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sábado, 26 de diciembre de 2020

JOSÉ JURADO MORALES (ed.) CONCIENCIA Y MEMORIA. LA POESÍA DE ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN

Conciencia y memoria. La poesía de Antonio Jiménez Millán
José Jurado Morales (ed.)
Visor Libros  Biblioteca Filológica Hispana
Madrid, 2020
 

POETA DE FONDO


   La madurez vital y poética de Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954) aloja una sólida arquitectura interior, un cuerpo expresivo forjado en un intervalo temporal de casi cinco décadas. Del análisis de ese bagaje lírico se ocupa el volumen Conciencia y memoria. La poesía de Antonio Jiménez Millán, compendio de sondeos críticos coordinado por el profesor universitario y editor José Jurado Morales. A él le corresponde contextualizar la raíz lírica, al hilo de los poetas profesores que alcanzaron su apogeo en la Edad de Plata, integrados en las etiquetas corales del 98 y del Grupo del 27, pero que han tenido en el devenir fuerte continuidad hasta el presente digital.
   El aporte de José Jurado Morales se ubica como umbral. Propicia un análisis minucioso de la travesía biográfica y el abordaje de la labor investigadora, diseminada en reseñas, catálogos, monográficos y antologías. Concluye con el muestrario completo de la obra, desde aquellos poemas tempranos del tardofranquismo, hasta los meandros más recientes, Biología, Historia (2018) y Línea de sombras (Poemas en prosa 1981-2019). Aporta además una síntesis orientadora de los textos integrados.
  Sirve de apertura la sección “Palabra de poeta” donde el escritor se postula como atento crítico con dos bifurcaciones: un autosondeo de claves estéticas, recogido en “Memoria y ficción: Una poética” y una conversación con quien esto suscribe, publicada en la revista Prima Littera. En ambas acotaciones afloran las coordenadas esenciales del trayecto: tendencia a construir una poesía urbana, impulsora de una sensibilidad que aglutina experiencia personal y modos de vida de la modernidad; búsqueda de una identidad poética cercana y comunicativa; confluencia de una concreción espacial y temporal en la escritura y fuerte sentido crítico en la toma de conciencia de la realidad y en las perspectiva del presente. Con nítida vigencia, perduran las observaciones del poeta en la entrevista “Juego de espejos”: “La imposición de un pensamiento único y de un orden que sólo se justifica a partir de intereses económicos convierte la escritura en una forma de defender la libertad individual, de rescatar, en cierta medida, el lenguaje y de establecer distancias con la ola de basura mediática que nos llega todos los días”. La mirada y la memoria son infieles. Exigen una reconstrucción escritural que capte la complejidad del legado vivencial y las meditaciones que propicia. Los sentimientos van cambiando a través de la historia y es preciso encontrar el lenguaje que defina tales mutaciones.
   La sección “Miradas al conjunto” está concebida como un lugar de encuentro. Las inflexiones sondean, casi siempre desde la proximidad afectiva, itinerarios plurales. Juan José Téllez diserta en torno a la generación del mayo francés y la confluencia entre el existencialismo, la teoría marxista, la sociología del movimiento beat y la cultura pop, tan presentes en la utilería expresiva de los novísimos. Recorre con pasos pautados el periplo biográfico en Granada, su activismo cultural y las relaciones con piedras angulares como Rafael Alberti, Jaime Gil de Biedma y coetáneos con los que compartió proyectos literarios y párrafos anecdóticos. Con clara perspectiva literaria, Francisco Díaz de Castro explora el aserto global, percibido como cuerpo unitario y coherente y centra su análisis en Biología, Historia, obra de madurez que aglutina memoria y reflexión moral. Pero también aborda la secuencia textual de Línea de sombras y los poemas en prosa que conceden una mayor amplitud narrativa.
  La reflexión de Almudena del Olmo gira en torno a la naturaleza dialéctica de la ontología del sujeto poético y al sustrato de proyecciones identitarias, siempre en proceso de reconstrucción introspectiva. Esa conciencia del yo vuelto hacia sí mismo es una constante que va forjando máscaras. En el poema hay una clara conciencia de temporalidad y una percepción de extrañamiento que hace de lo mudable la única certeza.
  El prólogo que Luis García Montero escribió para el balance Ciudades. Antología 1980-2015 (Renacimiento, 2016) se recupera por su profundidad de campo. Ambos escritores han compartido décadas de poesía y amistad y el conocimiento directo permite un despliegue de complicidad, más allá de la justificación coyuntural. Sirva de síntesis esta nítida certeza: “La poética de Antonio Jiménez Millán define su mirada al entender su vida lírica como el acto de verse vivir y de meditar sobre la vida. La escritura encuentra en esa apuesta su fuerza y su coraje”.
   La sección concluye con una recensión de Manuel Rico centrada en el epitelio histórico y en el análisis de la antología Ciudades, antes de internarse en el registro concreto de entregas que propone el apartado “El poeta libro a libro”. Es Álvaro Salvador quien abre el tramo recordando la irrupción de Antonio Jiménez Millán entre la floración novísima, desde un fuerte sentir ideológico confrontado con la asepsia culturalista. Por su parte, Andrés Soria Olmedo aborda La mirada infiel (1987), balance de la primera década de labor lírica, recordando el esencial magisterio del profesor Juan Carlos Rodríguez. El ejercicio crítico de Olga Rendón Infante focaliza Ventanas sobre el bosque (1987), epígrafe que alude al mirar introspectivo sobre los ámbitos de proximidad que conforman los laberintos interiores. Blas Sánchez Dueñas también elige Ventanas sobre el bosque como espacio indagatorio para resaltar su heterogeneidad compositiva y el tratamiento de la sentimentalidad como manifestación de una subjetividad escindida. Muy atinado resulta el rescate de un texto magisterial del profesor Juan Carlos Rodríguez en torno a Casa invadida, pletórico en su despliegue cultural. Sobre un poema de este libro “Night Shadow (Edgar Hopper)” se ubica el punto de fuga crítico de Luis Bagué Quílez, mientras que Felipe Benítez Reyes y Ambra Cimardi delimitan las lindes expresivas de Inventario del desorden (2003). De ese libro, José Jurado Morales desgaja el poema epilogal “Dominio de la herrumbre”, tributo a la memoria del padre, para anotar sus pulsaciones anímicas y reflexivas y explorar su dimensión simbólica. El poemario Clandestinidad impulsa los ejes discursivos de Francisco Javier Díez de Revenga, Fernando Candón Ríos y María Payeras Grau; la salida propicia el análisis conceptual del intermedio histórico que nutre el avance argumental y los estados de melancolía y desazón del protagonista lírico.
   Completan el estudio los trabajos de Josefa Álvarez Valadés, Antonio Lafarque, Marina Bianchi y Luis Melero Mascareñas. Diseccionan la reflexión en torno a la experiencia urbana que trasciende el marco escénico, el fluir temporal y “la deriva a sepia de las fotografías”; las redes intertextuales de Biología, Historia, y el ideario estético que aglutina memoria y ficción como producto de un tiempo histórico, junto al análisis de Línea de sombras (Poemas en prosa 1981-2019).  
   El recuento Conciencia y memoria. La poesía de Antonio Jiménez Millán es un calado intenso sobre la estela lírica del poeta de Granada y su clara conciencia metafísica. Explora un discurso verbal donde se dan la mano la meditación de la experiencia y el continuo trasiego del ser social en un entorno cambiante. Las secuencias indagatorias se yuxtaponen y complementan para perfilar el tránsito de una voz esencial. Antonio Jiménez Millán hace de la poesía una forma de resistencia; guarda entre las palabras epifanías y amanecidas; busca asideros fuertes a la conciencia de ser entre las quebradas aristas de los días.
 
