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viernes, 11 de noviembre de 2022

ANDRÉS PARÍS MUÑOZ. DESDE EL AZUL DEL MUNDO

Desde el azul del mundo
Andrés Paris Muñoz
Prólogo de Marina Casado
II Premio Internacional de Poesía Joven "José Antonio Santano"
Editorial Alhulia S. L., Ayuntamiento de Baena (Córdoba)
Salobreña, Granada, 2022

 

LAS MANOS DEL TIEMPO

 
  En los últimos años, incluso en el tiempo gris de confinamiento y pandemia, la floración de voces nuevas ha sido una constante. El brotar poético constituye un legado fuerte donde se dan la mano generaciones y grupos. Los orígenes literarios de Andrés París Muñoz (Madrid, 1995), Graduado en Bioquímica y estudiante de doctorado en Biociencias Moleculares por la Universidad Autónoma de Madrid, están ligados al grupo poético Los Bardos, una propuesta coral que tiene en Marina Casado su estela creadora más fecunda. Es, precisamente, la escritora quien firma el prólogo “Un mundo azul y fértil para encontrarnos”. Allí hilvana una definición de la llamada “Poesía científica” como perspectiva conceptual que alude al compromiso emocional del poema con la ciencia. Desde ella nace la experiencia poética de Desde el azul del mundo con una senda de cinco tramos yuxtapuestos y con una atmósfera común al conjugar la hondura del entorno. Los apartados recurren a sustantivos y asertos germinales de la experiencia existencial: “Nada”, ”Átomo”, “Solitaria célula”, “Otro virus” y “Mundo”. Desde esa afinidad enérgica que impulsa el campo científico, Marina Casado concluye: “El cientificismo de la poesía de Andrés París parte de la búsqueda de un conocimiento profundo y amplio de la realidad, que no es aséptica sino fecunda y florida; por eso no puede limitarse al orden, sino que es en el caos donde encuentra una mejor respuesta”.
   El autor de Desde el azul del mundo acerca sus textos a dos ecosistemas referenciales, cuyo balance verbal asienta un magisterio continuo: Vicente Aleixandre y Wislawa Szymborska. Sus citas recalcan la proximidad de la disciplina científica como sustrato integrador de lo humano. Son entrada al único poema que contiene la primera parte, “Nada”. Desde una cronología de partida que parece aludir a un instante cósmico y genesíaco, la pulpa del poema difumina el discurso de la solemnidad y lo fragmenta con un venero argumental cuajado de romanticismo becqueriano: “El beso fue / el primer átomo”.   
   Muestra el apartado “Átomo” variedad temática, aunque en sus poemas persiste la introspección en torno al amor como oferente verdad que nos deja en las manos del tiempo. La poesía reunida permite conocer un material muy rico en imágenes, donde se entremezclan memoria y evocación; las plenas vibraciones que generan lirismo en el transitar. Como escenario dispuesto, la ciudad se convierte en un bosque en el que refuerzan su silueta firme esos dos árboles que comparten brotes y raíces, las ramas que cobijan el amor, el deseo o la incertidumbre. De esa armonía presencial nace el nosotros: “Dos gotas / confunden su perfil / para ser tierna lluvia”.
   Andrés París Muñoz abre su poética a una terminología que enlaza con su formación universitaria, para que las palabras mantengan  su piel elástica y generen una enriquecedora simbología. La sección “Solitaria célula” compagina la plenitud sensorial del cuerpo, como lumbre celular, con la meditación amorosa. En el transcurso del poema, la plenitud de lo vivencial adquiere un aliento clásico donde todo parece subordinado a la presencia del yo desdoblado en sus emociones.
  Los poemas de “Otro virus” parecen ajustarse a la dinámica de la pandemia y al crisol doméstico que originó el aislamiento. Se recordará que el virus inició senda en marzo de 2020 y evidenció la extrema fragilidad del cuerpo social. Todo se hace posibilidad y espera, reajuste de un nuevo orden en el decurso lírico. La soledad va marcando las huellas firmes del yo interior, hasta interpretar una autobiografía con secuencias dispersas en torno a una textura metaliteraria. La palabra semeja una afinidad completa con los elementos sensoriales. El poema completa un ejercicio que busca en el teclado las palabras precisas que cobijen el cauce existencial.
  En el trazado de “Mundo” conviven las fluctuaciones argumentales. El poeta busca en el excelente poema homónimo, a partir de una cita de Ángel González, una idealización de la realidad, esa conciliación de la imaginación y el tacto gregario de lo cotidiano. Los versos muestran la geometría variable del entorno que expande sus incertidumbres y despierta las inclinaciones subjetivas de un dolor compartido. El destino es proclive a lanzar preguntas a la identidad, a formular lo que no tiene respuestas: Qué somos. Así nace una metafísica de la incertidumbre que solo encuentra paz en la comprensión mutua.
   Otro poema sobresaliente del libro es “Jardín de las Delicias”, cuyo título remite de inmediato al tríptico del Bosco. La pérdida de aquel paraíso edénico sume al ser en un silencio que propicia el olvido completo; nadie guarda esa conciencia en vela que invita al regreso. Todo es soledad y hastío. De ahí nace la sensación de que  sobrevivimos en el margen, en un lugar donde todo es un gregario espejismo sensorial, una posición de lejanía.
   Sorprende por su originalidad “Adenda” el apartado final. Es un conjunto de traducciones a varios ámbitos idiomáticos de “Inexistencia ebria”, un texto que formaba parte de la sección “Solitaria célula” y delimitaba la tácita dependencia de la otredad. Concluye así un poemario con el que Andrés París Muñoz percibe en el sentimiento amoroso la más plena superación de nuestra condición fugaz y transitoria; el retorno de la luz a la mirada. El intimismo marca un libro emotivo, cuyo léxico incorpora un sensitivo acopio de imágenes para buscan el el pulso emotivo del tiempo; ese equilibrio frágil del latido sentimental que crea la música del corazón.  El silencio invita a la quietud, a la soledad habitada de quien se reconoce en la zona de sombra. El sujeto que halla en su pulsión indagatoria la necesidad precisa del nosotros.

