Mostrando entradas con la etiqueta José Antonio Santano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José Antonio Santano. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de enero de 2023

JOSÉ ANTONIO SANTANO. EN EL ESPEJO

José Antonio Santano
(Baena, Córdoba, 1957)

 

 IMAGEN DE JOSÉ ANTONIO SANTANO

 

   En la exagerada polarización entre esteticismo y tensión realista con que suelen abordarse las modalidades de escritura en el espacio ´creativo actual, hay circunstancias que no pasan inadvertidas para el crítico: la continuidad en el decurso temporal de una poesía humanista, centrada en la razón existencial, y la propensión de muchos contemporáneos a recuperar contenidos argumentales bajo las arenas de lo real, siguiendo al pie de la letra aquel viejo aserto del clásico Terencio: “nada humano me es ajeno”. De este modo, la actualidad lima su prosaísmo y lo cercano se enaltece al recubrirse de una sensibilidad poética. En esos parámetros puede situarse el largo recorrido poético de José Antonio Santano, compilado en Silencio. Poesía 1994-2021, bien conocido en el mapa literario por títulos refrendados con numerosos premios, por su inclusión en algunas antologías y por un ejemplar trabajo crítico, casi siempre centrado en la poesía del ahora.
   Editado en la colección Palabras Mayores de Editorial Alhulia, Silencio. Poesía 1994-2021 es una obra de balance. Su mismo título conlleva una certeza: nuestra naturaleza temporal suma pasos hacia la última costa, hacia esos acantilados del tiempo que propician la disolución del yo y la inmersión en el sueño definitivo; por eso, el silencio es también un diálogo de fe, y una creencia en la fuerza transformadora de la palabra y su potencial como asidua portadora de un ideal. El yo lírico es un espectador que testifica los vértices de nuestra aldea global, como incansable espacio de representación. Así se pone de manifiesto en sus entregas, donde se contraponen geografías y paisajes, historia cultural y el entrelazado de relaciones humanas que conforman la textura vital. José Antonio Santano no viaja solo ni se enroca en el rincón de la memoria donde únicamente se mira el horizonte de lo autobiográfico; recorre los trayectos del común vivir y cataloga sus claroscuros, como si su materia nutricia tuviera como referente las interrogaciones cotidianas. Indaga también en el papel del intelectual en la sociedad contemporánea porque sabe que mientras no cambien las condiciones de explotación y sea la libertad un espejismo, estamos abocados a la denuncia sistemática y a la defensa de los derechos humanos. Vivimos en un entorno conflictivo, y hay que dejar constancia de estas situaciones con el testimonio de un lenguaje reflexivo que opta por la desnudez y por el abandono de cualquier aditamento retórico Se focaliza el sentido ético, asumiendo los riesgos de narratividad y de una gestación sólo espontánea en apariencia: el cauce poético es en esencia un pensamiento destilado de las singladuras al paso noticiable, una lectura fragmentada de la actualidad que pone voz a una conciencia. Los versos son una reclamación por escrito de quien sabe que la poesía, más allá del lenguaje, es una conquista ética irrenunciable.

JOSÉ LUIS MORANTE



viernes, 11 de noviembre de 2022

ANDRÉS PARÍS MUÑOZ. DESDE EL AZUL DEL MUNDO

Desde el azul del mundo
Andrés Paris Muñoz
Prólogo de Marina Casado
II Premio Internacional de Poesía Joven "José Antonio Santano"
Editorial Alhulia S. L., Ayuntamiento de Baena (Córdoba)
Salobreña, Granada, 2022

 

