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jueves, 16 de abril de 2026

OFICIO DE CALLAR

Oficio de callar
José Luis Morante
Mahalta Ediciones
Ciudad Real, 2026


HOJAS NUEVAS


 Bajo el limo, en las honduras de la ambigüedad, la superpoblación de anfibios.

El silencio mantiene una precintada fuerza de convicción. Sabe quién responde cuando nadie llama.

Cuando los hechos mueren percibimos el rastro compensatorio: las nubes volanderas de efectos secundarios.

Pertenezco al tropel inconfundible de los solitarios. En mí, la vocación de ignorancia. El nada sé de quienes no saben.

Tras la decepción, los deseos internos alquilan emplazamientos periféricos, esperan días de niebla para volver al centro.




lunes, 16 de junio de 2025

FRANCISCO CARO. FUENTÉVAR

Fuentévar
Francisco Caro
Mahalta Ediciones
Colección Adivinos
Ciudad Real, 2025

 

PAISAJES CON FIGURAS

 
 
   La visión poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) compila en Fuentévar un conjunto de reflexiones sobre la relación entre caminante y paisaje, donde no existe el frío. La escritura se hace memoria y vida, paisaje con figuras; marca huellas para adentrarse en las sensaciones de la contemplación. Con la luz desperezando y los fuegos fatuos del transitar temporal vislumbra un fragmentado testimonio que se apega a los hábitos del ser. Busca el poeta el lugar intacto del niño que fue, dentro con una perspectiva dinámica que acoge cambios y mutaciones en la fértil dimensión estética de la realidad cercana. El entorno natural de Fuentévar es sentimental, una constante afectiva escrita durante años con tinta fresca. Fotografía sitios manchegos en el término municipal de Piedrabuena, municipio de Ciudad Real que, todavía lejos de la urgencia digital, mantiene un sosegado lenguaje con el pretérito. En ese muestrario íntimo se recuperan, entre la inquietud de los olivares y la silenciosa espera del barbecho, la brisa del ayer y las resonancias del existir. El regreso al pasado no ajusta cuentas con las carencias que acumula el olvido. Tiene la sensibilidad elegíaca de quien sabe que en aquella claridad rosácea de los primeros pasos comenzaba un camino que ha cubierto una larga distancia hasta el presente. En el seno de ese recorrido, evocador y reflexivo, confluyen hendiduras biográficas y el merodeo sin cartas de navegar del aprendizaje sentimental.
  Fuentévar propone una indagación lírica donde se abrazan territorio e identidad; es un punto de encuentro para enunciar una geografía singular que aglutina topónimos dispuestos a una localización inmediata o concreta. Con lenguaje sosegado, pide la palabra la confluencia de diferentes elementos asentados en la realidad: la flora silvestre, el terreno de cultivo, la arquitectura rural, los riachuelos y el maar, un cráter volcánico. Dormido en la hondonada entre lentiscos, aquel accidente geológico perdura atento siempre a los ciclos estacionales, para convertirse en laguna primaveral o vientre seco, abierto al azul del cielo. Lo mismo sucede con la cuesta de la Asperilla, otro enclave que define una ruta para el caminante que se pierde entre los cerros, el bajo monte y los escalonados arbustos. Otro topónimo lugareño, Los Lomillos, celebra el rito matinal de la lectura en el despertar del día; en ese instante de la mañana donde el quehacer agrícola emprende sus afanes y un ruidoso tractor caligrafía en el cuaderno de campo de la tierra los surcos más tempranos. Otros nombres propios acuden de inmediato al territorio de la observación: Valdelamadera, Sierra de la Cruz o el río Bullaque, quejoso por el mínimo cauce que alienta su lecho en la sequía. En el reducido espacio del pueblo los lugares tienden puentes entre sí, descubren una amplia gama de formas y sensaciones, una crónica que narra la experiencia de un tiempo en el que se entrecruzan realidades y sueños generando un amplio muestrario de imágenes y palabras.
   El poeta entrega también una panorámica íntima de la casa familiar y sus distintas dependencias. Allí el patio reclama las sobrias labores de jardinería, y se recuerda la casa hecha refugio de soledad y espera. Los muros, en el complejo año de la pandemia, transformaron la condición de ser. La soledad se hizo confinamiento y buscó en la escritura su manera de estar solo. Mientras leo estos poemas de Fuentévar recuerdo el libro Aquí, editado en 2020, meses después de que se escribieron sus últimas composiciones. Los versos transmitían ese inefable consuelo de quien nunca está solo cuando está consigo, rodeado de nostalgia y recuerdos.
   A pie de campo, en el pueblo,  frente a un horizonte cambiante y convertido en mirada interior, quien percibe se interroga a sí mismo: “¿Por qué este afán / de dejar en papeles testimonio / de aquello que una vez me exigiera la vida? / ¿por qué volver a los relatos / de los azares y las decepciones, / de la verdad azul o de la inútil, / del dolor que pretende y sus melancolías?”. Con voluntad sostenida, la mirada nunca baja los ojos. Añora y reconoce, articula con expresión diáfana un terreno expandido que tenía la luz incipiente del futuro.
   El segundo apartado del libro “Germinal” elige como pórtico una cita de Sergio García Zamora. Los versos muestran su afinidad con el pensamiento romántico y su manera de abrigar el paisaje con la piel sensible de los estados de ánimo. Con tan relevante certidumbre, el hablante lírico se asoma a nuevos espacios de apertura sensorial y se hace interlocutor de enigmas e incertidumbres: la desazón de la vida en sí que atenaza el cumplimiento de los sueños, lo efímero de proyectos e ilusiones, injertados en la lejanía del porvenir, el gastado deseo… Sobre la existencia alza su hilo argumental el poema “Fuentévar”, con la desvelada conciencia de haber sido: “El asunto es vivir, / aunque el sol acarree las sospechas / de fraude en lo pasado /    (el aire baja y tizna / de caridad sin fe nuestra esperanza) “.
   La poesía rompe la semilla del asombro oculto que la conciencia guarda dentro. Cada identidad cobija, en el hondo recinto del estar, vivencias aurorales marcadas por la lumbre encendida de las emociones y el revuelo incansable del pensamiento. Francisco Caro escribe Fuentévar con la calidez agradecida del homenaje y la certeza de pertenecer al cuarzo interior de su espacio afectivo. El poeta manchego deja en los versos el alba del origen, un lugar con vocación de paraíso. Ese calendario sin tiempo de la felicidad hecha raíz.
 
