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miércoles, 16 de abril de 2025

MANUEL FERIA. EL RÍO DE LA PERPLEJIDAD

El río de la perplejidad
Maanuel Feria
Prólogo de Javier Recas
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2023

BALANCE

   Hay escritores que difunden, tras el tiempo ensimismado de la obra, una empatía natural, una lluvia en cursiva que empapa cualquier fronda. Su descubrimiento es una hendidura de alegría, que cobija la inteligencia y ocasiona gratificantes sensaciones de asombro. Así me sucede con el proyecto aforístico de Manuel Feria (La Laguna, Tenerife, 1949), Catedrático universitario de Farmacología y apasionado cultivador de la brevedad. Los fragmentos reflexivos del profesor canario nunca tuvieron prisa por visitar la imprenta. Llegan, con morosa cadencia, en plena madurez, alojados en cuatro entregas: Verlas venir (2015), En ascuas (2017) Diccionario imaginario de un irónico (2018) y Fe de vida (2023). Cada salida comparte la convivencia de la escritura mínima con las ilustraciones del artista visual Antonio Mauro García “Fanega” (La Laguna, 1952) y el cuidado molde de la diseñadora y maquetadora Irene Antón. Con el laborar común la publicación refleja singularidad y sello personal. Para el autor escribir es vivir, recuperar efímeros indicios desperdigados en el transitar. Desde la introspección, los libros sugieren un enfoque hacia las circunstancias, un estar lleno de vigilia y búsqueda, capaz de discernir la complejidad del ser humano. Su compromiso con el mapa de lo que sucede entrelaza emociones y pensamientos acumulados por la experiencia existencial.
   Sobre el balance del aforista, Javier Recas, el ensayista contemporáneo más cualificado en la teórica de lo conciso, edita y selecciona apuntes mínimos referenciales de la travesía creadora en la antología El río de la perplejidad. La compilación se incorpora al imprescindible catálogo de Apeadero de Aforistas y tiene como umbral el extenso estudio “Una radiante ironía”. Desde el comienzo de su análisis, el estudioso da solidez a la idea de que Manuel Feria es un autor a trasmano, ajeno al habitual afianzamiento de la estrategia expresiva mediante el quehacer editorial, los concursos literarios o la difusión en redes y publicaciones. La observación acerca al pensamiento el discurso fragmentado de lo que sucede. Y en ese estar tras la transparencia del cristal prevalece el detalle a contramano, el frescor del instante. Como advierte el investigador y filósofo, el recorrido interior no se disfraza de retórica cultural; no se busca la ornamentación verbal sino el vuelo alto de la intuición, las salpicaduras transparentes de la agudeza, “el río de la perplejidad”. No son rasgos únicos: el laconismo de Manuel Feria, sutil y luminoso, permite conocer un suelo argumental rico en estratos. En sus teselas se abrazan instantes evocativos y vibraciones. Alientan la simbiosis entre el oficio de vivir y la razón de escritura.
   Obviamente, el microtexto es un género cuajado de humanismo donde el sujeto siempre está presente en su doble condición temporal y metafísica. En ambas germinan temas universales como el amor, el deseo, el dolor, la vejez, el lenguaje o la muerte. Son sustantivos que se acercan a la pronunciación moralizante y al tono grave de lo solemne, como si revolotearan en ellos los pájaros de la transcendencia. Sin embargo, como apunta el prologuista, el enfoque desdeña púlpitos y busca el suelo firme de lo racional, el humor y la ironía: “A un gordo hay que conocerlo en ayunas”, “Antes del auge de la informática los ángeles ya estaban en la nube”, “Todos envejecemos, pero algunos se lo toman como algo personal”, “La incineración te dará la despedida más calurosa”. Son rasgos que potencian la mediación cercana entre hondura filosófica y calado lírico. Confieren también un posicionamiento ético, una defensa de principios y valores que tiende al compromiso y la marcada posición vital.  
  La nota a la edición explica el muestreo en la selección de cada libro. El río de la perplejidad es un botiquín básico de la obra aforística de Manuel Feria, todavía inédita en su mayor parte. Por tanto, Javier Recas, fuera de las autoediciones, nos deja la primera versión del despertar y reajusta los logros recurrentes. De este modo, la primera parte selecciona casi noventa aforismos de Verlas venir la entrega más temprana, donde se contenían las coordenadas que marcan huellas. Quien percibe interpreta una conciencia frente a la incertidumbre: “Uno no puede huir de sí mismo sin caer en el otro”, “Profundiza y discreparás”, “Para esconderse de uno mismo no hay que ir muy lejos”, “La soledad es la falta de uno mismo”. Son anotaciones que recuerdan la reconstrucción de una autobiografía con secuencias dispersas.
  Ese alguien, con aire de familia entre el escritor y el ser biográfico, aborda en el segundo conjunto aforístico Ascuas el recorrido entre luces y sombras de lo cotidiano; la expresión del entorno tiene una apariencia de grisura, pero vivir es siempre un proceso de conocimiento, una luz encendida que aleja la propia oscuridad: “Vivo en ascuas por saber si soy prueba o error”. ”Esté donde esté, sólo estoy de paso”, “El futuro suele decepcionar a la esperanza”. El cauce existencial se identifica como uno de los vértices centrales de este tramo y en su propuesta retornan recursos habituales de Feria, las fluctuaciones argumentales y lecturas irónicas de la paradoja, y la conciliación de contrarios. Los pensamientos muestran la geometría variable de un entorno que expande incertidumbres y despierta las inclinaciones subjetivas.  El destino es proclive al azar. En su dermis duerme la hermética caligrafía de lo que no tiene respuestas. Así nace una metafísica de la duda, las convicciones que apenas encuentran sistematización.
   Los aforismos de definición de Diccionario imaginario de un irónico exploran cavidades semánticas. Buscan rupturas del sema establecido y abren grietas para cobijar significados nuevos. Es el mismo propósito que alumbrara el quehacer de uno de los precursores de este formato aforístico, Ambrose Bierce; pero es también un acercamiento a nombres contemporáneos de interés como Miguel Catalán. Más que la definición precisa, interesa el vuelo del tiempo y sus versiones lúdicas. Abundan las comparaciones, metáforas, imágenes y es habitual el recurso al oxímoron. Así se logran efectos de perplejidad, dotando al decir conciso de las voces fuertes de la imaginación y lo hipotético: ”Adúltero. Alma de abeja”, “Almohada. Confidente de la otra mejilla”, “Bandera. Tela de colores representativa de los peores instintos de un colectivo”.
      Más cerca de la geografía humana de lo colectivo está la entrega Fe de vida. Sus apuntes componen un poblado testamento social, encendiendo farolas en los callejones de la convivencia. Tras conocer los propios límites, la complejidad ambiental requiere salir fuera. Airear conciencia y entendimiento. El vislumbre racional percibe la escucha del paisaje humano. Son continuas las mutaciones de la identidad que convierten al nosotros en un personaje desdoblado. Mientras las pupilas reflejan espacios habitables para la meditación y el paseo, “el buen aforismo reduce la realidad a su máxima expresión”. En Fe de vida abundan los fotogramas con mirada crítica, que buscan los relieves del dibujo final, las asimetrías del tapiz: “Los mediocres cazan en manada”, “Beberse de un trago la juventud produce resaca en la madurez”, “La masa diluye la razón”. Frente a una sociedad llena de asimetrías y crudeza se manifiesta el rumor fuerte de una filosofía crepuscular. El pensar propio ha hecho suya la idea de que el estar cotidiano se debate entre el espejoy la confrontación abierta con lo indefinido.  
   En los textos sentenciosos de El río de la perplejidad, aportados por la destreza intelectiva de Javier Recas, vislumbramos una resignificación permanente, una pluralidad de vías de sentido. Más allá del discurso cerrado  de una artificiosa realidad, emergen claves interpretativas que conforman una peripecia analítica, ese empeño continuo de dislocar los ateridos miembros de lo gregario y hablar de lo imposible; de aquello que no se puede decir. El yo afronta el destino con la incertidumbre de salir a un día de límites difusos donde es preciso rastrear la improbable destilación del devenir.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
     https://archive.org/details/manuel-feria-el-ri-o-de-la-perplejidad
 

lunes, 11 de noviembre de 2024

VENTANAS DEL AFORISMO



 

  

A SORBOS

 JOSÉ LUIS MORANTE

                                                                                              Todo es siempre menos

 JRJ

 Extremó la prudencia verbal; no aventura palabras si no es en presencia de su diccionario.