LAS MANOS DEL TIEMPO

 
  En los últimos años, incluso en el tiempo gris de confinamiento y pandemia, la floración de voces nuevas ha sido una constante. El brotar poético constituye un legado fuerte donde se dan la mano generaciones y grupos. Los orígenes literarios de Andrés París Muñoz (Madrid, 1995), Graduado en Bioquímica y estudiante de doctorado en Biociencias Moleculares por la Universidad Autónoma de Madrid, están ligados al grupo poético Los Bardos, una propuesta coral que tiene en Marina Casado su estela creadora más fecunda. Es, precisamente, la escritora quien firma el prólogo “Un mundo azul y fértil para encontrarnos”. Allí hilvana una definición de la llamada “Poesía científica” como perspectiva conceptual que alude al compromiso emocional del poema con la ciencia. Desde ella nace la experiencia poética de Desde el azul del mundo con una senda de cinco tramos yuxtapuestos y con una atmósfera común al conjugar la hondura del entorno. Los apartados recurren a sustantivos y asertos germinales de la experiencia existencial: “Nada”, ”Átomo”, “Solitaria célula”, “Otro virus” y “Mundo”. Desde esa afinidad enérgica que impulsa el campo científico, Marina Casado concluye: “El cientificismo de la poesía de Andrés París parte de la búsqueda de un conocimiento profundo y amplio de la realidad, que no es aséptica sino fecunda y florida; por eso no puede limitarse al orden, sino que es en el caos donde encuentra una mejor respuesta”.
   El autor de Desde el azul del mundo acerca sus textos a dos ecosistemas referenciales, cuyo balance verbal asienta un magisterio continuo: Vicente Aleixandre y Wislawa Szymborska. Sus citas recalcan la proximidad de la disciplina científica como sustrato integrador de lo humano. Son entrada al único poema que contiene la primera parte, “Nada”. Desde una cronología de partida que parece aludir a un instante cósmico y genesíaco, la pulpa del poema difumina el discurso de la solemnidad y lo fragmenta con un venero argumental cuajado de romanticismo becqueriano: “El beso fue / el primer átomo”.   
   Muestra el apartado “Átomo” variedad temática, aunque en sus poemas persiste la introspección en torno al amor como oferente verdad que nos deja en las manos del tiempo. La poesía reunida permite conocer un material muy rico en imágenes, donde se entremezclan memoria y evocación; las plenas vibraciones que generan lirismo en el transitar. Como escenario dispuesto, la ciudad se convierte en un bosque en el que refuerzan su silueta firme esos dos árboles que comparten brotes y raíces, las ramas que cobijan el amor, el deseo o la incertidumbre. De esa armonía presencial nace el nosotros: “Dos gotas / confunden su perfil / para ser tierna lluvia”.
   Andrés París Muñoz abre su poética a una terminología que enlaza con su formación universitaria, para que las palabras mantengan  su piel elástica y generen una enriquecedora simbología. La sección “Solitaria célula” compagina la plenitud sensorial del cuerpo, como lumbre celular, con la meditación amorosa. En el transcurso del poema, la plenitud de lo vivencial adquiere un aliento clásico donde todo parece subordinado a la presencia del yo desdoblado en sus emociones.
  Los poemas de “Otro virus” parecen ajustarse a la dinámica de la pandemia y al crisol doméstico que originó el aislamiento. Se recordará que el virus inició senda en marzo de 2020 y evidenció la extrema fragilidad del cuerpo social. Todo se hace posibilidad y espera, reajuste de un nuevo orden en el decurso lírico. La soledad va marcando las huellas firmes del yo interior, hasta interpretar una autobiografía con secuencias dispersas en torno a una textura metaliteraria. La palabra semeja una afinidad completa con los elementos sensoriales. El poema completa un ejercicio que busca en el teclado las palabras precisas que cobijen el cauce existencial.
  En el trazado de “Mundo” conviven las fluctuaciones argumentales. El poeta busca en el excelente poema homónimo, a partir de una cita de Ángel González, una idealización de la realidad, esa conciliación de la imaginación y el tacto gregario de lo cotidiano. Los versos muestran la geometría variable del entorno que expande sus incertidumbres y despierta las inclinaciones subjetivas de un dolor compartido. El destino es proclive a lanzar preguntas a la identidad, a formular lo que no tiene respuestas: Qué somos. Así nace una metafísica de la incertidumbre que solo encuentra paz en la comprensión mutua.
   Otro poema sobresaliente del libro es “Jardín de las Delicias”, cuyo título remite de inmediato al tríptico del Bosco. La pérdida de aquel paraíso edénico sume al ser en un silencio que propicia el olvido completo; nadie guarda esa conciencia en vela que invita al regreso. Todo es soledad y hastío. De ahí nace la sensación de que  sobrevivimos en el margen, en un lugar donde todo es un gregario espejismo sensorial, una posición de lejanía.
   Sorprende por su originalidad “Adenda” el apartado final. Es un conjunto de traducciones a varios ámbitos idiomáticos de “Inexistencia ebria”, un texto que formaba parte de la sección “Solitaria célula” y delimitaba la tácita dependencia de la otredad. Concluye así un poemario con el que Andrés París Muñoz percibe en el sentimiento amoroso la más plena superación de nuestra condición fugaz y transitoria; el retorno de la luz a la mirada. El intimismo marca un libro emotivo, cuyo léxico incorpora un sensitivo acopio de imágenes para buscan el el pulso emotivo del tiempo; ese equilibrio frágil del latido sentimental que crea la música del corazón.  El silencio invita a la quietud, a la soledad habitada de quien se reconoce en la zona de sombra. El sujeto que halla en su pulsión indagatoria la necesidad precisa del nosotros.