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 


miércoles, 9 de octubre de 2019

VERÓNICA JAFFÉ. DE LA METÁFORA, FLUIDA

De la metáfora, fluida
Verónica Jaffé
Prólogo de  Igor Barreto
Edición de
Marina Gasparini Lagrange
Visor Libros / Fundación para la Cultura Urbana
Madrid, 2019 


PLUMA, CLARIDAD Y BLANCO


   La muy aconsejable lectura de poetas venezolanos contemporáneos fortalece la creencia de que el mapa lírico actual es una geografía creadora extensa, definida por su riqueza y diversidad. Entre las sendas más fuertes no existe un sustrato monolítico ni unitario sino un litoral abierto en el que cada escritor completa singladura con los propios interrogantes.
   Verónica Jaffé (Caracas, 1957) encarna un yo biográfico que articula un quehacer muy activo. Licenciada en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello, estudió Literatura Alemana y ha ejercido largo tiempo como docente e investigadora. Así mismo, dirigió revistas literarias y ha firmado un amplio trabajo ensayístico. Su cauce poético tiene su epifanía en 1991 con El arte de la pérdida y se prolonga con las entregas El largo viaje a casa (1994), La versión de Ismena (2000) y Sobre traducciones. Poemas 2000-2008 (2010) que aglutina aportaciones al espacio verbal de obras plásticas.
  Como traductora impulsa ediciones bilingües de Gottfried Benn, Else Lasker Schüler y sobre todo de Hölderlin, de quien versionó Cantos hespéricos (2016) en una bellísima edición enriquecida con imágenes. El prólogo del poeta Igor Barreto apela al magisterio crucial que Hölderlin ejerce en el ideario estético de Verónica Jaffé, “una poeta daimónica porque es dueña de una voz interior de sabiduría natural, no preceptiva”. Igor Barreto acerca también la sobrecarga tensional de una experiencia de indagación marcada por el exilio. No resultas ajeno a esta mirada el anquilosamiento en el devenir histórico de Venezuela de un poder autoritario, confrontado con la libertad individual y responsable de un larga incisión de la convivencia. No es una poesía de la denuncia sino el magma interior de una sensibilidad angustiada que hace del lenguaje instrumento conciliador y estrategia cognitiva de iluminación.
   Los apartados del libro se organizan con un criterio temporal. Los más tempranos corresponden a 2009 y muestran en su despertar un destello irónico, visible en los versos de “Poema, caracol”, composición con un cierre ético conclusivo: todos portamos caparazones en nuestra identidad, a veces como refugio y otras como necesarias excusas para resguardar contradicciones y conflictos internos.
   En otros poemas se oye la memoria. Deja sus sílabas entre el sueño y el despertar para recalcar la indefensión del sujeto frente a la intemperie, esa soledad del estar con las palabras y con la necesidad de decir. En este tramo expresivo, Verónica Jaffé da al título de cada texto una función semántica, bien como fragmento del verso de apertura, o como señal para abordar el sentido implícito en el cauce argumental.
  Como cierre de este primer apartado temporal la escritora apunta una poética de la levedad: “Después pensé que la poesía / era para lo pequeño / (y no sólo por las / aliteraciones). “. El sujeto verbal, frente al desaforado optimismo de los que suponen en el verbo poético una denuncia, una vía de superación o una catarsis sentimental, reconoce la humildad del lenguaje, su estar confinado en la estrechura para sumar recuerdos y palabras. Sin más “levedad y ocasión / de pluma y claridad / y blanco”.
   El arranque del conjunto “2010” parece dar voz a lo colectivo; Caracas se define como ciudad del miedo y el yo subjetivo comparte su estar angustiado con el malestar cívico de los que sienten alrededor el vacío y la ausencia. Pero el poema no es grito prosaico sino exploración y, por tanto, los versos siguen con sus juegos fónicos e imágenes.
   Resalta en el apartado un homenaje a Paul Celan y a las circunstancias trágicas de su muerte, de las que parte la reflexión sobre la condición de extranjero. Quien respira el oxígeno de otra lengua y otro país se adentra en un hábitat de extrañeza, donde  resulta complejo la definición del pensamiento subjetivo en el decurso circunstancial.
   La reflexión sobre el proceso indagatorio de la traducción y sus efectos es un tema que cobra relevancia en poemas. En ellos, el fluir es un principio básico. No se trata de volver a la fuente sino de explorar dónde concluye, qué arrastra, cuándo cambia de dirección. Sobre esta metáfora del fluir, la traducción alza sus cimientos para hacer del blanco y lo eventual una cala en lo perdurable.
   Resalta en De la metáfora, fluida la cobertura temática. En el conjunto “2011” volvemos a encontrar un pacto verbal entre lo sublime y lo pequeño. La contemplación elogia, como en Hannah Arendt, el paso contingente de la belleza, pero también vuelve los ojos hacia el legado histórico para buscar las consecuencias de los fundamentalismos revolucionarios que hacen de las ideas una oscuridad abrumadora y una incitación común al desvarío, que solo aporta una grafía estremecida del rencor de la que tampoco el verso sale ileso. También lo diario siembra una sensación de fragilidad y pérdida, un discurso temporal en el que los años se van sucediendo; son secciones de un libro de interrogaciones que deben traducirse como complejos textos, a veces sin sentido.
   Son abundantes las composiciones que bucean, no de una manera dogmática sino como un tema de indagación que exige un desvelo de la voluntad, la razón del poema. El quehacer metaliterario se aborda mediante símbolos, se hace causa y camino de la lógica, se recupera como fragmentos dispersos que hacen de la lógica un misterio abierto. Se compara el poema con el país, como dos realidades cercanas y aleatorias que comparten una geografía apenas legible: “De la metáfora, fluida / forma: esas gotas / y la forma / informe. / Que la forma / da la meta / y la meta / la forma”.
   La propuesta poética de Verónica Jaffé nace desde la inconformidad. A veces resulta extraña por su alejamiento de lo enunciativo y por su querencia por un decir alógico y fragmentado que hace del lenguaje una traducción ávida de luz. Ávida y personal nos propone en De la metáfora, fluida una selección de poemas de casi un lustro de escritura que hacen de la palabra exactitud y búsqueda, un compromiso táctil con la memoria y una lucha contra la anestesia del poder. También una insubordinación frente al sentimentalismo gastado desde un orden expresivo que añade intertextualidad y nuevos matices. Que hace del poema un camino que no se sabe dónde, una metáfora que busca forma y traslada.





      

jueves, 15 de agosto de 2019

KARMELO C. IRIBARREN. UN LUGAR DIFÍCIL

Un lugar difícil
Karmelo C. Iribarren
XL Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla
Visor Libros
Madrid, 2019


AL ATARDECER


   Miramos en silencio las formas simples de lo cotidiano. Si cerramos los ojos, expanden sensaciones de inercia y quietud. Están ahí, casi inadvertidas, moldeando un tejido aleatorio de mutaciones, desgastes y monotonía. Es en ese estar donde el asombro de lo insignificante se hace nota discorde en los pentagramas de la percepción. Delante del observador, una anestesiada realidad dispuesta a la mirada aprensiva mientras nace la luz, como si alguien pulsara el interruptor y abriese una brecha de claridad. La realidad entonces se trasforma en  paisaje interior.
   Así nacen muchos de los argumentos de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), cuya obra completa –salvo el madrugador cuaderno Bares y noches (1993)- se integra ya en el imprescindible catálogo de Visor; Poesía completa (1993-2018) corrobora que el corpus lírico es un recorrido repleto de aciertos dentro del panorama poético contemporáneo, que sigue creciendo fuerte.
   Con sus poemas más recientes, compilados bajo el epígrafe Un lugar difícil, el escritor consiguió el XL Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla. En ellos deambula un personaje de mediana edad, sosegado y reflexivo, que justifica esta cita de Antonio Machado: “…El sol murió… ¿Qué buscas, poeta, en el ocaso?”  La madurez vital deposita en los textos otro yo biográfico, un hombre tranquilo que acomoda el deambular a la temporalidad. La pericia existencial exige un impulso de aceptación que obliga a sentir lo cotidiano como presente continuo. El alter ego ha aprendido a habitar la soledad: “Hace tiempo que decidí quedarme al margen / de un tráfago de gentes y de ideas / que no me dicen nada, / en las que no me reconozco. “.  (P. 14). El periplo singular avanza hacia la última costa y eso convierte el hecho de vivir en un refugio cercano, en el que a veces, sobrevive una plenitud desconocida. Al alcance de la mano duerme un entorno desapercibido, hecho de singularidad y momentos únicos que se idealizarán después entre los pliegues de la memoria. En los recuerdos vuelven los escenarios del Barrio Viejo con tus rostros familiares, sus rincones umbríos y su anecdotario de la contingencia, esos destellos de vuelos ligeros que pasan rozando el aire.
   La inercia de cada amanecer parece un reiterado ejercicio de hipnosis para profundizar en el fracaso. El sujeto esperanzado deja sitio a “un tipo descuidado, huraño y pesimista” adentrándose en el otoño. Pero no se ha perdido el deseo de abrir puertas al asombro. Quien reflexiona confía en descubrir el misterio de la existencia, ese lugar donde el sueño alza espejismos que ocultan el camino de vuelta.
   Algunas anécdotas subjetivas dejan el campo abierto al encuentro con las indagaciones críticas más transitadas en la práctica poética de Karmelo C. Iribarren: el carácter autobiográfico y la indiscutible base realista del espacio lírico. Se recupera la figura del padre, muy pronto ausente en el proceso vital del escritor, que ahora inspira una “Carta al padre”, como si todavía fuese posible responder a la inocencia del niño perdido en el tiempo. Y persisten la lluvia, los domingos, las mujeres y esas dudas de costumbre, como perennes acompañantes de la soledad diaria: “Me pregunto / cuántos volverán a casa / sólo / porque no tienen / otro lugar a donde ir”.
  Se ha resaltado siempre el propósito formal del poeta y su querencia por el texto breve, que resuelve su nudo semántico con mínimos elementos y con un final hondo y sugerente, que suena casi con la fuerza conclusiva del aforismo. El poeta rompe en la última composición esa norma escritural para cerrar el libro con un poema de inusual extensión que, por sí solo, es un apartado. bajo el epígrafe “Ya lo veo acercarse”. La personificación del tiempo otoñal, como un hombre común que tiene llena de fantasías la cabeza y regresa a los sitios de siempre, es un techado contra la intemperie hecho de emotividad y fuerza sentimental.
  La poesía de karmelo C. Iribarren es una refutación del aburrimiento. Invita a conocer la realidad con la mirada de un observador que descubre un proceso fenomenológico de causas y efectos y un íntimo abrazo entre vida y escritura.  Singular y reflexiva, en los poemas de Un lugar difícil el valor perdurable de una filosofía que expande su luz sobre el barro salobre del discurrir. Poesía machadiana que suena como un borbollón de agua clara.



