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sábado, 31 de mayo de 2025

LUIS MIGUEL RABANAL. POSTRIMERÍAS.

Luis Miguel Rabanal
(Riello, león, 1957- Avilés, Asturias, 2025)

 

SOMBRAS DE LA TRISTEZA
 
 
Postrimerías
Luis Miguel Rabanal
Ediciones Eolas y Club Cultural Leteo
León, 2024
 
  El plural itinerario creador de Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) aglutina géneros como la novela, el relato y la poesía. Un trayecto de notable fertilidad que conforma una plena dedicación al quehacer escritural, sobre todo cimentado en su obra poética. La mirada lírica ha sumado entregas reunidas en el volumen Este cuento se ha acabado. Poesía reunida 2014-1977, editado por la editorial sevillana Renacimiento en 2015. Aquella compilación no cerraba el trayecto; posteriormente han ido apareciendo tres nuevas entregas, Los poemas de Horacio E. Cluck (2017), Matar el tiempo (2018) y Que llueva siempre (2020), ahora compiladas en Postrimerías, obra enriquecida con una introducción de Sergio Fernández Martínez y los epílogos de Rafael Saravia y Alberto R. Torices.
   El poeta revisa la cronología de su obra y enuncia un discurso, fragmentado en el tiempo, en el que la mirada sombría del presente enfila el paso hacia lo existencial, como si la vivencia de un estar crepuscular convocara, en las postrimerías del discurso poético, pensamiento y filosofía. A la hora de percibir lo cotidiano se impone una poética del desconsuelo, un nítido pesimismo que arropa los días con el epitelio del dolor. El prólogo de Sergio Fernández Martínez recuerda las sombrías coordenadas del escritor: ”Es un libro atravesado por un profundo pesimismo existencial, un pesimismo que se integra dentro del orden poético y que condiciona los sentidos de los libros. En realidad, esta es una constante en la poética de Rabanal, donde el malestar, el cansancio, la rendición y la inmovilidad se erigen como constituyentes del sujeto.”
  Los poemas evocativos de “Que llueva siempre” dan apertura al camino con citas de MJ. Romero y Javier Esteban. Los dos textos se ajustan al discurso gregario de la finitud; las sombras calladas de la intemperie guardan los despojos de la vida alegre. El yo poético se dispone a completar un recorrido en dirección contraria, desde el ser a la nada. Intuye que hay que cumplir ese encuentro pactado, a solas con la muerte y va dejando sus huellas más firmes en los repliegues peraltados del yo interior, hasta componer una autobiografía ficcional.
  El imaginario asume la ironía como recurso distanciador, capaz de  abordar temas nocturnales y trastocar la comprensión interpretativa. Los sueños traen al primer plano personajes oníricos que comparten los pasos perdidos de la memoria erótica o conforman un contrapeso del patetismo y la melancolía como si,  junto al yo biográfico, existiera un yo aparente y distinto. El pasado cobra un espacio central, donde el tiempo de niñez evoca que, en ese imprevisible relato de lejanías, todavía no estaban encendidas las luces de la soledad y aún no se había emborronado la inocencia: “Éramos pequeños y se nos mostraba / la envoltura, la azul apariencia de las cosas. / Ningún misterio más  / que el de no haberlo comprendido”.
  En el recorrido de Que llueva siempre conviven las fluctuaciones argumentales, aunque entre los detonantes poéticos no existan itinerarios antagónicos. Los recuerdos, los días de infancia, la invitación al deseo. Los textos muestran las inclinaciones subjetivas de un pensamiento en vela en el que se agolpan las cicatrices más profundas, esos campos de análisis que requieren contemplar en silencio el horizonte interior.
  Luis Miguel Rabanal ubica el libro Los poemas de Horacio E. Cluck en el espacio central de Postrimerías. La entrega recupera un viejo personaje narrativo del poeta y alumbra un pensamiento especulativo sobre la escritura: “La poesía te rodea las manos, es la amiga que sangra”. Entre las palabras se desvanecen las brumas de lo etéreo; la experiencia vital muestra su fragilidad y añoranza, exige un trazado de sensaciones, que delimite el paso del tiempo. En el prólogo del libro exento, que se publicara en 2017, Andrés González escribió una síntesis del volumen muy afortunada. El trabajo poético es “una cronología de la infamia y de la mística del amor”.
   El apartado “Desnudos” aloja en sus poemas el formato de la prosa poética, de este modo se acentúa la reflexión sobre lo transitorio y ocasional de las palabras, su luminosidad cerrada y tan llena de brumas para comprender la realidad y la intrahistoria de un sujeto verbal con los inacabables conflictos del deseo, la soledad y el transitar por los grumos de lo cotidiano. Secuelas de vida que esconden el desamparo y la incertidumbre.
   Editado en la editorial Trea en 2018, Matar el tiempo comienza con una composición que hace del tú apelativo un interlocutor de las indagaciones reflexivas del hablante lírico. Se hacen fuerte las incógnitas del tiempo, esas quebraduras hechas de memoria, alquitrán y bruma en las que se liberan las palabras pero no su sentido, como si el verdadero cauce argumental fuera un territorio de frontera entre la realidad y la imaginación; todo parece abocar en un entorno de sueños, que se recorre al frío de la noche y nunca pierde el olor a cerrado.
   Desde el dolor y la impotencia de la enfermedad, desde la quietud insomne de quien hace de la medicación un intervalo para no apagar el deseo o la ternura, las palabras emergen para dar cuenta de la desolación y el espanto, en el vivo desorden del silencio. 
   La epístola afectiva final de Rafael Saravia alude a la existencia como fracaso permanente que nos coloca al borde, casi pronunciando el adiós en las postrimerías, advirtiendo que la angustia es una presencia fuerte que pide silencio a la esperanza “con la verdad ingrata del poema sublimado”. Por su parte, Alberto R. Torices establece el espacio poético como un territorio ficcional, una geografía telúrica que recorren “vientos de simbolismo y abstracción, la memoria y fantasía de un hombre en el laberinto de su identidad sentimental.
   Hoy, con el corazón huérfano por la ausencia de Luis Miguel Rabanal, Postrimerías deja la sensación de una despedida anunciada, de una voz que recuerda al poeta más allá de la muerte, tras la frontera del no retorno, allí donde la tierra es siempre leve.