JOSÉ LUIS MORANTE


martes, 5 de abril de 2022

JOSÉ ANTONIO SANTANO. SILENCIO (POESÍA 1994-2021)

Silencio
 Poesía 1994-2021
José Antonio Santano
Estudio preliminar de Alfonso Berlanga Reyes
Editorial Alhulia
Colección Palabras Mayores, Poesía
Salobreña, Granada, 2021

 

SINGLADURAS AL PASO
 
 
   La compilación de la obra completa suele ser un empeño crepuscular. Germina cuando el taller del escritor pisa el movedizo suelo del silencio y necesita emplazar sobre un pavimento asentado y visible el legado en el tiempo. No es el caso de José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) cuyo itinerario poético, sin quiebras ni estridencias, sigue manifestando el latido vitalista de un quehacer sostenido, como constata la entrega Alta luciérnaga (2021), que busca estos días un lugar propio en las estanterías de novedades. José Antonio Santano, Licenciado en Filología Hispánica e impulsor de un quehacer poético abrigado por reconocimientos y premios en numerosos certámenes, reúne toda su producción, seleccionada en antologías y volcada parcialmente al francés, portugués, rumano, árabe y otros ámbitos idiomáticos.
  El volumen, que aglutina la poesía escrita entre 1994 y 2021, incorpora un análisis clarificador sobre el largo recorrido, firmado por el poeta y profesor Alfonso Berlanga Reyes. El vasto intervalo hace posible la aproximación temática y estilística, los hilos comunes que enlazan la heterogénea suma de entregas y el abanico de matices que singulariza cada propuesta. En síntesis, el prólogo vislumbra dos tramos en la cartografía del autor: el primero, formado por los seis libros que afloran entre Profecía de otoño (1994) y Razón de ser (2008); y una segunda etapa, de acompasada sensibilidad, que abarcaría desde Memorial de silencios hasta la obra inédita Sepulta plenitud. La interpretación es excelente; aunque no borra otros enfoques cómplices y enriquecedores. Sobre el perfil de la experiencia testimonial se van alzando los libros de amanecida. Después, el credo estético incorpora en su desarrollo un carácter más social que promueve una variación de credenciales de naturaleza lírica. En las salidas más recientes adquiere mayor peso lo reflexivo frente al intimismo, como si el caminar por el poema fuese impregnándose de despojamiento y desnudez, hasta llegar al silencio como culminación trascendida de la palabra. El denso estudio, un gran trabajo sobre la construcción fragmentaria del corpus, recorre cada epifanía verbal, apunta sugerencias y características y añade al final del texto la bibliografía completa del poeta cordobés.
   El conjunto permite una lectura paciente, para que vayan saliendo a la luz las secuencias creativas y las sensaciones que transmiten al lector. Así, la amanecida Profecía de otoño está marcada por la memoria y la evocación. Se transita por un paisaje vital asociado a los días azules de la infancia, cuajado de emotividad y onirismo, como si los estratos del afuera cercano hubiesen adquirido otra dimensión, que convierte a los gestos tediosos de la rutina en ventanas de descubrimientos. Los indicios cotidianos muestran, en sus aparentes mutaciones, un universo pleno de arquitectura y simetría emocional. El canto verbal se difumina en una disposición afectiva y testimonial hacia el pasado, donde habita, sin erosiones, la terquedad insomne de lo rutinario. Así se escribe una nueva poética de la visión en la que confluyen realidad e imaginación, un onirismo desplegado que enlaza con la sinestesia cromática de la introspección.