 
        




domingo, 7 de abril de 2019

RAQUEL LANSEROS. ITINERARIO EN CLAVE POÉTICA

Raquel Lanseros
Fotografía de
Infolibre


RAQUEL LANSEROS EN CLAVE POÉTICA

   Ayer sábado, Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1973) fue galardonada con el Premio de la Crítica 2018 por su poemario Matria (Madrid, Visor Libros, Colección Palabra de Honor, 2018). Está en imprenta el nuevo número de la revista Turia, donde comento en profundidad esta salida, y es ahora el momento de abordar su itinerario en clave poética, para que reverbere fuerte ante el lector y aporte luz de mediodía, desplegando registros y sensibilidad.
 Ya es letra de manual que el cambio de siglo acoge una amplia conjunción de idearios. Es un interludio de enlace, donde no se percibe una tendencia central, que fije modas y directrices para mayorías, sino un cruce de caminos. Convive una búsqueda de sitios que se fortalece al paso, con nuevas entregas. Y es en este contexto polifónico, cumplido el primer lustro, cuando amanece la voz poética de Raquel Lanseros.
  La escritora es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de León, ciudad donde discurrió casi toda su infancia y juventud. Un uso idiomático plural ha impulsado sus versiones al castellano, como traductora de Edgar Allan Poe y Gordon E. McNeer. Asimismo, colabora con reseñas y artículos en publicaciones escritas y digitales. Tras un paréntesis laboral en Murcia como Asesora de Formación de Idiomas y Programas europeos, ejerce la docencia en un instituto madrileño de Educación Secundaria y Bachillerato.
  Su libro inaugural, Leyendas del promontorio, editado en 2005, ofrece una mirada lírica proclive a la evocación; con verbo ajustado muestra las sensaciones que convoca  cualquier travesía temporal: espera, soledad, aislamiento y pérdidas. Para conocer la textura interna del hablante verbal, se indaga sobre una existencia que acostumbra a prodigar fragmentos de un pasado con aire de regreso. Nítido el ayer, dibuja trazos que adquieren nuevos cromatismos en los espacios del ahora. La travesía cotidiana asume una tarea artesanal, restauradora, en la que hay sitio para la esperanza, aunque sea costoso superar carencias: “Desnudo, abandonado por su viejo entusiasmo / el hombre es muy pequeño. / Huérfano de sí mismo, reedita sus temores / ubica por tamaños todas sus pretensiones. / Y se convence que, después de todo, / quizás el infinito no merezca la pena / y las uvas ansiadas estén verdes”.   
  Apenas un año después llega a las librerías Diario de un destello, tras conseguir un accésit del Premio Adonais en 2005. Los poemas sondean la relación entre personaje lírico y entorno; en el devenir, ni la luz ni la sombra tienen ubicaciones estables; las dos se conjugan con azarosa cronología y precisan la disposición natural del hablante para dar cuenta de sus incertidumbres, aunque sea a través de mínimas ranuras, de leves claridades incipientes. En el apartado inicial conviven subjetividad e intimismo. En él germina un paisaje emocional donde se constatan las modulaciones del acontecer con una voluntad que trasmite sensaciones de de epifanía, como resalta el poema “Evocación”. La sección central, “Tres antorchas” abre otro registro; en este tramo sobresalen protagonistas que personifican cualidades definitorias y singulares: un derrotado de aquella guerra incivil cobija pasos clandestinos monte arriba, sin amanecida y sin futuro; se hace arquetipo de empeños furtivos arrastrados por el destino. Otra figura central histórica es Doña Juana, paradigma de locura amorosa, que hace del sentimiento un viaje a lo desconocido. Son palabras de homenaje a quienes evitaron que los ideales mudaran en ceniza. El amor toma cuerpo en el último apartado donde la perspectiva idealista es palpable al ubicar los sentimientos en planos cortos. Los versos se tornan cálidos y vitalistas, hechos de acordes que conectan la piel y sus preguntas.
  En Diario de un destello también la indagación busca su espacio en composiciones con sustrato aforístico. El hablante define actitudes: “Aunque he cambiado mucho de color / sigo siendo camaleón / y no rama”. La luz queda a resguardo, para que alumbre limpia cualquier sueño y tenga una claridad afectiva y estival.
   Con su tercer fruto, Los ojos de la niebla, que obtuvo el XXII Premio Unicaja de Poesía, la poeta abre campo al intimismo.  Desde la entrañable dedicatoria inicial a sus padres, verdaderos ojos en la niebla, percibimos el recuerdo vivo de quienes horadaron la senda habitable por la que transitan los días. El monólogo dramático propicia una identidad mudable y una intensa expresión afectiva en la que el sujeto se posiciona frente a la realidad. El prolijo desfile de lo vivido desgaja sensaciones que encuentran sitio entre los pliegues del poema. La existencia depara descubrimientos e incertidumbres, exploración y desengaño, hallazgos y pérdidas. Son los meandros de travesías evocados en los soliloquios de personajes que dan vida a los interlocutores que habitan los poemas.
   En Los ojos de la niebla adquiere un papel relevante la voz femenina frente a sí misma. Esta sensibilidad encuentra cauce en composiciones como “La mujer herida”, cuyos versos comunican respuestas aseverativas frente al desengaño, esa forma de aceptar como un dibujo de la piel la textura de una cicatriz que recuerda un fracaso amoroso. También hallamos pautas emocionales femeninas en otros textos como “La mujer que reza”, “El hombre casado”, o “Una mujer mira un tren alejarse”. Todos comparten versos en los que resuenan los íntimos acordes de la conciencia.
   El poema “Beatriz Orieta. Maestra Nacional” evoca, con la calidez del homenaje, la actualidad de un tiempo colectivo cuya lección ética perdura.
   Croniria arranca su caminar lírico en 2009. El sugerente título –un acierto verbal de la autora- fusiona temporalidad y onirismo. Los poemas acogen referentes culturales para asentar una voz que enfoca una realidad diáfana, hecha de logros pequeños, pero exaltados por la celebración. Cada tránsito postula un paréntesis habitable en el que hay sitio para la alegría, el eros o la libertad de acortar las distancias que separan realidades y sueños: “Nunca le tengas miedo al horizonte / no hay placer más sabroso que el trayecto. / Acepta el pan servido en cualquier parte / disfruta del asilo que te ofrezcan / pero ten preparadas las maletas. / Aprende por tu bien el arte de marcharte / siempre un segundo antes de que te hayan echado.”
   Reconocido con el XIII Premio internacional de poesía Antonio Machado de Baeza en su primera aparición, Croniria se reedita por segunda vez en 2014, con formato bilingüe, siendo responsable de la traducción al inglés el poeta y profesor Gordon E. Mcneer. En su diverso discurrir encuentran acogida estados vitales polarizados; la existencia rompe cualquier monotonía superficial para encajar en el renovado espacio del alba los dedos de los sueños, el lienzo imaginario que engrandece la superficie encogida de lo cotidiano.
  En la estación Las pequeñas espinas son pequeñas, libro ganador del XXIX Premio Jaén de Poesía, se promueve una exaltación vitalista en la que tiene cabida el optimismo. Aquella aseveración de Jorge Guillén de que “el mundo está bien hecho” adquiere en la palabra de Raquel Lanseros una personal formulación. El diálogo convivencial entre sujeto y entorno exige un asentimiento armónico, capaz de superar desajustes y erosiones. Con una estructura meditada, cada sección aborda un avance argumental distinto que arranca con una indagación sobre la identidad. Los poemas centrales hacen del tiempo el sustrato a explorar, mientras que el apartado tercero define una mayor presencia de lo colectivo. “Croquis de la utopía” es un mapa del compromiso con actitudes de solidaridad y entrega, dos miradas ante el espejo de un yo común que en la parte final se convierte en balance vivencial. La palabra no es sino un himno a la claridad.
   La antología Con & versos, una propuesta de poetas andaluces para el siglo XXI coordinada por Antonio Moreno Ayora, permite una mirada amplia a la carpeta de inéditos de la poeta jerezana. En los textos seleccionados crece una poesía comunicativa y emocional que hace del soliloquio compartido una manera de adentrase en las paradojas de lo existencial, en esa amalgama de cosas elementales y etéreas superficies por concretar, de intrahistoria y aceras transitadas en común. El poema “Sigue doliendo España” es un destello limpio de su implicación ética y social.  
   Matria  marca una continuidad que establece vínculos con las claves estudiadas hasta el momento. Consigna esclarecedores aspectos de una poesía ajena a devaneos experimentales, pero tenaz en la modulación de un tono singular que revitaliza sustratos argumentales y estrategias expresivas. Siempre consciente de la machadiana condición de palabra en el tiempo, el verbo escrito de Raquel Lanseros supone una cosecha feraz, que captura reflejos en el río claro de la tradición para reconocerse. También poesía abierta al optimismo y al estar conforme del yo junto a los otros, que hace de la palabra un abrazo, un íntimo diálogo compartido.


