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lunes, 9 de febrero de 2026

GABRIELA KIZER. EN FALSO

En falso
(2005-2017)
Gabriela Kizer
Prólogo de Luisa Castro
Visor Libros
Fundación para la Cultura Urbana
Madrid, 2022

 

CARTOGRAFÍAS

 

   El ovillo poético de Gabriela Kizer (Caracas, Venezuela, 1964), poeta y profesora universitaria, deja suelto su primer hilo en el umbral de siglo, cuando se publica Amagos (Monte Ávila Editores, 2000). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela, y magister en Literatura Latinoamericana Contemporánea de la Universidad Simón Bolívar, no tardaría en publicar su segunda entrega, Guayabo (2002). Adviene después un largo silencio, roto por la concesión del Premio Internacional de Poesía José Barroeta a su obra Tribu, que saldría de imprenta en 2011. El libro Pavesa, ya en 2019, prosigue el viaje lírico hasta En falso, que se edita, con el apoyo de la Fundación para la Cultura Urbana, en la prestigiosa Colección Poesía de Editorial Visor.
   En el prólogo “Gabriela Kizer en verdad”, escrito por la poeta Luisa Castro, la autora gallega sostiene que la mejor poesía solo puede explicarse desde dentro. Los versos son una forma de compartir el misterio. Proponen un viaje, una progresión que intenta reflejar “la dimensión sagrada de lo corriente”, desde la interioridad de una singladura iniciática y evocativa. Con esa voluntad, En falso abre riberas entre el conocimiento y la incertidumbre, nos acerca los trazos orgánicos de una compilación de poemas que es también dolencia de país, genealogía e identidad. Gabriela Kizer añade una nota preliminar que versa, en su hondura reflexiva, en la percepción del yo lírico y en su empeño por captar la esencia del tiempo y su forma de modelar la conciencia.
  El itinerario de En falso, que contiene poemas escritos entre 2005 y 2017, se fragmenta en cinco tramos, de los cuales el último solo contiene un poema, donde se integran siete momentos. Todos muestran una clara diversidad argumental y un registro cultural con sensibilidad abierta, que se ajusta al intimismo confidencial de la evocación y se engarza con los pasos del transitar biográfico.
  El comienzo sugiere un desandar hacia el pasado para reactivar vivencias dormidas. La presencia de rostros difuminados por el tiempo, o los días de infancia están presentes en composiciones como “Gregorio”, “Caída”, “Filiación “, y “Cuarto oscuro”. También busca sitio en el texto el espacio onírico del sueño, ese lugar sin coordenadas donde conviven monstruos del inframundo, dioses y héroes; personajes dispuestos a una representación pictórica, que captan la mirada del arte, o la tela del tapiz que borda fábulas.
  En esta primera parte, la muerte adquiere una dimensión expandida. Es el andén que culmina cualquier existencia. Un aullido despacioso y lejano en la infancia que se hace de pronto vecindad, cuando alguien próximo se ausenta para siempre, dejando la hendidura del dolor, la indescifrable escritura de los cuerpos cuando no están.
  Una de las cualidades de En falso, como se ha dicho, es la amplitud de tramas que admite en su desarrollo; el segundo apartado cobija una interpretación lírica del despertar sentimental. El poema se hace marco reflexivo de una época con muchachas, que trepaban los árboles del despertar emotivo, lejos de la niñez, cuestionando las dubitaciones del propio estar frente a la incertidumbre.
  La cercanía del otro se hace odisea. Obliga a repetir el sueño cumplido de aquellas presencias de la literatura que inventaron Homero, Dante y los que acercaron a la belleza del mundo para dar voz natural a los sentimientos. Las emociones afloran, sin imposturas metafísicas, con la mera intención de ir dejando las migas sueltas de un trayecto autobiográfico. El lenguaje testifica los pasos perdidos. Se hace crónica de lo transitorio. Refleja las siete vidas que tiene el amor para seguir latiendo, después de erosiones y pérdidas, en la cartografía de lo cotidiano.
