfoque textual no es sino un sondeo en la condición diversa del ser humano. Somos un conjunto de pequeñas viñetas ficcionales cuyos elementos establecen pactos de verosimilitud. Se oye la respiración que mantienen las cosas. Un mundo abigarrado que reaparece y se exilia en un lado y en otro.
   El nomadismo argumental describe afinidades sobre el viaje continuo de lo cotidiano. En sus retazos se aloja lo fortuito, el suceso trivial; la grieta de luces y sombras que permite acceder a los registros de la imaginación. También a la reflexión práctica sobre el lenguaje como depositario de conocimiento y experiencia.     El microrrelato es un detective que sale al día. Todavía no sabe, pero le gusta sospechar de todos. En literatura, el molde no es una enojosa disciplina sino un juego menor cuyas reglas se pueden manipular a voluntad. Esta falta de sumisión permite el diálogo, una conversación de punto medio entre el verso y la prosa en el cuarto de estar de cada página. Mientras respira, el cuento diminuto pone en práctica un pensamiento de Jack Kerouac: “Seamos libres en cualquier momento”.

(Fragmento del prólogo al libro Fuera de guion, Lastura, 2024)



jueves, 12 de septiembre de 2024

LAS BRUMAS DE SEPTIEMBRE

Parque de las Everglades
(Florida, USA)
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

 LAS BRUMAS DE SEPTIEMBRE

Qué desconcierto en el tono agresivo de esa gente que defiende un disentimiento menor como si fuera una ofensa generacional a la humanidad, un asunto de Adán y Eva.

La vigorosa brevedad de estrategias expresivas como el haiku, los microrrelatos, el aforismo o los epitafios expresa magia y belleza, la epifanía de lo inesperado desde una aparente sencillez. 
 
Desde que escribo aforismos mi pensamiento, como en aquel cuento de Cortázar es una casa tomada.

Junto a otros, recibo el libro de Juan Antonio Mora "La ciudad y yo", una compilación de vivencias introspectivas que he tenido el privilegio de firmar el prólogo. Será muy grata la presentación en Madrid; oír en boca del poeta la convivencia con saurios y ofidios, con ilusiones, esperanzas, decepciones y sueños. La hermosa edición contiene también un puñado de fotografías de poetas como Jorge Riechmann o Alberto García-Teresa; son vistosas pinceladas de la desolación cotidiana.  

(Notas del diario)


martes, 27 de febrero de 2024

ALBERTO GARCÍA-TERESA y DAVID TRASHUMANTE (Eds). ÚLTIMA POESÍA CRÍTICA

Última poesía crítica
Jóvenes poetas en tiempo de colapso
Alberto García-Teresa y David Trashumante
(Prólogo, selección y epílogo)
Lastura Editorial
Madrid, 2023

 

