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domingo, 2 de junio de 2024

RAFAEL SOLER. MEMORIA Y NO

Memoria y no
Rafael Soler
Huerga & Fierro Editores
Colección Rayo Azul
Madrid, 2024

  

VOCES, DENTRO


   Rafael Soler (Valencia, 1947), poeta, narrador  y docente que impartió clases, durante tres décadas, en la Universidad Politécnica de Madrid, mantiene en su escritura una larga carrera, rica y diversa, que aglutina seis ficciones largas, dos compilaciones de relatos y media docena de entregas de poesía. Con el título Vivir es un asunto personal, como si la escritura fuera asidero permanente y semilla de todo, reunía su obra lírica en 2021, muy pocos meses después dela ensimismada soledad de la pandemia. Pero la fértil madurez del poeta sigue buscando savia en el árbol del lenguaje y saca a plena luz la caligrafía evocadora de Memoria y no. El título parece alimentar una contradicción léxica: suma la capacidad de reconstrucción de la memoria, como legado y percepción panorámica de lo vivido, y el adverbio de negación “no” que introduce un contraste, una pausa transitoria frente a los brazos abiertos del pasado, como si la arqueología sin costuras del ayer, como territorio básico de la identidad, necesitara también explorar otras rutas, abiertas por el onirismo, la imaginación o los reflejos plasmados en el cristal desvaído de los otros.
   La composición “Toda una vida te lleva a ser mortal”, frase que adquiere la forma sentenciosa de un aforismo filosófico, parece una  justificación previa del papel esencial del tiempo recobrado para encontrarse a uno mismo. Su planteamiento argumental integra el recorrido desde la salida auroral hasta el ahora. El despertar vital es anuncio y profecía. Se dispone, con afanosa aplicación, a repoblar el bosque del presente, meta de madurez que aguarda en silencio la llegada de las sombras, mientras mira despojos y cenizas.
    La primera parte “Memoria” integra las secciones “A reloj candente podríamos decir” y “Limpieza semanal con un cuchillo”. Ambas comparten, pese a sus dimensiones asimétricas, una clara raíz experimental, heredera de Vicente Huidobro,  César Vallejo y el Lorca más surrealista. Rafael Soler opta por un nítido desarraigo del trascurrir epocal. Camina a solas, sin hilvanes generacionales. Busca una dicción singular, densa y hermética. Amalgama en su pensamiento poético la intimidad confidencial de quien se reconstruye en el espejo de enfrente, no pocas veces con verbo irónico. Explora la sensibilidad profunda para que fluya un retorno que acerque las coordenadas de la existencia. En ellas se muestra una significativa búsqueda de nombres tachados, recuerdos y apropiaciones imaginarias que viajaban camino del olvido. Desde la pertinente observación indagatoria, la vida transcurrida se habita por una individualidad que sale al día; pronuncia convincentes argumentaciones de la palabra para dar tinta y papel a la evocación, para que adquiera cronología y sentido  lo perdido.
    La expresión “Limpieza semanal con un cuchillo” da fuerza a un despojamiento extremo y sin concesiones. El trayecto vital se desnuda y van emergiendo significativas presencias personales como la madre, el abuelo o el hermano casi angélico. Se retorna a la sensibilidad auroral de los días de infancia, esa esperanza de consumación y anhelo que miraba las pisadas del tiempo y sus puntos suspensivos esperando el asombro. El arte de la fuga ha hecho del trayecto un liviano depósito en el que caben secuencias de la educación sentimental y aquellos figurantes que intercambiaron ámbitos y voces hasta cruzar las puertas del frío, hasta forjar el extraño inventario de lo vivido, la íntima derrota de quien cierra los ojos y  siente entre las manos las migajas de nada: “Lo que queda / después de los aplausos”.
   La conmoción lírica del poema pronuncia en voz baja su indagación de la nostalgia. Cuenta el temblor que encierran los brumosos secretos de los días, convertidos en su deambular en “escombro y cuarentena / agrio piafar de lo perdido”. Mientras el sujeto se afana en ese vano empeño de volver al origen en su indagación de lo humano.
   La segunda parte “Y No” acoge los poemas de “Pabellón cinco, al viento los manteles”. Con fuerza admonitoria el lenguaje funde en el mismo abrazo olvido y memoria. La conciencia en vela muestra un territorio de frontera entre el escalofrío de lo cotidiano y la maleta gastada del discurrir onírico. Confinados en un pabellón para convalecientes solitarios, los pasos tanteantes del discurso asumen la intemperie del encierro. El lenguaje de la confidencia se dispone a caligrafiar la incertidumbre en un paisaje de pacientes y batas blancas. Quien habla en el poema y se pierde por senderos de grava es intruso de una imagen que apenas reconoce. El poema de excelente título “Tengo una ojiva nuclear en la nevera” subraya ese estar.
   El espacio poético de Memoria y no hace de la metáfora un instrumento expresivo esencial. Los poemas clarifican el ligero equipaje del yo; los vestigios dormidos en un tránsito que concluye en el vacío. Con emoción acogedora, el transitar y la identidad se hacen coordenadas reflexivas. Desde esa percepción, siempre bajo la lluvia del tiempo, se concreta el estar en una inabordable deriva. Se acumulan las pérdidas. La conciencia se esmera en rescatar signos de claridad y desenredar silencios. La lucha y el quehacer azaroso del yo preserva en la honda noche de la memoria “la falsa pulcritud de los escombros”.

