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domingo, 5 de enero de 2025

MANUEL FERIA. AFORISMOS

Manuel Feria
(San Cristóbal de la Laguna, 1949)

 

Los aforismos de Manuel Feria

 

  Después de largos periodos con perfil casi desvanecido, en el tiempo digital el aforismo multiplica círculos de resonancia. Deja la imagen de un género sedimentado que ocupa una geografía expandida y traza itinerarios impredecibles de la mano de una pluralidad de voces. De esta crecida participa el taller literario de Manuel Feria (San Cristóbal de La Laguna, 1949), Catedrático de Farmacología con desempeño laboral de casi cuatro décadas en la Facultad de Medicina de la Universidad de la Laguna. Autor de publicación tardía, Manuel Feria comenzó a publicar tras su jubilación, “transitando los setenta” y fuera de los habituales circuitos editoriales. Nutre sus libros con una literatura breve escrita al margen de promociones y solo impulsada por su gravitación, lo que tal vez ha ocasionado una leve marginación en antologías y propuestas indagatorias que intentan poner lindes al espacio aforístico actual.
   Su amanecida en el molde breve es Verlas venir, entrega editada en 2015, aunque no tarda en publicarse de nuevo dos años después. Con portada y viñetas interiores del pintor Antonio Mauro García González, más conocido por Fanega como nombre artístico, el volumen cuenta con una hermosa nota prologal del poeta, narrador y profesor de talleres literarios Bruno Mesa, quien alentó a Feria a perder su condición de escritor secreto. En ella se resaltan algunas claves esenciales del pensamiento microformal: el desorden compositivo, el impulso de omisión y despojamiento de la caligrafía concisa y el propósito unitario de hacer del trabajo reflexivo una terapia, una medicina capaz de fortalecer la resistencia del material humano entre certezas difusas.
   Los invitados al proceso creativo de Manuel Feria percibirán un tono moralizante en torno al trayecto biográfico y un empeño, más o menos jocoso, por “caricaturizar la existencia, ya que “verlas venir no es suficiente, también hay que saber apartarse a tiempo”. El caminar por lo cotidiano de cualquier presencia se hace aula abierta, cercanía con interrogantes y claroscuros y convivencia con un yo social, diverso y contradictorio.   En el suelo argumental de Verlas venir se ramifican las propuestas. El tiempo, la vida al paso, las relaciones con los otros, el tejido sentimental son interrogaciones verbales que van dibujando el latido tenaz del interior: “No hay peor vida que vivir en los suburbios de uno mismo”, “Profundiza y discreparás”, “Nadie lo sabe todo sobre sí mismo”.
 Tantos registros mantienen una estela unitaria, que salvaguarda paradojas e ironías: “Sobre una misma verdad se puede mentir de mil maneras”, “Para esconderse de uno mismo no hay que ir muy lejos”, “¡Cuánto caos se necesita para conseguir el más perfecto orden!”, “Solo el silencio puede explicar el infinito”. Preguntas y respuestas giran alrededor y mantienen en guardia una mirada subjetiva, cuyos descubrimientos a veces no están exentos de caminar por las ramas de la incertidumbre.
   Los textos de Verlas venir muestran sensibilidad ética. Quien percibe la práctica social sabe que la realidad requiere una configuración desde dentro, la retina tonal de un moralista. El pensamiento sabe que en sí mismo el lenguaje es estéril y necesita un despliegue filosófico, una mirada a la luz de la razón que tenga el equilibrio de la prudencia y la voluntad fuerte del ideal: “Si te exhibes muestras tus sombras, si te ocultas apagas tu luz”.
   La Real Academia de la Lengua define la expresión “Estar en ascuas” como la acción de permanecer en un estado de inquietud e incertidumbre”; un estar implicado con un grado de atención extremo hasta conocer el desenlace final sobre acontecimientos que despiertan en el observador el máximo interés. El aserto sirve a Manuel Feria para titular los breves reunidos en su segunda entrega, publicada en 2017 con similares características formales de su libro de arranque. Otra vez las viñetas de Fanega aportan el saludable cromatismo visual y en esta ocasión la firma invitada para escribir el umbral es la de Javier Recas, filósofo, aforista y uno de los perfiles más clarificadores en la teórica  sentenciosa. El investigador recuerda las frecuentes vicisitudes del género al consolidar un molde propio; reafirma los recodos esenciales de una tradición en la que el aforismo se va consolidando como luminosa reflexión sintética que da cuenta de percepciones subjetivas.