PALABRAS EN PIE

  
   Anoté en una lectura un verso de Tomás Sánchez Santiago que siempre me ha parecido una definición ejemplar sobre el compromiso ético de la poesía: “Cuando escribes te manchas de ti mismo”. En la soledad del quehacer diario lo pronuncio en voz alta para que el taller de autor sepa qué coordenadas marcan el propio laboreo. Las palabras no son inocentes. No alojan pasivos receptores. Están ahí para descubrir la intención de quienes las pronuncian, para que preserven desde el lugar del sujeto en el yo colectivo una mirada ética. Para que supuren vivas y muestren las cicatrices  del lenguaje.
   Alberto García-Teresa (Madrid, 1980), poeta, narrador, crítico literario y antólogo, y David Trashumante (Logroño, 1978) poeta, performer y agitador cultural, presentan la antología Última poesía crítica, subtitulada  Jóvenes poetas en tiempos de colapso. Completan un pentagrama de treinta y cuatro veces jóvenes, nacidas a partir de 1992. La clave común entre los seleccionados es que sus poemas nunca son ajenos al ruido de fuera. Las composiciones hacen recuento de las grietas más profundas que definen el ahora y, desde su oscuridad, sostienen la arquitectura de resistencia de las palabras.
  En el texto de presentación, los editores recuerdan que la idea de esta compilación nació en el encuentro Voces del Extremo 2023, impulsada por Raúl Castañeda, quien advirtió sobre la creciente marea de poesía crítica. Quedaba delimitar el intervalo temporal. Y fue el año 1992, de gran relevancia social por el Quinto Centenario de la conquista de América, los juegos olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, junto al declive de las mayorías socialistas, la fecha biográfica de inicio. Comenzaba, poco a poco, un nuevo ciclo social y económico que constataba el triunfo del neoliberalismo. Era ineludible la implantación de una globalización económica que convertía el mercado en máximo exponente de la realidad social. Otros hechos históricos fueron goteos constantes sobre la conciencia: el cambio climático, la sedimentación de las ideologías extremistas y los desajustes entre progreso y subdesarrollo. La entrada en el nuevo milenio ha generado otras consideraciones que no pasan inadvertidas para los sentidos del poema: la ecología, la lucha por la igualdad, las nuevas tecnologías y los incontables conflictos que han impulsado éxodos y grandes movimientos migratorios. Así nacen, en las nervaduras del poema, un colapso de asuntos en pie que requiere tratamientos singulares. 
   En las tareas de agitación de la poesía crítica abundan las travesías de amanecida, los pasos que estrenan libros en la última década. Ahí se asienta el despertar de los nacidos en 1992: Celia Bsoul, Alba G., Miki Garofalo, Yeison F. García López y Ángela Martínez Fernández. El año de nacimiento sirve como faro de orientación del libro, sin otros aditamentos generacionales que vivir en el mismo entorno con similares características contextuales. Emerge un sustrato poético comunicativo y prosaico, con tendencia a lo explícito y con hilos temáticos similares. El poema se despoja de recursos literarios para avanzar hacia un coloquialismo que fragmenta el rechazo hacia un ahora desapacible que ubica en la periferia del sistema a los más débiles, a los diferentes, a los que llegan buscando futuro desde ninguna parte.
   Los nacidos en 1993 comienzan con Joan Deusa que aporta composiciones en valenciano en las que se asienta un suelo de ceniza y melancolía, una óptica más reflexiva.  Están representados en las voces de Mayte Gómez Molina, Julio León y Alejandro Pérez-Paredes. Las perspectivas caminan sobre el feminismo, la precariedad laboral, la equidistancia de la sociedad frente a los conflictos enquistados en el tiempo o la prolongación de estereotipos en el cauce social.
   Sobre el foco encendido de 1994 están Víctor Benavides Escriba, Jesús Godofredo aka Siku, Brenda Mondelo, Francisco Javier Navarro Prieto, Ismael Ramos, David Silvestre y Daniel Martínez Bauzá. Este grupo de poetas incorpora el gallego como lenguaje poética y el poema en prosa con Ismael Ramos, uno de los nombres claves de la selección, ganador en 2022 del Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hérnández con su poemario Ligero.  Los textos escogidos reiteran la sensación de intemperie social y hacen de la soledad, la ecología o el extrañamiento espacios incisivos del poema para anotar el grito y el compromiso. La apuesta por nombres inéditos incorpora a David Silvestre.
  También se integran añadas líricas de 1995, con Carlos Catena, como referente central; 1997, que aloja a Rocío Acebal, otra voz fuerte y bien conocida, y Raúl Castañeda, galvanizador de la antología. El inventario sigue hasta Ander Villacián, representante más joven de 2003.
  Tras la copiosa lluvia de poemas, el epílogo de los editores, inspirado en una cita de Enrique Falcón, poeta, miembro fundador del colectivo Alicia Bajo Cero y uno de los mejores teóricos de la poesía de la conciencia, subraya algunos aspectos conclusivos sobre el estado actual de la poesía, ya analizado con sabia pericia por Martín Rodríguez-Gaona en su ensayo Contra los influencers. Corporativización tecnológica y modernización fallida (o sobre el futuro de la ciudad letrada).
   La coyuntura digital ha multiplicado los modelos conductivos y la expansión insólita del mensaje. Ha facilitado la configuración de una praxis literaria basada en una supuesta democratización cultural. Sin embargo, para el salto generacional la realidad es mucho más sombría. El yo se ha convertido en medida de todas las cosas, con mínima fuerza de lo colectivo y sin sentido autocrítico. La homogenización es un hecho incontestable que hace de la poesía con conciencia crítica una necesidad básica porque la decepción y el descontento afloran en la coyuntura binaria con la pujanza de siempre. De este modo, la capacidad de indignación es un sentimiento que requiere una enunciación directa y singular en cada identidad literaria. Cada vez más, en el colapso, para que la palabra no se convierta en polvo la acción revolucionaria del poema, la ventana del grito a la intemperie buscando una respuesta.      