JOSÉ LUIS MORANTE





jueves, 25 de abril de 2024

FÉLIX MARAÑA. EL BOSQUE NO ES UN ÁRBOL REPETIDO

El bosque no es un árbol repetido
Sonetos y soñetos
Félix Maraña
Prólogo: Valentín Martín
Huerga & Fierro editores / Poesía
Madrid, 2023

 

LA LIBRE CÁRCEL DEL SONETO

 

   La personalidad creadora de Félix Maraña (León, 1953) está marcada por el periodismo cultural. A él ha dedicado un largo trayecto laboral multiplicando páginas y artículos en las publicaciones del grupo Vocento. Pero la biografía personal de este castellano leonés afincado desde niño en San Sebastián aglutina también una persistente senda lírica que comienza en 1981, cuando amanece su primer poemario Ataduras de la noche.
  El cauce poético se renueva ahora con  El bosque no es un árbol repetido, una compilación de sonetos prologada por Valentín Martín, que añade como subtítulo un guiño unamuniano: “Sonetos y soñetos”. La entrada “Libro de la reconciliación” proyecta una voz directa, con un fuerte acento coloquial que identifica en el ejercicio literario la textura sentimental del protagonista lírico: “Félix Maraña, ese activista de los sentimientos, de la cultura física, el más republicano de todos los gorriones que un día se acercaron a mí como a un hermano grande”. El introito evoca también el recorrido en el tiempo del soneto como estrofa clásica, con un inventario de nombres propios que refuerza la plenitud expresiva y canónica de la forma. Se me permitirá que añada a la galería de practicantes la voz de Blas de Otero, vasco comprometido y poeta social que hizo de esta hermosa cárcel de catorce versos una meditación del devenir temporal del sujeto y su condición existencial.
  El aserto El bosque no es un árbol repetido se apropia de la fuerza expresiva del aforismo para advertir al lector que debe mantenerse en vela para recordar que la reiteración formal no borra la autonomía y plenitud de cada soneto. La voluminosa cantidad de poemas se organiza en cuatro apartados temáticos: “Rumores vegetales”, “Tierra trasplantada”, “Nombres y pronombres” y “Canción y canto”. El poeta además coloca como umbral, tras el paratexto de las citas, el poema pórtico “Garaje de guardia”, una composición que advierte y ratifica lo enunciado por Jaime Gil de Biedma: el devenir vital es un asunto serio que no elude erosiones y pérdidas y la conciencia fuerte de un aviso para navegantes; todos estamos en tránsito, exhibimos una condición transitoria, somos materia paradójica, inocente ceniza que aventará el viento del olvido en la última costa.
  Cada poeta moldea su cadencia expresiva, deja en los versos su particular manera de compartir un pensamiento que adecúe contenidos y forma. En los poemas de la sección inicial “Rumores vegetales” emerge una escritura meditativa y humanista, incisiva e irónica que hace un balance vivencial, despojado de trascendencia. Del mismo modo que el bosque, ese mar de palabras verticales, acoge en su interior una flora y una fauna diversa, la realidad acoge en sus puntos cardinales materiales humildes. Vivir es ir sumando pasos y propósitos, muchas veces baldíos, es también acumular pequeñas muertes sucesivas que constatan que habitamos una sala de espera, que vivir en solo un sueño, un espejismo calderoniano que añora la nostalgia del futuro.