   En la estela lírica de José Antonio Santano el paisaje adquiere una focalización en primer plano; ya se ha hablado de ese ámbito de cercanía cuajado de elementos reconocibles, asociado al solar mediterráneo de la existencia. Un territorio de formas suaves que enlaza el llano y la campiña con planicies asociadas al cultivo de la vid, el olivar y los arbustos. Otras veces, la meditación sobre las tierras sureñas proyecta un territorio cultural, como sucede en el poemario Exilio en Caridemo, la denominación romana del Cabo de Gata, con lo que el lugar adquiere un sustrato mitológico, y una dimensión atemporal, con pulso y vida, asociada a lo antropológico. En Suerte de alquimia (2003) la tierra esboza su retrato real, como un mar de signos que se adapta al tiempo, en el que germina la vida cotidiana en medio de la oscura presencia de las sombras. Lo mismo sucede con Los silencios de la Cava (2015), donde se focaliza la miseria de la posguerra y la feroz lucha de supervivencia de muchas mujeres y madres, que acomodaron sus cuerpos al placer de los hombres, para sacar adelante una familia en extremas condiciones de pobreza.
  El trayecto privilegia también otros veneros temáticos como los afluentes de la memoria. La evocación de voces ausentes, cuyo recuerdo impregna la existencia y deja el amargo sabor de lo irrecuperable, está en muchos poemas del autor, tanto en entregas de la etapa inicial, como La piel escrita (2000), y en el balance de madurez La voz ausente (2017), donde la poesía enlaza silencio y muerte en el camino, hasta perfilar que solo existe la nada, un gran manto de ausencias y de olvido. Lo mismo se clarifica en Madre lluvia (2021), una de las cimas del autor que más convulsiona.
   Complemento de este incidir en la pérdida es la conciencia de temporalidad, entrelazada en algunos conjuntos textuales. El sujeto verbal adquiere en el transcurso del tiempo un perfil umbroso. Es portador de un colmado equipaje hecho de cansancio y desaliento. Al cabo, en la consumación de lo cotidiano se cumple la certeza de que toda la materia encontrará su lugar exacto en la ceniza. Todo parece inmerso en la quietud de una larga espera, como si fuese inminente un cambio, una mudanza, una larga ascesis que está ahí, inadvertida, bajo el amparo del silencio.
   El campo verbal muestra un horizonte de perspectivas plurales. Despliega situaciones, cambia de escenario y añade elementos azarosos que acuden al poema, como si pretendiesen descubrir el orden natural que oculta su epidermis. La voz se hace poesía capaz de convertir en sedimento perdurable el vitalismo ensimismado del tiempo, la tensión permanente entre la voluntad expresiva del lenguaje y las singladuras existenciales. El conjunto Silencio (poesía 1994-2021) refrenda una poética que humaniza la figura del escritor. Dicta claves interpretativas que se manifiestan entre el legado figurativo y la modernidad del pensamiento. Establece en su proceso creador puentes con la tradición, siempre entendida como concepto vertebrador. José Antonio Santano aporta una retina renovada y fuerte, en la que dialogan sincretismo, pulimiento en el tejido formal, y verbo ético. Personifica una tenacidad de savia y raíz, de árbol firme que mantiene en pie su fronda de verdad y belleza en el paisaje lírico contemporáneo.
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 
 

 

jueves, 10 de junio de 2021

JOSÉ ANTONIO SANTANO. MADRE LLUVIA

Madre lluvia
José Antonio Santano
Introducción de Alfonso Berlanga Reyes
Olifante, Ediciones de Poesía
Zaragoza, 2021 

 

PENSAR LA LLUVIA

 