miércoles, 31 de octubre de 2018

LUIS ALBERTO DE CUENCA. BLOC DE OTOÑO

Bloc de otoño
Luis Alberto de Cuenca
Visor Poesía, Colección Palabra de Honor
Madrid, 2018


CUADERNO DE VIDA


   Casi desde la amanecida, en los años setenta, los trabajos y días de Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) mantienen una presencia fuerte en el marco novísimo, aunque es el libro La caja de plata (Renacimiento, 1985) el que concede a su voz relieve singular al conseguir el Premio de la Crítica. Aquella entrega mostraba las cartas estéticas del poeta, su apuesta nítida por una línea clara y comunicativa que se prolonga en el tiempo, con encomiable paso, hasta el ahora. El resultado es un trayecto jalonado de hitos como La vida en llamas (2006), El reino blanco (2010), o Cuaderno de vacaciones, que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 2014.
  El volumen Bloc de otoño reúne ciento veintitrés poemas escritos entre 2013 y 2017. Tal cantidad nos habla de una fertilidad inagotable que se presenta distribuida en cinco apartados cronológicos. La estructura expande diversidad de intereses argumentales, reconstruye el  proceso poético y traza la evolución en el tiempo de una lírica que nunca pierde su aire urbano y su hiperrealismo expresivo.
   Sirve de pórtico a esta entrega una clarificadora nota de autor. Se enuncia en ella que en el agrupamiento se opta por el tiempo de escritura como marca de acogida, desde la creencia de que es el trayecto existencial y los meandros de lo contingente los que constituyen el único argumento de un libro de poemas. También comparte otro pormenor: fue el director de cine José Luis Garci, amigo personal del poeta, el que sugirió el uso de la palabra bloc, término propicio a la evocación.
   En el intervalo digital del presente, la pantalla encendida del ordenador constituye la herramienta de trabajo habitual y se ha convertido en mapa de la memoria. El bloc, como conjunto de hojas de papel superpuestas para escribir o dibujar, casi ha desaparecido; tiene el formato de notas volanderas que recuerdan lo contingente. Pero no ha perdido la emotiva semántica de sembrar indicios del pasado. Y es este sentido el que Luis Alberto de Cuenca concede al título, una expresión rememorativa que además abre el matiz crepuscular de la madurez. El otoño vital fortalece el escepticismo y la mirada a otro tiempo. Por otra parte, también es un guiño culturalista a Sonata de otoño de Valle Inclán, una obra querida por el poeta que forma parte de esos tesoros culturales de su extraordinaria biblioteca personal.
  El primer conjunto “Se va haciendo de noche” se fecha en 2013. El complejo pensamiento de la madurez mira el mundo con una percepción no exenta de pesimismo que marca los renglones de la caligrafía vital. La sensación de pérdida se convierte en signo constatable del discurrir. Poco a poco la felicidad va borrando contornos. Aunque Luis Alberto de Cuenca no busca el tono declamatorio de la queja, intimista y subjetiva, sino la expresión de un estado de ánimo que moldean, al unísono, peripecia biográfica y aderezo culturalista. Así se percibe en poemas como “Inútil prima Vera” donde se recurre a la máscara de un personaje interpuesto a través del monólogo dramático.
   El avance del libro viene marcado por la variedad de sustratos, lo que diluye cualquier monotonía, y deja espacio a la sorpresa. Son temas, por ejemplo, una reflexión sobre un libro como La historia interminable, un sueño, las cartas amorosas que alguien olvidó en los cajones del pasado, la reivindicación del legado cultural germánico, el recuerdo de lecturas infantiles que abrieron el repertorio de la imaginación en los hijos del poeta, o esa nueva formulación del tempus fugit que contiene el poema “Se va haciendo de noche”, escrito con un destello de melancolía provocado por el avance crepuscular de la penumbra en contornos y formas.
  Ni en “La montaña” (2014), ni en los apartados siguientes se perciben bifurcaciones formales o quiebros en el itinerario. Las composiciones tienen un carácter único. En ellas se retrata con trazos limpios una nítida suma de varia intención. Habitan en los versos, en grata convivencia, la realidad y el sueño. Y se intercambia su presencia con una discreta normalidad. En el poema “Sueño de Paco Rico” aparecen las extrañas flores del onirismo; su sensibilidad deja en la cercanía el recuerdo de otro poema muy conocido del autor –al cabo cada poeta es un conjunto de obsesiones que inciden para perdurar- que lleva por título “Hoy he tenido un sueño con amigos”. Y que es también un homenaje explícito a esas presencias afectivas que jalonan el itinerario biográfico. La atmósfera cognitiva de los sueños y sus derivaciones emocionales crean una percepción enriquecida; lo real se expande a través de una imaginación activa que es el germen lírico de composiciones como “Sueño del jardín sin retorno”, “Sueño del dragón bibliotecario” o “Sueño del Grial de la amistad”. En ellas conviven evocaciones, actitudes vitales y esa carga simbólica que sostiene en el tiempo lo contingente, el burbujeo de lo perecedero.
   La escritura como palimpsesto muestra una filosofía de la composición que   se mantiene intacta en los tramos de Bloc de otoño hasta el apartado de cierre, “”Quiero decirte algo”. El poeta no duda en iluminar la voz propia con el rescate de otros poemas de voces del canon. Y ese gesto potencia el nacimiento de nuevos versos, impregnados de la mirada subjetiva y de renacidos efectos lectores. Es también una forma de homenaje al apacible hemisferio de la biblioteca, “ese lugar donde no pasa el tiempo que nos va aniquilando” y en el que toman posesión a diario mitos y sueños.
   La dicción coloquial que habita en los versos de Luis Alberto de Cuenca contiene un fuerte entrelazado culturalista. La incansable sabiduría del investigador, traductor, ensayista y filólogo siempre alza vuelo, pero lo hace con una sensibilidad exenta de púlpito y gravedad conceptual. Y con frecuencia, compartiendo referentes culturales con humor e ironía, con ese escepticismo que hace juego a las aleatorias caligrafías de la existencia.

        

lunes, 27 de agosto de 2018

LUIS GARCÍA MONTERO. A PUERTA CERRADA

A puerta cerrada
Luis García Montero
Visor, Colección Palabra de Honor
Madrid, 2017


