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miércoles, 9 de septiembre de 2015

LUIS FELIPE COMENDADOR. CORRE LA VOZ

Corre la voz
Luis Felipe Comendador
El Brut de los corazones solidarios
Béjar, 2015

CON ÁNIMO DE ENTENDER

   El desaliño temporal es así. Silencio o compañía. Silencio para hablar con el yo desdoblado que alquila habitaciones de una identidad mudable y frágil, con aire de familia. Compañía, para comentar con otras voces el ruido tormentoso de lo transitorio; para soportar la menudencia prescindible y hacer de las palabras colectivas el claro discurso de una sensibilidad solidaria, que sepa correr la voz.
  En el transcurrir creativo de Luis Felipe Comendador (Béjar, 1959) se percibe una pautada evolución y un cambio de registro en la expresión del sujeto verbal. Desde el tono experimental de su carta de presentación camina hacia una poesía social en la que no faltan el sarcasmo y la ironía como estrategias de cercanía, y desde la mirada social va desembocando en una poesía meditativa, con vetas elegíacas y existenciales. 
   Aunque en todos los tramos escriturales hay constantes que identifican la voz personal del bejarano: la mezcla de un lenguaje transparente aliñado con amplios referentes culturales de la biblioteca o de otras manifestaciones artísticas como el cine, y las afinidades entre el hablante lírico y el sujeto biográfico, como si el desdoblamiento en un alter ego hiciese más fácil el rol comunicativo o asumiera los pasos de un pensamiento indagatorio, dispuesto a recorrer los pasillos interiores de la casa propia con el aceitoso candil de la razón.
 En la primavera de 2015 llega a las librerías el poemario Corre la voz, una edición con fines solidarios que se integra en el catálogo de El Brut de los corazones solidarios y  lleva en la cubierta una imagen hiperrealista del propio autor. El libro compila poemas que tienen como suelo la soledad. Un hablante cercano transforma en voz las conexiones con el entorno. La mirada percibe un color crepuscular en ese encuentro con el azar diario. Los versos ascienden por una ladera en cuesta, en la que es preciso hacer de los sentidos interlocutores dispuestos a cosechar la siembra de indicios esenciales, aquellos que aportan al caminar un paso estable: “¡Corre la voz!, / que todo se convoca para serte, / para hacerte –no mejor ni peor, -  / para hacerte…/ que el cielo se constela y atardece / que hay brisa para todos…/ y oxígeno…/  y colores…”.
  De esa piel heterogénea proviene acaso un hilo de esperanza, la razón de ser de un tiempo con finales abiertos. Los ventanales del ahora depositan a diario las formas y colores de lo externo. Una geografía dispar que invita a la evocación y el recuerdo, que en su mudez propicia una lectura simbólica y deja discurrir el pensamiento para que descifre los mensajes en clave de un mundo estrecho, propicio a la erosión y al desencanto. Las palabras nacen con ánimo de entender; cada verso es un intento de encontrar sentido y muestra el afanoso vitalismo de escritores como Nicanor Parra, de quien se recupera una poética que anima y justifica: Todo lo que no se dice es poesía / todo lo que se escribe es prosa / Todo lo que se mueve es poesía / Lo que no cambia de lugar es prosa.” Desde esta invitación arranca Corre la voz, un manojo de poemas catalizadores, una reacción en proceso contra el vacío abrupto del presente.

sábado, 24 de mayo de 2014

PEDRO OJEDA ESCUDERO. PAVESAS.

Echo al fuego los restos del naufragio
Pedro Ojeda Escudero
Fotografías de Javier García Riobó
El brut de los corazones solidarios
Béjar, Valladolid, 2014

 
PAVESAS

  La notable difusión digital del blog “La acequia” ha trazado un claro perfil intelectual del profesor universitario Pedro Ojeda Escudero. Desde hace unos años, sus entradas en la red son un impulso continuo de lectura y un soliloquio reflexivo sobre los titulares de la actualidad. Ahora presenta su segundo libro, Echo al fuego los restos del naufragio, que aporta en la edición con fines solidarios, junto a sus textos en verso y prosa, las imágenes de Javier García Riobó.
  No cuesta mucho enlazar la semántica del llamativo título con la sensación de agravio que genera un tiempo detestable. La incontenible crecida enloda un estuario de crisis individuales y sociales ante un futuro incierto que anula alternativas e invita a la deriva de soluciones individuales y reaccionarias.
   Desde este mirador de angostura, Echo al fuego los restos del naufragio supone una indagación autobiográfica de quien pretende saber las causas del naufragio con la lucidez de oír respuestas que no aboquen al desamparo o a un litoral de pesimismo nihilista y sombrío.
  Se ha escrito demasiadas veces que la poesía no sirve para nada, salvo para conocerse mejor; por ello el profesor Ojeda Escudero arranca su periplo indagatorio con un poema de partida: “Tras buscar un alma en ellos, / echo al fuego los restos del naufragio”. Con ese tono directo y enunciativo, sin hermetismos, los versos describen un entorno aterido donde lo temporal agita las tercas huellas de lo vivido. Las cosas no tienen alma, pero hablan de quien dejó en sus formas el tacto y la caricia.
   La historia cultural, desde Grecia, ha hecho del hombre medida de las cosas, así que resulta lógico abordar los efectos de la crisis en la epidermis del protagonista verbal. El parte de estragos y las manchas sombrías en la fachada de lo cotidiano son argumentos de otros tantos poemas que transmiten el clima de fragilidad vulnerable; así lo percibe la sensibilidad individual.
  La lectura de lo real nunca es continua; se hace con secuencias al paso en las que se alojan vivencias que van marcando la mirada. Somos para la muerte y esa finitud del cuerpo va ausentando presencias que durante mucho tiempo fueron refugio y compañía. Azaroso e imprevisible, el final de ciclo deja su rastro de hospitales y dolor, su dignidad escrita en el silencio de quienes contemplan los últimos latidos y su indefinición sobre el destino de cualquier existencia.
   Ninguna biografía traza una línea coherente; todos consumimos senderos que nunca despejan el horizonte, que suman desplazamientos de ida y vuelta o itinerarios sin estaciones finales. Pedro Ojeda Escudero describe su particular recorrido por la incertidumbre, con el lirismo de quien sabe que en algún recodo está la amanecida, un sitio de claridad y tierra firme que borrará los restos del naufragio. Que aventará pavesas.