 ***

Afrontar sin amargura, sin gestos de abandono,  que lo que pensamos oculta lo que somos.

 ***

Su cerebro contiene dos ideas; son tan opuestas que entre ellas cabe un sistema filosófico.

 ***

Al florecer el día  rompe la quietud del reloj un aforismo. Sorbos cortos.

***

Basta mirar la penumbra de alrededor para saber que no estoy.

***

El puño cerrado de quien corta rosas.

***

Una pobreza de hospitalidad irrefutable, capaz de ofrecer su vieja cama de faquir.

***

El silencio y su fuerza de convicción. Sabe quién responde cuando nadie llama.

***

El prudente convierte en coma cualquier punto final.

(Mínima Antología)



lunes, 28 de octubre de 2024

MIGUEL ÁNGEL ALONSO TRECEÑO. AFONÍAS


Afonías

Miguel Ángel Alonso Treceño
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2024

 

LA VOZ DORMIDA

 
  Aunque la amanecida literaria de Miguel Ángel Alonso Treceño (Avilés, 1970) comienza en 2016 con el libro Cinco, siete, cinco, muestra de haikus editada por Camelot, la senda minimalista de este asturiano, licenciado en Químicas e Historia, y graduado en Historia del Arte, y profesor de Fotografía en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad natal, impulsa dos compilaciones aforísticas: Conciencia (2019) y Misceláneas (2022). Son salidas que exploran los recursos argumentales del molde breve con el objetivismo lúdico de la ironía y el perfil indagatorio de quien habita en un tiempo extraño, habituado, como asevera el tenebroso nihilismo de Cioran, a los desastres inútiles, capaces de provocar un desencanto innato y una tristeza temprana.
 Afonías es nueva brisa; llega a los escaparates de novedades desde Apeadero de Aforistas, el incansable catálogo que coordina José Luis Trullo y en el que numerosas voces nuevas siguen enriqueciendo el respirar conciso. Miguel Ángel Alonso Treceño nos deja un libro breve que yuxtapone textos sin tramos diferenciadores, aunque de cuando en cuando hay rótulos de subtemas como “Atrapasueños”, “Celda de aislamiento”, “Alma” o “Alquimia”. La senda pensativa muestra un camino continuo que elige el tono confidencial, como forma de revelación preferente del yo. Las anotaciones se inscriben en un amplio proceso cognitivo de exploración y conocimiento, de felicidad comunicativa por su huida de la jerarquía grandilocuente. Tienen, por tanto, un enfoque clásico en su recorrido, con un notable apoyo en el pensamiento filosófico al intentar mostrarnos la sensibilidad del ser, superando cualquier afonía.
   El laconismo atiende siempre a la voz interior para pulsar los estados de ánimo y aventar una mínima crónica personal: “La tristeza decidió al instante escribir algunos versos”, “Estoy a mis cosas, que como son sólo mías, no son sólo cosas”, “Lo que conozco no es distinto de lo que soy”, “Como aún no sé bien lo que busco, lo busco desesperadamente por todas partes”. Las palabras abren un espacio reflexivo de aprendizaje que mira hacia la línea de horizonte del hablante interior, donde la incertidumbre es punto de fuga de una apacible soledad.
  Es sabido que, lejos de cualquier brújula predecible, la trama concisa se compone de planos superpuestos. Las preocupaciones semánticas deambulan, establecen itinerarios de ida y vuelta, se contradicen y añoran llanuras distantes en las que brotan otros universos, como si el pensamiento estuviese construido en espirales de humo: “En el límite de la luz, la ondulación de un grano de arena”, “Más allá de los límites del átomo, otro universo en expansión”, “Cuando camino no voy pensando cómo o por dónde caminar. Cuando camino sólo voy pensando cómo o en qué pensar”.
   El escritor recuerda que “Las mejores viejas ideas siempre parecen nuevas”; detrás de la obra en marcha del autor que amanece está el legado lector de aquellas presencias intactas que precedieron su voz: “Gracias a las ideas ajenas tengo las mías”. Miguel Ángel Alonso Treceño dicta un pequeño homenaje a Antonio Porchia, el clásico aforista de Voces y el poeta sin versos que miraba hacia fuera para percibir la vida dentro y emprender su personal camino hacia lo invisible; pero resuenan otros nombres especulares como Amiel y Jaime Fernández.
  Es necesario clarificar ideas. Lo paradójico establece una cercanía natural entre derivaciones en apariencia confrontada, pero con afinidades casi imperceptibles: “A cambio de ser escuchado, les dices todo lo que quieren oír”, “Ha decidido no moverse. Las placas tectónicas que están bajo sus pies, el planeta, la galaxia, el universo… Todo se mueve. Pero él ha decidido no moverse”, “Me escondo, pero no por temor a ser encontrado: por temor a encontrar”. Así nace un pensamiento equitativo, entre sombra y luz, que quiere iluminar los puntos ciegos, meter el dedo en la llaga para saber si todavía la sensibilidad se mantiene.
   La voz que habla en Afonías clarifica, empuña un laborioso lápiz introspectivo para caligrafiar ideas en palabras. Sabe que el pensamiento se contradice a sí mismo a la hora de formular sus argumentos, despereza sueños y percibe que el  reverso de la verdad es la duda y que en ella adquiere solidez y armonía la casa del pensamiento, en su continuo diálogo con el tiempo. Caminar hacia dentro es la mejor manera de superar afonías, de alejarse de cualquier superficie.
 
 

                     JOSÉ LUIS MORANTE




miércoles, 8 de mayo de 2024

FRANCISCO FLORES PAREDES. UN TIRO AL PIE

Un tiro al pie
Francisco Flores Paredes
Edición de José Luis Trullo
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2024

 

OLOR A PÓLVORA

 
 