MISERIAS DEL PRESENTE

  Mientras Luis García Montero (Granada, 1958) trabajaba en los contenidos de Balada en la muerte de la poesía, donde recurría a la precisión semántica del poema en prosa para abordar la irradiación del verbo poético en una sociedad alienante y pragmática, fueron saliendo al paso los poemas “secos, descarnados e indagatorios” de A puerta cerrada. Escritos entre 2011 y 2017, algunos se adelantaron en la tercera edición ampliada del estudio crítico Ropa de calle (Letras Hispánicas, 2017).
  El título de este poemario, que retorna al verso libre como molde expresivo, connota un conciso sentimiento de soledad y estar retraído, como si el alter ego literario completara el recorrido circular de un exilio interior. Se busca en la  intimidad un estar con los ojos abiertos frente a la intemperie de lo colectivo y las miserias del presente.
  El aserto Huis clos proviene de la obra dramática del filósofo existencialista Jean-Paul Sartre estrenada en 1944. Su argumento explora la relación interpersonal como confrontación inevitable, abierta al conflicto. La travesía existencial demuestra, sin paliativos, que el infierno son los demás; el hombre es un lobo para el hombre, según señalara el latino Plauto y repitiera siglos después T. Hobbes; el comportamiento pasional, egoísta y utilitario transforma al semejante en un peligro. De este modo, el pesimismo sobre la convivencia cobra un espeso crédito. La relación intersubjetiva no es posible y hay que habituarse a habitar los refugios de la soledad. Solo dentro de cada identidad hay seguridad y autarquía; el otro vela y está ahí, como un enemigo al acecho.
   Con tales cartas entre las manos corresponde al personaje el reto de vivir. Ver si en el ocaso de los desamparos la luz calienta la grisura. Los versos de “Entretiempo” se asoman a un entorno complejo en el que percuten los desajustes. La realidad aflora: es una cartografía repleta de pliegues asimétricos. La conciencia introspectiva lo percibe, como vislumbra la estela leve de su itinerario biográfico dormitando en el pasado. Quedan en el aire las tareas de recomponer y habitar una épica subjetiva que supere cualquier nihilismo o deje sobre la epidermis del escéptico la posibilidad de sentir: “Nada tiene que ver. / Da igual viajar o estarse quieto. / Se trata de sentirse conmovido, / de vivir fatigado”.
   En este empeño por seguir creyendo en el advenimiento de una nueva armonía está la justificada convicción del papel protagonista de la poesía. En su discurso de recepción del Premio Nobel, Eugenio Montale definió la poesía como un producto absolutamente inútil, pero nunca nocivo. En una cultura de masas, efímera y erosiva, tan proclive al megáfono de la estridencia, la voz lírica suele hablar a micro cerrado; su esencia está ligada a la condición humana como expresión de percepciones, sentimientos y sueños; de ahí que en una meteorología abrumada por las inclemencias, los versos adquieran la calidez del mediodía.
   La lectura de “Aparición del lobo” traslada de inmediato al conocidísimo poema de Rubén Darío “Los motivos del lobo”. El poeta nicaragüense, impulsor del modernismo, hizo del animal extraído del folklore narrativo de las fábulas una presencia propicia al devenir reflexivo. Emblema de crueldad, el lobo expone a San Francisco de Asís los argumentos que justifican su actitud belicosa: el duro invierno, el hambre, la crueldad de los cazadores y el espectáculo del mal tan habitual en los asentamientos humanos… Pero también tiende la mano a un coetáneo muy próximo al universo afectivo de Luis García Montero, Joan Margarit. El poeta catalán publicó Els motius del llop en 1993, y el libro se editaría en castellano en la colección lucentina Cuatro estaciones, coordinada por Manuel Lara Cantizani, con un sabio prólogo de Antonio Jiménez Millán que resumía la filosofía de estos poemas: en la madurez se agranda el vacío existencial y el desgaste cotidiano acaba erosionando esperanzas y sueños; de ahí la necesidad de hacer del presente un espacio habitable, una última costa en la que desembarquen los afanes más íntimos.
  Luis García Montero ha reiterado su admiración por el legado creador de Jorge Luis Borges y su incansable magisterio en el tiempo. De una de sus identidades ficcionales, Beatriz Viterbo, se nutre el poema “Mónica Virtanen” en el sugerente marco de Buenos Aires. Es una composición de calado intimista en la que se reflejan los contraluces de la felicidad. El protagonista lírico recuerda al ser amado y hace suya la emoción real de quien retorna a un episodio afectivo que forma parte de un patrimonio sentimental intacto; queda la ausencia, pero también el rescoldo cálido de lo perdurable convertido en impulso poético.
   El presente es un oleaje de crisis y falta de valores, cuyas consecuencias socaban con graves erosiones a la fachada social. Crea en la sensibilidad individual una necesidad de repliegue interior, como urgente medida correctora. Es el retorno al método socrático. El filósofo defendía que la verdad habita en el interior de cada presencia y que hay que percibir su latido desde la introspección y el pensamiento racionalista. Pero este método de investigación descubre pronto que la conciencia también es un marco cambiante y perecedero, un reflejo efectivo de las cualidades ajenas. Por tanto, hay que salir fuera y buscar las causas. Más allá de lo doméstico, de ese vacío informe y subjetivo, se puede avanzar, aunque sea dando traspiés. Existe en el horizonte una tabla de salvación, un espejismo, una geografía promisoria donde se recupera la claridad, donde encuentra refugio “la intimidad del mundo en un poema”.
   De esas tonalidades de esperanzado estar en el ahora se nutren muchos poemas de A puerta cerrada. Aunque en cada conciencia las estampas sentimentales marquen las huellas de la decepción; aunque seamos islas a la deriva, hay que tomar fuerzas contra la corriente y seguir escribiendo la historia cotidiana con la concisa convicción de quien escribe su epitafio.




     

martes, 6 de febrero de 2018

JOAN MARGARIT. EL PRIMER FRÍO

El primer frío
Poesía (1975-1995)
Joan Margarit
Visor, Poesía
Madrid, 2004

      ESTACIONES Y FRÍOS
  
   El poeta Joan Margarit, nacido en Sanaüja en 1938, compila en  El primer frío una producción textual que abarca dos décadas de un proceso creativo sometido a continua revisión. El inicio rescata la poesía de 1975 y llega hasta 1995 pero las variables respecto a la edición original  son tan numerosas que sugieren una explicación detallada. El prólogo recuerda que la voluntad de hacer poemas despierta en Tenerife, donde la familia se había instalado en 1954, inaugurando una etapa enriquecedora cuyas instantáneas serán rememoradas con frecuencia. Ya en Barcelona, Joan Margarit se matricula en la Escuela Superior de Arquitectura pero el deseo de un destino literario es tan intenso que abandona las aulas para incorporarse a un trabajo editorial. Sin embargo no se cumplen sus inquietudes y vuelve a la universidad donde concluye la carrera de Arquitectura, en la especialidad de Cálculo de Estructuras.
  Su formación científica arropa el planteamiento mental con que se acerca al material poemático: “Pienso que no es una coincidencia baladí que el Cálculo trate de lograr la máxima resistencia y estabilidad con el mínimo de material (en general acero y hormigón)  y que la poesía trate de decir el máximo con el mínimo de palabras: al igual que las matemáticas son las más exactas de las ciencias, la poesía es la más exacta de las letras”.
  El trayecto arranca en Crónica, libro en castellano del que se recuperan varias composiciones reescritas, con lo que la etapa en esa lengua queda prácticamente abolida. Después de cinco años, el autor regresa a la poesía utilizando el idioma vernáculo. Firma una decena de títulos y cosecha abundantes premios y un protagonismo relevante. También este segundo tramo ha sufrido un reajuste severo; del mismo se incluyen treinta y seis poemas bajo la denominación Restos de aquel naufragio.
  Será el poemario Luz de lluvia el que inaugure la etapa en la que el poeta reconoce plenamente la voz y en la que se integrarán Edad roja, Los motivos del lobo y Aguafuertes. El aserto “El primer frío” figura en esta entrega en una composición que tiene como hilo argumental un debate entre arte y vida que es, en último término, uno de los ejes orbitales de Joan Margarit. Bajo el supuesto estético de que el poema debe modelar un interior habitable, hay una estricta concordancia entre el yo existencial y el sujeto poético: la palabra da fe de lo vivido; utiliza el pasado como sustrato temático para que afloren los indicios de una realidad vital. El cúmulo de experiencias da paso a una meditación en la que predomina el sentimiento elegíaco y la certeza de una temporalidad ineludible que condiciona las distancias entre lo subjetivo y la otredad.
   La escritura, como cualquier cosmovisión singular, cimenta un conjunto de obsesiones que se expanden mediante variables; recurre a la clarividencia del matiz. En la exposición de la intimidad hay unos cuantos personajes referenciales: Raquel, Joana, Tío Luis…Cada uno cumple una función emancipadora del aporte sentimental del yo poético. Raquel – o Mariona- es la culminación de lo amoroso, el erotismo y la plenitud de una convivencia que no está libre del envejecimiento pero que ha proporcionado al yo un asidero. Joana – la hija minusválida- es en su fragilidad y en su condición vulnerable el detonante de un aprendizaje que no concluye, ni siquiera con su desaparición; connota el fondo de invierno del dolor, el rostro de una belleza profunda y desconocida, la cercana presencia de la muerte. Tío Luis participó en la batalla del Ebro y tuvo un comportamiento heroico salvando a uno de sus compañeros; en la amarilla grisura  de la posguerra, es la figura en la que lo ideal encuentra sitio cuando el proceso de resignación y la renuncia a cualquier utopía parecen haber desvanecido la posibilidad de una causa. Tío Luis es la  ética que se resiste a claudicar.
  En los poemarios reunidos hay una confluencia de contenidos; se repiten temas: la indagación en los aspectos biográficos y las travesías de la memoria, las sombras de espacios interiores como el vacío, las pérdidas o el cansancio, la música, el mar, los viajes, o la ciudad. Dentro de cada motivo lo simbólico sale reforzado. La música se asocia con frecuencia a un tipo concreto de melodía: el jazz, la individualidad de sus intérpretes, el marco peculiar de las veladas en el que era posible hallar un  refugio a trasmano de la inercia diaria. Lo mismo sucede con la ciudad aunque es Barcelona –son frecuentes las localizaciones populares- el espacio urbano es sobre todo la descripción de estados anímicos asociados al transitar diario.
   Desde una lucidez que objetiva la emoción, se busca una expresión precisa, alejada del hermetismo, que se decanta por lo coloquial y que propende a lo narrativo con una cuidada secuencia rítmica en la que no hay cambios bruscos.
   El primer frío nos da la versión definitiva de un discurso poético que busca su razón de ser en  dejar trazos de una identidad articulada en días sin retorno. La fugacidad, esa sencilla estela que precede al olvido y anticipa la despedida general, habrá permanecido inalterable. Recostada en el papel, la palabra expresa un instante concreto que convierte al poema en una huella estacional, un tacto frío.

