jueves, 13 de septiembre de 2018

MONTSE ORDÓÑEZ. LA ORILLA DE LOS NADIE

La orilla de los nadie
Montse Ordóñez
Imagen de cubierta:
David Pujadó
Promarex Ediciones
Barcelona, 2018


DESDE LA ORILLA


   En estos tiempos de ecosistemas digitales, cuajados de individualismo y asepsia cultural, Montse Ordóñez (Barcelona, 1974) mantiene un continuo laboreo intelectual. Impulsa el quehacer de artistas plásticos cubanos, fomenta enlaces entre estrategias creadoras como fotografía y expresión literaria, coordina talleres y sellos editoriales como Ediciones Cumbres, y apoya algunos proyectos escénicos. Un activismo que no anula su vocación poética, adelantada en publicaciones de estados Unidos, Chile y España, que ahora deja en las librerías el poemario La orilla de nadie. La colección de poemas se presenta con cubierta del fotógrafo David Pujadó y contiene un contundente paratexto prologal en citas de Lou Andreas Salomé, Thomas Bernhard y Chantal Maillard; son sensibilidades literarias que optan por la singularidad frente al gregarismo y por enfocar la realidad con un incisivo sentido crítico.
   El título La orilla de los nadie concede sitio a los que recorren las transitadas aceras de la inexistencia. Abre una lógica enunciativa donde se insertan todos los apartados del poemario, que comparten en su denominación despojamiento formal y un significado de ambiente o localización. El primero, “Orilla” sale a descubierta con un texto en prosa que glosa la intemperie. Estar es permanecer abocado a un temporalismo finito; las identidades se diluyen para hacerse, primero, memoria y evocación y, después, disolución y olvido.
  El poema homónimo, “La orilla de los nadie” puede servir como clave argumental de la sensibilidad que impulsa las composiciones. El trayecto vivencial es un devenir de ciclos crepusculares. Su cumplimiento deja en la retina un espesor de miedos y derrumbes.
  Este estar erosivo infecta también la epidermis de los sentimientos. Las presencias cercanas que un día fueron cobijo y ternura se hacen un día senectud e intemperie. Así se va encogiendo el ánimo para dibujar sobre las cosas un velo de grisura. En esta cronología agónica, ¿es todavía posible la esperanza? En el poema “Balada triste de poeta”, del apartado “Margen” deja en la estela de los días unos hilos de luz: “…No todo está perdido, queda el movimiento de las hojas de los árboles, un atisbo de locura y algún verso de poeta”. Tomar conciencia de la desolación humaniza al sujeto poético, le hace más cercano, como acerca al lector la existencia de una voz intimista y cordial, que rechaza el hermetismo o la senda experimental, para dejar en los versos un aporte testimonial de lo vivido, aunque ese vivir tenga a veces la sensación de habitar un tiempo extraño, e impulsado por sensaciones que hieren la piel.
   Desde ese horizonte sin brújula que crea en el caminante la sensación de deriva, la palabra se convierte en enunciado del desconcierto, hace inventario de un estar laboral que va minando sueños y que va consumiendo el propio territorio personal hasta ocupar los límites. Respirar se hace entonces una metáfora de la negación, esa meta última del confín.
   La vida oferta una pluralidad de miradores, es una encrucijada de caminos y hay que optar por una única travesía: la que conduce al equilibrio, la que encalla en la orilla un territorio personal saturado de signos que nunca renuncia a la amanecida de mañana.



      

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