   También el autor de Estar en ascuas se acerca con voz humilde a la esencia interior del decir conciso: “Escribir un libro de aforismos es desnudar el alma y exponerse a la curiosidad ajena. A fin de cuentas, mis aforismos describen cómo soy, en qué creo, qué me sorprende y cómo reacciono ante un mundo confuso y cambiante. Son, a un tiempo, filosofía vital y biografía personal”. Con tan ligero equipaje retórico, Manuel Feria se deja ir por el manso río del tiempo, sintiendo la cercanía de un entorno que genera fragmentación y diversidad, escenas cambiantes, vislumbrando los pasos del yo y su distante cercanía: “Al final del camino, las cosas se desnudan de sí mismas y apenas se percibe el aroma sutil de haberlas vivido”, “Vivir no es mucho más que buscar sentido a la vida”.
   Observar es renacer, buscar en la aparente quietud los matices que despliega ese espacio ambiguo expandido entre la realidad y el sueño, entre lo previsible y el vuelo onírico que mira más allá de lo aparente: “A veces, la memoria parece encontrar un especial deleite en recordarnos aquello que no sucedió”, “El aforismo es una ficción que explica la realidad”.
   La precisión verbal agiganta lo minúsculo; hace de la reflexión un desvelo. En la entrega En Ascuas Manuel Feria reconstruye un rompecabezas de ideas. La sedimentación de la experiencia vital y la llegada a la madurez propician que la aforística adquiera densidad filosófica; ya no se trata de escribir sino de entender, de buscar en nuestros exiguos conocimientos la necesaria sensibilidad que se convierta en espejo de nuestra conciencia.
   En el preámbulo de Fe de vida, tercera salida de Manuel Feria en su recorrido por el aforismo, Benito Romero hace del discurso lapidario y de sus principios de armonía, exactitud y brevedad, un campo abierto a la ironía; a la solemnidad sentenciosa le viene bien la pérdida de cualquier púlpito para no tomarse en serio a sí misma. Desde ese enfoque la voz verbal de Fe de vida coloniza las palabras de un ironista liberal, un paseante del transitar vital, resignado y perplejo, que deja en sus enunciados una fe de vida.
   Con innegable afán de continuidad, Manuel Feria prosigue su tentativa de definición del yo, ya que la existencia es la columna vertebral de esta nueva compilación textual: “Cultiva tu definición y podrás salir fuera”, “Contemplar un amanecer es la mejor fe de vida”, “El silencio no niega la evidencia, la reafirma”, “Abrir una puerta es tentar al destino; cerrarla es resignarse a vivir en él”
   Quien escribe no se engaña sobre la naturaleza ilusoria del contexto social, sabe que la caducidad de dogmas y verdades acecha a cada paso del enfoque indagatorio y que hay que aprender de los errores propios y ajenos para diseminar la hojarasca: “La verborrea diluye el pensamiento”, “La soledad es el último refugio de la libertad”, “El caos subyace al orden natural, la confusión al orden social.”, “Las cuatro edades del hombre: ilusión, lucha, desengaño y resignación”, “Filosofar es remover las aguas del estanque de la perplejidad”.  
   El conjunto de brevedades de Manuel Feria hace de los sondeos en la cambiante superficie del yo el venero central de un largo proceso de autoconocimiento. El aforismo se abre camino para rejuvenecer a las palabras, más allá de la evanescencia temática. La vida es imprevisible pero siempre garantiza una cumplida paleta de colores para celebrar y dudar, para tantear el decurso existencial desde una metafísica introspectiva, discrepante y nunca exenta de contradicciones, acaso porque esa realidad aparente no es más que una ligera construcción mental, un ejemplo de arquitectura porosa.