   Poco a poco emergen nuevas presencias en torno al aforismo, género que sigue mostrando una prolífica ambición expandida. Francisco Flores Paredes (Torremejía, Badajoz, 1961) cursó la licenciatura en el área de ciencias de la salud y ejerce como médico, labor que compagina con el quehacer literario. El despertar creador tiene su aurora en la novela A las ocho me visten de hombre, publicada por Círculo Rojo en 2016, apertura ficcional con continuidad en las narraciones breves de Relatos de una pandemia  (2020) y en su primera inmersión en el laconismo verbal Aforismos, anaforismos y otros artefactos, que también llega a imprenta en 2020.
   La concisión expresiva vuelve al taller de trabajo en la entrega Un tiro al pie, una propuesta editorial de José Luis Trullo, incorporada al poblado catálogo de Apeadero de Aforistas. El autor elige como gratificante compañía a dos consolidados nombres del presente conciso: Elías Moro y Miguel Ángel Arcas, dos autores que añaden al intimismo confidente de la brevedad la frescura y transparencia de la ironía, el humor y ese punto de recelo crítico que requiere la orfandad social.
   Con el paso ligero de la idea despojada, Francisco Flores Paredes busca perfilar destellos verbales siempre sentados a la diestra del sentido común; son atinadas reflexiones que se enroscan sobre sí mismas: “Todo niño contrariado se convierte en adulto por un momento”, “El silencio también puede llegar a ser erudición”, “La fe es una larga ruta que camina hacia la duda”, “Más humano que errar es fracasar”. Extraigo ejemplos en los que se hace patente el matiz filosófico, esa carta de navegación del yo pensante cuando busca dentro las persistentes interrogaciones del discurrir.
   Los buenos libros de aforismos conceden a la textura argumental enfoque abierto. El yo reflexivo se pone frente a la ventana en muchos textos, como si necesitase percibir las asimetrías del entorno. El pensamiento se desboca y amplía su radio de acción. El conjunto mezcla texturas con voluntad propia y ánimo de perderse en laberintos inexplorados. Las redes argumentales sondean lo metaliterario, ese estrato en el que la escritura indaga su naturaleza: “Del aforismo al haiku solo hay un continente de distancia”, “Hay escritores muy cultos que saben leer y escribir”, “Toda idea se asienta en el vacío previo que otra dejó”, “A muchos aforismos, ya en el último borrador del libro, les asalta el miedo escénico”, “Todo poema se sitúa en un punto equidistante entre el cielo y el olvido”, “La inspiración es la energía potencial del arte. El trabajo y la constancia, su energía cinética”. Y especial acierto tiene esta incorporación a la desaforada estela nominal del género: “Ahorismo: aforismo actual y exacto en tiempo y forma.”
   Otros breves son líneas de pensamiento con un claro carácter enunciativo. En sus contenidos reverberan los reflejos de la contemplación: “El color gris no es tan triste. Representa la oscuridad con vocación de luz”; la sombra fértil de la meditación ética: “La verdad es una preciada joya con tantas réplicas como almas cobija la tierra”, o esas puntadas de ironía que convierten la solemnidad en suelo raso: “La maldad está plagada de inconformistas”, “Las cuchilladas amorosas son una prueba de supervivencia extrema. Ni te imaginas lo que el alma puede aguantar sangrando”, “El prepotente es un blanco fácil”, “El futuro se compone de muchos presentes inexactos” o este consejo de botiquín de primeros auxilios: “Si cargas toda tu ira contra la vida corres el riesgo de pegarte un tiro al pie”
    Hablaba, al iniciar esta reseña, que a las compilaciones de aforismos les sienta bien el traje de la cordura, ese empeño del pensamiento para que las palabras respiren en armonía al romper silencios ensimismados. Para que quede cerca el ápice de sabiduría de algunas certezas. El sujeto verbal que deambula por los textos mínimos de Un tiro al pie  practica la empatía. Deja en sus palabras esa carga de aprendizaje que nos lega lo efímero, los recorridos de la vida al paso en una geografía contingente y con contornos poco definidos. Muy atinados estos monólogos comunicativos de una soledad que busca en la atardecida algo de luz en los paisajes del pensamiento.
 

 

JOSÉ LUIS MORANTE 




 

jueves, 29 de febrero de 2024

EMILIO LÓPEZ MEDINA. LUEGO SERÁS MEJOR QUE JOVEN

Luego serás mejor que joven
99 pensamientos sobre la vejez
Emilio López Medina
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2024

 

LLEGAR A SER LO QUE ERES


   El lento desplazarse de los días adquiere con el paso de los años un ritmo insólito, como si la conciencia del yo percibiera en la esquina la cercanía de la meta. Esta sensación no debe, en ningún caso, poner sombras en nuestra percepción de las cosas. La conciencia vigilante debe habitar lo diario vestida con una perenne disposición al asombro. Emilio López Medina está, como yo mismo, en ese caminar indeciso que se acerca a la mano del invierno y reúne en la entrega Luego serás mejor que joven el balance reflexivo de noventa y nueve pensamientos sobre la vejez, etapa crepuscular que nos lleva hacia la última costa.
    Siempre atento a los ejes meditativos de la vida, el filósofo y aforista se busca a sí mismo en el espacio quebradizo del discurrir. A la luz del pensamiento, explora efectos y trata de comprender o asumir las consecuencias con el mirador abierto de la razón. La sensibilidad de los textos elige el enunciado filosófico de cuño existencial, más que el aforismo normativo que busca el destello efectista en su formulación lacónica. Como si fuese el reflejo invertido de la juventud, la vejez sustituye la lozanía fisiológica por la introspección mental. EL escritor contrapone ambas etapas del existir, no desde la estridencia de la confrontación sino desde la armonía de lo complementario. Juventud y vejez dialogan y argumentan; incardinan un diálogo que hace de cada etapa un puente a transitar, un recorrido al paso de claridad y conocimiento que nunca pierde su textura emotiva. El árbol se busca en la raíz y el entusiasmo juvenil emprende un largo viaje con destino desconocido. La inquietud del periplo va cambiando de manera sutil la forma de mirar el entorno: la prisa se sosiega y el afán de acaparar se mitiga y tiende al despojamiento. Como asevera el filósofo: “Llega un momento en que la comprensión-que sube- y el interés- que baja- se encuentran. Es el momento de inflexión a partir del cual comienza a comprenderse todo y a no interesar nada”.
   Asumir la nueva realidad libera de dos infecciones frecuentes en esta edad: la decepción y el nihilismo: la primera nace de la negación del ideal, de la tendencia a sobredimensionar las esperanzas y posibilidades de lo real; el nihilismo es una proyección del ánimo pesimista. Condensa sombras. De los garabatos de ambas actitudes emanan daguerrotipos de tinta negra que alimentan el ensimismamiento y la huida interior. Para la supervivencia del ánimo, hay que desterrar cualquier compasión y fortalecer los músculos de la conciencia. El nuevo amanecer vital sugiere que para existir hay que seleccionar aspiraciones, ahondar en lo que permanece, profundizar en experiencia y sabiduría y en el conocimiento de la naturaleza humana. Los años reclaman sus hipotecas y carencias; susurran al oído que “La vida en ellos ya no está montada sobre el entusiasmo (…) sino sobre la supervivencia”.
  Con una dicción confidencial y cercana, los textos de Luego serás mejor que joven de Emilio López Medina conforman una recapitulación sobre la individualidad, cuajada de paradojas e inflexiones. No es posible el regreso, pero sí la alianza feliz con el pasado que ofrece la memoria. Tras el difuso territorio de la evocación todavía somos otros. Y son otros también hechos y sentimientos, libres de la arqueología cansada de la inmediatez. En el entrelazado entre pretérito, ahora y porvenir es un afán complejo llegar a ser lo que somos. Con la fidelidad de la coherencia, acumular años es una reivindicación del camino como aprendizaje. También del empeño de preservar ese niño interior al que le blanquea el cabello. Son hermosas ocupaciones para nuestros recursos filosóficos. Emilio López Medina conoce bien esa luz misteriosa que alumbra el intimismo de las ideas y su voluntad de búsqueda. Tal vez por ello, sus esquejes mentales tienden poco a la queja. Prefieren poner distancias y calmar la persecución incesante de fines inaccesibles. Quedan los recuerdos. Regresan y convulsionan la sensibilidad, alojan sus indicios en el cauce ensimismado del presente con la caricia del sol a mediodía. Perduran con la voz introspectiva de la memoria en pie. Mientras, con franqueza sutil y pensativa, el tiempo nos descubre que la música de fondo es olvido y silencio, y que es deseable no desafinar en la partitura del presente, ese canto del gallo que se empeña en prolongar a solas el último concierto.
 

 JOSÉ LUIS MORANTE




viernes, 23 de febrero de 2024

JAVIER RECAS. UN VIENTO PROPICIO

Un viento propicio
Javier Recas
Fotografías de Davido Prieto
Prólogo de José Luis Morante
Edición de Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2023



