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jueves, 10 de junio de 2021

JOSÉ ANTONIO SANTANO. MADRE LLUVIA

Madre lluvia
José Antonio Santano
Introducción de Alfonso Berlanga Reyes
Olifante, Ediciones de Poesía
Zaragoza, 2021 

 

PENSAR LA LLUVIA

 

   La lluvia, más que un elemento metereológico que da vida plena a nuestra genética y al entorno, es un espacio arquetípico, una construcción ficcional propensa al simbolismo que ha humedecido, de continuo, las estanterías de la tradición. Así lo corrobora el hermoso paratexto que José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) ubica en el umbral de Madre lluvia. Ahí suenan, con teclear emotivo, las citas de José Ángel Valente, Pablo García Baena y Antonio Colinas; la tres comparten el cálido lenguaje de la transparencia sobre la dermis interior del ser.
  Los buenos prólogos miden la curvatura de la luz, ofertan claves y ventanas para que la experiencia lectora camine por sendas marcadas. La introducción de Alfonso Berlanga Reyes clarifica de inmediato el motivo central del poemario: la memoria de la madre en un contexto histórico marcado por la sombra y la extrañeza; en ese marco de representación se oye emotiva y densa la voz de la memoria, su lirismo pausado por una visión de pérdida crepuscular y despedida, como refrenda la escueta y dolorosa dedicatoria: “A mi madre. In memoriam”.
  José Antonio Santano opta, en general, por el poema breve y despojado para dar cauce al sedentario estar de la evocación y su fuerte latido emocional. El poema se empeña en construir ejes de simetría entre pasado y presente; la anciana que consume su tedio en silencio, “en los barbechos de un dolor continuo” es también el ayer de una niña que mira la tierra y el olivo, cuya retina traspasa la piel de los años para recuperar la telaraña afectiva de lo vivido. Las secuencias vitales se han ensombrecido, están recubiertas por una mustia capa de ceniza, como si aceptara la inminente hora del adiós y la derrota, ese silencio lento que dormita en las casas sin nadie.
  En la umbría de la evocación retornan “los años opresores de posguerra”, ese estar cotidiano de anemia de ideales y sueños. La crudeza del discurrir deja incisiones imborrables en la memoria personal, donde resuenan voces ausentes, como una lluvia que gime en la azotea y en los patios, en los ventanales del recuerdo y en la soledad. Todo se hizo oscuridad y silencio. Todo languideció en una cadencia gélida que contagió su melancolía y fue marcando el latido pesaroso del reloj.
  En esta crecida de la sombra que hilvana el devenir, el recuerdo va perdiendo contornos. Sus líneas de fuerza se diluyen, como si las vivencias prolongadas desde los días infantiles fuesen vagos espejismos que la memoria cobija como sueños rotos: “De regreso a la casa, olivar todo / es la tierra, el abismo dibujado / sobre la piel dorada de la tarde, / una extraña presencia aniquila / los sueños de aquel niño que fue olvido, / misterio primigenio, soledad “
   El presente marca huellas de silencio y de soledad; solo en los pliegues de la evocación sobreviven secuencias de otras jornadas en las que el amor tenía la prestancia de la intensidad; el mismo cuerpo emanaba un fresco manantial de plenitud y belleza. Ahora, solo la calderilla del recuerdo deja oír su tintineo metálico.
   Poco a poco la erosión fue marcando los trazos de la melancolía, esas máculas que necesitan  el agua purificadora de la lluvia: “Inefable lluvia madre / lluvia en los párpados, / en la profundidad del iris /en la tristeza de las manos / al filo de la noche y los espejos / que miran hacia dentro, / a lo más oscuro del vacío””. La voz testimonial expande también su mirada sobre la indefensión colectiva de un tiempo de vencedores y vencidos, en el que el resentimiento encuentra su expresión más extrema. La historia personal transita por años mustios, zarandeados por un destino incierto.
  Como una letanía, como un mantra insistente y cálido, los poemas pronuncian el aserto sonoro, esa “madre lluvia” que abre el silencio para construir la historia de una ausencia, un paisaje de días azarosos en el que relumbran  instantáneas que ahora son quietud y sueño, ángulos oscuros que despiertan el son elegíaco. Frente al incesante devenir, José Antonio Santano cierra la puerta al vacío para que percibamos la presencia intacta en la conciencia del recuerdo materno, hecho plegaria y música, hecho despojamiento y epitafio: “Nuevamente la lluvia por su pálido rostro / en rumor de silencios y una leve sonrisa”.