   La lluvia, más que un elemento metereológico que da vida plena a nuestra genética y al entorno, es un espacio arquetípico, una construcción ficcional propensa al simbolismo que ha humedecido, de continuo, las estanterías de la tradición. Así lo corrobora el hermoso paratexto que José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) ubica en el umbral de Madre lluvia. Ahí suenan, con teclear emotivo, las citas de José Ángel Valente, Pablo García Baena y Antonio Colinas; la tres comparten el cálido lenguaje de la transparencia sobre la dermis interior del ser.
  Los buenos prólogos miden la curvatura de la luz, ofertan claves y ventanas para que la experiencia lectora camine por sendas marcadas. La introducción de Alfonso Berlanga Reyes clarifica de inmediato el motivo central del poemario: la memoria de la madre en un contexto histórico marcado por la sombra y la extrañeza; en ese marco de representación se oye emotiva y densa la voz de la memoria, su lirismo pausado por una visión de pérdida crepuscular y despedida, como refrenda la escueta y dolorosa dedicatoria: “A mi madre. In memoriam”.
  José Antonio Santano opta, en general, por el poema breve y despojado para dar cauce al sedentario estar de la evocación y su fuerte latido emocional. El poema se empeña en construir ejes de simetría entre pasado y presente; la anciana que consume su tedio en silencio, “en los barbechos de un dolor continuo” es también el ayer de una niña que mira la tierra y el olivo, cuya retina traspasa la piel de los años para recuperar la telaraña afectiva de lo vivido. Las secuencias vitales se han ensombrecido, están recubiertas por una mustia capa de ceniza, como si aceptara la inminente hora del adiós y la derrota, ese silencio lento que dormita en las casas sin nadie.
  En la umbría de la evocación retornan “los años opresores de posguerra”, ese estar cotidiano de anemia de ideales y sueños. La crudeza del discurrir deja incisiones imborrables en la memoria personal, donde resuenan voces ausentes, como una lluvia que gime en la azotea y en los patios, en los ventanales del recuerdo y en la soledad. Todo se hizo oscuridad y silencio. Todo languideció en una cadencia gélida que contagió su melancolía y fue marcando el latido pesaroso del reloj.
  En esta crecida de la sombra que hilvana el devenir, el recuerdo va perdiendo contornos. Sus líneas de fuerza se diluyen, como si las vivencias prolongadas desde los días infantiles fuesen vagos espejismos que la memoria cobija como sueños rotos: “De regreso a la casa, olivar todo / es la tierra, el abismo dibujado / sobre la piel dorada de la tarde, / una extraña presencia aniquila / los sueños de aquel niño que fue olvido, / misterio primigenio, soledad “
   El presente marca huellas de silencio y de soledad; solo en los pliegues de la evocación sobreviven secuencias de otras jornadas en las que el amor tenía la prestancia de la intensidad; el mismo cuerpo emanaba un fresco manantial de plenitud y belleza. Ahora, solo la calderilla del recuerdo deja oír su tintineo metálico.
   Poco a poco la erosión fue marcando los trazos de la melancolía, esas máculas que necesitan  el agua purificadora de la lluvia: “Inefable lluvia madre / lluvia en los párpados, / en la profundidad del iris /en la tristeza de las manos / al filo de la noche y los espejos / que miran hacia dentro, / a lo más oscuro del vacío””. La voz testimonial expande también su mirada sobre la indefensión colectiva de un tiempo de vencedores y vencidos, en el que el resentimiento encuentra su expresión más extrema. La historia personal transita por años mustios, zarandeados por un destino incierto.
  Como una letanía, como un mantra insistente y cálido, los poemas pronuncian el aserto sonoro, esa “madre lluvia” que abre el silencio para construir la historia de una ausencia, un paisaje de días azarosos en el que relumbran  instantáneas que ahora son quietud y sueño, ángulos oscuros que despiertan el son elegíaco. Frente al incesante devenir, José Antonio Santano cierra la puerta al vacío para que percibamos la presencia intacta en la conciencia del recuerdo materno, hecho plegaria y música, hecho despojamiento y epitafio: “Nuevamente la lluvia por su pálido rostro / en rumor de silencios y una leve sonrisa”.

