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domingo, 10 de marzo de 2013

TELARAÑAS.

Fotografía de Francisco Díaz de Castro, 2009


TELARAÑAS:

     (A Juan M. Velázquez, por hacerme sentir un secundario de lujo)

 Soy parte de su vida, me dice, abstraída en la telaraña.

 Amanece. En el cristal de la buhardilla el abrazo tibio de un sol cordial. Se nubla pronto.

Mi calle tiene cara de municipal con cuaderno de multas.

Lluvia sin olor. Entre dos cuerpos un deseo neutral.

Con un buen libro actúo como un pasajero impaciente. No dejo que se duerma.

¿Por qué lo sencillo es siempre tan complicado?
 
Una amistad discreta, con hule de plástico y sopa de sobre.

Cuando me visita la incertidumbre, vacío en el correo la bandeja de entrada. Después coloco en cada mensaje no leído las palabras justas.

martes, 26 de febrero de 2013

JUAN M. VELÁZQUEZ. ASCUAS.

Algo que nunca debió pasar
Juan  M. Velázquez
Arte Activo ediciones, Vitoria-Gasteiz, 2012.

  Cada lector arrastra unos prejuicios que condicionan su manera de entender las páginas. En la reciente historia del País Vasco es inevitable ver en la sombra la capucha asesina de ETA, el dolor de víctimas inocentes, condenadas al silencio forzoso de sus ideas, el activismo mafioso de los delatores y el miedo al tiro en la nuca. A esa escabrosa senda se suma el agua sucia del terrorismo de estado amparado en siglas como los GAL y el sórdido ambiente de cuarteles y comisarías que tantas veces se llenó de barbarie  Así que al abordar la lectura de Algo que nunca debió pasar, segunda novela de  Juan M. Velázquez, profesor de Derecho Internacional en la UPV/EUH, autor del libro de relatos Secundarios de lujo y de la novela Hombres sin suerte, se confirman de inmediato afinidades y convicciones. Pero es necesario distinguir entre historia y literatura y sustraerse a la tentación de lo ético para centrarse en una trama ubicada en San Sebastián, que establece un logrado encaje accional, no con testimonios reales sino con invenciones verosímiles.
   Algo que nunca debió pasar comienza con una secuencia de extrema dureza, una sesión de tortura descrita con alucinado rigor, y se desplaza después a la biografías vivenciales de dos policías que caben en un catálogo de lugares comunes: ven en el turbio ambiente vasco un sitio de oportunidades para progresar en el Cuerpo Nacional, son del Real Madrid, de inteligencia mermada por la escueta formación cultural, músculo suelto, sin límites en la conciencia, puteros de fin de semana y amantes de la música de Julio Iglesias. Como representantes del bando encargado de mantener el orden y defender el estado constitucional  no tienen precio; han perdido los escrupulos y sólo se sienten náufragos provisionales en una zona de trincheras entre arraigados y desarraigados.
   Los policías Ramírez y Gutiérrez, llegados a Donosti a finales de los setenta, saben muy pronto que la vida va en serio; interrogatorios, algaradas callejeras y  el goteo de atentados se muestran con crudeza para sembrar una caótica normalidad en la que apenas quedan indicios racionales.  La cronología parece calmarse dos décadas después pero ni siquiera el ruido del tiempo evita los latidos del pasado. El ayer se hace presente cuando la desaparición de una joven deja a algunos protagonistas del drama en una representación trágica similar.
   Otra vez el viaje al fin de la noche tras un purgatorio de veinte años; otra vez el aserto maquiaveliano de que el fin justifica los medios, como suele ser práctica en las zonas umbrías de la novela negra. La identidad más significativa es Ramírez (Ramiro, ahora detective privado y ex de casi todo lo que aglutina un hombre común que arrastra las turbulencias del yo y una madeja de conflictos sentimentales) focaliza con crudeza el primer plano. Con la filosofía del hampa y notorias afinidades con los figurantes de D. Hammett, Ramírez sabe que no hay sitio para él en el remanso de la última costa. Acaso tampoco para otros personajes como Gutiérrez, Marisa o los habituales de la Goma 2 que hallaron identidades nuevas, convertidos en empresarios de vida burguesa.
   Algo que nunca debió pasar revela los pasajes resbaladizos de una realidad oculta y huidiza en la que aflora el rostro verdadero, la naturaleza sin máscara. Con sinceridad radical, la novela contradice el estar sosegado, desmiente la tregua después de la barbarie y remueve el espacio de convivencia que dicta una falsa normalidad. Ni la memoria olvida ni los sentimientos enmohecen en las machadianas galerías del alma, convertidas en un lodazal.