José Luis Morante
 
 

 

martes, 6 de agosto de 2024

EFI CUBERO. RIZOMA (RELECTURA)

Rizoma
Efi Cubero
Introducción de Javier Prado Biedma
Imagen de portada de Paco Mora
Editorial Mahalta, Colección Poesía
Ciudad Real, 2023



EL TRABAJO GUSTOSO


 
   Efi Cubero reúne en Rizoma una amplia muestra de su trayectoria poética, en la luz auroral de la jovencísima editorial Mahalta, que dirige con retira sabia el poeta Francisco Caro. Consigna un desvelado quehacer en el tiempo, pleno de pulsión emocional y estética. La poeta y ensayista de Granja de Torrehermosa organiza su mapa creativo en ámbitos temáticos, como si la materia verbal estuviera formada por estratos. Las capas sedimentarias alumbran indagaciones en las posibilidades del lenguaje y responden a claves existenciales, cuajadas de misterio, por las que el yo se encuentra a sí mismo. El interminable fervor de Efi Cubero ha impulsado un balance creativo formado por las entregas Fragmentos de exilio (1992), Altano (1995), Borrando márgenes (2004), La mirada en el limo (2005), Estados sucesivos (2008), Ultramar (2009); Condición del extraño (2013), Punto de apoyo (2014) y Solo inclasificable 2021). Un largo proceso que aglutina también las composiciones inéditas, no conocidas en libro todavía.
  Efi Cubero acentúa el proceso para vivir la esencia de las cosas, esos temas centrales que conforman la compleja urdimbre de Rizoma. Los poemas se cobijan sin enunciar de qué libro proceden; conforman apartados que mantienen una sostenida unidad armónica: “Rizoma”, “Ver”, “Hora Prima”, “Travesía”, “Lugares habitados”, “Natura”, “Huellas”, “Creación” y “Amar”. De este modo, percibimos los muros de una casa alzada desde el tiempo y el silencio, un ámbito transcendente empeñado, sin tregua,  en la persecución de la belleza. Alojan los efectos profundos y sutiles que percibe la sensibilidad de un sujeto verbal con fuerte sentido de su autonomía estética.
   La introducción “Leyendo Rizoma, bajo el enigma del poema”, firmada por la palabra sabia del poeta, ensayista y profesor Javier del Prado Biedma, yuxtapone sondeos interpretativos. Esboza un análisis de intensidad y concisión emotiva en el que se desvela esa red transversal de los matices. Insiste el profesor en la semántica fuerte de “Rizoma” como “tallo subterráneo hinchado de jugo y de gérmenes de vida”; una proyección de la raíz hacia el mundo aéreo que mantiene su oculta esencialidad, su imprevisible dimensión extemporal. La palabra despliega un paisaje conceptual que desvela y muestra la piel abierta de la ontología, la plenitud intacta de lo oracular que se resiste a la brújula analítica del pensamiento y a su empeño de exactitud filosófica. La introducción nada deja en barbecho. Recorre con profunda mirada cada una de las secciones para determinar sus rasgos distintivos, sabiendo que la estructura es lo que permanece, más allá de la contingencia y lo coyuntural.
   La nota de la escritora responde con didáctica concisión al origen del título y a los criterios de selección de esta poesía de la extrañeza que aglutina como material magmático entorno natural, pensamiento filosófico, realidad transcendida, esencia y decurso vital. Todos son lugares del poema, estaciones de llegada de la conciencia, pulsaciones de incertidumbre de las que emerge una poética y una disposición a la palabra: “La incertidumbre / es mirar más adentro / sin encontrarnos”.
    Quien escribe, pone en vigilia su forma de percibir y ver; se crea una disposición a la palabra, un estar a la espera que busca “enlazar lo distinto para unirse en un todo”. Desde la soledad y la extrañeza el sujeto verbal se hace voz, semilla germinal de una armonía íntima y sin contornos.
  Construir la escritura es dibujar un código de acceso al núcleo del silencio. Los poemas transcriben incertidumbres; se deslizan por una senda de evocaciones, imágenes y enunciados reflexivos. En las composiciones se hacen accesibles los afanes diarios de una perspectiva ecléctica, de una contemplación que se condensa, donde las certezas son un afán continuo de claridad y transparencia, es refugio pautado que protege y salva, que concede sentido a la volátil sombra del tiempo: “La mirada resuelve / la extrañeza de ser… / O el extravío”.
   En cada sección las composiciones exploran sendas argumentales en las que el devenir existencial se define como vértice central. Vivir es un caminar continuo que hace posible la revelación y el cruce, la fugacidad de un tiempo en continuo deseo de huida. El incansable andar empuja a encuentros y ausencias, a percibir las marcas en el aire del azar que sostiene nuestros pasos. Junto al yo, el sueño de la naturaleza, la materia que aporta cercanía y conocimiento en la compleja urdimbre de su apariencia: “Por el delgado filo / de transparentes márgenes / busco cobijar los códigos brumosos / de la naturaleza que intento comprender.”
   En el variado contexto escritural de  Rizoma la preocupación metaliteraria está presente en “Sílabas”, “De paz”, o en algunos poemas del apartado “Creación” que definen una manera de mirar el mundo llena de lucidez, nunca abstracta o distante. La creación es un proceso, el justo equilibrio entre trabajo, acierto expresivo e inspiración: ”Alumbrar, pulsar en lo acertado / para sentir el alma allí donde se oculta. / Aquí donde la vida se revela, / desnuda, intraducible…”
   El apartado final hace del amor camino propio. Un tantear continuo en la profundidad de la entrega, en el deseo y en el espacio simultáneo del nosotros en la incansable travesía de las estaciones. Después de la partida queda el desvelo del recuerdo, la reivindicación de que en la ausencia también se permanece con los pasos inciertos de la evocación. El rumor elegíaco impulsa composiciones de fuerte calado sentimental; la voz de quien no está se retiene con la convicción de una vivencia permanente en “Fotografías”, “Sol”, “Partida” o “Soledad”.   
    Por la identidad poética de Rizoma asoma, vivo y pleno, el movimiento incesante de la belleza. La voz que aspira a llegar a ser. La esencia que resiste la neblina diaria. Las palabras se deshojan de lo transitorio para mostrar una sensibilidad de efectos profundos. Las composiciones contemplan un presente único en el que se concentran vida y obra,. Así nace el abrazo del poema, ese gesto que busca desvelar la música callada de silencio, el intacto perfil solar de la belleza.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE



  

martes, 9 de abril de 2024

LUIS MIGUEL MALO MACAYA. EN PAPEL

En papel
Luis Miguel Malo Macaya
Prólogo de Pedro López Lara
Ediciones Mahalta
Ciudad Real, 2024