JOSÉ LUIS MORANTE






lunes, 8 de mayo de 2023

PABLO MALMIERCA. LAS ESTREMECIDAS

Las estremecidas
Pablo Malmierca
Eolas Ediciones
León, 2023

 

MUROS DE NIEBLA
 

   Pablo Malmierca (Zamora, 1972), licenciado en Filología Hispánica, profesor, investigador literario y narrador, lleva un largo periodo de tiempo moldeando la trilogía del Estremecimiento, un mapa poético que conforman La voz estremecida, El tacto estremecido y, como cierre, Las estremecidas, un todo unitario, impulsado por el catálogo de Eolas Ediciones.
  Citas de Pascal Quignard y Jean Luc Nancy entroncan la semántica de este tercer despliegue lírico con el lenguaje y su naturaleza musical. El entrelazado de la obra ya es conocido por los lectores. Pablo Malmierca confía en el lenguaje y en su simbolismo experimental y desdeña la percepción testimonial de la realidad desde lo descriptivo. Su voz ausculta, poda, esencializa para ofertar secuencias meditativas casi minimalistas, con tendencia a la parquedad reflexiva del aforismo. El comienzo de Las estremecidas refrenda esta opinión: “Huérfanos de la noche / Espaldas mojadas del horror / Perdidos en la dislocación del amanecer / Todos esperamos el fin”
   En este poema prologal el despojamiento afecta también a la utilería gramatical; no hay puntos, como si la pausa respiratoria no dependiera del verso sino del diálogo con el lector. En la semántica del poema subyace una actitud de espera y una sensibilidad de incertidumbre e inquietud, donde la naturaleza del yo común estuviera marcada por lo nocturnal.
  La identidad de “Ella” vislumbra itinerarios de conocimiento en el discurrir temporal. El presente es espera; el futuro abre espacios a la esperanza. Hay que transitar una senda que se ramifica y muda los significados. Ella es lo intangible, es consumación que acoge, cuando todo concluye; es también la hija de la ira que tiene una muñeca de pobreza y agonía y que nutre su silencio de decepciones: “Sin comprender, / atada a un mundo inaprendido, / acerca a sus brazos, / la dificultad del camino”.
   El apartado “Fluidez” incremente el sustrato reflexivo; inconforme por naturaleza, el pensamiento aspira a la transcendencia. El tiempo no es duración sino esencia y molde de lo ideal, de lo que sobrevuela sobre la temporalidad y la sombra de lo frágil. Del mismo modo, en las composiciones de “En la búsqueda” el pensamiento pretende diluir los efectos de una sequía existencial para que aflore una huida lejos, un exilio capaz de olvidar la mentira y de dar a las vivencias otro sentido. La posibilidad de salvación de una existencia que se expande entre la impostura y la decrepitud.
   La escritura rastrea “Señales”, intuye la cercanía de una presencia no definida todavía. El marco escénico es una representación del desamparo y nunca está exento de feísmo. Quien tantea en la naturaleza de lo existencial tiene presente la introspección del dolor. De este desplazarse ensimismado solo se salva la creencia firme en la palabra. Cada sueño exige una reconstrucción; cada ceniza certifica la nada y el fragmento. En “Fracturas” los posos del lenguaje se desplazan hacia el enunciado meditativo del poema en prosa. Con él se construye un discurso de sensaciones en un mundo crepuscular que camina hacia la sombra y que hace de la monotonía un estar gregario que avanza hacia el acantilado: El sujeto poético tiene la sensación de caminar bajo la tormenta, en un tránsito oscurecido que no conduce a ninguna parte, que está cercado por muros de niebla.
   Las claves nocturnales de Pablo Malmierca no tienen amanecida. Persisten en la sombra, convierten al yo poético en un habitante del delirio, en un terco vencido que solo escucha la lánguida música de los pájaros. Todo el entorno es un paisaje de soledad y silencio, casi un espacio interior, un desamparo por donde deambulan pasos a la deriva.
   Esa deriva afecta también a una naturaleza vulnerada por la decrepitud y la basura, como  ratifica el poema “Miedo”,  a las distopías sociales que difunde la actualidad diaria, como argumentan los versos de “Perder el tiempo” y “Promesas de futuro”. Son argumentos que nombran la mirada crítica del yo social ante un tiempo marcado por los programas televisivos o las consecuencias de una globalización que paraliza el pensamiento y contamina.
   El último tramo del libro está formado por “Esquizofrenia”, una reflexión sobre la deriva de la razón y su tendencia a crear realidades paralelas que también afectan a una percepción colectiva que convierten la convivencia en un conflicto irresoluble lleno de delirios sin conexión. Todo muestra el absurdo de la incongruencia, el agrio paraíso de muertos vivientes. Ese tenebrismo también se expande por poemas  como “Matadero” que hace una reflexión de impacto sobre el Mediterráneo convertido en laguna Estigia. Otro apartado, “Lugar”  rescata formas entre la oscuridad de la grieta, comparte el silencio de quien busca un refugio habitable en medio de una noche opaca, donde parece no haber salida. Sin embargo, el apartado “Ellas” cobija unos hilos de esperanza: “En la parálisis de la apnea / buscamos respirar, / recuperar el latido, / volver a creer en el hombre.”.
  Todo el ciclo completo de la trilogía conforma una evocación del no lugar y el vacío. El viaje existencial no genera ninguna estación final donde se cumplan utopías, ilusiones y sueños. Sólo está la presencia cautelar del dolor, la piel estremecida, el desamparo. El lenguaje se hace grieta, taladra la soledad y busca en la pared ese resquicio que tantea las asimetría, que dibuja en la espera una angosta salida al laberinto.


JOSÉ LUIS MORANTE


 

lunes, 1 de febrero de 2021

ANTONIA ÁLVAREZ ÁLVAREZ. CAUCES

Cauces
Antonia Álvarez Álvarez
Premio José Antonio Ochaíta, 2019
Eolas Poesía
León, 2020

 