JOSÉ LUIS MORANTE


martes, 5 de abril de 2022

JOSÉ ANTONIO SANTANO. SILENCIO (POESÍA 1994-2021)

Silencio
 Poesía 1994-2021
José Antonio Santano
Estudio preliminar de Alfonso Berlanga Reyes
Editorial Alhulia
Colección Palabras Mayores, Poesía
Salobreña, Granada, 2021

 

SINGLADURAS AL PASO
 
 
   La compilación de la obra completa suele ser un empeño crepuscular. Germina cuando el taller del escritor pisa el movedizo suelo del silencio y necesita emplazar sobre un pavimento asentado y visible el legado en el tiempo. No es el caso de José Antonio Santano (Baena, Córdoba, 1957) cuyo itinerario poético, sin quiebras ni estridencias, sigue manifestando el latido vitalista de un quehacer sostenido, como constata la entrega Alta luciérnaga (2021), que busca estos días un lugar propio en las estanterías de novedades. José Antonio Santano, Licenciado en Filología Hispánica e impulsor de un quehacer poético abrigado por reconocimientos y premios en numerosos certámenes, reúne toda su producción, seleccionada en antologías y volcada parcialmente al francés, portugués, rumano, árabe y otros ámbitos idiomáticos.
  El volumen, que aglutina la poesía escrita entre 1994 y 2021, incorpora un análisis clarificador sobre el largo recorrido, firmado por el poeta y profesor Alfonso Berlanga Reyes. El vasto intervalo hace posible la aproximación temática y estilística, los hilos comunes que enlazan la heterogénea suma de entregas y el abanico de matices que singulariza cada propuesta. En síntesis, el prólogo vislumbra dos tramos en la cartografía del autor: el primero, formado por los seis libros que afloran entre Profecía de otoño (1994) y Razón de ser (2008); y una segunda etapa, de acompasada sensibilidad, que abarcaría desde Memorial de silencios hasta la obra inédita Sepulta plenitud. La interpretación es excelente; aunque no borra otros enfoques cómplices y enriquecedores. Sobre el perfil de la experiencia testimonial se van alzando los libros de amanecida. Después, el credo estético incorpora en su desarrollo un carácter más social que promueve una variación de credenciales de naturaleza lírica. En las salidas más recientes adquiere mayor peso lo reflexivo frente al intimismo, como si el caminar por el poema fuese impregnándose de despojamiento y desnudez, hasta llegar al silencio como culminación trascendida de la palabra. El denso estudio, un gran trabajo sobre la construcción fragmentaria del corpus, recorre cada epifanía verbal, apunta sugerencias y características y añade al final del texto la bibliografía completa del poeta cordobés.
   El conjunto permite una lectura paciente, para que vayan saliendo a la luz las secuencias creativas y las sensaciones que transmiten al lector. Así, la amanecida Profecía de otoño está marcada por la memoria y la evocación. Se transita por un paisaje vital asociado a los días azules de la infancia, cuajado de emotividad y onirismo, como si los estratos del afuera cercano hubiesen adquirido otra dimensión, que convierte a los gestos tediosos de la rutina en ventanas de descubrimientos. Los indicios cotidianos muestran, en sus aparentes mutaciones, un universo pleno de arquitectura y simetría emocional. El canto verbal se difumina en una disposición afectiva y testimonial hacia el pasado, donde habita, sin erosiones, la terquedad insomne de lo rutinario. Así se escribe una nueva poética de la visión en la que confluyen realidad e imaginación, un onirismo desplegado que enlaza con la sinestesia cromática de la introspección.