RAZÓN DE TINTA

   En el mecano digital hay piezas que encajan de inmediato y adquieren a diario una presencia con elementos referenciales. Así sucede con Luis Miguel Malo Macaya (Santander, 1953), Licenciado en Medicina, poeta, aforista e incansable difusor de contenidos culturales en la red.
   Su empeño literario comienza muy pronto. Fue en los primeros momentos de la transición, aquella esperanza colectiva que llenó la memoria generacional de amanecidas y porvenir, cuando encuentra las librerías Solo de amor (1979). Muy pronto aquel letraherido, recién llegado, opta por la foto de compañía y se integra en las convocatorias del grupo Cuévano. Pero su ritmo de escritura prefiere el paso lento y no vuelve a publicar hasta 1993 cuando deja en la cartografía del presente Nominación a tientas (1993), en ese tiempo en el que la lírica figurativa y la poesía de la experiencia se convertían en moda. Por entonces, Luis Miguel Malo Macaya dirigía la colección La sirena del Pisueña e impulsaba el despertar de voces nuevas, mientras sus poemas iban buscando sitio en algunas muestras antológicas. Tras un largo silencio, en el que no se apaga la lumbre del verso, reúne las nuevas composiciones en el libro A mi indebido tiempo (2017), ya con el timbre fuerte de la madurez; el poeta se reconoce en la línea clara del intimismo figurativo y en una expresión comunicativa sin el vaho en los cristales de la grandilocuencia.
   El camino de vuelta al poema se completa con el volumen En papel (2024) en el catálogo de Ediciones Mahalta, una marca castellano manchega que dirige el poeta Francisco Caro con plenitud y acierto y en la que se asientan nombres inolvidables como José Luis Morales, Nicolás del Hierro o Efi Cubero. La entrega En papel tiene un proemio de Pedro Lara López. Se titula "La trama" y está articulado, con morosa ironía, como un informe judicial en torno a la traición en la que incurren todos aquellos Bartleby, el inolvidable escribiente del cuento de Herman Melville, que preferirían no hacerlo, pero lo hacen. De este modo, editor, poeta y prologuista depositan en la voluntad a media distancia del lector las composiciones del paisaje lírico de Luis Miguel Malo Macaya. Así, En papel se hace evidencia argumentativa, abandona el cajón de los manuscritos y da sonido a una voz que abre la puerta al día, entre los rosados dedos de la aurora digital.
   Quien se viste con ropas de poeta fija posiciones de inmediato. Mira la realidad con los manchones de la contradicción, hace papel mojado al miedo de mostrarse en la tinta sombría de la página escrita. Las palabras escogen el camino buscando en sus laderas el verso que se salva, el instante de luz que hace de la poesía un único momento que ocupa plaza fija en las evocaciones, según dicta al olvido la sentencia del tiempo.
   Hay mucha metaliteratura en las páginas de En papel, pero más allá del horario que suscribe el taller  en la solemnidad erudita de buscar la razón del poema, o la fertilidad de espuma y dátil de la imaginación, Luis Miguel Malo Macaya se anuda en la camisa de poeta la sabiduría del escepticismo y la tela de entretiempo de la ironía. Son estrategias siempre compatibles con la textura emotiva de muchas composiciones que acogen las sombras de la noche, el aire fresco de los sentimientos y los pasos interiores que tanto saben de soledad y melancolía. En ellos, el poema se transforma en refugio habitable, donde el yo escribe a tientas y habla con su propia sombra en el desvelo.  
   Los hilos argumentales nunca olvidan el homenaje a la biblioteca; quedan los ecos de Neruda, Vallejo, Salinas, Ángel González y Karmelo C. Iribarren, nombres propios que velaron las noches de insomnio y mostraron la hondura del pasillo formal . En él caben las estrofas cerradas y el verso libre, el apunte emotivo y el romance, esa mirada que hace de las páginas en papel "la convicción de un sueño que pasea / en busca de respuestas redentoras / por los silencios puros de la noche".  Alguien te está leyendo, Luis Miguel, aunque tú ignores quién y presupongas nadie, y te da las gracias por tu poesía y por tu amistad, por compartir el verso necesario.

JOSÉ LUIS MORANTE


lunes, 18 de marzo de 2024

FRANCISCO CARO. AQUÍ

Aquí
Francisco Caro
Mahalta Ediciones
Ciudad Real, 2020, 2024 (2ª)

 

 LÍMITES DEL SER 

   La tarea poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) adquiere perfil definitorio en la antología Este nueve de enero. Es una compilación de trayecto realizada en 2019, que recoge los poemas más conocidos; dibuja la personal travesía en el tiempo del ejercicio de humanismo impulsado por el escritor manchego. En ese volumen se hacen suelo básico las resonancias del existir, los límites del ser expuestos con expresión cotidiana, evocadora y reflexiva, donde confluyen incisiones biográficas y el merodeo de la temporalidad. Así se define un ideario estético que fusiona intimismo y afán comunicativo, indagación en la identidad y esa ambivalencia contradictoria que genera una estela de incertidumbres entre sujeto y entorno, convertido en dominio de lo contingente.
   El poeta entrega en  2020, complejo año de la pandemia que tanto transformó la condición de ser, el libro de poemas Aquí con nota indicativa que advierte sobre la entidad del proyecto. Las composiciones más tempranas se fechan en 1998 y las más próximas son de 2020. Por tanto, a primera vista, no es un libro unitario sino un balance en el tiempo que postula una voluntad expresiva sostenida, articulada desde una consistencia diáfana, de contornos emotivos.
   El discurrir natural del poema deja como apertura una cita de Eliseo Diego: “Hay días en que el tiempo acude manso / y al lado de la luz”. Una reflexión de súbita nostalgia que recuerda que la palabra del hablante lírico está siempre condicionada por los estratos de contingencia y fugacidad del devenir. El ahora se percibe como un espacio de apertura, cuajado de vivencias aurorales. Conforman la propia geografía del sujeto y las pulsaciones vitales del pensamiento: “Es aquí donde espero / a que nadie me nombre, a que calle / la prosa para siempre, aquí nací, en estas tierras cuarzo de interior…”. En la palabra se asienta la conciencia de pertenecer a un espacio afectivo, donde se entrelazan sensaciones existenciales que definen el presente como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que siembra frescor y transparencia, el rumor del origen. Evocarlo no exime de trazar una senda de leve melancolía. Los días de infancia, siempre alumbrados por la pura inocencia de la amanecida, son ahora un regreso cuajado de recuerdos. Desde esa voz evocadora nacen composiciones como “Verano de 1956”, “La fragua de Ángel” o  “El cine de Antonio”. Los poemas dibujan instantáneas pobladas por nombres propios que perduran, en las manos del tiempo, ocupando la escena de un modo personal y creíble, pleno de luz y mediodía.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por las dimensiones del discurrir vital. Cada amanecida es paradójica, porque alienta una búsqueda de lo perdido y aporta un patrimonio afectivo en el que lo diario adquiere transcendencia y sentido. El poema construye, con serenidad y epitelio emotivo, su arquitectura de sensaciones. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el veneno preciso de la decepción, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas que se van guardando en los rincones menos visibles su zumbido callado, su indolencia: “hoy que vuelvo / a escuchar su zumbido, su deseo / de paz o enemistades / ya sé que son las mismas, / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  Al cauce central del temporalismo se adhieren otros sustratos temáticos, entre los que se vislumbra el afán metaliterario, si cabe, con un deje irónico, que resalta en la entrega Cuaderno de Bocaccio, aparecida en 2010, el mismo año de Paisaje (en tercera persona). Se divaga sobre los aspectos formales, la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras y esa noción conceptual de la escritura como proyecto inacabado, como conjetura que resguarda la luz debajo de la dermis oscura del sentido, sin tener que recurrir a aderezos retóricos ni trucos de magia.
  Alguna vez he leído que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. Es una excelente definición que hago mía de inmediato. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo, un protagonista con andamios nuevos que anula marcas gastadas de etiquetas tópicas.
    En la práctica poética de Aquí la memoria es un epicentro fundamental, desde la sentida dedicatoria de la amanecida: “Con mis padres, Teresa y Leónides, en memoria. Con mis hijas, Ana y Julia. Antes, después”. Su paso indagatorio conecta pasado y presente, como orillas de un desahogo vivencial que nunca atenúa los pasos de la incertidumbre. Los poemas van poblando la cartografía del recuerdo con los trazos cómplices de un yo cambiante que  salió a la mañana para percibir “el mundo en el instante que comienza”. Mientras, el tránsito diario dispersa las hojas de los días en el reverso de la noche, esa fronda perecedera que abriga la condición de ser, que deja en la mirada el cálido fulgor de la belleza.