GOTAS DE VIDA


   El discurso lírico de la leonesa Antonia Álvarez Álvarez ha ido prodigando en el tiempo, con sosegada cadencia, una cosecha poética de alcance, reconocida con numerosos premios. Su escritura, evocadora y comprometida con la realidad, percibe el entorno cercano como un territorio intimista expuesto ante la claridad del día, consumiendo un estar transitorio en su desvelo. En ese registro nace Cauces, ganador en 2019 del Premio José Antonio Ochaíta, que sale al camino de la mano de Eolas, una renovada propuesta editorial, que apuesta por el buen gusto estético en sus publicaciones.
   Dos citas refuerzan la semántica del título; los versos de José Ángel Valente y Claudio Rodríguez formulan su propio discurso reflexivo en torno a la condición temporalista de la línea existencial. Sin melancolía, el sujeto asume que el decurso vital es continuo tránsito. Ese impulso es razón que dicta amanecida al sentir de la conciencia. La escritura recrea un estar meditativo que enlaza percepción y pensamiento en una búsqueda cognitiva y convierte al hablante del poema en solitario cruce de caminos entre ser y estar. De esta mirada ante la realidad vivida se nutre el apartado “Cauces de luz”, una poética que aborda el acto de escribir como constatación que salvaguarda los pliegues de la memoria: “Ninguna nube: azul, el horizonte /cerrado por la sierra, el río al fondo, / y mis manos antiguas recogiendo /la noche en el zurrón de la memoria”.
   El trayecto poético se empapa de esas gotas de vida de la contemplación; la percepción renueva formas y sensaciones que quedan incrustadas en el inventario sentimental. La naturaleza se define como territorio germinal. El yo lírico acoge en su conciencia las impresiones sembradas por el acontecer; son los latidos de un tiempo cíclico y renovado que traza recorrido y deja en el poema los diversos indicios del trayecto.
  Toda esta primera parte establece como estrategia versal el poema breve, cadencioso y celebratorio; con un lenguaje despojado, las palabras encierran en su semántica la pulsión temporal del entorno, un estar hecho con gotas de luz. Muy atinado en su limpieza formal es poema 17 que recurre a la estrofa estacional del haiku clásico encadenado y a su despojamiento expresivo. En cada trío versal fluye la levedad de la contemplación que se hace indagación e instante. De ese propósito de laconismo esencial, también participa el poema 24, que sirve de coda a esta primera parte: “Porque me sé raíz / con el tiempo trepando hacia la luz, / presiento el blanco frío de la nieve”.
  El conjunto poético de cierre “Cauces de amor y dolor” supone un viaje de retorno al intimismo. Si la naturaleza y sus aderezos matéricos clarificaban el hilo enunciador de la primera parte, ahora focaliza el discurso conversacional el núcleo sentimental del yo, hecho reflexión y aporte emotivo. El amor puro, más allá del tiempo y del vacío; el declinante discurrir de la vida que escapa como fresca corriente entre los dedos, los recuerdos fechados en el mapa del tiempo o la conciencia de temporalidad que teje su epitelio entre las cosas son sustratos temáticos que llegan con la dicción precisa y musical de lo necesario, con ese afán intacto de buscar un rincón a la verdad de ser.
