Jesús Urceloy
Los Conjurados, Polibea, Madrid, 2012
No parece asunto de polémica que el título remite de forma clara y directa a la casa del libro, sitio hospitalario y bóveda fuerte que resguarda en sus muros el vino vigoroso de los autores clásicos, el agua fresca del conocimiento. Así lo apunta en el liminar Emilio Pascual, quien traza un emotivo retrato de poeta entre versos y discos. El prologuista pregunta, casi en tono intimista, por qué elimina, en las secuencias versales, los signos de puntuación que pautan la cadencia lectora. No es un recurso nuevo en Urceloy; ya en El libro de los salmos incluyó una composición “Los libros” donde los versos avanzaban sin las laderas de comas y puntos; escritura con la libertad de usar sombrero. No quiero abandonar este umbral de Emilio Pascual sin traer a la memoria las ediciones de Todo Sherlock Holmes y de Las 1000 y una noche para la editorial Cátedra, que han tenido una exitosa aceptación en el maltrecho mercado del libro.
La biblioteca amada se suma a esta obra en marcha que iniciara, en 1998, El libro de los salmos, hecho de una oralidad sincera y palpitante, y que prosigue La profesión de Judas, finalista en el Premio nacional de la Crítica; aquel poemario contaba con un amistoso prólogo de Luis Alberto de Cuenca y dejaba en los oídos la voz rota de un largo monólogo, lleno de soledad y desafecto, una contraelegía de La casa encendida, de Luis Rosales. Completan la hoja de ruta Berenice y Diciembre (Noticias desde el yermo), reconocido con el II Premio Internacional de poesía Margarita Hierro. La entrega más cercana en el tiempo es la compilación de sonetos Harto de dar patadas a este bote, impulsada por De la Luna Libros. La muestra recupera la talla reducida del soneto para convertir la estrofa en un traje ponible que admite una amplia gama de asuntos y matices formales. Como el valor al soldado, al profesor de un taller literario se le supone pericia técnica y aquí lo demuestra. Urceloy es Urceloy a tamaño natural, incluso en la dedicatoria: un didáctico repaso a la familia proposicional, esa gente amable que nunca varía su estado e introduce a los demás elementos de la oración. Es una dedicatoria desbordante que multiplica las deudas afectivas; como sucede con la foto de contracubierta, tuneada por el poeta y editor Luis Felipe Comendador, a partir de un inolvidable fotograma de Casablanca.
Otra seña personal es esa mezcla natural de su poesía que emplea la sal y la pimienta con tacto cocinero. Conviven clasicismo y erudición con el coloquialismo y la irreverencia, para que la solemnidad no saque su smokin de ceremonia y el traje usado recuerde que la arruga es bella. Todos los títulos están en latín y en castellano y pertenecen al silencio pausado de la biblioteca, ya sean episodios de un libro mayor o títulos de obras del canon. En "La Huida a Egipto" el tratamiento irónico subraya el escepticismo y el repliegue existencial del yo ante la derrota de lo cotidiano. El poema tiene escondido el eco firme de Jaime Gil de Biedma, de aquel Gil de Biedma encerrado en un sótano más negro que su reputación en el tiempo sórdido de la dictadura.
Descubrimos pronto que el hilo conductor es la recreación de tópicos literarios. Así, “Lugares amenos” y “Lugares comunes”coleccionan topónimos de una geografía real para dibujar un mapa poético que recuerda a las enumeraciones de Manuel Machado –aquel poema, “Andalucía”, que está en la memoria de todos-, o a su mejor discípulo, Miguel d’Ors, aunque la enumeración es un recurso multiempleado en Withman, Borges, Luis Alberto de Cuenca o Luis Felipe Comendador. En estas composiciones sobresale su sentido del ritmo, esa sabiduría sonora, heredada del modernismo, que hilvana sustantivos como si fueran imágenes de una misma secuencia.
Pero sobre cualquier otra premisa, la colección poética de Urceloy es un libro de amor,aunque también son materia del canto otras circunstancias vitales –el odio, el sueño, la alegría, la amistad o la escatología (aspecto este que ni siquiera en Quevedo me parece aceptable)- y metaliterarias. Sin el amor, ese eje central del tópico literario, la literatura perdería su venero más fecundo. El poema que da nombre a esta entrega, “La biblioteca amada” personaliza el libro para convertirlo en cuerpo y piel tangible; propicia el desembarco de los sentimientos. Es, sin duda, una de las piezas mayores y emplea en su final un verso memorable.
En un libro tan corto, no parece culpable la inserción de una addenda, una reescritura en versión libre del Catulo hedonista que reivindica el goce y la plenitud del ahora. Pues eso: Carpe Diem.