JOSÉ LUIS MORANTE


miércoles, 10 de enero de 2024

FRANCISCO CARO. ESTE NUEVE DE ENERO

Este nueve de enero
Antología poética
Francisco Caro
Editorial Lastura
Colección Alcalima de Poesía
Madrid, 2019

 ANDAMIOS DEL YO

 

   En los estudios sobre lírica contemporánea, cada etapa generacional –cumpla o no con las condiciones de grupo que definieran las teorías de Ortega y Petersen- se hace cartografía habitable a través de las voces más definitorias del momento. Su inercia suele copar los análisis del colectivo. Este método de trabajo deja al margen a los que se incorporan tarde al fluir de la escritura, cuyo ajuste cronológico plantea un problema de ubicación. Los casos son frecuentes y llenan los márgenes de las panorámicas de poetas islas, de autores sin contexto grupal. Para no extenderme en su enumeración, resumo casos como Antonio Gamoneda, Gloria Fuertes o la misma Francisca Aguirre, que recibió hace unos meses el Premio Nacional de las Letras por la singularidad de su propuesta versal. Algo similar sucede con Francisco Caro (Piedrafita, 1947), quien fecha la amanecida de su escritura en 2006 con la entrega A salvo de ti. Con ella avanza por una década de insólita fertilidad creadora, cuya última salida  es El oficio del hombre que respira (2017), reconocida con el Premio Nacional de Poesía “Antonio González de Lama”.
   La compilación Este nueve de enero acoge los poemas más conocidos, a juicio de sus compiladores, Davina Pazos, Francisco García Marquina, José Luis Morales, Manuel Cortijo Rodríguez, Pedro Antonio González Moreno y Rafael Soler. El recuento nace de forma especial y merece la pena recordarlo: es una antología creada a espaldas del poeta, como homenaje amical para celebrar el cumpleaños maduro. Quien tuviese la suerte de asistir al evento, en el Café Comercial de Madrid, percibiría, como quien esto escribe, la calidez de la efemérides y la interminable relación de amigos que puso voz declamatoria al homenaje.
   Las resonancias del afecto prosiguen en las composiciones. Francisco Caro es un poeta de piel; por tanto, en su escritura tienden a confluir los trazos biográficos y las reflexiones del sujeto poético. El poema aglutina atmósfera sentimental y  los pasos marcados de la experiencia: “Ahora que atraviesa / la edad en donde el pulso / de la sien es más fértil / para la libertad, / para la pausa…”. Así se define en las coordenadas argumentales. Comparten un ideario estético que busca magisterios en la generación del 50. Ya se aprecia en las composiciones más tempranas, en las que sobresale como núcleo de exploración la segunda persona. Al modo de los cancioneros tradicionales, quien canta el dardo amoroso hace suya una visión del mundo, un estado de ánimo en el que el otro es lugar de acogida, encuentro y llegada: “tu voz, conmigo, sé / que el silencio del mar es plenitud”.
   Con frecuencia, el pasado es el discurrir natural del poema. Frente al ahora, siempre condicionado por su estela de contingencia y fugacidad, el ayer se percibe como un espacio cuajado de vivencias aurorales. En él perduran las sensaciones existenciales que definen la infancia como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que deja en las palabras frescor y transparencia. Evocarlo no exime de trazar una estela de leve melancolía, que ensombrece las palabras inútiles: “El poema es quemarse –ha dicho- si no puedo / con la voz ordenar / el mundo alrededor / de un fuego incierto”.
   La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por los contraluces del discurrir vital. Cada amanecida es paradójica. Construye su arquitectura de sensaciones sobre los cimientos de la contradicción. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el veneno preciso de la decepción, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas que se van guardando en los rincones menos visibles: “hoy he vuelto a escuchar / su zumbido y ya sé que son aquellas / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  Al cauce central del temporalismo se adhieren otros sustratos temáticos, entre los que se vislumbra el afán metaliterario, si cabe, con un deje irónico, que resalta en la entrega Cuaderno de Bocaccio, aparecida en 2010, el mismo año de Paisaje (en tercera persona). Se divaga sobre los aspectos formales, la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras y esa noción conceptual de la escritura como proyecto inacabado, como conjetura que resguarda la luz debajo de la dermis oscura del sentido, sin tener que recurrir a aderezos retóricos ni trucos de magia.
  Alguna vez he leído que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. Es una excelente definición que hago mía de inmediato. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo. Busca para la arquitectura del yo andamios nuevos y anula marcas gastadas de etiquetas tópicas.
   Estamos ante una selección que hace de la existencia un largo recorrido introspectivo. La identidad va poblando el espejo con los trazos desvaídos de un yo cambiante, mientras el tránsito diario dispersa las hojas desprendidas de los sueños, esos vulnerables elementos de la condición de ser. Este nueve de enero afianza con brillantez la idea de que cada poeta, llegue cuando llegue a las aceras de la literatura, construye el lugar propio, un espacio singular, que confía en sus variaciones y reincidencias. Con  voluntad de amanecida, el verso se hace mediodía y rasga el aire; proclama el afán del tacto en la espesura para habitar el hueco necesario, para arañar el vacío con el manso buril de la escritura.