   Contenida en los límites del soneto, la mirada crítica denuncia los desajustes sociales, las continuas agresiones al paisaje natural o los incontables problemas demográficos de nuestro tiempo, esas hendiduras que hablan  de los desheredados de la tierra y del continuo flujo migratorio.
  El subtítulo cobijaba la convivencia de composiciones que no cumplen en sentido estricto las reglas formales del soneto. Esos textos o soñetos precipitan en sus versos la pedagogía del tiempo con sensibilidad machadiana.   
   El apartado “Tierra trasplantada” repasa la memoria personal de un tiempo y sirve de homenaje a algunas iniciativas culturales como la revista La galleta del norte. En todo el apartado es frecuente la nota a pie de página que recuerda aspectos contingentes ligados al poema; desde esa entraña de matices va creciendo la intrahistoria del poema con un persistente hilo argumental: el sustrato existencia donde se dibujan los trazos de un yo poético que recuerda presencias esenciales como la madre o  confiesa que ha vivido. Los palabras conforman un itinerario confidencial fragmentado en el que predomina la nostalgia al evocar la hermosa inercia de lo cotidiano.
  Los relieves del homenaje alzan un mapa de nombres propios en “Nombres y pronombres”. Habitan el poema Antonio Machado, Federico, Vallejo, Bergamín, los vascos del 98, Blas de Otero, Gabriel Celaya o Jorge Oteiza. Son presencias que confirman el peso fuerte de la tradición y el compromiso de la poesía con la historia. El verso reflexivo, sin digresiones, se impregnado de una austera tristeza que recuerda la muerte, que asume con entereza y lucidez el verso sobrio para esa línea gris que marca senda hacia ningún final.
   No solo la muerte y su poder igualatorio está presente en los poemas. También la amistad y la afinidad sentimental con otros escritores busca hueco en los sonetos de “Nombres y pronombres” para mostrar la cercanía con Rodolfo Serrano, Manuel López Azorín, Ana Montojo o Valentín Martín.
   Sirve de coda al extenso poemario el conjunto “Canción y canto”. En él el lenguaje se convierte en canto y ejercicio lúdico. Los textos combinan el aire popular y la rima sonora para acentuar su carácter festivo y el cauce sonoro de la canción.
   El bosque no es un árbol repetido, con sus continuas transiciones temáticas, hace de la pactada forma del soneto y su férrea estructura una estrategia expresiva que enhebra pensamientos y contempla la vida como un paisaje abierto. El endecasílabo muestra su fluir armónico con variadas distribuciones acentuales, sin estridencias, con la palabra contenida de quien se asoma al río de la tradición para reflejar en sus aguas la vida al paso.
   
JOSÉ LUIS MORANTE





martes, 14 de noviembre de 2023

FÉLIX MARAÑA. EL BOSQUE NO ES UN ÁRBOL REPETIDO

El bosque no es un árbol repetido
Félix Maraña
Prólogo de Valentín Martín
Huerga & Fierro Editores
Colección Graffiti
Madrid, 2023

 

