lunes, 10 de septiembre de 2018

J. M. COETZEE. SIETE CUENTOS MORALES

Siete cuentos morales
J. M. Coetzee
Traducción de
Elena Marengo
Literatura Ramdom House
El Hilo de Aruiadna
Buenos Aires, 2018



MIRADA CREPUSCULAR


   Hay personajes ficcionales que adquieren un perfil tan real en sus apariciones que amplían su espacio literario y exploran otros tramos argumentales. El Premio Nobel J. M. Coetzee publicó en 2003 la novela Elizabeth Costello. Alentaba una ficción narrativa ocupada en primer plano por una escritora anciana, de extrema lucidez intelectual, con un carácter nómada y dispuesto a exponer sin censuras sus pensamientos sobre los animales, cuyos derechos reivindica continuamente; pero sus intereses integran también otros núcleos discursivos como el sexo, la nutrición vegetariana, los desajustes sociales o las preocupaciones profesionales de la escritura. Elizabeth Costello había aparecido por primera vez en La vida de los animales, libro editado en el cierre de siglo; y más tarde en la novela Hombre lento, aparecida en 2005.
  En Siete cuentos morales J. M. Coetzee da un nuevo impulso al personaje para sondear los desajustes de nuestro tiempo en el tramo final de la existencia. Como si plantease una entrega ética, que no oculta su finalidad didáctica, el autor pone en boca de la escritura reflexiones y claves que definen una sociedad a la intemperie.
   El primer relato, fechado en 2017, sorprende por su levedad argumental; solo un apunte sobre el miedo que siente una mujer al acercarse cada día a una verja custodiada por un perro guardián, Una y otra vez siente la misma humillación aflorando en su dermis y aunque intenta hablar con los dueños nada cambia, salvo su modo de mirar el problema; el odio que el perro siente ante su presencia es ahora el mismo odio que ella siente por la ferocidad animal.
   Los libros de relatos suelen componer mosaicos temáticos con piezas sin conexión aparente; por ello “Una historia” recrea una infidelidad amorosa y el afán de normalidad de una rutina doméstica que apenas deja huellas en los afectos. La mujer implicada en esa infidelidad solo siente en cada cita amorosa una culminación del deseo, un placer exento de cualquier consecuencia moral, como si la situación fuera del matrimonio fuera un elemento virtual, un espejismo del cuerpo que deja en sus ojos un destello de alegría permanente. No siente ningún gesto perverso en su actitud, solo la dicha de saberse amada por dos hombres distintos y la posibilidad de dar a cada uno lo mejor de su belleza.
   Solo a partir del tercer cuento aparece de forma expresa Elizabeth Costello; en “Vanidad” la familia se reúne para conmemorar el sesenta y cinco cumpleaños materno. El afecto de todos añade una sombra de sospecha cuando advierten en la protagonista cambios pintorescos en el arreglo y actitudes poco asimilables desde lo previsible. Son solo gestos de autonomía de quien quiere preservar en el tiempo su forma de estar ante el mundo. También en el cuarto relato, “Una mujer que envejece”   retorna su carácter solitario y su reivindicación de una independencia vital en la senectud, cuando la mirada crepuscular se acrecienta y debe elegir entre el proteccionismo filial o la autonomía existencial que aprenda a caminar sin prisas hasta la última costa. No quiere visualizar un futuro tenebroso sino seguir caminado por la senda de la coherencia, con idéntico modo de pensar y sentir.
    El proceso de senectud y derrumbe de la escritora también se palpa en los restantes cuentos. La madre elige una libertad de movimientos que no someta a sus hijos al quehacer piadoso de cuidar sus rarezas, pero los achaques se agrandan.  Eso explica la elección de una aldea castellana de la montana para vivir entre gente desconocida, que emplea su intelecto de forma distinta. El compromiso animalista de Elizabeth no admite la pasividad. Llena su casa de gastos semisalvajes y de un discapacitado rural que por su comportamiento exhibicionista vive alejado de la familia.
   También la última pieza del libro convierte a la identidad animal en núcleo enunciador a través de un relato bifurcado que mezcla apuntes ensayísticos, fragmentos autobiográficos y reflexiones del hijo ocupado en dar sentido a los papeles de la madre, antes de la pérdida del sentido racional de la escritura.
   J. M. Coetzee es un escritor plural. Ha adquirido resonancia internacional a través de sus novelas, pero sus cuentos –mínimos, depurados, exigentes y con interiores afines a los intereses nucleares del escritor- conforman mosaicos de compleja armonía. Seducen por su sobriedad y por mostrar las entrañas de una escritura crítica, que asegura sin paliativos que la realidad es un problema de lacerante irresolución, casi un laberinto hamletiano que casi nunca guarda sitio y hay que saber buscarlo. 




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