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lunes, 12 de noviembre de 2012

JOSÉ GUADALAJARA. IDEALIZACIONES.


La luz que oculta la niebla
José Guadalajara
Bohodón Ediciones, Madrid, 2012

   Hasta las páginas de La luz que oculta la niebla, el escritor José Guadalajara integraba la nómina de autores dedicados de modo exclusivo a la novela histórica.  Tras sus estudios sobre el Medievo y las reputadas investigaciones sobre el Anticristo, había depositado en la mesa de novedades Signum, Testamentum, La reina de las tres muertes y La maldición del rey sabio. Todas desvelan una paciente labor de sondeo para alumbrar tramas y personajes en marcos históricos que reconstruyen con fidelidad algún rincón del pasado. En su quinta salida, La luz que oculta la niebla hay una voluntad de exploración de otros cauces argumentales a través de un relato amoroso, concebido como una propuesta introspectiva, elegíaca e intimista.
  El ahora se convierte en tiempo narrativo de una identidad femenina. Se nos cuenta en primera persona el despertar de su memoria, tras la recepción de una carta, cuyo remitente aviva la búsqueda de indicios sentimentales. Desde ese momento, aún con la misiva cerrada, la protagonista se ocupa en poner luz a una etapa vital de búsqueda y descubrimiento relacional. Sus rememoraciones conducen a los años universitarios, en la amanecida de la transición, tras la muerte del dictador. El entorno social respira un clima de libertad esperanzada, como si fuera posible cualquier utopía. Son días juveniles y la narradora se retrata a sí misma como un temperamento abierto y contestatario, con gustos vegetarianos y una activa vida sexual. Cursa Filología Clásica y tiene un buen bagaje de lecturas en el que no faltan los poetas que definen ese tiempo, los novísimos, aquella promoción literaria que convirtió a Venecia y el culturalismo en rasgos habituales.
   Sin embargo, sus enlaces con los demás sólo son aproximaciones esporádicas. Una fotografía trastoca esa firmeza del estar solitario. La descubre un día cuando en el lugar de trabajo, su jefe, Fermín, director de una academia de enseñanza, repasa instantáneas de los años setenta. La imagen es también la excusa para un primer viaje en el que conoce a Mateo, el personaje retratado, quien no sólo no decepciona su intuitiva atracción sino que en un beso esporádico y furtivo alimenta la idea de una convivencia común, a pesar de que ya tiene pareja y que su trabajo académico como catedrático de arqueología supone frecuentes viajes y alejamientos.
   Se inicia así una relación sentimental compleja, basada más en la idealización que el conocimiento ajustado del otro. Sólo comparten algunos encuentros apresurados y la pasión por el pasado, pero hay pocas esperanzas de que ese amor se convierta en un trayecto en común.  La vida laboral impone su calendario de rutinas y obligaciones en el que los sentimientos afloran como corrientes discontinuas. La inquietud del deseo se convierte en pasarela hacia el otro, en el espacio íntimo donde cabe una realidad ensanchada.
   Tres iniciales en el dorso de un sobre; una excusa, como la celebrada magdalena de Proust, para capturar el rastro de un tiempo perdido en el azogue gris de los espejos, hecho de sensaciones y añoranza. Y un libro distinto a los que integran su trayecto creador que nos da una faceta nueva del autor, José Guadalajara, que convierte al amor en un microcosmos escénico, con vía libre para emocionarnos y para pensar que el amor ideal y el real sólo tienen vagos parecidos.