JOSÉ LUIS MORANTE







viernes, 17 de noviembre de 2023

BENITO ROMERO. CABOS SUELTOS

Cabos sueltos
Benito Romero
Ediciones Camelot
Aforismos y Microrrelatos
Villaviciosa, Asturias, 2023

 

GENTE DE LA CALLE

 
  Cada escritor elige su particular cadencia expresiva, la propia interpretación literaria de una realidad expandida en la que trata de expresar recorridos mentales y sentimientos. Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983), Licenciado en Filosofía, Máster en Formación del Profesorado y profesor de instituto, mantiene una permanencia constante en las aceras del aforismo. A su lacónico misterio ha dedicado las entregas Horizontes circulares (2018) –Premio AdA de la Asociación Cultural Apeadero de Aforistas-, Desajustes (2020) –Premio de Aforismos La Isla de Siltolá en su segunda convocatoria-, y Una galaxia imperfecta (2022). Al cálido balance se suman las meritorias participaciones en proyectos colectivos como Diccionario Lacónico del recordado filósofo Miguel Catalán, Espigas en la era, diáfana antología de aforistas contemporáneos, impulsada por Elías Moro y Carmen Canet, que realza el intervalo de plenitud gozosa del decir breve y en Me acuerdo, un cuaderno colectivo coordinado por Karina Beltrán.
 La voluntad lacónica del escritor canario precipita una nueva amanecida, Cabos sueltos, un abrazo de complicidad entre el aforismo y el microrrelato que debe su título a un aforismo de Ricardo de la Fuente: “Es tan corta la vida que no alcanza para atar cabos”. Benito Romero organiza la producción del libro en dos partes de similares características formales, cada una de las cuales contiene tres secciones. Sin que existan quiebros ni rupturas en la temperatura general de la entrega.
  La sensibilidad narrativa concede al autor el perfil meritorio del testigo. Mirar fuera desde la omnisciencia es una invitación al asombro en la que se entrelazan percepciones, sentidos y pensamientos. Así se teje una red de situaciones que puntualizan momentos vitales y análisis de los laberintos del entorno rompiendo la estructura habitual de la frase breve mediante destellos dialogales. Cada periplo existencial consume tramos de apariencia diferenciada. La infancia, por ejemplo, es luz y claridad, confianza plena en la posibilidad que hace del lenguaje plenitud comunicativa, un territorio de paradojas y contrastes, una inagotable veta de humor e ironía en la que se contraponen los roles infantiles y la supuesta madurez adulta. En el apartado inicial “Metamorfosis” encajan estas secuencias que difunden el cromatismo del ahora con la espontaneidad de lo intuido. En la adolescencia, en cambio, se trata de mantenerse en pie sobre una tabla de equilibrio inestable.
  El mosaico convivencial del aula se convierte en asunto reincidente; es descrito repleto de hilarantes teselas verbales, como si la experiencia docente convirtiera el contacto con los alumnos en un manantial de ocurrencias. Son momentos únicos, deducciones gustosas, asonancias estridentes que percuten en la existencia desde enfoques heterodoxos. El profesor abandona el púlpito y el tono didáctico de la jerarquía para convertirse en un interlocutor cercano, dispuesto a compartir filosofía doméstica y terapia pensativa, siempre con una ironía entusiasta que transforma el surrealismo en abrazo.
   El veinteañero como etapa difusa que apenas participa del formato convencional de la madurez se aloja en “Tránsito”. Los mínimos esbozos argumentales apuntan al tratado sociológico sin pretensiones, sugieren planos mentales aleatorios sobre la convivencia, el sexo, las relaciones personales o los variopintos intereses que mueven los comportamientos sociales. En los distintos periodos vitales conviven el estruendo presencial del entorno y la senda hacia dentro, como se percibe en los fragmentos de “Ocaso”. El tiempo va depositando su epitelio de escepticismo y su grisura crepuscular; muda la visión subjetiva.
  En la segunda parte predomina un laconismo extremo. La reflexión existencial se asienta sobre el sustrato básico de una nimiedad aparente. Benito Romero enlaza entre sí las tres secciones con títulos complementarios: “Nimiedades mínimas”, “Nimiedades medianas” y “Nimiedades máximas” que se esfuerzan en alejarse de lo pretencioso para observar desde la distancia justa y percibir la voz directa del lenguaje. Las dudas permanecen en vigilia, dispuestas a preguntar de inmediato qué haces ahí, sentado y tan serio. El tránsito temporal acumula banalidades, pone a descubierto que la estela confidencial no es más que un cúmulo de obviedades y lugares comunes que dicen lo que dicen sin decir casi nada.
  La voz del aforismo admite muchas modulaciones. La brevedad encierra un cúmulo de enfoques. Benito Romero presenta en Cabos sueltos una geografía escritural donde se hibridan el apunte sociológico, el ludismo verbal del chiste y las instantáneas argumentales que fijan el momento. Quien escribe dibuja situaciones, muestra reflejos de una realidad contradictoria repleta de rostros anónimos que comparten el mismo espejo. Gente contradictoria que explora las dimensiones de lo real y las dimensiones especulares de las redes sociales. Una monotonía que vuelve sobre los mismos temas como si fueran las casillas de un jugador de ajedrez. Pero en ese estar contradictorio y repetido siempre hay hendiduras gozosas, respuestas a la condición de ser, lugares que nos muestran el forcejeo con la realidad para salir indemnes a diario. Siempre un disfrute la levedad en vilo de Benito Romero.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE  
  