 APUNTES MÍNIMOS
 

   Pocos investigadores literarios superan a Javier Recas (Madrid, 1961), doctor en filosofía, docente universitario, filósofo, ensayista y pintor, en el conocimiento de los principios esenciales del aforismo. Trabajos como Relámpagos de lucidez. El arte del aforismo (2014), Una aguda y grácil miniatura (2020) y El arte de la levedad. Filosofía del aforismo (2021), junto a sus ediciones de autores clásicos, analizan con profundo rigor la singular arquitectura de un género que durante demasiado tiempo ha tenido en los escaparates de novedades una presencia distante y secundaria.
   Tras esta persistente reivindicación como analista del decir mínimo, Javier Recas compila en Un viento propicio su cosecha lacónica personal. La hermosa edición de Apeadero de Aforistas añade un prólogo de José Luis Morante y un conjunto de fotografías en blanco y negro de Davido Prieto que reportan a cada uno de los bloques un cálido trasfondo visual.
  El material conciso se organiza en ocho cuadros escénicos con títulos de expresividad manifiesta. De este modo, cada intervalo constata las modulaciones reflexivas de un anclaje semántico. En el tramo de salida “Los dientes del tiempo” hay una percepción espontánea y honda del discurrir. El aforista escribe: “Con ojos de asombro y paso incierto, caminamos por un bosque de señales, incógnitos designios del tránsito mundano, sereno a veces, turbulento las más”. Somos ensimismados caminantes que esperan el viento favorable de lo cotidiano, el necesario polen que pone aire y cobijo al pensamiento. Los breves refrescan con las cristalinas acuarelas de emociones y sentimientos, siempre dibujadas, como refrenda el autor, “a mano alzada”.
  En cada conjunto de apuntes mínimos toma cuerpo una grieta conceptual, un asunto que va desplazando recorridos que nunca agotan su energía interior, ese hilo argumental que mantiene el latido de la reflexión. En Un viento propicio la experiencia verbal gira en torno al transitar del tiempo, la amistad como juego de complicidades, la ineludible presencia de lo contingente, el viaje interior del sujeto frente a sí mismo, los estados de ánimo que genera el manso cauce de lo laborable y esos huidizos reflejos que deja en la conciencia el manto oscuro de lo conceptual. Desde esos temas básicos va creciendo un latir conciso para hacer de cada aforismo un relámpago de lucidez, una aguda y grácil miniatura. Javier Recas transforma el merodeo mental en destello súbito. Así, en la amanecida “Los dientes del tiempo” encontramos este fecundo semillero verbal: “No sé si el futuro nos aguarda o nos persigue”, “Incrustado en este momento, soy eterno”, “Los recuerdos son los posos del fluir del tiempo”, “Vivimos en la infatigable clausura de un presente continuo” o “Cada vez contrasta más la velocidad de los días con la serenidad de la edad”.
  Los enunciados de cada sección iluminan los indicios aurorales que brotan del minimalismo lacónico; de igual modo, las fotografías de Davido Prieto complementan, con sus instantes capturados, el silencio de la desolación. Sus arquitecturas, desde la enramada de grises, absorben la mirada para constatar los pasos del trayecto y su crecido patrimonio de erosiones y carencias: la fachada de vanos clausurados, los transeúntes que caminan de espaldas hacia una senda ensombrecida, las anónimas presencias que se mueven en las grandes superficies o las puertas abiertas ante oscuros pasillos son pequeños esquejes visuales, cuadros que hablan con la pujanza de otros apuntes por escribir.
   El título Un viento propicio deja a resguardo las fisuras de la memoria. La mirada sensible afirma su voluntad de búsqueda. El pensamiento en vela emite señales, hace recuento del mensaje tenaz de los sentidos. Sobre el estatismo del lugar se mantiene un tacto de aurora para preservar en las profundidades del lenguaje la voluntad de permanencia,  la huida de los confines de la nada. Quien camina  o se asoma al umbral de la ventana, no está solo, sabe que la amistad es un gratísimo juego de complicidades, un impulso favorable que pone al tránsito mundano sol y aire limpio y alza puentes de luz hacia "el corazón de las cosas". Sabe también mirar hacia dentro e iluminar la hondura de un espejo cuyas sombras nos interpelan siempre.

JOSÉ LUIS MORANTE




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ORANTE  

miércoles, 7 de junio de 2023

EMILIO LÓPEZ MEDINA. LA SOLEDAD

La soledad
(Las siete bestias, V)
Emilio López Medina
Coedición de Apeadero de Aforistas y Thémata Editorial
Colección Gnomon
Sevilla, 2023
 

PERTENENCIAS


   Sólo unos pocos meses separan la publicación de El mundo que se abre, breve compilación de una centena de aforismos sobre filosofía, de Emilio López Medina (Jódar, Jaén, 1949), de La soledad, quinta entrega del proyecto filosófico Las siete bestias, tratado en torno a los asuntos centrales de la existencia que emplea el laconismo y el decir breve como esteros reflexivos. De este modo, el texto conciso moldea argumentos donde el hablante verbal se focaliza a sí mismo como persistente núcleo temático. Así han ido apareciendo entregas escalonadas sobre la ignorancia, la ambición, la diversión y el sexo. Son espacios indagatorios de hondura que interpretan el mundo a través de la meditada arquitectura expresiva del aforismo y los destellos del pensamiento fragmentario.
  La dimensión de La soledad ubica en primer plano los efectos del desamor y la ruptura de la convivencia de pareja. Aislado en sí mismo y con una autoestima de baja estatura, el yo se confina en el silencio frío del espejo y hace de la lejanía de los otros su estado natural. La palabra ya no es centro de gravedad, ni se hace viaje hacia el intimismo del sujeto ajeno o cauta medida de emociones y pensamientos. Es un estado nuevo, una catástrofe doméstica donde corresponde superar la desorientación y buscar referencias que conecten la existencia personal y el entorno cotidiano. La cosmovisión subjetiva abre puerta a las dudas. El mismo cuerpo parece recubrir su dermis de extrañeza. Somos otros y cada gesto adquiere carácter introspectivo mientras cristaliza un marco de representación complejo y saturado por la decepción. La amanecida del solitario conecta con un poblado escenario de variantes, donde esperanzas y posibilidades caminan de espaldas. Se expande una continua sensación de naufragio: “Cada cual es un navegante solitario en una frágil barca en mitad de la noche…”. Y es preciso buscar coordenadas y destino, indicadores que hagan posible la llegada a otro andén habitable. Todo el apartado inicial “Del otro y su palabra” es una exploración de la convivencia como sinfonía de matices y de fragilidades. Estar juntos crea un espacio vertical que, cuando se hace ruinas, deja al hombre en otra dimensión de la realidad. Se hace fuerte la falta de sentido de la existencia y la necesidad de buscar un refugio interior, ajeno a los dictados del sentimiento.
  Desde Anaximandro, en el pensamiento filosófico clásico, la semántica de mundo designaba una multiplicidad ordenada y cambiante; equivalía a la noción de realidad como entorno que sirve de voluntad y escenario al discurrir existencial del yo colectivo. Emilio López Medida denomina el segundo conjunto textual “Del mundo” y en él se incorporan las reflexiones metaliterarias de la palabra rota, el silencio, como realidad sin palabras y la figura del solitario, ejemplo de contrastes, que hace del sí mismo una oscura presencia social. No hay un cambio de orientación en el lacónico discurrir del pensamiento; se muestra un mundo interior que zarandean los vientos emotivos y las coyunturas temporales que cobran la apariencia de hechos irreversibles. Son coordenadas azarosas que dejan tras de sí consecuencias directas como el odio, la soledad, el arrepentimiento, la culpa o la voluble empatía hacia los que conforman la periferia del yo.
   Para Emilio López Medina el mundo supone “No un conocimiento, sino una percepción: esto es la vida. No sólo el mundo no sería si no se viera, sino que además ni siquiera es lo que se ve: el mundo es el hecho de verlo. Lo veo, luego existe.”. Gran interés reflexivo para entender el apartado tiene otra tesela: “El mundo para el hombre contemplativo es un libro que está ahí para ser leído. Para el hombre de acción, un decorado para ser intervenido. Uno y otro suelen ignorar el plató en el que, a su vez, ambos se hallan”.
   Por tanto, el pensador mira hacia fuera, deja dormido su intimismo para que las palabras exploren la vida como proceso y como puente tendido hacia el futuro. En este tránsito desde el interior al exterior nacen así distintas perspectivas enmarcadas en un realidad concebida en un tiempo concreto: “¿Nuestra vida? Errático vuelo de un pájaro entre una bandada”.  
   El hecho de afrontar lo cotidiano, convierte al yo en un superviviente que retorna a casa. El tramo final “De sí” alumbra la noción del regreso. La fisonomía cambiante de lo exterior supone sumar pasos dubitativos y es necesario recuperar la cálida estancia del ser: “La vida empieza a gustarme cuando huyo de ella. Desde mi escondrijo, la contemplo y la amo”, “La mejor puerta a la intimidad propia es el anonimato”.
 Acorde con la vocación filosófica de Marco Aurelio, Séneca, Montaigne, La Rochefoucauld, Nietzsche, Hegel, Fichte, Wittgenstein o Cioran, (Esta enumeración de influencias requiere siempre una concentración necesaria), Emilio López Medina mantiene una tangible presencia central en el aforismo filosófico contemporáneo. Sus materiales reflexivos conceden una apertura máxima al pensamiento. Se apropian de los elementos de la realidad para mostrarnos sus estratos, esas capas donde conviven la máscara y la transparencia, el inconsistente horizonte, contradictorio y cambiante, que deja entre las manos el desquiciado empeño de vivir.
 
