sábado, 29 de noviembre de 2025

JUAN ANTONIO MORA RUANO. DIOSES EFÍMEROS

Dioses efímeros
Juan Antonio Mora Ruano
Prólogo de Guillermo Fernández Rojano
Editorial Corona del Sur
Málaga, 205

 

UN ÁRBOL DE VOCES 


   Guillermo Fernández Rojano (Jaén, 1957), Doctor en Filología por la Universidad de Jaén, profesor universitario, profundo estudioso del legado poético de José Viñals e impulsor de una travesía creadora que tiene su primera entrega en 1981, tras el viaje crepuscular del ideario novísimo, hace de la materia verbal una cala meditativa sobre la ontología del sujeto, desde un enfoque crítico, nihilista, y ajeno a cualquier conformismo burgués. El reconocido poeta andaluz es el encargado de escribir la introducción del poemario Dioses efímeros de Juan Antonio Mora (Andújar, Jaén, 1950), que cuenta en su presentación formal con la ilustración de cubierta e interiores de Rafael Toribio.
   La apertura de Guillermo Fernández Rojano advierte, de inmediato, de las mareas interiores que alientan la pulsión literaria de Juan Antonio Mora: la denuncia constante de un sistema económico y político desapacible, que solo genera riqueza y prosperidad en unos pocos a partir de la explotación de la mayoría y de la esquilmación sistemática del entorno natural y el patrimonio de sus recursos, y la necesidad de no ceder al derrumbe ético y hacer de la poesía resistencia, una forma de ser y de salir al día. Son dos motivos básicos que, con los habituales matices expansivos, han fortalecido una suma de entregas profundamente emocional y cercana. El poeta de Andújar singulariza una manera de habitar el poema que el poeta, ensayista y crítico Alberto García Teresa ha denominado, con precisa argumentación: “Poética de la claridad”. En este poner sobre la mesa las cosas claras colabora un suelo argumental que reitera componentes: la ciudad, las relaciones personales, el amor, las hendiduras de la memoria, la denuncia crítica ante los desajustes sociales y el desasosiego existencial.  Frente a esos dioses efímeros que se ofrecen como tablas de salvación en el naufragio, y siembran falsas esperanzas, desde la religión, la riqueza, o el consumo, la poética de Juan Antonio Mora se hace lumbre revolucionaria; los poemas convierten al sujeto verbal en un árbol de voces contra la injusticia que no se resigna al silencio; que participa en esa senda del nosotros. Vivir es trasiego diario en vigilia y búsqueda de un horizonte de esperanza.
  Como en libros anteriores, y de modo especial en las entregas El corazón del mundo (23023), Los sitios del dolor (2024), La ciudad y yo (2024) y El delirio de la palabra el poeta concede una gran importancia al pensamiento de los demás. Y emplea como estelas pensativas citas de abundantes autores del canon: Pascal, Pasolini, Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Francisco Umbral o de escritores cercanos a su entorno afectivo como Jorge Riechmann, Juan Carlos Mestre y Ricardo Virtanen, quien aporta un buen puñado de aforismos.
   Desde la necesaria orilla de lo emocional, tan evidente en la dedicatoria: “A Charo siempre y a mi hijo adorado”, con la estrategia expresiva del poema conciso, y con clara tendencia al decir lacónico del aforismo, la voz de Juan Antonio Mora escribe como composición de entrada “primer esbozo” (Canto inútil)”, el personal homenaje del poeta a las víctimas de la dana; los versos iluminan los claroscuros de tragedia  y muestran el dolor que intensifica la impotencia. Solo ante esa estela de delirio que busca esperanzas en la nada, las palabras muestran las obsesiones de la escritura para desplegar interpretaciones sobre la existencia, porque para el autor, los verdaderos poetas son aquellos que no les incomoda la verdad, cuando sufren la inestabilidad frágil de la vida; las dimensiones de un entorno que rebosa incertidumbre y arrincona a los pobres con una bochornosa especulación incesante.
   Queda el amor como un sueño revolucionario que da fuerza y compañía. Que da sentido a la  actitud indagatoria del sujeto que recorre un sendero de reflexión y utopía. El enamorado, convertido en observador y testigo del discurrir existencial, hace de la amada una fuente de luz, un símbolo de justicia, libertad y sueños en vuelo. El conjunto de poemas de Dioses efímeros, en su desnudez, comparte una sencilla cimentación formal. Afronta desde la soledad un nítido esfuerzo personal por hacer de la confidencia subjetiva una superación de carencias y una reflexión humanista. Quedan las incisiones de un horizonte verbal, ajeno a cualquier molde marcado por un ideario estético de rehumanización y compromiso.
   Juan Antonio Mora en la fertilidad incansable de su madurez literaria, redobla en los poemas de Dioses efímeros su confianza en la palabra como refugio del superviviente. Nunca se doblega a la triste respuesta del silencio. Cruza de nuevo el puente entre escritura y vida para fortalecer la cercanía del sujeto literario y su cálida fraternidad.. Nos queda el todavía, ese camino donde busca regreso la esperanza.

