martes, 20 de marzo de 2012

BEGOÑA ABAD. SOBRE LOS TEJADOS.

Cómo aprender a volar
Begoña Abad
Olifante ediciones, Zaragoza, 2012

   Conocí en persona a Begoña Abad en el encuentro de escritores Voces del extremo, celebrado en Béjar, en el verano de 2009. Hasta ese momento no tenía de ella ninguna referencia personal ni literaria. Sin embargo, su sencillez, su escepticismo e ironía y su generosidad expansiva me capturaron de inmediato, hasta el punto de que su amistad fue el mejor legado de aquella convocatoria bejarana. Un año después, propició una lectura poética de mis versos en Logroño. Viví unas horas de grato recuerdo entre el quehacer laboral del Ateneo y los aledaños de un río Ebro, de aguas transparentes y gélidas. También visité la acogedora casa de Begoña y aquella azotea abierta, como un mirador suspendido, a los tejados de una ciudad levítica.
   Ahora me llega su envío Cómo aprender a volar, un conjunto de poemas editado con gusto por Olifante, en su colección Papeles de Trasmoz. El libro se enriquece con una introducción de Antonio Orihuela, pero ya tengo una idea preconcebida sobre lo que voy a leer. Sé que hallaré una poesía breve, directa, emotiva, sin afeites ni trucos literarios; una poesía confesional, reflexiva y dispuesta a sonar como las frases a media voz de una conversación de sobremesa en cualquier bar de la plaza de Logroño, bajo un sol pálido y una nube de infusión flotando entre dos comensales.  Hablé al comienzo de ese escepticismo palpable que Begoña Abad extiende sobre cualquier  vanidad literaria. Nadie más lejos de la pose de escritor y de la foto retocada con epigonías más o menos encubiertas. Los versos de Begoña Abad manan desde la transparencia, breves, como aforismos que resumen las enseñanzas de los días.
 Así se inicia el poemario: “LO PRIMERO que recuerdo de esta vida / es que alguien me sopló en la cara. / No recuerdo nada de mi vida anterior”. Somos una identidad en construcción continua; el pasado es material inerte y conviene caminar limpios, con la desnudez de aquellos equipajes de Machado. De esa negación del pretérito se alimenta el deseo de ser, la búsqueda palpable de la luz, el esfuerzo por sondear mares nuevos, libres de miedos, para no ofrecer resistencia a la corriente.   Pero el yo poemático también deja un espacio al entorno, a las enseñanzas de lo cotidiano. La historia del abuelo que hace de la quietud de la muela el mejor diccionario para conocer, o el estatismo del gato sobre el alféizar de una ventana, a esa altura donde la caída es peligro y riesgo, donde se hace más plena la libertad de mirar los tejados. Del mismo modo, otros poemas actuán como crónica de un tiempo manifiestamente mejorable, lleno de flecos y asuntos colectivos no resueltos: los malos tratos, la violencia de género, las actitudes xenófobas, el materialismo son anotaciones de agenda que en una sociedad individualista y miope nunca tienen  fecha de caducidad. Miradas a un mundo que parece tener narcotizada la conciencia  Esa aparente sencillez no exime de la “responsabilidad de cuidar las palabras”, de dar a cada poema el ritmo y la cadencia precisa para que sus versos se aposen en la memoria como si precisaran una reflexión posterior en la que consiguieran su pleno sentido.
Una invitación a aprender a volar, con las alas seguras de una poesía emotiva, fuerte y vulnerable al mismo tiempo, hecha de gotas de ternura.       

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