 JOSÉ LUIS MORANTE

 


jueves, 30 de enero de 2020

JOSÉ ANTONIO SANTANO. MARPARAÍSO

Marparaíso
José Antonio Santano
Ilustración de cubierta: Miguel Arias
Primer Premio  del XXIV Certamen de Poesía
Rosalía de Castro
Casa de Galicia en Córdoba
Diputación de Córdoba, 2019  


UN LARGO VIAJE


   La ilustración de portada de Marparaíso reproduce un retrato de Vicente Aleixandre y un poema autógrafo del artista Miguel Elías, elaborado en técnica mixta. Evidencia, como el neologismo del mismo título, la sensibilidad que rezuma esta nueva entrega de José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) incansable caminante de un largo itinerario poético de casi veinte libros, con reconocimientos continuos, cuya fertilidad prosigue intacta como aseveran las recientes salidas, Cielo y chanca y Tierra madre.
   La voz del tiempo ha silenciado un tanto el magisterio del maestro del 27 y su legado poético que obtuvo en 1977 el Premio Nobel de Literatura. La mutación de referentes culturales en el fin de siglo y en las nuevas décadas digitales ha puesto púlpito a otras presencias canónicas y ha dejado en silencio itinerarios que un día fueron columna vertebral como el de Vicente Aleixandre. Nacido en Sevilla en 1898, pero intensamente ligado a Málaga desde los dos años, por un traslado laboral paterno, Aleixandre preservará siempre en su ideario poético aquella ciudad del paraíso, abierta a un mar azul y en continuo vaivén, hecho felicidad y belleza. Sería en el pueblo abulense de Las Navas del Marqués, ya en los años juveniles, donde arrancaría su vocación poética de la mano de Dámaso Alonso, compañero generacional con quien iniciaría una larga aventura personal nunca finalizada en el tiempo. La frágil salud condicionaría su participación en eventos comunes en los que definen los miembros integrantes del grupo del 27, como el Homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, pero Velintonia, 3, su casa familiar, tras los estragos de la guerra incivil, será siempre diálogo hospitalario y lugar de encuentro por donde pasaron las voces emergentes de la poesía de posguerra y amigos y maestros que buscaron en Aleixandre comprensión, apoyo editorial y amistad. Estas son las claves biográficas esenciales sobre las que amanecen los cálidos poemas de Marparaíso.
   El material paratextual del poemario recurre a la memoria de algunos escritores que conocieron a Aleixandre e intimaron con su complicidad afectiva: Leopoldo de Luis, Blas de Otero, Pablo Neruda y Antonio Hernández, una selección aleatoria porque fueron mucho los visitantes de aquella casa en el parque metropolitano madrileño, junto a la ciudad universitaria. Todos coinciden en cumplir con una verdad diáfana que habla de la acogida del poeta y de su mano permanentemente tendida a la amistad y a la poesía.
   También José Antonio Santano resalta en su emotiva dedicatoria el humanismo del poeta y su acendrado magisterio intergeneracional y hace del mar de Malaga un símbolo de plenitud renacida, abierto al goce sensorial y a la profundidad del pensamiento en la callada umbría de la tarde. Con una luminosa construcción formal, el poeta va reconstruyendo secuencias de la memoria en una evocación que recobra las voces del pasado. Amanece de nuevo aquella inocencia intacta del niño que se asoma a un sueño tangible y abrasadoramente vivo, que convulsiona la contemplación, como si fuese un deslumbrante paraíso. Aquel refugio edénico queda, con sus juegos de luces y su horizonte desplegado, en los primeros pasos de la infancia, cuando perdura intacta la inocencia y la intrahistoria del yo es solo un fulgor auroral, sin mácula ni sombras.
   Ya se ha comentado el papel esencial en la biografía del poeta que juega el recordado domicilio del poeta en Velintonia 3, hoy casi abandonado inmueble por la desidia municipal y por la falta de recursos privados para convertir el simbólico edificio en casa de la poesía. El lugar da nombre al segundo apartado del poemario. La elegía recupera el lento deambular de tardes y otoños donde se fue gestando la vida sentimental del poema, ese entrecruzado de amores y decepciones, de apariencias y sobreentendidos que protagonizó una sensibilidad que conoció con frecuencia la soledad y el silencio. También los encuentros se fueron acallando en el tiempo para convertirse en patrimonio efímero, sombras calladas en una noche oscura que solo deja leve caligrafía en la memoria.
  De esa tenaz lucha contra el tiempo se nutren los poemas finales, compilados en “Nacimiento último”, cuando el amor se convierte en epifanía del deseo. Es la llamada de los cuerpos la que rompe el silencio y hace de la grisura mediodía. En esa caminata interior se diluye la senda colectiva de un país que no sabe borrar de su epidermis colectiva los estragos de la guerra incivil, ni el reguero de muertos anónimos que busca todavía la paz brumosa de los cementerios. El poema final “Duele este silencio” hace de la muerte ese magma de silencio y olvido en el que se diluyen las palabras, como si el tiempo hubiese fondeado en una inmensa grieta.
   Emotivo y germinal en su discurso narrativo, con lenguaje claro y transparente y un componente argumental que muestra su fidelidad al perfil diluído de Vicente Aleixandre en las hechuras del tiempo, Marparaíso hace de la evocación un homenaje de amplio espectro. En sus poemas caben la idealización de la infancia y los avatares históricos, el amor, la amistad y ese rumor callado de la muerte, largo viaje de un trayecto vivido en el que se pronuncian el cero y el vacío.