JOSÉ LUIS MORANTE





viernes, 28 de noviembre de 2025

EL GORRIÓN

La buena compañía
Fotografía
de
Internet



EL GORRIÓN
 
 
Nómada todavía
en la ladera azul del horizonte,
el gorrión acampa
junto al césped maltrecho
que guarda mi sombrilla.
Alzo curioso el párpado
y más allá de mí
el pico engulle
un cómplice silencio sensorial.
A resguardo, las alas
se remansan,
suturan un paréntesis fugaz;
los pliegues del plumaje
son destellos de sol sobre los hombros.
 
Cumplida la tarea,
se adentra en lo distancia
la renacida alquimia de voluntad y vuelo.
Pone tildes el aire
en las vocales de un lugar perdido.
Sin pronunciar palabras,
queda en el surco abierto
del testigo el rumor apacible
de lo que permanece;
el tanteo frugal 
que cobija la ausencia.
 
Después, todo retorna;
es alegría intacta la lumbre del comienzo.
Otra vez, solitario,
vuelvo al libro y perdura
en el opaco limo del poema
ese punto de quiebra de otro vuelo,
el reclamo oferente de una miga de pan.


     (Del libro Nadar en seco, 2022)



jueves, 27 de noviembre de 2025

CAMINOS

Sierra de Gredos
Fotografía
de
Adela Sánchez Santana

 

CAMINOS

 

   A resguardo, desgajado del blanco de la cordillera, un pueblo de granito, con habitantes mudos, vive la calma estacional del invierno. Solo los que se pierden, ateridos de sed y de cansancio, merodean sus calles. Buscan el desvarío de ser ellos, mientras dispersan pasos por la azarosa distancia de itinerarios invisibles.  Al atardecer, las manos frías abren la puerta al mismo azar.

 

(De Cuentos diminutos)

 

 

 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

MANUEL FERIA. NIDOS EN EL AIRE

Nidos en el aire
Manuel Feria
Prólogo de Manuel Pérez Antolín
Cubierta e ilustraciones interiores "Fanega"
Diseño y maquetación: Irene Antón Canalis
Autoedición en Gráficas Sabater
Canarias, 2025

 

NIDOS EN EL AIRE

  
  En 2023 buscaba sitio en la mesa de novedades literarias la antología El río de la perplejidad, primer balance de conjunto de la obra aforística de Manuel Feria (La Laguna, Tenerife, 1949). Era un muestreo altamente representativo, realizado por Javier Recas Bayón, el mejor teórico del minimalismo sapiencial en castellano. El estudioso apuntaba que el catedrático universitario de Farmacología y apasionado cultivador de la brevedad era un cultivador de madurez, por lo que sus fragmentos reflexivos compartían experiencia vital, sociología impregnada de un escepticismo benevolente y una perseverante claridad expresiva en la materia textual con frases directas, despojadas, de alcance inmediato. Así habían tomado vuelo las entregas Verlas venir (2015), En ascuas (2017) Diccionario imaginario de un irónico (2018) y Fe de vida (2023). A esas autoediciones se incorpora, casi en el cierre de año, Nidos en el aire (2025), un conjunto de aforismos prologado por Mario Pérez Antolín (Stuttgart,1964), un referente plural del género, como poeta, aforista y antólogo, con reconocimientos como el Premio Internacional Juan Gil-Albert de Escritura Aforística.
  La nota introductoria recuerda algunas constantes del autor canario: ”Agudeza, ingenio e ironía”. Son sustantivos de fuerte carga semántica en el panorama de la expresión concisa: la agudeza define la capacidad de sondear relaciones y dar hondura a lo episódico, junto a la capacidad de comprender con claridad los significados polivalentes. La ironía en literatura es un recurso de impacto por el que el lenguaje crea efectos sorpresa o formula críticas con benevolencia, evitando ridiculizar situaciones y personas, mientras el mensaje adquiere definición de cauce. Por último, el ingenio resalta el enfoque subjetivo, el pulso personal del yo singular cuando airea opiniones, enalteciendo la libertad de pensamiento y la autoridad moral.
   Tras la breve y acertada  entrada de Pérez Antolín, que sugirió también el aserto del título, Manuel Feria abre un capítulo de agradecimientos a quien denomina, con cálida ternura, el “equipo médico habitual”. Es el cercano núcleo que ha logrado dar un reconocible molde formal a cada paso del trayecto para que la salida de imprenta alumbre hermosos ejemplares estéticos: las ilustraciones de Antonio Mauro García “Fanega” (La Laguna, 1952) y el cuidado tratamiento artesanal de la diseñadora y maquetadora Irene Antón. Fruto de esa sintonía estética común, la publicación Nidos en el aire enaltece el buen gusto y lo convierte en signo identitario.
   Manuel Feria escribe “la reflexión es un ave que anida en el aire”; por tanto está marcada por la levedad y lo transitorio, por el tono menor de la introspección. No hay certezas sólidas sino enfoques, efímeros indicios rasgando el horizonte, desperdigados por la superficie, finita y cambiante, del transitar por lo cotidiano. Desde la confidencia, los textos, con su mínima plenitud, ponen cerco a la curiosidad y amplian la mirada a sujeto y entorno. En esa contemplación afectiva prevalecen dos itinerarios básicos: en el primero, se rastrea el viaje interior sobre la existencia, capaz de discernir la complejidad del ser humano: “Mi pasado se llama oscuridad. Mi futuro comparte el mismo nombre. Mi existencia: un destello de luz imperceptible”. La otra veta esencial en el laconismo de Manuel Feria es la percepción de la realidad, ese espacio abierto que aglutina detalles y curiosidades; que sirve de geografía habitable a las relaciones con el otro,  y que deja un cohesionado mensaje de emociones y pensamientos sobre la convivencia. 
  A lo largo del tiempo, el compromiso con la realidad prodiga efectos sobre la conciencia y describen, con lenguaje sutil y delicado, la experiencia existencial. Los apuntes mínimos tantean el aire. Cambian de dirección, alientan el papel de la búsqueda. Picotean: “Degustar los aforismos como beben las gallinas, levantando la cabeza a cada sorbo” y buscan la razón de escritura que formule una breve teórica de lo conciso: “Un aforismo nunca es una respuesta, pero siempre debería ser una pregunta”; “Escribir no es mucho más que confesar una desazón”, “Para no decir nada, verborrea, para decirlo todo, aforismos”.
   Nidos en el aire insiste en conceder a Manuel Feria el perfil de un solitario conciso, alejado del engarzamiento generacional. Un aforista, pleno de intuiciones, que prefiere el margen editorial y la ubicación a trasmano antes que la algarabía del redoble, con presentaciones, encuentros con la crítica o entrevistas en medios digitales. Un autor reflexivo, dispuesto a que sus aforismos abran las aguas a nuevos hallazgos con inasequibles brazadas, con el musculoso impulso de la lucidez y el frescor incisivo del nadador de fondo.