 JOSÉ LUIS MORANTE

 


martes, 2 de junio de 2020

ÁNGEL GUINDA. LOS DESLUMBRAMIENTOS / RECAPITULACIONES

Los deslumbramientos
seguido de
Recapitulaciones
Ángel Guinda
Olifante. Ediciones de Poesía
Serie Maior
Zaragoza, 2020


DESLUMBRAMIENTOS Y RECAPITULACIONES


   Al margen de consideraciones más precisas y de la legítima aspiración de cada libro a ser leído con sus claves autónomas, la veteranía poética de Ángel Guinda siempre se me antoja en su configuración como un itinerario de soledad que se encamina hacia el horizonte crepuscular de la atardecida. La conciencia de lo transitorio diluye espejismos; adormece y oculta la posibilidad del registro ideal entre los escenarios tensionales de la realidad.
   A la amplia bibliografía del poeta y aforista aragonés se une ahora un volumen dual que contiene los poemarios Los deslumbramientos y Recapitulaciones, editado de nuevo en Olifante, el sello de Trinidad Ruiz Marcellán, que siempre ha prestado atención preferente al trayecto de Guinda.
   Tras la breve cita de Ezra Pound, Los deslumbramientos pone como pórtico una poética indirecta que llega como un mensaje de afirmación del quehacer; la experiencia vital necesita la cicatriz abierta de la indagación para que aflore la fuerza del onirismo y la necesidad de la búsqueda: “¡No leas humo! / Aunque sea sobre agua escribe fuego”. Así arranca un decir esencial, casi fragmentario, que convierte al poema en una suma de interrogantes sobre el tiempo, la continua erosión de la pérdida o la asunción de una identidad despojada y sencilla que va consumiendo las mutaciones del contexto afectivo y esas mínimas alucinaciones que deja el tiempo entre las manos. El yo verbal cuando se explora en el espejo tiene una fuerte sensación de extravío, confunde itinerarios y viajes, recurre a la memoria, a ese remiso inventario que deja el caminar. Poemas como “El avispero” enuncian un ahora desapacible, como si el espacio interior de la conciencia percibiese –qué hermosa imagen- “un escuadrón de aguijones”. Cobran peso los indicios de la desolación, pero el sujeto asume una actitud fuerte que desdeña la queja: “Vivir es corriente como el curso de un río. / Morir es normal como el cauce”. La última estación se aleja del pasado para afrontar que el futuro “es una gota casi seca”. Poco a poco ascienden las quimeras hacia lo etéreo para asumir el encuentro con lo cotidiano, como si el día fuese un manso gorrión que retorna a buscar las migajas. Es imposible el retorno, lo sucedido ya es material solidificado en el tiempo; no hay posibilidad de mudar sus efectos; es también el refugio de la casa habitable que pone sosiego en la espera., como si lo vivido fuera solo un recuerdo deforme, mientras llama la muerte y el yo poético se refugia cada vez más dentro.
   El título Recapitulaciones sugiere una estrategia más narrativa, capaz de alentar un testimonio que refuerce la conexión con lo vivido. El contenido semántico parece anticipar el recorrido de la experiencia. Se llena de dudas existenciales, conforman una insomne vigilia de interrogantes que fuerzan a la comprensión tardía o que alumbran contornos insatisfechos. El yo desdoblado cataliza también la percepción de que las respuestas nunca están fuera sino en el pensamiento que no deja de fluir como una corriente inasible.
   Desde la aceptación austera de la propia identidad nace un estar estoico y un cultivo de la serenidad. También se recupera esa manera de percibir el mundo en la infancia cuando la realidad se poblaba de onirismos y fantasmagorías, es una manera de recuperar todos los intrusos que llevamos dentro y de conciliar esas etapas vitales que ahora, casi asentado en la última costa cobran otro significado, como si el contexto diario dejara sitio a sensaciones difusas y alucinaciones: “El muerto que llevo vivo pronto saldrá de mí.  / Como saldría el bosque encerrado en un árbol. / Nunca lo más grande debe estar dentro de lo más pequeño. / Lo que llega llega para pasar. / ¡Siempre la luz camina a la ceguera!”. Desde la amanecida al ocaso, el espíritu sabe reconocer en sí mismo al transeúnte nómada que pierde la inocencia para dar voz a la última condición de ser.
   Son muchos los críticos que se han ocupado del vértigo creador de Ángel Guinda. y casi todos coinciden en señalar algunas irradiciones de rebeldía en sus poemas: la continua presencia de la muerte, siempre entrevista con lucidez y entereza, la mirada  interior sin autoengaños, sabiendo que vivir es una travesía en el desierto y esa manera de captar lo esencial, despojando a la mirada exploratoria del brillo falso de la bisutería. Angel Guinda sabe, como ha escrito Agustín Porras, que línea a línea “la poesía nos salva”.  

  
 .    

viernes, 7 de diciembre de 2012

UN POEMA UNA VOZ, UNA VOZ UN POEMA (II)



RAZÓN DE SER

Soy vagón detenido
que te espera colmado de ilusión
en el vacío escenario de un tiempo sin historia
y acomoda la tregua a tu partida.
Soy venero motriz que ensancha cauces,
remonta la raíz de las traviesas
y pretende con gozo
el añorado abrazo fraternal del horizonte.
Soy párpado, pupila dilatada
que busca en el cristal un simple roce,
las huellas sumergidas de algún gesto.
Soy pavesa, rebrote de  la llama
que disuelve la noche y templa el día.
Cerca o lejos, mientras existas soy.

   (Un poema una voz, una voz un poema, Olifante, Zaragoza, 2012)