UN MAR SIN RIBERAS


   La personalidad creadora de Félix Maraña (León, 1953) está marcada por el periodismo cultural. A él ha dedicado un largo trayecto laboral multiplicando páginas y artículos en las publicaciones del grupo Vocento. Pero la biografía personal de este castellano-leonés afincado desde niño en San Sebastián aglutina también una persistente senda lírica que comienza en 1981, cuando amanece su primera salida Ataduras de la noche.
  El cauce poético se renueva ahora con  El bosque no es un árbol repetido, una extensa compilación de sonetos prologada por Valentín Martín que añade como subtítulo un guiño unamuniano: “Sonetos y soñetos”. La entrada “Libro de la reconciliación” proyecta una voz directa, con fuerte acento coloquial, que identifica en el ejercicio literario la textura sentimental del protagonista lírico: “Félix Maraña, ese activista de los sentimientos, de la cultura física, el más republicano de todos los gorriones que un día se acercaron a mí como a un hermano grande”. El introito evoca también el recorrido en el tiempo del soneto como estrofa clásica, con un inventario de nombres propios que refuerza la plenitud expresiva y canónica de un mar sin riberas. Se me permitirá que añada a la galería de practicantes la voz de Blas de Otero, vasco comprometido y poeta social que hizo de esta hermosa cárcel de catorce versos una meditación del devenir temporal del sujeto y su condición existencial.
  El aserto El bosque no es un árbol repetido se apropia de la fuerza expresiva del aforismo para advertir al lector que debe mantenerse en vela para recordar que la reiteración formal no borra la autonomía y plenitud de cada soneto. De igual modo la sociedad como suma de sujetos no borra el carácter diferenciado y único de cada conciencia. La voluminosa cantidad de poemas se organiza en cuatro apartados temáticos: “Rumores vegetales”, “Tierra trasplantada”, “Nombres y pronombres” y “Canción y canto”. El poeta además coloca como umbral, tras el paratexto de las citas, el poema pórtico “Garaje de guardia”, una composición que advierte y ratifica lo enunciado por Jaime Gil de Biedma: el devenir vital es un asunto serio que no elude erosiones y pérdidas y la conciencia fuerte de un aviso para navegantes; todos estamos en tránsito, exhibimos una condición transitoria, somos materia paradójica, inocente ceniza que aventará el viento del olvido en la última costa.
  Cada poeta moldea su cadencia expresiva, deja en los versos su particular manera de compartir sedimentos que adecúen contenidos y forma. En los poemas de la sección inicial “Rumores vegetales” emerge una escritura meditativa y humanista, incisiva e irónica que hace un balance vivencial, despojado de trascendencia. Del mismo modo que el bosque, ese mar de palabras verticales, acoge en su interior una flora y una fauna diversa, la realidad amalgama en sus puntos cardinales materiales humildes y espacios de contraste. Vivir es ir sumando pasos y propósitos, muchas veces baldíos, es también acumular pequeñas muertes sucesivas que constatan que habitamos una sala de espera. Vivir en solo un sueño, un espejismo calderoniano que añora la nostalgia del futuro.
   Contenida en los límites del soneto, la mirada crítica denuncia los desajustes sociales, las agresiones al paisaje natural o los incontables problemas demográficos de nuestro tiempo, esas hendiduras que hablan  de los desheredados de la tierra y del continuo flujo migratorio.
  El subtítulo cobijaba la convivencia de composiciones que no cumplen en sentido estricto las reglas formales del soneto. Esos textos o soñetos precipitan en sus versos la pedagogía del tiempo con sensibilidad machadiana.   
   El apartado “Tierra trasplantada” repasa la memoria personal de un tiempo y sirve de homenaje a algunas iniciativas culturales como la revista La galleta del norte. En todo el apartado es frecuente la nota a pie de página que recuerda aspectos contingentes ligados al poema; desde esa entraña de matices va creciendo la intrahistoria del poema con un persistente hilo argumental: el sustrato existencia donde se dibujan los trazos de un yo poético que recuerda presencias esenciales como la madre o  confiesa que ha vivido. Los palabras conforman un itinerario confidencial fragmentado en el que predomina la nostalgia al evocar la hermosa inercia de lo cotidiano.
  Los relieves del homenaje alzan un mapa de nombres propios en “Nombres y pronombres”. Habitan el poema Antonio Machado, Federico, Vallejo, Bergamín, los vascos del 98, Blas de Otero, Gabriel Celaya o Jorge Oteiza. Son presencias que confirman el peso fuerte de la tradición y el compromiso de la poesía con la historia. El verso reflexivo, sin digresiones, se impregnado de una austera tristeza que recuerda la muerte, que asume con entereza y lucidez el verso sobrio para esa línea gris que marca senda hacia ningún final.
   No solo la muerte y su poder igualatorio está presente en los poemas. También la amistad y la afinidad sentimental con otros escritores busca hueco en los sonetos de “Nombres y pronombres” para mostrar la cercanía con Rodolfo Serrano, Manuel López Azorín, Ana Montojo o Valentín Martín.
   Sirve de coda al extenso poemario el conjunto “Canción y canto”. En él el lenguaje se convierte en canto y ejercicio lúdico. Los textos combinan el aire popular y la rima sonora para acentuar su carácter festivo y el cauce sonoro de la canción.
   El bosque no es un árbol repetido, con sus continuas transiciones temáticas, hace de la pactada forma del soneto y su férrea estructura una estrategia expresiva que enhebra pensamientos y contempla la vida como un paisaje abierto. El endecasílabo muestra su fluir armónico con variadas distribuciones acentuales, sin estridencias, con la palabra contenida de quien se asoma al tiempo y al lenguaje para reflejar en sus aguas los trazos coloristas de la vida al paso.