 

viernes, 10 de junio de 2022

BENITO ROMERO. UNA GALAXIA IMPERFECTA

Una galaxia imperfecta
Benito Romero
Ediciones de la Isla de Siltolá
Colección Aforismos
Sevilla, 2022

 

PÁGINAS DEL PRESENTE
 

 
   Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983) ha justificado su plena dedicación al aforismo y su impulso creador con una estela de títulos que aglutina Horizontes circulares (2018) –Premio AdA de la Asociación Cultural Apeadero de Aforistas-, Desajustes (2020) –Premio de Aforismos La Isla de Siltolá, en su segunda convocatoria-, y participaciones en proyectos colectivos como Diccionario Lacónico de Miguel Catalán y Espigas en la era, una antología coordinada por Elías Moro y Carmen Canet.
 Con esta voluntad lacónica como fondo expresivo, completa trilogía Una galaxia imperfecta, que hace de su título un destello irónico. En el perfil escritural se teje una red de recursos que enlaza de forma clara el quehacer lírico y la hondura reflexiva, como corresponde al licenciado en filosofía empeñado en hacer análisis de los laberintos del entorno.
  El mosaico de Una galaxia imperfecta integra en el umbral una cita de Juan Ramón Jiménez que parece una advertencia al futuro lector: “No son ley ni regla- estos aforismos- para nadie ni para mí mismo. Son, solamente, deducciones gustosas, sensuales, caprichosas”. Una prevención que libera a las breverías del tono didáctico del púlpito para convertirlas, sin más, en hechos del lenguaje, en inmersiones pensativas que comparten una sensibilidad  henchida de pudor verbal.
 El avance orgánico de la entrega aloja cinco tramos, “Trayecto”, “Territorio”, “Gavetas”, “Impresiones” y “Escombros”, lo que sugiere un plano de agrupación para el caminar aleatorio de los textos y su innata curiosidad temática. Pone orden en un magma plural con sugerente semántica. Así conviven el estruendo presencial del contexto y la senda hacia dentro, un encuentro capaz de compactarse hacia sí mismo para enlazar el devenir temporalista con la visión subjetiva de los actores implicados.
  En la sección de apertura predomina la cercanía existencial como sustrato básico que nunca se diluye: “Se acercaba al abismo para inspirarse”, “Aspiraba a que el final le cogiese lejos”, “No viajar lo convirtió en un excelente observador”, “Se mantenía ocupado para poder quejarse de la falta de tiempo”, “Su pasatiempo favorito de la infancia: jugar al escondite con Dios”, “Cuando finalmente la pobreza lo alcanzó, se acostumbró a leer sin gafas”. En el apartado queda lejos la egolatría de la primera persona; quien escribe, lo hace desde la ventana a media distancia del observador que no muestra la necesidad de acción sino solo el desvelo por percibir la vida al paso