  
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 

 

jueves, 22 de diciembre de 2022

EMILIO LÓPEZ MEDINA. EL MUNDO QUE SE ABRE

El mundo que se abre
99 aforismos filosóficos
Emilio López Medina
Prólogo de José Luis Trullo
Apeadero de Aforistas / Cypress Cultura
Sevilla, 2022

 

IRISACIONES

 

   Las paradojas del espacio cultural provocan estupefacción y asombro. En el cierre de año, la RAE acaba de incorporar al diccionario de la lengua la palabra aforista, un gesto de exasperante flojera mental y de notable desatino humanista, ya que al repasar las incorporaciones de los últimos años, se percibe un cúmulo de nadería marcado por la actualidad y la contingencia política del momento, así que la definición  del pensador aforístico llega en el mismo vagón léxico que palabras con pasmo como “rular”, “micromachismo”, “portuñol” o “gusa”. En fin, ya sabíamos que Emilio López Medina (Jódar, 1949) es aforista de techumbre alta y trayecto continuo, como ratifican sus numerosas entregas y el compromiso sostenido con el decir breve que va dejando rastros en las mejores compilaciones y antologías nacionales.
 La publicación El mundo que se abre  refrenda el carácter meditativo de sus breves con el subtítulo 99 aforismos sobre filosofía que impone activos criterios de pensamiento de estas teselas. Así se entenderá, sin ningún reparo, el material indagatorio que aporta una introducción de José Luis Trullo, también practicante del decir hiperbreve, editor y persistente estudioso del territorio conceptual lacónico.
   El texto de José Luis Trullo muestra la singularidad del autor y de una obra fragmentaria en continuo crecimiento: la meditada arquitectura expresiva y la sensación de que las piezas verbales recuerdan microensayos; son destellos empeñados en comprenden la realidad desde la intuición como principio germinal, aunque ese agujero iluminado requiera después un intervalo, para reajustar y pulir, para lograr una atinada vertebración estructural a la luz del día.
   Con una dimensión vital de la escritura que descree de géneros aislados y apuesta por la hibridez de espacios expresivos despoblados de límites, sin moldes de confinamiento, Emilio López Medina da la mano en El mundo que se abre a la razón como centro de gravedad y filtro de la crecida sensorial. Toca superar la fugacidad instantánea de las circunstancias y convertir el aforismo en espacio de encuentro entre la Filosofía y el Arte. La cosmovisión concisa del escritor adquiere un carácter introspectivo. Cristaliza un entorno, donde lo complejo es simple, y sondea relaciones con la propia existencia, impulsado por el quehacer lector de magisterios como Nietzsche y otros ángulos relevantes del devenir racional como Hegel, Fichte o Wittgenstein.
   Los intereses del filósofo transitan de continuo, cambian de itinerario para volcarse en la dinámica interna del aforismo y en la línea de sombras de su codificación; recuerda que la filosofía es una reflexión para resolver incógnitas de lejanía y concede a los elementos de la realidad un carácter simbólico y de apertura, más allá de las apariencias. La levedad de vuelo del aforismo es exploratoria, recorre las grandes cuestiones del transitar en el tiempo para asentarse más allá de la incertidumbre. Personifica al sujeto encerrado en su mundo y sumido en un interminable proceso de digestión mental: “Un aforismo no es solo un pensamiento más o menos agudo que te asalta, el aforismo es también toda una cosmovisión que te asalta en forma de aforismo. Y es que el hombre es una consciencia, una caja de resonancia del mundo y de la vida”.
   El mundo que se abre mantiene un evidente sentido orgánico en el que la filosofía aparece como ciencia de madurez y sosiego. No se trata de alumbrar dogmas ni de aceptar convenciones, sino de captar los matices cambiantes del pensar en el discurrir de lo cotidiano. La realidad es poliédrica y hay que recorrerla con el paso silente del conocer sus maneras y formas, su condición de paisaje abierto. Por eso, el cuerpo deshuesado del aforismo es también autodiagnóstico, una conciencia que no encuentra el punto final y  deja el rastro de claridad de unas gotas de agua mientras talla la roca.
 
 
  
JOSÉ LUIS MORANTE


 
 

 

martes, 11 de octubre de 2022

SIHARA NUÑO. EL OLOR DEL ESPACIO

El olor del espacio
Sihara Nuño
Fotografías
de
Jon Bengoetxea
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2022

 

ESTRUCTURAS CON VOZ


 
   El título El olor del espacio que acoge los aforismos más recientes de Sihara Nuño (México, 1986) conduce de inmediato a las investigaciones literarias de Maurice Blanchot en torno al espacio de la palabra. Para el pensador, el construir se convierte en una exigencia, en el propósito de alcanzar lo inaprensible a través del lenguaje como medio insuficiente. El sujeto verbal alza epitelios constructivos en el espacio pero nunca puede apropiárselo en su totalidad y es incapaz de capturar su sentido último. De este modo el quehacer escritural desborda los límites del territorio literario y hace del acto creativo una apertura, “un parámetro de lo imaginado”, capaz de definir una nueva fenomenología del espacio.
   Las fotografías conceptuales en blanco y negro de Jon Bengoetxea y las citas prologales, extraídas, de andenes cercanos a la ciencia, incluso el mismo formato horizontal, al cuidado del sello editorial Apeadero de Aforistas, que impulsa José Luis Trullo, ratifican que nos hallamos ante un libro distinto, a trasmano, abierto a los vasos comunicantes que conexionan ciencia y aforismo.
   La escritora recuerda en la mínima nota de pórtico que la Tabla periódica de los elementos contiene  118 componentes matéricos. Justo ese cardinal es el número de teselas verbales integradas en este conjunto textual. Sihara Nuño impulsa un impulso reflexivo que busca ubicar paralelismos y a diseccionar posicionamientos estéticos que abren turno al debate. Entiende el aforismo como un espacio estructurado, que muestra la perspectiva de una interpretación subjetiva. Y defiende la afinidad entre ciencia y aforismo, “como conjunto de saberes que ponen a prueba nuestra capacidad para reaprender”.
   Esta definición obliga a la escritura a ser generadora de conocimiento y a buscar las relaciones entre realidad y experiencia, con criterios clarificadores y capaces de superar el simple emerger sensible de las cosas. Se trata de “Socializar la ciencia a través del aforismo. La poesía por medio de la ciencia. La ciencia y el aforismo como bibliografía para estudiar la vida”.
   De este empeño de clarificar el olor del espacio afloran las palabras como embriones que colonizan el centro de todo. En su quehacer buscan sensaciones, desdeñan el todo pensado que pretende establecer el logos como columna nuclea; un logos fuerte, vertical, para crear un nuevo discurso desde el pensamiento y la contemplación en la que encuentre desarrollo orgánico una cartografía mental.
   Con frecuencia la poeta transforma el molde convencional del aforismo en una estrategia enunciativa para reforzar una idea científica, una definición o un fragmento ensayístico que adquiere en su planteamiento la cadencia del orden, la capacidad de discernir y el empeño por hilvanar un discurso comprensible y objetivista sobre el carácter transversal de la ciencia. El aforismo respira, alienta la refutación y la dialéctica entre lenguaje y fluir de la idea.
    Sobrevive en la azarosa diversidad de los aforismos una meridiana conciencia social; más allá de la soledad creadora del escritor se mueven los pasos de lo colectivo y sus itinerarios en el tiempo. Se enlazan ciencias dispares como la geografía y la historia, la sociología o el marco de contenidos de las mareas sociales que sacan a la ciencia del laboratorio para integrarla en el mercado y en la economía, en los procesos productivos y en la justicia social porque “Un libro es una buena forma de ocupar el espacio, construir la memoria y el cosmos”.
  La exactitud técnica del aforismo como laconismo capaz de renovar la expresión incorporando términos científicos conforma el cierre del apartado “Adhesiones”, con una breve muestra: “El aforismo es una partícula elemental”, “El arte genera radioactividad” o “El universo es un caracol que nunca se detiene”.
   En El olor del espacio los textos concisos plantean indagaciones en esa alianza perene y fecunda que intersecciona escritura minimalista y ciencia, dos materias que tienen como núcleo central la búsqueda, el espacio conjetural que debe recorrer el pensamiento. Desde esta apertura temática, Sihara Nuño prosigue senda por un ideario personal, por una subjetividad porosa que hace suya esa hermosa idea de Agustín Fernández Mallo: el poeta es un laboratorio.  
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