JOSÉ LUIS MORANTE



   

jueves, 20 de septiembre de 2018

ANTONIO AGUILAR RODRÍGUEZ. CANCIONES PARA EL DÍA DE DESPUÉS

Canciones para el día de después
Antonio Aguilar Rodríguez
Huerga & Fierro Editores
La Rama Dorada
Madrid, 2018
JARDÍN DE INVIERNO

  Precediendo a los poemas de canciones para el día de después, Antonio Aguilar Rodríguez deja una introducción aclaratoria del hecho concreto que sirve como detonante escritural. Si es cierto que los poemas deben ser autónomos y adquirir pleno sentido desde sus versos, el enfoque y la sensibilidad que impulsa su recorrido es un dato necesario para que su semántica adquiera un perfil completo. Hay otra cuestión previa que llama la atención en el título: la expresión el día de después, aunque singulariza el día y subraya cuándo, crea un uso preposicional cacofónico en la lectura; se hubiese podido soslayar, sin variantes significativas con el aserto el día después que tiene magma afín, si se me permite el matiz.     
  La razón de escritura se expone son lúcida convicción: “Es un poemario que muestra la búsqueda, no la reconstrucción del yo, más bien, el descubrimiento, la aceptación. Habrá quien lo lea en clave biográfica, intentando reconocer aquí y allá hechos que ya no existen y que perfectamente podrían no haber existido, pero esa parte, la de la lectura ya escapa también a mis palabras”.
   La sección inicial, “Canciones” compila dos apartados en los que es habitual el uso del poema breve y una dicción figurativa en la que se insertan algunos referentes culturales. El primer paso vislumbra una amanecida nocturnal, una actitud de espera que se enuncia con el tono a media distancia del narrador: “Se levantó y apenas hizo ruido. / Arrastró su maleta hasta la puerta. / Un tropel de caballos negros cercenó / la luz de la mañana”. Es el instante que precede al viaje, pero en su enunciado el itinerario a cumplir no sugiere una estela luminosa en la que germine la esperanza sino un gesto casi nocturnal que abre la inquietud y el desasosiego. Algo se rompe y en esa narración de un hecho luctuoso es necesario el verbo objetivo, no la implicación íntima de quien sufre el desgarro sino la palabra del testigo que ignora las razones o que solo conoce una parte de la verdad.
   Es un tiempo de intimidad en el que el discurrir contiene un tacto frío; hay que desplegar un mapa nuevo que contiene la cartografía del ahora y en el que se diluyen los relieves del pasado. Hay que sembrar un punto de luz nuevo que señale la senda de regreso. El abandono abre un tiempo extraño en el que se ha malogrado la cosecha común del fruto compartido; ahora todo es erial y páramo en el que nada crece. Solo quedan las palabras para gemir esa canción del día después, que dictamine esa tragedia íntima de quien explora el dolor solitario.
  Pero la ausencia y la separación tienen rostros bifrontes, y el segundo momento de estas canciones sigue el rastro afectivo del otro. Como si fuesen las desperdigadas notas de una canción, las señales de paso se suceden. En ellas se esconde la incertidumbre, pero también el perdón y la posibilidad del regreso para protegerse del frío. La mirada parece descubrir si es posible la inflexión, si puede cobijarse entre las sombras algún hilo de luz. Al cabo, “La esperanza no tiene otras premisas: / nace como una flor, / como una flor se pudre”. Pero el yo ya es otro y no es posible revertir esa mutación, recuperar la casa, la identidad primigenia, la cadencia de las mismas palabras.
   Antonio Aguilar Rodríguez encuentra en el poemario de Anne Carson La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos (Lumen, 2003) un recorrido paralelo sobre el desmoronamiento de la convivencia y sobre las cicatrices sin cerrar. El estar juntos es un tango solemne que ha de bailarse hasta el final, hasta que concluye el desgarro de la melodía y el cansancio se posa en cada movimiento. El íntimo refugio del afecto se ha convertido en solar donde duerme el derrumbe, como arqueología del pasado que no encuentra sitio en el ahora. Y así se ponen amarillos los calendarios, para dar fe de vida de una década que ha convertido la herida en un recuerdo: “En la reconstrucción / de los hechos – la tiza sobre el cielo raso- / no halló los trozos de esta nada, / ya tan solo hubo reconocimiento”
   Recordar genera expectación y sentencia, el deseo de cerrar el círculo y seguir caminado en línea recta. No hay ajustes de cuentas sobre el dolor del corazón, solo palabras que dan voz a una historia, que ponen la quietud de una verdad: para vivir es necesario asomarse al abismo muchas veces.   