  La voz directa de la literatura y su cúmulo de contingencias constituye la rama central de “Territorio”, sustantivo que denomina, a mi modo de ver, la geografía escritural. Quien escribe se ha ido integrando en el conformismo de aceptar que escritura y vida literaria no son rostros del mismo espejo. Benito Romero sabe que el boscaje de letraheridos es contradictorio, como cualquier otra dimensión de lo real. Y en ese percibir hay disonancias y derrotas pactadas que generan un complejo trasunto afectivo. Así lo corroboran algunos enunciados: “Mundillo literario: soporífera Guerra Fría”, “Escritores celosos de su heterónimo”, “Empieza a ser habitual que un escritor al hablar de su obra parezca un agente inmobiliario”. Todo el tramo aforístico de “Territorio” está lastrado por el pesimismo, como corresponde a un buen discípulo de Schopenhauer y Cioran, aunque el rumor de inquietud y desamparo es más sosegado y venial.
   El Diccionario Lacónico impulsado por el desaparecido filósofo Miguel Catalán convirtió en amanecida los aforismos de definición. Y de ellos se nutre “Gavetas”, un minidiccionario con preguntas existenciales. Benito Romero logra en estas definiciones maravillosos saltos con pértiga, un diálogo pleno de verdad y belleza: “SARCASMO. Bastoncillo para introducir en los oídos ajenos.”, “RECUERDO. Restos carbonizados del fondo de la cazuela. Al ser ricos en toxinas producen pesadez estomacal.”, “SUICIDA. Persona que rebusca de manera enfermiza en la poesía y en la filosofía esperando encontrar las proteínas necesarias con las que subsistir”. Excelente cosecha que hace pensar en la cálida afinidad continuista entre el personaje verbal y la sabia propuesta de agrupamiento semántico de los herederos de María Moliner.
  La entrega añade en “Impresiones” una dimensión crítica que afecta a los sentimientos y al plano desplegado de algunos caracteres de nuestro tiempo, un momento histórico definido por un liberalismo monocorde que hace del progreso y la tecnología sus becerros áureos. Aunque ninguna sección muestra un único registro monocorde, la visión global tiene el aire de una memoria frente al escenario sombrío de lo cotidiano: “La chabacanería es promiscua”, “Los extremos: amantes idílicos”. “La función de la realidad es contradecirnos”, “El suelo se encuentra plagado de certezas sin depurar”.
  La cosecha final “Escombros” habla con propiedad de la incansable victoria del tiempo: “Decadencias a precio de saldo”, “Cementerios solo para egocéntricos”, “Transitar con satisfacción por el camino equivocado”, “Desajustes en los horizontes circulares de una galaxia imperfecta”. Textos de cierre que dejan una mirada crítica que nunca percibe la plenitud del mediodía.
  Cada libro de aforismos es una autobiografía condensada de la experiencia vital y un manual de uso para actitudes. El material reflexivo de Una galaxia imperfecta cumple estas condiciones, pero añade también la excelente mirada lacónica de Benito Romero, esa vigorosa mezcla de precisión e inteligencia que muestra en cada texto un decir luminoso, un desbroce de maleza para mostrarnos  la dormida quietud del jardín en otoño.   
 