JOSÉ LUIS MORANTE



martes, 10 de octubre de 2023

EFI CUBERO. RIZOMA

Rizoma
Efi Cubero
Introducción de Javier del Prado Biezma
Ediciones Mahalta
Colección Poesía
Ciudad Real, 2023

 

EL HONDO RESPLANDOR


   Efi Cubero reúne en Rizoma una amplia muestra de su trayectoria poética en la jovencísima editorial Mahalta. Consigna un desvelado quehacer en el tiempo, pleno de pulsión emocional y estética. La poeta y ensayista de Granja de Torrehermosa organiza su mapa creativo en ámbitos temáticos, como si la materia verbal estuviera formada por estratos conectados entre sí. Las capas sedimentarias alumbran indagaciones en las posibilidades del lenguaje y responden a claves existenciales, cuajadas de misterio, por las que el yo se encuentra a sí mismo. El hondo resplandor impulsa un balance creativo formado por las entregas Fragmentos de exilio (1992), Altano (1995), Borrando márgenes (2004), La mirada en el limo (2005), Estados sucesivos (2008), Ultramar (2009); Condición del extraño (2013), Punto de apoyo (2014) y Solo inclasificable 2021). Un largo proceso presente en el desvelo insomne de Rizoma que aglutina también las composiciones inéditas, no conocidas en libro todavía.
  Efi Cubero impulsa un proceso de singularidad y extrañeza para vivir la esencia de las cosas, esos temas centrales que conforman la compleja urdimbre de Rizoma. Los poemas se cobijan sin enunciar de qué libro proceden; conforman apartados que mantienen una sostenida unidad armónica: “Rizoma”, “Ver”, “Hora Prima”, “Travesía”, “Lugares habitados”, “Natura”, “Huellas”, “Creación” y “Amar”. De este modo, percibimos los muros de una casa encendida, un ámbito transcendente empeñado en cobijar belleza en el epitelio del silencio. Es un legado de efectos profundos y sutiles; la sensibilidad en vuelo de un sujeto verbal con un fuerte sentido de su autonomía estética.
   La introducción “Leyendo Rizoma, bajo el enigma del poema”, firmada por la palabra sabia del poeta, ensayista y profesor Javier del Prado Biezma, yuxtapone sondeos interpretativos. Esboza un análisis de intensidad y concisión emotiva en el que se desvela esa red transversal de los matices. Insiste el liminar en la semántica fuerte de “Rizoma” como “tallo subterráneo hinchado de jugo y de gérmenes de vida”; una proyección de la raíz hacia el mundo aéreo que mantiene su oculta esencialidad, su imprevisible dimensión extemporal. La palabra despliega un paisaje conceptual que desvela y muestra la piel abierta de la ontología, la plenitud intacta de lo oracular que se resiste a la brújula analítica del pensamiento y a su empeño de exactitud filosófica. La introducción nada deja en barbecho. Recorre con profunda mirada cada una de las secciones para determinar sus rasgos distintivos, sabiendo que la estructura es lo que permanece, más allá de la contingencia y lo coyuntural.
   La nota de la escritora responde con didáctica concisión al origen del título y a los criterios de selección de esta poesía de la extrañeza que aglutina como material magmático entorno natural, pensamiento filosófico, realidad transcendida, esencia y decurso vital. Todos son lugares del poema. Estaciones de llegada de la conciencia, pulsaciones de incertidumbre de las que emerge una poética y una disposición a la palabra: “La incertidumbre / es mirar más adentro / sin encontrarnos”.
   Quien escribe, pone en vigilia su forma de percibir y ver; se crea una disposición a la palabra, un estar a la espera que busca “enlazar lo distinto para unirse en un todo”. Desde la soledad y la extrañeza el sujeto verbal se hace voz, semilla germinal de una armonía íntima y sin contornos.
  Construir la escritura es dibujar un código de acceso al núcleo del silencio. Los poemas transcriben coordenadas indefinidas; se deslizan por una senda de evocaciones, imágenes y enunciados reflexivos. En las composiciones se hacen accesibles los afanes diarios de una perspectiva ecléctica, de una contemplación que se condensa, donde las certezas son un afán continuo de claridad y transparencia. El verso es refugio pautado que protege y salva, que concede sentido a la volátil sombra del tiempo: “La mirada resuelve / la extrañeza de ser… / O el extravío”.
   En cada sección las composiciones exploran sendas argumentales en las que el devenir existencial se define como vértice central. Vivir es un caminar continuo que hace posible la revelación y el encuentro, la fugacidad de un tiempo en continuo deseo de huida. El incansable andar empuja a encuentros y ausencias, a percibir las marcas en el aire del azar que sostiene nuestros pasos. Junto al yo, el sueño de la naturaleza, la materia que aporta cercanía y conocimiento en la compleja urdimbre de su apariencia: “Por el delgado filo / de transparentes márgenes / busco cobijar los códigos brumosos / de la naturaleza que intento comprender.”
   En el variado contexto escritural de  Rizoma la preocupación metaliteraria está presente en “Sílabas”, “De paz”, o en algunos poemas del apartado “Creación” que definen una manera de mirar el mundo llena de lucidez, nunca abstracta o distante. La creación es un proceso, el justo equilibrio entre trabajo, acierto expresivo e inspiración: ”Alumbrar, pulsar en lo acertado / para sentir el alma allí donde se oculta. / Aquí donde la vida se revela, / desnuda, intraducible…”
   El apartado final hace del amor camino propio. Un tantear continuo en la profundidad de la entrega, en el deseo y en el espacio simultáneo del nosotros sobre la incansable travesía de las estaciones. Después de la partida queda el desvelo del recuerdo, la reivindicación de que en la ausencia también se permanece, aunque se acallen los pasos inciertos. El rumor elegíaco impulsa composiciones de fuerte calado sentimental; la voz de quien no está se retiene con la convicción de una vivencia permanente en “Fotografías”, “Sol”, “Partida” o “Soledad”.   
    Por la identidad poética de Rizoma asoma, vivo y pleno, el movimiento incesante de la luz. La voz que aspira a llegar a ser. La pulsión que resiste la neblina diaria. Las palabras se deshojan de lo transitorio para mostrar una sensibilidad de efectos profundos. Las composiciones contemplan un despertar en el que se concentra la naturaleza del yo y su empeño de transcendencia. Un nacimiento germinal  que busca pronunciar el mudable destino del silencio.