lunes, 19 de junio de 2017

LUIS MIGUEL RABANAL. LOS POEMAS DE HORACIO E. CLUCK

Los poemas de Horacio E. Cluck
Luis Miguel Rabanal
Huerga & Fierro Editorial
Madrid, 2017 

ÓSMOSIS 

   Para que la oscuridad del dolor no se convierta en patetismo declamatorio, su expresión literaria exige una perspectiva. Lo sabía muy bien  el poeta catalán Joan Margarit al emplear como clave argumental de su poemario Joana la enfermedad y muerte de su hija; y lo sabe Luis Miguel Rabanal al indagar sobre circunstancias existenciales complejas y compartir la lucidez de su fiebre en Los poemas de Horacio E. Gluck.
   En las líneas introductorias de “Humo”, la caligrafía barroca de Andrés González emplea esta expresión: “un poemario místico, bendito, sacrílego también, como debe ser el agua fuera de mayo”; el prologuista también sondea la identidad del protagonista lírico, Horacio Estanislao Cluck, como imagen especular del yo biográfico y su memoria encendida. En suma, una advertencia al lector de que, como en libros anteriores, en su amplia trayectoria poética Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) cultiva una heterodoxia de sombra alargada que transita por las diferentes secciones de esta propuesta lírica.
   Desde la voz de un yo desdoblado arranca el apartado inicial en el que encuentra sitio una dicción limpia que desvela intimismo y transparencia. En ella fluye la conciencia de lo transitorio, el hilo débil que nos va acercando a un tiempo cumplido y que requiere hacerse perdurable en el quehacer de “Los constructores de palabras”. Desde su empeño, nace el poema cuyos rasgos muestran fragilidad y añoranza, un discurso emotivo de quien se siente náufrago a la deriva y conoce “el desastre de no pertenecer / a lugar alguno, / como los vencejos de agosto”.
   La segunda sección emplea como única forma el poema en prosa. La reflexión difunde  una estela de voces en la que escuchamos la transpiración de varias identidades, aunque prevalece una voz femenina asociada al recuerdo y al deseo, un deseo declinante que poco a poco se convierte en soledad vencida, como si el ahora solo dejase sitio a los recuerdos de otra cronología más propicia. La forma se emplea de nuevo en las composiciones del cuarto apartado en el que prosigue “Desnudos” su variada caligrafía reflexiva.
  La verdad aseverativa de la derrota requiere un comienzo, la reformulación de una esperanza. Así parece anunciarse en el aserto que aglutina el tercer apartado “Imploró llamas y adivinos”. Porque el amor no basta y el presente despliega su grisura con su magra cosecha de sueños por cumplir, es necesario desplegar. La muestra final “El viaje” establece un claro paralelismo entre el viaje y el itinerario vivencial, en la línea de tantos autores clásicos; los poemas recuerdan el discontinuo gotear de la memoria para dejar estampas adormecidas de otro tiempo, con una geografía cómplice y cercana. Si el cuerpo de la amada es el primer plano del laberinto en el tiempo que permite sobrevivir a la incertidumbre, también se hace presencia la contemplación del propio destino con la mirada del observador que descubre los claroscuros y asimetrías de la identidad. El pasado ha perdido su luz onírica y ahora aparece como expresión de una mentira a la que no se puede regresar; lo mismo sucede con la casa que añade moho y derrumbe a sus cimientos o con las vivencias del discurrir siempre confrontadas con la grisura de la soledad.
  En Los poemas de  Horacio E. Cluck  asistimos a un largo proceso de análisis interior. La derrota invita a reacomodar lo cotidiano y salir al día para buscar al yo trasterrado. Fiel a sus constantes poéticas, Luis Miguel Rabanal despliega intimismo y nos revela esas sombras de arena que duermen en la biografía del yo escindido. En ella se guarda un calor de vida ya gastada, la sensación compleja de haber sido.