JOSÉ LUIS MORANTE       
  
 



domingo, 2 de agosto de 2020

BENITO ROMERO. DESAJUSTES

Desajustes
Benito Romero
II Premio de Aforismos
Ediciones de la isla de Siltolá
Sevilla, 2020


SALPICADURAS


   Tras obtener el Premio de Aforismos La isla de Siltolá, convocado por segunda vez por la editorial sevillana, camina hacia el lector Desajustes, última tarea aforística de Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983), Licenciado en filosofía, programador cultural y crítico cinematográfico. Con su ventana auroral Horizontes circulares (Trea, 2018) arranca un recorrido lacónico, de extrema economía, acreditado por el Premio AdA concedido por la Asociación Cultural Apeadero de Aforistas al mejor libro de aforismos del año. El decir breve de ambas compilaciones presenta numerosas intersecciones expresivas. Las dos aportan una meditación introspectiva sobre lo transitorio a partir de mínimos esquejes reflexivos. La percepción abarca incisiones desplegadas en torno a la identidad del yo, siempre paseante habitual de la incertidumbre, y a los vericuetos de la existencia colectiva moldeados por hábitos, incertidumbres y extrañezas.
   El discurso paremiológico de Benito Romero se define por omisión, como subraya la hermosa cita de apertura de J. D. Salinger: “Es hora de que empiece a quitarse cosas de la cabeza en lugar de llenarla cada vez más”. El abordaje hacia dentro, impulsado por la necesidad de hallar respuestas, adquiere un entrelazado minimalista, del que se fuga toda digresión. Esa constancia en lo mínimo vela la exposición directa del sujeto en primera persona y trasforma la fuente informativa en narrador omnisciente, un procedimiento expresivo que se mantiene como sustrato transversal en los seis apartados de Desajustes. Poner distancia al yo se convierte en un vector de certeza: “Cuanto más se alejaba de sí mismo, más se simplificaba”. Por ello, el andén inicial, “Trayecto”, que podría entenderse como un anónimo itinerario biográfico, llega como una depurada contemplación de actitudes que afrontan la nada como probable estación final: “Se había convertido en una persona tan aburrida que hasta las moscas dejaron de perseguirlo”. Con expectativas moderadas, se vislumbra el entorno y sus persistentes trazos de significado impreciso, donde el devenir cotidiano nunca interrumpe su aleatoria partitura. Con el paso de los días “Se deshizo del imberbe optimismo”, es el mejor modo de caminar ligero de equipaje.
   La parquedad de “Ansia” se decide por el concepto en torno a la relación sentimental, con una leve mirada al erotismo, casi siempre desde un enfoque irónico: “El matrimonio en muchos casos ha significado una forma de exilio”, “Hay dormitorios en los que nos adentramos con tanta celeridad que no reparamos en los murciélagos que pueblan el techo”. Tras el cauce inicial de la iniciación amorosa hay un río manso, en estiaje, que suele acabar en crecidas irregulares o peor, en curso seco.
   Benito Romero sortea el nomadismo intencional de la expresión lacónica agrupando sus textos por rincones temáticos de fronteras difusas. En “Territorio”, el referente cultural, la figura del escritor y del intelectual o los espejos deformantes de la literatura constituyen itinerarios del pensar que añaden tonalidades y matices: “Consagrarse a la literatura implica, en la mayoría de los casos, una renuncia irrevocable a la pretensión de prosperar”, “El poeta obsesionado con los adjetivos rara vez emplea el adecuado”, “El peor vicio del aforista: el flagrante  convencimiento de creerse exclusivo”.
   El ensayista, filósofo, profesor y aforista compiló, pocos meses antes de su fallecimiento Diccionario Lacónico, un imprescindible trabajo sobre el aforismo de definición, convertido en obra colectiva por la aportación de muchos escritores peninsulares; entre ellos estaba Benito Romero que deja en el apartado “Gavetas” un inventario de significados terminológicos. En ellos predomina –tal vez por la sombra magisterial de Bierce- la esquina irónica, casi con vistas al sarcasmo: “ACADEMIA. Elitista jardín de infancia”, “ARRIBISTA. Hábil masturbador de la vanidad ajena…”, “FUNCIONARIO. Especialista en el desentendimiento de sus competencias”;  o con un barniz de ternura sentimental, “ADOLESCENCIA. legítimo campo de minas en un desordenado día de lluvia”. 
   El semblante plural de lo diverso se acentúa en el apartado “Impresiones”. En él resalta su ambición temática. Lo cotidiano aglutina una sobresaturación de estímulos que se desbroza desde la precisión lacónica. En los rincones de lo diario se normaliza el absurdo y hay que taponar las grietas con la moldeable masilla de la incertidumbre: “El núcleo es oscuramente contradictorio. Aceptémoslo.”; “La semilla del conocimiento elucubra, solitaria, en la última fila del teatro”. También hay sitio para el pesimismo y el ajuste de cuentas, tan explícito en la sección de cierre “Escombros”, cuyos hilos argumentales están cuajados de crítica y un cierto sabor agrio en la sensibilidad de sus conjeturas.
   Benito Romero define la reflexión como una “gota de aceite que cae del engranaje”. Con ese persistente goteo sale al sol un tránsito racional fragmentario que niega el sistema. Desajustes camina a saltos, impulsado por la necesidad de dar fe de las mutaciones del ánimo al dibujar la caligrafía de la realidad y sus conmociones. En el ajustado interior de sus excelentes breverías, como epílogo conclusivo, la duda es siempre el punto de encuentro que simplifica la búsqueda, una eficiente lámpara encendida.

José Luis Morante