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jueves, 24 de mayo de 2018

PHILIP ROTH (HOMENAJE PERSONAL)

Philip Roth (1933-2018)
fotografía de
ABC:ES


PHILIP ROTH. HOMENAJE PERSONAL


  Ayer, 22 de mayo, murió en Nueva York, de una insuficiencia cardiaca. Tenía 85 años y una vasta producción de más de treinta títulos. Fue propuesto al Premio Nobel en reiteradas ocasiones, pero no lo consiguió nunca, aunque se multiplicaron los premios nacionales e internacionales y sus novelas lograron una aceptación multitudinaria.
  Dejo aquí mi modesto homenaje de lector agradecido, rescatando dos títulos que nunca permitieron el ocaso de mi admiración por el escritor: El lamento de Pornoy (1969) y Némesis (2010).  

El lamento de Portnoy
Philip Roth
Club Bruguera, Barcelona, 1980

   Otra vez las líneas memoriosas de la primera página me informan que adquirí El lamento de Portnoy, la novela de Philip Roth que propiciara su éxito popular, en marzo de 1984. El ejemplar, editado con las características uniformes de aquel catálogo, está traducido por Adolfo Martín e incluye al inicio un vocabulario de palabras en yidish que en el decurso del libro conservan su grafía original. Nada recuerdo de aquel encuentro con la ficción de Roth y ahora regreso al libro, mientras leo otra obra del autor, Indignación, un título tardío, de 2008, que manifiesta notables parentescos con aquella  novela, como si El lamento de Portnoy hubiese funcionado como compuerta argumental proporcionando tramas que auspician un desarrollo minucioso en otras obras.
  El celebrado libro es un largo soliloquio rememorativo en boca de Alexander Portnoy, cuando el narrador ha cumplido los treinta y tres años y tiene una posición social consolidada como abogado defensor de causas sociales. El calendario marca 1965, pero de aquella década de profundos cambios sociales, llegan escasos ecos ajenos. La vuelta al pasado entremezcla los primeros recuerdos del niño en un núcleo familiar judío, atrincherado en el estricto cumplimiento de la norma y en un canon disciplinario muchas veces incomprensible para la mentalidad infantil. El crecimiento de Alexander genera un cuestionamiento tácito del espacio vital que dispara el sentimiento de culpa y desajusta la adaptación del sujeto a una sociedad abierta.
   El sexo como descubrimiento del sujeto verbal constituye una auténtica explosión emotiva, un acto de afirmación que desemboca en un azaroso onanismo, en una patología narrada con un desparpajo hilarante que recuerda a los procedimientos formales de Trópico de cáncer, el libro de Henry Miller. Las escenas del desaforado despertar erótico están plagadas de momentos hilarantes y la crudeza del vocabulario tiene un sonido mitigado, una cadencia de autoflagelación controlada.
   Más que un retrato de grupo sobre la sensibilidad comunitaria judía de la época, El lamento de Portnoy  moldea una identidad convertida por la introspección en personaje central: los otros existen en cuanto se relacionan con él, pero raras veces se aceptan sus posiciones. Sólo cuando se calla, como sugiere la sugerente frase final, se puede empezar a actuar. En su enorme parcela de egoísmo, Portnoy descarga sobre sí el estrepitoso fracaso de su vida ética. Nos muestra la imagen más veraz de su carácter, una absoluta indiferencia moral que todavía convalece. Su neurosis presenta una notable variedad de ramificaciones. Es un paciente perfecto para la psiquiatría. 