   La tercera parte cambia el diseño formal para alojar al poema en prosa, cuya lectura remite a la proximidad de un magisterio, el de la escritora venezolana Elisa Lerner, quien escribiera Así que pasen cien años. Crónicas reunidas (2016). Los poemas enunciativos fluctúan entre lo personal y lo colectivo, entre el repliegue anecdótico y la necesidad de que la experiencia sea un nítido testimonio del yo colectivo. La crónica social de unas vivencias históricas, nunca homogéneas, que se alzan entre el espejismo y la representación objetiva, que sirven para repensar la verdad y su significación en el seno del tiempo.
  En esta sección aparece un recurso expresivo poco utilizado hasta ahora: la ironía; desde un elemento de la cosmética se juega con el doble sentido de la máscara y su ambigüedad semántica. También se perciben reflexiones metaliterarias, tendentes a liberar al poema del argumento y de los moldes estables de lo convencional, de los que construyen el poema desde la idea. La palabra desvela, como un guisante bajo el colchón; pero el logos no sabe cómo explicar su misterio, su significado subterráneo.
  Otra sensación fuerte que deja este tramo del libro es que la obra creativa de Gabriela Kizer se aleja del perfil unitario para explorar vetas sin aparente conexión entre sí. Un ejemplo de lo dicho se percibe en la cercanía de poemas como “Abolengo”, que narra una contingencia de las revistas del corazón, y “Filosofía de la composición”, donde el eco de Poe da vida a una larga meditación sobre las razones del hecho creativo.  
  Otra seña de identidad es la cercanía a nombres del canon y la convincente selección de citas relevantes, que crean en el lector animosas afinidades. El apartado cuarto arranca con una cita de Vicente Gerbasi, incluida en el poema “Cuota mil” y, de nuevo, en las composiciones hay un trasiego de referencias culturales que orientan sobre gustos musicales, indicios de lecturas, o acordes que sostienen la experiencia vital. Los textos dan la mano a trámites personales que dan fe de vida y muestran los costurones opacos de una realidad esquinada, que necesita filtrar en su epitelio unos rayos de sol. Así se constata, de forma sobrecogedora, en el poema “Crónica, 204”, que denuncia, con mirada crítica y fuerte compromiso, los graves acontecimientos derivados de la protesta social contra un régimen totalitario, que abocó al país a una pobreza extrema y a una feroz represión. Esa relación de crisis entre sujeto poético y entorno genera también otras composiciones como “La última diosa” y “Tierra de Gracia”, donde la percepción de las cosas anula cualquier esperanza y pone fin a la utopía, en un entorno cotidiano cenagoso y oscuro.
   El poema homónimo “En falso”, friso de siete teselas, conforma la parte final del poemario. La evocación recupera figuras domésticas. Abre la conciencia al recuerdo. Suscribe que la memoria es un vacío dilatado, una paradoja con remansos existenciales, contaminados por la decepción y el rastreo de falsas amanecidas. Sobre el entorno habita una nube de amargura, un mundo que no es, y exige una interpretación trágica. El lugar propios se hace arquetipo de la carencia: “desolación / procacidad, desasosiego / humareda/ demencia / ruindad. Una ciudad asolada por el derrumbe. Dentro de los ojos del testigo solo hay huecos, arenas movedizas, la inhabitable sombra de la nada.
  En los poemas de En falso Gabriela Kizer da voz a una mirada que serpentea por las avenidas de la conciencia para seguir el rastro de la evocación. También del compromiso solidario con la inseguridad de la existencia y sus dolorosas grietas abiertas. Existir es tratar de comprender. Convertir las preguntas en las últimas brazadas del náufrago.


