viernes, 17 de marzo de 2017

JOAN DE LA VEGA. EN MANOS DEL AIRE

En manos del aire
Joan de la Vega
Libros en su tinta, Poesía
Barcelona, 2017

BAJO EL AZUL

  La buena poesía suprime la indiferencia; tiende a establecer nexos sentimentales  porque la escritura se concibe como una propuesta dialogal que supera distancias cognitivas para compartir el terreno movedizo de los significados. Este planteamiento obliga a fortalecer itinerarios singulares a partir de parámetros estéticos, que deben ser variados y complementarios. Dentro del quehacer de búsqueda hay quien opta por la repetición formularia de temas y símbolos coloquiales y quien abre zonas de riesgo para dibujar trayectos sin hollar o para buscar facetas más experimentales. Las características del discurso lírico de Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramenet, 1975)  se inclinan hacia el segundo enunciado. Así lo resaltan, con perspectiva objetivista, Eduardo Moga, Lluis Calvo o Jordi Doce, y así lo constata la propuesta indagatoria En manos del aire, un corpus que integra composiciones de Y tú, Pirene, Una luz que viene de fuera, Via Ferrata, Flores del Dharma y La montaña efímera.
  El primer tramo de esta muestra, Y tú, Pirene nace bajo el signo de la evocación. El ahora como tiempo verbal se vuelve un espacio de resolución donde el sujeto sale bajo el azul. Deja la puerta franca a una conciencia en tránsito que recoge percepciones y sensaciones del yo frente al paisaje. La naturaleza acumula signos explícitos. Habla con viva voz, mientras el horizonte define una copiosa suma de elementos visuales cuya captación convierte al sujeto testigo en un poblador de laberintos tratando de descifrar códigos.
  Esa lectura de las grafías del paisaje se interioriza en el apartado “Bajo tierra” que recurre a la estrategia formal del poema en prosa. El cauce versal adquiere un carácter iuterrogativo, recrea un escenario sombrío y nocturnal que expande un tacto frío de silencio y ausencia. Todo es quietud.
   Cuerpo central en la escritura de Joan de la Vega es el inevitable incidir en lo transitorio. Un verso de Wallace Stevens - “La luz vino de fuera”- sirve de pautada sincronía para el reconocimiento de lo temporal. Es percibido en la realidad más cercana; alrededor de cada presencia está ese hilar sucesivo de atardeceres y auroras regulando el devenir existencial. Todo sucede, como un viento invisible que impulsara el vaivén de las olas y rompiese la calma litoral; leves signos que marcan desapariciones y ocasos.
   En Via ferrata, un término de uso del montañero, la pasión por el relieve geológico de Joan de la Vega transforma la aridez de la altura en espacio simbólico. El protagonista se empeña en escalar itinerarios verticales u horizontales, entre grietas, que requieren equipaciones minuciosas y un ánimo dispuesto al acceso imposible. Caminar es remontar, buscar la estela del origen, perderse en la angostura del primer paso para quedar al margen del mundo, ensimismado y pleno, en abrazo fraterno con el estar. Ese intimismo del paisaje hecho interior habitable también encuentra  atinada expresión en los haikus de Flores del Dharma. El esquema estrófico, más allá de su sentido estacional primigenio, se ha aclimatado con nuevas variables que traducen aceptación, soledad, percepción del paisaje o trazos sentimentales.
  En manos del aire se cierra con los poemas en prosa y verso libre de La montaña efímera. El entorno no es un espacio ajeno sino una cadencia que impulsa a ser. La andadura es un nítido recorrido existencial, un viaje donde se rememora un tiempo trascendido. El poema en prosa, siempre proclive al enfoque descriptivo, convierte el cauce versal en un entrelazado de emociones y vivencias como si fuesen reflejos dictados por la contemplación. Lejos de la estridencia urbana y de su grisura de monotonía que erosionan cualquier dogma, el paisaje se convierte en un interlocutor afectivo, en una propuesta “donde se desmenuza el prodigio de la fugacidad”. 
    

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