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miércoles, 27 de marzo de 2019

RICARDO VIRTANEN. INTERVALO

Intervalo
Ricardo Virtanen
Premio de Poesía José Luis Hidalgo 2018
Libros del Aire/ Poesía
Torrelavega, Cantabria, 2019


LO EFÍMERO


   La exploración creadora de Ricardo Virtanen (Madrid, 1964) enriquece su itinerario con trabajos de investigación, literatura didáctica para el aula, aforismos, ediciones críticas, antologías, páginas autobiográficas y una senda poética que recurre al haiku como estrategia expresiva. Ahora se añade Intervalo, poemario reconocido con el Premio de Poesía José Luis Hidalgo 2018.
   Las coordenadas iniciales de Joseph  Brodsky y Juan Boscán aportan destellos ordenadores que no viene mal señalar aquí. Son posibles ventanas del enfoque general del libro: el destino del sujeto recorre aguas brumosas; siempre está marcado por quiebros inesperados, lo que fortalece la idea de una esperanza mudable que exige una respiración en vigilia; en esa voluntad existencial de salir al día para percibir las líneas presentidas de lo material, el amor es núcleo central de la identidad.
   Desde la contemplación reflexiva del sujeto de las formas que ocupan la escena, arranca un espacio poético que enuncia esa extraña autopsia que el discurrir muestra ante los sentidos. Todo está ahí, como teselas insertas en un gran mosaico, completo y vulnerable al mismo tiempo. Se trata de entender ese golpe de dados que el trayecto vital arroja sobre lo diario, y  no se puede anticipar. La soledad no es sino búsqueda y espera; pauta para formulas incisiones que aporten la cadencia del paso, el habitar la incertidumbre.
   La enumeración de realidades y conceptos se convierte en actitud existencial. Hace del protagonista de la contemplación un paciente testigo de lo transitorio. Alrededor, el entorno despliega elementos enfrascados en una mínima función presencial. La percepción se ralentiza mientras suena el corazón del tiempo:“Vienen y van las moscas, / susurro de un motor / lleno de mil metáforas, / atando sensatez y alegoría en mis ojos / cansados de rigor estático del tiempo.”
   Del estar en el territorio habitable del presente surge la indagación metaliteraria, esas preguntas que plantea el poema, mientras la realidad se desgaja en fotografías que poco a poco adquieren el desgaste amarillo del discurrir. La metáfora cobra vida como expresión del desconcierto, como estallido de imágenes que derrama formas invisibles entre las palabras: “He cortado el poema, / como mirando una sandía abierta, / y encuentro dentro / los fragmentos de su esqueleto”.
 En quien mira las convergencias de la disparidad, hay una actitud de despojamiento y esencialización. Se trata de aprehender, no de llenar los sentidos; de sentir el resplandor instantáneo que restalla un segundo para perderse de inmediato en la profundidad de la conciencia: “Las plumas del recuerdo / encogen en la luz / pero se hacen visibles a mi tacto”. Esos brotes efímeros alzan una arquitectura de verdad y extrañeza, de pureza presencial que hace habitable la nada del sujeto. Asocian los sustratos de la materia con estados emocionales.
   Toda la sección está marcada por las cuerdas vocales del desasosiego. Quien habla toma el pulso a una realidad casi inasible, que parece contener la textura lejana de la imagen especular. El tiempo discurre en la grisura de un fondo de ceniza. Así se justifica en el segundo apartado la necesidad de amanecida y luz que requiere el estar: “Hay que inventar de nuevo la belleza / con la presunción del transeúnte / y el hipo del que espera”. Es una estrategia contra el desvarío; la posibilidad de estrenar un cromatismo nuevo que forme la epidermis de lo cotidiano. Que retorne al sueño la alegría y se apague el estar melancólico con la sutil delicadeza de los sentimientos. Que suene fuerte otra vez la voz del personaje huérfano.
   Repleto de sugerencias, el poema “Pop” intuye el apunte biográfico, casi una constante del tercer apartado. El sólido trayecto musical de Ricardo Virtanen ha ido fortaleciendo un caladero vivencial que alienta un copioso anecdotario nocturno. Alerta sobre la fragilidad del amor y sobre su tendencia a construir espejismos orbitales. Contienen un realismo existencial proclive a la impostura. En la amanecida se percibe de otra manera, como fragmentos marchitos en las aceras. Esta incertidumbre marca el comienzo de “Por qué un poema en diciembre”: “Nada tiene una forma. Ni sus ojos / ni mi voz. Nada ocurre / dos veces en el mismo pulso. Todo / es nuevo para mí. Las hojas muertas / que alguna vez cayeron / donde pisan mis párpados, mi sed / cuadriculada en círculos”. El devenir refleja la identidad mudable del estar; se vuelve paradoja y tránsito, confusión y miedo, encarna un horizonte lejano que se concibe inalcanzable, como un punto de fuga.
   Pero también el tiempo es amanecida y esperanza, una inercia pactada con los hábitos que recobra la pureza en lo percibido. El yo renacido sale al día para volver a moldear los gestos del estar, esas ventanas que ilumina la prisa y “el vómito desnudo de la luz”. Se presenta así un mundo fragmentario en el que confluyen elementos dispares y significados como en una cadena aleatoria que exige pausas a cada instante para que el pensamiento clarifique y escriba su “Antielegía”:“El mar amaneció con tos extraña. / Vine para tocarlo con mis manos / y despedirme para siempre / de lo que alumbra su belleza mínima”.
   En los poemas de Intervalo Ricardo Virtanen deja las trazas distintivas de un excelente libro. Poesía que nace de la observación minuciosa, la autenticidad de la experiencia. Ceñida esencialización de un lenguaje que bebe de las vanguardias y recupera signos cubistas y creacionistas para hacer de la escritura un trayecto habitable, de claridad simbólica.