lunes, 14 de marzo de 2016

JAVIER LERENA. EL SILENCIO EN SU HUECO

El silencio en su hueco
Javier Lerena
Huerga & Fierro Editores, Poesía
Madrid, 2015


EL SILENCIO EN SU HUECO

  Javier Lerena (Madrid, 1962) se incorpora al mapa lírico del ahora con el libro El silencio en su hueco, un muestrario de poemas reconocido con el I Premio de Poesía Manuel del Cabral, encomiable iniciativa cultural del Consulado de la República Dominicana en Valencia. Precede a esta amanecida un reguero de colaboraciones en antologías y eventos literarios, como el Día Internacional de la Poesía en Segovia, y varios trabajos en publicaciones digitales.
  Por tanto, El silencio en su hueco es un primer paso de un itinerario creador que arranca con la huella sosegada de quien llega al taller de autor cuando ya reside en la madurez y ha superado aquellos primerizos ejercicios de tanteo y ha hecho costumbre la mirada reflexiva en sus actitudes. También las citas prologales tienen un enfoque meditativo. Los versos de Julia Castillo sirven de granero para el título y el aporte de Ada Salas funciona como indicio de una voz que se expande con mínimos desarrollos enunciativos porque confía en la intuición y en la sugerencia conceptual.  Así lo comprobamos desde el comienzo, un texto que entrelaza hilos de pensamiento ante el eco rumoroso del acontecer temporalista. De esta veta nacen los argumentos poéticos. los versos buscan la claridad entre la incertidumbre de lo existencial; el yo apenas dibuja sus contornos, se hace casi transparente mientras busca en su estar el vacío asignado entre los elementos del entorno. Se siente: “Una semilla de bosque / en un cuerpo seco. / palabra transparente / al llegar la noche”. Así van germinando alrededor las cosas que llevan inscritas en su formas un destino pactado. En ellas se percibe un caminar indeclinable hacia la erosión y la ceniza, una consunción que contagia a todo lo matérico: “Lo que se deshace / mansamente / sin pausa, / en el fingido contacto, / en los gestos / cada día. /   Cuando no se reconoce / el perfil preciso que la memoria guarda / aún. “
  La sección “Se despliega el zarzillo” concede a lo visual un mirador más nítido; las formas imponen un estar cercano que busca asentamiento en la mirada que testifica. Los versos abren un lecho enunciativo para describir la tensión íntima de la naturaleza, un remanso de quietud donde se desmenuzan las sombras. De esa atmósfera de diálogo entre sensibilidad y paisaje también participa el tramo de cierre, “Los límites”; de nuevo, la observación se hace pensamiento: “Con los brazos en cruz / el sol repetirá el trazo / las lindes de la casa / sin aparente esfuerzo / habitar las miradas / la distancia imposible hacia el centro / donde rompe lo ajeno”.
  Frente al callado papel del sujeto mecido en lo diario, buscan acomodo los límites de la realidad, un lugar diluido donde conviven el pulso de la luz y un silencio que encuentra  a su mutismo una expresión definitiva. Con El silencio en su hueco Javier Lerena atraviesa el umbral de la poesía para salir a campo abierto. Y lo hace construyendo una voz que busca contenido en lo esencial, en ese formato reducido de un espacio interior, donde la palabra se acerca en soledad para discernir sobre la difusa naturaleza del tiempo.