José Luis Morante




miércoles, 9 de octubre de 2019

VERÓNICA JAFFÉ. DE LA METÁFORA, FLUIDA

De la metáfora, fluida
Verónica Jaffé
Prólogo de  Igor Barreto
Edición de
Marina Gasparini Lagrange
Visor Libros / Fundación para la Cultura Urbana
Madrid, 2019 


PLUMA, CLARIDAD Y BLANCO


   La muy aconsejable lectura de poetas venezolanos contemporáneos fortalece la creencia de que el mapa lírico actual es una geografía creadora extensa, definida por su riqueza y diversidad. Entre las sendas más fuertes no existe un sustrato monolítico ni unitario sino un litoral abierto en el que cada escritor completa singladura con los propios interrogantes.
   Verónica Jaffé (Caracas, 1957) encarna un yo biográfico que articula un quehacer muy activo. Licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, estudió Literatura Alemana y ha ejercido largo tiempo como docente e investigadora. Así mismo, dirigió revistas literarias y ha firmado un amplio trabajo ensayístico. Su cauce poético tiene su epifanía en 1991 con El arte de la pérdida y se prolonga con las entregas El largo viaje a casa (1994), La versión de Ismena (2000) y Sobre traducciones. Poemas 2000-2008 (2010) que aglutina aportaciones al espacio verbal de obras plásticas.
  Como traductora impulsa ediciones bilingües de Gottfried Benn, Else Lasker Schüler y sobre todo de Hölderlin, de quien versionó Cantos hespéricos (2016) en una bellísima edición enriquecida con imágenes. El prólogo del poeta Igor Barreto apela al magisterio crucial que Hölderlin ejerce en el ideario estético de Verónica Jaffé, “una poeta daimónica porque es dueña de una voz interior de sabiduría natural, no preceptiva”. Igor Barreto acerca también la sobrecarga tensional de una experiencia de indagación marcada por el exilio. No resultas ajeno a esta mirada el anquilosamiento en el devenir histórico de Venezuela de un poder autoritario, confrontado con la libertad individual y responsable de un larga incisión de la convivencia. No es una poesía de la denuncia sino el magma interior de una sensibilidad angustiada que hace del lenguaje instrumento conciliador y estrategia cognitiva de iluminación.
   Los apartados del libro se organizan con un criterio temporal. Los más tempranos corresponden a 2009 y muestran en su despertar un destello irónico, visible en los versos de “Poema, caracol”, composición con un cierre ético conclusivo: todos portamos caparazones en nuestra identidad, a veces como refugio y otras como necesarias excusas para resguardar contradicciones y conflictos internos.
   En otros poemas se oye la memoria. Deja sus sílabas entre el sueño y el despertar para recalcar la indefensión del sujeto frente a la intemperie, esa soledad del estar con las palabras y con la necesidad de decir. En este tramo expresivo, Verónica Jaffé da al título de cada texto una función semántica, bien como fragmento del verso de apertura, o como señal para abordar el sentido implícito en el cauce argumental.
  Como cierre de este primer apartado temporal la escritora apunta una poética de la levedad: “Después pensé que la poesía / era para lo pequeño / (y no sólo por las / aliteraciones). “. El sujeto verbal, frente al desaforado optimismo de los que suponen en el verbo poético una denuncia, una vía de superación o una catarsis sentimental, reconoce la humildad del lenguaje, su estar confinado en la estrechura para sumar recuerdos y palabras. Sin más “levedad y ocasión / de pluma y claridad / y blanco”.
   El arranque del conjunto “2010” parece dar voz a lo colectivo; Caracas se define como ciudad del miedo y el yo subjetivo comparte su estar angustiado con el malestar cívico de los que sienten alrededor el vacío y la ausencia. Pero el poema no es grito prosaico sino exploración y, por tanto, los versos siguen con sus juegos fónicos e imágenes.
   Resalta en el apartado un homenaje a Paul Celan y a las circunstancias trágicas de su muerte, de las que parte la reflexión sobre la condición de extranjero. Quien respira el oxígeno de otra lengua y otro país se adentra en un hábitat de extrañeza, donde  resulta complejo la definición del pensamiento subjetivo en el decurso circunstancial.
   La reflexión sobre el proceso indagatorio de la traducción y sus efectos es un tema que cobra relevancia en poemas. En ellos, el fluir es un principio básico. No se trata de volver a la fuente sino de explorar dónde concluye, qué arrastra, cuándo cambia de dirección. Sobre esta metáfora del fluir, la traducción alza sus cimientos para hacer del blanco y lo eventual una cala en lo perdurable.
   Resalta en De la metáfora, fluida la cobertura temática. En el conjunto “2011” volvemos a encontrar un pacto verbal entre lo sublime y lo pequeño. La contemplación elogia, como en Hannah Arendt, el paso contingente de la belleza, pero también vuelve los ojos hacia el legado histórico para buscar las consecuencias de los fundamentalismos revolucionarios que hacen de las ideas una oscuridad abrumadora y una incitación común al desvarío, que solo aporta una grafía estremecida del rencor de la que tampoco el verso sale ileso. También lo diario siembra una sensación de fragilidad y pérdida, un discurso temporal en el que los años se van sucediendo; son secciones de un libro de interrogaciones que deben traducirse como complejos textos, a veces sin sentido.
   Son abundantes las composiciones que bucean, no de una manera dogmática sino como un tema de indagación que exige un desvelo de la voluntad, la razón del poema. El quehacer metaliterario se aborda mediante símbolos, se hace causa y camino de la lógica, se recupera como fragmentos dispersos que hacen de la lógica un misterio abierto. Se compara el poema con el país, como dos realidades cercanas y aleatorias que comparten una geografía apenas legible: “De la metáfora, fluida / forma: esas gotas / y la forma / informe. / Que la forma / da la meta / y la meta / la forma”.
   La propuesta poética de Verónica Jaffé nace desde la inconformidad. A veces resulta extraña por su alejamiento de lo enunciativo y por su querencia por un decir alógico y fragmentado que hace del lenguaje una traducción ávida de luz. Ávida y personal nos propone en De la metáfora, fluida una selección de poemas de casi un lustro de escritura que hacen de la palabra exactitud y búsqueda, un compromiso táctil con la memoria y una lucha contra la anestesia del poder. También una insubordinación frente al sentimentalismo gastado desde un orden expresivo que añade intertextualidad y nuevos matices. Que hace del poema un camino que no se sabe dónde, una metáfora que busca forma y traslada.