JOSÉ LUIS MORANTE      

miércoles, 15 de abril de 2015

JOSÉ MANUEL SUÁREZ. CUARTETO

Pintura de interiores
José Manuel Suárez
Libros del Aire
Madrid, 2015
CUARTETO

   El subtítulo “Cuarteto” de Pintura de interiores clarifica de inmediato la extensa selección de composiciones integradas en esta salida de José Manuel Suárez (Piedras Negras, Laviana, Asturias, 1949). El volumen, editado en la colección Jardín Cerrado, aglutina un ciclo de escritura que abarca cuatro sendas líricas, “Inquieta levadura”, “Azul sin fingimiento”, “De piedra encendida y yerta” y, por último, “Donde las manos ven”. Los apartados apuestan por convivir con formatos heterogéneos, aun cuando compartan una línea argumental que expande similares preocupaciones temáticas. Así lo refrenda la nota prologal que el autor ha denominado “Dedicatoria”, un aserto que transmite una clara implicación emocional: “Todo tiene su adentro al que llegar horadando el camino, un interior donde las manos ven, un cierto hogar que espera y nos abre la puerta y nos invita a entrar, habitando la casa en que ya estamos. Y así estar será, en su sentido fuerte, marco de lo que somos y veremos. Un lugar nos empuja muy lejos, nos amasa y nos hace crecer, y en su dificultad viene a buscarnos”.
   Este dibujo hecho de sentimientos también deja sus trazos en el amanecer del poemario. “Inquieta levadura”  postula una reflexión sobre la identidad lírica empeñada en recomponer espacios vivenciales, un entorno germinativo y auroral que el discurrir del tiempo va gastando, aunque las sensaciones perduran: ”(Con una medida humana, la tierra es perdurable. / No se deja arrebatar. Distintos dueños / pero las mismas manos. Anunciación sin ciencia: / a la altura del hombre la tierra no ha cambiado; / van cambiando los ojos, alma viva atrapada entre fuegos, / cenizas ya y deseo de cuanto ardió deprisa )”.
   El apartado “Azul sin fingimiento” fomenta una poesía más discursiva, como si el exterior se oteara con el verbo omnisciente de la contemplación. La voz hace inventario de elementos al paso, y en ellos las humilded urracas adquieren el protagonismo del primer plano. Son capaces de convocar didácticas analogías. Su luto prodiga una ternura juanramoniana y representa, ante la animada pupila del espectador, un variado registro de actitudes que hacen más habitable el espacio urbano de la costumbre. “Los días más hermosos: de luz en el invierno; aire más transparente y que se amansa; más humano. Centellea el sol de diciembre en las acacias y plátanos junto a la boca del metro. Las chimeneas de leña difunden el leve incienso y bálsamo de días ya lejanos ".
    “De piedra encendida y yerta”, tercer fragmento, aloja textos breves de tono elegíaco. La pupila verbal refleja lo transitorio; el azaroso discurrir de la existencia es un trazado que hace del recuerdo una manera de perdurar. La memoria se convierte en ancla de sujeción. En ella sigue intacta la casa del pretérito cuyos muros contienen lugar y fuego: “Fue mi lugar verdadero / por eso nunca me fui “. Esa tenaz errancia en el tiempo solo adquiere sentido en el regreso.
  El cierre, “Donde las manos ven”, está formado por poemas meditativos. El verbo asocia vivir y razonar, como el logos se convirtiese en una brújula de la existencia en tránsito; el ámbito del ser  está marcado por actitudes de búsqueda y descubrimiento. La poesía se hace puente hacia el interior de la conciencia para esclarecer el tejido relacional entre el hablante verbal y la realidad como casa de la materia.
   Ya se ha comentado la idea de ciclo que José Manuel Suárez argumenta para unificar la fértil cosecha lírica de Pintura de interiores. El libro, plural en su desarrollo, traza un itinerario a partir del eje de coordenadas que postulan el lugar y la temporalidad, dos esquejes básicos de la tradición reflexiva, aquella que da voz al estar transitorio del hombre. Somos huellas precarias, tercos pasos marcados en la senda del tiempo.  