JOSÉ LUIS MORANTE




viernes, 1 de octubre de 2021

FRANCISCO CARO. EN DONDE RESISTIMOS

En donde resistimos
Francisco Caro
Ediciones Hiperión
Premio València, Institució Alfons El Magnànim
Madrid, 2021


APRENDER EL AHORA
 
 
   Después de reunir su corpus lírico en el balance Este nueve de enero (2019), que integra una cuidada selección desde su primera entrega Salvo de ti (2006) hasta el reciente Aquí (2021), Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) construye nueva estación con el libro En donde resistimos, impulsado desde el prestigioso catálogo de Hiperión tras conseguir el Premio “València” de la Institució Alfons El Magnànim. Es casi obligado recordar, antes de adentrarse en el discurrir de esta salida, que el entrelazado de la voz poética del escritor manchego tiene un sustrato narrativo en la estela argumental y se cimenta en dos espacios generadores: el fluir testimonial del sujeto y la continua presencia del tiempo.
   Ese afán enunciativo está presente en el umbral de En donde resistimos que dicta su apertura con voz clásica, plena de limpidez y transparencia “porque sabe que en este / soplo de vida, / en esta sencillez que nada pide, / habita la humildad de la belleza”. El apunte lírico incide en la contemplación del entorno para buscar en su despliegue pautas vitales que conformen los estratos internos del pensar. Así comienza un conjunto que deja en su sección inicial “Conversaciones” la clave de apertura escritural: una visita a la casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer. Las sensaciones dialogan entre sí, tras el silencio. Alrededor la luz recortando el paisaje y el deseo de capturar la magia de ese instante en la fotografía, mientras el sol declina.
   La indagación del estar a solas busca, tras el etéreo cansancio de lo diario, la razón del poema. Las palabras tantean, se esfuerzan en describir el impulso vital mientras “esperamos a los bárbaros” con el rumor de fondo que convierte el tiempo en simple tránsito. Desde ese itinerario por la incertidumbre, reflejado en las formas del paisaje, la luz se queda dentro. Recorta una intensa conciencia de finitud que atestigua que todo es cruce indefinido, un puñado de sombras que recuerda con ánimo encogido a los ausentes. En el poema “La noche con Antonio Cabrera” late el renacer del encuentro con la amistad y los destellos de una velada de palabras cómplices que mantiene intacto su aroma.
  El quehacer del poema se afirma como un “desvelo de asuntos”. Están los elementos del paisaje en los que se custodia el rumor de la vida, y está siempre el poso de lecturas como esas Voces de Antonio Porchia que, desde el decir fragmentario del aforismo, advierten de la fragilidad austera de la tarde. Al cabo, en la caligrafía del poema se resguardan “las palabras hastiales” de la existencia para dar fe de sus infinitas variaciones, de sus laberintos y soledades. Así se conforma la identidad de un yo que se hace lugar y refugio, “Ciudad de espejos y habitación sellada / en donde resistimos”.
   También explora la naturaleza cambiante del lenguaje, ese habitar conceptos y significados con la oscura sensación de que no podemos comprender lo que sentimos ni definir la hondura. El poema “Un hacer no sabiendo” percibe ese equilibrio sin fondo de las palabras, sus puntos de fuga: “Internarse / en aquello que no / puede decirse, / tal es la Poesía / Zambrano y su advertencia / ¿Qué más  precisas / para buscarla –dices- o / para el descreimiento”.
  En la lenta disolución de la realidad que propicia el incansable monólogo del tiempo germina con fuerza una certeza: “Del nocturno del mundo / volveremos sin nada, / si no es con la certeza de que amar es gastarse / y que gastarnos juntos es tenernos”. De ese modo, cada presencia sobrevive a su propia orfandad, resiste hasta la última función y camina, con dignidad austera hacia la última costa. Desde esa sensación de cumplir con “la libertad impuesta que supone existir” afloran estos hermosos poemas de Francisco Caro. Tienen la cristalina plenitud de un venero esencial que preserva memoria y tiempo, el cúmulo de nada transitoria que nos deja el presente.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 

martes, 9 de febrero de 2021

FRANCISCO CARO. AQUÍ

Aquí
Francisco Caro
Mahalta Poesía
Ciudad Real, 2020 

  

COORDENADAS VITALES


   La labor poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) adquiere perfil definitorio en la antología Este nueve de enero, una compilación de trayecto, realizada en 2019, que recoge los poemas más conocidos y dibuja la evolución en el discurrir del dinamismo literario impulsado por el escritor manchego. En ese volumen se hacen suelo básico las resonancias del existir, esa expresión cotidiana, evocadora y reflexiva donde confluyen incisiones biográficas y el merodeo de lo transitorio. Así se fortalece un ideario estético que fusiona intimismo y afán comunicativo, indagación en la identidad y esa ambivalencia contradictoria que propicia el diálogo entre sujeto y entorno, convertido en un refugio abierto.
   El poeta entrega ahora, en el complejo año de la pandemia que tanto ha transformado la condición de ser, el libro Aquí con una nota indicativa que advierte sobre la entidad literaria de esta obra. Las composiciones más tempranas se fechan en 1998 y las más actuales son de 2020; por tanto, a primera vista, no es un libro unitario sino un balance en el tiempo que postula una voluntad expresiva sostenida, articulada desde una expresión diáfana, desnuda y emotiva.
   El paso natural del poema deja como apertura una cita de Eliseo Diego: “Hay días en que el tiempo acude manso / y al lado de la luz”. Una reflexión relevante que recuerda que la mañana del hablante lírico está siempre condicionada por las indefinidas líneas de contingencia y fugacidad del devenir. El ahora se percibe como un espacio de claridad, cuajado de vivencias aurorales que conforman la propia geografía del sujeto y las pulsaciones vitales del pensamiento: “Es aquí donde espero / a que nadie me nombre, a que calle / la prosa para siempre, aquí nací, en estas tierras cuarzo de interior…”. En la palabra se asienta la conciencia de pertenecer a un espacio afectivo, donde se entrelazan sensaciones existenciales que definen el presente como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que siembra en las estrofas frescor y transparencia, el rumor del origen. Evocarlo no exime de trazar una estela de leve melancolía. Los días de infancia, siempre alumbrados por la pura inocencia del despertar, son ahora un regreso cuajado de recuerdos. Desde esa voz evocadora nacen composiciones como “Verano de 1956”, “La fragua de Ángel” o  “El cine de Antonio”. Los poemas dibujan instantáneas pobladas por nombres propios que perduran, en las manos del tiempo, ocupando la escena de un modo personal y creíble, pleno de luz y mediodía.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por las voces rumorosas del deambular vital. Cada amanecida es paradójica porque alienta una búsqueda de lo perdido y aporta un patrimonio afectivo en el que lo diario adquiere transcendencia y sentido. El poema construye, con serenidad y epitelio emotivo, su arquitectura de sensaciones. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el venero manuscrito de la memoria, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas que se van guardando en los rincones menos visibles su zumbido callado, su indolencia: “hoy que vuelvo / a escuchar su zumbido, su deseo / de paz o enemistades / ya sé que son las mismas, / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  El cauce central del temporalismo desdibuja otras variaciones temáticas. Apenas se vislumbra el afán metaliterario que tanta fuerza cobrara en otros libros. En el apartado "Días y tierra" se retorna al espacio conjetural de la niñez. Los versos dibujan  un paisaje de claridad que hace de la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras una conversación del yo consigo. La escritura como expresión y conjetura resguarda lo vivido. Pone luz a otros días que ahora adquieren la dermis emotiva de los sueños.  Alguna vez he leído que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. Es una excelente definición que hago mía de inmediato. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo, construye andamios nuevos y anula marcas gastadas de etiquetas tópicas. En el tramo "Patio, y en ocasiones agosto" pasa a primer plano la casa familiar como ámbito privado que alberga hilos de vida, objetos personales y labores dormidas que enaltecen la esfera de lo cotidiano. Los muros alzan su solidez de refugio para albergar dentro esa sabiduría intangible de la observación, ese saber de instantes y emociones que sirven al poeta para sintetizar el clásico esquema del haiku en dos versos que mantienen el potencial expresivo. En "Respiraciones" se articula el dinamismo de lo diverso y la gratitud del poeta a quienes llevaron de la mano su palabra; ahí quedan los nombres de Ángel González o la estela agradecida de Nicolás del Hierro, como "una granazón de cereal". 
    En la práctica poética de Aquí la memoria es un epicentro fundamental, desde la sentida dedicatoria de la amanecida: “Con mis padres, Teresa y Leónides, en memoria. Con mis hijas, Ana y Julia. Antes, después”. Su paso indagatorio conecta pasado y presente, como orillas de un desahogo vivencial que nunca atenúa los pasos de la incertidumbre. Los poemas alzan andamios. Van poblando la cartografía del estar con los trazos cómplices de un yo cambiante que  salió a la mañana para percibir “el mundo en el instante que comienza”. Mientras, el tránsito diario dispersa las hojas de los días, esa fronda que abriga la condición de ser.