   En su nota de contraportada, el poeta Francisco Álvarez Velasco subraya ese rumbo abierto al lector en el que fluyen de modo natural secuencias evocadoras cercanas al discurrir biográfico. En cauces sobresalen la sugestión cómplice, por eso la poesía de Antonia Álvarez Álvarez suena austera y sensible, con la complicidad de lo vivido entre habitaciones de sombra y luz, en la casa abierta de lo cotidiano.
        


sábado, 27 de enero de 2018

FRANCISCO CARO. EL OFICIO DEL HOMBRE QUE RESPIRA

El oficio del hombre que respira
Francisco Caro
Eola Ediciones
Premio Antonio González de Lama
León, 2017

CALLADO OFICIO


   Poeta de vocación intensa y publicación tardía, Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) ha impulsado en la última década un recorrido literario de más de diez títulos, de los cuales Locus poetarum y El oficio del hombre que respira son sus últimas estaciones.
   Estamos ante una voz intimista que conserva en su formulación un acento confesional y un estar subjetivo frente a las pequeñas cosas de lo diario; la escritura se convierte en autobiografía ética y fe de vida, como si el latido fugaz necesitase el refugio callado del poema. Son las primeras sensaciones que habitan en los poemas ganadores del Premio Antonio González de Lama, una convocatoria de amplia tradición castellano-leonesa.
   Francisco Caro recobra en las citas iniciales algunas balizas que no son habituales en la amplia geografía lírica actual; Luis Feria y César Simón, que aportan citas junto al verso aforístico de V. Martín, parecen perdurar en un discreto espacio de la biblioteca, lejos de la algarada celebratoria de la Generación del 50, que hoy constituye el obligado referente especular para los más jóvenes.
  La apertura integra en el verso el marco de la naturaleza. Lejos del hombre disgregado de la sensibilidad urbana, Francisco Caro siente el contexto del poema como un reflejo de la encendida existencia rural, un espacio revitalizado por elementos aleatorios y expuestos a la mirada. Así nace un verso reflexivo, cuajado de cicatrices temporales en el callado oficio de vivir. Son paisajes pasajeros que habitan en las composiciones para subrayar que el largo transito despliega a la vez intemperie y refugio; el sujeto está vinculado a lo transitorio, es un rumor de pasos que se pierde en bifurcaciones y hace de su senda un reto cognitivo. Y en ese itinerario, el poeta guarda sitio para presencias tutelares que ayudan a dar solidez al trazo personal; los nombres de Borges, Juarroz, Antonio Colinas o Aníbal Núñez constituyen sustratos lectores que hacen de la escritura no una mera crónica de una realidad evidente y transitoria sino una mirada al secreto que guarda lo inefable. Así se va gestando la respuesta del afán que mueve la propia voz, la persistencia de un callado oficio hecho de tedio, tiempo e incertidumbre: “Entonces escribir, / tan solo entonces / desbrozar la espesura, lo amagado, / conocer el adentro; / saber si vivo”.
 Desde una contemplación implicada, el poema recrea el desconcertante diálogo entre lo fugaz y lo inmóvil. En su decurso  se define la voluntad del sujeto por descubrir en el paisaje la íntima belleza de lo diario, pero también la inadvertida erosión que conlleva un estar pasajero, que va dejando en su discurrir un rastro de señales ambiguas, propicio a la interrogación: “Miro el fuego, confundo / el acto de quemar y el hecho de vivir, / el ruido de la lumbre y la memoria “.  