   En la estela lírica de José Antonio Santano el paisaje adquiere una focalización en primer plano; ya se ha hablado de ese ámbito de cercanía cuajado de elementos reconocibles, asociado al solar mediterráneo de la existencia. Un territorio de formas suaves que enlaza el llano y la campiña con planicies asociadas al cultivo de la vid, el olivar y los arbustos. Otras veces, la meditación sobre las tierras sureñas proyecta un territorio cultural, como sucede en el poemario Exilio en Caridemo, la denominación romana del Cabo de Gata, con lo que el lugar adquiere un sustrato mitológico, y una dimensión atemporal, con pulso y vida, asociada a lo antropológico. En Suerte de alquimia (2003) la tierra esboza su retrato real, como un mar de signos que se adapta al tiempo, en el que germina la vida cotidiana en medio de la oscura presencia de las sombras. Lo mismo sucede con Los silencios de la Cava (2015), donde se focaliza la miseria de la posguerra y la feroz lucha de supervivencia de muchas mujeres y madres, que acomodaron sus cuerpos al placer de los hombres, para sacar adelante una familia en extremas condiciones de pobreza.
  El trayecto privilegia también otros veneros temáticos como los afluentes de la memoria. La evocación de voces ausentes, cuyo recuerdo impregna la existencia y deja el amargo sabor de lo irrecuperable, está en muchos poemas del autor, tanto en entregas de la etapa inicial, como La piel escrita (2000), y en el balance de madurez La voz ausente (2017), donde la poesía enlaza silencio y muerte en el camino, hasta perfilar que solo existe la nada, un gran manto de ausencias y de olvido. Lo mismo se clarifica en Madre lluvia (2021), una de las cimas del autor que más convulsiona.
   Complemento de este incidir en la pérdida es la conciencia de temporalidad, entrelazada en algunos conjuntos textuales. El sujeto verbal adquiere en el transcurso del tiempo un perfil umbroso. Es portador de un colmado equipaje hecho de cansancio y desaliento. Al cabo, en la consumación de lo cotidiano se cumple la certeza de que toda la materia encontrará su lugar exacto en la ceniza. Todo parece inmerso en la quietud de una larga espera, como si fuese inminente un cambio, una mudanza, una larga ascesis que está ahí, inadvertida, bajo el amparo del silencio.
   El campo verbal muestra un horizonte de perspectivas plurales. Despliega situaciones, cambia de escenario y añade elementos azarosos que acuden al poema, como si pretendiesen descubrir el orden natural que oculta su epidermis. La voz se hace poesía capaz de convertir en sedimento perdurable el vitalismo ensimismado del tiempo, la tensión permanente entre la voluntad expresiva del lenguaje y las singladuras existenciales. El conjunto Silencio (poesía 1994-2021) refrenda una poética que humaniza la figura del escritor. Dicta claves interpretativas que se manifiestan entre el legado figurativo y la modernidad del pensamiento. Establece en su proceso creador puentes con la tradición, siempre entendida como concepto vertebrador. José Antonio Santano aporta una retina renovada y fuerte, en la que dialogan sincretismo, pulimiento en el tejido formal, y verbo ético. Personifica una tenacidad de savia y raíz, de árbol firme que mantiene en pie su fronda de verdad y belleza en el paisaje lírico contemporáneo.
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 
 