 

sábado, 9 de enero de 2021

CARMEN CANET y ELÍAS MORO (Eds.) ESPIGAS EN LA ERA

Espigas en la era
Micropedia de aforistas españoles vivos
Carmen Canet  y Elías Moro
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2020
 
 

AFORISTAS EN ACTIVO

 

   Es evidente la buena salud del aforismo contemporáneo. Los primeros pasos del siglo XXI, en el espacio idiomático del castellano, pero también en otros entornos como Italia, Alemania, Francia o Gran Bretaña, han integrado en su discurrir una eclosión abrumadora del decir fragmentario, gracias a factores muy diversos. La insólita fluencia de colecciones, títulos, antologías, artículos monográficos, análisis y autores –resaltada por estudiosos como José Ramón González, Manuel Neila, Erika Martínez, Javier Recas Bayón, Demetrio Fernández Muñoz o Paulo Gatica- concede una solidez perdurable al esquema constructivo del aforismo y a su laconismo verbal, dispuesto a capturar la esencia del pensamiento con humildes elementos de uso. Es perceptible la vitalidad de vuelos en la variedad de estilos, puntos de vista, tendencias y sustratos argumentales. Así lo entienden también Carmen Canet y Elías Moro, dos autores con amplio trayecto en el género que coordinan juntos la edición de Espigas en la era, un despliegue nominal de más de cien aforistas españoles vivos.
  Este tiempo áureo no es flor de un día. Conviene recordar que la literatura fragmentaria es un producto histórico. Sus aleatorias codificaciones han estado presentes en los legados de todas las civilizaciones. Sus raíces fortalecen el carácter híbrido y un dinamismo trasversal que engarza pensamiento filosófico, tradiciones populares, enunciados éticos y literatura. Los textos paremiológicos constituyen una amalgama heterogénea que ha encontrado en el presente digital un cultivo insistente; de ahí la pertinencia de un proyecto didáctico como el propuesto por Carmen Canet y Elías Moro, que puede entenderse como una primera mirada a los poblados escaparates textuales del aforismo actual.
   En Espigas en la era firma el breve prólogo José Luis Trullo, persistente cultivador de la síntesis. El director y coordinador de la colección Libros al Albur y de la revista monográfica Elaforista.es ha impulsado abundantes proyectos de definición de la arquitectura lacónica que han contribuido al afán expansivo de títulos y autores. Pero todavía no exista un refrendo fuerte en el mercado; José Luis Trullo subraya que el acercamiento al libro de aforismos requiere una postura crítica y cuestionadora de lo subjetivo, en suma, un lector formado y selectivo que no busca rellenar tiempos de ocio.
   La pujanza del género enaltece el intenso trabajo de compilación que llevan a cabo Carmen Canet y Elías Moro, quienes recurren al orden alfabético para dar a los aforistas un trayecto orgánico. Cada autor aporta una mínima mochila textual, solo dos aforismos, lo que hace imposible el retrato estético de los seleccionados; o mejor, ubica estas espigas como selecta prueba de una mayor cosecha que necesita lecturas complementarias posteriores. Al tratarse de una cata de campos creadores activos, quedan fuera practicantes de nuestro tiempo como Miguel Catalán, Antonio Cabrera o  Eduardo García, que nos dejaron hace muy poco y cuya presencia sigue fuerte en los textos.
 En cualquier caso, se agradece este registro de urgencia que compone una información precisa del texto mínimo que tiene como objetivo complementario difundir el listado, desde la traducción, en otras cartografía creadoras. Hoy constatamos que ya llega a las librerías la versión al francés de Espigas en la era a cargo de la traductora Florence Real y del poeta y profesor Miguel Ángel Real. Con esta versión, que abre la puerta a otras como el inglés o el italiano, se hace evidente que el libro preparado por Carmen Canet y Elías Moro es una herramienta que ajusta el punto de mira. Propicia el disparo preciso y sugiere indagaciones posteriores del decir breve, ya dispuesto a asentarse por derecho en la plaza central del espacio creador contemporáneo.

José Luis Morante




miércoles, 7 de octubre de 2020

RICARDO VIRTANEN (Ed.). LA SONRISA DE NEFERTITI

La sonrisa de Nefertiti
Los aforistas y la felicidad
Ricardo Virtanen (Ed.)
Apeadero de Aforistas, Cypress Cultura
Sevilla, 2020

 

MONEDAS DE ORO


   La idea de la felicidad, como estado de plenitud del ser humano, tiene un largo recorrido en la historia del pensamiento. Aristóteles y Epícteto abrieron las manos al brillo áureo de su posesión y alentaron de su presencia en el jardín de los placeres; mientras, Sócrates dejaba su estar en una penumbra densa, creada por las exigencias de la vida comunitaria, donde enmudecían las aspiraciones del yo individual. Voltaire, Kant o Shopenhauer multiplicaron los tramos reflexivos hasta hacer del solemne sustantivo veta indagatoria atemporal. Como sucediera con los moralistas franceses, o con el sentimentalismo exaltado de la tradición romántica, la cuestión se retoma de nuevo por Ricardo Virtanen (Madrid, 1964), poeta, ensayista, escritor de diarios y aforista, para componer la antología La sonrisa de Nefertiti, un monográfico sobre la felicidad en el que participan treinta y cuatro aforistas, casi todos con una compacta travesía creadora que conexiona diferentes géneros. Sin ánimo de alentar el cansancio erudito, el título recuerda a un personaje histórico, Nefertiti, quien entre las faraonas y sacerdotisas del antiguo matriarcado egipcio  protagoniza una significativa revolución cultural, un intenso quehacer político y religioso y político como corregente del faraón Akenatón. La epifanía de su sonrisa sería el símbolo del destino cumplido, que rompe el cerco de la situación secundaria del yo femenino en las antiguas civilizaciones. Abre camino al mapa de los seleccionados un breve prólogo de José Luis Trullo, editor y aforista. Analiza con excelente norte el conflicto definitorio de la dicha, que en sí misma habría de ser la meta natural de la existencia. Trullo recuerda que desde el despertar de las tradición occidental se ha diversificado el enfoque y la sensibilidad para asumir los rasgos centrales que definen el estado áureo del existir. Y esa pluralidad definitoria persiste en la amplia selección realizada por Ricardo Virtanen. No podría ser de otra manera. Si el aforismo exige un decir contenido y sereno que hace del intimismo y de la temporalidad núcleos argumentales básicos, el pensar subjetivo siempre recubre los tanteos reflexivos con el claroscuro de la incertidumbre y el cuestionamiento. La norma del orden alfabético marca la apertura de Enrique Baltanás, Javier Bozalongo, Carmen Canet, José Ángel Cilleruelo, o Jesús Cotta, Ellos perfilan los primeros contornos de un nombre de compleja construcción semántica: “La felicidad tiene algo de misterioso. Camina siempre a nuestro lado, pero nunca la vemos” (Baltanás); “La liebre y la tortuga: la felicidad y la vida” (Bozalongo); “La felicidad tiende a oscurecerse pero para eso está el interruptor de la luz” (Canet). El estar colectivo invita al sujeto a caminar en una doble dirección: por los tramos aleatorios del laberinto interior o por las aceras compartidas del territorio social. Ambas direcciones generan un enjambre emotivo y sentimental que haya sitio en el lacónico minimalismo de la escritura: “Las culturas solo pueden vivir restituyendo dos grandes mitos: Dios y felicidad” (F. Ferrero); “El ser humano puede encontrar la felicidad al encontrarse a sí mismo” (Dionisia García); “Fingimos la felicidad para no ser abandonados por la tribu” (Sergio García), “Sólo los desdichados saben apreciar, en plenitud, la dicha” (Mario Pérez Antolín); “A la auténtica felicidad le faltan los motivos, pero le sobran las razones” (F. Trull). La semántica mudable de los textos no excluye la contradicción o la paradoja: “La felicidad no es un horizonte sino una sima” (J. M. Uría); “Al menos, ser conscientes de que la felicidad es un aprendizaje” (Ricardo Virtanen). En este entrelazado de poesía y conocimiento que mide el pulso del buen aforismo se añaden algunos aforismos ya publicados de Miguel Catalán, Ramón Eder, Gabriel Insausti, Karmelo C. Iribarren, Victoria León, Carlos Marzal, Andrés Neuman y Benjamín Prado. Queda así, el mensaje coral de un estado anímico del ser cuya luz encendida es siempre transitoria y fugaz. Una forma de aprender que la tarea de sembrar esperanza basta a menudo para sentir en el propio pecho las cálidas arritmias de quien aspira, en contra de la lógica, a ser feliz.