José Luis Morante

    
  





     











lunes, 25 de septiembre de 2017

JOSÉ ANTONIO SANTANO. LA VOZ AUSENTE

La voz ausente
José Antonio Santano
Prólogo de
José María Muñoz Quirós
Editorial Alhulia, Granada, 2017

CARTA AL PADRE


   La poesía de José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) está hecha con el lenguaje sobrio de la madurez, como si su pupila abarcadora sobre los repliegues interiores del ser y sus destellos en lo cotidiano buscase un voluntario despojamiento. Así lo constata el poeta abulense José María Muñoz Quirós al escribir el introito de La voz ausente: “El libro se abisma en una curvatura de luz y de extraña claridad, y se nos arranca la emoción en un desbocado vuelo hacia la intensidad de lo expresado. La voz ausente es un regalo de inmensa eclosión lírica. “
  Nos hallamos ante la solidez poética de un itinerario macerando en el tiempo que ha ido dejando pasos como Profecía en otoño, Exilio en Caridemo, Íntima heredad, Suerte de alquimia, Razón de ser y otros trabajos que ahora suman las composiciones de La voz ausente. El título convoca de inmediato una semántica crepuscular de finitud y vacío, refrendada por las citas prologales de Juan Ramón Jiménez y Antonio Enrique.
  José Antonio Santano opta por la prosa lírica como formato de comienzo; es sabido que solo escasos poetas –como Juan Ramón Jiménez o Luis Cernuda, y en nuestros días Luis García Montero- dan a su cauce versal el discurso reflexivo de la prosa, acaso porque se emparenta de entrada con el ensayo y alude, por tanto, a una mayor carga pensativa en detrimento del sustrato emocional de las palabras. Pero constatamos de inmediato que José Antonio Santano en esta evocadora carta al padre cuida al máximo el mensaje comunicativo para crear una telaraña afectiva que captura al lector: “…sólo el silencio, lento y armonioso, avanza camino del ciprés sobre las alas del tiempo, confinado en la extensa umbría de la tarde que va muriendo en las cancelas del sueño”. La fuerza expresiva de las imágenes logra trasmitir esa estela que deja cualquier material perecedero que consume latidos en su continuo andar hacia el vacío. La voz ausente no es otra que la del padre que en el tiempo germinal de la infancia dejó su ausencia para no regresar nunca a la casa blanca de la inocencia. Todo se hizo oscuridad y silencio. Todo languideció en una umbría interior que contagió su melancolía y fue marcando el latido pesaroso del reloj.
  En esta crecida de la sombra que hilvana el devenir el recuerdo va perdiendo contornos. Sus líneas de fuerza se diluyen como si las vivencias prolongadas desde los días infantiles fuesen vagos espejismos que la memoria cobija como sueños rotos: “De regreso a la casa, olivar todo / es la tierra, el abismo dibujado / sobre la piel dorada de la tarde, / una extraña presencia aniquila / los sueños de aquel niño que fue olvido, / misterio primigenio, soledad “
   Con el acento crepuscular de la elegía, la lírica de José Antonio Santano nos sitúa ante el incesante devenir para que percibamos las cenizas que vamos depositando en lo real, esas que nutren un olvido voraz donde se apaga el lenguaje de la vida en continua mutación. Solo queda entonces escribir con trazo firme un epitafio, dar fe de que también en el silencio permanece, desnuda y yerma, la voz de la memoria.