                                                                                   



miércoles, 17 de enero de 2018

YOLANDA PANTIN. LO QUE HACE EL TIEMPO

Lo que hace el tiempo
Yolanda Pantin
XVII Premio Casa de América de Poesía Americana
Visor, Madrid, 2017 


SOPORTAR  LA PÉRDIDA 


   El camino de madurez literaria de Yolanda Pantin (Caracas, 1954) se desliza entre la edición crítica, el ensayo y la poesía, género esencial cristalizado en más de una docena de entregas dentro de un paréntesis temporal que arranca en 1981 con la obra Casa o lobo. La propuesta lírica de Yolanda Pantin recibió en 1989 el Premio Fundarte de Poesía, más tarde, en 2004, la Beca Guggenheim, para seguir con nuevos reconocimientos en 2015, cuando logró el Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval, y solo hace unos meses el XVII Premio Casa de América de Poesía con su libro Lo que hace el tiempo.
   Desde el título, el tiempo se hace hilazón del poema. Más allá de la desolación opresiva que genera nuestra condición transitoria, fermenta la angustia existencial. La precariedad de vivir alumbra un pensamiento cuajado de viajes interiores, percepciones y carencias. Los poemas dejan sitio a un sujeto verbal que testifica; los sentidos dialogan con los elementos del entorno, acumulan estampas, dan a las secuencias del discurrir un cúmulo de mutaciones.
  La mirada lírica indaga las cicatrices del sujeto. En ellas germina un estar a la espera como si en cualquier instante se abriera paso una revelación de sentidos. La realidad exterior muestra con frecuencia un relieve desajustado y caótico, como si en ella se hubiese instalado un magma sedentario de oquedades y aristas, también la identidad del yo se muestra fragmentada, inconformista y reivindicativa, en esa actitud del medio cuerpo que no reconoce la otra mitad.  
  Lo cotidiano descubre un espacio inhóspito y desapacible. Las antiguas estampas de placidez han mudado su amarillo de mediodía por la grisura. Son sitios umbríos sobre los que sobrevuelan los carroñeros. Otra atinada imagen de ese estar a la intemperie es el poema “Cura” donde el propio ángel de la guardia, inocente símbolo de esperanza y desvelo, necesita refugio en su orfandad para curar sus heridas. Quien vuelve a casa no encuentra la calidez de lo diáfano sino un atardecer crepuscular, la senda tortuosa que ingresa en la penumbra. Es el tiempo de las pérdidas y del despojamiento hasta que la existencia parece puro hueso.
  El paso íntimo y meditativo de Lo que hace el tiempo es permeable al ruido de la calle. Toma el pulso a las noticias de lo cotidiano y hace de la memoria inventario y balance capaz de unificar sustratos, esos sedimentos que se apilan en el magma informe del ahora. En este relato del discurrir se definen también las sombras más oscuras del existir; en cada sujeto hay un lugar sin contornos en el que se agitan el dolor y la extrañeza. Es el hilo argumental del poema “Brutal”: “Una parte nuestra / consanguínea / es brutal. / La que agarra / el machete por el mango / para cortar las hojas…”
  Yolanda Pantin desdeña el punto de fuga del ensimismamiento para ser testigo del trasfondo colectivo y para poner sus ojos en la realidad desapacible de su país. Los registros explícitos de este compromiso con los otros se muestran en composiciones como “Mensajes”, donde con escueto laconismo no duda en denunciar la demencia del poder y su empeño por doblegar la libertad individual.
  Sirve de coda “El Corneto”, un relato sobre un caballo que huye de la casa familiar y protagoniza una última estampida. El cuento tiene la delicadeza y nitidez de una ensoñación lírica y se basa en una narración materna, como si la voz poética ejerciera de intermediaria para idealizar las asperezas y diera cauce a alguno de los cuentos que tanta luz aportaban en los días lejanos de la infancia.
  Lo que hace el tiempo es un poemario de textura sutil que busca desnudez en su desarrollo argumental, como si el proceso de escritura practicase una poda de lo superfluo. En cada poema es perceptible el entrelazado entre lo personal y el laberinto social, la conciencia de quien se siente “perdido en la emboscada histórica”. Esa saturación que engulle el tiempo impulsa la escritura, trazos de incertidumbre habitando en la punta de la lengua.


lunes, 31 de julio de 2017

FRANCISCO ONIEVA. VÉRTICES

Vértices
Francisco Onieva
Visor, Poesía
Madrid, 2017

PATERNIDAD

   Francisco Onieva (Córdoba, 1976) regresa a la poesía con Vértices, libro ganador del XXVI Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma. Esta cuarta salida del autor propone, con voz meditativa, una indagación sobre la paternidad como estado y sobre los efectos inmediatos en la existencia personal. No se habla de biología sino de esas mutaciones del estar que conceden al protagonista una renovada naturaleza. En ella los sentimientos adquieren un espacio expansivo donde el sujeto puede contemplarse desde las palabras. Con delicada hondura, el poema desbroza la maraña de la intimidad y deja al descubierto sus elementos más notables, sus vértices precisos. Un ejemplo de lo expuesto se halla en el poema que sirve de apertura, “Iluminaciones” al que pertenecen estos versos en los que se definen algunas secuencias de lo contiguo que buscan sentido en la conciencia: “Establece la espera sus fronteras. / Escondidas y frágiles. / Y trama un orden  para lo contiguo. / Las efímeras iluminaciones / ocultan la ventana desde la cual otro hombre / inventa el punto en el que se encuentran hija y padre “. Esta focalización tiene como consecuencia el análisis del puente emotivo entre ambas presencias. En él se cobija una sintaxis inédita que tiene en su devenir algo de primer paso y momento fundacional. Hay que buscar un punto de equilibrio y reordenar palabras y emociones. Se formula en él un nuevo perímetro de la identidad: ” (Eres origen. Eres confluencia. ) / Ella lo sabe y acaricia el perímetro / de lo que no es aún, pero ya existe. / Le  habla en voz baja / de una realidad que tan solo ella intuye, / y en la que busca signos previos a la escritura / con los que transmitir el abrazo primero. / Se pierde unos minutos. Queda un silencio elástico. “ Esta percepción del ahora nunca se desgaja del pasado. Los ciclos  vitales se reiteran, abren cauces por donde buscan sitio las huellas de la memoria, presentes en composiciones como “despedida a medias”, “Mi habitación primera” o esa evocación serena que marca los versos del poema “!0 de septiembre de 2010. La cotidianidad y su dimensión subjetiva conforman un poemario en el que se entrelazan en atinada síntesis sentimentalidad y abstracción. La voz lírica de Vértices desvela la orografía de un paisaje intimista cuyos planos deparan ese sol matinal que nutre el despertar, que pone en lo vivido claridad y transparencia.
 
 
 

lunes, 26 de junio de 2017

KARMELO C. IRIBARREN. MIENTRAS ME ALEJO

Mientras me alejo
Karmelo C. Iribarren
Prólogo de Luis Alberto de Cuenca
Visor, Poesía
Madrid, 2017
PASOS A DIARIO 

   Frente al ideal romántico de la imaginación en vuelo, la realidad despliega su conciencia de existir a ras de tierra, hecha de contradicciones y asimetrías. Y éste es el decorado habitual que recrea la escritura de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959). Desde Bares y noches, muestrario de amanecida editado en 1993, el poeta ha firmado once libros de poesía y ha reunido sus composiciones en antologías como La ciudad, el volumen Seguro que esta historia te suena, que integra la poesía completa escrita entre 1985 y 2012 y anticipa numerosos inéditos o la selección más reciente, con prólogo de Luis García Montero, Pequeños incidentes; además ha explorado géneros con una saludable indefinición semántica como la autobiografía y el aforismo. En todas estas facetas creadoras se percibe una poética estrictamente personal, definitoria de un verbo individual, aunque claramente enmarcado en la línea realista. Así lo constata, al perfilar la sensibilidad del poeta, Luis Alberto de Cuenca en un prólogo sin arabescos, en el que resulta palpable su disponibilidad afectiva hacia los logros literarios del donostiarra: “Este nuevo libro de K. es tan sabio, sencillo, efectivo y emocionante como los anteriores. tal vez tenga un sabor otoñal que se deriva del paso de los años, pero eso es lo normal cuando escribimos desde la certeza, siempre agobiante de que nos queda menos tiempo, de que vamos haciéndonos mayores”.
  Los breves poemas de Mientras me alejo trazan una semblanza, una “foto de carne” del protagonista verbal, cercano y reconocible en sus actos cotidianos, que siempre adquieren una perfecta verosimilitud. Desde esos posos de verdad nos llega la crónica personal de un sujeto sin épica, que comparte con el lector la condición de hombre común y que se muestra tal cual es en sus palabras con la apariencia laboral del paseante cercano con quien compartimos un microrrelato, un incidente sentimental, una anécdota contada con escasa voz que corrobora los efectos secundarios del estar de paso.
   Desde ese patrimonio sosegado que nos deja en las manos las sombras del tiempo, sin ceremonias, casi inadvertida llega la conmoción del poema, como un soplo de aire todavía fresco, como el destello de una memoria selectiva. El tiempo se aplica en su discontinuidad natural de abrir los sentidos con impresiones sedentarias.
   Se ha dicho con frecuencia que el sistema poético de Karmelo C. Iribarren busca una expresión subjetiva y confesional a partir de unos puntos cardinales como el amor y los sentimientos, la visión del mundo a través de rostros anónimos que miran la vida con las manos en los bolsillos, o el fluir acompasado del recuerdo.
  En el ahora, nada es extraordinario; y sin embargo su inmediatez es punto de concurrencia para una meditación inagotable. Sin afectaciones, la escritura se hace reflejo de una realidad cuyos límites moldean el azar y la incertidumbre; todo es rutina, pero todo es aleatorio y propaga el temblor de lo desconocido. 
 Al hilo del reconocimiento público que ha adquirido en los últimos años la poesía de Karmelo C. Iribarren, el poeta podría haber optado por la mutación drástica y por los insistentes renuevos de la moda. Sin embargo sus poemas solo aspiran a presentarse con la cara de siempre, limpia, escéptica, algo crepuscular, sin maquillaje, acaso solo tras unas gafas de sol que conceden cierto cobijo anónimo, que le dan un aire de individuo enigmático, de alguien que sabe mucho de la vida.  