 

 


domingo, 2 de agosto de 2020

BENITO ROMERO. DESAJUSTES

Desajustes
Benito Romero
II Premio de Aforismos
Ediciones de la isla de Siltolá
Sevilla, 2020


SALPICADURAS


   Tras obtener el Premio de Aforismos La isla de Siltolá, convocado por segunda vez por la editorial sevillana, camina hacia el lector Desajustes, última tarea aforística de Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983), Licenciado en filosofía, programador cultural y crítico cinematográfico. Con su ventana auroral Horizontes circulares (Trea, 2018) arranca un recorrido lacónico, de extrema economía, acreditado por el Premio AdA concedido por la Asociación Cultural Apeadero de Aforistas al mejor libro de aforismos del año. El decir breve de ambas compilaciones presenta numerosas intersecciones expresivas. Las dos aportan una meditación introspectiva sobre lo transitorio a partir de mínimos esquejes reflexivos. La percepción abarca incisiones desplegadas en torno a la identidad del yo, siempre paseante habitual de la incertidumbre, y a los vericuetos de la existencia colectiva moldeados por hábitos, incertidumbres y extrañezas.
   El discurso paremiológico de Benito Romero se define por omisión, como subraya la hermosa cita de apertura de J. D. Salinger: “Es hora de que empiece a quitarse cosas de la cabeza en lugar de llenarla cada vez más”. El abordaje hacia dentro, impulsado por la necesidad de hallar respuestas, adquiere un entrelazado minimalista, del que se fuga toda digresión. Esa constancia en lo mínimo vela la exposición directa del sujeto en primera persona y trasforma la fuente informativa en narrador omnisciente, un procedimiento expresivo que se mantiene como sustrato transversal en los seis apartados de Desajustes. Poner distancia al yo se convierte en un vector de certeza: “Cuanto más se alejaba de sí mismo, más se simplificaba”. Por ello, el andén inicial, “Trayecto”, que podría entenderse como un anónimo itinerario biográfico, llega como una depurada contemplación de actitudes que afrontan la nada como probable estación final: “Se había convertido en una persona tan aburrida que hasta las moscas dejaron de perseguirlo”. Con expectativas moderadas, se vislumbra el entorno y sus persistentes trazos de significado impreciso, donde el devenir cotidiano nunca interrumpe su aleatoria partitura. Con el paso de los días “Se deshizo del imberbe optimismo”, es el mejor modo de caminar ligero de equipaje.
   La parquedad de “Ansia” se decide por el concepto en torno a la relación sentimental, con una leve mirada al erotismo, casi siempre desde un enfoque irónico: “El matrimonio en muchos casos ha significado una forma de exilio”, “Hay dormitorios en los que nos adentramos con tanta celeridad que no reparamos en los murciélagos que pueblan el techo”. Tras el cauce inicial de la iniciación amorosa hay un río manso, en estiaje, que suele acabar en crecidas irregulares o peor, en curso seco.
   Benito Romero sortea el nomadismo intencional de la expresión lacónica agrupando sus textos por rincones temáticos de fronteras difusas. En “Territorio”, el referente cultural, la figura del escritor y del intelectual o los espejos deformantes de la literatura constituyen itinerarios del pensar que añaden tonalidades y matices: “Consagrarse a la literatura implica, en la mayoría de los casos, una renuncia irrevocable a la pretensión de prosperar”, “El poeta obsesionado con los adjetivos rara vez emplea el adecuado”, “El peor vicio del aforista: el flagrante  convencimiento de creerse exclusivo”.
   El ensayista, filósofo, profesor y aforista compiló, pocos meses antes de su fallecimiento Diccionario Lacónico, un imprescindible trabajo sobre el aforismo de definición, convertido en obra colectiva por la aportación de muchos escritores peninsulares; entre ellos estaba Benito Romero que deja en el apartado “Gavetas” un inventario de significados terminológicos. En ellos predomina –tal vez por la sombra magisterial de Bierce- la esquina irónica, casi con vistas al sarcasmo: “ACADEMIA. Elitista jardín de infancia”, “ARRIBISTA. Hábil masturbador de la vanidad ajena…”, “FUNCIONARIO. Especialista en el desentendimiento de sus competencias”;  o con un barniz de ternura sentimental, “ADOLESCENCIA. legítimo campo de minas en un desordenado día de lluvia”. 
   El semblante plural de lo diverso se acentúa en el apartado “Impresiones”. En él resalta su ambición temática. Lo cotidiano aglutina una sobresaturación de estímulos que se desbroza desde la precisión lacónica. En los rincones de lo diario se normaliza el absurdo y hay que taponar las grietas con la moldeable masilla de la incertidumbre: “El núcleo es oscuramente contradictorio. Aceptémoslo.”; “La semilla del conocimiento elucubra, solitaria, en la última fila del teatro”. También hay sitio para el pesimismo y el ajuste de cuentas, tan explícito en la sección de cierre “Escombros”, cuyos hilos argumentales están cuajados de crítica y un cierto sabor agrio en la sensibilidad de sus conjeturas.
   Benito Romero define la reflexión como una “gota de aceite que cae del engranaje”. Con ese persistente goteo sale al sol un tránsito racional fragmentario que niega el sistema. Desajustes camina a saltos, impulsado por la necesidad de dar fe de las mutaciones del ánimo al dibujar la caligrafía de la realidad y sus conmociones. En el ajustado interior de sus excelentes breverías, como epílogo conclusivo, la duda es siempre el punto de encuentro que simplifica la búsqueda, una eficiente lámpara encendida.