 

lunes, 25 de enero de 2021

PILAR ARANDA LÓPEZ. ENTREVELAS

Entrevelas
Pilar Aranda López
Editorial Alhulia
Salobreña, Granada, 2020

 EL MAR, TAN CERCA

 

  La obra literaria de la madrileña Pilar Aranda López, maestra de Primaria, y Licenciada en Derecho, ha tenido un desarrollo tardío, aunque ha estado presente en algunas antologías poéticas y ha protagonizado una presencia activa en la gestión cultural. Su itinerario personal se compone del poemario Las uvas amarillas (2016) y del cuento poético ilustrado ¿Y yo dónde canto?), publicado por Editorial Lastura en 2019, solo dos títulos, por tanto, a los que ahora se añade, en el cierre de 2020, Entrevelas, una edición miscelánea que, tras el simbólico epígrafe, relaciona mar y tiempo.
  La apertura expone el carácter intimista de un libro que recuerda en su primer paso al poeta C. Cavafis y a uno de sus poemas más conocidos, el “Viaje a Ítaca”; si la meta final es el camino, el discurrir existencial se plantea como un argumento en tránsito; a diario acumula experiencia y convierte las secuencias cotidianas en materia de reflexión y conocimiento. Cuatro sustantivos, en boca de Pilar Aranda López balizan esta singladura personal de Entrevelas, como cuatro puntos cardinales: “equipaje, travesía, naufragio, esperanza”.
   Son signos reflexivos que mantienen en alerta al sustrato básico del aforismo. Como si el hablante verbal fuera dejando esquejes meditativos, se recurre al decir breve para airear entre líneas un pensamiento conciso y lacónico. El presente se convierte en un espacio transitable en el que se marcan los pasos de ilusiones y sueños. Lo diario solidifica la certeza incontestable de un caminar común hacia el vacío, pero el tiempo permite descifrar la belleza contenida en las cosas. El aire del viaje  huele a mar, a azul de cercanía y esperanza: “Por pequeña que sea la esperanza, no dudes de que puede cambiar el rumbo de las olas”. Es esa sensación de gobernar el propio destino, de fortalecer con ella una voluntad que va diluyendo las geografías del itinerario quebrado por las circunstancias.
   El segundo apartado “De lo invisible a la luz. Equipaje” concentra el viaje introspectivo en el cauce fragmentario del aforismo; la escritura siembra leves anotaciones de prosa poética que entrelazan consejos y experiencia vital; si para lo vivido no hay regreso, en el estar del sujeto se hace necesario elegir el equipaje adecuado; hay que borrar los recuerdos que lastran, como esas ausencias de los antepasados, y saber que la luz resiste también entre las sombras y diluye la melancolía: “En la adversidad no desesperes. Por mucho que cave la oscuridad, la luz resiste”, así lo corroboran con excelente trazo algunos aforismos: “A toda verdad persigue la sombra de lo absurdo”; el discurrir deja en la mirada algunas certezas; nada es posible frente a los contraluces que definen la condición de ser, ni siquiera el abrazo del lenguaje: “Una bella palabra inútil estorba tanto, como una paloma en la cabeza de la obra inmortal del escultor”.
   En todo el apartado siguiente “Luces y sombras. Travesía” prevalece la sensación del desplazamiento continuo. Pero la reflexión persiste en fijar los meandros del pensamiento, como si en la conciencia del yo poético hubiese una tácita aceptación de que vivir es amar, contemplación, escucha y soledad. El mar cercano siembra sus elementos simbólicos para que la observación analice sus trazos esenciales, reales o imaginarios. De ese papel de testigo nace la poesía, pero también las confidencias del yo frente al espejo desplegado en su vaivén azul. En él renace la mirada limpia de quien percibe el entorno con asombro y cordialidad.
   La experiencia cotidiana muda el paisaje interior y a menudo se imponen los efectos negativos, la derrota y la decepción; llega un tiempo que lleva al  naufragio: “Aferrarse a lo oscuro del pasado es no querer salir del barco hundido”; o este aforismo signado por una visión crepuscular: “Puede que la sombra de la muerte venga a ser como un barco que te salva de vivir mientras te ahoga”. Las constantes vitales dan fe de que “la sombra del alma es como un barco encallado en la noche del que nadie se acuerda".
   Con trazo lapidario, el apartado “Carnaval de una esperanza” dibuja en el último tramo de Entrevelas la identidad difusa de las sombras. Lo vivido deja sus cicatrices; el entorno circundante cede sitio al derrumbe, pero el náufrago debe confiar en la roca firme de la esperanza, donde la vida se mantiene en pie, como un tendedero repleto de obligaciones que se orean al manso sol de invierno.
   En los breves destellos verbales de Entrevelas, Pilar Aranda López señala los vértices del existir. Los breves fragmentos reflexivos abrazan el sentir del testigo que percibió la angustia y la erosión, pero mantiene firme la voluntad del yo para seguir en ruta hacia Ítaca, para sentir el mar en la mirada sobre la textura provisional de los sentimientos. El viaje, entre la amanecida y la intemperie, continúa y se hacen emoción y poesía.    
 