viernes, 7 de abril de 2017

JORGE BARCO INGELMO. RITMO LATINO

Ritmo latino
Jorge Barco Ingelmo
XVPremio Emilio Alarcos
Visor, Madrid, 2017

EL SOPOR DEL SPLEEN

   Nacido en Salamanca en 1977 y perteneciente por las fechas de publicación de sus poemarios a la generación digital que inaugura el nuevo milenio, Jorge Barco Ingelmo  comienza senda con el libro Algún día llegaremos a la luna, aparecido en 2008. Tres años más tarde firma un poemario de título sugerente, Vivimos encerrados en burbujas transparentes. Y tras ganar el XV Premio Alarcos de poesía ubica en los estantes una nueva entrega, Ritmo latino. Son muestras de un itinerario pautado que impulsa una mirada introspectiva y una crónica del ahora, como si fuesen fotografías con exceso de luz, secuencias diluidas por el escepticismo existencial.
  La apertura textual con cinco citas parece reafirmar una tradición dispar y heterodoxa; cada escritura muestra sus referentes con la calidez del homenaje a las raíces. También asume que la propia voz es un material moldeable y repleto de sustratos diversos. Ahí están Georges Bizet, Mateo, Billie Jean King y Carlos Boyero. Mucha gente.
  Pero el culturalismo de púlpito desaparece de inmediato al adentrarnos en la entrega. La voz verbal de Jorge Barco Ingelmoemplea el tono natural de un coloquialismo que busca un escenario dialogal. Y en ese marco, se empeña en comentar las imágenes de lo cotidiano con su estela de fugacidad transitoria, con su vestimenta de moda de temporada y el espíritu gregario del sedentarismo asimilado: “Sin embargo me dices que eso se llama moda / y que la gente cambia según se va llevando. / No juzgan, solo siguen los preceptos ajenos. / Toca el flautista y todos van detrás”
  Esa crítica al inadvertido acoplamiento en la mansedumbre de lo diario también se enmarca en el propio espejo. En su pulida superficie está la mirada del joven poeta persuadiendo a la confianza del editor, con el léxico displicente de un comercial que busca colocar su producto en el mercado, subrayando especulaciones y bonanzas. En el poema crece la ironía hasta el sarcasmo y convierte al lenguaje en parodia: el poeta cualquiera no busca la verdad y la belleza, ni tiene la pupila ideal de quien mira la amanecida con un esteticismo idealizado; es un ser vulgar, un correcaminos ofuscado por llegar al cuerpo de letra de la imprenta. Es una manera de calcular el peso lapidario de lo real, Ese "colegueo" también presente en otros poemas que glosan el pragmatismo del ahora y su empeño en conseguir la plaza fija y ahuyentar el trabajo precario.
  La mirada crítica acompaña con frecuencia las horas del protagonista. Y es la ironía su mejor estrategia expresiva. Escueta y lúcida, con la fuerza tenaz de un aforismo, así aparece en “Estado de gracia”: “Hay banqueros tan pobres / que tienen que comer / el caviar con las manos”. De nuevo encuentra formulación propicia en “Reminiscencias”: “Aunque no lo parezca / y ya nadie se acuerde, / nosotros un día, /  hace no tanto tiempo / fuimos futuro”. También lo percibimos en “Pantomima” cuyo hilo argumental es el epitelio que recubre la vida social, donde parece obligatorio disfrutar de una felicidad por decreto.
   En el espacio poético contemporáneo, el clima social ha propiciado el uso de aportes poéticos como la ironía, la crítica o ese humor cervantino que confunde realidad e imaginación. Son claves de nuestro ahora que  amanecen en el dormitorio del poeta y exigen abrir ventanas para que inunde la habitación el aire fresco de la calle, un ritmo latino que proviene de cualquier radio puesta en el patio trasero, o de las clases de zumba de un gimnasio cercano. Jorge Barco Ingelmo supera el spleen con la media verónica de lo paradójico; convierte sus versos en eficaz expresión de un tiempo a medio construir, que vuelve sus ojos a la fronda elegíaca del pasado porque no confía mucho en un porvenir que siempre llega tarde.   


jueves, 8 de septiembre de 2016

ÁNGELES MORA. BAJO LA ALFOMBRA

Bajo la alfombra
Ángeles Mora
Visor Poesía, Madrid, 2008

                          EL LENGUAJE DE TODOS LOS DÍAS

   Calmada y casi olvidada la agitación pintoresca que provocara en el cierre de siglo la etiqueta “poesía de la experiencia”, se puede ahora, con reflexiva mesura, encarar el trayecto que sus componentes emprenden, libres ya de las compuertas de una taxonomía simplificadora. Ángeles Mora nace en Rute en 1952 y su amanecida poética coincide con sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Granada. La ciudad disfrutaba en los años ochenta de un ambiente cultural enriquecedor que prodigaba iniciativas y sacaba a la luz una buena cosecha de voces emergentes bajo el magisterio teórico de Juan Carlos Rodríguez y el credo estético de Juan de Mairena. Ángeles Mora entrega como carta de presentación el libro Pensando que el camino iba derecho, una obra editada en 1982, que busca su título en un verso de Garcilaso de la Vega para esbozar un cancionero de ausencia.
   Desde aquel inicio hasta Bajo la alfombra ha culminado un largo viaje creador, del que dan cuenta las muestras Antología poética (1982-1995), con palabras liminares de Luis Muñoz, y Las mujeres son mágicas, una edición impecable de Cuatro Estaciones presentada por Miguel Ángel García. Son panorámicas enriquecidas más tarde con la entrega Contradicciones, pájaros, en 2001.
   Bajo la alfombra alude a ocultación y desvelamiento, a lugar que esconde intimidad, y a materia cotidiana que testifica la convivencia del sujeto con lo doméstico. La apertura “De poética y niebla” insiste en la idea asociando dos términos contradictorios en apariencia: la poética explicita intenciones; la niebla borra. El sentido final de la escritura no revela enigmas, es únicamente un impulso de búsqueda que se asoma a ese fondo sin límites por donde aparecen las palabras para dar cuenta de una subjetividad que avanza tanteando: “Escribir es niebla. / Para mí quiero / todas las palabras. / Cuando escribo me escriben. / En su tela me enredo”. Lo metaliterario es hilo argumental que unifica las composiciones de la primera parte; la palabra integra la posibilidad de decir, da sentido a los hechos, alumbra sensaciones y una convivencia solidaria con las cosas. El segundo conjunto, “De poética erótica” asocia palabra y deseo; del mismo modo que la palabra lleva desde una búsqueda de significado a otra búsqueda, el deseo impulsa a recorrer un paciente laberinto que nos acerque al otro, traza itinerarios, supone encuentros que anulen la condición de solitarios y nos dejen la luz de un sol ajeno, el camino de una piel por compartir. La indagación en la materia verbal concluye con “Interrogaciones”, articulación de la duda desde la poesía, indagación en la sensibilidad que habita no en lo trascendente sino en el lenguaje de todos los días.
   La monotonía esencial de lo cotidiano vertebra la sección central, “para seguir viviendo”. La mirada introspectiva acusa el devenir, percibe la erosión que busca sitio en la profundidad de los espejos; la felicidad del pasado y la esperanza languidecen en un presente cárdeno, que abunda en reflejos y anuncia el final de la tarde.
   La semántica del apartado de cierre, “caminos de vuelta”, sugiere una estructura circular. Como escribiera Brecht, la verdad es concreta; el protagonista lírico en su viaje de conocimiento ha descubierto que oscuridad y luz se entrelazan en el itinerario. El sentido de las cosas no es diáfano; la salida puede ser una entrada al laberinto; detrás de cada historia se escribe otra historia subterránea.
  La entrega Bajo la alfombra permite descubrir las claves de un discurso lírico en su etapa de madurez. Los poemas argumentan itinerarios de ida y vuelta sobre dos nociones: las variables expresivas de la palabra en su búsqueda de sentidos y la constante refundación que el fluir temporal somete al protagonista verbal: “Pronto / otras palabras subirán deprisa / la escalera, / se abrirán cuando rompan / la corteza de las que te dimos. / Es un rumor creciente el porvenir”. 


viernes, 4 de diciembre de 2015

ÁNGEL GONZÁLEZ. ACOTACIONES

Ángel González (1925-2008)

ÁNGEL GONZÁLEZ. ACOTACIONES.