viernes, 29 de agosto de 2014

JESÚS APARICIO GONZÁLEZ. EL EMPEÑO DE SÍSIFO

La paciencia de Sísifo
Jesús Aparicio González
Libros del Aire, Madrid, 2014

EL EMPEÑO DE SISIFO
 
    Dos años después de la entrega doble, La papelera de Pessoa / La luz sobre el almendro, Libros del Aire publica La paciencia de Sísifo, nueva salida del poeta Jesús Aparicio González (Brihuega, Guadalajara, 1961), quien ya cuenta con una decena de estaciones.
   Tan amplio recorrido poético se define por una mirada que encarna una dicción coloquial, con el aire fresco de una conversación de sobremesa, que elude los laberintos conceptuales y que nace casi siempre cercana y despojada. El yo que habita en los poemas nos habla del cotidiano sueño del existir, está presente en el hilo de epifanías que va esparciendo viajes y regresos, un cúmulo de instantes que el acontecer transforma, inexorable, en un liviano montón de ceniza. Meditativo y temporal, el poema hace suyo el axioma machadiano de ser palabra en el tiempo.
 El volumen se estructura en dos apartados. Ambos tramos escriturales, “Hojas del calendario” y “la paciencia de Sísifo” aportan un considerable número de composiciones, aunque tengan la brevedad del haiku o de un tanka, ya que el poemario está formado por ciento treinta y tres textos, lo que permite leer la entrega como si fuese una antología plural y representativa del autor. El verso libre elige siempre la brevedad y un formato sostenido en un soporte anecdótico que deja la impresión de cuaderno vivencial, de estancia en una casa sosegada cuyos rincones se abren de par en par ante el lector. La hoja en blanco se va poblando con la minúscula caligrafía de una andadura emotiva. La amanecida especula con la posibilidad de dejar sitio al sueño cumplido; despliega una luz auroral, nos pone entre las manos la punta renomazada de un lápiz infantil que dibuja las cosas con la pureza de un trazo sin sombras; así se va forjando la travesía de cada yo sin que todavía oprima el pecho la sensación de acabamiento y ceniza.También la segunda parte comparte la palabra elegíaca y el estar conforme. Un viento amigo siembra indicios ante los sentidos para que se pronuncie la voz que define esa relación entre el ser y el entorno, ese remozado verdor de una tierra acogedora y hospitalaria que se llena de matices en cada ciclo estacional. Como las aves, el sujeto levanta su mirada para que sobre la mesa de cada día se comparta el fruto de su canto. De ese modo la palabra se torna luminosa cadencia de aceptación, prolonga lo vivido, sondea en la permanencia de lo transitorio con la paciente voluntad de Sísifo.
  Elegía y celebración, la lírica de Jesús Aparicio González muestra el fulgor que destila lo minúsculo. Lo cotidiano renueva en cada esquina ángulos que enriquecen humildes apariencias.. El ser se complementa con lo externo porque la realidad es un espacio abierto que da sentido a la identidad individual, un escenario dispuesto para que las acciones de Sísifo, siempre metáfora de la incomprensión de su destino, de voluntad incesante y quemada en un esfuerzo inútil, encuentre su verdadero papel en la cuesta arriba de cada travesía vivencial.