José Luis Morante







martes, 12 de mayo de 2020

FELIX TRULL. Y DE PRONTO, AMANECE

Y de pronto, amanece
Apuntes para una despedida
Felix Trull
Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2020


BRIZNAS DE LUZ



   En la estrategia expresiva de la minidicción, la presencia de Felix Trull es singular. Encarna la identidad de un yo disgregado, dando voz a las modulaciones complementarias de José Luis Trullo, gestor cultural, aforista y editor de la revista monográfica digital ELAFORISTA.ES. El incansable pseudónimo alumbra en los últimos años las salidas Metas volantes (2015), Líneas de flotación (2018) y La lección de Pulgarcito (2019), una intensa cosecha que da voz a la evolución temporal del itinerario y que culmina ahora con el volumen Y de pronto, amanece, obra que añade el subtítulo crepuscular Apuntes para una despedida.
   La capacidad intuitiva del aforismo, su intenso destello recuerda el resplandor de un relámpago, esa instantánea amanecida que alcanza la transparencia, el sosegado afán de conocer, las briznas de luz. El heterónimo enfoca el discurrir de Y de pronto, amanece como un peregrinaje en jornadas en el que cada etapa mantiene intactos calidez y misterio. Así lo percibimos en la amanecida inaugural, un espacio que abre pasillos fronterizos entre imaginación y realidad: “El perfume de las flores nocturnas atrae a los insectos invisibles”. Desde esta invitación al alba llegan el asombro y la disposición activa de quien contempla para dar fe de vida. A veces el aforismo opta por la incisión reflexiva, como si el pensamiento prolongara la necesidad de adentrarse en los ciclos naturales y entender su razón de ser. El leve apunte adquiere el formato de un cuaderno de campo: “Qué solos los pinos, pero qué solos”, “Moras silvestres. Amanso mis pasos”, “Salen al paso. Las presencias. Me susurran. Luego, se desvanecen”. En esta indagación al latido celebratorio del entorno se hace evidente el sentir religioso de la fe personal: “Dios creó la luz para que los cuerpos pudieran proyectar sombra”; de este modo se define también la propia ética del sujeto, ese permanente desvelo por dar confluencia a los pasos existenciales: “El ser humano es un ser hecho por la fe y para la fe. Sobre si a tal o cual objeto es harina de otro costal”, “En la fe pierdes la corteza, ya eres todo miga”, “En la fe se reubican los valores adecuados: no más ansiedad, no más codicia, ni vanidad, ni envidias. Emerges del lodo de la inquietud material y levitas por encima de tus necesidades perentorias”.
   Una característica del laconismo visual de Felix Trull  es la apuesta por una captación lírica del marco; los apuntes parecen versos escindidos o verbalizan una sensación que interioriza el deseo personal: “Ponerse en marcha al anochecer. Caminar a oscuras. Despertar en el mismo sitio”, “Circunvoluciones en torno a un centro inexistente, y aún así, la atención no se disipa”, o esta magnífica apelación a la voluntad subjetiva: “Avanzar sin dar un paso. Caminar desplazando el propio eje. Rotación y traslación. Conciliado me apaciguo”. La plenitud de sensaciones que abarca el recorrido casi anula la conciencia de temporalidad: “La eternidad es esto”.
   Un rincón esencial del aforismo de Trull es la paradoja, esa aparente contradicción que habita entre la realidad y la apariencia: “No busco nada, por eso he de continuar”, “¿Quién se escondería, ante lo que no puede ser evidente?”, “De aquellas aguas oceánicas, estos ridículos charcos”. En la dermis de algunas figuras retóricas se descubre un alto componente simbólico: “En la desesperanza de la tierra empapada germina una semilla que nadie plantó”; “Hay que hundirse del todo para emerger alguna vez. Bien lo saben los pescadores de perlas”, o esta impecable incisión: “Siempre es ahora, pero nunca por completo”.
    En suma, en las jornadas de Y de pronto, amanece se suceden paisajes y ángulos singulares. La escritura se hace experiencia de conocimiento, un caminar que pone pie en la esperanza renacida para que lo transitorio eche raíces, despliegue sus gradaciones de luz en el pensamiento. Se haga fronda y árbol donde la conciencia haga savia de ese mundo cercano que nos completa, que sin palabras dice: “vivir es imaginarse vivo”. Desde esa certeza de ser, Felix Trull prosigue el viaje, protagoniza el empeño del solitario a quien nadie espera para caminar en cualquier ámbito. Para traspasar el mínimo umbral de las palabras: “Escribo para no hablar. Miro para no escribir”.



sábado, 7 de marzo de 2020

JOSÉ LUIS TRULLO, MANUEL NEILA (Eds.) EL CÁNTARO A LA FUENTE

El cántaro a la fuente
Aforistas españoles para el Siglo XXI
José Luis Trullo y Manuel Neila (Eds.)
Apeadero de Aforistas/ Thémata Editorial
Sevilla, 2020

DEMOGRAFÍA DEL AFORISMO ACTUAL


  Desde el amanecer del siglo XXI, el quehacer aforístico, de forma continua y sostenida, ha logrado una pujanza insólita. Su filo lapidario y su lacónica brevedad buscan el contacto cercano de una propuesta dialogal con el lector. La inmediatez de las redes sociales y su compleja bulimia de titulares al paso han fomentado la expresión urgente del fragmento, ese discurso que emplea en su formulación la tacañería expresiva del más es menos. El aforismo además admite fuentes argumentales muy variadas, obsesiones recurrentes, chispazos lúdicos, y su razón de ser camina por una estela de descubrimientos e indagaciones. De ese aflorar incontenible da cuenta la compilación El cántaro a la fuente. Aforistas españoles para el siglo XXI, una edición preparada por dos grandes conocedores del género, José Luis Trullo, aforista, crítico y editor de Libros al Albur, y el poeta, ensayista, antólogo y aforista Manuel Neila.
  Sostiene el refranero popular que “tanto va el cántaro a la fuente…”, así que en la repleta oquedad de esta obra conviven los mejores practicantes del género en el calendario del presente. Los que han hecho posible que existan varias editoriales como Trea, Renacimiento, Cuadernos del Vigía, Libros al Albur, Cuadernos del Laberinto, o Ediciones de la Isla de Siltolá, y los que ya figuran en recuentos y panorámicas recientes como los impulsados por José Ramón González, León Molina, Aitor Francos, Carmen Camacho, José Luis Trullo o Manuel Neila, por citar solo algunas selecciones que han expuesto las coordenadas básicas del aforismo actual.
   Más allá del criterio personal, inevitable siempre en cualquier selección, los editores en el prólogo insisten en ese estado general de consolidación y añaden las notas singulares del momento; a saber, un conocimiento fehaciente de las tradiciones lapidarias y la convivencia en su desarrollo de cierta equidistancia entre filosofía y poesía, entre emoción y pensamiento cognitivo. El lector notará algunas ausencias de protagonistas usuales de esta estrategia expresiva, pero son debidas no al criterio de los editores sino a contingencias varias que no han hecho posible su inclusión. Y cierran su sondeo con una bibliografía selecta del corpus reunido que integra obras individuales, antologías, ensayos críticos de interés y publicaciones digitales monográficas, como la revista digital El Aforista, páginas en vela siempre atentas a las novedades del mercado.    
 La compilación acumula un notable inventario de escritores en el tiempo, desde Carlos Castilla  del Pino (1922-2009) y Dionisia García (1929) hasta los más jóvenes, Aitor Francos, Sihara Nuño y Azahara Alonso. La amplia demografía emplea el criterio temporal y la convivencia generacional para sondear la aportación aforística en estas dos décadas del siglo XXI. En cada aforista respira un ideario distinto, un entramado de intuiciones y experiencias que ha ido gestando una forma de escribir, un formato de anclaje. Como enunciara Carlos Castilla del Pino los buenos aforismos no concluyen, sino que sus enunciados proponen un comienzo en el que las amanecidas del significado nunca borran contornos, ni apagan los episodios emotivos que sugieren.
  En El cántaro a la fuente. Aforistas españoles para el siglo XXI se traza, con solvente sencillez “y buen uso de lo que se sabe”, la arquitectura de un paisaje abierto en el que el aforismo marca su profundidad de campo, esa geografía repleta de miniaturas inteligentes. La antología propone una síntesis de los itinerarios más conocidos, esas voces emergentes cuya escritura en tránsito se detiene ante el espejo para recordar, sin volaterías ni ocurrencias gratuitas: “Morir debe ser fácil, lo peor son los preámbulos” (Dionisia García) “Un buen aforismo es aquel que hace reír a los inocentes y deja serios a los filósofos” (Emilio López Medina); “Quédate, soledad; yo te acompaño” (Ángel Guinda); “En todo viaje interior hay un extravío” (Miguel Cobo Rosa); “Hacer de una desdicha personal una frase feliz es el privilegio de los aforistas” (Ramón Eder); “Cuando la pasión no existe suelen florecer las teorías” (Andrés Trapiello); “La muerte no está al final de una vida, está en su centro” (Ramón Andrés); “Como el pan la vida tiene su corteza y su miga” (Carmen Canet); “Dormir es la diaria obligación de esconderte de ti mismo” (Luis Felipe Comendador).