(a Luis Felipe Comendador,
que vivió conmigo tantas jornadas con Ángel) 
  

  Abundan los estudios críticos que consideran a la Generación del 50 como epicentro del panorama lírico contemporáneo. Esa promoción de límites abiertos incluye en su núcleo a Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, José Manuel Caballero Bonald, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez y Ángel González. Son autores de obra sólida, voces matizadas, con un estilo singular y reconocible. Compañeros de vocación creativa, casi todos protagonizan la imagen generacional más recordada: el homenaje a Antonio Machado en Colliure el 22 de febrero de 1959, al cumplirse el vigésimo aniversario de su muerte. Aquel encuentro canaliza una andadura creativa conjunta, con amplias afinidades.  
   Ángel González nace en Oviedo, en 1925. En su niñez vive el acontecer hostil de la contienda de 1936 y más tarde los condicionantes biográficos de la posguerra, cuyo rigor alcanzará exacta precisión en su literatura. La entrega inicial, Áspero mundo, es un libro intuitivo; el protagonista verbal comparte circunstancias vitales que avanzan impulsadas por una sensibilidad emotiva. Ceñido a bordes concretos y finitos, el yo poético es el resultado de un proceso vital; esta gestación demorada lo sitúa en un ámbito de inquietud, un áspero mundo, hecho de desajustes y  pérdidas, pero también abierto a la esperanza, a los pasos que buscan el sol de la mañana. Esta epifanía poética está influida por dos lecturas tempranas, Segunda Antología, de Juan Ramón Jiménez, y Poesía española contemporánea, muestra seleccionada por Gerardo Diego que matiza temas y perfecciona el tratamiento formal. Sin embargo, hay composiciones que cogen el testigo de la poesía social – Blas de Otero, Gabriel Celaya, Eugenio de Nora, José Hierro…- y hacen suyas las preocupaciones del hombre de la calle, los laberintos de la existencia individual en una geografía histórica. Esa ética solidaria es una constante en Sin esperanza, con convencimiento; sus versos no ignoran los desajustes de la realidad. Ahora aparece un recurso muy utilizado por el autor, la ironía, cuyo aprendizaje se atribuye al libro de José Agustín Goytisolo Salmos al viento. El reiterado empleo de la ironía supera la idea de mero procedimiento expresivo, se convierte en parte de lo expresado: la realidad es contradictoria e irónica en sí misma. En Grado elemental el sustrato ideológico se define, de forma explícita, a través de un sujeto textual que expone preocupaciones e intereses en una época que exige una mirada crítica. Los poemas inciden en el cuestionamiento de las estructuras sociales a partir de una aproximación racionalista. Ese factor didáctico se muestra con un tono paródico, en el que abundan las alusiones intertextuales. Todavía en 1965, tras publicar Grado elemental, consigna: “Al margen de las discusiones y de la polémica, yo sigo teniendo fe en esa poesía crítica que sitúa al hombre en el contexto de los problemas de su tiempo y que representa una toma de posiciones respecto a estos problemas. Más que posible, esa poesía me parece inevitable”. También el intimismo se preserva y es semilla germinativa de las composiciones de Palabra sobre palabra. Como herramienta del yo, la palabra posibilita conocimiento y comprensión y delimita el entorno; pero esa función básica enaltece su semántica en el poema porque relaciona elementos y proporciona claves. El poeta empleará el título en 1968, en Seix-Barral, cuando aglutina en un solo volumen el corpus lírico editado. En él son palpables la continuidad y unidad interna de una poesía que restablece simetrías entre contenido y expresión
   Poco antes de su  asentamiento en Estados Unidos comienza una segunda etapa lírica en la que se intensifican, como señaló Emilio Alarcos Llorach, los rasgos irónicos, el aparente prosaísmo y una progresiva objetivación del yo que toma distancia y vela el testimonialismo biográfico. La entrega que marca este giro es Tratado de urbanismo, que amanece en 1967 y se reedita en El Bardo, la colección dirigida por José Batlló, en 1976. Esta segunda edición aporta un breve liminar firmado por Martin Vilumara, que resalta la continuidad de algunos recursos de escritura: el afán comunicativo, el enfoque irónico y la pupila escéptica ante una realidad contradictoria.
  Sólo siete poemas forman el libro Breves acotaciones para una biografía, libro editado en Las Palmas, en 1969. La mínima selección diversifica sus argumentos; se reflexiona sobre el hecho de escribir: “Escribir un poema se parece a un orgasmo: / mancha la tinta tanto como el semen, / empreña también más, en ocasiones “; y regresa lo vivencial, siempre con un toque irónico. Son rasgos que permanecen en Procedimientos narrativos, con una clara deriva hacia el juego conceptual. Se rechaza al poeta ensimismado en su interior para volcarse en un ámbito más general, hecho de imágenes hilarantes, en cuya expresión se preserva el sentido crítico.
 Las nuevas obras coinciden con su estancia en Nuevo México, donde desarrolla una intensa experiencia docente. Como es sabido, la eclosión del venecianismo, tras  la aparición  de la antología Nueve novísimos poetas españoles, promulga la relevancia del hecho estético frente a la actitud moral, vigente en los modelos del realismo social. Esta opción no afecta al posicionamiento lírico de Ángel González, quien publica en 1977 Muestra corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan. No pasa inadvertida la intencionalidad paródica del enunciado ni la presencia de textos confrontados con el ideario dominante. Como confirma “Oda a los nuevos bardos”, existe una expresa distancia crítica; no comparte el abandono de preocupaciones éticas ni el difuso compromiso con el marco contextual.
  En Prosemas o menos el desvanecimiento del presente y la temporalidad son los detonantes poéticos iniciales. Sobrevuela la certeza de que somos efímera materia que se va consumiendo en la renovada cadencia de los días. El libro aporta además un nuevo escenario, Albuquerque, ciudad donde el yo poemático es testigo del ciclo estacional. Forma el epílogo una muestra de textos en la que es común la referencia bíblica, una excusa cultural despojada de sentido religioso. Y el cierre vuelve los ojos a lo metaliterario, con generoso homenaje a los magisterios de Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Blas de Otero. 
 El último tramo de su escritura es el más elegíaco. Se define por una aguda conciencia del tiempo, cuyos efectos configuran una visión moral hecha desde la meditación serena. En él se integran Deixis en fantasma, Otoños y otras luces y el libro póstumo Nada grave.
  Los poemas de Otoño y otras luces componen una lúcida aceptación del destino; modulan un recorrido vital que desemboca en el curso bajo de la senectud; hay, por tanto, un tono crepuscular que preludia la despedida. En esa moratoria la evocación de presencias (hay una sentida glosa al compañero de generación Claudio Rodríguez) y lugares se convierte en palabra salvadora; los versos mantienen el resplandor, empeñados en oír los latidos naturales del pasado.
   Antes de la salida en Visor, se adelantan poemas de Nada grave en la revista Litoral que en 2002 dedica un monográfico al ovetense, coordinado por Susana Rivera. Nihilista y desesperanzado, Nada grave es un libro de cierre, editado en mayo de 2008, unos meses después del fallecimiento del poeta. Sus veintiocho composiciones comparten un idéntico enfoque: la muerte es una realidad omnisciente, ominosa, sombría; un túnel angosto que nos lleva a la nada. Atrás quedan recuerdos y cicatrices vitales y el estar fugaz de todo lo que amamos. Todos los textos reiteran la profunda crisis del protagonista textual. La arquitectura formal es severa, se extrema la precisión y se anulan otros recursos como la ironía, mientras que se usa con frecuencia la paradoja para dar el perfil del yo frente a sí mismo en la última hora.
  Cuando tomo la obra de Ángel González para la relectura no percibo una trayectoria cerrada sino una presencia activa que muestra afinidades con muchos poetas contemporáneos sobre los que el asturiano ejerce un magisterio continuo. Ángel González perdura. Sigue abierto un taller literario que deja en el tiempo sus procedimientos habituales: depuración expresiva, sentido del ritmo y cuidado formal, vocación autobiográfica e implicación directa en el diálogo con el lector. Sus poemas no son textos contingentes sino escritos vivios que recuperan la dimensión literaria de una voz que nunca duerme.