jueves, 1 de marzo de 2012

EN EL CASTRO DE LAS COGOTAS

 

Una ramal secundario, que parte de la carretera de Valladolid, desemboca en la presa sobre el río Adaja, a escasos kilómetros de la ciudad de Ávila. El aparcamiento está vacío. En la entrada del mismo, una escultura reciente imita un verraco vettón.

Ascendemos lentamente hacia el castro de las Cogotas. El paisaje alterna bloques pétreos, arbustos y algunas encinas. Aridez de meseta continental.

En la altura persiste buena parte de la muralla, una mampostería de piedra que defiende en círculo y permite reconstruir imágenes muy nítidas de la vida cotidiana en el castro.

Entre los restos de la muralla, mi reloj no mide el presente sino el pasado. Intenso silencio. Escucho la voz de la piedra.

El habitáculo no sobrepasa el centenar de metros y sin embargo allí convivieron la fortaleza agreste, el templo, la austera casa, el almacén, la cuadra... indicios colectivos de una sociedad que ahora es páramo.

En algún sitio resuenan pasos. Los cazadores trazan un círculo de acoso, los artesanos tallan la inmóvil voluntad de la cantera; otras manos desbrozan los arbustos; un niño mira cómo se desdibuja su rostro sobre el agua.

Reflejos de una mañana de invierno. Sol tibio.

Soy el intruso que deambula entre los que no están.                                    

2 comentarios:

  1. Hablamos la otra tarde del lugar, de su poca concurrencia y de la impresión que te causó. Aquí queda, como todo lo que escribes, plasmado con bellas palabras.
    Un beso

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  2. Querida Elena, el sitio te encantaría. Como historiadora sabes que el presente asienta los pies sobre el pasado y que ese tiempo habla a través de huellas imborrables. El lugar te espera, así que es uno de esos puntos de llegada que compartiremos. Un abrazo.

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