JOSÉ LUIS MORANTE



sábado, 9 de febrero de 2019

FRANCISCO CARO. ESTE NUEVE DE ENERO

Este nueve de enero
Antología poética
Francisco Caro
Selección de poemas de
Davina Pazos, Francisco García Marquina, José Luis Morales,
Manuel Cortijo Rodríguez, Pedro Antonio González Moreno y Rafael Soler
Lastura Editorial, Colección Alcalima
Ocaña, Castilla-la Mancha, 2019


ANDAMIOS DEL YO


   En los estudios panorámicos sobre la lírica contemporánea, cada etapa generacional –cumpla o no con las condiciones de grupo que definieran las teorías de Ortega y Petersen- se hace cartografía habitable a través de las voces más definitorias. Su inercia suele copar los análisis del colectivo. Este método de trabajo deja al margen a los que se incorporan tarde al fluir de la escritura, cuyo ajuste cronológico plantea un problema. Los casos son frecuentes y llenan los márgenes de poetas-isla, de autores sin contexto grupal. Así sucedió, por ejemplo, con Antonio Gamoneda, Gloria Fuertes o Francisca Aguirre, que recibió hace unos meses el Premio Nacional de las Letras por la singularidad de su propuesta versal. Algo similar sucede con Francisco Caro (Piedrabuena, 1947), quien fecha la amanecida de su escritura en 2006 con la entrega Salvo de ti. Con ella avanza por una década de insólita fertilidad creadora cuya última salida  es El oficio del hombre que respira (2017), reconocida con el Premio Nacional de Poesía “Antonio González de Lama”.
   La compilación Este nueve de enero acoge los poemas más conocidos, a juicio de sus compiladores, Davina Pazos, Francisco García Marquina, José Luis Morales, Manuel Cortijo Rodríguez, Pedro Antonio González Moreno y Rafael Soler. El recuento nace de forma especial y merece la pena recordarlo: es una antología creada a espaldas del poeta, como homenaje amical para celebrar el cumpleaños maduro. Quien tuviese la suerte de asistir al evento, en el Café Comercial de Madrid, percibiría, como quien esto escribe, la calidez de la efemérides y la interminable relación de amigos que pusieron voz declamatoria al homenaje.
  Las resonancias del afecto prosiguen en las composiciones. Francisco Caro es un poeta de piel; por tanto, en su escritura tienden a confluir los trazos biográficos y las reflexiones del sujeto poético. El poema aglutina atmósfera sentimental y los pasos marcados de la experiencia, “ahora que atraviesa / la edad en donde el pulso / de la sien es más fértil / para la libertad, / para la pausa…”. Así se define en las coordenadas argumentales. Comparten un ideario estético que busca magisterios en la generación del 50. Ya se aprecia en las composiciones más tempranas, en las que sobresale como núcleo de exploración la segunda persona. Al modo de los cancioneros tradicionales, quien canta el dardo amoroso hace suya una visión del mundo, un estado de ánimo en el que el otro es lugar de acogida, encuentro y llegada: “tu voz, conmigo, sé / que el silencio del mar es plenitud”.
   Con frecuencia, el pasado es el discurrir natural del poema. Frente al ahora, siempre condicionado por su estela de contingencia y fugacidad, el ayer se percibe como un espacio cuajado de vivencias aurorales. En él perduran las sensaciones existenciales que definen la infancia como un tapiz sin brumas; un manantial de vida que deja en las palabras frescor y transparencia. Evocarlo no exime de trazar una estela de leve melancolía, que ensombrece las palabras inútiles: “El poema es quemarse –ha dicho- si no puedo / con la voz ordenar / el mundo alrededor / de un fuego incierto”.
  La presencia cálida del intimismo avanza en el cauce del tiempo hacia un verso más indagatorio, marcado por los contraluces del discurrir vital. Cada amanecida es paradójica. Construye su arquitectura de sensaciones sobre los cimientos de la contradicción. Quien vive yuxtapone búsquedas y sondeos, el veneno preciso de la decepción, la verdad sospechada de lo transitorio, la suma de derrotas guardada en los rincones menos visibles: “hoy he vuelto a escuchar / su zumbido y ya sé que son aquellas / que todo muere sé, que todo permanece, / que soy el mismo miedo, que acaso soy el mismo”.
  Al cauce central del temporalismo se adhieren otros sustratos temáticos, entre los que se vislumbra el afán metaliterario, si cabe, con un deje irónico, que resalta en la entrega Cuaderno de Bocaccio, aparecida en 2010, el mismo año de Paisaje (en tercera persona). Se divaga sobre los aspectos formales, la brevedad, el sentido comunicativo y dialogal de las palabras y esa noción conceptual de la escritura como proyecto inacabado. El verso es conjetura que resguarda la luz debajo de la dermis del sentido, sin tener que recurrir a aderezos retóricos ni trucos de magia.
  Defiendo que los versos figurativos amplifican el realismo desde la sugerencia. El sujeto verbal no emplea un realismo enunciativo, busca para la arquitectura del yo protagonista andamios nuevos y anula marcas gastadas de etiquetas tópicas. Estamos ante una selección que hace de la existencia un largo recorrido introspectivo, donde la identidad va poblando el espejo con los trazos desvaídos de un yo cambiante, mientras el tránsito diario dispersa las hojas desprendidas de los sueños, esos vulnerables elementos de la condición de ser. Este nuevo de enero afianza con brillantez la idea de que cada poeta, llegue cuando llegue a las aceras de la literatura, construye el lugar propio, un espacio singular, que confía en sus variaciones y reincidencias. Con  voluntad de amanecida, el verso se hace mediodía y rasga el aire. Proclama el afán del tacto en la espesura; se hace punzón: “Escribir / arañar el vacío”.