Némesis
Philip Roth
Mondadori, Barcelona 2011
Traducción de Jordi Fibla Feito

Editada en 2010, Némesis narra la histeria colectiva que provoca en los barrios de Newark una epidemia de polio. La contagiosa enfermedad aparece entre la comunidad judía en el  verano de 1944 y causa estragos entre los niños. Hasta ese momento era la guerra el estigma más temido, muchos jóvenes americanos combaten en el frente del Pacífico o en las tierras de Europa invadidas por Hitler, en plena segunda guerra mundial. Como otras enfermedades infecciosas de origen desconocido, las víctimas se disparan. El calor sofocante y la geografía de humedales propician la transmisión y se dispara la desconfianza. Si la guerra causaba bajas heroicas, muertes dignificadas por la defensa de un ideal, la polio es una enfermedad devastadora que se ceba en los más desprotegidos y anula el futuro de vidas que apenas comienzan su itinerario existencial.
   Figura central de la novela es Buky Cantor. Es un joven atlético, a quien un defecto visual, ha impedido alistarse. Contrarresta el rechazo para su alistamiento con un esforzado servicio social, como responsable de las actividades al aire libre del alumnado de un centro educativo en Chancellor. En distintas ocasiones ha dado muestras de su entereza, lo que le vale la admiración de los chicos y el respeto de las familias que ven en él un apoyo para la confidencia y un ejemplo a seguir por sus propios hijos. Cuando saltan las alarmas vuelve a la memoria de todos azotes anteriores como la epidemia de polio de 1916 y de aquella nefasta experiencia se deriva una visión trágica en la que sobresalta la serena responsabilidad de Cantor, desde el comienzo de la epidemia y su esfuerzo por ser un sujeto útil a la colectividad que antepone el bien común a sus miedos personales y busca alternativas para recuperar la relajante sensación de seguridad. Pero una relación sentimental cambia su percepción del problema y decide abandonar Newark para trabajar como monitor de actividades acuáticas en el campamento de verano de Indian Hill, en  las montañas Pocono. Parece un refugio seguro y aislado mientras su barrio se convierte en centro de la epidemia y las autoridades estudian su puesta en cuarentena. Sin embargo el avance del virus destructor hace que se sienta indigno, como si hubiese abandonado a seres desprotegidos y vulnerables.
   El aislamiento en Indian Hill tampoco evita el contagio. Cantor se ve a sí mismo como portador de la enfermedad y tras un análisis se confirma que también él está infectado. Será el comienzo de un penoso periplo de operaciones que diezman su cuerpo y lo convierten en un solitario abrumado por la culpa que renuncia al consuelo de los otros.
   Toda biografía está sujeta al azar de la contingencia. La de Buky Cantor conoce los instantes más duros del sufrimiento. Se siente culpable y esa sensación segará de raíz cualquier esperanza. La polio lo ha convertido en un lisiado físico y en un nihilista moral. 
   La dramática historia que acogen las páginas de Némesis se relata en tercera persona, por un narrador omnisciente que aporta objetividad y distancia a sus claves interpretativas. Pero el argumento no es un suceso episódico en su voz; lo que fomenta el tono verosímil y la exhaustiva información disponible se cifra en una herida común: también fue víctima de la polio y supo remontar sus estragos para hacia un ahora de aceptación y normalidad. En cambio, Buky Cantor, la figura estelar de Némesis nunca regresó de aquel trauma. No tuvo la fortaleza suficiente e hizo de su casa autodestrucción y derrumbe.







miércoles, 29 de junio de 2016

DANIEL PENNAC. MAL DE ESCUELA

Mal de escuela
Daniel Pennac
Mondadori,
Barcelona, 2008

CONFLICTOS EN LAS AULAS

 Quienes se dedican a la práctica docente y cumplen a diario los trámites del tutor comprometido saben que una de sus funciones más ingratas es resolver conflictos y eliminar comportamientos de trinchera. La mente racional del profesor supone en el alumnado actitudes racionales y le disgusta que esa constante pedagógica no se cumpla. De ahí, su continua implicación  y el inacabable hablar, actuar y sermonear, decepcionado en muchas ocasiones por la escasa capacidad operativa del profesor de aula que elucida el sentido y la gravedad de su tarea. La formación universitaria no contemplaba métodos para luchar contra el absurdo o contra la rebelión tipificada.
  Los que intenten profundizar en el punto de vista del alumno fracasado tienen en los escaparates el libro de Daniel Pennac, Mal de escuela. El escritor galo, nació en  Casablanca (Marruecos), destino militar paterno,  en 1944 y, tras vivir en diferentes lugares africanos, se asienta en Francia y protagoniza una exitosa carrera literaria de amplio reconocimiento popular. Y sin embargo, el autor no esconde las pésimas calificaciones de la etapa escolar y aborda aquel periodo formativo con ternura, ironía y sentido común. De este modo, el dolor de no comprender y sus daños colaterales permiten asomarse al papel de la escuela que en demasiadas ocasiones sólo cuenta con los resultados académicos de los integrados y disimula como puede el fracaso escolar para que ninguna mirada crítica denuncie su incompetencia. No nos encontramos ante un manual de pedagogía terapéutica que proporcione una batería de soluciones. Pennac trasmite la intimidad de un personaje que utiliza el aula como centro de operaciones para despertar recuerdos y extraer de los mismos enseñanzas. Es la autobiografía de un yo que permanece agazapado en el fondo oscuro  de su nulidad.
 El autor fusiona pasado y presente; el mal alumno, motivo de continua preocupación en el entorno familiar, ha sido capaz de licenciarse y dedicarse a la práctica docente, aplicando métodos que le han deparado gratitud y estima. Pero estos métodos no están estructurados, no nacen de un proceso de aprendizaje reglado que evalúe procesos y principios. El escritor actúa por tanteo, al ritmo que le marca lo contingente. Por eso el libro es más un relato autobiográfico que un tratado sobre educación patentado por la inteligencia.
 Los breves capítulos permiten la lectura casi lineal. No es difícil reconstruir la convivencia en las aulas y un ritmo de trabajo en presente perpetuo, en el que cada lector puede utilizar su propia experiencia como elemento comparativo. Muchos profesores encontrarán el libro liviano y superficial, como si no diera la talla a la hora de abordar los nuevos roles que la sociedad tecnológica demanda a los centros educativos. El propósito del escritor no es la formulación de recetas exitosas. Pennac no trabaja en un laboratorio de ideas, utiliza la escuela  como tema. Y consigue transmitir con amenidad los argumentos del eterno conflicto entre saber e ignorancia.