sábado, 11 de noviembre de 2017

GASPAR MOISÉS GÓMEZ (DESPEDIDA)

Gaspar Moisés Gómez (Serranillos, Ávila, 1927-León, 2017)
Fotografía de
Diario de León


LAS VOCES DE LA NADA

Edén perdido y otros síntomas
Gaspar Moisés Gómez
Eolas ediciones, 2014

   Tantas décadas de labor literaria han convertido a Gaspar Moisés Gómez en un enlace intergeneracional. El poeta ha hecho suyas  claves estéticas que trazan su recorrido hasta el cambio de siglo. Su densa obra, iniciada con la entrega Con ira y con amor, en 1968 ha protagonizado una sosegada mutación, desde el realismo social de los años sesenta hasta una lírica de pensamiento, más centrada en el tiempo como argumento temático central.
   En esa estela se sitúa el último poemarioEdén perdido y otros síntomas. El hablante lírico busca como interlocutor para su discurso un yo desdoblado a quien exponer los indicios de esa etapa de cierre en la que deambula la experiencia. El yo percibe cercano y presente “ese punto final de la belleza”; se ha ido agostando la claridad de la amanecida y cada sujeto sigue buscando respuestas de lo perdurable. Y en ese marco se deja espacio a los indicios de la declinación, de esa marcha tenaz hacia la amanecida. El cisne, por ejemplo, se hace representación gráfica del conflicto entre lo perenne y lo finito: la belleza no es sino el encuadre parcial de lo diario. También la manzana en la percepción de Adán significaba la consecución de un logro máximo, aunque esa posesión abocara al ser a la expulsión del edén. Y es débil el gorrión en vuelo, tachando el azul del horizonte capturado por las garras del gavilán. Son elementos vitales que se hacen lecturas de un lejano sueño forjado por una identidad esperanzada.
   El declinar del tiempo deposita en el borde del no ser, deja  en la conciencia la sensación de llegada a las sombras. Lo vivido toca fondo, convierte al acontecer en una imagen congelada que se refleja en el cristal y que, poco a poco, se va diluyendo en el mapa de la memoria: “No hay otra verdad / que la que nos está mirando / con levedad mortal desde ese espejo / y agota nuestro ser hasta extinguirlo / en la belleza.”
   Cada identidad va escribiendo la azarosa grafía de un destino cumplido, como si fuera un recorrido de dirección única. Solo queda el patrimonio menguante de los pasos dispersos, ese ejercicio de despojamiento hacia un final en el que la muerte se transparenta. La voz se agota y se rinde el cuerpo, casi perdido la noción del origen, mirando el entorno con la distancia de quien sabe que la fugacidad es una naturaleza común y compartida y el porvenir un mero espejismo que borrará la noche. Solo queda el regreso hacia si mismo, caminar en círculo por un viaje interior para hacer de la propia identidad la razón de ser: “No agravéis aquello / que ya un dios hizo en su naturaleza  / infeliz. Que cada uno coma / su manzana. Esto ya sabemos / que no es el Paraíso. Mas dejadnos / soñar entre las hojas trémulas, / la forma que perdimos y por la que luchamos / aún de parte del ángel”
    Edén perdido y otros síntomas hace de cada verso una mirada al tiempo. Con  serena palabra, sin la estridencia de lo declamatorio, los versos escriben con trazo incierto el largo soliloquio de quien mira su rostro reflejado en el tiempo. Un rostro que es imagen de un paraíso perdido, casi desvanecido en la memoria, pero capaz de sembrar todavía la ilusión tenaz de los regresos.