JOSÉ LUIS MORANTE






    



martes, 25 de noviembre de 2025

ENCUENTRO


 
ENCUENTRO

 
Aquel día gozaba de la lluvia
bajo la espesa fronda de un parque solitario
y tropecé conmigo.
Miré mi rostro
con curiosa sorpresa;
me hallé un poco más viejo, más cansado,
abrumado quizás
por un escepticismo prominente y asiduo
y una antigua tristeza
palpable, aunque recóndita.
Sentados en un banco prodigamos
leves toses, murmullos,
dilatados silencios y miradas furtivas.
El tiempo parecía detenido,
hasta que una acuarela de ceniza
ensombreció el crepúsculo.
En tanto se alejaba,
una temprana rosa depositó en su sitio
efímeros instantes de belleza
que, de común acuerdo, ambos no vimos.
Respiré hondo;
todos sabéis qué indecible fragancia
emana de la tierra cuando llueve.

    (Antología Ahora que es tarde, 1990-2020)




lunes, 24 de noviembre de 2025

EL LECTOR DE FRANZ FAFKA

Franz Kafka
(Praga, 1883-Kierling, Austria, 1924)

 

Kafka y yo

 

   Leo a Kafka con frecuencia alevosa. Para entender el mundo. Para entenderme yo. Sé que el absurdo forma parte de lo cotidiano y hay que respirarlo con sosegado conformismo, sin apremio, sin pánico. La situación política, la idiocia judicial y su retaguardia militante, los asesinatos y la barbarie fundamentalista, los atentados contra la dignidad y la beligerancia de quienes manosean el sentir colectivo en los medios de comunicación son atajos que  llevan a Kafka. La biografía del escritor parece disentir de su obra. Fue un modesto judío de Praga cuyo itinerario vivencial estuvo regulado por una rutina funcionarial que no puede interpretarse en clave literaria. Sus relaciones con los demás fueron pobres, como si permaneciera en el umbral del otro, o detrás de un cristal que asegurara su confinamiento. El escritor personifica una interioridad aislada que, sin embargo, observa el entorno con profundo interés. Lo que sucede fuera desconcierta. El azar diario legitima el absurdo. Por eso leo a Kafka.




domingo, 23 de noviembre de 2025

LA SOLIDEZ DEL HUMO

Laberintos
Fotografía
de
Javier Cabañero Valencia

 

 
*
 
Soy un prófugo obsesivo; me gusta huir conmigo.
 
*
 
En el núcleo germinal del poema todo lo que está fuera de plano.
 
*
 
Dentro de aquella tertulia literaria se hablaba el mismo idioma, el de un bosque de cactus.
 
*
 
Prisa por vivir. Quería llegar a tiempo a la inexistencia.
 
*
 
Biografías completas obstinadas en hacer del yo un lugar único.
 
*
 
También la sed se queda huérfana.
 
*
 
Me gusta oír esos silencios rotos, desgarrados por más silencios.
 
*
 
Nunca enmascaro mi experiencia bélica; está llena de batallas perdidas.

(las voces de noviembre)