sábado, 27 de enero de 2018

FRANCISCO CARO. EL OFICIO DEL HOMBRE QUE RESPIRA

El oficio del hombre que respira
Francisco Caro
Eola Ediciones
Premio Antonio González de Lama
León, 2017

CALLADO OFICIO


   Poeta de vocación intensa y publicación tardía, Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) ha impulsado en la última década un recorrido literario de más de diez títulos, de los cuales Locus poetarum y El oficio del hombre que respira son sus últimas estaciones.
   Estamos ante una voz intimista que conserva en su formulación un acento confesional y un estar subjetivo frente a las pequeñas cosas de lo diario; la escritura se convierte en autobiografía ética y fe de vida, como si el latido fugaz necesitase el refugio callado del poema. Son las primeras sensaciones que habitan en los poemas ganadores del Premio Antonio González de Lama, una convocatoria de amplia tradición castellano-leonesa.
   Francisco Caro recobra en las citas iniciales algunas balizas que no son habituales en la amplia geografía lírica actual; Luis Feria y César Simón, que aportan citas junto al verso aforístico de V. Martín, parecen perdurar en un discreto espacio de la biblioteca, lejos de la algarada celebratoria de la Generación del 50, que hoy constituye el obligado referente especular para los más jóvenes.
  La apertura integra en el verso el marco de la naturaleza. Lejos del hombre disgregado de la sensibilidad urbana, Francisco Caro siente el contexto del poema como un reflejo de la encendida existencia rural, un espacio revitalizado por elementos aleatorios y expuestos a la mirada. Así nace un verso reflexivo, cuajado de cicatrices temporales en el callado oficio de vivir. Son paisajes pasajeros que habitan en las composiciones para subrayar que el largo transito despliega a la vez intemperie y refugio; el sujeto está vinculado a lo transitorio, es un rumor de pasos que se pierde en bifurcaciones y hace de su senda un reto cognitivo. Y en ese itinerario, el poeta guarda sitio para presencias tutelares que ayudan a dar solidez al trazo personal; los nombres de Borges, Juarroz, Antonio Colinas o Aníbal Núñez constituyen sustratos lectores que hacen de la escritura no una mera crónica de una realidad evidente y transitoria sino una mirada al secreto que guarda lo inefable. Así se va gestando la respuesta del afán que mueve la propia voz, la persistencia de un callado oficio hecho de tedio, tiempo e incertidumbre: “Entonces escribir, / tan solo entonces / desbrozar la espesura, lo amagado, / conocer el adentro; / saber si vivo”.
 Desde una contemplación implicada, el poema recrea el desconcertante diálogo entre lo fugaz y lo inmóvil. En su decurso  se define la voluntad del sujeto por descubrir en el paisaje la íntima belleza de lo diario, pero también la inadvertida erosión que conlleva un estar pasajero, que va dejando en su discurrir un rastro de señales ambiguas, propicio a la interrogación: “Miro el fuego, confundo / el acto de quemar y el hecho de vivir, / el ruido de la lumbre y la memoria “.  



viernes, 28 de junio de 2013

FRANCISCO CARO. PAISAJE.

Paisaje (en tercera persona)
Francisco Caro
CLUP, San Sebastián de los Reyes
XXI Premio Nacional José Hierro
 
PALABRAS EN EL BOSQUE.

    Mea culpa. En el discurrir del tiempo, soy un lector tardío de Francisco Caro;  conocía muy poco el afán creador del poeta, aunque estábamos cerca: tenemos amigos comunes, los dos hemos dejado muchos años de nuestra vida desempolvando el pasado como profesores de Historia y me asomo con frecuencia a su blog. Así que, deuda obliga, emprendo de inmediato la lectura del poemario Paisaje (en tercera persona) reconocido con el Premio “José Hierro”.
   El poema umbral ya establece los primeros códigos reconocibles: una composición breve que vela el yo mediante un narrador interpuesto y una temática reflexiva sobre la vida y la literatura, dos temas esenciales de la poesía de cualquier tiempo: "Como la playa ociosa/ a final de septiembre, allí/ donde la luz asume que su vigor caduca/ ajeno a la existencia de los otros,/ así contempla el hombre/ mansa y leve su mano, la herramienta/ con la que atesorara/ el esplendor azul de cada instante"
   El prisma del paisaje se difunde desde dos vértices. Por un lado, lo geográfico, el espacio físico que habla con los sentidos para dejar en la memoria sus elementos singulares; aquellos que preservan las imágenes del recuerdo: los senderos de Tejera Negra, las estribaciones de Gredos, Albarracín, Hervás… nombres propios de una geografía espiritual y física en la que el yo encuentra el reflejo transparente del agua.
   El otro vértice es el paisaje de la biblioteca, la cartografía de palabras que van testificando realidad y sueño. “La misericordia de lo ágrafo" no cuestiona el sentido de la escritura inventando senderos metaliterarios sino proporciona a la sensibilidad del yo un frágil reducto de permanencia que hace más habitable la soledad.
  En los dos senderos que bifurcan el libro habita el paisaje emocional –el que casi siempre origina la empatía del lector- donde la palabra testimonia  los llanos y cerros de la existencia, siempre llena de interrogaciones tras cada recodo. De esas machadianas galerías interiores habla uno de los mejores textos del libro, el poema que abre "Carretera cortada", un texto narrativo, especular, lleno de sugerentes matices: los días del mañana no son sino las curvas de un recorrido que acaba sin más.
  Paisaje (en tercera persona) entremezcla la observación real y activa del entorno cotidiano y particular, visto como un dibujo detallista, con la mirada interior que desvela evocaciones y recuerdos en el latido manso de los calendarios. Poemas de ida y vuelta que difunden espacios de una realidad recuperada por la memoria y ese extrañamiento del hombre que recoge palabras en el bosque para encender las llamas de lo diario.