lunes, 23 de febrero de 2015

JOSÉ ANTONIO SANTANO. CONVICCIONES

Tiempo gris de cosmos
José Antonio Santano
Epílogo de José Cabrera Martos 
Editorial Nazarí, Granada, 2014


CONVICCIONES

   Los rasgos cercanos a la prosa de la lírica de línea clara o transparente han dado solidez a algunas premisas consolidadas. Se critica al poema realista  por el uso de un lenguaje común, integrado en el habla diaria, y se rebaja su pobreza metafórica o el acto de utilizar un discurso verbal constreñido al mensaje.  Sin embargo, son muchos los poetas que siguen explorando el realismo y se empeñan en superar las limitaciones de una etiqueta que, en la genealogía literaria, cuenta con una amplia tradición en el siglo XX; ahí está el legado de la poesía social, la generación del medio siglo o los mejores logros de la poesía de la experiencia que fue tendencia dominante en las dos últimas décadas.
   El itinerario creador de José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) discurre por los espacios de la poesía social-realista. Con una amplia experiencia como dinamizador cultural y como escritor publica ahora en la editorial Nazarí Tiempo gris de cosmos, compilación de poemas que lleva como coda final una aproximación crítica de José cabrera Martos. La mirada crítica, con buen criterio, funciona como un epílogo, lo que permite al lector acercarse a la voz de José Antonio Santano sin esquemas ni idearios previos.
   El título del poemario es un préstamo del poeta y editor Francisco Peralto, cuyo verso “tiempo gris y negro de cosmos” se modifica para abordar miradas a un ámbito situacional donde se oye como fondo sonoro el incansable latido del acontecer. De esa percepción de la temporalidad como condición básica del sujeto verbal nace una sensación de fragilidad y desvalimiento, de ser ensimismado que requiere abrir los ojos para ver la luz del entorno y transformarse en sujeto solidario y activo. Quien se percibe a sí mismo como ser existencial despliega su conciencia en una hora turbia, medida por la incertidumbre que martillea entre los pliegues de la memoria.
   La pupila muestra un paisaje colectivo desajustado, que admite en sus muros la herrumbre y el desconchón, la grieta y el fragmento, como si los planos que trazan la convivencia hubiesen sido trazados por el desvarío y la apatía. La historia contradice los sueños, dejó sitio a la injusticia y a la muerte; y es necesario fortalecer el verbo y despertar. Así se manifiesta en el poema “Azul palabra”: “¿Dónde el fruto azul de la palabra, / dónde los poetas –alquimistas del verso- / que sangran por la herida del silencio, / dónde el hálito de los inviernos  el agua / Hora sea para la deslumbradora / luz de la palabra. El poema parece percibir el eco claro de la utilidad de la poesía como herramienta de conocimiento y transformación social.
   La segunda parte de Tiempo gris de cosmos convierte a la red digital en interlocutor próximo de un silencioso discurso binario. El conocido aserto de facebook  ¿Qué piensas?”, palpable constatación de la vigilancia electrónica y del incesante control del Gran Hermano tecnológico,  sirve como detonante para una intensa indagación en las coordenadas existenciales del sujeto, casi un poema río que se va estructurando como un soliloquio imaginario en fragmentos evocativos de intensa carga emocional. En la línea de continuidad de las palabras aflora un estar coherente y una posición ética que huye de cualquier sumisión acrítica.
   Cierran el libro las conclusiones críticas de José Cabrera Martos, un análisis muy pormenorizado del ideario estético y sus rasgos más llamativos: la significación ideológica, el periplo existencial en el que se reconstruye el compromiso con los vencidos y los acordes de la intimidad. Un texto complejo sobre el humanismo poético de José Antonio Santano.
    Directa y experiencial, la poética de Tiempo gris de cosmos invita a discernir varias consideraciones: la voluntad comunicativa de la palabra, la expresión de los desajustes en el poema, siempre desmarcado del esteticismo evasivo y sobre todo la reivindicación de un discurso que reclama su turno de palabra para conectar al sujeto individual con su tiempo histórico. Poesía útil, para clarificar la realidad; para dar voz a una conciencia comprometida.