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martes, 5 de abril de 2022

JOSÉ ANTONIO SANTANO. SILENCIO (POESÍA 1994-2021)

Silencio
 Poesía 1994-2021
José Antonio Santano
Estudio preliminar de Alfonso Berlanga Reyes
Editorial Alhulia
Colección Palabras Mayores, Poesía
Salobreña, Granada, 2021

 

SINGLADURAS AL PASO
 
 
   La compilación de la obra completa suele ser un empeño crepuscular. Germina cuando el taller del escritor pisa el movedizo suelo del silencio y necesita emplazar sobre un pavimento asentado y visible el legado en el tiempo. No es el caso de José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) cuyo itinerario poético, sin quiebras ni estridencias, sigue manifestando el latido vitalista de un quehacer sostenido, como constata la entrega Alta luciérnaga (2021), que busca estos días un lugar propio en las estanterías de novedades. José Antonio Santano, Licenciado en Filología Hispánica e impulsor de un quehacer poético abrigado por reconocimientos y premios en numerosos certámenes, reúne toda su producción, seleccionada en antologías y volcada parcialmente al francés, portugués, rumano, árabe y otros ámbitos idiomáticos.
  El volumen, que aglutina la poesía escrita entre 1994 y 2021, incorpora un análisis clarificador sobre el largo recorrido, firmado por el poeta y profesor Alfonso Berlanga Reyes. El vasto intervalo hace posible la aproximación temática y estilística, los hilos comunes que enlazan la heterogénea suma de entregas y el abanico de matices que singulariza cada propuesta. En síntesis, el prólogo vislumbra dos tramos en la cartografía del autor: el primero, formado por los seis libros que afloran entre Profecía de otoño (1994) y Razón de ser (2008); y una segunda etapa, de acompasada sensibilidad, que abarcaría desde Memorial de silencios hasta la obra inédita Sepulta plenitud. La interpretación es excelente; aunque no borra otros enfoques cómplices y enriquecedores. Sobre el perfil de la experiencia testimonial se van alzando los libros de amanecida. Después, el credo estético incorpora en su desarrollo un carácter más social que promueve una variación de credenciales de naturaleza lírica. En las salidas más recientes adquiere mayor peso lo reflexivo frente al intimismo, como si el caminar por el poema fuese impregnándose de despojamiento y desnudez, hasta llegar al silencio como culminación trascendida de la palabra. El denso estudio, un gran trabajo sobre la construcción fragmentaria del corpus, recorre cada epifanía verbal, apunta sugerencias y características y añade al final del texto la bibliografía completa del poeta cordobés.
   El conjunto permite una lectura paciente, para que vayan saliendo a la luz las secuencias creativas y las sensaciones que transmiten al lector. Así, la amanecida Profecía de otoño está marcada por la memoria y la evocación. Se transita por un paisaje vital asociado a los días azules de la infancia, cuajado de emotividad y onirismo, como si los estratos del afuera cercano hubiesen adquirido otra dimensión, que convierte a los gestos tediosos de la rutina en ventanas de descubrimientos. Los indicios cotidianos muestran, en sus aparentes mutaciones, un universo pleno de arquitectura y simetría emocional. El canto verbal se difumina en una disposición afectiva y testimonial hacia el pasado, donde habita, sin erosiones, la terquedad insomne de lo rutinario. Así se escribe una nueva poética de la visión en la que confluyen realidad e imaginación, un onirismo desplegado que enlaza con la sinestesia cromática de la introspección.
   En la estela lírica de José Antonio Santano el paisaje adquiere una focalización en primer plano; ya se ha hablado de ese ámbito de cercanía cuajado de elementos reconocibles, asociado al solar mediterráneo de la existencia. Un territorio de formas suaves que enlaza el llano y la campiña con planicies asociadas al cultivo de la vid, el olivar y los arbustos. Otras veces, la meditación sobre las tierras sureñas proyecta un territorio cultural, como sucede en el poemario Exilio en Caridemo, la denominación romana del Cabo de Gata, con lo que el lugar adquiere un sustrato mitológico, y una dimensión atemporal, con pulso y vida, asociada a lo antropológico. En Suerte de alquimia (2003) la tierra esboza su retrato real, como un mar de signos que se adapta al tiempo, en el que germina la vida cotidiana en medio de la oscura presencia de las sombras. Lo mismo sucede con Los silencios de la Cava (2015), donde se focaliza la miseria de la posguerra y la feroz lucha de supervivencia de muchas mujeres y madres, que acomodaron sus cuerpos al placer de los hombres, para sacar adelante una familia en extremas condiciones de pobreza.
  El trayecto privilegia también otros veneros temáticos como los afluentes de la memoria. La evocación de voces ausentes, cuyo recuerdo impregna la existencia y deja el amargo sabor de lo irrecuperable, está en muchos poemas del autor, tanto en entregas de la etapa inicial, como La piel escrita (2000), y en el balance de madurez La voz ausente (2017), donde la poesía enlaza silencio y muerte en el camino, hasta perfilar que solo existe la nada, un gran manto de ausencias y de olvido. Lo mismo se clarifica en Madre lluvia (2021), una de las cimas del autor que más convulsiona.
   Complemento de este incidir en la pérdida es la conciencia de temporalidad, entrelazada en algunos conjuntos textuales. El sujeto verbal adquiere en el transcurso del tiempo un perfil umbroso. Es portador de un colmado equipaje hecho de cansancio y desaliento. Al cabo, en la consumación de lo cotidiano se cumple la certeza de que toda la materia encontrará su lugar exacto en la ceniza. Todo parece inmerso en la quietud de una larga espera, como si fuese inminente un cambio, una mudanza, una larga ascesis que está ahí, inadvertida, bajo el amparo del silencio.
   El campo verbal muestra un horizonte de perspectivas plurales. Despliega situaciones, cambia de escenario y añade elementos azarosos que acuden al poema, como si pretendiesen descubrir el orden natural que oculta su epidermis. La voz se hace poesía capaz de convertir en sedimento perdurable el vitalismo ensimismado del tiempo, la tensión permanente entre la voluntad expresiva del lenguaje y las singladuras existenciales. El conjunto Silencio (poesía 1994-2021) refrenda una poética que humaniza la figura del escritor. Dicta claves interpretativas que se manifiestan entre el legado figurativo y la modernidad del pensamiento. Establece en su proceso creador puentes con la tradición, siempre entendida como concepto vertebrador. José Antonio Santano aporta una retina renovada y fuerte, en la que dialogan sincretismo, pulimiento en el tejido formal, y verbo ético. Personifica una tenacidad de savia y raíz, de árbol firme que mantiene en pie su fronda de verdad y belleza en el paisaje lírico contemporáneo.
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 
 