JOSÉ LUIS MORANTE



lunes, 25 de marzo de 2019

JESÚS CÁRDENAS. LOS FALSOS DÍAS

Los falsos días
Jesús Cárdenas
Editorial Alhulia, Palabras Mayores
Salobreña, Granada, 2019


HACIA LA NOCHE


   El profesor sevillano Jesús Cárdenas (Sevilla, 1973) comienza su labor literaria en 2012, con el libro La luz de entre los cipreses. Desde entonces recorre una senda escritural de sorprendente fecundidad. Prodiga entregas anuales que han convertido su quehacer lírico en una presencia frecuente en medios digitales y publicaciones en papel. Además, Cárdenas no descuida la didáctica del poema; colabora en cursos y talleres de instituciones culturales y practica la crítica y la investigación sondeando a autores del canon, como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre o Ramón Gómez de la Serna.
  El aserto Los falsos días delimita el discurrir temporal en núcleo de reflexión. El fluir especular de lo diario cobija una invitación al estar. Su amanecida auroral abre una estela en la que se sustentan esperanza y memoria. La salida requiere una lenta progresión en la que se van entrelazando sensaciones y vivencias que toman el pulso a la realidad. Todo parece nuevo, expuesto al escaparate de los sentidos como una enramada de brotes que conmueve el ánimo y deja en la conciencia los colores intactos de la certidumbre; la voluntad del cántico.
  Pero la cronología del presente aloja en su interior otra luz, un destello tenue que contiene una encrucijada de incógnitas. El discurrir entonces se hace distorsión y sombra tintada, muestra las incisiones y pliegues que contiene la geografía nocturnal. En ellos aparece el misterio: “De pronto, la palabra / logra cruzar la noche silenciosa, / cuando crujía lo oscuro, / rompiendo cada labio de quietud / donde el amor no es luz ni es abandono “. Y con esa inquietud de seguir, la voluntad se revitaliza; muestra la fuerza de quien busca moldear sueños y hacer que las palabras construyan refugios para la esperanza. La palabra se alza como espacio germinal, abre las manos del poeta para convertir el páramo y la ceniza en campo de siembra y sementera.
   De esa voluntad de búsqueda del yo germina lo inefable; quien sale al día emprende el vuelo de Ícaro, mueve sus alas para borrar distancias hacia la luz, sin que ese empeño sea otra cosa que un afán de vuelo. Sucede también en el amor, que es más cicatriz que consumación y plenitud, pavesas volátiles que ascuas que prodigan su calor en las manos: “La luz se desmayaba pálidamente / cayendo todo el peso de la tarde / al abismo sin contención posible, / a la par que la estela de forrajes / iba agravando a cada kilómetro mis pupilas”. Queda así en la mirada de quien recorre el itinerario existencial una sensación de espejismo y carencia, como si no tuviese certezas, como si lo vivido fuese un mal sueño que requiere contención y quietud, que muestra esa levedad de una nube cruzando el azul del cielo con una senda de azar e incertidumbre. Nace así un yo despojado, que no tiene otro afán que buscar al otro, que  hacer del amor razón y vida, culminación y deseo cumplido: “Estoy seguro de que mi destino es amarte, / lejos del tedio de cada día, / tener como único propósito amarte / cada vez mejor “.
   Los falsos días da fuerza a una voz subjetiva y reflexiva que fusiona intimidad y conciencia. Que busca en las palabras esa destilación que enlaza realidades y sueños. Poesía que hace de los sentimientos una inflexión, un enlace entre pretérito y ahora para superar la noche, para dejar en las rendijas del sueño la condición posible de habitar la aurora.



  
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