JOSÉ LUIS MORANTE




domingo, 12 de enero de 2020

JUAN ANTONIO MORA. LA ALEGRÍA DEL AIRE

La alegría del aire
Juan Antonio Mora Ruano
Prólogo de Alberto García-Teresa
Amargord Ediciones
Madrid, 2019

LA REALIDAD DESNUDA


   Los desajustes de la realidad, como sucediera en la España de postguerra, carcelaria y sombría, exigen una conciencia vigilante que haga del compromiso ético una razón de vida. Así creció, con la fortaleza de lo necesario, la obra de los poetas sociales, cuyo legado perdura en otras etiquetas del presente como “Poesía de la conciencia”. Son caligrafías directas, puñetazos verbales, que buscan, más allá del mero juego lingüístico, el filo abierto de la denuncia, que hacen de la palabra una herramienta  capaz de movilizar conciencias y de establecer parámetros solidarios.
  A ese grupo de creadores que muestran en la calle la subversión y la contundencia del grito pertenece Juan Antonio Mora Ruano (Andújar, 1950) quien ha publicado hasta la fecha casi una decena de poemarios, desde aquel lejano El poeta no duerme (1985)  hasta Paseo por el amor y la muerte (2017). Todos ellos, más cuatro poemas inéditos que sirven como cierre, están representados en la antología La alegría del aire, una compilación precedida por la inteligencia crítica de Alberto García-Teresa, cuya indagación aporta esta atinada síntesis del trayecto: “Entiende Juan Antonio Mora al poeta como sublimación de lo sensitivo y de la conciencia. Desde esta concepción, que es vital y esencial para él y que vertebra toda su obra, lanza en sus textos una continua reflexión crítica sobre lo que es la poesía, sobre quién la usurpa y quién la emplea para lo acomodaticio. Pero no se trata de un ejercicio metapoético, autocomplaciente ni gremial, sino que se trata de erigir y mantener una actitud ante y desde la vida y con los demás”.
  Es difícil acercarse a la poética de Juan Antonio Mora Ruano sin sentir la pulsión del sujeto verbal como reflejo del yo biográfico. Lo contingente existencial es la principal fuente de la escritura. De su cauce de experiencias se nutren los poemas para vincular, con naturalidad y constancia, la brusca irrupción de la realidad desnuda en cada verso. Vida y literatura se abrazan, conviven, se fortalecen para dar noticias del yo en la calle. Pero no es un yo solitario y ensimismado sino un sujeto cívico que hace suyas las reivindicaciones de la dignidad y la ética.
   Se ha hablado con frecuencia de la prístina pureza del lenguaje que no encarna otro objetivo que la búsqueda de la belleza y la verdad sin ninguna rémora ideológica. Juan Antonio Mora Ruano contradice este axioma para dejar entre las manos, al hilo de Blas de Otero, Bertolt Brecht o Ernesto Cardenal, una palabra inmersa en un tiempo histórico, que opta por hacer del mensaje el núcleo dialogal del poema. Por ello emplea las palabras del hombre de la calle, se desdobla en otro para conocer mejor las razones de su angustia y de su dolor humano, asciende las escalinatas de los poderosos para mirar de cerca el retoricismo laberíntico de sus intereses y sale al sol para compartir el gregarismo de los que nada tienen salvo coherencia y abrazo solidario. Una hermosa poética define la escritura ante el espejo, sin falsos oropeles, sin la hojarasca de los espejismos; se expone en el poema “Escribo: “Escribo con el corazón, / no con el diccionario. / Esto quiero dejarlo / definitivamente / claro”. 
   El tono y los efectos de la voz social añaden otras rutas de necesario recorrido en la poesía de Juan Antonio Mora Ruano que me atrevo a resumir en dos núcleos argumentales básicos: el amor y el tiempo. El amor queda patente desde la dedicatoria inicial: “A Charo, siempre, la alegría –la luz de mi vida y a mi querido hijo Juanfra que desea morir en el parque”. El amor es el campo granado que permite salvar la vida y la alegría, es el paso que borra distancias entre dos soledades y que acepta también la erosión del tránsito, esa pérdida del azul de lo ingenuo para salir al día con la ropa manchada por la decepción, porque “contigo, todo”, la fuerza del sueño y la mágica belleza de la rosa, el afán y el fracaso, la amanecida de quien buscó en la noche el hilo de los sueños.
   Y el tiempo es el otro punto de conexión entre emociones y pensamientos. da pie en su discurrir a una poesía reflexiva en la que el protagonista verbal formula sus preguntas más íntimas, como se advierte en el poema “Lo confieso”: “Lo confieso con franqueza: / Mi vida está llena de sueños, dudas y tedio. / (Pájaros traviesos anidan en mi corazón oscuro). / Mi vida es una vida sencilla: / trabajo, / leo, / amo / y escribo”.    
   La alegría del aire deja al sol los pasos capitales de un poeta cuya imaginación creadora comparte la intrahistoria personal y el discurrir vitalista y compartido de lo colectivo. Un hombre que escribe para sentir no para hacer sintaxis, que deja en cada verso el ritmo vivo del corazón.