miércoles, 15 de abril de 2015

JOSÉ MANUEL SUÁREZ. CUARTETO

Pintura de interiores
José Manuel Suárez
Libros del Aire
Madrid, 2015
CUARTETO

   El subtítulo “Cuarteto” de Pintura de interiores clarifica de inmediato la extensa selección de composiciones integradas en esta salida de José Manuel Suárez (Piedras Negras, Laviana, Asturias, 1949). El volumen, editado en la colección Jardín Cerrado, aglutina un ciclo de escritura que abarca cuatro sendas líricas, “Inquieta levadura”, “Azul sin fingimiento”, “De piedra encendida y yerta” y, por último, “Donde las manos ven”. Los apartados apuestan por convivir con formatos heterogéneos, aun cuando compartan una línea argumental que expande similares preocupaciones temáticas. Así lo refrenda la nota prologal que el autor ha denominado “Dedicatoria”, un aserto que transmite una clara implicación emocional: “Todo tiene su adentro al que llegar horadando el camino, un interior donde las manos ven, un cierto hogar que espera y nos abre la puerta y nos invita a entrar, habitando la casa en que ya estamos. Y así estar será, en su sentido fuerte, marco de lo que somos y veremos. Un lugar nos empuja muy lejos, nos amasa y nos hace crecer, y en su dificultad viene a buscarnos”.
   Este dibujo hecho de sentimientos también deja sus trazos en el amanecer del poemario. “Inquieta levadura”  postula una reflexión sobre la identidad lírica empeñada en recomponer espacios vivenciales, un entorno germinativo y auroral que el discurrir del tiempo va gastando, aunque las sensaciones perduran: ”(Con una medida humana, la tierra es perdurable. / No se deja arrebatar. Distintos dueños / pero las mismas manos. Anunciación sin ciencia: / a la altura del hombre la tierra no ha cambiado; / van cambiando los ojos, alma viva atrapada entre fuegos, / cenizas ya y deseo de cuanto ardió deprisa )”.
   El apartado “Azul sin fingimiento” fomenta una poesía más discursiva, como si el exterior se oteara con el verbo omnisciente de la contemplación. La voz hace inventario de elementos al paso, y en ellos las humilded urracas adquieren el protagonismo del primer plano. Son capaces de convocar didácticas analogías. Su luto prodiga una ternura juanramoniana y representa, ante la animada pupila del espectador, un variado registro de actitudes que hacen más habitable el espacio urbano de la costumbre. “Los días más hermosos: de luz en el invierno; aire más transparente y que se amansa; más humano. Centellea el sol de diciembre en las acacias y plátanos junto a la boca del metro. Las chimeneas de leña difunden el leve incienso y bálsamo de días ya lejanos ".
    “De piedra encendida y yerta”, tercer fragmento, aloja textos breves de tono elegíaco. La pupila verbal refleja lo transitorio; el azaroso discurrir de la existencia es un trazado que hace del recuerdo una manera de perdurar. La memoria se convierte en ancla de sujeción. En ella sigue intacta la casa del pretérito cuyos muros contienen lugar y fuego: “Fue mi lugar verdadero / por eso nunca me fui “. Esa tenaz errancia en el tiempo solo adquiere sentido en el regreso.
  El cierre, “Donde las manos ven”, está formado por poemas meditativos. El verbo asocia vivir y razonar, como el logos se convirtiese en una brújula de la existencia en tránsito; el ámbito del ser  está marcado por actitudes de búsqueda y descubrimiento. La poesía se hace puente hacia el interior de la conciencia para esclarecer el tejido relacional entre el hablante verbal y la realidad como casa de la materia.
   Ya se ha comentado la idea de ciclo que José Manuel Suárez argumenta para unificar la fértil cosecha lírica de Pintura de interiores. El libro, plural en su desarrollo, traza un itinerario a partir del eje de coordenadas que postulan el lugar y la temporalidad, dos esquejes básicos de la tradición reflexiva, aquella que da voz al estar transitorio del hombre. Somos huellas precarias, tercos pasos marcados en la senda del tiempo.  

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