 

jueves, 10 de junio de 2021

JOSÉ ANTONIO SANTANO. MADRE LLUVIA

Madre lluvia
José Antonio Santano
Introducción de Alfonso Berlanga Reyes
Olifante, Ediciones de Poesía
Zaragoza, 2021 

 

PENSAR LA LLUVIA

 

   La lluvia, más que un elemento metereológico que da vida plena a nuestra genética y al entorno, es un espacio arquetípico, una construcción ficcional propensa al simbolismo que ha humedecido, de continuo, las estanterías de la tradición. Así lo corrobora el hermoso paratexto que José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) ubica en el umbral de Madre lluvia. Ahí suenan, con teclear emotivo, las citas de José Ángel Valente, Pablo García Baena y Antonio Colinas; la tres comparten el cálido lenguaje de la transparencia sobre la dermis interior del ser.
  Los buenos prólogos miden la curvatura de la luz, ofertan claves y ventanas para que la experiencia lectora camine por sendas marcadas. La introducción de Alfonso Berlanga Reyes clarifica de inmediato el motivo central del poemario: la memoria de la madre en un contexto histórico marcado por la sombra y la extrañeza; en ese marco de representación se oye emotiva y densa la voz de la memoria, su lirismo pausado por una visión de pérdida crepuscular y despedida, como refrenda la escueta y dolorosa dedicatoria: “A mi madre. In memoriam”.
  José Antonio Santano opta, en general, por el poema breve y despojado para dar cauce al sedentario estar de la evocación y su fuerte latido emocional. El poema se empeña en construir ejes de simetría entre pasado y presente; la anciana que consume su tedio en silencio, “en los barbechos de un dolor continuo” es también el ayer de una niña que mira la tierra y el olivo, cuya retina traspasa la piel de los años para recuperar la telaraña afectiva de lo vivido. Las secuencias vitales se han ensombrecido, están recubiertas por una mustia capa de ceniza, como si aceptara la inminente hora del adiós y la derrota, ese silencio lento que dormita en las casas sin nadie.
  En la umbría de la evocación retornan “los años opresores de posguerra”, ese estar cotidiano de anemia de ideales y sueños. La crudeza del discurrir deja incisiones imborrables en la memoria personal, donde resuenan voces ausentes, como una lluvia que gime en la azotea y en los patios, en los ventanales del recuerdo y en la soledad. Todo se hizo oscuridad y silencio. Todo languideció en una cadencia gélida que contagió su melancolía y fue marcando el latido pesaroso del reloj.
  En esta crecida de la sombra que hilvana el devenir, el recuerdo va perdiendo contornos. Sus líneas de fuerza se diluyen, como si las vivencias prolongadas desde los días infantiles fuesen vagos espejismos que la memoria cobija como sueños rotos: “De regreso a la casa, olivar todo / es la tierra, el abismo dibujado / sobre la piel dorada de la tarde, / una extraña presencia aniquila / los sueños de aquel niño que fue olvido, / misterio primigenio, soledad “
   El presente marca huellas de silencio y de soledad; solo en los pliegues de la evocación sobreviven secuencias de otras jornadas en las que el amor tenía la prestancia de la intensidad; el mismo cuerpo emanaba un fresco manantial de plenitud y belleza. Ahora, solo la calderilla del recuerdo deja oír su tintineo metálico.
   Poco a poco la erosión fue marcando los trazos de la melancolía, esas máculas que necesitan  el agua purificadora de la lluvia: “Inefable lluvia madre / lluvia en los párpados, / en la profundidad del iris /en la tristeza de las manos / al filo de la noche y los espejos / que miran hacia dentro, / a lo más oscuro del vacío””. La voz testimonial expande también su mirada sobre la indefensión colectiva de un tiempo de vencedores y vencidos, en el que el resentimiento encuentra su expresión más extrema. La historia personal transita por años mustios, zarandeados por un destino incierto.
  Como una letanía, como un mantra insistente y cálido, los poemas pronuncian el aserto sonoro, esa “madre lluvia” que abre el silencio para construir la historia de una ausencia, un paisaje de días azarosos en el que relumbran  instantáneas que ahora son quietud y sueño, ángulos oscuros que despiertan el son elegíaco. Frente al incesante devenir, José Antonio Santano cierra la puerta al vacío para que percibamos la presencia intacta en la conciencia del recuerdo materno, hecho plegaria y música, hecho despojamiento y epitafio: “Nuevamente la lluvia por su pálido rostro / en rumor de silencios y una leve sonrisa”.

 JOSÉ LUIS MORANTE